-XXVIII-

Aunque Morsamor parecía invulnerable y aunque los cincuenta hombres que permanecían vivos bajo su mando eran diestros y prodigiosamente valerosos, todos sin duda iban a perecer allí peleando contra un ejército. No peleaban por la victoria. No peleaban por la salvación en la fuga. Peleaban sólo para vender caras sus vidas. Caras las vendían, en efecto, pero Morsamor notaba con angustia compasiva que sus fieles y devotos amigos iban cayendo también.

De súbito el ronco clangor de retorcidas y bárbaras trompetas estremeció el ambiente. Mil y mil gritos salieron de las bocas de los indios, medrosos y aterrados. Morsamor y los suyos vieron con sorpresa que sus contrarios, en confuso desorden, huían a la desbandada, tiraban las armas para correr con mayor ligereza y buscaban refugio y escondite en lo más intrincado del bosque, ya que no en las entrañas de la tierra.

¿Qué poder misterioso acudía en auxilio de Morsamor? No tardaron en aparecer los imprevistos auxiliares. Venían en ligeros caballos. Eran guerreros, de fea y terrible catadura, armados de largas lanzas, de agudas flechas y de flexibles arcos. En sus rostros, casi imberbes, aunque varoniles y fieros, resplandecía, sobre el amarillo obscuro de la tez curtida, la exultación alegre del triunfo. Sus pómulos eran salientes, gruesos sus labios y la nariz aplastada, oblicuos y pequeños sus ojos, y negras las ralas cerdas del largo bigote, y negros los cabellos que pendían lacios sin ondas ni rizos. Cubrían sus cabezas gorras de hirsutas pieles, envolviendo capacetes de cobre, y sostenidas por barbuquejos de lana cuyas extremidades flotaban sobre el pecho.

Extraordinaria fue la sorpresa de Morsamor cuando vio en medio de esta tropa, que parecía fantástica legión de demonios, a su doncel sutil Tiburcio, que venía como guiándola y capitaneándola, más gallardo y gentil que nunca.

Fugados o muertos los indios, Tiburcio llegó donde estaba Morsamor y le estrechó en sus brazos. Algunos de los al parecer más importantes soldados de su extraña tropa desmontaron de los caballos, lanzaron aullidos, en señal de alabanza, admiración y júbilo, alzaron a Morsamor en hombros, y se apartaron del palacio que el voraz incendio ya consumía. Hicieron luego que Morsamor y los suyos montasen todos a caballo, y con profundo acatamiento y pompa triunfal se pusieron en marcha.

Tiburcio cabalgaba al lado de Morsamor y se lo explicó todo.

Aquellos hombres eran los mongoles. Babur, su monarca, apaciguados ya sus vastos dominios, había caído como el rayo sobre la India. Acababa de reconquistar a Lahor y se había apoderado luego de Delhí y de Benarés, la ciudad santa, donde le habían dicho que Balarán se había declarado Brahmatma. No encontró allí a Balarán y salió en su busca, a fin de vencerle y de vencer su ejército. Internado Balarán en la selva, Babur hubiera tardado en encontrarle o no le hubiera encontrado, si Tiburcio, acertando a presentarse ante él, no se hubiera ofrecido a servirle y no le hubiera servido de guía.

Muerto Balarán, y sabiendo ya Babur por sus esculcas las apenas creíbles hazañas de Miguel de Zuheros, iba, según anunciaba Tiburcio, a recibirle con palmas y laureles.

Cualquiera otro héroe, no atormentado del dolor más acerbo, hubiera tenido por altamente dichoso el éxito de aquella jornada y se hubiera enorgullecido de las distinciones honrosas de que colmó Babur a Miguel de Zuheros cuando este llegó a su presencia.

Babur quiso tomarle a su servicio, pero Morsamor se excusó cortésmente, alegando su honda melancolía y afirmando que su destino le llamaba por muy distinta senda y que él no podía menos de acudir a su misteriosa vocación y de cumplir las órdenes del destino.

Tiburcio de Simahonda, Tomás Cardoso y cuarenta aventureros portugueses, que sobrevivieron a la batalla, acompañaron a Morsamor, y cargados de presentes y riquezas se separaron de Babur y de sus mongoles.

Babur dio a Miguel de Zuheros una áurea lámina, como la que Kubilai-Kan había dado a Marco Polo, para que le sirviese de salvoconducto o pasaporte por donde quiera que fuese. En el oro de la lámina estaban grabadas, en caracteres mongólicos, las más encarecidas recomendaciones, autorizado todo ello por la firma de Babur y por su regia marca.

Como curioso accidente, que no debe omitirse aquí, haremos constar que la tropa de Morsamor partió reforzada por seis mongoles que se resolvieron a seguirle, movidos de afecto a España y de vivo deseo de ver aquella tierra distante. No parecerá el caso inverosímil si decimos que dos de los mongoles se apellidaban Pérez, dos Fernández y Jiménez otros dos. Aunque confusa y enmarañadamente, los seis presumían de buenos cristianos, y todos eran tataranietos de tres elegantes y lindos escuderos de Castilla, que habían acompañado a Ruy González de Clavijo cuando visitó a Tamerlán como Embajador de Enrique III. Tres señoronas de la corte de Samarcanda, tan encopetadas como antojadizas, se habían prendado de los escuderos susodichos, se habían casado con ellos, reteniéndolos en el centro del Asia, y de tales enlaces procedían los Pérez, los Fernández y los Jiménez, de cuyo patriótico atavismo aquí damos cuenta.

Transida el alma de dolor por el trágico fin de Urbási y por la mortífera lucha que había sostenido, Morsamor huyó de la India, como para librarse de los malos espíritus que le acosaban y le atormentaban. Como Orestes, perseguido por las Furias, caminaba Morsamor sin saber casi hacia dónde caminaba. Confiado en él y en su ventura, le seguía su valiente tropa. Tiburcio solía cabalgar junto a él y procuraba consolarle y entretenerle con pláticas amenas y con juiciosas reflexiones.

—El mal y el bien—dijo una vez—, la próspera o la adversa fortuna carecen a menudo de ser real y dependen de nuestro modo de entender las cosas. De aquí que yo pueda afirmar razonablemente que tú no debes quejarte de tu suerte, sino tenerla por próspera. El problema más difícil que hay que resolver, la suerte te le dio resuelto desde el principio. En la más penosa e ingrata tarea en que los hombres tienen que emplearse no te has empleado tú, pudiendo elevarte así sin estorbo hasta una posición donde tanto la felicidad como la infelicidad tienen superior magnitud a las del vulgo de los mortales.

—Cada día me convenzo más—interrumpió Morsamor—del fundamento y de la justicia, con que te llamo doncel sutil. Tales son en este momento tus sutilezas, que no las entiendo.

—Pues préstame atención y óyeme—replicó Tiburcio—y ya verás, cuán bien me entiendes y cuán claro me explico. Por la generosidad primero y por la alquimia del Padre Ambrosio, y más tarde por lo mucho que hemos garbeado en guerras, saqueos y batallas, no somos pobres, sino ricos. A lomo de unas cuantas mulas traes contigo un tesoro de despojos; oculta en bolsa de cuero, bajo el sayo y pegada a tu carne, llevas gran cantidad de piedras preciosas, de tal valor algunas que podrías, vendiéndolas, adquirir con su precio la mitad de Castilla, o restaurar en todo su esplendor a Medina del Campo, que el ejército fiel a nuestro monarca Carlos de Gante, robó y asoló casi en los mismos días en que nos escapamos nosotros del convento en busca de aventuras. Te hallas, pues, y te has hallado desde que te escapaste en posición muy ventajosa. La mayoría de los hombres consumen la vida en ganarse la vida, y, como se la ganan perdiéndola y gastándola, no les queda vida de sobra ni para amar, ni para deleitarse, ni para trazar heroicos planes y realizarlos luego, ni para otros mil asuntos que debemos calificar de lujo y de poesía. La gente humilde y trabajadora, los ganapanes y destripaterrones, que sudan y se afanan para procurarse el sustento, son como las orugas y como los míseros gusanos, que se arrastran con lentitud, que se esconden entre el follaje, y que no pueden ejercer otra función sino la de nutrirse, mientras que tú y otros como tú, siempre bien nutridos y exentos de tan ruin cuidado y de menester tan vil, sois como las mariposas, que desplegáis a la luz del sol los nítidos colores de vuestras alas, que voláis entre las flores, que libáis el néctar de sus cálices y que gozáis de amor y de gloria.

—Algo de verdad hay en lo que afirmas—dijo Morsamor—. No carezco de riquezas. Además de las que llevo conmigo, tengo confiadas no pocas al fiel y cauto Gastón Vandenpeereboom. Puedo con desahogo aventurarme en las más altas empresas. Y sin embargo, me considero tan infeliz que preferiría volver a ser un pobre fraile, despreciado, viejo y enfermizo, o ser un ruin y hambriento pordiosero.

Ingeniosamente impugnó Tiburcio estas razones, manifestando que el pordiosero y el fraile, sobre ser desvalidos y menesterosos, lo cual no es chica pena, pueden padecer además tormentos insufribles.

—¿Has olvidado, acaso—concluyó Tiburcio—, cuánto te atormentabas en el claustro? No me parecías allí virtuoso penitente, ministro del Altísimo, sino energúmeno o criatura poseída de un enjambre de demonios.

Así cuidaba Tiburcio de consolar a Morsamor, no probando que era dichoso, sino tratando de probar que otros habían sido más desdichados.

Poco a poco, y aunque algo a la ventura, con el propósito de llegar al grande imperio del Catay, nuestros viajeros se internaron por tortuosas y revueltas cañadas, que a cada instante se tornaban más ásperas y solitarias. Por donde quiera breñas, matorrales y riscos, y con frecuencia despeñaderos medrosos, en cuyo borde resbaladizo se desenvolvía la apenas trazada senda que iba hollando.

El horror y la esquividad del paisaje crecían a cada paso. Hasta los más audaces se asustaban y anhelaban volver atrás. La terca persistencia de Morsamor y el respeto que Morsamor infundía los forzaba a seguir adelante. Con prudente cautela, y como por milagro, lograban que no tropezasen los caballos y las mulas en aquellos vericuetos y que no cayesen rodando en hondo precipicio con el jinete o con la carga que llevaban. Más propios de cabras monteses que de hombres eran aquellos sitios. Podría asegurarse que jamás se había estampado en ellos la planta humana. Era terreno desconocido, por donde, si lograban atravesarle, llegarían sin duda a no menos desconocida e inexplorada comarca.

La vereda daba innumerables rodeos. A veces iba en muy pendiente cuesta abajo, pero más a menudo se elevaba en cuesta no menos pendiente. Los cerros, a un lado y a otro, parecían ir creciendo. En sus enhiestos picos relucía el hielo perpetuo. La amontonada nieve bajaba hasta no muy lejos del camino, si era camino el desfiladero, cada vez más angosto, por donde marchaban.

Lo terrible de aquella peregrinación estaba por cima de todo encarecimiento cuando la noche envolvía en sus tinieblas a los viajeros.

Una noche, por último, fue indescriptible la angustia de todos. A pesar de la densa y casi impenetrable obscuridad, sintieron que se hallaban en una grande altura; que los cerros, por medio de los cuales habían caminado, quedaban atrás; que a un lado y a otro se les abría despejado, extenso horizonte; y que, delante de ellos, o descendía la senda, con inclinación que la hacía intransitable para hombres y para bestias de carga, o se convertía en despeñadero o abismo. Allí se pararon aguardando ansiosos el día y acurrucados bajo algunas tiendas de campaña que un viento frío e impetuoso amenazaba derribar y que los amedrentaba con siniestros silbidos.

Larga como un siglo se les antojó aquella noche, pero el alba perezosa vino al cabo a disipar las sombras, a dorar las nubes, a teñir el cielo de azul y de púrpura y a impregnar el aire en claridad luminosa.

Extraordinarias fueron la sorpresa y la alegría de los peregrinos cuando vieron extenderse a sus pies, desde la elevación en que se hallaban, la más amena, fértil y bien cultivada llanura que imaginarse puede. La vega deleitosa estaba regada por dos ríos y por muchos arroyos y acequias de agua cristalina. Se veían huertos, sembrados, y muy elegantes jardines. Bien cuidadas sendas iban de un lugar a otro, entre dos hileras de árboles copudos y umbríos. Los frutales más preciosos se ostentaban en las huertas. Se distinguían bien los muros, palacios, templos y monumentos de una muy hermosa ciudad; y más cerca, casi al pie de la sierra, un edificio amplísimo, a modo de suntuoso monasterio, tal por su esplendor y grandeza, que nada en la mente de los viajeros se le igualaba en España ni en Portugal, ni en la propia Samarcanda, aunque ellos magnificasen con el afectuoso recuerdo la esplendidez de lo que cada cual había visto y admirado en su patria.

La cuestión ahora era bajar hasta la vega desde la enriscada cumbre o viso en que estaban. Harto se afanaron por conseguirlo, pero lo consiguieron al fin dando muchas vueltas y describiendo muchas eses, para no despeñarse por los tajos de aquella agria ladera.

Ya casi en lo llano, se hallaron en un verde soto, en medio de frondosos y gigantescos árboles, y por cuyo centro se precipitaba caudaloso arroyo, dando saltos y formando copos de rizada y cándida espuma sobre el haz de sus agitados cristales.

Muchas aves había por allí que ya trinaban alegres, ya volaban de rama en rama, sin el menor recelo de los hombres. Francolines de vistosas plumas corrían en bandadas.

Tomás Cardoso, que era gran cazador, no pudo resistir a su deseo de matar el que le pareció más grueso y más cercano. Disparó una flecha, y el pájaro cayó herido a poca distancia.

Entonces salió de la espesura un viejo, algo encorvado por la edad, que parecía llegar a cien años, y con airado acento censuró la cruel conducta de Tomás Cardoso y hasta le amenazó con un castigo. Con burla y desprecio respondió el portugués al pobre anciano y dirigió sobre él el caballo para asustarle. Mas, ¡oh raro prodigio!, el viejezuelo alzó en el aire el báculo en que se apoyaba y dirigió la contera hacia el caballo que sobre él venía. El caballo dobló al punto las rodillas y bajó la cabeza hasta el suelo, como para besarle con humildad. Aquellos movimientos fueron tan rápidos, y fue tanto el descuido de Tomás Cardoso, por no preverlos, que el caballo le botó de la silla y le apeó por las orejas, excitando el caído la risa de sus compañeros a pesar del asombro que el sobrehumano poder del viejo les había causado.

Se adelantó entonces Tiburcio, y, sirviendo de intérprete, en vulgar dialecto indostaní, preguntó al viejo quién era él y en qué país se hallaban ellos.

El viejo contestó al punto en un idioma de cuyos vocablos no sabían uno siquiera ni Tiburcio, ni Morsamor, ni ninguno de los que iban acompañándolos.

Pero esto fue lo más raro y maravilloso. Ni Tiburcio, ni Morsamor, ni el más rudo de los allí presentes dejó de entender lo que el viejo decía, como si a cada uno en su patria lengua le hablase.

El viejo les dijo:

—Os hago saber que yo soy ayuda de cámara, secretario o fámulo del muy egregio señor Sankarachária. Gracias a él, y comunicados por él, poseo varios importantes dones. Es uno de ellos el de adivinar los pensamientos ajenos, y es otro el de sugestionar o infundir los pensamientos propios en las ajenas mentes sin valerme del auxilio de la palabra y del intermedio de los sentidos corporales. Os he escuchado y os he hablado por costumbre y rutina y para no faltar al uso corriente, pero sin hablar entiendo y me hago entender y así continuaremos nuestra conversación. Os digo con franqueza que no comprendo cómo habéis podido llegar hasta aquí. Mi amo me lo explicará todo, porque todo lo sabe. Ahora conviene que os lleve a su presencia. Es cortés y benigno; perdonará vuestra audacia y os recibirá amistosamente. Seguidme y os serviré de guía.

Dicho esto, volvió la espalda, empezó a andar y todos le siguieron.

No tardaron mucho en hallarse a la vista de un edificio tan suntuoso, grande y de tan florido estilo, que en su comparación, parecía miserable choza, la casa más capaz y elegante de Padres Jesuitas, sin exceptuar la que tienen en Loyola. Sobre la puerta principal había una inscripción en gruesas letras de oro. Como ya estaban todos sugestionados por el fámulo, aunque la inscripción estaba en sánscrito, la leyeron y entendieron, como si estuviese en portugués o en castellano. La inscripción decía:Cenobio de la jubilación varonil.

El fámulo aclaró el concepto de esta suerte:

—Los señores que aquí viven, son los señores más sabios que hay en el mundo. Con su exquisito régimen higiénico, con su dieta herbívora, y con su prudente y morigerada conducta, prolongan mucho la vida. Aquí no contamos por decenas sino por docenas. El término natural y ordinario de la existencia, es aquí de una gruesa de años o dígase de ciento cuarenta y cuatro. Cuando alguien por accidente muere antes, decimos que se malogra. Siete son los principios o elementos que en armonioso conjunto constituyen el ser humano. El número siete es simbólico y posee no pocas virtudes. Según nuestra Constitución social y política, histórica y filosófica, interna y externa, la vida de acción acaba en cada individuo cuando este cumple siete docenas de años. El día en que los cumple, es el día de su jubilación y él se retira a esteCenobioy pasa de la vida activa a la vida contemplativa.

Así, el fámulo iba enterando de todo a Morsamor y a su tropa. Y gracias a la sugestión, no sólo les daba noticias, sino que también les inspira sanos, juiciosos y vehementes deseos. El de bañarse, fregarse y escamondarse, fue el primero que les inspiró, y para que le lograsen, como le lograron, los introdujo en unas maravillosas termas, donde brochas y suaves cepillos automáticos los ungieron con aromático y espumoso jabón y les dieron gratas y purificantes fricciones. Recibieron luego duchas de agua perfumada, se secaron con finísimas sábanas de lino y quedaron como nuevos de puro lustrosos. Todos parecían más guapos y más jóvenes que antes. Al revestirse, notaron con agradable pasmo que la ropa interior había sido lavada y planchada, (permítaseme lo familiar de la expresión) en un periquete, y que asimismo olía muy bien, gracias a un exquisito sahumerio. Los coletos, los gregüescos, las calzas y demás ropilla exterior todo se había limpiado, quedando muy decente y desapareciendo las manchas sin el empleo de la bencina ni de otras sustancias apestosas.

El fámulo les dijo que era muy conveniente que ellos se presentasen de un modo decoroso ante el señor Sankarachária.

Los llevó enseguida a un bonito y capaz refectorio, donde almorzaron sutiles extractos, que paladeaban y saboreaban con raro deleite y que eran tan nutritivos y tan poco groseros, que bastaba para alimentar y satisfacer a un jayán, lo que cabe en una jícara de chocolate.

A todo esto, Morsamor y los suyos notaban con extrañeza que no aparecía nadie y que elCenobioestaba como desierto. Adivinó el fámulo lo que pensaban y aclaró el caso de este modo:

—No quiero que andéis maravillados y suspensos al ver esta mansión desierta. En ella no hay en este momento sino otros pocos fámulos como yo, retirados sin duda, cada uno en su celda. Los señores han salido todos. No volverán hasta tres horas después de mediodía, porque hoy tienenRecordatorio galante.

Impaciente Morsamor por averiguar lo que aquello significaba, interrumpió al viejo preguntándole:

—¿Y quérecordatorioes ese?

—ElRecordatorio galante—contestó el viejo—consiste en la costumbre que tienen los señores de ir una vez por semana al cercanoCenobio de la jubilación femenina, donde las señoras ancianas, dulces compañeras de su mocedad, los reciben de visita, los agasajan con un delicado banquete, recuerdan con ellos los juveniles gozos y hasta cantan y bailan y huelgan y se entretienen, si bien con la majestad, el entono y el sereno juicio que importan en la edad madura.

Paseando por los alrededores delCenobioy admirando los vergeles que le circundaban, estuvieron Morsamor y su gente hasta que pasaron las horas delRecordatorioy volvieron alCenobiolos señores ancianos.

Cosa de encanto les pareció el verlos venir. Con pausa solemne venían en dos hileras, como dos centenares de venerables viejos, vestidos de largas, flotantes y cándidas vestiduras. Todavía eran más cándidos y relucientes sus cabellos levemente rizados y sus luengas y bien peinadas barbas. Al andar, se apoyaban algunos en dorados báculos. Otros traían y tocaban arpas, violines y salterios. Guirnaldas de verdura y de flores ceñían las sienes de todos aquellos ancianos.

El fámulo, que para verlos pasar se había echado a un lado con los forasteros, dijo a estos cuando llegó frente de donde estaban el viejo tal vez de mayor estatura y de más gravedad y belleza de rostro.

—Ese es mi amo, el señor Sankarachária. Trae, como veis, una guirnalda de hiedra y de violetas, con que le ha coronado hoy su esposa, para simbolizar el púdico, modesto y apretado lazo con que siempre la tuvo ceñida y prendida.

Al son de los instrumentos músicos, venían todos cantando, con deliciosa melodía, un himno delRig-Veda, del que Morsamor comprendió milagrosamente y conservó en la memoria, no sabemos si con entera fidelidad, las siguientes estrofas:

«Áureo germen de luz apareciste al principio. Soberano del mundo llenaste la tierra y el cielo. ¿Eres tú el Dios a quien debemos ofrecer holocausto?».«Tú das la vida y la fuerza. Los otros dioses anhelan que los bendigas. La inmortalidad y la muerte son tu sombra. ¿Eres tú el Dios a quien debemos ofrecer holocausto?».«Las montañas cubiertas de nieve y las agitadas olas del mar anuncian tu poderío. Tus brazos abarcan la extensión de los cielos. ¿Eres tú el Dios a quien debemos ofrecer holocausto?».«Tú iluminas el éter. Tú afirmas la tierra y difundes la claridad por entre las nubes. Cielo y tierra te miran temblando a ti que los criaste. De tu radiante cabeza nace la aurora. Sobre las aguas que engendraron la luz primera y que se precipitan en el abismo, tiendes tú la serena mirada. Sobre todos los númenes te elevas cual Dios único. ¡Oh custodia y faro de la verdad! ¿Eres tú el Dios a quien debemos ofrecer holocausto?».

«Áureo germen de luz apareciste al principio. Soberano del mundo llenaste la tierra y el cielo. ¿Eres tú el Dios a quien debemos ofrecer holocausto?».

«Tú das la vida y la fuerza. Los otros dioses anhelan que los bendigas. La inmortalidad y la muerte son tu sombra. ¿Eres tú el Dios a quien debemos ofrecer holocausto?».

«Las montañas cubiertas de nieve y las agitadas olas del mar anuncian tu poderío. Tus brazos abarcan la extensión de los cielos. ¿Eres tú el Dios a quien debemos ofrecer holocausto?».

«Tú iluminas el éter. Tú afirmas la tierra y difundes la claridad por entre las nubes. Cielo y tierra te miran temblando a ti que los criaste. De tu radiante cabeza nace la aurora. Sobre las aguas que engendraron la luz primera y que se precipitan en el abismo, tiendes tú la serena mirada. Sobre todos los númenes te elevas cual Dios único. ¡Oh custodia y faro de la verdad! ¿Eres tú el Dios a quien debemos ofrecer holocausto?».

Como los sabios ancianos venían algo fatigados de la inocente huelga que habían tenido, el fámulo dejó que reposasen y durmiesen la siesta un par de horas, y luego llevó a Morsamor y a los suyos a la presencia del señor Sankarachária, quien los recibió con distinguida afabilidad y extremada finura.

Ya sabía Morsamor por el fámulo que el señor Sankarachária era el escritor más notable que había entonces en elCenobioy en toda aquella República. Los libros que había compuesto y que componía, eran epítomes o brevísimos compendios, en estilo llano, para poner al alcance del vulgo los más útiles conocimientos. Por el método, orden y nitidez de la exposición, ensalzaba el fámulo, entre dichos libros, los que se titulanTattva Bodha, Conocimiento de la existencia; Atma Bodha, Conocimiento de yo (Dios); yViveka Chudamani, El Paladión de la sabiduría.

—Aunque estos libros—añadía el fámulo—son sólo rudimentos y preparativos para iniciación más alta, nadie consiente por acá que se comuniquen a los europeos, cuya inteligencia carece de la sólida madurez que para comprenderlos se requiere. Sólo dentro de tres siglos y pico, podrán ser y serán traducidos, leídos y semi-comprendidos en Europa por algunas pocas almas excepcionalmente superiores.

Ya conjeturará el lector de la singular historia que vamos escribiendo, el mar de confusiones en que un espíritu tan escéptico y tan crítico, como el de Morsamor, hubo de engolfarse y hasta de anegarse al ver y al oír tan estupendas cosas.

—¿Qué diantres de personajes serán estos viejos?—se preguntaba él cavilando—. ¿Serán en realidad profundamente sabios, estarán de buena fe, llenos de vanidad y de soberbia por la comodidad y el regalo con que viven, gracias a sus envidiables inventos o habrá en ellos algo de embaucadores y de farsantes?

Así discurría Miguel de Zuheros, pero se callaba y ni al doncel sutil confiaba su discurso. De todos modos, Miguel de Zuheros sentía muy picada su curiosidad y anhelaba investigar y averiguar más de lo que ya sabía por el fámulo. Y como el señor Sankarachária era muy conversable y muy fino, procuró charlar con él, lo consiguió fácilmente y le interrogó sobre diversos puntos. De las contestaciones que obtuvo el sabio viejo, hemos podido recoger aquella parte que por ser menos profunda está más a nuestro alcance y vamos a ver si acertamos a transcribirla clara y fielmente.

—Elocultismo—dijo Morsamor—no acaba de justificarse a mis ojos. ¿Por qué escondéis avara y egoístamente vuestra ciencia, si vuestra ciencia es buena y puede hacer a los hombres, mejores y más dichosos?

—No transmitimos nuestra ciencia—respondió el sabio viejo—porque lo esencial de ella es intransmisible. Cada ser humano la crea en sí y para sí, sumergiéndose en el abismo de su propia alma, con intuición sólo eficaz cuando el alma está ya purificada y educada, exenta de egoísmo, libre de pasiones, apetitos y concupiscencias vulgares y apta para entrar en el santuario íntimo de la conciencia suprema, donde todo es uno, el conocer, el que conoce y lo conocido. Para adquirir esta indispensable previa aptitud, jamás basta una sola vida. Sólo puede conseguirse después de muchasreincarnaciones.

—¿Sabes tú—preguntó Morsamor—por cuántas has pasado ya?

—Miclarividencia, en este punto, no es completa todavía—replicó el anciano—; pero entreveo y percibo en la penumbra confusa de mis recuerdosultranatalesque he muerto y renacido ya treinta veces en esta mansión terrenal. Y todavía sé poco y todavía para seguir estudiando tendré que morir y que renacer dos o tres veces más antes de alcanzar elnirvana.

—¿Y qué es elnirvana?—dijo Morsamor.

Declárartelo bien—contestó el viejo—implicaría dos cosas tan difíciles que rayan en lo imposible. Es la primera que si lo supiese yo, yo estaría ya en elnirvanay sería omnicio o digase conocedor de cuanto ha sido, es y será; del sujeto, del objeto y de la síntesis en que se enlazan e identifican, siendo todo y uno y disipándose las aparentes ilusiones que distinguen, individualizan y separan. Y es la segunda que, aun poseyendo yo tan alta bienaventuranza, no hallaría para transmitirte su concepto medio alguno de expresión en lenguaje humano, ni tampoco en la sugestión directa y pura. Por ahora, reprime tu curiosidad y aguántate sin saber lo que es elnirvana. Acaso, dentro de algunos siglos, cuando subas a vida más alta, trasluzcas o columbres lo que es.

Morsamor se resignó porque no había otro remedio; mas para consolarse hizo preguntas menos trascendentes.

—Aunque lo más substancial y elevado de vuestra ciencia sea intrasmisible, todavía no me explico y deploro que viváis tan aislados en este esquivo rincón del mundo, sin influir en las andanzas del humano linaje, y sin enseñar a alguien que no sea de los vuestros, ya que no lo más elemental de vuestra ciencia, el método o camino que a ella conduce.

—Tu suposición es infundada—dijo el anciano—. Nosotros distamos mucho de vivir aislados. Desde hace miles de años estamos en comunicación y tenemos trato con no pocos espíritus selectos, aun de los que han vivido y viven más lejos de aquí. Nosotros les hemos comunicado generosamente algo de lo que sabemos y podemos comunicar. Sobre todo, hemos sido dadivosos, espléndidos, con aquellos que han logrado penetrar hasta aquí y hacernos una visita. Uno de los primeros que vino a vernos desde Europa fue Pitágoras de Samos, y a nosotros se nos debe no pequeña parte de su sistema filosófico. A despecho de nuestra prudencia y de nuestra ancianidad, he de confesarte que pecamos por un exceso de galantería, y siempre que aparece en nuestra tierra alguna dama extranjera de distinción y aficionada a saber, la recibimos con finísimas atenciones y hacemos cuanto está a nuestro alcance para ilustrarla. Valgan como ejemplo la famosa Sibila Eritrea y más aun la linda hija de un honradolucumonetrusco que vino acompañándola. Ella cautivó de tal suerte con su gentil presencia y con su mucha discreción a nuestros antepasados, que consiguió la dotasen de pasmosa sabiduría. Cuando volvió a Italia con su señor padre, se prendó de cierto reyezuelo de un pequeño Estado, tuvo con él frecuentes coloquios y le dio tan sanos consejos y le inspiró tan admirables leyes, que su ciudad, única en la historia, se enseñoreó de lo mejor del mundo y fundó hasta hoy el más persistente de los imperios. Ya comprenderás que hablo de Egeria, la ninfa inspiradora de Numa. Otros peregrinos se han presentado por aquí, que se han aprovechado muy mal de nuestras generosas lecciones, moviéndonos a arrepentirnos de habérselas dado. No se han servido de ellas con el desinterés y la abnegación indispensables para que den buen fruto, sino con malvado egoísmo, para engañar al prójimo y seducirle. Cuando esto ocurre, la magia blanca orajah yogaque nosotros aprendemos y transmitimos, se malea y se tuerce, y convertida enhatha yogao magia negra, suele hacer mil estragos como si fuese obra de los númenes infernales. Entre estos peregrinos que nos han dado chasco, te citaré a Simón el Mago, a Apolonio de Tiana, a Máximo de Efeso, consejero de Juliano el Apóstata, y por último, al encantador Merlín, a quien consideran en Europa como hijo del diablo, lo cual no hay para qué decir que es absurda mentira.

—¿Pero es menester—preguntó Morsamor—llegar a estos sitios para participar de vuestra sabiduría?

—En manera alguna—dijo Sankarachária—. Los más aprovechados e iluminados de entre nosotros, poseemos la facultad de entendernos, si queremos, con las personas que están más distantes. Nuestro cuerpo material y pesado es como la creación de nuestro cuerpo etéreo y plasmante, cuya ligereza raya casi en ubicuidad. Nosotros podemos desprender del cuerpo material y pesado dicha forma etérea, mal llamada cuerpo, recorrer con ella inmensas distancias, filtrarnos o colarnos por cualquier resquicio en la más severa clausura y conversar a todo nuestro sabor con nuestros amigos y adeptos. Así nos comunicamos y entendimos, hace ya sobre poco más o menos veintidós siglos, con el príncipe Sidarta, entrando en el hermoso palacio de Kapilavastu, donde su padre Sudhodan, rey de los sakias, le tenían encerrado. Con nuestras amonestaciones y consejos fomentamos su vocación e ilustramos su nobilísimo espíritu. Bien podemos, pues, jactarnos de haber influido en que se fundase una religión que en el día profesan más de cuatrocientos millones de seres humanos.

—¿Y habéis tratado y seguís tratando de la misma suerte a algunos sabios europeos, yendo vosotros de visita donde ellos residen?

—¿Y cómo no?—contestó Sankarachária—. Yo tengo y visito así a varios amigos de Europa. Uno de ellos, suizo de nación, médico excelente y filósofo de raro y agudísimo ingenio, está avecindado en Basilea, y es generalmente conocido con el nombre de Paracelso; otro, no menos singular, se llama Cornelio Agripa, natural de Colonia, en las orillas del Rhin; otro, que tiene más fama de brujo que los demás, y dicen que va siempre acompañado de un diablo en figura de paje, lo cual ya comprenderás que es una patraña, se llama el doctor Juan Fausto; y otro, por último, con quien estoy yo en más frecuentes y cordiales relaciones, vive ahora junto a Sevilla, en un convento en la margen del Guadalquivir, y se llama el Reverendo Padre Fray Ambrosio de Utrera.

Suspenso y como turulato se quedó Morsamor al oír en boca de Sankarachária el nombre de su benéfico amigo.

—Entonces—exclamó—sabrás quién soy yo. El Padre Ambrosio te lo habrá contado todo.

—Y vaya si me lo ha contado. Yo sabía quién tú eras, he influido en que vengas por aquí; puedo asegurar que invisiblemente te he guiado para llegar adonde no llega nadie sin nuestra venia, y encargando a mi fámulo el disimulo, le ordené que te aguardase en el soto, como, en efecto, lo hizo.

No fue una sola vez, sino varias, las que tuvo Morsamor diálogos por el estilo con el sabio viejo. Así aclaró o creyó aclarar muchas dudas y formar idea, aproximada ya que no exacta, del país a que había llegado y de la gente que en él vivía.

Pondremos aquí, en resumen, el resultado de sus investigaciones o dígase lo que él acertó a comprender y lo que nosotros podemos expresar sin trabucarlo ni alterarlo.

Era aquel país el de los llamadosmahatmas, rodeado de montañas tan intransitables, que los profanos no podían llegar a él. Era como unas Batuecas, no groseras y rústicas, sino cultas, elegantes y felices. Cuatro mil años, sobre poco más o menos, hacía ya que los habitantes de aquel país vivían apartados de la mayoría del humano linaje, formando una República pacífica y próspera, cuyo único gobierno era el consejo de los señores delCenobioo sea de losmahatmas.

Sankarachária explicaba de modo harto singular el origen de aquella República. Lo que él contaba dista mucho de parecer verdadero; antes bien, lo consideramos como fábula impía y absurda, pero nos parece tan curiosa que no podemos resistir a la tentación de ponerla aquí, en breves palabras, remitiendo a los lectores que quieran saber más sobre ello a un libro escrito no hace mucho tiempo y cuyo título esDios y su tocayo.

Prescindamos de la mayor o menor antigüedad de la especie humana. Dejemos a la prehistoria, ya fundada en la geología, ya valiéndose del estudio comparativo de los idiomas y de otros primitivos documentos, conceder muchos miles o pocos miles de años a la existencia del hombre en nuestro planeta. Tengamos sólo por cierto, para no disputar con el señor Sankarachária, que, antes de que apareciese la raza blanca, hubo otras razas que progresaron y se elevaron a no pocos grados de civilización. Así la raza negra, la amarilla y la raza de piel roja, cuyos individuos se llamaron atlantes y se esparcieron por el mundo cuando la Atlántida se hundió. No hablemos aquí de los proto-scitas o hiperbóreos, colonia de los atlantes que se estableció más allá de las Montañas Rifeas y que fue muy culta y floreciente. A nuestro propósito basta saber que más de dos mil y cuatrocientos años antes de la era vulgar, había dos poderosos y civilizados imperios: uno en Egipto, de atlantes y de negros mezclados, y otro en China, no menos adelantado o quizá más adelantado que el de los egipcios. En China reinaba en aquella época un Emperador llamado Iao, y hacía muy poco que, por evolución y selección, había aparecido sobre el haz de la tierra la raza blanca, que es la más perfecta de todas.

Ciertos espíritus, muy pulidos y desbastados ya, después de pasar por bastantesreincarnaciones, no se avinieron areincarnarseen chino, ni en negro, ni en mulato. Con la fuerza plasmante que tenían en su forma etérea se condimentaron o confeccionaron cuerpos sólidos más perfectos, y de esta suerte creía el sabio viejo, cuyas ideas extractamos, que apareció la raza blanca en el mundo. En una fértil y bonita comarca del Tibet, vivió y se propagó, bajo la dependencia del ya citado Emperador de la China, a quien sus súbditos llamaban Iao y Padre Celeste. Este soberano empezó a temer que aquellos nuevos hombres se instruyesen demasiado, se ensoberbeciesen y se rebelasen. Procuró, pues, conservarlos en la ignorancia, pero ellos desobedecieron sus mandatos y aprendieron muchas cosas buenas y malas. Iao entonces envió un ejército contra ellos, que los expulsó del paraíso en que vivían. Y ellos, expulsados ya, fueron poco a poco emigrando por diversas regiones y dominando y acogotando a las razas inferiores donde quiera que llegaban. Algo, no obstante, se pervirtieron, malearon y bastardearon con el trato y convivencia de las tales razas, harto inferiores, como ya queda dicho.

Sólo una escasa minoría de la raza blanca se conservó pura y sin mezcla y subió como la espuma en virtud y en saber. Para ello, en el momento de la expulsión ordenada por Iao, tuvo la cautela de escabullirse en aquel valle recóndito, circundado de altísimos montes y de casi impenetrables desfiladeros. Tal fue el origen de la República de losmahatmas, según ellos mismos lo entendían y declaraban.

—¿Y cuándo saldréis de vuestro retraimiento?—preguntó Morsamor a Sankarachária.

Y Sankarachária contestó:

—Cuando la Humanidad sea capaz de comprendernos. Cuando nazca a la vida colectiva.

—Pues qué, ¿no ha nacido aún?

—Aún dista mucho de nacer. Está en germen caótico: en incubación. No nacerá a la vida colectiva hasta dentro de quince mil años.

—¿Y cómo no hacéis nada para que la incubación se apresure?

—Hacemos lo que se puede—dijo Sankarachária—. Ya te he citado a no pocas personas que recibieron antiguamente nuestra inspiración y a algunas que la reciben hoy en Europa, ávida de saber y con la curiosidad científica muy despierta. Así los mencionados Paracelso, Cornelio Agripa, Fausto y tu valedor, Fray Ambrosio de Utrera. Pero quien más ha de influir en que la incubación siga preparándose sin que salga huero lo que se incuba, ha de ser una mujer privilegiada, semi-tudesca, semi-moscovita, que el cielo no subcitará en Europa hasta dentro de unos tres siglos. Pronosticado está que esta mujer vendrá a visitarnos, nos encantusará, se apoderará de muchos de nuestros secretos, los divulgará en luminosos tratados y enseñará una ciencia que poco modestamente apellidará teosofía. No será lo que enseñe sino los prolegómenos de nuestra ciencia verdadera; pero, aun así, se pasmará el mundo de oírla y de leerla y se crearán escuelas teosóficas en todas las naciones.

Ya suponemos que el pío lector habrá adivinado que Sankarachária, aunque no la nombra, alude a la señora Blavatski.

Todavía Morsamor, no satisfecho con las primeras nociones de aquella ciencia nueva, imitó proféticamente lo que hacen los periodistas del día en lasinterviewsy siguió preguntando. Para abreviar, sin que nada de lo más importante quede obscuro, prescindiremos de consignar las preguntas y sólo pondremos aquí tres o cuatro de las más notables contestaciones que Morsamor obtuvo. Por ellas empezará a comprender las doctrinas teosóficas quien esto lea y a sentir el prurito de estudiarlas a fondo en la multitud de libros que sobre el particular han escrito y publicado recientemente la citada señora Blavatski, el coronel Olcott, Annie Besant, Francisco Hartmann, Sinnett y otros autores, españoles algunos de ellos. Entiéndase, con todo, que esta ciencia de la teosofía no debe con propiedad llamarse nueva en Europa. Debe llamarse renovada. Sus adeptos de hoy le dan ya antiquísimo origen entre nosotros o sea fuera de la India. Hermes Trimegisto fue teósofo, y, bastantes siglos después, cultivó y propagó la teosofía entre griegos y latinos el ilustre Ammonio Sacas, fundador de la escuela de Alejandría.

Pero no divaguemos y vamos a las contestaciones que dio Sankarachária y que no conviene queden en el tintero.

El caudal de experiencias y de merecimientos con que el ser humano se va afirmando en sus diferentes vidas y haciéndose digno de más altasreincarnacionesse llamaKarma.

El principio que persiste, que no muere y que sereincarna, es el tercero de los siete que componen nuestro ser, se llamaManas, y es como la raíz imperecedera de nuestro individuo. Por cima deManasno hay más queBudhiyAtma.Atmaes el más alto principio de vida, el alma del Universo, yBudhiel lazo que aAtmanos une. Por bajo deManashay otros cuatro principios: el del amor, del odio y demás afectos, la fuerza vital, el cuerpo etéreo, y, por último, el cuerpo sólido, visible y tangible.

Sankarachária enseñó además a Morsamor que había dos métodos científicos: uno, por lo común empleado en Europa, que, valiéndose de los sentidos corporales e informándose de lo que se ve, se oye o se palpa, investiga las leyes de todo y procura elevarse a la causa primera; y otro, que es el indiano o teosófico, que se funda en la introinspección y por medio deBudhilogra queManasse encarame y se enlace conAtma, y entonces no hay cosa que el hombre no sepa, y apenas hay cosa que el hombre no pueda. De aquí la verdadera magia blanca, que, según queda dicho, se llamarajah-yoga, aunque alguien la designa también con el nombre delokothrao ciencia y poder nacidos de nuestro interior desenvolvimiento, en oposición alaukika, magia blanca también, pero vulgar y rastrera, que se funda en conocimientos experimentales y exteriores y en el empleo de drogas, hierbas y otros ingredientes.

Morsamor hablaba a menudo con Tiburcio, que andaba retraído, y le comunicaba cuanto iba aprendiendo. Tiburcio le oía, no daba crédito a nada y se reía de todo.

—Pero no me negarás—le decía Morsamor—que Sankarachária sabe y puede mucho.

—Yo no te lo niego—contestó Tiburcio—. Lo que te niego, es que su saber y su poder se funden en lo que él dice.

Y Tiburcio no pasaba nunca más adelante, ni aclaraba mejor su pensamiento. Por sus reticencias, con todo, presumía Morsamor que Tiburcio atribula las artes y las ciencias de losmahatmasa la intervención del diablo.

—¿Crees tú—le decía Morsamor—que el diablo interviene en esto?

Tiburcio no contestaba sí, ni no. Se reía y se callaba.

Entretanto, ni Morsamor, ni Tiburcio, ninguno de la pequeña hueste, podía ir a la ciudad de losmahatmasjóvenes o no jubilados, ni mucho menos ver a las mujeres. Sin duda era ley inquebrantable aquel retraimiento, mil veces más severo que el que hubo más tarde en el Paraguay, para evitar que las ciudadanas y los ciudadanos fuesen perturbados y contaminados por extrañas visitas.

Todos los forasteros, por consiguiente, aunque estaban muy agasajados en elCenobioy tratados a qué quieres boca, se aburrían de muerte y ansiaban salir de allí para gozar de plena libertad aunque tuviesen que sufrir trabajos.

El mismo Morsamor empezaba a cansarse. Dispuso su partida, pero antes de despedirse de Sankarachária, le hizo una última pregunta y le pidió un favor.

—Yo estoy harto—dijo Miguel de Zuheros—de guerras y de amores. En extremo me afligen los estragos y las muertes que preceden o suceden a cada victoria y a cada triunfo. Aún ansío laureles, pero han de ser incruentos y pacíficos. ¿Y qué más pacíficos laureles que los que yo alcanzaría, si me embarcase de nuevo, y por mar, navegando siempre hacia oriente, volviese a mi patria? Dime si esto es posible.

—Ya sabes—contestó el ancianomahatma—que mi ciencia es más de lo interior que de lo exterior. Todo eso y más sabré yo cuando llegue a enlazarme conAtma. Por ahora, ni lo sé, ni me importa saberlo, ni te lo diría aunque lo supiese. Y la razón es obvia. Si te dijera que es imposible, te quitaría la esperanza, te retraería de la empresa y te despojaría del mérito de haberla acometido. Y si te dijera que es posible, aún te despojaría más del mérito y de la gloria, porque con la seguridad de alcanzar fin tan alto, ¿quién, a no ser muy cobarde no pone los medios? No extrañes, pues, que me calle y dame gracias por mi silencio.

En el favor que pidió Miguel de Zuheros fue más dichoso que en la consulta. Sankarachária se le otorgó a medias. Morsamor quiso ver y hablar al Padre Ambrosio. Y elmahatma, si bien se excusó de ponerle al habla con el Padre para que el Padre no averiguase que él había revelado sus ocultas relaciones y tratos, todavía le prometió hacer que le viese, y en efecto, cumplió la promesa.

Para ello, exigiendo primero a Morsamor, que no había de chistar, ni alborotar, ni moverse, viera lo que viera, le condujo a un obscurísimo sótano y le sentó en una silla, donde había de quedar, y quedó como clavado.

De repente brotó un punto luminoso en el seno de las tinieblas. El punto se desenvolvió luego en multitud de rayos que trazaron un círculo lleno de claridad. Morsamor percibió en él con asombro el camaranchón donde el Padre Ambrosio tenía su laboratorio. El Padre estaba de pie, delante del atril donde leía un libro de magia. La lámpara que ardía sobre el atril, colgada del techo, parecía ser el punto o foco de luz, por cuya dilatación el círculo se había formado. Otro fraile estaba al lado del Padre Ambrosio con la capucha calada y volviendo a Morsamor las espaldas. Inesperadamente cambió este fraile de postura y mostró a Morsamor la cara. El pasmo de este rayó entonces en delirio. Creyó ver su propio rostro como en un espejo, pero no joven y gallardo, sino marchito, lleno de arrugas y con la barba blanca como la nieve. Su terror casi fue más intenso cuando notó que aquel rostro, que se le había aparecido, caía como una máscara o se disipaba como vapor muy tenue dejando en la capucha un hueco. La capucha y todo el hábito se diría que no encerraban ya sino aire vano: una ilusión, un espectro. El sayal vacío continuaba erguido, no obstante, y hasta se movía y marchaba, como si le llenase y le animase un espíritu.

Vio después Morsamor que el féretro donde le habían encerrado se hallaba en el mismo lugar; que el Padre Ambrosio levantó la tapa, y que dentro había un cuerpo humano tendido e inmóvil. No descubrió quién era. Un lienzo velaba su cara. El Padre Ambrosio alzó un pico del lienzo, hasta descubrir la boca del que allí reposaba, e introduciendo en aquella boca el agudo extremo de un pequeño embudo, vertió por él algunas gotas del líquido contenido en un pomo que llevaba en la mano.

La visión se disipó enseguida, como las figuras de una linterna mágica o de un cinematógrafo.

No acertó Morsamor a explicarse bien todo aquello por ningún estilo, pero pensó en su propio ser, se tocó y se reconoció materialmente, y tanto en lo exterior como en lo íntimo se declaró a sí mismo que el verdadero Morsamor era él y no otro. Encomendó a todos los diablos a Sankarachária, a los demásmahatmasy alCenobiode la jubilación varonil, y no bien despuntó la próxima aurora se escapó de allí con Tiburcio y los demás de su hueste.

Los diversos apuntes manuscritos de los que hemos ido extractando y compaginando esta historia hasta ahora clarísima, presentan aquí contradicciones que conviene resolver y obscuridades que conviene disipar por medio de hipótesis.

¿Cómo pudo Morsamor salir del misterioso y fantástico país de losmahatmasy hallarse de nuevo en terreno de ser y realidad más reconocidos?

Sin el poderoso auxilio de Sankarachária, jamás acaso hubiera logrado tal cosa. Nunca Morsamor hubiera salido de allí ni hubiera vuelto al mundo real, como volvió el doctor Fausto desde el país de las quimeras. Allí se hubiera quedado, no durante años, como se quedó Bompland en el Paraguay, sino para siempre: hasta la consumación de los siglos.

Morsamor, pues, y su hueste salieron, según unos, en una barca encantada, que se hallaron junto a la orilla de un lago, y que, arrastrada por la corriente, los lanzó en un río, por donde el lago se desaguaba, y cuyas ondas por rapidísimo declive se abrían cauce en la estrecha y tortuosa garganta que formaban tajados peñascos de empinadísimos cerros. Aseguran otros que Morsamor y su hueste se fueron por el aire, en una máquina o ingenioso artificio que les suministró Sankarachária y que sin ser juguete de las corrientes atmosféricas como los globos aerostáticos de ahora, se movía en la deseada y prescrita dirección, atraído por la fuerza psíquica o magnético-espiritual de un gran sabio, amigo de Sankarachária, que vivía en la ciudad de Lasa y era nada menos que el Secretario de Estado o ministro principal del Dalai-Lama. Si es lícito comparar lo falso con lo verdadero y la mala copia o remedo con el original, este Secretario de Estado era, respecto al Dalai-Lama, lo que fue Pedro Bembo respecto a León X.

Como quiera que sea, lo cierto es, que Morsamor y su hueste se hallaron en Lasa como por encanto.

La lámina de oro o salvoconducto de Babur les valió de mucho. ¿Cómo no habían de respetar en el Tibet, las encarecidas recomendaciones del sucesor de Tamerlán y de Kubilai-Kan, príncipe que había conquistado la China, que había reinado benéfica y gloriosamente en ella, y que por los consejos e insinuaciones de su privado Marco Polo, había fundado el poder temporal del Dalai-Lama como Constantino y Carlo Magno el de los pontífices de Roma?

El aviso además, que al Secretario de Estado dio Sankarachária por los medios mágicos de que disponía, y que dicho Secretario trasmitió a varios adeptos de los muchos que entonces tenían losmahatmasen el Tibet y en China, facilitó el largo y peligroso tránsito de Morsamor por todos aquellos países, inexplorados hasta entonces por los europeos.

Taciturno y afligido Morsamor, había hecho voto de no enamorar ya a mujer alguna, de no reñir con ningún hombre y de no tomar parte en ninguna contienda armada. Y como merced a las recomendaciones de Babur por un lado y a las delmahatmapor otro, se le facilitaron todos los medios de comodidad y de transporte, no se ha de extrañar, que Morsamor, por sus pasos contados, con la mayor premura posible, y sin que nada memorable le sucediera, llegase a Canton felizmente.

De lo que vio y observó en la China, bien pudiéramos poner aquí bastante, ya que en los archivos de Sevilla, privados y públicos, se conservan curiosísimas notas de Morsamor y de Tiburcio. Pero nosotros juzgamos conveniente pasar por alto todo esto. Nuestros ilustres viandantes sólo figuran como meros observadores y las noticias que dan no difieren mucho de las consignadas en las relaciones de viajes del Reverendo Padre Agustino Fray Juan González de Mendoza, del nunca bien ponderado Fernán Méndez Pinto, del Padre Maestro Fray Domingo Fernández Navarrete, de la orden de predicadores, y de otros sinólogos, españoles y portugueses no pocos de ellos, sin excluir a don Sinibaldo de Más, nuestro antiguo amigo.

Lo que aquí nos importa saber es que Morsamor se fue enseguida desde Cantón a Macao, pequeña colonia recién fundada por los portugueses.

En la rada de la nueva ciudad, Morsamor halló lo que deseaba y esperaba, según lo había concertado con el piloto Lorenzo Fréitas. Su nave, hacía dos o tres semanas que estaba allí aguardándole, lo cual no pesaba al señor Vandenpeereboom que había traficado con los chinos y hecho muy buenos negocios, ni pesaba tampoco a Fray Juan de Santarén, que predicaba con gran fruto, aunque valiéndose de intérpretes, y que bautizaba chinos a centenares, hallando sus neófitos entre la gente pobre y trabajadora que hoy pudiéramos llamarcoolies.

Ni el comisionista, ni el misionero, gustaron de la nueva empresa que Morsamor quería acometer; pero Morsamor poseía grandes riquezas y con ellas se allanan dificultades y todo se compone. A Fray Juan le proporcionó recursos suficientes para socorrer a sus más desvalidos catecúmenos y fundar un asilo piadoso, y al señor Vandenpeereboom, que tenía amplios poderes de los señores Adorno y Salvago, le compró la nave, pagándola espléndidamente, por una mitad más de su justo precio.

El piloto Lorenzo Fréitas y muchos de la tripulación, decidieron no abandonar a Morsamor e ir con él donde quisiera llevarlos.

Bajo la inteligente dirección de dicho piloto, hábiles calafates del país, limpiaron los fondos de la nave, que estaban harto sucios, la carenaron bien y la pusieron como nueva.

Morsamor y el piloto la proveyeron, por último, de todo género de vituallas y bastimentos como para una navegación muy larga.

Más de la mitad de los guerreros portugueses que hasta allí habían acompañado a Morsamor, resolvieron quedarse en Macao; pero los otros más decididos, así como los antiguos tripulantes, formaban muy completa dotación para la nave a la que Morsamor quiso cambiar el nombre que antes tenía sin duda, aunque no sabemos cuál fuese, y la confirmó con el antiguo, clásico y mitológico nombre deArgo.

No pocos días se pasaron en tan importantes asuntos, y si bien Morsamor se empleaba en ellos, lejos de mostrarse comunicativo y alegre, andaba triste y silencioso, esquivaba el trato y la conversación de todos, hasta del fiel Tiburcio, y para reposar de sus afanes gustaba de ir a escondese en cierta pintoresca gruta que había entre los peñascos de un cerro y desde la cual se oteaba el mar azul y se descubría muy extenso horizonte.

Al escribir la historia de Morsamor, nosotros haríamos célebre esta gruta, aunque ya no lo fuese, pero nos ahorra el trabajo de darle celebridad la que ya tiene desde antiguo por la circunstancia de haber imitado a Morsamor, sin saberlo, el glorioso poeta Luís de Camoens, que, pocos años después, solía ir allí a meditar y a entregarse a los más poéticos soliloquios. Los de Morsamor eran poéticos también, aunque todavía más que poéticos eran filosóficos, por lo cual pondremos aquí muy en resumen uno de estos soliloquios, a fin de que el sentir y el pensar de Morsamor sean entendidos sin que se fatiguen y sin que califiquen el soliloquio delatosolos lectores poco inclinados a la filosofía.

—Mi segunda mocedad—decía Morsamor—ha sido peor empleada que la primera.¡Vanidad de vanidades!Todo es vanidad y singularmente nuestros afanes, trabajos y aspiraciones. Pienso a veces que me valiera más no haberme remozado; pero, arrastrado por esa corriente de ideas negras, voy más lejos aún y exclamo: ¡mejor sería no haber nacido! He buscado el amor para gozarle y he hallado vergüenza, desolación y muerte. Doña Sol paga mi amor con su desprecio. El desprecio mío mata el amor de donna Olimpia. Y cuando no nos despreciamos y nos amamos, la ira y los celos dan espantosa muerte al objeto de mis amores. Mi ambición no ha sido menos burlada que mi cariño. Salvo una ruin satisfacción de amor propio; ¿qué ventaja he sacado, ni para mí ni para mis semejantes, de mis triunfos guerreros?

Así discurría Morsamor con profunda tristeza. Luego, para consolarse, imaginaba tener una misión y cumplir con ella. Se creía factor poderoso en el engrandecimiento de su patria. Pero también de esto dudaba; y mirando con inquietud hacia el porvenir, conceptuaba tal engrandecimiento caduco y efímero.

Cierta idea, más clara y consistente en nuestra edad que en la suya, aparecía después a su espíritu, para justificar su ambición; para que sus propósitos no fuesen tenidos por vanos. Morsamor suponía que el humano linaje iba subiendo a más altas esferas de bondad y de luz y que él contribuía enérgicamente a la ascensión magnífica, predeterminada por el cielo. Desconsoladoras reflexiones venían al punto a invalidar o al menos a poner muy en duda, el valer de esto último.

—No escatimaré yo mis alabanzas, ni negaré mi admiración—pensaba nuestro héroe—a los descubrimientos, invenciones y adelantos que los hombres realizan. Se diría que doman la naturaleza material, que encadenan con su inteligencia y sujetan a su voluntad las fuerzas del universo, y que se valen de ellas para evitar fatigas y crear placeres y goces. Laudable es, en este sentido, el fecundo renacimiento en Europa de ciencias, artes y letras. Laudable es la activa curiosidad de nuestros navegantes que atraviesan nunca surcados mares y penetran en las más apartadas e incógnitas regiones. Y si no es más laudable, es mil veces más asombroso el mágico saber de losmahatmas, que no puedo negar, porque de él he sido testigo. ¿Pero en lo fundamental, hay progreso acaso o hay mejora en Europa, en la India o en la China? Yo sospecho lo contrario. En las antiguas edades los hombres acertaban a veces o por estar más cerca de la revelación primitiva, o porque alambicaban menos y no se quebraban de puro sutiles, o porque la mente de ellos, no abrumaba aún con la pesada carga de lo observado y experimentado, levantaba el fácil vuelo a las esferas superiores y era capaz de una inspiración inocente y casi divina. Hoy, a fuerza de cavilar y de sutilizar, el entendimiento se pervierte y disparata mucho. No hay progreso, sino perversión, desde el himno compuesto hace más de tres mil años, que venían cantando losmahatmas, cuando los vi volver alCenobio, hasta las doctrinas que me expuso luego Sankarachária y que implican la negación de Dios, el concepto de que el mundo casi es ilusión y fantasmagoría, y la mal velada afirmación de que la conciencia nace de lo que no tiene conciencia, la voluntad del ciego prurito de los átomos, y de sus desordenadas evoluciones el entendimiento y las leyes a que el entendimiento sujeta así lo exterior y visible como lo más hondo e íntimo del alma. Cuanto he oído en Benarés en boca de los brahmanes y cuanto después me ha expuesto Sankarachária en su misterioso retiro son la corrupción del mencionado himno delRig-Veda, donde el vate de los primeros tiempos busca a Dios, le columbra y le admira en las cosas creadas y le reconoce y le adora. En este mismo Imperio en que ahora estoy, he conversado con los mandarines y sólo he visto en su saber ateísmo materialista y grosero; he conversado con lamas y bonzos y despojando sus doctrinas de supersticiones y de símbolos, sólo he visto en ellas la confusión de Dios y del mundo y el destino y el fin del alma humana fluctuando entre el aniquilamiento y la apoteosis.

Así cavilaba Morsamor y creía sacar en claro de sus cavilaciones la verdad real de su ser, del universo y de Dios que lo ha creado todo. Las muchas contradicciones que al afirmarlo así surgían en su mente le repugnaban mil veces meros que todas las otras contradicciones nacidas de cualquier otra metafísica por sutil y profunda que fuese.

—Hará ya más de dos mil años—decía Morsamor—que vivió en este Imperio el filósofo Laotse y escribió su doctrina del Tao. Allí está la verdad, al menos en germen. Cuanto después han inventado los chinos o han importado de la India es perversión o extravío.

De esta suerte, en la misma gruta donde más tarde meditó Camoens, Morsamor meditaba y filosofaba, se lisonjeaba de ir por el buen camino, y, hasta cierto punto se consideraba desengañado. Morsamor, no obstante, no se resignaba a despojarse de toda ambición. Aún quería recobrar el tiempo perdido, ganar gloria sobre la tierra, hacer inmortal su memoria entre los hombres, cosechar laureles sin verter sangre, revelar arcanos y realizar algo de inaudito o de antes no realizado por nadie. ¿Cuál sería el término de aquel inmenso mar que ante sus ojos se extendía? ¿Podría llegar por él hasta el mundo por Colón descubierto, salvar el valladar que le opusiera y volver a su patria navegando siempre hacia oriente?

Los letrados chinos, a quienes había consultado, nada sabían de todo esto. Acaso el extremo de aquel Océano oriental recelaba un obscuro abismo, algo de inaccesible para el hombre. Más allá tal vez estaría un infinito piélago de color y de luz, de donde al amanecer surgiría la aurora vertiendo claridad y oro, zafiros y rubíes por el éter, y abriendo paso al resplandeciente carro del sol, que vendría en pos de ella. Tal vez eran sueños y delirios las opiniones de antiguos sabios griegos sobre la esfericidad de la tierra. Tal vez era fábula cuanto había oído contar a los letrados de la primera expedición mística al Fusang de los discípulos de Fo en busca de un elixir que los hiciese inmortales. Tal vez eran fábulas también otras expediciones ulteriores. Los barcos de la flota que Kubilai-Kan envió a la conquista del Japón, dispersos e impulsados por una tempestad, pudieron llegar acaso al Fusang misterioso; pero de seguro que jamás volvieron de allí trayendo nuevas de lo que habían visto. No era el Fusang el mundo de Colón, sino un país imaginario donde la fantasía vulgar y materialista de los chinos ponía mayor fertilidad, abundancia y riqueza que los europeos pusieron más tarde en el Dorado. Lo único cierto era que más al oriente del Japón poco o nada conocían los chinos. Sólo presumían la indefinida extensión de un Océano mucho más ancho que el que separa a España de las tierras por Colón descubiertas. ¿Qué había en el extremo de este Océano? Quién sabe. Acaso el extremo de la tierra en que vivimos; el borde del disco; los lazos que atan la tierra al firmamento y que la sostienen suspendida en el éter. Morsamor veía en todo esto un misterio hasta entonces velado; pero le impulsaban a romper el velo su misma oscuridad y la vaga esperanza de que fuese cierto lo que habían pensado los sabios antiguos de Grecia y lo que Colón había intentado y hasta había creído demostrar yendo por Occidente al extremo Oriente.

Decidido, pues, Miguel de Zuheros, y habiendo infundido en los de la nave confianza en su decisión, dejó en Macao al señor Vandenpeereboom y a Fray Juan de Santarén, haciendo el uno negocios, y haciendo sermones el otro, y zarpó con su nave con rumbo hacia la desconocido.

Mientras más se piensa en ello más axioma parece la sentencia de don Hermógenes, declarando que todo es relativo. En el viajeDesde Toledo a Madrid, del maestro Tirso de Molina, apenas había caminado legua y media y llegado a las ventas de Olías, cuando exclama la melindrosa Doña Mayor:nunca imaginé que era tan largo el mundo. En cambio, el egregio poeta Leopardi prorrumpe en amargos lamentos porque el mundo le parece muy chico. Y es lo peor para él, que mientras más mundo se descubre más el mundo se empequeñece. Leopardi no cabe en el mundo.

Los tripulantes de la nave de Morsamor, de la nuevaArgo, ya que con tal nombre había sido confirmada, se asemejaban más a Doña Mayor que al poeta. Todos hallaban y no sin motivo, que el mundo era mayor de lo que habían imaginado. En efecto, habían ido más allá de cuanto habían surcado con sus quillas los más audaces navegantes, árabes, chinos, japoneses y portugueses; más allá de lo hasta entonces explorado y hasta soñado. Nadie había llegado jamás adonde ellos estaban, o si había llegado nadie había vuelto. Hacía ya no pocas semanas que sólo veían cielo y mar. El mar se les antojaba infinito como el cielo. Y no sólo era pasmosa la extensión de su superficie, sino que también lo era su profundidad insondable. En aquella soledad imponente, sublime terror pesaba sobre los espíritus durante la noche; pero rayada la aurora, todo se bañaba en luz y en vivos colores, y el sol rutilante y glorioso doraba el aire y esmaltaba de púrpura y de líquida plata las ondas azules.

El piloto Lorenzo Fréitas y el mismo Morsamor, que en el retiro de su convento había estudiado y aprendido no poco de la náutica y de la cosmografía, conocidas entonces, no habían dejado de hacer sus observaciones y sus cálculos y sabían que habían pasado la línea equinoccial, y que iban navegando con viento favorable y con rumbo al sureste. Lo que no acertaban a determinar por su ignorancia del tamaño de la tierra era si habían llegado o habían pasado ya bajo el semicírculo imaginario que, completando el semicírculo que pasa por Lisboa y toca en los polos del mundo, le divide en dos partes iguales. Si esto hubiesen sabido, hubieran sabido también lo que por experiencia trataban de inquirir: la forma y el tamaño de nuestro planeta. El intrépido aventurero y el hábil piloto, presumían, no obstante, que habían pasado ya el meridiano, o mejor diremos el antimeridiano de Lisboa. En la imaginación de ambos, cuando culminaba el sol sobre sus cabezas, aquella hermosa ciudad se mostraba envuelta en las densas sombras de media noche, merced al imperioso giro del firmamento todo, que daba rapidísimas vueltas e iba iluminando alternativamente nuestra pobre morada, o merced acaso al rodar de la tierra que en Salamanca, en Coimbra y en Sevilla habían presentido y sospechado antes de que Galileo lo sintiese y lo asegurase. En Sevilla, Morsamor había oído hablar mucho de todo esto a Fray Ambrosio de Utrera y a sus ilustres amigos, cosmógrafos y pilotos examinadores de la Casa de Contratación, entre los cuales se contaban Alonso de Chaves, Rodrigo Zamorano y el joven y magnífico caballero Pedro Mexía. De ellos, y de su propio estudio, había aprendido Morsamor, y algo se le alcanzaba del uso del astrolabio, del cuadrante, de la brújula y de otros instrumentos y de la manera de marcar el punto en que un barco se halla. Y como él y Lorenzo Fréitas coincidían en la opinión de que cada grado de la esfera tenía por el ecuador o por su anchura máxima quinientos estadios, cuando se creyeron en la parte opuesta del meridiano de Lisboa, creyeron también que distaban noventa mil estadios de dicha ciudad, y que todavía, sin contar los rodeos que tendrían que dar, necesitaban navegar otros noventa mil estadios para volver a la patria. Calculando por leguas, aunque es medida menos exacta y más variable, y atribuyendo a cada grado veinte leguas de longitud, aún tenían que andar tres mil y seiscientas leguas para llegar a Lisboa en línea recta y sin ningún tropiezo.

Para no asustar a la gente de a bordo, Morsamor y Fréitas se guardaron bien de comunicarles el resultado de sus cálculos.

En la nave, que había salido abundantemente provista de Macao, había agua potable y víveres para bastante tiempo. Todos, sin embargo, empezaban a tener miedo, aunque lo disimulaban y aunque todavía no se había convertido en descontento. Sólo Tiburcio se mostraba impasible y alegre, procurando con sus chistes ahuyentar del ánimo de Morsamor los malos espíritus que le atormentaban, a pesar de su esperanza de salir triunfante de aquel empeño.

Muy raras cavilaciones solían asaltar la mente de Morsamor, y no eran las menos raras las que tenía al pensar en Tiburcio. Nunca se atrevía a comunicárselo. Procuraba, además, arrojarlo de su propio pensamiento como indigna extravagancia; pero recelaba a veces que en Tiburcio había algo de sobrehumano o deextrahumano; un no sabemos qué de diabólico, a pesar de que Tiburcio era tan fiel, tan servicial y para con él tan bondadoso y tan divertido, que aun suponiéndole diablo, le calificaba debuen diablo. Entendía Morsamor, que si Tiburcio se deleitaba en actos pecaminosos, era con superior permiso, para sacar bálsamo del veneno y para dirigir y levantar la maldad rastrera a fines excelentes, ordenados por la Providencia. Y yendo más lejos aún, en esta suposición, que desechaba al punto por herética, y de la que nunca dejaba de retractarse, fantaseaba que, así como hay diablos en el infierno, también debía de haberlos en el purgatorio, para cuidar de las ánimas benditas y para atormentarlas, no por mero y cruel castigo, sino a fin de que quedasen limpias de toda mácula y capaces ya de perdurable vida. Claro está, que si había diablos de esta clase y si Tiburcio contaba entre ellos, al cabo llegaría un momento en que Tiburcio cumpliría su condena y se encontraría indultado y horro de la esclavitud de la culpa. No poco de tan extraña opinión podía apoyarse, según Miguel de Zuheros había oído al Padre Ambrosio, en varias sentencias de Orígenes y de San Gregorio de Nisa. Entiéndase, a pesar de lo expuesto, que Morsamor no perseveraba en tales errores y que abjuraba de ellos por vitandos y nefandos.

Como quiera que fuese, esta navegación que iban haciendo ahora era tan melancólica y tan tétrica como había sido amena y bulliciosa la que Morsamor y Tiburcio, acompañados de donna Olimpia y Teletusa, habían hecho desde Lisboa hasta Melinda.


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