XXVI

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Como se acercara la hora de la comida, á la que segun lo había declarado el doctor y sentenciado el tribunal, Mauricio debía asistir, las señoras se retiraron para dejarlo vestirse y hacer ellas su propiatoilette.

Las jóvenes que iban riendo entre ellas—¡Adios! decían, magestuosos peplums.

—¡Adios! ¡encantadoras túnicas griegas de perdidas mangas y dorados flecos!

—¡Adios! redecillas de perlas.

—Bandas caballerescas, ¡adios!

—Ahora, asimilarse lo más posible al último figurin de «La Estacion», y así perifolladas, sentarse á la mesa con nuestro bello comensal.

—¡Ay! mi hija, ¿sabes que me quedé helada el primer dia que entramos á su cuarto, despues del accidente? Esa puerta cegada que sirve de ropero, es la que está detrás del piano en tu saloncito, Julieta.

—Yo lo sabía,—dijo Julia,—pero sabía tambien, y Vds. como yo, que mi vecino estaba ausente.

—Y yo, no obstante eso, temiendo que nos hubiera escuchado, comencé á hacer mi exámen de conciencia, pensando en los disparates que pudimos haber dicho.—

La campana del comedor anunció prevencion.

Las jóvenes se dispersaron.

Mauricio se apresuró á vestirse.

Con qué sentimiento de gozo vióse, otra vez, en pié, actuando en la vida, y un rayo de felicidad iluminando su alma.........

Renata vino á interrumpir este arrobamiento.

Armada de plumero y escoba y en las manos una gran jarra con agua, la curiosa camarera se precipitó, más bien que entró en el cuarto.

—¡Gracias á Dios!—exclamó—He aquí otra vez al señor, sano y listo como antes....... y mejor que antes, ¡bah!....... ¡amado por aquel ángel del cielo!......

—¿Qué dice Vd. Renata? No comprendo...

—¿No comprende el señor? Yo sí. ¡Ah! si hubiera visto el señor las lágrimas que yo he sorprendido, cuando él estaba tendido, cerrados los ojos, y que el doctor auguraba tan mal.

Pero ya, ya todo pasó; y yo que creía que no podían ser ya más bellos aquellos ojos que inundaba el dolor, veo que son divinos inundados por la felicidad.

—Renata, Vd. es el órgano de los enigmas.

—¡Qué semejante el anillo que la señorita Julia tiene en el dedo al que Vd. llevaba antes en el meñique!...... Pero lo más particular es que ese que lo ha reemplazado, es idéntico á otro: una reliquia que ella guarda en su medallon y aplica á sus lábios cuando reza.

—Nada tan natural, somos novios y hemos cambiado alianzas—dijo Mauricio, en la inminente necesidad de poner en buen camino el ánsia curiosa de la camarera.

Oyóse de nuevo la campana y madame Bazan vino muy contenta, en busca de Mauricio, para llevarlo al comedor.


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