V

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Las lágrimas de una infancia desamparada y las tristezas de su juventud, sin patria, ni hogar, habían dado al carácter de Mauricio una gravedad melancólica que, alejándolo de los placeres bulliciosos de sus compañeros, lo preservó de la disipacion.

Así, cuando libre y en posesion de una fortuna independiente, podía entregarse á los goces que Paris ofrece con mano pródiga, él, sin esfuerzo, sin sacrificio, consagróse, á una vida de labor intelectual. Frecuentó la Sorbona, los Institutos, las academias y las bibliotecas. Arrojóse en el periodismo y tomó activa parte en los trabajos de uno de los principales diarios deParis, haciéndose notar por su brillante estilo y la originalidad de sus ideas.

Ensayó la novela; y muy pronto los folletines firmados por Valerio—su seudónimo,—fueron leidos con entusiasmo, sobre todo por las jóvenes, que encontraban en sus páginas, á vueltas de los pálidos excepticismos de la época, el color ardiente de la pasion.

Era que el ideal evocado en sus creaciones despertaba y hacía palpitar un sentimiento que hasta entónces yacía latente en el alma de Mauricio:

—El amor.—

Y aunque más de una vez, las seducciones de la mujer habían deslumbrado sus ojos, rozado su epidermis, jamás lograron llegar á su corazon.

Tres años pasaron para Mauricio en aquella vida activa del espíritu. Proponíase ensancharla con viajes de recreo en torno á Europa y con la fundacion de un periódico de espíritu americano, que uniese en un contacto intelectual más íntimo, los dos continentes; trasfusionando en la savia cansada y empobrecida del uno, la savia rica y jóven del otro.

¡Ah! de todas las vanidades que deplora el Sagrado Libro, ¡ninguna tan vana como nuestros proyectos!

Creo haberlo dicho ya, en otra ocasion. No importa: las frases son las mismas, cuando es idéntica la situacion.

En el momento que Mauricio preparaba la realizacion de tan lisongero propósito, una carta de Buenos Aires, portadora de fatales nuevas, vino á destruir sus proyectos y sus esperanzas.

«Deber del hombre es ser fuerte y resignado, mi querido Mauricio—decía el escribano D... en aquella carta.—Por tanto, valor y resignacion.

«El padre de Vd. ha muerto.

«Envuelto en una quiebra producida por la fuga de un sócio bribon, falleció víctima de una congestion fulminante.

«Los acreedores se presentaron munidos de sus derechos, y obtuvieron la liquidacion.

«Pero como el sócio (hermano de la señora Ridel) había sustraido en su fuga todo el numerario existente en caja, quedó un enorme pasivo, que toda la fortuna particular de Cárlos Ridel, no ha sido bastante á cubrir.

«Bajo el peso de tres catástrofes: la infame fuga de aquel hermano, impuesto por ella á la sumision de su marido; la súbita muerte de éste, y la miseria que le aparecía con su séquito de humillaciones, la desventurada mujer enloqueció.

«Silenciosa, sin lágrimas, huraño el ademan y fija la mirada, escuchó la intimacion de desalojo; y cuando intentaron hacerla salir de su casa, subióse á lo alto del mirador que coronaba el edificio, abrió un balcon y se arrojó á la calle.

«Cuando la levantaron de la vereda estaba muerta».

La carta cayó de las manos de Mauricio, que lloró con lágrimas de dolor á ese padre de quien no había recibido ni cuidados, ni caricias, pero cuyo desvío disculpaba, atribuyéndole su verdadera causa: la debilidad humana.

Mas, luego, secando sus lágrimas, escribió rápidamente, cual si temiera que su carta no llegara á tiempo:

—Ponga Vd. inmediatamente á la órden del Juez que entiende en la liquidacion de los bienes de Cárlos Ridel, todos los que de mi propiedad están bajo la administracion de Vd.—

Aquella carta iba acompañada del poder especial para el acto.......

—«Todo se ha perdido, menos el honor—escribía á Mauricio el buen tabelion.

—«Puestas en remate las casas de Victoria y Cuyo y los campos de El Rosal, han producido ciento cincuenta mil pesos oro. Había además en mi poder diez mil nacionales, valor de alquileres cobrados de las dos propiedades y que tambien entregué.

«Canceladas las deudas con el valor de los bienes que durante diez y siete años he administrado, el síndico del concurso me devolvió dos mil pesos moneda nacional, importe de la letra adjunta.

«El noble sacrificio que Vd. ha hecho á la memoria de su padre, es solo el cumplimiento de un deber: lo sé; pero, como tales virtudes son cada dia más raras, permítame felicitarlo.

«Si la experiencia de un anciano mereciera ser escuchada, yo aconsejaría á Vd. el regreso. El regreso es tambien un deber para Vd. El hombre se debe á su país, que reclama su presencia y todos los actos de su vida. Además, en Buenos Aires que se agita á impulsos de un inmenso progreso, podrá Vd. con el trabajo rehacer su fortuna».

Así tambien pensaba Mauricio.

Solo en el mundo, sin familia, sin fortuna, ningun vínculo ligaba su vida, sino era el sentimiento nacional, que mal grado el tiempo y laausencia, vivió siempre, puro y ardiente en su alma.

Y cuando las puertas de la patria se abrieron para él, aunque por la mano severa de un desastre, el pobre desterrado apresuróse á volver á ella.

Sin embargo, Mauricio amaba tambien la Francia.

Allí su niñez desamparada, había encontrado el calor de una benevolencia tutelar; allí comenzaron á formarse sus ideas y sus sentimientos; allí se abrió su alma á la vida intelectual.

Sangraba su corazon al dejar aquel país riente y hospitalario; al decir adios á sus amigos, á sus compañeros en las tareas del espíritu; á sus antiguos profesores; al sábio Blain y hasta á la buena Colombe: á ella sobre todo, tan buena y maternal para él, en la orfandad de su infancia.

Al separarse de ellos, al alejarse de Paris, llorando, Mauricio recordó el dia que, llorando tambien, allí llegara: un dia helado de Diciembre.

El pobre niño seguía penosamente, con sus pequeños pasos, el tranco largo del capitan inglés que lo había traido á su bordo, con el mismo despego que ahora lo guiaba á pié, al través de largas calles. Tenía frio, tenía cansancio, tenía miedo. Lloraba, sintiéndose solo en esa ciudad inmensa, entre una multitud que hablaba un idioma desconocido; bajo un cielo gris, de donde llovían copos de nieve que caían sobre sus mejillas y coagulaban sus lágrimas.....

Manos piadosas lo recibieron de aquel hombre, que lo entregó con indiferencia, y se alejó sin dirigirle una mirada.

Acojido con amor, tratado con los tiernos cuidados que la piedad consagra á la infancia, su alma, hasta entónces reconcentrada, entumecida, abrióse á los afectos de la amistad, de la gratitud; y echó dulces raíces en esa plácida etapa del bienestar y de bonanza que era ahora necesario abandonar.

Así es la vida: ¡perpétua nostalgia!


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