XIII

XIII

Cierto dia, encargado de redactar una memoria en que le era necesario compulsar leyes y decretos, Mauricio, huyendo de la cháchara de sus compañeros, resolvió hacer aquel trabajo en su habitacion.

Encerrado y sin dar al exterior señal de vida, escribía en la holgura del silencio y la soledad.

A las nueve, probablemente la hora del arreglo, en el órden establecido en la casa, la puerta del cuarto se abrió de repente; y la camarera que entraba tarareando una cancion, al encontrarse con Mauricio, dió un grito y dejó caer escoba y plumero.

—Tranquilícese Vd., amiguita,—díjole éste, en voz baja—soy su huésped, y, por ahora, en la necesidad de sigilo y asistencia.

—Mande el señor—respondió ella, tambien bajando la voz—soy la camarera y estoy á sus órdenes.......

¿El señor es de Paris? Habla el francès como en elboulevard.

—No; pero amo á la bella ciudad; y por amor suyo pido á..... ¿El nombre de Vd., amiguita?

—Renata.

—Pido á Vd. buena Renata, que me deje encerrado; y que de ello guarde rigoroso secreto. ¿Sabe Vd. que soy un vecino proscrito?

—¡Ah! sí...... ¡Esas señoras! ¿Háse visto un capricho tan tonto? Aquella noche dábame ganas de entrar en el debate y decirles: ¡Insensatas! ¿qué os proponeis? En los monasterios hay un esposo: Jesucristo. Pero vosotras, ¿á qué ideal obedeceis?

—Bueno ó malo, déjelas Vd. en él. Y, que pues halla injusticia en su proceder conmigo, ruego á Vd. piense que mi ideal, á esta hora, despues de haber trabajado desde las seis, debe ser....... ¿Qué le parece á Vd. que sea?

—¿Descansar?

—¡Bah! ¡Almorzar, Renata, almorzar!

—¡Ah! es verdad, señor. ¿En qué pensaba yo? Con gran secreto voy á decirle ámadame, que me mandará servir á Vd.

—Deje Vd. tranquila á madame, y avise en elrestaurantde enfrente, donde tomo mis comidas.

—Yo misma iré á buscar el almuerzo del señor y se lo serviré con tanto más gusto, cuanto que estaría el dia entero oyendo hablar al señor. Si me parece que estoy en Paris. Aquí unos hablan el francés como normandos; otros como gascones. Como parisienses muy pocos; y de esos los más, hablan el francés de lasBarrieres. El señor habla como Mr. Ribeaumont. ¿Conoce el señor á Mr. Ribeaumont?

—Sí: el espiritual colaborador de «Le Courrier de la Plata».

—¡Cómo me gustan los folletines de «Le Courrier de la Plata»! Yo no sé leer el castellano; pero lo oigo leer á las señoras de la casa, todas suscritas á los principales diarios. A mí me encantan los libros. Mi madre eraportera en el colegio de señoritas que dirije madame Arnaud, calle de Valois. Yo les guardaba las novelas que ellas traian ocultas para leerlas en el jardin. En Paris todos gustamos de leer: los pobres como los ricos. «Le Petit Journal» es nuestra delicia, y la más mísera cocinera, ahorra sus cuatro céntimos para comprarlo.

Y en tanto que extendía los cobertores y arreglaba las almohadas, la charlatana camarera, espetaba á Mauricio aquella palabrería, sin cuidarse de que éste, ocupado en el trabajo que lo absorbía, no la escuchaba.

El sonido de un timbre y rumor de voces y de faldas en la habitacion vecina, interrumpió la cháchara de Renata, que llevó un dedo á sus lábios, y salió cerrando tras de sí la puerta.


Back to IndexNext