CANTO XXVIII.

Marfisa asió á Brunel por en medio del cuerpo, levantándole de su asiento...(Canto XXVII)

Marfisa asió á Brunel por en medio del cuerpo, levantándole de su asiento...(Canto XXVII)

Sintiendo renacer su antigua cólera, resolvió Marfisa vengarse en el momento mismo de Brunel, y castigar las burlas y las injurias que el ladron de su espada le dirigiera por el camino mientras huia con su espada. Hizo que su escudero le pusiera el yelmo, por estar ya cubierta con sus armas restantes: no creo que se la hubiera visto diez veces sin coraza, desde el dia en que se decidió á consagrarse á la carrera á que la llamaba su vocacion y su ardimiento increible. Cubierta ya con el yelmo, se dirigió á Brunel, que estaba colocado en la primera fila de los espectadores, y en cuanto le tuvo al alcance de su mano, le asió fuertemente por en medio del cuerpo, levantándolo de su asiento, con la misma facilidad que el águila arrebata á un polluelo entre sus corvas garras, y le llevó de este modo al sitio en que se hallaba el hijo del rey Trojano ocupado en dirimir la nueva contienda: mientras tanto Brunel no cesaba de lamentarse y de pedir misericordia, conociendo las terribles manos en que habia caido. Eran tan penetrantes las quejas y los alaridoslanzados por Brunel en demanda de piedad ó de socorro, que á pesar del rumor, del estrépito y de los gritos que resonaban por todos los ámbitos del campo, la muchedumbre acudió en torno suyo. Así que llegó Marfisa á la presencia del rey de África, le dijo con semblante altanero estas palabras:

—Quiero ahorcar por mis propias manos á este ladron, aunque sea tu vasallo, por haber tenido la osadía de robarme la espada el dia mismo en que se apoderó del caballo de Sacripante: si alguno se atreviera á decir que miento, no tiene más que adelantarse y pronunciar una sola palabra; que en tu misma presencia le probaré la verdad de mi acusacion y su imprudencia. Pero como se me podria reconvenir por haber esperado á dar este paso en el momento en que las cuestiones suscitadas entre los guerreros más valientes de tu ejército les tienen harto ocupados, demoraré por espacio de tres dias el castigo á que ese infame se ha hecho acreedor: si durante este plazo no vienes en persona á buscarle, ó no envias quien abrace su defensa, daré un buen rato á las aves de rapiña, entregándoles su cuerpo, á no ser que haya quien me lo impida. Voy á situarme en aquella torre que se levanta á la entrada de un bosquecillo, á tres leguas de aquí, sin llevar conmigo más compañía que la de una doncella y un escudero. Si hay alguien tan osado que quiera ir á arrebatarme este ladron, vaya en buena hora, que allí le esperaré.

Así dijo, y colocó en el arzon delantero de la silla al mísero Brunel, al que tenia aun agarrado de los cabellos, mientras el miserable lloraba y gritaba, llamando por sus nombres á las personas de quienes solia esperar auxilio. Agramante quedó tan confuso y aturdido al verse abrumado por tantas cuestiones, que no se le ocurria ningun mediopara arreglarlas; sin embargo, le ofendió sobremanera la audacia de Marfisa, pues aunque no apreciaba ni queria á Brunel, ó más bien, aunque le odiaba hacia tiempo, y habia estado muchas veces á punto de ahorcarle, sobre todo desde que se dejó arrebatar el anillo, no obstante, la determinacion de la guerrera le pareció tan injuriosa para su honor, que se le encendió el rostro de vergüenza. Se dispuso á perseguirla en persona para hacerle sentir todo el peso de su poder y de su cólera; pero el rey Sobrino, que estaba presente, procuró disuadirle de aquella empresa, diciéndole que se avenia mal con su elevada dignidad, por más que estuviese firmemente convencido de obtener la victoria; lo cual, en último resultado, seria para él mengua más bien que honor, por lo mismo que además de vencer con dificultad, saldria victorioso de una mujer. Añadió que, siendo poco el honor, pero grande el peligro á que se expondria luchando con Marfisa, le parecia más conveniente que dejara ahorcar á Brunel, y aunque estuviese persuadido de que le bastaba levantar la cabeza para librarlo del suplicio, no deberia hacerlo así por no impedir que la justicia siguiera su curso.

—Podrás enviar un mensajero á Marfisa, le decia, para rogarle que someta este asunto á tu justicia, prometiéndole echar el lazo al cuello del ladron y dejarla cumplidamente satisfecha; y si en último caso se negase obstinada á acceder á tu peticion, deja que le ahorque en buen hora; pues con tal de conservar su amistad, no solo debes permitir que castigue á Brunel, sino á todos los ladrones como él.

El rey Agramante siguió de buen grado el consejo discreto y prudente de Sobrino, y desistió de perseguir á Marfisa, prohibiendo además á todos sus caballeros que fueran á desafiarla. Tampoco quiso rogarle á ella que le entregara á Brunel, y toleró, Dios sabe con cuánto esfuerzo, que la guerrera se tomara la justicia por su mano, á fin de prevenir mayores males y alejar de su ejército tantos motivos de disension.

La insensata Discordia reíase satisfecha, al ver que ya no podian volver al campamento la tregua ó la paz. Recorriólo por todas partes, sin encontrar un sitio donde reinara la alegría. La Soberbia saltaba y triscaba al par de su compañera, añadiendo sin cesar nuevos combustibles al incendio; y lanzó un grito tan horrible, que llegó al alto reino donde residia Miguel, como nuncio de la victoria que acababan de obtener. Tembló Paris, y turbáronse las aguas del Sena al escuchar aquel grito horrendo: su sonido rimbombó hasta en los bosques de las Ardennas, obligando á las fieras á abandonar precipitadamente sus antros: lo oyeron los Alpes, y las cumbres de las Cevenas, las playas de Arlés, de Blaye y de Ruan; lo oyó el Ródano, el Saona, el Garona y el Rhin, y hasta las madres aterradas estrecharon contra su pecho á sus hijuelos.

Cinco eran los caballeros que debian ser los primeros en resolver con las armas en la mano sus querellas, tan ligadas las unas á las otras, que el mismo Apolo no hubiera conseguido separarlas. Empezó el rey Agramante á deshacer el nudo de la primera contienda sometida á su decision, la cual era la suscitada entre el rey de Scitia y el de Argel por la posesion de la hija del rey Estordilano. El hijo de Trojano insistió nuevamente en ponerlos de acuerdo, esforzándose en convencer ora á este, ora á aquel adversario, y dando pruebas tanto á uno como á otro de su rectitud y amistad; mas encontrándolos igualmente sordos á sus ruegos, y persistentes hasta la tenacidad en no querer quedarse sin la dama, causa de su disension, adoptó al fin, comomejor partido, el de proponerles que se sometieran al arbitrio de Doralicia, la cual habria de pertenecer á aquel en quien recayese su eleccion; pero con la condicion de que, una vez emitido su parecer, el desdeñado deberia desistir de toda pretension. Los dos contendientes aceptaron gustosos este compromiso, por abrigar cada cual la esperanza de ser el favorecido.

El rey de Sarza, que amaba á Doralicia mucho tiempo antes de que la conociera Mandricardo, á quien ella habia concedido todos los favores compatibles con su honestidad, estaba persuadido de que recaeria en él una eleccion que tan feliz debia hacerle; y esta opinion no era únicamente la suya, sino la de todo el ejército mahometano. A todos les constaba cuanto Rodomonte habia hecho por ella en las justas, en los tronos y en las batallas, y todos suponian por lo mismo que Mandricardo padecia un lamentable error, al fundar su esperanza en aquella decision. Pero el Tártaro, que habia disfrutado más veces y más tranquilamente de los encantos de Doralicia mientras el Sol dejaba de iluminar la Tierra, y estaba seguro de lo que podia esperar, se reía interiormente de la necia opinion del vulgo.

Los dos famosos campeones ratificaron en seguida su compromiso en manos del Rey, y se dirigieron juntos adonde estaba la princesa: inclinó esta sus ojos ruborosos, y concedió la preferencia á Mandricardo, lo cual dejó absortos á los circunstantes, y tan atónito y consternado á Rodomonte, que no se atrevia á levantar el rostro; mas no bien desvaneció su acostumbrada ira el rojo color de la vergüenza que habia teñido sus mejillas, tachó de injusta y falaz aquella sentencia; y empuñando la espada, gritó en presencia del Rey y de toda su corte, que continuaba resuelto á someter al acero la decision de la contienda, y que rehusaba someterse al arbitrio de una mujer voluble, ycomo tal, inclinada siempre á hacer lo que menos debia.

Adelantóse de nuevo Mandricardo hácia Rodomonte, diciéndole: «Sea como quieras.» De modo que habria sido preciso surcar por largo tiempo una vasta extension de mar, antes de que el bajel entrase en el puerto, si Agramante, obligando á Rodomonte á amainar las velas de su nuevo furor, no le hubiera quitado la razon, convenciéndole de que ya no podria hostilizar á Mandricardo por aquella causa. Al verse Rodomonte abrumado en presencia de aquellos señores por la doble afrenta que á un mismo tiempo recibia de su amada y de su rey, á quien solo se sometia por respeto, no quiso detenerse ni un momento más en aquel sitio, y se alejó del campamento sarraceno, sin llevar en su compañía más que dos escuderos de entre la multitud allí agrupada. Semejante al toro enfurecido, que despues de haberse visto obligado á ceder su becerra al vencedor, va buscando lejos de los fértiles prados, las selvas y los parajes más solitarios ó algun estéril arenal, donde no cesa de mugir dia y noche, sin desahogar por ello su amoroso furor, así se alejaba el rey de Argel con el corazon lacerado por el dolor más vivo, despues que se vió despreciado por su ingrata dama.

Iba Rugiero á seguirle para recobrar su corcel, á cuyo fin habia ya apercibido sus armas, cuando se acordó de que entonces le tocaba batirse con Mandricardo. Desistió, pues, de seguir al Africano, y volvióse para entrar con el rey Tártaro en la palestra, antes de que se le anticipase el de Sericania, que debia batirse asimismo con él por la posesion de Durindana. Mucho le pesaba, en verdad, que le quitaran á Frontino en su misma presencia; pero resignóse á ello, formando la intencion de recobrarlo en cuanto terminara aquella empresa.

Sacripante, á quien no detenia como á Rugiero ninguna cuestion pendiente, y estaba por lo tanto en libertad de perseguir al rey de Argel, se lanzó veloz tras sus huellas; y le hubiera alcanzado bien pronto, á no haberle ocurrido en el camino una aventura que le entretuvo hasta la tarde y le hizo perder el rastro que seguia. Al pasar por la orilla del Sena, vió á una mujer que acababa de caer en él, y estaba próxima á perecer, si alguien no le daba un pronto auxilio: Sacripante se arrojó al agua, y salvó la vida á aquella desgraciada. Cuando quiso montar de nuevo á caballo, vió que se le habia escapado su corcel, el cual le obligó á correr tras él toda la tarde, por no dejarse cojer fácilmente. Logró al fin sujetarle, pero no pudo acertar con el sitio de donde se habia apartado, y anduvo más de doscientas millas por montes y llanos, antes de volver á encontrar á Rodomonte.

No pienso referir ahora dónde le alcanzó, ni el combate que se siguió entre él y el Africano, con harta desgracia para Sacripante, que perdió el caballo y la libertad; pues antes debo ocuparme de la desgracia y la ira que abrasaban á Rodomonte al partir del campamento, y de las maldiciones que lanzó contra Doralicia y Agramante. Por donde quiera que iba, inflamaba el aire con sus abrasadores suspiros, que repetia Eco desde la profundidad de las cavernas, condolida de su afliccion.

—¡Oh, imaginacion femenil! exclamaba: ¡cuán fácilmente varías, dando al olvido tus juramentos! ¡Cuán infeliz, cuán miserable es el que en tí confia! ¡Ni la más prolongada sumision á tus caprichos, ni el inmenso amor de que te dí innumerables y brillantes pruebas, han sido bastantes para contener tu corazon, ó para hacer á lo menos que no cambiara tan presto! No creo haber perdido tu amor por que yo te pareciera inferior á Mandricardo, no; solo una causa encuentro para tu deslealtad, y esta es, la de que eres mujer. ¡Oh sexo pérfido y malvado! Creo que Dios y la Naturaleza te han puesto en el mundo para terrible castigo del hombre, que, sin tí, seria feliz, así como han producido en la tierra los lobos, los osos y las feroces serpientes, han poblado el aire de moscas, abispas y cínifes, y han hecho nacer entre las doradas espigas la ortiga y la zizaña. ¿Por qué esa vivificadora Naturaleza no ha hecho que el hombre pudiera nacer sin tí, del mismo modo que se reproducen ingertándolos el serval, el peral y el manzano? Pero ¡ah! la Naturaleza no siempre hace lo más conveniente, lo cual no es extraño; pues si considero cómo la nombro, me convenceré de que no puede hacer nada perfecto, por lo mismo que lleva un nombre femenino. Y no os envanezcais, mujeres despiadadas, por que el hombre sea vuestro hijo; que tambien las rosas salen de las espinas, y la perfumada azucena de un fétido tallo. Nacidas tan solo para eterna desgracia de la raza humana, sois importunas, soberbias, desdeñosas, sin fé, sin piedad, sin juicio, temerarias, crueles, inícuas é ingratas.

Con estas y otras infinitas quejas, iba Rodomonte exhalando su mortal despecho, y lanzando las más terribles imprecaciones contra el sexo débil, en voz baja unas veces, y otras prorumpiendo en gritos, que se oian á larga distancia. Fácil era conocer que el dolor le hacia desvariar; pues por una ó dos mujeres que sean en efecto malvadas, debemos creer que otras ciento serán dignas de alabanza, y aun cuando no he podido encontrar una sola verdaderamente fiel entre todas las que he amado hasta ahora, no quiero llamar á las restantes pérfidas é ingratas, sino culpar más bien á mi mala estrella. Muchas existen en la actualidad, así como han existido infinitas, que no dan ni han dado elmenor motivo de queja á sus amantes; pero mi adversa fortuna hace de modo que, si entre ciento se encuentra una sola perversa, he de ser yo su víctima. A pesar de esto, pienso redoblar mis pesquisas antes de morir, ó más bien, antes de que empiecen á blanquear mis cabellos, hasta verme tal vez obligado á confesar que he dado con una que me sea fiel. Si tal sucede, como me complazco en esperarlo, consagraré toda mi existencia á ensalzarla con mi lengua, con mi prosa y con mis versos, y desde mi humilde esfera, no cesaré un punto de trabajar para proporcionarle un glorioso renombre.

No menos encolerizado estaba Rodomonte contra su rey que contra la doncella; y en su insensato furor, maldecia tan pronto al uno como á la otra. Deseaba que llovieran sobre el reino de Agramante tantos daños y tantas calamidades, que se vieran destruidas sus ciudades, sin que quedara piedra sobre piedra; deseaba tambien que el monarca se viera despedido de sus estados, y viviera sumido en el llanto y la desesperacion, mendigando su subsistencia; pero al mismo tiempo anhelaba ser él quien le devolviera lo perdido, colocándole de nuevo en su antiguo sólio, para darle una prueba de su lealtad, y hacerle ver que un amigo verdadero, ya tenga ó no la razon de su parte, debe ser siempre preferido á despecho del mundo entero.

De este modo iba el Sarraceno cabalgando á grandes jornadas y maldiciendo alternativamente á su rey y á su dama, sin que se mitigara su cólera, ni conceder apenas descanso á Frontino. Al dia siguiente ó al otro, se encontró á orillas del Saona, y se encaminó directamente hácia las costas de Provenza, con intencion de embarcarse para regresar al África. El rio estaba cubierto de una orilla á la otra de numerosas embarcaciones, que llevaban desde diferentes sitiosvíveres y provisiones para el ejército sarraceno, por haber caido en poder de los moros las comarcas que se extienden por la orilla izquierda del rio, desde París á Aguasmuertas, y por la derecha, hasta los confines de España. Las vituallas se trasbordaban desde las naves á los carros y acémilas, y en seguida eran transportadas á donde no podian llegar los bajeles, custodiadas por fuertes escoltas. Poblaban las orillas del rio numerosos rebaños, procedentes de distintos países, y sus conductores pasaban la noche en varias hosterías, situadas junto á las márgenes del Saona.

Sorprendido Rodomonte por las densas tinieblas de la noche, al llegar á aquel sitio, aceptó la invitacion de un hostalero del país, que le instó para que se albergase en su posada. Despues que hubo dejado su caballo en la cuadra, pasó á participar de una buena cena, en que le sirvieron excelentes vinos de Córcega y de Grecia; pues el Sarraceno, rígido observador en lo demás de las costumbres mahometanas, bebia, sin embargo, á la francesa. El huésped se esforzaba en complacer á Rodomonte, ofreciéndole buena mesa y mejor rostro, por haber adivinado en su apostura, que era un guerrero ilustre, al par que valeroso; pero el infiel, que tenia el alma separada del cuerpo, y aquella noche no podia decir si conservaba el corazon, que volaba, á pesar suyo, al lado de su adorada, dejaba pasar desapercibida la solicitud del hostalero, y no le decia una palabra.

El buen hombre, que era uno de los más astutos y diligentes de que en Francia se ha conservado memoria, y habia tenido la habilidad suficiente para salvar su posada y sus bienes, á pesar de estar rodeado de enemigos extranjeros, vivia con algunos parientes suyos, á quienes habia llamado para que le ayudasen á servir con más prontitud á Rodomonte; pero ninguno de ellos se atrevia á desplegarlos lábios al ver al Sarraceno silencioso y pensativo. Embebido este en un confuso tropel de pensamientos, que le tenian profundamente abstraido y ajeno á cuanto le rodeaba, estaba con la cabeza baja y sin fijar en nadie la vista. Despues de haber permanecido inmóvil durante mucho tiempo, lanzó un suspiro, como si despertara de un sueño abrumador, agitó todo su cuerpo, y levantó los ojos, reparando entonces en el posadero y en su familia.

Rompió despues su prolongado silencio, y con semblante más agradable y expansivo, preguntó al huésped y á los que con él veia, si alguno de ellos estaba casado. Le respondieron que todos los circunstantes lo estaban, y entonces les exigió que le dijeran lo que cada cual creia con respeto á la fidelidad de su esposa. Todos le contestaron, que tenian á sus respectivas mujeres por buenas y honradas, excepto el posadero, que exclamó:

—Haceis bien en creer lo que más os conviene; pero yo sé que estais muy equivocados. Vuestra necia credulidad es causa de que os tenga por insensatos, en cuya opinion debe abundar tambien este caballero, á no ser que os quiera demostrar que lo negro es blanco. Así como en el mundo no existe más que un ave fénix, tampoco puede existir más de un solo hombre que consiga librarse de la infidelidad de la mujer. Cada cual cree ser el único y feliz mortal que tal triunfo alcanza; pero ¿cómo es posible que todos lo sean, si en el mundo no puede haber más que uno? Tambien yo, como vosotros, incurrí en el grosero error de creer que era posible la existencia de más de una mujer casta; pero llegó aquí, por mi buena suerte, un caballero de Venecia, el cual presentándome las pruebas más irrefutables, desvaneció por completo mi ciega ignorancia. Aquel caballero se llamaba Juan Francisco Valerio: nunca he olvidado su nombre: sabia uno por uno todos los ardides de que suelen echar mano todas las mujeres y las amantes, y además de esto, conocia tan bien todas las historias antiguas y modernas que venian en apoyo de su propia experiencia, que me dejó plenamente convencido de que jamás existieron mujeres honradas, ya fueran pobres ó ricas, y de que si alguna parecia más casta que las otras, era porque tenia más destreza para ocultar sus devaneos. Entre las infinitas historias que me contó, (y fueron tantas, que no recuerdo la tercera parte de ellas), se fijó una de tal modo en mi memoria, que ni grabada en mármoles se conservaria mejor. Estoy seguro de que todos cuantos oyeran su relato, modificarian inmediatamente su opinion con respeto á esas fementidas hembras, adhiriéndose á mi parecer; y si no os desagradara prestarme unos momentos de atencion, valeroso caballero, os referiria dicha historia para confusion del otro sexo.

El Sarraceno respondió:

—No puedes hacer nada que tanto me agrade y me deleite en estos momentos, como referirme historias ó presentarme ejemplos que estén en acuerdo con mis ideas: y á fin de que pueda oirte mejor, y tú contarme más descansado esa historia, siéntate en frente de mí, para que pueda verte el rostro.

En el canto siguiente os repetiré lo que el hostalero refirió á Rodomonte.

Rodomonte oye las peores cosas que contra las mujeres pueda decir una lengua falaz.—Continúa despues el viaje hácia su reino; pero antes llega á un sitio agradable para su corazon.—Se siente abrasado de un nuevo amor por Isabel, y como le estorba el monje que acompaña á la jóven, le da una muerte cruel y traidora.

¡Oh mujeres! ¡Oh hombres, que teneis en mucho al bello sexo! No deis, por Dios, oidos á la historia que el posadero refirió en desprecio vuestro, con el objeto de hacer recaer sobre vosotras la infamia y el vilipendio, por más que una lengua tan viperina no pueda mancillaros ni aumentar vuestra estimacion, y sea achaque antiguo en el vulgo ignorante el de atreverse á todo y complacerse en hablar de lo que menos entiende. Pasad este canto por alto; pues no por eso quedará truncada esta historia, ni será menos clara mi narracion. Habiendo hallado el cuento del posadero en los escritos de Turpin, lo he colocado tambien en mi obra; pero sin malevolencia ni dañada intencion. Podeis estar persuadidas de que os amo, no solo por habéroslo expresado así mi lengua, que jamás ha sido avara en cantar vuestras alabanzas, sino por haberos dado repetidas pruebas de mi afecto, demostrándoos que ni soy ni puedo ser más que vuestro. Pasad, pues, si quereis tres ó cuatro páginas sin leer una sola línea: el que se aventure á recorrer su contenido, debe darle el mismo crédito que si se tratara de una ficcion ó una insensatez.

Pero volviendo á coger el hilo de mi discurso, os diré que, en cuanto el hostalero vió que todos estaban dispuestosá escucharle, y despues de haber tomado asiento enfrente del caballero, empezó su historia en estos términos:

—Astolfo, rey de los Lombardos, á quien su hermano cedió la corona para vestir el hábito religioso, fué tan bello y apuesto en su juventud, que pocos mortales llegaron á igualarle. Con dificultad hubieran podido reproducir en el lienzo sus admirables facciones el célebre Zeuxis ó el mismo Apeles, ú otro pintor más eminente que estos, si es que ha existido. Todos convenian en que era hermoso y gentil, pero el jóven lo creia así más que nadie. No le envanecia tanto la superioridad en que, por razon de su elevada dignidad, se encontraba con respecto á los magnates de su reino, ni ser el monarca más poderoso de cuantos en aquella region existian, ni tener á su disposicion considerables riquezas y numerosos ejércitos, como la celebridad que alcanzaba en todo el mundo por su donaire y gentileza. Siempre que oia encomiar sus atractivos, sentia el mismo placer que disfrutamos cuando ensalzan la cosa que más amamos.

»Entre los varios magnates de su corte, distinguia particularmente con su afecto á un caballero romano llamado Fausto Latino, ante el cual se alababa con frecuencia de la perfeccion de su rostro ó de sus manos. Preguntándole un dia si habia visto en su vida un hombre de formas tan esbeltas y proporcionadas como las suyas, oyó una respuesta contraria á la que esperaba.

—«Segun lo que veo, respondió Fausto, y lo que oigo repetir por todas partes, tu belleza tiene pocos rivales en el mundo, y aun estos pocos los reduzco yo á uno. Este es un hermano mio, llamado Jocondo. Si se exceptúa mi hermano, no dudo que dejes á todos atrás en punto á belleza; pero estoy persuadido de que él te iguala y quizás te aventaja en hermosura.»

»Al Rey se le hacia difícil creer que existiera quien le arrebatase la palma de la belleza, por lo cual manifestó los más vivos deseos de conocer al jóven á quien tanto le encomiaban. Sus repetidas instancias arrancaron á Fausto la promesa de hacer venir á la corte á su hermano, á pesar de que le costaria un ímprobo trabajo obligarle á acceder; porque Jocondo era un hombre que jamás habia salido de Roma, donde gozaba de una existencia tranquila y sin afanes, disfrutando de los bienes que la suerte le concediera, y sin haber hecho el menor esfuerzo para aumentar ó disminuir el patrimonio que le dejó en herencia su padre: así es, que un viaje á Pavía le pareceria mucho más largo que á otros ir al Tana[27]. Pero la mayor dificultad consistiria en poderlo separar de su mujer, á la que profesaba un amor tan entrañable, que no tenia más voluntad que la suya. A pesar de todos estos obstáculos, dijo Fausto que por obedecer á su Rey, marcharia á Roma y haria más de lo que le fuera posible en este asunto. El monarca unió á sus ruegos tantos ofrecimientos y regalos, que no hubo medio de resistir á sus deseos.

»Emprendió Fausto la marcha, y á los pocos dias se encontró en Roma y en el hogar paterno. Fueron tantos los ruegos y las súplicas que dirigió á su hermano, que al fin logró hacerle consentir en acudir al llamamiento del Rey. Consiguió además, á pesar de ser bastante difícil, que su cuñada no se opusiera á sus intentos, haciéndole ver las ventajas que de ello reportaria y el agradecimiento eterno á que le quedaria obligado. Fijó Jocondo el dia de la partida, y entre tanto se proveyó de caballos y criados, y se mandó hacer trajes magníficos, suponiendo con razon que el adorno da mayor realce á la belleza. La mujer no se apartaba un momento de su lado, llorando dia y noche, y diciéndole que no sabria cómo soportar aquella ausencia sin que le costara la vida, cuando al pensar en ella solamente sentia que el dolor le arrancaba el corazon.—«No llores, vida mia, le decia su esposo», y mientras tanto derramaba él un copioso llanto.—«Ojalá me sea tan próspero el viaje, como es cierto que no tardaré dos meses en volver á tu lado; pues aunque el Rey me cediese la mitad de sus estados, no consentiria en prolongar mi ausencia ni un solo dia más de dicho término.»

»La afligida esposa no se consolaba, á pesar de tales seguridades, diciéndole que el plazo era demasiado largo, y que si al regresar no la encontraba muerta, solo podria atribuirlo á un gran milagro del Cielo. Tan grande era el dolor que dia y noche la atormentaba, que se resistia á tomar toda clase de alimento, y ni siquiera podia conciliar el sueño; llegando á tal extremo, que Jocondo, movido á compasion, se arrepentia ya de haber accedido tan fácilmente á los deseos de su hermano. Quitóse ella un collar del cual pendia una cruz guarnecida de piedras preciosas, que contenia reliquias santas recogidas en muchos sitios por un peregrino bohemio. Al regresar este peregrino de Jerusalen, aquejado de una violenta enfermedad, recibió franca hospitalidad en casa del padre de la dama; y habiendo muerto en ella, dejó á su huésped heredero de la misma cruz que entonces recibia Jocondo de mano de su esposa; la cual le suplicó que la llevara siempre colgada al cuello, cual constante recuerdo y prenda de su amor.

»Aceptó el esposo con agrado aquel presente, aun cuando no tenia necesidad de él para no olvidar á su adorada compañera; pues ni el tiempo, ni la ausencia, ni la próspera óadversa fortuna podrian borrar de su corazon el recuerdo eterno é indestructible que de ella conservaria mientras existiera y aun despues de la muerte. Durante la noche que precedió á la mañana fijada para la partida de Jocondo, no parecia sino que su esposa iba á quedar muerta en sus brazos ante la idea de verse sin él. El sueño huyó de sus párpados, y una hora antes de despuntar el dia, le dió su esposo el último adios. Montó á caballo y se puso en camino, dejando todavía á su mujer en el lecho.

»Aun no habia andado dos millas, cuando se acordó de la cruz que, por un olvido deplorable, habia dejado debajo de la almohada, donde la colocó al entregársela su esposa.—«¡Necio de mí! exclamaba. ¿Cómo hallaré una disculpa aceptable, para que mi mujer no vaya á creer que agradezco tan poco su inmenso amor?»—Ninguna de las excusas que buscaba en su imaginacion le parecian buenas ni aceptables: así es que se decidió á buscar la cruz olvidada, prefiriendo recogerla por sí mismo á mandar un criado ú otra persona menos interesada. Se detuvo, y dijo á su hermano:—«Sigue andando más despacio hácia Baccano, y espérame en la primera hostería que allí encuentres; porque yo he de volver forzosamente á Roma, aunque regresaré tan pronto, que espero alcanzarte en el camino. Nadie sino yo puede desempeñar la comision que me obliga á retroceder; pero no temas, que pronto seré contigo. Adiós.»—Al decir estas palabras, volvió riendas y se alejó á galope, sin permitir que le acompañara ninguno de sus criados.

»Cuando pasó nuevamente el rio, el Sol empezaba ya á disipar las sombras de la noche. Apeóse á la puerta de su casa, entró en ella, se dirigió á su lecho, y encontró en él á su mujer profundamente dormida. Descorrió del todo las cortinas sin decir una palabra, y se ofreció á su vista loque menos esperaba: vió á su casta y fiel esposa dormida en brazos de un jóven, á quien conoció al momento; pues era un mancebo de su servidumbre, de linaje oscuro, y á quien habia criado en su casa. Si Jocondo quedó atónito y desesperado, no hay para qué decirlo: vale más suponerlo y prestar crédito al relato de otros, que verse obligado á saber por experiencia propia lo que con gran dolor de su corazon supo el engañado marido. Impelido por la cólera, tuvo intencion de sacar la espada y atravesar con ella á entrambos; pero el amor que aun sentia hácia su mujer se lo impidió bien á pesar suyo. Este mismo insensato amor (¡hasta tal extremo le tenia avasallado!) no le permitió tampoco despertarla, por ahorrarle la vergüenza de verse sorprendida por él en tan grave falta. Salió de la estancia tan silenciosamente como pudo, bajó las escaleras, montó de nuevo á caballo, y desgarrando los hijares del animal con el acicate, del mismo modo que él tenia desgarrado el corazon por el aguijon de los celos, alcanzó á su hermano antes que este hubiese llegado á la posada.

»Observaron al momento sus compañeros de viaje la alteracion de sus facciones, y conocieron que su corazon estaba oprimido por la tristeza; pero ninguno de ellos podia suponer aproximadamente la causa que la producia, ni mucho menos penetrar su secreto. Creian que se habia separado de ellos para ir á Roma, cuando donde habia ido era á Corneto[28]. Sospechaban, es cierto, que amor era el motivo de su mal; pero nadie imaginaba de qué modo tan cruel lo era. Suponia Fausto que la afliccion de su hermano procedia de haber dejado sola á su mujer, cuando, por el contrario, lo que más irritaba y ponia fuera de sí á Jocondo, erahaberla encontrado demasiado acompañada. El infeliz, con el entrecejo fruncido y contraidos los lábios, no levantaba los ojos del suelo, mientras Fausto procuraba por todos los medios posibles consolarle; mas de poco le servian, por lo mismo que ignoraba la causa de su pena. De esta ignorancia resultaba, que ponia en su herida un bálsamo enteramente contrario; pues recordándole su mujer, no hacia otra cosa que aumentar su dolor, cuanto más se esforzaba en calmarlo.

»Jocondo no disfrutaba el menor reposo ni de dia ni de noche: su apetito huyó con el sueño, y su rostro, tan bello hasta entonces, experimentó tal mudanza, que no parecia el mismo. Parecia que los ojos se le habian hundido en el cerebro; que la nariz habia crecido en su descarnado semblante, quedándole ya tan poco de su pasada belleza, que en vano hubiera pretendido sostener el paralelo con la hermosura del Rey. Su dolor incesante le causó una fiebre tan molesta, que se vió obligado á detenerse algun tiempo en las orillas del Arbia y del Arno, desvaneciéndose allí los últimos restos de su belleza, cual se marchita una rosa privada de la luz del sol.

»Aun cuando Fausto se lamentaba del estado á que veia reducido á su hermano, se lamentaba mucho más de ser mirado como un impostor por aquel príncipe á quien en tan alto grado le alabara. Habíale prometido presentarle el hombre más gentil de cuántos existian, y ya no podia hacerle ver sino al más feo de todos: sin embargo, continuando su camino, lo llevó consigo hasta que llegaron á Pavía. Como no queria que el Rey le viese de improviso, exponiéndose á que le tachara de insensato, le advirtió por medio de una carta, que su hermano acababa de llegar con pocas esperanzas de vida, y que una pena cruel, acompañada deuna fiebre devoradora, habian marchitado de tal modo sus facciones, que estaba desconocido.

»La llegada de Jocondo causó al Rey el mismo regocijo que la del amigo más querido; pues nada habia deseado en su vida tanto como conocerle. Regocijóse interiormente al ver que le era inferior en belleza, si bien conocia, que, á no ser por la enfermedad que le aquejaba, le seria superior, ó por lo menos igual. Le alojó en su mismo palacio, donde le visitaba diariamente, informándose á cada hora de su estado, y procuró rodearle de las mayores comodidades y ofrecerle toda clase de honores y consideraciones. Jocondo languidecia de dia en dia, pues el doloroso recuerdo de su criminal mujer, le roia incesantemente el corazon; y ni las fiestas, ni los juegos, ni la música, disminuian en lo más mínimo su acerba pena.

»Ocupaba un departamento situado en el piso superior del edificio, y antes de llegar á él habia un salon antiguo. Como le incomodaba toda distraccion y toda compañía, solia pasearse enteramente solo por dicha estancia, añadiendo continuamente nuevo peso á los abrumadores pensamientos que oprimian su corazon; y sin embargo, ¡quién lo creyera! encontró en aquel salon el remedio de su profunda herida. En uno de los ángulos de la estancia en que mayor oscuridad reinaba, porque casi nunca se abrian las ventanas, observó que el tabique no se unia bien al muro, y daba paso á un rayo de luz. Miró Jocondo por aquella rendija, y vió lo que pareceria increible á cualquiera que lo oyese referir; pero él no lo oyó decir á nadie, sino que lo vió, y á pesar de esto no podia dar crédito á sus ojos.

»Desde su extraño observatorio, descubrió por completo el retrete más secreto y más suntuoso de las habitaciones de la Reina, donde nadie podia penetrar excepto las personas de su mayor intimidad. Examinó atentamente lo que allí pasaba, y vió á la Reina abrazada estrechamente con un enano, el cual habia sido tan diestro, que consiguió dominarla y hacerse dueño de su corazon. Jocondo permaneció un largo rato atónito, estupefacto, y creyendo ser presa de un engañoso sueño; mas cuando vió que el sueño no era tal, sino una evidente realidad, no tuvo más remedio que dar crédito á sus ojos.—«¿Es posible, exclamó, que se someta de tal modo á un ser deforme y despreciable esa dama, cuyo marido es el rey más poderoso, más gentil y más amable del mundo? ¡Oh lascivia!»

»Acordóse entonces de su mujer, á quien maldecia sin cesar por haberla sorprendido concediendo sus favores á un criado jóven; y al compararla con la Reina, no pudo menos de excusar algun tanto su falta, por creer que esta no procedia enteramente de su voluntad, sino de la inclinacion de su sexo, que no puede contentarse con un solo hombre y si todas tenian alguna mancha que ocultar, á lo menos la suya no habia elegido un mónstruo.

»Al dia siguiente, volvió á la misma hora y al mismo sitio, y vió de nuevo á la Reina y al enano haciendo al Rey idéntico ultraje. Por espacio de muchos dias se repitió la fiesta; y sin embargo, la princesa, con gran sorpresa de Jocondo, se lamentaba siempre del poco amor del enano. Un dia, entre otros, observó que la Reina, turbada, impaciente y melancólica, habia mandado llamar dos veces por una de sus doncellas al enano, el cual no se presentaba. Ordenó por tercera vez que le llamaran, y la doncella entonces le dijo:—«Señora, está jugando, y por no perder un sueldo, se niega el muy bribon á acudir á vuestro llamamiento.»

»Ante tan extraño espectáculo, Jocondo recobró su perdida serenidad, y haciéndose digno de su nombre[29], se mostró contento, y trocó en risa su llanto. Con su alegría reaparecieron sus colores y sus buenas carnes, hasta el punto de parecer un ángel del Paraiso, dejando asombrados al Rey, á su hermano y á toda la corte ante tan repentina mudanza. Si el Rey deseaba oir de los lábios de Jocondo la causa de su rápida curacion, no se mostraba este menos deseoso de manifestársela, á fin de hacerle sabedor de tamaña injuria; pero como no queria que el Rey impusiese á su esposa el castigo que él habia dejado de imponer á la suya, antes de explicarle aquel misterio, le hizo jurar solemnemente que en ninguna ocasion habria de vengarse de cuanto le dijera ó le hiciera ver, ya le fuese desagradable, ó ya conociese que era una ofensa hecha directamente á la majestad de que estaba revestido; exigiéndole además la promesa de guardar silencio, con el objeto de que el culpable jamás pudiera sospechar, ni por palabras, ni por obras, que el Rey conocia su crímen. Astolfo, que podia imaginar cualquier cosa menos la de que se trataba, juró sin vacilar todo cuanto quiso Jocondo, y entonces este le reveló la causa de su prolongada enfermedad, diciéndole que procedia de haber encontrado á su infiel consorte en brazos de un humilde criado, y que sin duda habria muerto de desesperacion á no haber hallado tan pronto el remedio. Añadió que precisamente en el palacio real habia visto una cosa que mitigaba su quebranto, al considerar que si bien habia caido sobre él una grave deshonra, estaba seguro de no ser á lo menos el único deshonrado. Así diciendo, condujo al Rey á la rendija del salon, y le enseñó el horrible enano que se solazaba á sus anchas con la Reina.

»Fácilmente comprendereis, sin necesidad de que yo lo jure, la indignacion que semejante espectáculo causó á Astolfo: faltóle poco en su rabia para perder el juicio ó para estrellarse la cabeza contra las paredes. Estuvo á punto de gritar y de romper su juramento; pero preciso le fué sellar sus lábios y devorar su amargo ultraje, puesto que lo habia jurado así sobre la sagrada hostia.»

—«¿Qué debo hacer, qué me aconsejas, amigo mio, dijo á Jocondo, ya que me has privado de saciar la justa indignacion que arde en mi pecho con la más terrible y la más merecida de las venganzas?»

—«Abandonemos para siempre á nuestras ingratas mujeres, respondió Jocondo, y probemos si todas son tan fáciles de conseguir como ellas: hagamos con las mujeres ajenas lo mismo que los demás han hecho con las nuestras. Los dos somos jóvenes y dotados de tantos atractivos, que con dificultad encontraremos quien nos aventaje. ¿Habrá alguna mujer que se muestre esquiva con nosotros, cuando vemos que no resisten á las seducciones de seres abyectos y deformes? En el caso de que no nos valgan para rendirlas ni la juventud ni la belleza, apelaremos á otro atractivo más irresistible; el oro. No debemos cejar en nuestro propósito hasta haber conquistado los ópimos despojos de mil mujeres ajenas. La ausencia, la variacion de climas y de países, el trato con las damas extranjeras curarán, á no dudarlo, las penas del amor que hoy laceran nuestro corazon.»

»Astolfo halló excelente el plan de Jocondo, y no queriendo aplazar un solo momento la partida, se puso en camino á las pocas horas, acompañado solamente del caballero romano y de dos escuderos. Visitaron de incógnito la Italia, la Francia, el país de los flamencos y el de los ingleses, sinencontrar una mujer hermosa que no cediera á sus ruegos. Pagaban con liberalidad los favores que recibian, y con frecuencia se reintegraban de los dispendios hechos: muchas hermosas se ablandaron á sus súplicas; pero en cambio otras tantas les ofrecieron con instancias sus favores. Permaneciendo un mes en un país, dos en otro, adquirieron el íntimo convencimiento de que las demás mujeres no eran más fieles ni más castas que las suyas. Al cabo de algun tiempo, empezó á cansarles aquella vida agitada, aquel afan de ir siempre en busca de cosas nuevas, y sobre todo, la obligacion que se habian impuesto de cazar en cercado ajeno, exponiéndose continuamente á la muerte, y pensaron que era mucho mejor buscar una mujer de rostro y carácter agradables á entrambos, que les proporcionara en comun los placeres del amor, y de quien no tuvieran que sentir el aguijon de los celos.

—«Prefiero que seas tú más bien que cualquier otro mi compañero de amor, decia el Rey á Jocondo, por lo mismo que sé que entre todas las que componen la gran falanje femenil, no hay una sola que se contente con un hombre nada más. Bástanos con una sola para gustar los deleites amorosos, sin abusar de nuestra naturaleza, y únicamente cuando se manifiesten nuestros deseos. De este modo, no tendremos jamás disputas ni disensiones, ni creo que ella pueda quejarse; porque es indudable que si toda mujer tuviera dos maridos, les seria más fiel que á uno solo, y tal vez no habria tantas querellas entre los matrimonios.

»Jocondo aplaudió las palabras del Rey, y resueltos á llevar á cabo tal proyecto, empezaron á buscar por montes y llanuras la mujer que deseaban. Encontraron al fin lo que convenia á sus miras en la hija de un posadero español, que tenia una hostería en el puerto de Valencia, la cualera una muchacha de esbelto talle y agradable presencia, y cuyo lozano semblante anunciaba que apenas habia entrado en la florida primavera de su vida. El padre, que estaba cargado de hijos y era enemigo mortal de la pobreza, consintió fácilmente en entregar su hija á los dos caballeros, para que pudiesen llevársela donde más les agradara, puesto que le habian prometido tratarla bien.

»Lleváronse á la muchacha, y disfrutaron alternativamente de sus encantos en amor y santa paz, semejantes á los fuelles de una fragua, que soplando uno tras otro, no dejan que se apague el fuego. Proponiéndose recorrer toda la España y pasar desde ella al reino de Sifax[30], salieron de Valencia y se detuvieron el mismo dia en una posada de Játiva. Los dos amigos se dedicaron á visitar los templos, los palacios, los establecimientos públicos y las calles y plazas, siguiendo la costumbre que observaban en todas cuantas ciudades recorrian. Dejaron á la muchacha en la posada con sus demás criados, los cuales se pusieron á hacer las camas, á acomodar los caballos en las cuadras ó á preparar la cena para cuando volvieran sus señores.

»En aquella posada estaba de criado un mancebo que habia servido en otro tiempo en casa del padre de la jóven, de la cual fué amado en sus más tiernos años, y con la cual habia gustado las primicias del amor. Conociéronse al instante, pero procuraron disimularlo, por temor de que lo notaran los dos amigos; mas en cuanto se alejaron estos y vieron á los demás criados dedicados á sus quehaceres, dejaron aparte todo disimulo. El jóven preguntó á la muchacha el objeto de su viaje, y á cuál de los dos señores pertenecia: entonces Flameta (que tal era el nombre de la muchacha, así como el Griego el del jóven) le respondió, manifestándole la verdad.

—«¡Ay de mí! exclamó el Griego: cuando creí llegado el tiempo de vivir siempre contigo, Flameta mia, vas á ausentarte, y te perderé tal vez para siempre! Mis dulces designios van á convertirse en amargas penas, puesto que perteneces á otros, y te alejas tanto de mí! A fuerza de trabajos y de sudores, con lo que habia ahorrado de mis salarios y con las propinas de muchos viajeros, he logrado reunir algun dinero, y pensaba volver á Valencia para pedirte á tu padre por esposa y casarnos inmediatamente.»

»La jóven se encogió de hombros, y por toda respuesta le dijo que habia llegado demasiado tarde. El Griego empezó á llorar y á lamentarse, aunque á la verdad, con algun fingimiento.

—«¿Quieres dejarme morir así? le dijo: estréchame á lo menos entre tus brazos, y permite que desahogue en tu seno esta pena que me atormenta. ¡Seria tan dulce para mí la muerte si pudiera pasar á tu lado todos los instantes que faltan hasta tu partida!»

»La jóven, compadeciéndose de su afliccion, le respondió:

—«Puedes creer que no lo deseo menos que tú; pero no encuentro sitio ni ocasion oportuna aquí, donde nos observa tanta gente.»

»El Griego replicó:

—«Estoy seguro de que si me amaras tan solo la tercera parte de lo que yo te amo, hallarias esta misma noche la ocasion de que pudiéramos solazarnos un poco.»

—«¿Y cómo conseguirlo, repuso Flameta, si duermo todas las noches entre los dos caballeros, prodigándome cada uno alternativamente sus caricias, y teniéndome siempre alguno de ellos entre sus brazos?»

—«Ese inconveniente no debe tener importancia para tí, contestó el Griego; pues demasiado sabrias evitarlo y aun escaparte furtivamente de su lado, si quisieras, como querrás sin duda en cuanto te conmueva mi profundo dolor.»

»Flameta permaneció algunos momentos pensativa, y despues dijo al mancebo, que fuese á buscarla cuando presumiera que todos dormian en la posada, informándole minuciosamente de lo que debia hacer, tanto al reunirse con ella, como al retirarse. Siguiendo el Griego sus instrucciones, en cuanto conoció que todos estaban entregados al sueño, se dirigió á la puerta del cuarto de su amada, la empujó cuidadosamente, y se adelantó muy despacio y caminando con suma cautela. Movia los piés con toda precaucion, haciéndose firme en el de detrás, y adelantando el otro como si temiera tropezar en el vidrio ó fuera pisando huevos: con los brazos extendidos del mismo modo fué vacilando hasta dar con el lecho, en el cual se metió de cabeza con el mayor silencio por el sitio donde los otros tenian los piés. Fué deslizándose suavemente por las piernas de Flameta, que estaba echada boca arriba, y así que llegó á la altura de su rostro, la abrazó estrechamente, y permaneció con ella hasta que empezó á despuntar la aurora, gustando ansioso toda la noche de las voluptuosas delicias de su ardiente amor.

»Tanto el Rey como Jocondo habian notado aquella amorosa lucha; pero engañados por un comun error, creyó cada cual que su compañero habia sido el afortunado. Cuando el Griego hubo satisfecho sus lascivos deseos, volvió á salir del mismo modo que habia entrado, y como empezara el Sol á lanzar sus fulgurantes rayos desde el horizonte, saltó Flameta del lecho, é hizo entrar á los criados.Astolfo se dirigió á su compañero, diciéndole en tono de broma:

—«Amigo, mucho has debido caminar esta noche: tiempo es ya de que descanses, puesto que no has parado un momento.»

»Jocondo le respondió en el mismo tono:

—«¡Buena es esa! me estás diciendo lo mismo que yo iba á decirte: tú eres el que debe descansar, porque has estado cazando hasta la llegada del dia.»

—«Tambien yo hubiera deseado correr un poco, replicó el Rey, si me hubieses prestado el caballo, hasta dejar satisfecho el deseo.»

»Jocondo respondió:

—«Soy tu vasallo, y por lo tanto puedes hacer y deshacer conmigo toda clase de pactos: de consiguiente, si no te convenia observar nuestras mútuas condiciones, bastaba que me dijeras francamente: «Déjala estar».

»Tanto replicó el uno y tanto añadió el otro, que la cuestion iba agriándose por momentos. Sus palabras eran cada vez más insultantes, porque cada cual temia ser burlado por el compañero: llamaron á Flameta (que no estaba muy lejos, temerosa de que se descubriera su trama), á fin de que aclarara en presencia de ambos lo que uno y otro parecian ocultarse con sus negativas.

—«Dime, le dijo el Rey con mirada severa, y no temas que ninguno de los dos te hagamos daño alguno: ¿quién ha sido el dichoso que ha pasado toda la noche en tus brazos, sin permitir que nadie participara del mismo placer?»

»Entrambos esperaban ansiosos la respuesta, creyendo cada cual que iba á dejar al otro por embustero, cuando Flameta, temiendo por su vida al verse descubierta, se arrojó á sus plantas pidiéndoles perdon, y confesando que arrastrada por la pasion que sentia hácia su primer amante, y subyugada por la compasion que le inspiraba un corazon atormentado que habia sufrido mucho por ella, incurrió en la noche anterior en la falta, ocasion de su querella, y prosiguió refiriéndoles con todos sus detalles el ardid de que se habia valido, para que ambos creyeran que su compañero era el dichoso.

»El Rey y Jocondo estuvieron un gran rato contemplándose mútuamente, atónitos y estupefactos: hasta entonces no habia llegado á su noticia que dos hombres pudieran ser engañados de aquel modo. Acometióles despues un acceso de risa tan violento que se dejaron caer sobre la cama con la boca abierta, los ojos cerrados y pudiendo respirar apenas. Despues de haber dado rienda suelta á su hilaridad, hasta el extremo de dolerles el pecho y tener los ojos llenos de lágrimas, exclamaron:—«¿Cómo hemos de poder vigilar á nuestras mujeres á fin de que no nos engañen, si á pesar de tener á esta muchacha tan íntimamente unida á nosotros, que siempre la tocaba uno de los dos, nos ha burlado? Aunque un marido tuviera más ojos que cabellos, no podria librarse de una traicion semejante. Hemos puesto á prueba la virtud de mil mujeres, á cual más bellas, y ni una sola se nos ha resistido: podríamos hacer la misma prueba con otras mil, y de seguro que harian lo mismo que aquellas; pero debemos darnos por satisfechos con la última experiencia. Por lo tanto, estamos en el caso de creer que nuestras mujeres ni son más perversas ni menos castas que las otras, y puesto que son lo mismo que todas las de su sexo, lo mejor será volver á su lado.»

»Una vez tomada esta determinacion, hicieron que la misma Flameta llamara á su amante, y en presencia de cuantos habia en la posada, se la dieron por mujer juntamente con un buen dote. Montaron despues á caballo, y en vez de seguir su camino hacia Poniente, volvieron hácia Levante, y regresaron al lado de sus mujeres, sin inquietarse en lo sucesivo por lo que hacer pudieran.»

El posadero puso fin con estas palabras á su historia, que fué escuchada con suma atencion por los circunstantes. El Sarraceno guardó completo silencio mientras duró su relato: despues dijo:

—Estoy firmemente persuadido de que los ocultos ardides de las mujeres son innumerables, y tanto, que no bastaria todo el papel del mundo para recordar una milésima parte de ellos.

Entre los presentes, se hallaba un hombre de edad madura, de más prudencia, más juicio y más atrevimiento tambien que los demás, y no pudiendo sufrir en silencio por más tiempo que se censurara tan acerbamente á todas las mujeres, se volvió al que habia narrado la historia, y le dijo:

—Todos los dias estamos oyendo referir cosas que no encierran el menor fondo de verdad: probablemente tu fábula será una de estas. No doy crédito alguno al que te la contó, por más que en lo restante fuese tan verídico como un evangelista; pues de seguro, esa historia es hija de una falsa opinion, y no de su experiencia en asuntos femeniles. La malevolencia hácia una ó dos mujeres le obligó sin duda, á odiar y vituperar á todas las demás, traspasando los límites de la cortesía; pero si se mitiga su ira, estoy cierto de que le oirás ensalzarlas mucho más de lo que ahora las calumnia. Cuando quiera alabarlas, tendrá más ancho campo del que tuvo para hablar mal de ellas, y por una mujer infeliz, merecedora de vituperio, hallará ciento dignas de honor y de respeto. En vez de censurarlas á todas, se deberia aplaudir la bondad de infinitas; y si tu Valerio dijo lo contrario,obedeció á su despecho y no á lo que su corazon le dictaba.—Y ahora decidme: ¿Acaso hay entre vosotros alguno que haya guardado á su mujer la fidelidad debida? ¿Podreis negar que cuando os ha parecido conveniente, habeis perseguido á la mujer ajena, apelando hasta á las dádivas para conseguirla? ¿Creeis encontrar en todo el mundo un hombre que no haya obrado así? El que lo diga, miente; y el que lo crea, es un insensato.—En cambio, ¿habeis hallado alguna mujer que os ofrezca su amor, exceptuando á las mujeres públicas é infames? ¿Sabeis de alguno que no haya abandonado á su mujer, aun cuando fuese muy bella, para irse con otra, como estuviera persuadido de alcanzar en breve y fácilmente sus favores? ¿Qué haria aquel marido si le rogara ó le ofreciera alguna recompensa una mujer ó una doncella? Estoy seguro de que, por complacer á una ó á otra, nos expondríamos todos á perder la vida.—La mayor parte de las mujeres que abandonan á sus maridos tienen las más de las veces un justo motivo para hacerlo así; porque les ven despreciar el bien que les pertenece, para correr afanosos en busca del ajeno. Si quieren ser amados, preciso es que empiecen por amar y dar otro tanto de lo que reciben. Como estuviera en mis manos, habria de instituir una ley á la que nadie pudiera oponerse. Esta ley dispondria, que toda mujer sorprendida en flagrante adulterio fuese condenada á muerte, como no pudiese probar que su consorte habia cometido una vez la misma falta; pero si así lo probara, quedaria absuelta, y nada tendria que temer de su marido ni de la sociedad. Entre sus sublimes preceptos, nos ha dejado Cristo el de no hacer al prójimo lo que no se quiera para sí mismo. El mayor mal de que se puede acusar á las mujeres, y no á todas, es el de la incontinencia; pero en esta parte, ¿quién es más culpable? ¿Ellas, ó nosotros, para quienes lacontinencia es una cosa completamente desconocida? Y si de esta falta no se sonroja el hombre, como debiera, ¿cuánto mayor no deberia ser su sonrojo y su vergüenza cuando blasfema, cuando se entrega al robo, al fraude, á la usura, al homicidio, y á todos los peores crímenes, si es que existen otros peores, y que practican exclusivamente los hombres?

Disponíase el sincero y justo anciano á apoyar sus razones con algun ejemplo ofrecido por esas mujeres virtuosas, cuyas acciones y cuyos pensamientos fueron siempre reflejo de su castidad, cuando el Sarraceno, á quien repugnaba oir la verdad, le lanzó una mirada terrible y amenazadora. El temor obligó al buen viejo á guardar el silencio; pero no le hizo variar de opinion.

Habiendo terminado el Rey pagano la cuestion de este modo, dejó la mesa, y se tendió despues en su lecho para disfrutar algun reposo hasta la llegada de la aurora; pero invirtió la noche, más bien que en dormir, en lamentarse de la ofensa que le infiriera Doralicia. Apenas apareció el primer albor matutino, se puso en marcha con intencion de embarcarse en el rio; porque teniendo al excelente caballo de que se habia apoderado á despecho de Sacripante y de Rugiero toda la consideracion que debe tener un buen ginete, y reflexionando que por espacio de dos dias consecutivos le habia hecho galopar más de lo justo, quiso proporcionarle el descanso necesario, haciéndole entrar en una barca, considerando por otra parte que el viaje seria así más rápido. Mandó al momento á los barqueros que se alejaran de la orilla é hicieran fuerza de remos, y la embarcacion, no muy grande y poco cargada, se deslizó velozmente por el curso del Saona.

Rodomonte no se veia libre de sus abrumadores pensamientos, lo mismo por la tierra que por el agua: si iba á caballo, los llevaba á la grupa; si embarcado, se le ofrecian en la proa y en la popa del bajel. Oprimiendo alternativamente su corazon ó su cabeza, le arrebataban todo consuelo y toda esperanza de sosiego: no sabia qué partido adoptar para hallar un alivio á su afliccion al ver que sus enemigos quedaban libres é impunes, ni de quién esperar merced, puesto que los suyos eran los que le hacian la guerra: el cruel amor, que debia acudir en su socorro, era el que más tenazmente le perseguia, sin concederle tregua ni sosiego. Navegó todo aquel dia y la noche siguiente, siempre agitado por el mismo afan; nada podia borrar de su imaginacion la injuria que habia recibido de su rey y de su dama. La misma pena y dolor que sentia á caballo los sentia tambien en la nave. Las aguas que iba surcando no podian apagar el incendio que le abrasaba, ni la variacion de sitios y de paisajes era bastante á variar su triste estado. Como el enfermo que, rendido y aniquilado por una fiebre devoradora, busca nuevas posiciones en su lecho, y volviéndose tan pronto de un lado como de otro, espera encontrarse mejor, aun cuando no consigue descansar ni sobre el derecho ni el izquierdo, sintiéndose incómodo y mal de todos modos, así tampoco experimentaba el pagano alivio alguno á su dolencia ni en la tierra ni el agua.

No teniendo ya paciencia para continuar embarcado, saltó en tierra, y pasó por Lyon y Vienne; siguió desde aquí á Valence, y despues vió á Avignon con su magnífico puente. Todas estas ciudades y otras muchas, situadas entre el rio y los montes Celtíberos, estaban sometidas á Agramante y al rey de España desde el dia en que penetraron en aquellas comarcas. Corrióse Rodomonte por la izquierda hácia Aigues-Mortes, con ánimo de embarcarse lomás pronto posible para Argel, y llegó á un rio, á cuya orilla se asentaba una ciudad favorecida por Baco y Ceres, cuyos habitantes la habian abandonado, obligados á ello por las incesantes exacciones de los soldados sarracenos. Por un lado se descubria la inmensa superficie del mar; y por otro se veian ondear en los valles á impulsos del viento las doradas espigas. Descubrió allí una capilla, recientemente edificada sobre una colina, pero abandonada de los sacerdotes desde el principio de la guerra. Rodomonte la eligió para vivienda suya, por haberle agradado tanto á causa de su pintoresca situacion y de estar lejos del ruido de las armas que habian llegado á serle odiosas, que la prefirió á su reino. Renunciando á pasar al África, se alojó allí con sus escuderos, su caballo y sus equipajes. Aquel sitio estaba á pocas leguas de Montpellier, á la orilla de un rio y próximo á algunos castillos ricos y habitados, de suerte que era fácil proporcionarse lo necesario para la subsistencia.

Estando un dia el Sarraceno entregado á sus tristes pensamientos, como solia estarlo la mayor parte del tiempo, vió venir por en medio de una florida pradera á una doncella de hermoso rostro, acompañada por un monje de luenga barba: seguíales un corcel de gran talla, cargado con un bulto cubierto con un paño negro. Fácilmente habreis conocido quiénes eran la dama, el monje y lo que conducia el caballo: era Isabel, que llevaba consigo los restos de su idolatrado Zerbino. La dejé avanzando por el camino de Provenza, sirviéndole de guia y compañero el anciano venerable, que la habia persuadido á consagrar á Dios el resto de su casta vida.

Aun cuando el rostro de Isabel estaba á la sazon pálido é impregnado de melancólica tristeza, y sus cabellos desordenados; á pesar de que no cesaban de escaparse profundos suspiros de su acongojado pecho, y sus ojos estaban convertidos en dos fuentes, y se conocian en toda su persona las huellas de su dolor y sufrimiento, estas mismas circunstancias realzaban de tal modo su belleza, que el Amor y las Gracias no hubieran esquivado recrearse en ella.

En cuanto el Sarraceno vió aparecer aquella dama tan bella, sepultó en lo más recóndito de su mente el propósito de maldecir y odiar eternamente á la hermosa mitad del género humano, que es el mejor adorno del mundo, y le pareció Isabel la doncella más digna, en quien debia poner su segundo amor, borrando totalmente el recuerdo del primero, del mismo modo que un clavo saca otro clavo. Salió á su encuentro, y con el acento más dulce y el más halagüeño semblante de que supo revestirse, le hizo algunas preguntas referentes á su persona. Ella satisfizo su curiosidad ingénuamente, manifestándole que estaba determinada á dejar el mundo y sus insensatas vanidades, para atraerse la bendicion del Eterno por medio de prácticas piadosas. El orgulloso pagano, que no creia en Dios y menospreciaba toda ley y toda religion, prorumpió en una risa burlona; calificó de erróneo y poco meditado el proyecto de la jóven, y le dijo que su designio era tan censurable como el del avaro que sepulta sus riquezas, sin obtener de ellas la menor utilidad y sin provecho para los demás hombres; añadiendo, por último, que los encierros se habian hecho para los leones, los osos y las serpientes, y no para las cosas bellas é inofensivas.

El monje, que no perdia una sola de las palabras del Sarraceno, ni se separaba de la incauta jóven para acudir siempre en su socorro, apartándola del tortuoso camino del mal, como no se aparta del timon el experto navegante,quiso entonces ofrecer á entrambos en suntuosa y espléndida mesa el más delicioso manjar espiritual; pero Rodomonte, que nació con mal gusto, no bien lo hubo probado cuando lo halló desagradable; y al ver que en vano procuraba interrumpir al monje sin lograr imponerle silencio, rompió el freno á su paciencia, y se arrojó sobre él enfurecido. Mas como podria pecar de difuso si continuara hablando, daré fin aquí á mi canto, por temor de que me suceda lo mismo que le sucedió al monje por hablar demasiado.

Isabel se hace cortar la cabeza por no satisfacer los lúbricos deseos del Pagano; el cual, advertido de su error, procura en vano aplacar su doliente espíritu.—Construye un puente en el que se apodera de los despojos de cuantos lo atraviesan.—Lucha con Orlando y caen ambos al rio.—Maravillosos hechos del Paladin.

¡Oh imaginacion calenturienta y mudable del hombre, cuán grande es tu inconstancia! ¡Con qué facilidad variamos de designios, sobre todo si son hijos de un amoroso despecho! No hace mucho, ví al Sarraceno tan profundamente irritado contra las mujeres y tan exajerado en su ódio, que llegué á figurarme, no solo que fuera inextinguible, sino que jamás llegaria á entibiarse. ¡Oh sexo encantador! Es tanto lo que me han ofendido los indebidos ultrajes que ese impío os ha prodigado, que no he de perdonarle su temeridad hasta demostrarle, por su mal, el grosero error en que ha incurrido. Con mi pluma y mi papel, haré de modo que todos convengan en que le hubiera sido más conveniente no desplegar los lábios, ó morderse la lenguaantes que hablar mal de vosotras. Que se produjo como un necio ó como un insensato, harto os lo habrá demostrado vuestra clara inteligencia; pues desnudó el acero de su ira contra todas, sin hacer la menor distincion. Y sin embargo, ha bastado una sola mirada de Isabel, para dar al traste con todos sus propósitos, y apenas la ha visto, cuando, sin conocerla siquiera, desea que ocupe en su corazon el sitio abandonado por Doralicia.

Abrasado repentinamente el Pagano por aquel amor naciente, intentó desvanecer con algunas fútiles razones el propósito firme y ardoroso que habia formado Isabel de dedicar su vida al Señor de todo lo creado; pero el eremita, que le servia de escudo y de defensa, acudió, como he dicho, en auxilio de la jóven, empleando los argumentos más terminantes é irrefutables para hacerla perseverar en sus piadosos intentos. Cansado Rodomonte de sufrir impaciente la enojosa locuacidad de aquel anciano, despues de haberle advertido que podia volverse á su soledad sin la doncella cuando quisiera; exasperado al ver que se oponia francamente á sus designios, y que no estaba dispuesto á cejar en su oposicion, le agarró de la barba con tal furia, que le arrancó una gran parte de ella. Excitada más y más su cólera, concluyó por asir al monje del cuello tan fuertemente, que sus dedos parecian unas tenazas, y haciéndole dar una ó dos vueltas en el aire, lo lanzó con tal ímpetu, que fué á parar al mar. No sé ni puedo decir lo que fué de él, porque las versiones son muy contradictorias. Unos dicen que se hizo pedazos contra una roca, de tal suerte, que no se podia distinguir los piés de la cabeza: otros, que fué á caer en el mar, distante más de tres millas, y que se ahogó en él por no saber nadar, á pesar de sus muchos ruegos y oraciones: otros, que acudió un Santo en su socorro, y le sacóá la orilla con mano visible. Alguna de esas versiones debe de ser la verdadera; pero mi libro no vuelve á ocuparse de él.

Despues que el cruel Rodomonte se hubo desembarazado del locuaz eremita, se acercó con aspecto menos fiero á la atribulada doncella, y empezó á decirle, con la fraseología peculiar á los amantes, que era su vida, su corazon, su consuelo, su esperanza más querida, y todas esas expresiones que siempre van juntas, esforzándose en aparecer tan comedido, que no dió el menor indicio de violencia. El rostro gentil que le enamoraba parecia extinguir ó refrenar su acostumbrada arrogancia; y aun cuando era árbitro de cojer el fruto desde luego, no le pareció oportuno pasar de la corteza, suponiendo que no estaria bastante sazonado hasta que ella se decidiera á ofrecérselo como presente: el insensato se figuraba que de esta suerte iria disponiendo poco á poco á Isabel á que accediera á sus deseos.

Isabel, que se veia en aquel sitio solitario y salvaje, como el raton entre las zarpas del gato, hubiera preferido hallarse en medio de las llamas, y no cesaba de buscar en su imaginacion algun partido, algun camino por donde le fuese posible escapar intacta é inmaculada. Estaba firmemente resuelta á darse la muerte por su propia mano, antes que someterse á la voluntad del bárbaro Sarraceno, y ultrajar de este modo la memoria del amante, cuya suerte cruel y despiadada le habia llevado á morir en sus brazos, y á quien jurara fidelidad eterna. Sin embargo, no sabia qué hacer; y mientras tanto crecia por momentos el lascivo apetito del Rey pagano: le veia ya decidido á abusar de ella torpemente, destruyendo sus castos propósitos, cuando á fuerza de pensar, se le ocurrió á Isabel el medio de salirilesa y de salvar su virtud, haciendo su nombre ilustre y glorioso.

Al ver que el Sarraceno la hostigaba con palabras y ademanes muy distintos de las atenciones que le habia guardado anteriormente, le dijo:

—¡Oh, señor! Si me asegurais no atentar contra mi honor, si me prometeis que puedo permanecer sin temor al lado vuestro, os ofreceré en cambio una cosa que tendrá para vos mucho más valor que abusar de mi honestidad. No desprecieis una dicha eterna, una satisfaccion verdadera y sin par, por un placer harto pasajero, que tanto abunda en el mundo. Os será fácil encontrar otras mil mujeres hermosas que correspondan á vuestra pasion; pero no existe en la Tierra, ó son por lo menos muy contados, los que puedan proporcionaros lo que os ofrezco. Conozco una yerba, que he visto al venir aquí y podria encontrarla á pocos pasos de este sitio, que cocida con hiedra y ruda en un fuego de leña de ciprés, y exprimida despues por manos inocentes, suelta un jugo cuya virtud es tan grande, que basta mojarse tres veces el cuerpo con él, para que se endurezca hasta el punto de hacerse inpenetrable al hierro y al fuego. Práctica, como estoy, en el modo de preparar ese líquido, hoy mismo puedo hacerlo y ofreceros hoy tambien una prueba de su maravillosa eficacia, estando segura de que la apreciareis en más que la conquista de la Europa entera. En recompensa del secreto que os ofrezco, solo deseo que me jureis por vuestra fé de caballero respetar mi castidad, así en vuestras palabras como en vuestras acciones.

Esta proposicion produjo el efecto apetecido, haciendo que Rodomonte refrenara sus lascivos ímpetus, y que, deseoso de verse invulnerable, prometiera á Isabel más aun de lo que ella exigia. El Sarraceno ofreció á la jóven respetarla hasta ver los resultados de tan admirable líquido, y esforzarse en reprimir todo acto ó todo conato de violencia; si bien en su interior formaba el propósito de no cumplir su palabra, porque no respetaba ni temia á Dios ni á los Santos, y en cuanto á falta de fé dejaba muy atrás á sus infieles compatriotas. Así es que dió á Isabel las mayores seguridades de que no la molestaria, con tal de que ella se pusiera desde luego á extraer el filtro que le habia de conceder el don que en otro tiempo disfrutaron Cygno y Aquiles[31].

Isabel empezó á explorar los valles y las sombrías cañadas, lejos de las ciudades y aldeas, recogiendo una gran cantidad de yerbas, mientras el Sarraceno no se separaba un solo momento de su lado. Despues de haber recogido por muchos sitios las yerbas que creyó suficientes, unas con raices y otras sin ellas, regresaron tarde á su vivienda, donde la desolada jóven, modelo de continencia y recato, pasó toda la noche cociéndolas con mucho cuidado, en tanto que el rey de Argel examinaba curiosa y atentamente todos aquellos preparativos. Rodomonte púsose despues á jugar con los pocos criados que le acompañaban, y el calor del fuego que viciaba la atmósfera de aquel estrecho recinto les dió tal sed, que de libacion en libacion, llegaron á vaciar dos barriles de vino griego, robados por los escuderos, uno ó dos dias antes, á unos transeuntes.

Rodomonte no estaba acostumbrado á beber vino, por prohibírselo su religion; pero en cuanto lo probó, le pareció un licor divino, preferible al néctar y al maná. Burlándose del rito mahometano, continuó bebiendo á tazas y aun á botellas enteras; lo cual, unido á lo espirituoso del vino y ásu falta de costumbre, hizo que pronto perdieran la cabeza todos los bebedores.

Cuando Isabel juzgó que aquellas yerbas estaban bastante cocidas, apartó la caldera del fuego, y dijo á Rodomonte:

—Para que te convenzas de que no he lanzado mis palabras al viento, y para que veas la distancia que hay de la verdad á la mentira, voy á ofrecerte una prueba capaz de convencer á los más incrédulos; y esta prueba no se ha de hacer en otros, sino en mí misma. Quiero ser la primera en experimentar los preciosos efectos de ese líquido divino, á fin de que no vayas tal vez á figurarte que contiene un veneno mortífero. Me mojaré con él la cabeza, el cuello y el seno, y en seguida ensayarás en mi cuerpo la fuerza de tu brazo y el filo de tu espada, y veremos si el uno tiene bastante vigor y si la otra se mella.

Bañóse como dijo en aquel agua, y acto contínuo presentó con aire tranquilo y risueño su cuello desnudo al incauto pagano, que estaba turbado quizás por los efectos del vino, y ante cuyo vigor, de nada servian los yelmos ni los escudos. Aquel hombre bestial dió entero crédito á las palabras de Isabel, y le descargó tan terrible cuchillada, que separó de los hombros la hermosa cabeza en que Amor tenia su deliciosa morada.

Tres veces saltó el ensangrentado busto de la jóven, y de sus lábios yertos salió claramente pronunciado el nombre de Zerbino: por volar á su lado y por librarse del poder del Sarraceno, habia elegido Isabel tan extraordinario camino.

¡Oh alma pura, que no titubeaste en sacrificar tu vida y tu florida juventud, antes que faltar á la fé y á la castidad, á esa rara virtud que en nuestro tiempo apenas se conoce de nombre! ¡Descansa en paz, alma hermosa y bienaventurada! ¡Quisiera que mis versos tuviesen la fuerza y el poder de que desearia dotarlos con todo el arte de la florida elocuencia y todas las galas de la divina poesía, para hacer que tu preclaro nombre viviera mil y mil años en la memoria de los mortales! ¡Vuela en paz al sólio del Eterno, legando á las demás mujeres un alto ejemplo de tu fidelidad!


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