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El dia siguiente á su llegada, Mauricio dejó el hotel, caro para la exigüidad de sus recursos, y tomó alojamiento en una casa de huéspedes, indicada por el que fué su tutor.
Una vez instalado, buscó trabajo en uno de los diarios más acreditados de Buenos Aires.
Su director, que es un distinguido literato y, además, un hombre de corazon, hizo al jóven una acojida tan amable como alentadora. Ofrecióle su amistad, y desde ese dia, dióle trabajos importantes en la seccion editorial del diario....
No había pasado una semana de la instalacion de Mauricio en la casa de huéspedes, cuando por una de esas evoluciones de barrio, tan frecuentes en esta época de transformacion material, aquel edificio fué expropiado é intimada órden de desalojo.
Los huéspedes se dispersaron; y Mauricio, habiendo de buscar nuevo domicilio, recordó que en la guia había visto la existencia de un pensionado que una señora francesa, madame Bazan, tenía en la calle mas cercana á las oficinas de su diario.
Contento de esta circunstancia y anhelando volver á vivir en un interior francés, fué á pedir hospedaje en aquella casa.
Madame Bazan, una amable vieja, entre cincuenta y sesenta, recibió con agrado á Mauricio.
—Con gran pesar mio—le dijo—me es imposible recibir á usted. Mi pensionado es rigurosamente femenino y de familias en las que no hay varones.
Capricho ó razon, por acuerdo general, los hombres están excluidos de este gineceo, verdadera sucursal del antiguo Port Royal de célebre memoria.
—¡Ah! lo deploro... Pero—insistió Mauricio—mi querida madame, paréceme que siendo yo por mi contínua ausencia de la casa, un huésped invisible, bien pudiera relajarse en mi favor, algo de ese terrible rigorismo.
—Es verdad. Yo lo desearía, por lo menos. Pero ¿qué hacer? Así lo quieren estas señoras. Son veinte, entre ancianas y jóvenes; ocupan toda la casa: tienen, por lo tanto, derecho á vivir segun su gusto.
No obstante.... quizá pueda yo arreglarlo de algun modo.
Desde luego, y con sentimiento le digo que no puede ser V. mi pensionista.
—Me contentaré con que usted me admita como inquilino invisible.
—Contando, desde ahora, con fuertes resistencias, voy sin embargo, á proponerlo á mishuéspedas; por supuesto, alegando en gracia del solicitante, las razones por él expuestas.
Venga usted á verme mañana.—