Chapter 21

Es de saber que en el tiempo que Marco Antonio estuvo en el lecho, hizo voto, si Dios le sanase, de ir en romería á pié á Santiago de Galicia, en cuya promesa le acompañaron D. Rafael, Leocadia y Teodosia, y aun Calvete el mozo de mulas (obra pocas veces usada de los de oficios semejantes); pero la bondad y llaneza que habia conocido en D. Rafael, le obligó á no dejarle hasta que volviese á su tierra; y viendo que habian de ir á pié como peregrinos, envió las mulas á Salamanca con la que era de D. Rafael, que no faltó con quien enviarlas.

Llegóse pues el dia de la partida, y acomodados de sus esclavinas y de todo lo necesario, se despidieron del liberal caballero, que tanto les habia favorecido y agasajado, cuyo nombre era D. Sancho de Cardona, ilustrísimo por sangre, y famoso por su persona: ofreciéronsele todos de guardar perpetuamente ellos y sus descendientes, á quien se lo dejarian mandado, la memoria de las mercedes tan singulares dél recebidas, para agradecellas siquiera, ya que no pudiesen servirles. Don Sancho los abrazó á todos, diciéndoles que de su natural condicion nacia hacer aquellas obras, ó otras que fuesen buenas á todos los que conocia ó imaginaba ser hidalgos castellanos.

Reiteráronse dos veces los abrazos, y con alegría mezclada con algun sentimiento triste se despidieron, y caminando con la comodidad que permitia la delicadeza de las dos nuevas peregrinas, en tres dias llegaron á Monserrate, y estando allí otros tantos, haciendo lo que á buenos y católicos cristianos debian, con el mismo espacio volvieron á su camino, y sin sucederles reves ni desman alguno llegaron á Santiago. Y despues de cumplir su voto con la mayor devocion que pudieron, no quisieron dejar el hábito de peregrinos hasta entrar en sus casas, á las cuales llegaron poco á poco, descansados y contentos; mas ántes que llegasen, estando á vista del lugar de Leocadia (que como se ha dicho era á una legua del de Teodosia), desde encima de un recuesto los descubrieron á entrambos, sin poder encubrir las lágrimas, que el contento de verlos les trujo á los ojos, á lo ménos á las dos desposadas, que con su vista renovaron la memoria de los pasados sucesos.

Descubríase desde la parte donde estaban un ancho valle, que los dos pueblos dividia, en el cual vieron á la sombrade un olivo un dispuesto caballero, sobre un poderoso caballo, con una blanquísima adarga en el brazo izquierdo, una gruesa y larga lanza terciada en el derecho; y mirándole con atencion, vieron que asimismo por entre unos olivares venian otros dos caballeros con las mismas armas y con el mismo donaire y apostura, y de allí á poco vieron que se juntaron todos tres, y habiendo estado un pequeño espacio juntos se apartaron, y uno de los que á lo último habian venido se apartó con el que estaba primero debajo del olivo: los cuales, poniendo las espuelas á los caballos, arremetieron el uno al otro, con muestras de ser mortales enemigos, comenzando á tirarse bravos y diestros botes de lanza, ya hurtando los golpes, ya recogiéndolos con tanta destreza, que daban bien á entender ser maestros en aquel ejercicio: el tercero los estaba mirando, sin moverse de un lugar: mas no pudiendo D. Rafael sufrir estar tan léjos, mirando aquella tan reñida y singular batalla, á todo correr bajó del recuesto, siguiéndole su hermana y su esposa, y en poco espacio se puso junto á los dos combatientes, á tiempo que ya los dos caballeros andaban algo heridos; y habiéndosele caido al uno el sombrero, y con él un casco de acero, al volver el rostro conoció D. Rafael ser su padre, y Marco Antonio conoció que el otro era el suyo. Leocadia, que con atencion habia mirado al que no se combatia, conoció que era el padre que la habia engendrado, de cuya vista todos cuatro suspensos, atónitos y fuera de sí quedaron; pero dando el sobresalto lugar al discurso de la razon, los dos cuñados, sin detenerse, se pusieron en medio de los que peleaban, diciendo á voces:

—No mas, caballeros, no mas, que los que esto os piden y suplican son vuestros propios hijos: Yo soy Marco Antonio, padre y señor mio, decia Marco Antonio: yo soy aquel por quien, á lo que imagino, están vuestras canas venerables puestas en este riguroso trance: templad la furia y arrojad la lanza, ó volvedla contra otro enemigo, que el que teneis delante ya de hoy mas ha de ser vuestro hermano.

Casi estas mismas razones decia D. Rafael á su padre, á las cuales se detuvieron los caballeros, y atentamente se pusieron á mirar á los que se las decian, y volviendo la cabeza, vieron que D. Enrique, el padre de Leocadia, se habia apeado, y estaba abrazado con el que pensaban ser peregrino; y era que Leocadia se habia llegado á él, y dándosele á conocer, le rogó que pusiese en paz á los que se combatian, contándole en breves razones, cómo D. Rafael era su esposo, y Marco Antonio lo era de Teodosia.

Oyendo esto su padre, se apeó, y la tenia abrazada, como se ha dicho; pero dejándola, acudió á ponerlos en paz, aunque no fué menester, pues ya los dos habian conocido á sus hijos, y estaban en el suelo, teniéndolos abrazados, llorando todos lágrimas de amor y de contento nacidas. Juntáronse todos, y volvieron á mirar á sus hijos, y no sabian qué decirse: atentábanles los cuerpos, por ver si eran fantásticos, que su improvisa llegada esta y otras sospechas engendraba; pero desengañados algun tanto, volvieron á las lágrimas y á los abrazos.

Y en esto asomó por el mismo valle gran cantidad de gente armada, de á pié y de á caballo, los cuales venian á defender al caballero de su lugar; pero como llegaron, y los vieron abrazados de aquellos peregrinos, y preñados los ojos de lágrimas, se apearon y admiraron, estando suspensos, hasta tanto que D. Enrique les dijo brevemente lo que Leocadia su hija les habia contado.

Todos fueron á abrazar á los peregrinos con muestras de contento tales, que no se pueden encarecer. D. Rafael de nuevo contó á todos, con la brevedad que el tiempo requeria, todo el suceso de sus amores, y de cómo venia casado con Leocadia, y su hermana Teodosia con Marco Antonio: nuevas, que de nuevo causaron nueva alegría. Luego de los mismos caballos de la gente que llegó al socorro, tomaron los que hubieron menester para los cinco peregrinos, y acordaron de irse al lugar de Marco Antonio, ofreciéndole su padre de hacer allí las bodas de todos, y con este parecer se partieron; y algunos de los que se habian hallado presentes se adelantaron á pedir albricias á los parientes y amigos de los desposados. En el camino supieron D. Rafael y Marco Antonio la causa de aquella pendencia, que fué que el padre de Teodosia y el de Leocadia habian desafiado al padre de Marco Antonio en razon de que él habia sido sabidor de los engaños de su hijo, y habiendo venido los dos, y hallándole solo, no quisieron combatirse con alguna ventaja, sino uno á uno como caballeros, cuya pendencia parara en la muerte de uno ó en la de entrambos, si ellos no hubieran llegado.

Dieron gracias á Dios los cuatro peregrinos del suceso feliz. Y otro dia, despues que llegaron, con real y espléndida magnificencia y suntuoso gasto, hizo celebrar el padre de Marco Antonio las bodas de su hijo y Teodosia, y las de D. Rafael y Leocadia. Los cuales luengos y felices años vivieron en compañía de sus esposas, dejando de sí ilustre generacion y descendencia, que hasta hoy dura en estos dos lugares, que son de los mejores de la Andalucía; y si no se nombran, es por guardar el decoro á las dos doncellas, á quien quizá las lenguas maldicientes, ó neciamente escrupulosas, les harán cargo de la lijereza de sus deseos, y del súbito mudar de trajes: á los cuales ruego que no se arrojen á vituperar semejantes libertades, hasta que miren en sí, si alguna vez han sido tocados destas que llaman flechas de Cupido, que en efeto es unafuerza, si así se puede llamar, incontrastable, que hace el apetito á la razon.

Calvete, el mozo de mulas, se quedó con la que D. Rafael habia enviado á Salamanca, y con otras muchas dádivas que los dos desposados le dieron; y los poetas de aquel tiempo tuvieron ocasion donde emplear sus plumas, exagerando la hermosura y los sucesos de las dos tan atrevidas cuanto honestas doncellas, sujeto principal deste estraño suceso.


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