XXXI

XXXI

—La Capilla de Nuestra Señora de las Victorias tenía hoy un aspecto imponente. Llenábala el cortejo de una boda.—

Así llegaron diciendo las jóvenes de vuelta de misa de ocho.

¡Una boda! Suena tan bien esta mágica palabra, que muy luego tuvo toda la casa por auditorio.

Y las jóvenes continuaban, y en su entusiasta lenguaje:

—¡Qué bella pareja!—decían.

—El, todo un buen mozo; con un aire tan sério y distinguido.

—¡Ella! ¡morena más linda! Qué alianza encantadora de lo blanco de la piel y lo negro de ojos y cabellos!

—¡Muchachas! ¡no hay que exagerar!

—¡Oh! si nada hemos dicho todavía. Escucha.—

Y dejando por aquí y por allí, sombreros, guantes y abanicos, continuaron, quitándose unas á otras la palabra:

—Que bien estaba la linda morocha, en su vestido de faya, tan sencillo como elegante, y su velo de tul de seda liso: el todo sin más adornos que azahares naturales.

—Un pié de Cendrillon calzando un zapatito de raso blanco, adornado tambien con azahares.

—Un precioso abanico formado de mariposas trasparentes: y chico, á la última moda.

—Pocas señoras; muy elegantes todas.

—Pero ¡qué gran séquito de caballeros! Toda la prensa: el general Mitre, Bartolito, Dávila, Lainez, Vedia, Laurencena, Lalanne, Walls, Ribaumont, Ortega, Alberú, Mulhall y tantos otros.

—Estaban tambien Eduardo Coll y Emilio Casares que fué el padrino y que dicen ha hecho un régio obsequio á la novia.

—Muchos literatos; el general Sarmiento, Santiago Estrada, José María Zuviría, el ministro de Bolivia doctor Vaca Guzman y tantos otros, hija, que yo no conozco. Apenas cabíamos en la capilla.

—El celebrante, que era el elocuentísimo padre Pera unió á los contrayentes con las palabras sacramentales, pronunciadas con uncion conmovedora.

Despues, volviéndose al auditorio, habló de la excelencia del matrimonio, de su orígen divino, de su utilidad en la comunion humana, de la santidad de su fin, del viático de virtudes que á él debe llevarse.

—Señores,—añadió—permitidme presentaros un modelo de esas virtudes en los cónyugues que acabo de unir: dos hijos animosos del trabajo. El uno, despojándose de una gran fortuna para salvar de la deshonra la memoria de un padre; el otro, en la débil adolescencia, luchando valerosamente con las dificultades de la vida y el desamparo de la orfandad.

Se amaban. Libres, podían unirse el uno al otro.

Pero eran pobres; y en la rectitud de su corazon, querían preparar el hogar, antes de traer la familia; y dados al trabajo, aguardaban, en ese penoso retardo á su dicha, resignados, confiando en Dios y en la fortaleza de sus almas.

Mas, no en vano confiaron en «Aquel que forma de las piedras hijos á Abraham»....

Existen varias instituciones creadas con capitales formados por la honradez y el trabajo, que con el modesto nombre de Compañías de Seguros, ejercen la más benéfica influencia en la vida económica de los pueblos; porque, cualquiera que sea la forma en que se tome, el seguro encierra el bienestar futuro de la familia.

En el seno de una de esas asociaciones tutelares, «La Buenos Aires», la Providencia guardaba un tesoro que á su hora, hizo surgir para recompensar la abnegacion filial y dar lafelicidad á los que, creyendo en ella, esperaban.

—¡Que el Altísimo os bendiga!—

Y cayendo de rodillas, el hombre de Dios se absorbió en mental plegaria....

—Corrimos al pórtico para ver el desfile de la comitiva.

Veinte carruajes aguardaban alineados, al borde de la vereda.

Los esposos, entrelazados los brazos, salieron seguidos del cortejo, que se reunió delante del coche nupcial.

El novio estrechando con efusion la mano á Coll.

—¡Noble corazon!—le dijo—¡que el espectáculo de nuestra felicidad sea su recompensa!

Y volviéndose á la comitiva cambió con ella una mirada de inteligencia; luego dirigiéndose al cochero.

—¡Al muelle de pasageros!—ordenó.

La novia mirándolo sorprendida.

—¡Al muelle de pasageros!—repitió—¿Dónde vamos, pues?

—A Francia, amada mia, para pedir al sepulcro los restos que lloras y devolverlos á la tierra de la patria.

La jóven exhaló un gemido y arrojándose en los brazos del esposo, escondió la frente en su seno.

Todos lloramos....

Yo tambien lloraba.


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