LA ILUSTRE FREGONA.
En Búrgos, ciudad ilustre y famosa, no ha muchos años que en ella vivian dos caballeros principales y ricos: el uno se llamaba D. Diego de Carriazo, y el otro D. Juan de Avendaño. El D. Diego tuvo un hijo á quien llamó de su mismo nombre, y el D. Juan otro á quien puso D. Tomas de Avendaño. Á estos dos caballeros mozos, como quien han de ser las principales personas deste cuento, por escusar y ahorrar letras, les llamaremos con solos los nombres de Carriazo y de Avendaño.
Trece años ó poco mas tendria Carriazo, cuando llevado de una inclinacion picaresca, sin forzarle á ello algun mal tratamiento que sus padres le hiciesen, solo por su gusto y antojo se desgarró, como dicen los muchachos, de casa de sus padres, y se fué por ese mundo adelante, tan contento de la vida libre, que en la mitad de las incomodidades y miserias que trae consigo, no echaba ménos la abundancia de la casa de su padre, ni el andar á pié le cansaba, ni el frio le ofendia, ni el calor le enfadaba: para él todos los tiempos del año le eran dulce y templada primavera: tan bien dormia en parvas, como en colchones: con tanto gusto se soterraba en un pajar de un meson, como si se acostara entre dos sábanas de Holanda: finalmente, él salió tan bien con el asunto de pícaro, que pudiera leer cátedra en la facultad al famoso de Alfarache.
En tres años que tardó en parecer y volver á su casa aprendió á jugar á la taba en Madrid, y al rentoy en las ventillas de Toledo, y á presa y pinta en pié en las barbacanas de Sevilla; pero con serle anejo á este género de vida la miseria y estrecheza,mostraba Carriazo ser un príncipe en sus obras: á tiro de escopeta en mil señales descubria ser bien nacido, porque era generoso y bien partido con sus camaradas; visitaba pocas veces las ermitas de Baco; y aunque bebia vino, era tan poco, que nunca pudo entrar en el número de los que llaman desgraciados, que con alguna cosa que beban demasiado, luego se les pone el rostro como si se le hubiesen jalbegado con bermellon y almagre. En fin, en Carriazo vió el mundo un pícaro virtuoso, limpio, bien criado, y mas que medianamente discreto: pasó por todos los grados de pícaro, hasta que se graduó de maestro en las almadrabas de Zahara, donde es el finibusterre de la picaresca.
¡Oh pícaros de cocina, sucios, gordos y lucios: pobres fingidos, tullidos falsos, cicateruelos de Zocodover y de la plaza de Madrid, vistosos oracioneros, esportilleros de Sevilla, mandilejos de la hampa, con toda la caterva innumerable que se encierra debajo deste nombre pícaro! Bajad el toldo, amainad el brio, no os llameis pícaros si no habeis cursado dos cursos en la academia de la pesca de los atunes: allí, allí está en su centro el trabajo junto con la poltronería: allí está la suciedad limpia, la gordura rolliza, la hambre pronta, la hartura abundante, sin disfraz el vicio, el juego siempre, las pendencias por momentos, las muertes por puntos, las pullas á cada paso, los bailes como en bodas, las seguidillas como en estampa, los romances con estribos, la poesía sin acciones: aquí se canta, allí se reniega, acullá se riñe, acá se juega, y por todo se hurta: allí campea la libertad y luce el trabajo: allí van ó envían muchos padres principales á buscar á sus hijos, y los hallan; y tanto sienten sacarlos de aquella vida, como si los llevaran á dar la muerte.
Pero toda esta dulzura que he pintado, tiene un amargo acíbar que la amarga; y es no poder dormir sueño seguro sin el temor de que en un instante los trasladen de Zahara á Berbería: por esto las noches se recogen á unas torres de la marina, y tienen sus atajadores y centinelas, en confianza de cuyos ojos cierran ellos los suyos; puesto que tal vez ha sucedido que centinelas y atajadores, pícaros, mayorales, barcos y redes, con toda la turbamulta que allí se ocupa, han anochecido en España y amanecido en Tetuan. Pero no fué parte este temor para que nuestro Carriazo dejase de acudir allí tres veranos á darse buen tiempo: el último verano le dijo tan bien la suerte, que ganó á los naipes cerca de setecientos reales, con los cuales quiso vestirse, y volverse á Búrgos, y á los ojos de su madre, que habia derramado por él muchas lágrimas: despidióse de sus amigos, que los tenia muchos y muy buenos: prometióles que el verano siguiente seria con ellos, si enfermedad ó muerte no lo estorbase: dejó con ellos la mitad de su alma,y todos sus deseos entregó á aquellas secas arenas, que á él parecian mas frescas y verdes que los campos Elíseos: y por estar ya acostumbrado á caminar á pié, tomó el camino en la mano, y sobre dos alpargates se llegó desde Zahara hasta Valladolid, cantando las tres ánades, madre: estúvose allí quince dias para reformar la color del rostro, sacándola de mulata á flamenca, y para trastejarse y sacarse del borrador de pícaro, y ponerse en limpio de caballero.
Todo esto hizo segun y como le dieron comodidad quinientos reales con que llegó á Valladolid, y aun dellos reservó ciento para alquilar una mula y un mozo, con que se presentó á sus padres honrado y contento. Ellos le recebieron con mucha alegría, y todos sus amigos y parientes vinieron á darle el parabien de la buena venida del señor D. Diego de Carriazo su hijo. Es de advertir que en su peregrinacion D. Diego, mudó el nombre de Carriazo en el de Urdiales, y con este nombre se hizo llamar de los que el suyo no sabian.
Entre los que vinieron á ver el recien llegado fueron D. Juan de Avendaño y su hijo D. Tomas, con quien Carriazo, por ser ambos de una misma edad y vecinos, trabó y confirmó una amistad estrechísima.
Contó Carriazo á sus padres y á todos mil magníficas y luengas mentiras de cosas que le habian sucedido en los tres años de su ausencia; pero nunca tocó ni por pienso en las almadrabas, puesto que en ellas tenia de contino puesta la imaginacion, especialmente cuando vió que se llegaba el tiempo donde habia prometido á sus amigos la vuelta: ni le entretenia la caza en que su padre le ocupaba, ni los muchos, honestos y gustosos convites que en aquella ciudad se usan, le daban gusto; todo pasatiempo le cansaba, y á todos los mayores que se le ofrecian anteponia el que habia recebido en las almadrabas.
Avendaño, su amigo, viéndole muchas veces melancólico é imaginativo, fiado en su amistad se atrevió á preguntarle la causa, y se obligó á remediarla, si pudiese y fuese menester, con su sangre misma. No quiso Carriazo tenérsela encubierta, por no agraviar á la grande amistad que le profesaba; y así le contó punto por punto la vida de la jábega, y cómo todas sus tristezas y pensamientos nacian del deseo que tenia de volver á ella: pintósela de modo, que Avendaño, cuando le acabó de oir, ántes alabó que vituperó su gusto.
En fin, el de la plática fué disponer Carriazo la voluntad de Avendaño de manera, que determinó de irse con él á gozar un verano de aquella felicísima vida que le habia descrito, de lo cual quedó sobre modo contento Carriazo, por parecerle que habia ganado un testigo de abono que calificase su baja determinacion: trazaron ansimismo de juntar todo el dinero que pudiesen, y el mejor modo que hallaron fué que de allí á dosmeses habia de ir Avendaño á Salamanca, donde por su gusto tres años habia estado estudiando las lenguas griega y latina, y su padre queria que pasase adelante y estudiase la facultad que él quisiese; y que del dinero que le diese habria para lo que deseaban.
En este tiempo propuso Carriazo á su padre que tenia voluntad de irse con Avendaño á estudiar á Salamanca. Vino su padre con tanto gusto en ello, que hablando al de Avendaño, ordenaron de ponerles juntos casa en Salamanca, con todos los requisitos que pedian ser hijos suyos.
Llegóse el tiempo de la partida: proveyéronles de dinero, y enviaron con ellos un ayo que los gobernase, que tenia mas de hombre de bien que de discreto. Los padres dieron documentos á sus hijos de lo que habian de hacer, y de cómo se habian de gobernar para salir aprovechados en la virtud y en las ciencias, que es el fruto que todo estudiante debe pretender sacar de sus trabajos y vigilias, principalmente los bien nacidos. Mostráronse los hijos humildes y obedientes, lloraron las madres, recebieron la bendicion de todos, pusiéronse en camino con mulas propias y con dos criados de casa, amen del ayo, que se habia dejado crecer la barba porque diese autoridad á su cargo.
En llegando á la ciudad de Valladolid, dijeron al ayo que querian estarse en aquel lugar dos dias para verle, porque nunca le habian visto ni estado en él. Reprendióles mucho el ayo severa y ásperamente la estada, diciéndoles que los que iban á estudiar con tanta priesa como ellos, no se habian de detener una hora á mirar niñerías, cuanto mas dos dias, y que él formaria escrúpulo si los dejaba detener un solo punto, y que se partiesen luego, y si no, que sobre eso morena.
Hasta aquí se estendia la habilidad del señor ayo ó mayordomo, como mas nos diere gusto llamarle. Los mancebitos, que tenian ya hecho su agosto y su vendimia, pues habian ya sacado cuatrocientos escudos de oro que llevaba su mayordomo, dijeron que solos los dejase aquel dia, en el cual querian ir á ver la fuente de Argales, que la comenzaban á conducir á la ciudad por grandes y espaciosos acueductos. En efecto, aunque con dolor de su ánima, les dió licencia, porque él quisiera escusar el gasto de aquella noche, y hacerle en Valdeastillas, y repartir las diez y ocho leguas que hay desde Valdeastillas á Salamanca en dos dias, y no las veinte y dos que hay desde Valladolid; pero como uno piensa el bayo y otro el que le ensilla, todo le sucedió al reves de lo que él quisiera.
Los mancebos, con solo un criado, y á caballo en dos muy buenas y caseras mulas, salieron á ver la fuente de Argales, famosa por su antigüedad y sus aguas, á despecho del caño dorado y de la reverenda priora, con paz sea dicho, de Leganitos, y de la estremadísima fuente Castellana, en cuya competencia pueden callar Corpa y la Pizarra de la Mancha. Llegaron á Argales, y cuando creyó el criado que sacaba Avendaño de las bolsas del cojin alguna cosa con que beber, vió que sacó una carta cerrada, diciéndole que luego al punto volviese á la ciudad, y se la diese á su ayo, y que en dándola les esperase en la puerta del Campo.
Obedeció el criado, tomó la carta, volvió á la ciudad, y ellos volvieron las riendas, y aquella noche durmieron en Mojados, y de allí á dos dias en Madrid, y en otros cuatro se vendieron las mulas en pública plaza, y hubo quien les fiase por seis escudos de prometido, y aun quien les diese el dinero en oro por sus cabales. Vistiéronse á lo payo, con capotillos de dos haldas, zahones ó zaragüelles y medias de paño pardo. Ropero hubo que por la mañana les compró sus vestidos, y á la noche los habia mudado de manera, que no los conociera la propia madre que los habia parido.
Puestos pues á la lijera y del modo que Avendaño quiso y supo, se pusieron en camino de Toledoad pedem litteræy sin espadas, que tambien el ropero, aunque no atañian á su menester, se las habia comprado.
Dejémoslos ir por ahora, pues van contentos y alegres, y volvamos á contar lo que el ayo hizo cuando abrió la carta que el criado le llevó, y halló que decia desta manera:
«Vuesa merced será servido, señor Pedro Alonso, de tener paciencia y dar la vuelta á Búrgos, donde dirá á nuestros padres que habiendo nosotros sus hijos con madura consideracion considerado cuán mas propias son de los caballeros las armas que las letras, habemos determinado de trocar á Salamanca por Bruselas y á España por Flándes; los cuatrocientos escudos llevamos, las mulas pensamos vender; nuestra hidalga intencion y el largo camino es bastante disculpa de nuestro yerro, aunque nadie le juzgará por tal, si no es cobarde; nuestra partida es ahora, la vuelta será cuando Dios fuere servido, el cual guarde á vuesa merced como puede y estos sus menores discípulos deseamos. De la fuente de Argales, puesto ya el pié en el estribo para caminar á Flándes. —Carriazo y Avendaño.»
«Vuesa merced será servido, señor Pedro Alonso, de tener paciencia y dar la vuelta á Búrgos, donde dirá á nuestros padres que habiendo nosotros sus hijos con madura consideracion considerado cuán mas propias son de los caballeros las armas que las letras, habemos determinado de trocar á Salamanca por Bruselas y á España por Flándes; los cuatrocientos escudos llevamos, las mulas pensamos vender; nuestra hidalga intencion y el largo camino es bastante disculpa de nuestro yerro, aunque nadie le juzgará por tal, si no es cobarde; nuestra partida es ahora, la vuelta será cuando Dios fuere servido, el cual guarde á vuesa merced como puede y estos sus menores discípulos deseamos. De la fuente de Argales, puesto ya el pié en el estribo para caminar á Flándes. —Carriazo y Avendaño.»
Quedó Pedro Alonso suspenso en leyendo la epístola, y acudió presto á su balija, y el hallarla vacía le acabó de confirmar la verdad de la carta, y luego al punto en la mula que le habia quedado se partió á Búrgos á dar las nuevas á sus amos con toda presteza, porque con ella pusiesen remedio y diesen traza de alcanzar á sus hijos; pero destas cosas no dice nada el autor desta novela, porque así como dejó puesto á caballo á Pedro Alonso, volvió á contar lo que les sucedió á Avendaño y á Carriazo á la entrada de Illescas, diciendo: que al entrar de la puerta de la villa encontraron dos mozos de mulas, al parecer andaluces, encalzones de lienzo anchos, jubones acuchillados de anjeo, sus coletos de ante, dagas de gancho y espadas sin tiros; al parecer el uno venia de Sevilla, y el otro iba á ella: el que iba estaba diciendo al otro:
—Si no fueran mis amos tan adelante, todavía me detuviera algo mas á preguntar mil cosas que deseo saber, porque me has maravillado mucho con lo que has contado de que el conde ha ahorcado á Alonso Gines y á Ribera, sin querer otorgarles la apelacion.
—¡Oh pecador de mí! replicó el sevillano, armóles el conde zancadilla, y cogiólos debajo de su jurisdicion, que eran soldados, y por contrabando se aprovechó dellos, sin que la audiencia se los pudiese quitar: sábete, amigo, que tiene un Bercebú en el cuerpo este conde de Puñonrostro, que nos mete los dedos de su puño en el alma: barrida está Sevilla y diez leguas á la redonda de jácaros: no para ladron en sus contornos: todos le temen como al fuego, aunque ya se suena que dejará presto el cargo de asistente, porque no tiene condicion para verse á cada paso en dímes ni dirétes con los señores de la audiencia.
—Vivan ellos mil años, dijo el que iba á Sevilla, que son padres de los miserables y amparo de los desdichados: ¡cuántos pobretes están mascando barro, no mas de por la cólera de un juez absoluto, de un corregidor ó mal informado ó bien apasionado! Mas ven muchos ojos que dos: no se apodera tan presto el veneno de la injusticia de muchos corazones, como se apodera de uno solo.
—Predicador te has vuelto, dijo el de Sevilla, y segun llevas la retahila, no acabarás tan presto, y yo no te puedo aguardar; y esta noche no vayas á posar donde sueles, sino en la posada del Sevillano, porque verás en ella la mas hermosa fregona que se sabe: Marinilla la de la venta Tejada es asco en su comparacion; no te digo mas sino que hay fama que el hijo del corregidor bebe los vientos por ella: uno desos mis amos que allá van, jura que al volver que vuelva al Andalucía, se ha de estar dos meses en Toledo y en la misma posada solo por hartarse de mirarla: ya le dejo yo en señal un pellizco, y me llevo en contracambio un gran torniscon; es dura como un mármol y zahareña como villana de Sayago, y áspera como una ortiga; pero tiene una cara de pascua y un rostro de buen año: en una mejilla tiene el sol y en la otra la luna; la una es hecha de rosas y la otra de claveles, y en entrambas hay tambien azucenas y jazmines; no te digo mas sino que la veas, y verás que no te he dicho nada, segun lo que te pudiera decir acerca de su hermosura: en las dos mulas rucias que sabes que tengo mias, la dotara de buena gana, si me la quisieran dar por mujer; pero yo sé que no me la darán, que es joya para un arcipreste ó para un conde; y otra vez torno á decir que allá lo verás, y adios,que me mudo.
Con esto se despidieron los dos mozos de mulas, cuya plática y conversacion dejó mudos á los dos amigos que escuchado la habian, especialmente Avendaño, en quien la simple relacion que el mozo de mulas habia hecho de la hermosura de la fregona, despertó en él un intenso deseo de verla: tambien le despertó en Carriazo; pero no de manera que no desease mas llegar á sus almadrabas, que detenerse á ver las pirámides de Egipto, ó otra de las siete maravillas, ó todas juntas.
En repetir las palabras de los mozos y en remedar y contrahacer el modo y los ademanes con que las decian, entretuvieron el camino hasta Toledo, y luego siendo la guia Carriazo, que ya otra vez habia estado en aquella ciudad, bajando por la Sangre de Cristo, dieron con la posada del Sevillano; pero no se atrevieron á pedirla allí, porque su traje no lo pedia.
Era ya anochecido, y aunque Carriazo importunaba á Avendaño que fuesen á otra parte á buscar posada, no le pudo quitar de la puerta de la del Sevillano, esperando si acaso parecia la tan celebrada fregona. Entrábase la noche, y la fregona no salia: desesperábase Carriazo, y Avendaño se estaba quedo, el cual por salir con su intencion, con escusa de preguntar por unos caballeros de Búrgos que iban á la ciudad de Sevilla, se entró hasta el patio de la posada, y apénas hubo entrado, cuando de una sala que en el patio estaba vió salir una moza, al parecer de quince años poco mas ó ménos, vestida como labradora, con una vela encendida en un candelero. No puso Avendaño los ojos en el vestido y traje de la moza, sino en su rostro, que le parecia ver en él los que suelen pintar de los ángeles: quedó suspenso y atónito de su hermosura, y no acertó á preguntarle nada: tal era su suspension y embelesamiento. La moza, viendo aquel hombre delante de sí, le dijo:
—¿Qué busca, hermano? ¿Es por ventura criado de alguno de los huéspedes de casa?
—No soy criado de ninguno, sino vuestro, respondió Avendaño todo lleno de turbacion y sobresalto.
La moza, que de aquel modo le vió responder, dijo:
—Vaya, hermano, norabuena, que las que servimos no hemos menester criados.
Y llamando á su señor, le dijo:
—Mire, señor, lo que busca este mancebo.
Salió su amo, y preguntóle qué buscaba. Él respondió que á unos caballeros de Búrgos que iban á Sevilla, uno de los cuales era su señor, el cual le habia enviado delante por Alcalá de Henáres, donde habia de hacer un negocio que les importaba, y que junto con esto le mandó que se viniese á Toledo y le esperase en la posada del Sevillano, donde vendria á apearse, y que pensaba que llegaria aquella noche ó otro dia á mas tardar. Tan buen color dió Avendaño á su mentira, que á la cuenta del huésped pasó por verdad, pues le dijo:
—Quédese, amigo, en laposada, que aquí podrá esperar á su señor hasta que venga.
—Muchas mercedes, señor huésped, respondió Avendaño, y mande vuesa merced que se me dé un aposento para mí y un compañero que viene conmigo, que está allí fuera, que dinero traemos para pagarlo tan bien como otro.
—En buen hora, respondió el huésped.
Y volviéndose á la moza, dijo:
—Costancica, dí á la Argüello que lleve á estos dos galanes al aposento del rincon, y que les eche sábanas limpias.
—Sí haré, señor, respondió Costanza, que así se llamaba la doncella.
Y haciendo una reverencia á su amo, se les quitó delante, cuya ausencia fué para Avendaño lo que suele ser al caminante ponerse el sol y sobrevenir la noche lóbrega y escura: con todo esto salió á dar cuenta á Carriazo de lo que habia visto y de lo que dejaba negociado. El cual por mil señales conoció cómo su amigo venia herido de la amorosa pestilencia; pero no le quiso decir nada por entónces, hasta ver si lo merecia la causa de quien nacian las estraordinarias alabanzas y grandes hipérboles con que la belleza de Costanza sobre los mismos cielos levantaba.
Entraron en fin en la posada, y la Argüello, que era una mujer de hasta cuarenta y cinco años, superintendente de las camas y aderezo de los aposentos, los llevó á uno que ni era de caballeros ni de criados, sino de gente que podia hacer medio entre los dos estremos. Pidieron de cenar, respondióles la Argüello que en aquella posada no daban de comer á nadie, puesto que guisaban y aderezaban lo que los huéspedes traian de fuera comprado; pero que bodegones y casas de estado habia cerca, donde sin escrúpulo de conciencia podian ir á cenar lo que quisiesen. Tomaron los dos el consejo de la Argüello, y dieron con sus cuerpos en un bodegon, donde Carriazo cenó lo que le dieron, y Avendaño lo que con él llevaba, que fueron pensamientos y imaginaciones.
Lo poco ó nada que Avendaño comia admiraba á Carriazo. Por enterarse del todo de los pensamientos de su amigo, al volverse á la posada, le dijo:
—Conviene que mañana madruguemos, porque ántes que entre la calor estemos ya en Orgaz.
—No estoy en eso, respondió Avendaño, porque pienso, ántes que desta ciudad me parta, ver lo que dicen que hay famoso en ella, como es el Sagrario, el artificio de Juanelo, las vistillas de San Agustin, la huerta del Rey y la Vega.
—Norabuena, respondió Carriazo, eso en dos dias se podrá ver.
—En verdad que lo he de tomar despacio, que no vamos á Roma á alcanzar alguna vacante.
—Ta, ta, replicó Carriazo, á mí me maten, amigo, si no estais vos con mas deseo de quedaros en Toledo que de seguir nuestra comenzada romería.
—Así es la verdad, respondió Avendaño, y aun tan imposible será apartarme de ver el rostro desta doncella, como no es posible ir al cielo sin buenas obras.
—¡Gallardo encarecimiento, dijo Carriazo, y determinacion digna de un tan generoso pecho como el vuestro! ¡Bien cuadra un D. Tomas de Avendaño, hijo de D. Juan de Avendaño, caballero lo que es bueno, rico lo que basta, mozo lo que alegra, discreto lo que admira, con enamorado y perdido por una fregona que sirve en el meson del Sevillano!
—Lo mismo me parece á mí que es, respondió Avendaño, considerar un D. Diego de Carriazo, hijo del mismo, caballero del hábito de Alcántara el padre, y el hijo á pique de heredarle con su mayorazgo, no ménos gentil en el cuerpo que en el ánimo, y con todos estos generosos atributos verle enamorado, ¿de quién, si pensais? ¿De la reina Ginebra? no por cierto, sino de la almadraba de Zahara, que es mas fea á lo que creo que un miedo de Santo Anton.
—Pata es la traviesa, amigo, respondió Carriazo, por los filos que te herí me has muerto, quédese aquí nuestra pendencia, y vamos á dormir, y amanecerá Dios y medraremos.
—Mira, Carriazo, hasta ahora no has visto á Costanza; en viéndola te doy licencia para que me digas todas las injurias ó reprensiones que quisieres.
—Ya sé yo en qué ha de parar esto, dijo Carriazo.
—¿En qué? replicó Avendaño.
—En que yo me iré con mi almadraba, y tú te quedarás con tu fregona, dijo Carriazo.
—No seré yo tan venturoso, dijo Avendaño.
—Ni yo tan necio, respondió Carriazo, que por seguir tu mal gusto deje de conseguir el bueno mio.
—En estas pláticas llegaron á la posada, y aun se las pasó en otras semejantes la mitad de la noche; y habiendo dormido á su parecer poco mas de una hora, los despertó el son de muchas chirimías que en la calle sonaban. Sentáronse en la cama, y estuvieron atentos, y dijo Carriazo:
—Apostaré que es ya de dia, y que debe hacerse alguna fiesta en un monasterio de Nuestra Señora del Cármen que está aquí cerca, y por eso tocan estas chirimías.
—No es eso, respondió Avendaño, porque no ha tanto que dormimos que pueda ser ya de dia.
Estando en esto sintieron llamar á la puerta de su aposento, y preguntando quién llamaba, respondieron de fuera, diciendo:
—Mancebos, si quereis oir una brava música, levantáos y asomáos á una reja que sale á la calle, que está en aquella sala frontera, que no hay nadie en ella.
Levantáronse los dos, y cuando abrieron no hallaron persona ni supieron quién les habia dado el aviso; mas porque oyeron el son de una arpa, creyeron ser verdad la música, y así en camisa como se hallaron, se fueron á la sala donde ya estaban otros tres ó cuatro huéspedes puestos á las rejas; hallaron lugar, y de allí á poco, al son de la arpa y de una vihuela, con maravillosa voz oyeron cantar este soneto, que no se le pasó de la memoria á Avendaño.
Raro humilde sugeto, que levantasÁ tan escelsa cumbre la belleza,Que en ella se escedió naturalezaÁ sí misma, y al cielo la adelantas.Si hablas, ó si ries, ó si cantas,Si muestras mansedumbre ó aspereza(Efeto solo de tu gentileza)Las potencias del alma nos encantas:Para que pueda ser mas conocidaLa sin par hermosura que contienes,Y la alta honestidad de que blasonas,Deja el servir, pues debes ser servidaDe cuantos ven tus manos, y tus sienesResplandecer con cetros y coronas.
Raro humilde sugeto, que levantasÁ tan escelsa cumbre la belleza,Que en ella se escedió naturalezaÁ sí misma, y al cielo la adelantas.Si hablas, ó si ries, ó si cantas,Si muestras mansedumbre ó aspereza(Efeto solo de tu gentileza)Las potencias del alma nos encantas:Para que pueda ser mas conocidaLa sin par hermosura que contienes,Y la alta honestidad de que blasonas,Deja el servir, pues debes ser servidaDe cuantos ven tus manos, y tus sienesResplandecer con cetros y coronas.
Raro humilde sugeto, que levantas
Á tan escelsa cumbre la belleza,
Que en ella se escedió naturaleza
Á sí misma, y al cielo la adelantas.
Si hablas, ó si ries, ó si cantas,
Si muestras mansedumbre ó aspereza
(Efeto solo de tu gentileza)
Las potencias del alma nos encantas:
Para que pueda ser mas conocida
La sin par hermosura que contienes,
Y la alta honestidad de que blasonas,
Deja el servir, pues debes ser servida
De cuantos ven tus manos, y tus sienes
Resplandecer con cetros y coronas.
No fué menester que nadie les dijese á los dos que aquella música se daba por Costanza, pues bien claro lo habia descubierto el soneto, que sonó de tal manera en los oidos de Avendaño, que diera por bien empleado por no haberle oido haber nacido sordo y estarlo todos los dias de la vida que le quedaba, á causa que desde aquel punto la comenzó á tener tan mala, como quien se halló traspasado el corazon de la rigurosa lanza de los celos, y era lo peor que no sabia de quién debia ó podia tenerlos. Pero presto le sacó deste cuidado uno de los que á la reja estaban, diciendo:
—¡Que tan simple sea este hijo del corregidor, que se ande dando músicas á una fregona! Verdad es que ella es de las mas hermosas muchachas que yo he visto, y he visto muchas, mas no por esto habia de solicitarla con tanta publicidad.
Á lo cual añadió otro de los de la reja:
—Pues en verdad que he oido yo decir por cosa muy cierta que así hace ella cuenta dél, como si no fuese nadie: apostaré que se está ella agora durmiendo á sueño suelto detras de la cama de su ama, donde dicen que duerme, sin acordársele de músicas ni canciones.
—Así es la verdad, replicó el otro, porque es la mas honesta doncella que se sabe, y es maravilla que con estar en esta casa de tanto tráfago, y donde hay cada dia gente nueva, y andar por todos los aposentos, no se sabe della el menor desman del mundo.
Con esto que oyó Avendaño tornó á revivir y á cobrar aliento para poder escuchar otras muchas cosas que al son de diversos instrumentos los músicos cantaron, todas encaminadas á Costanza, la cual, como dijo el huésped, se estaba durmiendo sin ningun cuidado.
Por venir el dia se fueron los músicos, despidiéndose con las chirimías. Avendaño y Carriazo se volvieron á su aposento, donde durmió el que pudo hasta la mañana. La cual venida, se levantaron los dos, entrambos con deseo de ver á Costanza; pero el deseo del uno era deseo curioso, y el del otro deseo enamorado. Pero á entrambos se los cumplió Costanza, saliendode la sala de su amo tan hermosa, que á los dos les pareció que todas cuantas alabanzas le habia dado el mozo de mulas, eran cortas y de ningun encarecimiento.
Su vestido era una saya y corpiños de paño verde, con unos ribetes del mismo paño. Los corpiños eran bajos, pero la camisa alta, plegado el cuello con un cabezon labrado de seda negra, puesta una gargantilla de estrellas de azabache sobre un pedazo de una coluna de alabastro, que no era ménos blanca su garganta: ceñida con un cordon de S. Francisco, y de una cinta pendiente al lado derecho un gran manojo de llaves: no traia chinelas, sino zapatos de dos suelas, colorados, con unas calzas que no se le parecian, sino cuanto por un perfil mostraban tambien ser coloradas: traia trenzados los cabellos con unas cintas blancas de hiladillo, pero tan largo el trenzado, que por las espaldas le pasaba de la cintura: el color salia de castaño, y tocaba en rubio; pero al parecer tan limpio, tan igual y tan peinado, que ninguno, aunque fuera de hebras de oro, se le pudiera comparar: pendíanle de las orejas dos calabacillas de vidrio que parecian perlas; los mismos cabellos le servian de garbin y de tocas.
Cuando salió de la sala, se persignó y santiguó, y con mucha devocion y sosiego hizo una profunda reverencia á una imágen de nuestra Señora que en una de las paredes del patio estaba colgada; y alzando los ojos vió á los dos que mirándola estaban, y apénas los hubo visto, cuando se retiró y volvió á entrar en la sala, desde la cual dió voces á la Argüello, que se levantase.
Resta ahora por decir qué es lo que le pareció á Carriazo de la hermosura de Costanza, que de lo que le pareció á Avendaño, ya está dicho, cuando la vió la vez primera. No digo mas sino que á Carriazo le pareció tan bien como á su compañero; pero enamoróle mucho ménos, y tan ménos, que quisiera no anochecer en la posada, sino partirse luego para sus almadrabas.
En esto á las voces de Costanza salió á los corredores la Argüello, con otras dos mocetonas tambien criadas de casa, de quien se dice que eran gallegas, y el haber tantas lo requeria la mucha gente que acude á la posada del Sevillano, que es una de las mejores y mas frecuentadas que hay en Toledo. Acudieron tambien los mozos de los huéspedes á pedir cebada: salió el huésped de casa á dársela, maldiciendo á sus mozas, que por ellas se le habia ido un mozo que la solia dar con muy buena cuenta y razon, sin que le hubiese hecho ménos á su parecer un solo grano. Avendaño que oyó esto, dijo:
—No se fatigue, señor huésped, déme el libro de la cuenta, que los dias que hubiere de estar aquí yo la tendré tan buena en dar la cebada y paja que pidieren, que no eche ménos al mozo que dice que se le ha ido.
—En verdad que os lo agradezco, mancebo, respondió elhuésped, porque yo no puedo atender á esto, porque tengo otras muchas cosas á que acudir fuera de casa: bajad, daros he el libro, y mirad que estos mozos de mulas son el mismo diablo, y hacen trampantojos un celemin de cebada con ménos conciencia que si fuese de paja.
Bajó al patio Avendaño, y entregóse en el libro, y comenzó á despachar celemines como agua, y asentarlos por tan buena órden, que el huésped, que lo estaba mirando, quedó contento, y tanto, que dijo:
—Pluguiese á Dios que vuestro amo no viniese, y que á vos os diese gana de quedaros en casa, que á fe que otro gallo os cantase, porque el mozo que se me fué vino á mi casa habrá ocho meses roto y flaco, y ahora lleva dos pares de vestidos muy buenos y va gordo como una nutria; porque quiero que sepais, hijo, que en esta casa hay muchos provechos, amen de los salarios.
—Si yo me quedase, replicó Avendaño, no repararia mucho en la ganancia, que con cualquiera cosa me contentaria á trueco de estar en esta ciudad, que me dicen que es la mejor de España.
—Á lo ménos, respondió el huésped, es de las mejores y mas abundantes que hay en ella; mas otra cosa nos falta ahora, que es buscar quien vaya por agua al rio, que tambien se me fué otro mozo, que con un asno que tengo famoso me tenia rebosando las tinajas y hecha un lago de agua la casa; y una de las causas porque los mozos de mulas se huelgan de traer sus amos á mi posada, es por la abundancia de agua que hallan siempre en ella, porque no llevan su ganado al rio, sino dentro de casa beben las cabalgaduras en grandes barreños.
Todo esto estaba oyendo Carriazo, el cual viendo que ya Avendaño estaba acomodado y con oficio en casa, no quiso él quedarse á buenas noches, y mas que consideró el gran gusto que haria á Avendaño si le seguia el humor; y así dijo al huésped:
—Venga el asno, señor huésped, que tambien sabré yo cinchalle y cargalle, como sabe mi compañero asentar en el libro su mercancía.
—Sí, dijo Avendaño, mi compañero Lope, asturiano, servirá de traer agua como un príncipe, y yo le fío.
La Argüello, que estaba atenta desde el corredor á todas estas pláticas, oyendo decir á Avendaño, que él fiaba á su compañero, dijo:
—Dígame, gentilhombre, y ¿quién le ha de fiar á él? que en verdad que me parece que mas necesidad tiene de ser fiado que de ser fiador.
—Calla, Argüello, dijo el huésped, no te metas donde no te llaman, yo los fio á entrambos, y por vida de vosotras, que no tengais dares ni tomares con los mozos de casa, que por vosotras se me van todos.
—Pues ¿qué? dijo otra moza ¿ya se quedan en casa estos mancebos? Para mi santiguada, que si yo fuera camino con ellos, que nunca les fiara la bota.
—Déjese de chocarrerías, señora gallega, respondió el huésped, y haga suhacienda, y no se entremeta con los mozos, que la moleré á palos.
—Por cierto sí, replicó la gallega, ¡mirad que joyas para codiciallas! Pues en verdad que no me ha hallado el señor mi amo tan juguetona con los mozos de casa ni de fuera para tenerme en la mala piñon que me tiene: ellos son bellacos, y se van cuando se les antoja, sin que nosotras les demos ocasion alguna: bonica gente es ella por cierto, para tener necesidad de apetitos que les inciten á dar un madrugon á sus amos cuando ménos se percatan.
—Mucho hablais, gallega hermana, respondió su amo: punto en boca, y atended á lo que teneis á vuestro cargo.
Ya en esto tenia Carriazo enjaezado el asno, y subiendo en él de un brinco, se encaminó al rio, dejando á Avendaño muy alegre de haber visto su gallarda resolucion.
Hé aquí tenemos ya (en buen hora se cuente) á Avendaño hecho mozo de meson, con nombre de Tomas Pedro, que así dijo que se llamaba, y á Carriazo, con el de Lope asturiano, hecho aguador: transformaciones dignas de anteponerse á las del narigudo poeta.
Á malas penas acabó de entender la Argüello que los dos se quedaban en casa, cuando hizo designio sobre el asturiano, y le marcó por suyo, determinándose á regalarle de suerte, que aunque él fuese de condicion esquiva y retirada, le volviese mas blando que un guante. El mismo discurso hizo la gallega melindrosa sobre Avendaño, y como las dos por trato y conversacion y por dormir juntas fuesen grandes amigas, al punto declaró la una á la otra su determinacion amorosa, y desde aquella noche determinaron de dar principio á la conquista de sus dos desapasionados amantes; pero lo primero que advirtieron fué en que les habian de pedir que no las habian de pedir celos por cosas que las viesen hacer de sus personas, porque mal pueden regalar las mozas á los de dentro, si no hacen tributarios á los de fuera de casa.
—Callad hermanos, decian ellas (como si los tuvieran presentes y fueran ya sus verdaderos mancebos ó amancebados), callad y tapáos los ojos, y dejad tocar el pandero á quien sabe, y que guie la danza quien la entiende, y no habrá par de canónigos mas regalados que vosotros lo seréis destas tributarias vuestras.
Estas y otras razones desta sustancia y jaez dijeron la gallega y la Argüello. Y en tanto caminaba nuestro buen Lope asturiano la vuelta del rio por la cuesta del Cármen, puestos los pensamientos en sus almadrabas y en la súbita mutacion de su estado: ó ya fuese por esto ó porque la suerte así lo ordenase, en un paso estrecho, al bajar de la cuesta encontró con un asno de un aguador que subia cargado, y como él descendia y su asno era gallardo, bien dispuesto y poco trabajado, tal encuentrodió al cansado y flaco que subia, que dió con él en el suelo, y por haberse quebrado los cántaros se derramó tambien el agua, por cuya desgracia el aguador antiguo despechado y lleno de cólera arremetió al aguador moderno, que aun se estaba caballero, y ántes que se desenvolviese y apease, le habia pegado y atentado una docena de palos tales, que no le supieron bien al asturiano.
Apeóse en fin, pero con tan malas entrañas, que arremetió á su enemigo, y asiéndole con ambas manos por la garganta dió con él en el suelo, y tal golpe dió con la cabeza sobre una piedra, que se la abrió por dos partes, saliendo tanta sangre que pensó que le habia muerto.
Otros muchos aguadores que allí venian, como vieron á su compañero tan mal parado, arremetieron á Lope, y tuviéronle asido fuertemente, gritando.
—Justicia, justicia, que este aguador ha muerto un hombre.
Y á vuelta destas razones y gritos le molian á mojicones y á palos. Otros acudieron al caido, y vieron que tenia hendida la cabeza, y que casi estaba espirando. Subieron las voces de boca en boca por la cuesta arriba, y en la plaza del Cármen dieron en los oidos de un alguacil, el cual con dos corchetes, con mas lijereza que si volara, se puso en el lugar de la pendencia á tiempo que ya el herido estaba atravesado sobre su asno, y el de Lope asido, y Lope rodeado de mas de veinte aguadores que no le dejaban menear, ántes le brumaban las costillas de manera que mas se pudiera temer de su vida que de la del herido, segun menudeaban sobre él los puños y las varas aquellos vengadores de la ajena injuria.
Llegó el alguacil, apartó la gente, entregó á sus corchetes al asturiano, y antecogiendo á su asno, y al herido sobre el suyo, dió con ellos en la cárcel, acompañado de tanta gente y de tantos muchachos que le seguian, que apénas podia hender por las calles.
Al rumor de la gente salió Tomas Pedro y su amo á la puerta de casa á ver de qué procedia tanta grita, y descubrieron á Lope entre los dos corchetes, lleno de sangre el rostro y la boca: miró luego por su asno el huésped, y vióle en poder de otro corchete que ya se les habia juntado: preguntó la causa de aquellas prisiones, fuéle respondida la verdad del suceso, pesóle por su asno, temiendo que le habia de perder ó á lo ménos de hacer mas costas por cobrarle que él valia.
Tomas Pedro siguió á su compañero, sin que le dejasen llegar á hablarle una palabra: tanta era la gente que lo impedia y el recato de los corchetes y del alguacil que le llevaba. Finalmente, no le dejó hasta verle poner en la cárcel y en un calabozo con dos pares de grillos, y al herido en la enfermería, donde se halló á verle curar, y vió que la herida era peligrosa y mucho, y lo mismo dijo el cirujano.
El alguacil se llevó á su casa los dos asnos, y mas cincoreales de á ocho, que los corchetes habian quitado á Lope.
Volvióse á la posada lleno de confusion y de tristeza, halló al que ya tenia por amo con no ménos pesadumbre que él traia, á quien dijo de la manera que quedaba su compañero, y del peligro de muerte en que estaba el herido, y del suceso de su asno: díjole mas, que á su desgracia se le habia añadido otra de no menor fastidio, y era que un grande amigo de su señor le habia encontrado en el camino, y le habia dicho que su señor por ir muy de priesa y ahorrar dos leguas de camino, desde Madrid habia pasado por la barca de Aceca, y que aquella noche dormia en Orgaz, y que le habia dado doce escudos que le diese, con órden de que se fuese á Sevilla, donde le esperaba.
—Pero no puede ser así, añadió Tomas, pues no será razon que yo deje á mi amigo y camarada en la cárcel y en tanto peligro: mi amo me podrá perdonar por ahora, cuanto mas que él es tan bueno y honrado, que dará por bien cualquier falta que le hiciere, á trueco que no la haga á mi camarada: vuesa merced, señor amo, me la haga de tomar este dinero, y acudir á este negocio; y en tanto que este se gasta, yo escribiré á mi señor lo que pasa, y sé que me enviará dineros que basten á sacarnos de cualquier peligro.
Abrió los ojos de un palmo el huésped, alegre de ver que en parte iba saneando la pérdida de su asno: tomó el dinero y consoló á Tomas, diciéndole que él tenia personas en Toledo de tal calidad, que valian mucho con la justicia, especialmente una señora monja, parienta del corregidor, que le mandaba con el pié, y que una lavandera del monasterio de la tal monja tenia una hija que era grandísima amiga de una hermana de un fraile muy familiar y conocido del confesor de la dicha monja: la cual lavandera lavaba la ropa en casa.
—Y como esta pida á su hija, que sí pedirá, hable á la hermana del fraile, que hable á su hermano que hable al confesor, y el confesor á la monja, y la monja guste de dar un billete (que será cosa fácil) para el corregidor, donde le pida encarecidamente mire por el negocio de Tomas, sin duda alguna se podrá esperar buen suceso: y esto ha de ser con tal que el aguador no muera, y con que no falte ungüento para untar á todos los ministros de la justicia, porque si no están untados, gruñen mas que carretas de bueyes.
En gracia le cayó á Tomas los ofrecimientos del favor que su amo le habia hecho, y los infinitos y revueltos arcaduces por donde le habia derivado; y aunque conoció que ántes lo habia dicho de socarron, que de inocente, con todo eso le agradeció su buen ánimo, y le entregó el dinero con promesa que no faltaria mucho mas, segun él tenia la confianza en su señor, como ya le habia dicho.
La Argüello, que vió atraillado á su nuevo cuyo, acudió luego á la cárcelá llevarle de comer; mas no se le dejaron ver, de que ella volvió muy sentida y mal contenta, pero no por esto desistió de su buen propósito.
En resolucion, dentro de quince dias estuvo fuera de peligro el herido, y á los veinte declaró el cirujano que estaba del todo sano: y ya en este tiempo habia dado traza Tomas como le viniesen cincuenta escudos de Sevilla, y sacándolos él de su seno, se los entregó al huésped con cartas y cédula fingida de su amo; y como al huésped le iba poco en averiguar la verdad de aquella correspondencia, cogia el dinero, que por ser en escudos de oro le alegraba mucho.
Por seis ducados se apartó de la querella el herido; en diez y en el asno y las costas sentenciaron al asturiano. Salió de la cárcel, pero no quiso volver á estar con su compañero, dándole por disculpa que en los dias que habia estado preso le habia visitado la Argüello y requerídole de amores, cosa para él de tanta molestia y enfado, que ántes se dejara ahorcar que corresponder con el deseo de tan mala hembra; que lo que pensaba hacer era, ya que él estaba determinado de seguir y pasar adelante con su propósito, comprar un asno y usar el oficio de aguador en tanto que estuviesen en Toledo, que con aquella cubierta no seria juzgado ni preso por vagamundo, y sin eso era oficio que con mucho descanso y comodidad suya podia usar, pues que con sola una carga de agua se podia andar todo el dia por la ciudad á sus anchuras mirando bobas.
—Antes mirarás hermosas que bobas en esta ciudad, que tiene fama de tener las mas discretas mujeres de España, y que andan á una su discrecion con su hermosura; y si no, míralo por Costancica, de cuyas sobras de belleza puede enriquecer no solo á las hermosas desta ciudad, sino á las de todo el mundo.
—Paso, señor Tomas, replicó Lope, vamos poquito á poquito en esto de las alabanzas de la señora fregona, si no quiere que como le tengo por loco, le tenga por hereje.
—¿Fregona has llamado á Costanza, hermano Lope? respondió Tomas: Dios te lo perdone y te traiga á verdadero conocimiento de tu yerro.
—Pues ¿no es fregona? replicó el asturiano.
—Hasta ahora la tengo por ver fregar el primer plato.
—No importa, dijo Lope, no haberle visto fregar el primer plato, si le has visto fregar el segundo, y aun el centésimo.
—Yo te digo, hermano, replicó Tomas, que ella no friega ni entiende en otra cosa que en su labor, y en ser guarda de la plata labrada que hay en casa, que es mucha.
—Pues ¿cómo la llaman por toda la ciudad, dijo Lope, la Fregona ilustre, si es que no friega? mas sin duda debe de ser que como friega plata y no loza, le dan nombre de ilustre. Pero dejando esto aparte, díme, Tomas, ¿en qué estado están tus esperanzas?
—En el de perdicion, respondió Tomas, porque en todos estosdias que has estado preso, nunca la he podido hablar una palabra, y á muchas que los huéspedes le dicen, con ninguna otra cosa responde que con bajar los ojos y no desplegar los labios; tal es su honestidad y su recato, que no ménos enamora con su recogimiento que con su hermosura: lo que me trae alcanzado de paciencia, es saber que el hijo del corregidor, que es mozo brioso y algo atrevido, muere por ella, y la solicita con músicas, que pocas noches se pasan sin dársela, y tan al descubierto, que en lo que cantan la nombran, la alaban y la solenizan; pero ella no las oye, ni desde que anochece hasta la mañana no sale del aposento de su ama, escudo que no deja que me pase el corazon la dura saeta de los celos.
—Pues ¿qué piensas hacer con el imposible que se te ofrece en la conquista desta Porcia, desta Minerva y desta nueva Penélope, que en figura de doncella y de fregona te enamora, te acobarda y te desvanece?
—Haz la burla que de mí quisieres, amigo Lope, que yo sé que estoy enamorado del mas hermoso rostro que pudo formar naturaleza, y de la mas incomparable honestidad que ahora se puede usar en el mundo. Costanza se llama, y no Porcia, Minerva ó Penélope: en un meson sirve, que no lo puedo negar; pero ¿qué puedo yo hacer, si me parece que el destino con oculta fuerza me inclina, y la eleccion con claro discurso me mueve á que la adore? Mira, amigo, no sé como te diga, prosiguió Tomas, de la manera con que amor el bajo sugeto desta fregona (que tú llamas) me le encumbra y levanta tan alto, que viéndole no le vea, y conociéndole le desconozca: no es posible que, aunque lo procuro, pueda un breve término contemplar, si así se puede decir, en la bajeza de su estado, porque luego acuden á borrarme este pensamiento su belleza, su donaire, su sosiego, su honestidad y recogimiento, y me dan á entender que debajo de aquella rústica corteza debe de estar encerrada y escondida alguna mina de gran valor y de merecimiento grande: finalmente, sea lo que se fuere, yo la quiero bien, y no con aquel amor vulgar con que á otras he querido, sino con amor tan limpio, que no se estiende á mas que á servir y á procurar que ella me quiera, pagándome con honesta voluntad lo que á la mia tambien honesta se debe.
Á este punto dió una gran voz el asturiano, y como esclamando dijo:
—¡Oh amor platónico! ¡Oh fregona ilustre! ¡Oh felicísimos tiempos los nuestros, donde vemos que la belleza enamora sin malicia, la honestidad enciende sin que abrase, el donaire da gusto sin que incite, y la bajeza del estado humilde obliga y fuerza á que le suban sobre la rueda de la que llaman fortuna! ¡Oh pobres atunes mios, que os pasais este año sin ser visitados deste tan enamorado y aficionado vuestro! Pero el que viene, yo haré la enmiendade manera que no se quejen de mí los mayorales de las mis deseadas almadrabas.
Á esto dijo Tomas:
—Ya veo, asturiano, cuán al descubierto te burlas de mí; lo que podias hacer es irte norabuena á tu pesquería, que yo me quedaré en mi casa, y aquí me hallarás á la vuelta; si quisieres llevarte contigo el dinero que te toca, luego te lo daré, y vé en paz, y cada uno siga la senda por donde su destino le guiare.
—Por mas discreto te tenia, replicó Lope; y ¿tú no ves que lo que digo es burlando? pero ya que sé que tú hablas de veras, de veras te serviré en todo aquello que fuere de tu gusto: una cosa sola te pido en recompensa de las muchas que pienso hacer en tu servicio, y es que no me pongas en ocasion de que la Argüello me requiebre ni solicite, porque ántes romperé con tu amistad, que ponerme á peligro de tener la suya: vive Dios, amigo, que habla mas que un relator, y que le huele el aliento á rasuras desde una legua: todos los dientes de arriba son postizos, y tengo para mí que los cabellos son cabellera, y para adobar y suplir estas faltas, despues que me descubrió su mal pensamiento, ha dado en afeitarse con albayalde, y así se jalbega el rostro, que no parece sino mascaron de yeso puro.
—Todo eso es verdad, replicó Tomas, y no es tan mala la gallega que á mí me martiriza: lo que se podrá hacer es, que esta noche sola estés en la posada, y mañana comprarás el asno que dices y buscarás dónde estar, y así huirás los encuentros de la Argüello, y yo quedaré sujeto á los de la gallega y á los irreparables de los rayos de la vista de mi Costanza.
En esto se convinieron los dos amigos, y se fueron á la posada, adonde de la Argüello fué con muestra de mucho amor recebido el asturiano. Aquella noche hubo un baile á la puerta de la posada de muchos mozos de mulas, que en ella y en las convecinas habia. El que tocó la guitarra fué el asturiano: las bailadoras, amen de las dos gallegas y de la Argüello, fueron otras tres mozas de otra posada: juntáronse muchos embozados con mas deseo de ver á Costanza que el baile; pero ella no pareció ni salió á verle, con que dejó burlados muchos deseos.
De tal manera tocaba la guitarra Lope, que decian que la hacia hablar. Pidiéronle las mozas, y con mas ahinco la Argüello, que cantase algun romance: él dijo que como ellas le bailasen al modo como se canta y baila en las comedias, que le cantaria, y que para que no lo errasen, que hiciesen todo aquello que él dijese cantando, y no otra cosa.
Habia entre los mozos de mulas bailarines, y entre las mozas ni mas ni ménos. Mondó el pecho Lope escupiendo dos veces, en el cual tiempo pensó lo que diria, y como era de presto, fácil y lindo ingenio, conuna felicísima corriente, de improviso comenzó á cantar desta manera.