Suspendieron el combate, al ver á Bayardo en gran peligro.(Canto XXXIII.)
Suspendieron el combate, al ver á Bayardo en gran peligro.(Canto XXXIII.)
Volvieron ambos la cabeza simultáneamente al oir un grande estrépito, y vieron á Bayardo riñendo con un mónstruo más grande que él y cuyas formas eran de ave. Su cabeza tenia más de tres brazas de longitud; los miembros restantes eran de murciélago; el plumaje negro como la tinta; las garras enormes, agudas y encorvadas; los ojos de fuego; la mirada torva y las alas tan enormes, que más bien parecian dos velas. Quizás fuera un ave verdadera; pero no sé si en otro país se habrá hallado otra igual, porque nunca he visto un animal semejante, ni he leido nada con respecto á él, excepto lo que he encontrado en las obras de Turpin. Esta consideracion me hace creer que el pájaro en cuestion seria un espíritu infernal que Malagigo hizo aparecer bajo aquella forma, á fin de impedir el combate. Reinaldo lo sospechó tambien así, y dirigió despues las más ágrias reconvenciones á su primo, el cual rechazó semejante imputacion; y para convencer á Reinaldo de su sinceridad, le juró por la luz que da luz al Sol que era infundada aquella sospecha.
Fuese ave ó demonio, lo cierto es que el mónstruo cayó sobre Bayardo y lo aferró con sus garras. El caballo, que era vigoroso en extremo, rompió las riendas que le sujetaban, y lleno de rabia y cólera, se volvió contra su acometedor á coces y mordiscos: el ave le soltó, y remontándose velozmente por los aires, volvió á precipitarse sobre él, clavándole sus punzantes uñas y hostigándole sin cesar. Herido el corcel, é incapaz de resistir á su enemigo, huyó rápidamente hácia la selva vecina, procurando ampararse de la espesura. No por eso cesó de perseguirle la plumada fiera, procurando aprovecharse de los claros del bosque para caer de nuevo sobre el caballo; pero tanto se internó este en la enramada, que al fin logró guarecerse en una cueva. En cuanto elmónstruo alado perdió sus huellas, remontóse al cielo, para buscar otra presa.
Al ver Reinaldo y Gradasso que se les escapaba el caballo, causa de su combate, convinieron en diferirlo hasta salvar á Bayardo de las garras que le hacian huir por la oscura selva; pero con la condicion de que el primero que lograra cogerle habia de volver con él á aquella fuente, para terminar la interrumpida contienda. Se apartaron de la fuente, siguiendo las huellas recientemente impresas en la tierra, pero Bayardo se alejaba cada vez más de ambos adversarios, que no podian competir con él en velocidad. Gradasso saltó sobre su Alfana, é internándose por la selva, dejó muy atrás al Paladin, triste y en extremo descontento. A los pocos pasos, perdió Reinaldo el rastro de su corcel, que en su vertiginosa carrera, habia ido buscando los rios, los árboles, los peñascos, los senderos más escabrosos y salvajes para librarse de las terribles garras que, cayendo del cielo, se clavaban en sus lomos. Convencido Reinaldo de la inutilidad de sus pesquisas, volvió á la fuente á esperarlo, por si Gradasso le llevaba allí, tal como habian convenido de antemano; mas cuando vió que esperaba en vano, se dirigió de nuevo al campamento á pié y sumido en una profunda tristeza.
Pero volvamos al rey de Sericania, cuya suerte fué más propicia que la del paladin; pues su buena estrella, más bien que su derecho, hizo que oyera los relinchos de Bayardo, al cual encontró en la profunda cueva, tan poseido de espanto todavía, que no osaba salir fuera de ella; de cuya oportunidad se aprovechó el pagano para apoderarse de él. Aunque Gradasso recordaba perfectamente su promesa de volver con él á la fuente, no se mostró dispuesto á cumplirla, y se hizo el siguiente razonamiento:
—Conquístelo en buen hora el que lo desee por medio de las armas: yo prefiero apoderarme de él en paz. Tan solo por hacer mio á Bayardo he venido de uno á otro extremo de la Tierra; ya que le tengo en mi poder, harto loco será el que crea que pienso desprenderme de él. Si Reinaldo quiere recuperarle, que haga un viaje á la India, como yo lo he hecho á Francia: tan seguro estará en Sericania como yo lo he estado las dos veces que he venido á este país.
Así diciendo, se dirigió por el camino más transitable hácia Arlés, donde logró reunirse con el ejército sarraceno, y se embarcó en una galera despalmada[91]con Bayardo y Durindana. En otra ocasion hablaré de él; que ahora debo dejar atrás á Gradasso, á Reinaldo y á toda la Francia, y ocuparme de Astolfo, que, merced á la silla y el freno, hacia ir al Hipogrifo por los aires á guisa de palafren, con tan rápido vuelo que no lo es tanto el del águila ó el halcon.
Despues que Astolfo hubo recorrido toda la Galia de uno á otro mar y desde los Pirineos al Rin, volvió hácia los montes que separan la Francia de la España. Pasó por Navarra y luego por Aragon, maravillando á todo el que le veia; dejó á Tarragona á la izquierda y á Vizcaya á la derecha, llegó á Castilla y vió á Galicia y al reino de Lisboa: despues dirigió su vuelo hácia Córdoba y Sevilla, sin que quedara en el interior ó en las costas una ciudad que no visitara. Vió á Gades, y la meta que puso el invencible Hércules á los primitivos navegantes[92]. En seguida se dispuso á recorrer el África desde el mar de Atlante hasta los confines del Egipto; visitó las Baleares famosas, pasandopor encima de Ibiza, y volviendo las riendas, emprendió su vuelo en demanda de Arzilla, sobre el mar que la separa de España.
Vió á Marruecos, Fez, Oran, Hipona, Argel, Bugía, ciudades soberbias que ciñen la corona de otras muchas ciudades, pero coronas de oro y no de hojas ó yerbas. Adelantóse despues hácia Biserta y Túnez; vió á Capisa, la isla de Alzerbe, Trípoli, Benghazzi y Tolemaida hasta donde el Nilo dirige su curso al Asia. Despues recorrió todas las comarcas situadas entre el mar y las pobladas cumbres del fiero Atlas; y volviendo la espalda á los montes de Carena, se lanzó hácia los Cireneos, atravesó los desiertos de arena y llegó á Halbay en los confines de la Nubia, donde permaneció algun tiempo más allá del sepulcro de Bato[93]y el gran templo de Ammon, que hoy se halla destruido[94]. Desde allí se dirigió á la otra Tremecen sometida á las leyes de Mahoma, y en seguida dirigió su raudo vuelo hácia la parte de la Etiopía que está al otro lado del Nilo. Detúvose por fin en la ciudad de Nubia, que está situada entre Dobada y Coalle, cuyos habitantes son cristianos, mientras que sus vecinos adoran al falso profeta, y tanto unos como otros están siempre con las armas en la mano en los confines de sus respectivos territorios. A la sazon era Senapo el emperador de Etiopía, el cual en lugar de cetro ostentaba una cruz: sus riquezas y poderío eran inmensos, y sus dominios tan vastos, que se extendian hasta la entrada del mar Rojo. Su religion era casi la nuestra, la única que podia concederle la salvacion eterna, y en sus estados, sino me equivoco, se empleaba el fuego para lavar la mancha del pecado original.
El duque Astolfo se apeó en la gran corte de Nubia, y visitó á Senapo. El palacio donde tenia la residencia el soberano de Etiopía era mucho más rico que fuerte: las cadenas de los puentes y de las puertas, los goznes, las cerraduras, los cerrojos y todo cuanto en nuestros países es de hierro, era allí de oro macizo; pero aunque este finísimo metal abundaba tanto, sabian, sin embargo, apreciar su valor. Las galerías del régio alcázar estaban formadas por columnatas de trasparente cristal: bajo los ventanales del palacio lanzaba vivos destellos un magnífico friso rojo, azul, amarillo, blanco y verde, hecho con incrustaciones de rubíes, esmeraldas, zafiros y topacios, colocados con la más admirable proporcion. Las paredes, los techos, los pavimentos estaban tambien recargados de perlas y de piedras preciosas. Allí es donde se recoge el bálsamo con una abundancia tal, que la de Jerusalen no podia sostener la comparacion. El almizcle que se recibe en Europa, de allí sale; de allí procede el ámbar, que se reparte por otras marismas; en suma, de aquellas regiones recibimos las cosas que tanto valor tienen en las nuestras.
Dícese que el Soldan de Egipto paga tributo á aquel rey y le presta vasallaje, á fin de que no varíe el curso del Nilo, como podria hacerlo si quisiera, lo cual seria para el Cairo y toda aquella region una causa de terrible escasez y calamidades. Los etíopes llaman Senapo á su monarca; nosotros le llamamos Preste, ó más bien Preste Juan. De cuantos reyes existieron en Etiopía, aquel era el más rico y poderoso; pero á pesar de todo su poder y sus tesoros, habia perdido desgraciadamente la vista, y aun no era este el mayor de sus males: mucho más molesto y enojoso se lehacia el de estar atormentado de un hambre perpétua, á pesar de todas sus riquezas. Cuando el infeliz monarca, excitado por su constante apetito, iba á beber ó á comer alguna cosa, aparecia inmediatamente el infernal tropel de las arpías[95], monstruosas, repugnantes y nefandas, y con sus inmundas bocas ó sus rapaces uñas vaciaban los vasos y devoraban las viandas: cuando sus estómagos voraces no podian contener más alimento, infestaban y ensuciaban los manjares restantes.
Tal era el castigo á que Senapo se habia hecho acreedor, porque viéndose, cuando estaba en la flor de su edad, rodeado de tantos honores y consideraciones, poseyendo inmensas riquezas, y siendo el más vigoroso y osado de todos los etíopes, se apoderó de él la insensata soberbia que perdió á Lucifer, y se atrevió á declarar la guerra á su Hacedor. Con este objeto levantó un numeroso ejército, y se dirigió con él á la montaña donde nace el rio de Egipto, porque habia oido decir que en aquel monte salvaje, cuya cumbre se lleva á través de las nubes y llega hasta el mismo Cielo, existia el Paraiso llamado terrenal donde habitaron Adan y Eva. El arrogante monarca avanzaba á la cabeza de un innumerable ejército, compuesto de infantes y ginetes montados en caballos, camellos y elefantes, con el mayor anhelo, y jactándose de someter á sus leyes á todos los habitantes del Paraiso. Dios reprobó su temeraria audacia, y envió contra aquella muchedumbre á uno de sus ángeles, el cual exterminó á más de cien mil hombres, y condenó á Senapo á vivir en perpétua noche. Despues hizo que acudieran á su mesa los mónstruos horrendos de las grutas infernales, que le arrebataban y contaminaban todos los alimentos, sin permitirle que gustara ó bebiera uno solo. Habia venido á aumentar su desesperacion un vaticinio, que le anunciaba que sus manjares dejarian de ser arrebatados ó infestados, cuando viera aparecer por el aire un caballero cabalgando en un caballo alado; y como le parecia imposible esta maravilla, vivia triste y melancólico y privado de toda esperanza.
Cuando, poseidos del mayor estupor, vieron los habitantes desde las murallas y las torres á Astolfo montado en el Hipogrifo, acudieron presurosos á avisar al rey de Nubia, que recordando entonces la prediccion, y sin darse tiempo, en medio de su alegría, á coger el fiel báculo que le servia de guia y apoyo, salió al encuentro del volador caballero con los brazos extendidos y vacilante paso. Astolfo se posó en la plaza del castillo, despues de haber descrito extensos círculos en el aire al descender. Luego que el Rey estuvo en presencia del Duque, arrodillóse y exclamó con las manos cruzadas:
—¡Oh, Ángel de Dios! ¡oh, nuevo Mesías! Si no merezco perdon por mis pasadas faltas, considera que estas son fruto de la humana naturaleza, y que á vosotros toca perdonar al pecador arrepentido. Convencido de la enormidad de mi crímen, no te pido, no me atreveria á pedirte que me devuelvas la perdida vista, si bien debo creer que puedes hacerlo, porque eres uno de los bienaventurados espíritus á Dios tan gratos. ¡Ah! Date por satisfecho con el martirio que sufro no siéndome posible contemplarte, y no permitas que el hambre me consuma eternamente. Impide por lo menos que las fétidas arpías arrebaten todos mis alimentos, y en accion de gracias prometo erigirte en mi capital untemplo de mármol, que tenga todas las puertas y los techos de oro, y esté adornado interior y exteriormente de piedras preciosas; prometo colocarle bajo la advocacion de tu santo nombre, y esculpir en él el milagro que hayas hecho en favor mio.
Así decia el Rey, que nada veia, mientras procuraba en vano besar los piés de Astolfo, el cual le respondió:
—Ni soy Ángel de Dios, ni nuevo Mesías, ni vengo del Cielo: soy tan solo un mortal, pecador como tú, é indigno de las mercedes que el Señor me prodiga. Sin embargo, haré cuanto esté de mi parte para alejar de tu reino á esos mónstruos malvados, ya ahuyentándolos, ó ya dándoles muerte. Si así lo consigo, no debes darme las gracias, sino á Dios, que dirigió mi vuelo hácia aquí para ayudarte en tus cuitas. Guarda tus votos para el Omnipotente, á quien únicamente se deben, y á quien debes consagrar la iglesia y los altares que me ofrecias.
Hablando de esta suerte, se dirigieron ambos á palacio, rodeados de los personajes más ilustres de la corte. El Rey dió órden á sus servidores de que preparáran inmediatamente una comida suntuosa, esperando que aquella vez no le serian ya arrebatados de las manos los manjares. Sirvióse á los pocos momentos un espléndido banquete en un salon magnífico. Astolfo fué el único que se sentó á la mesa al lado de Senapo, y apenas se colocaron en ella las viandas, cuando se oyó resonar por los aires un discordante rumor, producido por las horribles alas de las arpías fétidas y repugnantes, que acudian atraidas por el olor de los manjares. Eran siete formando un solo grupo, y todas tenian rostros de mujer, lívidos, enjutos y demacrados por una prolongada abstinencia: su aspecto era más horrible que el de la misma muerte. Sus alas eran inmensas, deformesy súcias: en vez de manos estaban provistas de garras, terminadas en uñas encorvadas y retorcidas; sus vientres enormes exhalaban un olor repugnante, y su larga cola se enroscaba formando círculos como la de una serpiente.
Apenas se habia oido el rumor de su venida, cuando se las vió á todas precipitarse simultáneamente sobre la mesa, derribando los vasos y apoderándose de los manjares: de sus vientres se exhalaba tal fetidez, que era preciso taparse las narices por no ser posible soportar aquel hedor insufrible. Astolfo, arrebatado por la cólera, desnudó el acero contra aquellas aves insaciables, y lo descargó sobre el cuello, la espalda, el pecho ó las alas de unas y otras; pero como si pretendiera herir á un saco de estopa, todos sus golpes se embotaban y quedaban sin efecto. Mientras tanto, las arpías no dejaron una copa ni un plato intactos, ni abandonaron el salon hasta despues de haber saciado su voracidad ó contaminado cuanto no pudieron devorar.
El Rey habia estado firmemente persuadido de que Astolfo ahuyentaria á las arpías; mas viendo luego su esperanza defraudada, empezó á gemir y suspirar, volviendo á su acostumbrada desesperacion. Acordóse entonces el Duque de la trompa que solia auxiliarle en los mayores peligros, y calculó que no habia medio mejor que aquel para librar al Rey de tales mónstruos. Hizo que el monarca y todos los señores de su corte se taparan los oidos con cera caliente, para impedir una fuga general cuando hiciera resonar su talisman. En seguida cogió las bridas del Hipogrifo, se acomodó en la silla, empuñó su preciosa trompa, é indicó por señas al mayordomo que mandara servir nuevos manjares. Siguiendo su consejo, prepararon en una galería otra nueva mesa. En cuanto empezaron á servirla, presentáronse las arpías, segun su costumbre; entonces requirió Astolfo su trompa, y los mónstruos, que no tenian tapados los oidos, no pudieron permanecer un momento más en la estancia, así que oyeron aquel sonido aterrador, y huyeron á la desbandada, llenos de espanto, sin cuidarse de la comida ni de nada. El Paladin clavó los acicates en los hijares de su corcel, el cual salió volando fuera de la galería; abandonó el castillo y la gran ciudad, y se remontó por los aires persiguiendo á los mónstruos. Astolfo no daba tregua á sus resoplidos en tanto que las arpías continuaban huyendo hácia la zona del fuego, hasta que se encontraron en el elevadísimo monte en que el Nilo tiene su orígen, si es que le tiene en alguna parte.
Casi en las mismas raices de la montaña, se encuentra una cueva profunda que desaparece en las entrañas de la Tierra, la cual, segun se dice, es la verdadera puerta por donde pasa todo el que quiere bajar al Infierno. La turba inmunda corrió presurosa á guarecerse en aquella gruta, como en el albergue más seguro, y descendió hasta las orillas del Cocyto[96]y aun más allá, para no escuchar los sonidos de la trompa.
El ínclito duque dió fin á sus insoportables resoplidos cuando llegó á la infernal y caliginosa boca que da libre acceso á todo el que abandona la luz, é hizo que su corcel plegara las alas. Pero antes de llevar más lejos á nuestro héroe, y en vista de que he llenado el papel por todos lados, descansaré un momento siguiendo mi costumbre, y daré fin á este canto.
Oye Astolfo la lamentable historia de Lidia en la gruta infernal: casi consumido por el fuego que sale del subterráneo, sube en su caballo alado, y llega al Paraiso terrenal. Recorre despues el Cielo, acompañado de S. Juan, é informado detalladamente por él de cuanto ve, coge el juicio de Orlando y parte del suyo propio: visita á las que hilan el estambre de nuestra vida, y se aleja de allí.
¡Oh famélicas, inícuas y fieras Arpías, enviadas por la justicia divina á todas las mesas de la ciega y extraviada Italia[97], para castigar tal vez nuestros antiguos pecados!
¡Ah! ¡Cuántas criaturas inocentes, cuántas tiernas madres perecen de hambre y de miseria, mientras contemplan cómo devoran esos mónstruos en una sola cena lo que bastaria para sostener su existencia! ¡Maldicion al que abrió las cavernas en donde habian permanecido encerradas por espacio de muchos años, dando lugar á que se esparciera por Italia la fetidez y la estúpida gula, causa de sus males presentes! La paz y las buenas costumbres desaparecieron desde entonces, y á la bienhechora tranquilidad que se disfrutaba han sucedido guerras incesantes, miseria, zozobra y ansiedad, cuyo término no es dado prever, como no llegue un dia en que tirando de los cabellos á sus perezosos hijos, les arroje de las orillas del Leteo, exclamando:—«¿No habrá ninguno entre vosotros, cuyo valor iguale al de Calais y Cethes[98], y sea capaz de librar á la Italia de susgarras y pestilencia, devolviéndole su halagüeña y perdida pulcritud?»
El Paladin hizo con las arpías que molestaban al Rey etíope lo mismo que hicieron aquellos dos hermanos con las que tan desesperado tenian á Fineo. Segun dije antes, Astolfo habia ido persiguiendo á aquel tropel de mónstruos con los sonidos de su trompa, hasta que se detuvo al pié de un monte, á la entrada de la cueva donde aquellos se habian refugiado. Púsose á escuchar atentamente, y llegó á sus oidos un discordante rumor de alaridos, ayes y lamentos sin fin, señal evidente de que allí estaba el Infierno. Resolvió penetrar en la gruta y contemplar á los que habian dejado de existir, con intencion además de llegar hasta el centro de la Tierra, recorriendo todos los círculos infernales.
—¿Qué puedo temer, decia para sí, entrando en esa caverna, mientras conserve en mi poder esta trompa? Con ella haré huir á Pluton, á Satanás y al Cancerbero.
Esto diciendo, se apeó prontamente del alígero corcel y le dejó atado á un árbol: en seguida se hundió en el antro, empuñando préviamente el cuerno en que cifraba toda su esperanza. Pocos pasos habia andado, cuando sintió sus narices y sus ojos ofendidos por un humo insoportable y más denso que el de la pez ó el azufre; á pesar de lo cual siguió adelante. Pero á medida que avanzaba, iban condensándose los espesos vapores y aumentándose las tinieblas, de suerte que empezó á temer que no podria ir más allá y le seria forzoso retroceder. De pronto vió sobre su cabeza un objeto cuyas formas no pudo distinguir, pero que se parecia mucho al cadáver de un ahorcado movido por el viento despues de haber estado muchos dias expuesto al Sol y á la lluvia. Tan escasa era la claridad que habia en aquel ahumado y lóbrego camino, que el Duque no acertaba á comprender en qué consistia aquel objeto que iba por los aires: para averiguarlo, se decidió á pegarle dos veces con su espada, y dedujo que debia ser un espíritu, pues sus golpes no encontraron mayor resistencia que si los hubiera descargado sobre la niebla. Entonces oyó que una voz afligida le dirigia estas palabras:
—Sigue descendiendo, sin hacer daño á nadie. ¡Demasiado me atormenta el negro humo del fuego del Infierno que inunda este recinto!
El Duque se detuvo sorprendido, y dijo á la sombra:
—¡Así Dios rompa las alas de ese humo para que no pueda subir hasta tí, como yo desearia que me dijeras cuál es tu suerte! Y si quieres que lleve noticias tuyas á la Tierra, habla; estoy dispuesto á complacerte.
La Sombra replicó:
—Me halaga tanto la idea de volver, aunque solo sea en memoria, á ese mundo de luz radiante y esplendorosa, que el deseo de alcanzar tal don desata forzosamente mi lengua, y me obliga á revelarte mi nombre y mi historia, por más que su relato me sea penoso[99].
La Sombra hizo una pausa, y luego prosiguió:
—Me llamo Lidia, Señor, y nací en elevada cuna, pues soy hija del poderoso Rey de Lidia. Por haber sido ingrata y desdeñosa mientras viví con el más fiel de los amantes, el alto juicio de Dios me ha condenado á permanecer eternamente en medio de este humo. Esta caverna está llena de un número infinito de mujeres, condenadas á la mismapena por la misma falta. La cruel Anaxareta[100]se halla más abajo, donde el humo es más denso y el tormento mayor. Su cuerpo quedó en el mundo convertido en piedra, mientras que su alma pasó á estas profundidades, por haber mirado con indiferencia el suicidio de su desesperado amante. No muy lejos de aquí se encuentra Dafne, arrepentida, aunque tarde, de haber hecho correr tanto á Apolo[101]. Seria harto prolijo enumerar uno á uno los infieles espíritus de las mujeres ingratas que aquí se hallan: son tantos, que llegan hasta lo infinito; pero seria mucho más largo designarte el número de hombres que hoy deploran su ingratitud, y que en castigo de ella han sido precipitados á un sitio más profundo, donde el humo les ciega y les devoran las llamas. Siendo las mujeres más crédulas y fáciles de engañar, sus seductores se han hecho dignos de mayor suplicio. Harto lo saben Teseo[102], Jason[103], el que turbó el antiguo reino latino[104], el que suscitó el sanguinario enojode su hermano Absalon por causa de Tamar[105], y otra inmensa multitud de infieles de ambos sexos, unos por haber abandonado á sus mujeres y otros á sus maridos.
»Mas como debo hablarte de mí con preferencia á los demás, y confesar la falta que aquí me trajo, te diré que fuí en vida tan bella y orgullosa, que no sé si ha habido otra mujer que pudiera igualárseme: tampoco podré decir cuál de estas dos cosas sobresalia más en mí, aunque la belleza que á todos cautivaba, engendró el orgullo y la fastuosidad. En aquel tiempo vivia en Tracia un caballero, reputado como el más valiente del mundo, el cual oyó ponderar mi belleza y mis atractivos por más de un conducto fidedigno; y en consecuencia, formó el designio de concederme todo su amor, esperando que su valor le haria digno de que yo aceptase con gratitud su corazon. Pasó á Lidia, y apenas me hubo visto, cuando quedó sujeta su voluntad por un lazo mucho más fuerte. Ocupó un distinguido lugar entre los caballeros de la corte de mi padre, en la cual acrecentó su fama. Seria prolijo ponderarte su heróico valor, las increibles proezas que llevó á cabo, y los merecimientos de que se hubiera hecho digno si hubiese dado con un hombre más agradecido. Merced á él, mi padre sometió á la Panfilia, la Caria y la Cilicia; y tanto era así, que jamás se decidió á acometer con su ejército á los enemigos, sino cuando á él le parecia conveniente. Por fin, un dia se atrevió á pedir al Rey mi mano en recompensa de tantas victorias, persuadido de que sus méritos le daban derecho para obrar así; pero el monarca se negó desdeñoso á tal demanda, porque queria unir á su hija con un príncipe poderoso y no con un caballero particular, que no tenia más bienes que su valor: mi padre, guiado tan solo por el interés y la avaricia, orígen de todos los vicios, apreciaba la honradez ó admiraba el valor, lo mismo que un asno los melodiosos acordes de la lira.
»Alcestes (que este era el nombre del caballero de quien te hablo), al verse desdeñado por el mismo que le era deudor de las mayores recompensas, se alejó de la corte, amenazándole al marchar con que le haria arrepentirse de no haberle concedido la mano de su hija. Pasó en seguida al servicio del Rey de Armenia, antiguo émulo del de Lidia y su enemigo capital; y tanto le estimuló, que le dispuso á tomar las armas y declarar la guerra á mi padre. En atencion á sus ínclitas y famosas acciones, obtuvo el mando del ejército armenio, y manifestó que todas sus conquistas serian para el Rey de Armenia, excepto la de mi persona, que reservaba para sí como recompensa de su valor en cuanto se apoderase de todo. Imposible me seria manifestarte los inmensos perjuicios que Alcestes ocasionó á mi padre en aquella guerra. Destrozó cuatro ejércitos, y en menos de un año le redujo á tal extremo, que de todos sus estados no le quedó más que un castillo, cuya elevada posicion le hacia casi inexpugnable, en el cual se encerró el Rey con sus más fieles servidores y los tesoros que pudo reunir precipitadamente. Alcestes fué á sitiarnos allí, y al poco tiempo nos colocó en tan desesperada situacion, que mi padre habria consentido en entregarme á él, no como mujer, sino como esclava, juntamente con la mitad de su reino, con tal de salir en libertad y sin sufrir más daños; pues estaba seguro de perder sus riquezas y de morir cautivo. Antes de arrostrar este terrible golpe, quiso valerse de todos los medios que estuvieran en su mano; y á este fin, me ordenó que saliera del castillo para conferenciar con Alcestes, puesto que yo era la causa de tantos males.
Me puse en camino con la intencion de ofrecer al vencedor por precio de la paz mi persona, y de rogarle que conservase la parte que quisiera de nuestro reino. Al tener noticia Alcestes de mi llegada, salió á mi encuentro pálido y tembloroso: á juzgar por su semblante, parecia más bien un vencido cargado de cadenas que un vencedor. Adivinando yo en su turbacion la intensidad de su ardiente pasion hácia mí, desistí de hablarle tal como estaba dispuesta á hacerlo, y en vista de aquella oportunidad, modifiqué mi opinion en consonancia con el estado en que le veia. Empecé por maldecir su amor y dolerme de su crueldad, que le habia incitado á oprimir tan inicuamente á mi padre, y á apoderarse de mí por medio de la fuerza, asegurándole que otra hubiera sido á los pocos dias su suerte, si hubiese sabido continuar portándose del modo cómo empezó, y que tan grato nos habia sido á mi padre y á todos. Le añadí que, si bien mi padre se habia opuesto al principio á su recta demanda, consistia en su rudeza natural, que le impedia acceder á la primera peticion, lo cual no debió haberle servido de pretexto para dejar de prestarle sus buenos servicios y para vengarse tan precipitadamente; cuando si hubiera obrado mejor, podria haber alcanzado de seguro la recompensa que anhelaba. Díjele además que, aun suponiendo que mi padre hubiese insistido en su negativa, mis súplicas hubieran sido tan incesantes, que al fin habria accedido á hacer de mi amante mi esposo; y en último resultado, si persistieraen su resolucion, yo me habria portado de tal modo, que Alcestes se hubiera envanecido de poseerme; pero ya que creyó mejor intentar otros medios, yo por mi parte estaba resuelta á no amarle, y al ir á entregarme á él, lo hacia solo por salvar á mi padre. Terminé diciéndole, que no contara con disfrutar por mucho tiempo el placer que bien á pesar mio le proporcionaba; pues estaba decidida á derramar mi sangre en el mismo momento en que yo hubiera satisfecho con mi persona todo cuanto sus impúdicos deseos le hicieran obtener por medio de la violencia.
»Estas y otras parecidas frases empleé conociendo mi dominio sobre Alcestes, y le dejé más arrepentido por lo que habia hecho que lo estuviera el mayor santo en su solitario yermo. Cayó á mis plantas, y suplicóme encarecidamente, presentándome un puñal y empeñándose tenazmente en que lo cogiera, que me vengase de su enorme crímen. Aprovechando la disposicion en que le veia, formé el propósito de seguir obrando del mismo modo hasta sujetarle á mi albedrío; y á este fin, le dí esperanzas de que aun podria hacerse digno de obtener mis favores, si enmendando su falta, conseguia que se restituyeran á mi padre las provincias conquistadas, y si andando el tiempo procuraba merecer mi mano, no por medio de las armas, sino sirviéndome y amándome. Alcestes prometió obedecerme, y me dejó regresar al castillo tan incólume como habia salido de él, y sin atreverse siquiera á darme un beso: ved cuán sujeto le tenia el yugo que supe ponerle, y si era profunda la llaga que por mí le habia infligido Amor para no tener necesidad de aguzar nuevas saetas.
»Alcestes se presentó en seguida al Rey de Armenia, á quien, en virtud del pacto formado de antemano, correspondia todo el país que se conquistase; y del mejor modoque le fué posible, le rogó que regresara á Armenia, restituyendo á mi padre las tierras que habia sometido y devastado. El monarca, encendido de ira, dijo á Alcestes que alejara tal pensamiento de su mente; pues estaba decidido á no envainar su espada mientras mi padre conservara un solo palmo de terreno: añadióle que, si las palabras de una vil mujerzuela le habian hecho variar de propósito, sufriese él solo las consecuencias: en cuanto á él, no estaba dispuesto á sacrificar por tan leve causa las conquistas que eran fruto de un año de trabajos y peligros. Alcestes insistió en sus súplicas, lamentándose de que no tuvieran el efecto deseado: por último, montó en cólera y exigió del Rey con amenazas que hiciera de grado ó por fuerza lo que le pedia. Llegó á tal extremo su ira, que de las palabras irrespetuosas pasó á vias de hecho; y desenvainando la espada, se arrojó sobre el monarca, y le quitó la vida, á pesar de los esfuerzos de los numerosos soldados que le rodeaban. En seguida llamó en su auxilio á los Cilicios y á los Tracios, que estaban á su sueldo, y á otros de sus secuaces, y derrotó aquel mismo dia á los Armenios. Continuando sus triunfos, á sus solas expensas, y sin recurrir á mi padre, en menos de un mes le restituyó todas sus provincias; y para indemnizarnos de las enormes pérdidas que nos hiciera sufrir su rencor, nos entregó un botin abundante y valioso, exigió un fuerte tributo á la Armenia y á la Capadocia, su limítrofe, y taló toda la Hircania hasta las orillas del mar.
»Volvió á nuestra corte; pero en lugar de ofrecerle los honores del triunfo, resolvimos darle la muerte, aun cuando por entonces nos detuvo la consideracion de que estaba rodeado de muchos amigos fieles, que podian vengarle con daño nuestro. Fingí, pues, corresponder á su pasion, y procuré de dia en dia avivar sus esperanzas de alcanzar mimano, exigiendo antes de él que diera nuevas pruebas de su valor venciendo á otros enemigos nuestros. Le mandé luego con frecuencia que acometiera por sí solo, ó acompañado de un número reducido de soldados, empresas extraordinarias, tan peligrosas algunas, que más de mil campeones hubieran encontrado en ellas irremisiblemente la muerte; pero lograba siempre un éxito tan feliz, que volvia victorioso, aun despues de luchar muchas veces con seres horribles y monstruosos, con gigantes y con lestrigones[106]que infestaban nuestros estados. El invencible Alcides no tuvo que arrostrar tantos peligros, por órden de su madrastra ó de Euristeo, en Lerna, en Nemea, en Tracia, en Erimanto, en la Numidia, en los valles de Etolia, en las orillas del Tíber, en las del Ebro y en otras partes[107], como los que arrostró mi amante siempre que yo se lo rogaba con fingidas súplicas y designios homicidas; pues mi intento no era otro que el de librarme de su presencia. No pudiendo conseguirlo por estos medios, puse por obra otros de más seguro efecto: supe inducirle á que infiriera los más graves ultrajes á sus mejores amigos, y suscité de este modo el ódio de todos contra él: Alcestes, cuya dicha mayor consistia en anticiparse á mis deseos, los satisfacia prontamente, sin que le detuviera consideracion alguna y sin oponer la más mínima dificultad.
»Cuando, merced á estos indignos manejos, conocí que habia exterminado á todos los enemigos de mi padre, y ví que Alcestes, supeditado á mi voluntad, no contaba con un solo amigo, le declaré explícitamente lo que hasta entonces le habian ocultado mis fingimientos, diciéndole que me inspiraba un ódio tan mortal, que me habia propuesto hacerle perecer; pero considerando despues que una accion semejante podria acarrearme la execracion pública, porque sabiéndose demasiado cuánto le debia, me tacharian de cruel, me daba por satisfecha con prohibirle que volviera á presentarse ante mi vista.—Desde entonces no quise verle ni hablarle más, y me negué á recibir sus cartas ó recados. Causóle tal tormento mi negra ingratitud, que abrumado al fin por el dolor, y viendo que eran inútiles sus constantes súplicas, cayó enfermo y murió. En castigo de mi crímen estoy condenada á sufrir las molestias de ese humo que me hace llorar y me ennegrece el rostro: así estaré eternamente, pues no hay misericordia para los que gimen en el Infierno.»
Luego que la desdichada Lidia cesó de hablar, procuró Astolfo seguir adelante para saber si allí habia otros condenados; pero aquel humo, vengador de la ingratitud, fué haciéndose tan denso, que no le permitió avanzar un solo paso; fuerza le fué retroceder y salir de aquel recinto con paso presuroso, antes de exponerse á perecer entre tan densos vapores. Se dirigió hácia la salida con tal rapidez, que al poco rato divisó la entrada de la caverna, pudo ver la luz del dia á través del aire tétrico y caliginoso de esta, y por último, á fuerza de trabajo y de cansancio, salió del antro, dejando el humo á sus espaldas.
Con objeto de cerrar para siempre el camino á aquellos mónstruos de insaciable estómago, fué amontonando piedras y derribando árboles, con los cuales construyó del modo que mejor pudo una especie de reducto á la entrada de la caverna, cerrándola tan bien, que las Arpías no pudieron volver nunca á la Tierra.
El negro humo de la pez no solo ennegreció é infestó losvestidos del Duque mientras estuvo en la tétrica caverna, sino que, abriéndose paso á través de ellos, le ensució todo el cuerpo; por lo cual fué buscando algun tiempo un sitio en donde hubiera agua, hasta que al fin encontró en una floresta un manantial que brotaba de entre las hendiduras de una roca, en el cual se lavó de piés á cabeza. Montó luego sin perder tiempo en el Hipogrifo, y se elevó por el aire para llegar á la cumbre de aquella montaña que juzgaba próxima al círculo de la Luna. En su deseo de contemplar lo que allí existiera, atravesó veloz la inmensidad del espacio, sin dignarse dirigir una mirada á la baja tierra; y tan rápidamente hendió los aires, que al fin llegó á la cúspide del monte.
Las flores que por aquellas placenteras regiones matizaban las auras podrian compararse al zafiro, al rubí, al oro, al topacio, al crisólito, y á las perlas, diamantes y jacintos. Las yerbas eran de un verde tan admirable, que si las poseyéramos aquí abajo, desdeñaríamos por ellas las esmeraldas: igual belleza reunian las ramas de los árboles, cargadas siempre de frutas y flores: entre el frondoso ramaje cantaban preciosos pájaros de plumaje azul, blanco, verde, rojo y amarillo: los murmurantes arroyuelos y tranquilos lagos vencian al cristal en transparencia, y una brisa suave, de soplo dulce, igual y apacible, producia en el aire un estremecimiento á propósito para que no molestase el calor del dia, y desprendia los diferentes aromas de las flores, de los frutos y de las hojas, formando con todos ellos una mezcla que inundaba el alma de embalsamada suavidad. En medio de la meseta del monte se elevaba un palacio, que parecia encendido por las más refulgentes llamas: tan grande era el esplendor que irradiaba en torno suyo, que desde luego se conocia no ser obra de ningun mortal.
Astolfo refrenó su corcel, dirigiéndolo á paso lento hácia el palacio, que tenia más de treinta millas de circunferencia, y se puso á contemplar extasiado la belleza de aquellos contornos. El mundo fétido y deleznable que habitamos le pareció entonces, comparado con la suavidad, magnificencia y delicioso aspecto de aquel país, una mansion miserable y ruin, objeto del desprecio y de la ira del Cielo y de la naturaleza. Cuando llegó cerca del refulgente edificio, se quedó extático de asombro, al ver que todo su recinto estaba formado por una sola piedra preciosa, más roja y brillante que el carbúnculo. ¡Obra sublime de un arquitecto superior á Dédalo! ¿Cuál de nuestros más afamados edificios podrá compararse á tí? ¡Enmudezca á tu lado la gloria de las siete maravillas del mundo, tan ponderadas por nosotros!
En el luciente vestíbulo de aquella morada dichosa se presentó al Duque un anciano, cubierto con un manto más rojo que el minio y una túnica más blanca que la leche. Sus cabellos eran blancos, y blanca asimismo la suelta barba que hasta el pecho le llegaba: por su aspecto venerable parecia uno de los bienaventurados elegidos del Paraiso. Dirigiéndose con agradable rostro al Paladin, que acababa de apearse respetuosamente de su corcel, le dijo:
—¡Oh, noble caballero, que por la voluntad del Cielo te has elevado hasta el Paraiso terrestre! Aun cuando ignoras la causa de tu viaje, y desconoces el fin de tus deseos, ten, sin embargo, entendido que no sin misterio has llegado hasta aquí desde el hemisferio ártico. Has atravesado inconscientemente ese vasto espacio, para oir mis consejos y saber cómo has de socorrer á Cárlos, y librar á la Santa Fé del peligro en que se encuentra; pero guárdate, hijo mio, de atribuir tu presencia en estos sitios á tu ciencia ó á tu valor,pues de nada te hubieran servido tu trompa ni tu caballo alado, si Dios no te lo hubiese permitido. Más tarde trataremos de este asunto detenidamente, y te diré cuanto debes hacer: ahora ven á recrearte con nosotros, pues tu prolongado ayuno debe serte ya molesto.
El anciano prosiguió hablando con Astolfo, y le dejó sumamente maravillado cuando, revelándole su nombre, le dijo que era uno de los evangelistas, aquel Juan tan querido del Redentor, cuyas palabras hicieron creer á sus hermanos que la muerte no pondria fin á sus dias, siendo causa de que el Hijo de Dios dijera á Pedro:—«¿Por qué te inquietas, si quiero que él se quede hasta mi vuelta[108]?»—Y aun cuando no dijo:—«No debe morir,» ellos lo supusieron así. Fué transportado á aquellos lugares, donde encontró á Enoch juntamente con el gran profeta Elias, á quien habia precedido, los cuales no han visto aun llegar su última hora, y gozarán de una primavera eterna, lejos de una atmósfera nociva y pestilente, hasta que las trompetas angélicas anuncien que vuelve Cristo sobre la blanca nube.
Aquellos Santos hicieron al caballero una grata acogida, y le ofrecieron una habitacion en el palacio. El Hipogrifo encontró en otro departamento pienso excelente y abundante. Sirviéronle al Paladin diversos frutos de tan delicioso sabor, que consideró disculpables á nuestros primeros padres si el deseo de gustarlos les obligó á desobedecer las órdenes del Eterno Padre. Luego que el Duque venturoso hubo satisfecho la necesidad inherente á su naturaleza humana, tomando un alimento exquisito y disfrutando un tranquilo reposo, pues en aquella morada se le dispensaron toda clase de comodidades y atenciones, dejó el lecho cuando la Aurora habia salido ya de los brazos de su anciano esposo, áquien ama á pesar de su edad avanzada, y vió que se dirigia hácia él el discípulo más querido del Señor, el cual le tomó de la mano, y empezó á tratar con él de muchas cosas que deben permanecer en silencio. Despues le dijo:
—Tal vez ignoras, hijo mio, lo que en Francia sucede, aun cuando vienes de ella. Has de saber que vuestro Orlando, por haber olvidado su deber, ha sido castigado por Dios, á quien ofenden doblemente las faltas de sus hijos más queridos que las de los que niegan su santa ley. Orlando, que recibió de Dios al nacer una fuerza sobrenatural y un denuedo extraordinario, y alcanzó el don no concedido á mortal alguno de ser invulnerable, porque el Señor quiso constituirle en defensa y escudo de su santa Fé, como constituyó á Sanson en defensa de los Hebreos contra los Filisteos sus enemigos, ha pagado los inmensos beneficios de su Hacedor con suma ingratitud; pues abandonó al pueblo cristiano en los momentos en que más necesitaba de su auxilio, y arrastrado de su amor criminal hácia una infiel, por dos veces ha intentado, cruel é impío, quitar la vida á uno de sus primos. Para castigarle, ha permitido Dios que vaya errante por el mundo, privado de razon y enteramente desnudo; y de tal modo ha ofuscado su inteligencia, que no le es dado conocer á nadie, ni aun á sí mismo. Segun se lee en los libros santos, Nabucodonosor sufrió un castigo semejante: el Señor hizo que aquel poderoso monarca viviera durante siete años privado de juicio y apacentándose de yerba y heno como un buey; pero como el delito del Paladin ha sido menor que el de Nabucodonosor, la voluntad divina ha fijado en tres meses el tiempo en que ha de estar purgándolo. Así, pues, el único objeto que el Redentor ha tenido para permitirte llegar hasta aquí, ha sido el de que supieras por mi boca el medio de restituir sujuicio á Orlando. Verdad es que necesitas emprender otro viaje conmigo y abandonar toda la Tierra: debo conducirte al círculo de la Luna, que es de todos los planetas el que más próximo está de nosotros; porque solo en él existe la medicina que ha de curar á Orlando de su locura. En cuanto dicho astro derrame esta noche su luz sobre nuestras cabezas, nos pondremos en camino.
Durante el resto del dia, trató el Apóstol de estas cosas y otras muchas; pero tan luego como el Sol se sepultó en el mar y asomó sus cuernos la Luna, preparóse un carro que estaba destinado para recorrer las regiones celestiales: era el mismo en que desapareció en otro tiempo Elias de ante la vista de la asombrada multitud en las montañas de la Judea. El santo Evangelista unció á él cuatro corceles más resplandecientes que las llamas; Astolfo se colocó en él, empuñó las riendas y lo lanzó hácia el Cielo. Remontóse el carro por los aires con tanta velocidad, que llegó en breve á la region del fuego eterno; pero el Santo amortiguó milagrosamente su ardor mientras la atravesaron. Despues de haber pasado por la esfera del fuego, se dirigieron desde ella al reino de la Luna; vieron que en su mayor parte brillaba como un acero bruñido y sin mancha, y lo encontraron igual, ó poco menos, contando en su tamaño los vapores que le rodean, á nuestro globo terráqueo con los mares que lo circundan y limitan.
Astolfo consideró allí con doble asombro que aquel astro, el cual nos parece un reducido círculo cuando le examinamos desde aquí abajo, era inmenso visto de cerca, y que necesitaba fijar con toda detencion sus miradas cuando queria distinguir la tierra y el mar que la rodea, pues estando envuelta en la oscuridad, apenas eran perceptibles desde aquella elevada altura sus contornos. Descubrió enla Luna rios, lagos y campos muy diferentes de los nuestros: otras llanuras, otros valles, otras montañas, otras ciudades y otros castillos muy distintos, y otras casas de una elevacion cual nunca habia visto el Paladin: allí existen además extensas y solitarias selvas, donde las Ninfas se entretienen en dar contínua caza á las fieras.
Como la causa de la ascension del Duque á las regiones de la Luna no habia sido la de recorrerlas minuciosamente, tuvo que limitarse á apreciar su conjunto, y siguió al santo Apóstol, que le condujo á un valle encerrado entre dos montañas, en el cual se hallaban admirablemente recogidas todas las cosas que se pierden por culpa nuestra, por causa del tiempo ó por los reveses de la fortuna: en una palabra, todo cuanto aquí se pierde va á parar allí. No hablo de los reinos ó de las riquezas que la suerte prodiga ó arrebata, sino de lo que esta no tiene facultades para dar ó quitar. Allí se encuentran muchas reputaciones, que el tiempo, cual gusano roedor, corroe y concluye por destruir: allí se hallan infinitos ruegos y votos que los pecadores dirigen á Dios: las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo que se pierde inútilmente en el juego, la ilimitada ociosidad de los ignorantes, los proyectos vanos que no llegan á ejecutarse, los deseos no menos vanos, son tantos, y tantos que llenan la mayor parte de aquel valle: en resúmen, allí arriba podreis encontrar todo cuanto aquí abajo habeis perdido.
Conforme iba pasando el Paladin por entre aquellos montones de cosas perdidas, dirigia preguntas á su guia con respecto á ellos: llamóle, sobre todo, la atencion uno de estos formado por vejigas hinchadas, en cuyo interior resonaban, al parecer, gritos tumultuosos; y supo que eran las coronas antiguas de los asirios, los lidios, los persas ylos griegos, tan famosas en otros tiempos y hoy apenas conocidas. Despues vió una masa confusa de anzuelos de oro y plata, que eran los regalos que, con esperanza de mayor recompensa, se ofrecen á los reyes, á los príncipes y á los poderosos. Vió unas guirnaldas, entre las que habia redes ocultas; y preguntando lo que significaban, oyó que eran las lisonjas y adulaciones. Los versos hechos en alabanza de los magnates estaban representados por cigarras de molesto y discordante canto. Los amores mal correspondidos lo estaban por cadenas de oro y grillos de pedrería. Reparó en un monton de garras de águila, y supo que eran el emblema de la autoridad que los reyes dan á sus ministros: los fuelles que estaban esparcidos por todos los ribazos de la montaña, eran las promesas y los favores que los príncipes conceden á sus Ganimedes, y que se disipan con la edad florida de estos. Además vió Astolfo ruinas de castillos y ciudades mezcladas con tesoros: preguntó á su guia por ellas, y supo que eran tratados ó conjuraciones mal encubiertas. Vió serpientes con rostro de doncella, indicando las acciones de los ladrones y monederos falsos; y vió bocas destrozadas de diferentes maneras, resultado de la triste condicion de los cortesanos. Reparó en una gran masa de manjares esparcidos por el suelo, y preguntó al Apóstol lo que aquello significaba.—«Es la limosna, le dijo, que deja alguno para que se reparta despues de su muerte.» Atravesó despues una montaña cubierta de variadas flores, las cuales en otro tiempo exhalaban un olor agradable, convertido á la sazon en un insoportable hedor: era la donacion (si es lícito decirlo) que Constantino hizo al buen Silvestre. Vió una prodigiosa abundancia de varillas de liga, que eran ¡oh mujeres! vuestros atractivos y encantos.
No acabaria nunca, si hubiera de enumerar en mis versostodas las cosas que allí vió Astolfo: todo cuanto procede de nosotros se encuentra allí reunido, excepto la locura, que no existe en poca ni en mucha cantidad, porque permanece constantemente en la Tierra. Allí contempló Astolfo los dias que habia malgastado en su vida y sus acciones inútiles: pero no habria podido conocerlos en sus distintas formas, si su guia no le hubiera llamado la atencion sobre ellos. Despues llegó donde estaba lo que creemos poseer tan firmemente, que jamás se nos ocurre pedir á Dios que nos lo conserve; hablo del juicio, el cual se hallaba en un monte, tan exclusivamente solo, como mezcladas las otras cosas que dejo enumeradas. Era como un líquido sutil y húmedo, pronto á evaporarse si no se le tiene bien tapado, y estaba contenido en muchos frascos de diferentes dimensiones adaptados á tal objeto. En el mayor de todos ellos estaba encerrado el juicio del señor de Anglante, y le encontraron fácilmente entre tantos, porque llevaba esta inscripcion: «Juicio de Orlando.» Los demás frascos tenian escrito tambien el nombre de aquellos cuyo juicio contenian. El Duque vió que su correspondiente frasco estaba vacío en gran parte; pero observó con sorpresa que muchos de los que él suponia en el pleno uso de su razon, no tenian mucha, á juzgar por la cantidad encerrada en sus frascos respectivos. A unos se la habia hecho perder el amor; á otros el deseo de honores; á otros el afan de atesorar riquezas, que les obligaba á cruzar la vasta extension de los mares: estos la habian perdido por tener demasiada confianza en sus señores; aquellos por ir tras las farsas de la mágia; varios por su pasion por las alhajas, ó los cuadros; y otros, en fin, por aquello que más anhelaban. Los sofistas, los astrólogos y aun los poetas tenian allí como en depósito gran parte de su juicio.
Mediante la vénia del escritor del oscuro Apocalipsis, Astolfo se apoderó del suyo: aproximó á sus narices el cuello de la botella que lo contenia, y creyó sentir que la parte de juicio que habia perdido, volvia á colocarse en su primitivo asiento; lo cual seria así, puesto que Turpin confiesa que Astolfo se portó durante mucho tiempo con la mayor prudencia, hasta que un nuevo error que cometió, le trastornó otra vez el cerebro.
El Paladin cogió tambien la botella más grande y más llena, donde estaba el juicio que solia hacer prudente y sábio al Conde; la cual no era tan lijera como presumió al verla reunida á las otras en la montaña. Antes que el Paladin descendiese de aquella esfera llena de luz, el santo Apóstol le condujo á un palacio situado á orillas de un rio: todas sus estancias estaban llenas de copos de lino, seda, algodon y lana, teñidos de variados colores, unos vivos y brillantes, y otros súcios y oscuros. En la primera galería, una mujer entrada en años iba formando madejas con sus hilos en unas devanaderas, cual se ve á las aldeanas en el Estío devanar la seda de los capullos mojados, durante la época de la recoleccion. Cuando se concluia un copo, otra anciana acudia con uno nuevo, y se llevaba á otra parte lo ya devanado, mientras que una tercera se ocupaba en separar los hilos más finos de los más toscos, que la primera devanaba sin hacer esta separacion.
—¿Qué trabajo se hace aquí, preguntó Astolfo á Juan, que no lo puedo comprender?
—Esas viejas son las Parcas, respondió el Apóstol, y con esos estambres van hilando las vidas de vosotros los mortales. La vida humana dura tanto como uno de esos copos; ni un momento más. La Muerte y la Naturaleza tienen sus ojos fijos aquí constantemente, para saber la hora en quecada cual debe dejar de existir. Aquella anciana se cuida de escoger los hilos más hermosos, porque se tejen despues para servir de adorno al Paraiso: con los más toscos se hacen fuertes ligaduras para los condenados.
Todos los copos que habian pasado ya por las devanaderas, y estaban preparados para otros trabajos, tenian puestas unas pequeñas planchas de hierro, de oro ó de plata con los nombres de aquellos á quienes correspondian. Despues se iban haciendo con ellos compactos montones, y un anciano se los iba llevando, sin darse punto de reposo, sin cansarse nunca y volviendo siempre en busca de otros nuevos. Aquel viejecillo era tan listo y ágil, que parecia haber nacido para correr constantemente; y recogiendo aquellas madejas en su manto, se las llevaba á otra parte con la mayor diligencia. En otro canto os diré dónde se dirigia y el objeto de su trabajo, si me indicais que teneis placer en ello, prestándome la halagüeña atencion que acostumbrais.
El apóstol San Juan elogia á los autores y poetas.—La bella hija de Amon, defendiendo á Flor-de-lis, desafía y vence á Rodomonte, y se apodera del buen Frontino. Llega á Arlés, y envia su caballo á Rugiero, desafiándole al mismo tiempo: mientras el guerrero forma distintas conjeturas para adivinar quién puede haberle devuelto su caballo, Bradamante derriba á Grandonio, Serpentino y Ferragús.
¡Ah, señora de mis pensamientos! ¿Quien querrá apiadarse de mí y subir al Cielo para recoger en él mi perdida razon que va extraviándose sin cesar, desde el momento enque salió de vuestros hermosos ojos el dardo que me atravesó el corazon? No me quejaria, sin embargo, de esta pérdida, si estuviera seguro de conservar el poco juicio que ahora tengo; pero mucho me temo llegar á ser tal cual he descrito á Orlando, si continúa debilitándose progresivamente. Creo, no obstante, que para recobrar mi razon no tendria necesidad de remontarme hasta el círculo de la Luna ó el Paraiso, pues no la supongo colocada en tan elevadas regiones: antes al contrario, la veo vagar errante por vuestros bellos ojos, por vuestro rostro sereno, por ese seno de marfil y esos turgentes pechos, en donde de buen grado la recogeria con mis lábios, si me permitiéseis recobrarla.
El Paladin iba recorriendo los anchurosos departamentos de aquel palacio, contemplando las generaciones futuras, despues de haber visto cómo daban vueltas en las fatales devanaderas las que ya estaban hiladas, cuando llamó su atencion un copo más resplandeciente que si fuera de oro puro: si las piedras preciosas pudieran triturarse é hilarse despues con cierto arte, no podrian resistir la comparacion con aquel copo: al ver su belleza asombrosa é incomparable, sintió Astolfo un vehemente deseo de saber á quién perteneceria tal vida y cuándo disfrutaria de ella. El Evangelista satisfizo su curiosidad diciéndole que tendria principio veinte años antes de que con la M y con la D se designase el año corriente de la encarnacion del Verbo divino[109]; y así como aquel copo no tenia igual ó semejante en brillo y en belleza, tampoco lo tendria la afortunada edad en que deberia existir en el mundo aquel sin par varon, porque todas las cualidades más preciosas y raras que la Naturaleza, laFortuna ó el estudio pueden conceder al hombre, las reuniria aquel en sí, cual dote perpétua é infalible.
—Entre los arrogantes deltas del rey de los rios, le decia el Apóstol, se asienta hoy humilde una pequeña aldea; ante sí tiene el Pó, y por detrás la defiende un nebuloso abismo de pantanos extensos. Andando el tiempo, llegará á ser esa aldea la más ilustre de todas las ciudades de Italia, no por la solidez de sus murallas, ni la magnificencia de sus suntuosos edificios, sino por la cultura de las ciencias y artes, y por sus esclarecidas costumbres. Tanta y tan rápida exaltacion no será obra de la casualidad, sino que así lo ha dispuesto el Cielo para que sea digna cuna del hombre de quien te hablo, del mismo modo que el labrador atiende con esmero al tierno arbolillo que ha de producir frutas esquisitas y el artífice suele afinar el oro en que ha de engastar piedras preciosas. Nunca hubo en aquel reino terrestre un alma que estuviera revestida de cuerpo más hermoso y agradable: con dificultad ha bajado ó bajará de estas esferas celestiales un espíritu tan digno como el que la Suprema Sabiduria, en sus altos designios, hará descender para animar á Hipólito de Este. Tal será el nombre del varon á quien Dios concederá tan inestimables dones. Todas esas prendas, que distribuidas entre muchos, á muchos bastarian para hacerlos ilustres, las reunirá para su eterna gloria el príncipe de quien has querido que te hable. Las virtudes, los estudios serán ensalzados por él, y si hubiera de describirte todas sus brillantes cualidades, acabaria tan tarde, que Orlando esperaria inútilmente la restitucion de su juicio[110].
De este modo iba hablando con el Duque el imitador deCristo, y cuando hubieron visitado todas las estancias del extenso palacio donde se trabajaban las vidas de los mortales, se dirigieron hácia el rio, cuyas aguas, mezcladas con arena, se deslizaban súcias y enturbiadas, encontrando en la orilla á aquel anciano á quien vimos recogiendo las madejas con sus inscripciones. No sé si le recordareis: hablo de aquel hombre de quien me ocupaba en el fin del otro canto, viejo de rostro; pero de miembros tan ágiles, que superaba al ciervo en velocidad. Se llenaba el manto con los nombres de otros, cercenando el monton de madejas que jamás se acababan, y se alijeraba de su peso en aquel rio que se llama Leteo, ó más bien, perdia en él su rica carga. Quiero decir que en cuanto llegaba á la orilla del rio, aquel viejo pródigo sacudia su manto lleno, y precipitaba en las turbias ondas todas las planchas que contenian las inscripciones mencionadas. Un número infinito de ellas llegaba al fondo, de suerte que ya no podian utilizarse para otro uso; y de cada cien mil de las que quedaban sepultadas en el arenoso lecho, apenas salia una á flor de agua. A lo largo y en torno de aquel rio iban revoloteando bandadas de cuervos, buitres, cornejas y otras aves, que producian un discordante rumor con sus graznidos estridentes; y en cuanto veian al viejo arrojando aquel número prodigioso de chapas, se lanzaban en tropel sobre ellas, cogiéndolas con el pico ó las encorvadas garras; pero no se las llevaban muy lejos, porque al querer remontar su vuelo por el espacio, se quedaban sin fuerzas para sostener su peso, de modo que el Leteo devoraba la memoria digna de preciados nombres.
Mas á pesar de los malignos propósitos del viejo, que queria sepultarlas todas en el rio, las bienhechoras aves lograban salvar algunas: el resto yacia para siempre sumidoen el olvido: los cisnes sagrados, ora se alejaban nadando con su presa, y ora agitando sus alas por los aires, se dirigian á un collado próximo, donde existia un templo consagrado á la Inmortalidad, y en él una Ninfa que descendia hasta las márgenes del Leteo implacable, y cogia los nombres del pico de los cisnes, los llevaba al templo y los fijaba en torno de una columna que se elevaba en su centro con este objeto.
Astolfo deseaba conocer los profundos misterios y enigmáticos significados que estaban representados en aquel viejo, en su afan de precipitar en el rio, sin fruto alguno, todos aquellos nombres, en aquellas aves, y en el sagrado recinto desde donde la Ninfa habia bajado al Leteo, acerca de lo cual dirigió algunas preguntas al hombre de Dios, que le respondió de esta suerte:
—Debes saber, que no se mueve una sola hoja en el universo sin que aquí se ordene su movimiento. Todo efecto ha de corresponder exactamente entre el Cielo y la Tierra, pero de distinto modo. Aquel viejo, cuya barba inunda el pecho y cuya velocidad nada detiene, desempeña aquí arriba el mismo trabajo y produce iguales efectos que el Tiempo allá abajo. En cuanto los hilos han concluido aquí de dar vueltas en derredor de la rueda, allá llega á su término la existencia humana. Allí queda el recuerdo, aquí la nota; ambos divinos é inmortales, si no fuera porque allí el Tiempo, y el viejo de luenga barba aquí, se apoderan de ellos y los desvanecen: este los arroja, como ves, en el rio; aquel los sepulta en las tinieblas del olvido. Así como aquí arriba los cuervos, los buitres, las cornejas y otras varias aves se esfuerzan en sacar fuera del agua los nombres que les parecen más bellos, del mismo modo abajo los rufianes, los aduladores, los bufones, los favoritos, los delatores y cuantos viven en las cortes y merecen más distinciones que los hombres virtuosos y buenos, apellidándoles cortesanos gentiles, porque saben imitar al asno y al cerdo, cuando la justa Parca, ó más bien Venus y Baco, ha cortado el hilo de la vida de sus señores, esos seres de que te hablo, inertes, viles y nacidos tan solo para llenar sus estómagos ó sus bolsas á costa agena, repiten durante algunos dias el nombre de los difuntos; despues los dejan caer en los abismos del olvido como una pesada carga. Pero así como los cisnes, que cantando alegres, ponen en salvo las medallas en el templo, de igual suerte los poetas salvan á los hombres dignos de inmortalidad de un olvido mucho peor que la misma muerte.
«¡Oh Príncipes discretos y prudentes que seguís el ejemplo de César! Al distinguir á los escritores con vuestra amistad, poco temor deben infundiros las aguas del Leteo. Los poetas verdaderamente dignos de este nombre son tan raros como los cisnes, ya porque el Cielo no consiente que en el mundo existan los hombres esclarecidos en gran número, ya tambien por culpa de la avaricia de los señores, que dejan mendigar su sustento á los más ilustres ingenios, y oprimiendo la virtud y galardonando los vicios, arrojan de su lado las artes y las ciencias. Cree firmemente que Dios ha privado á tales ignorantes de su inteligencia y les ofusca los sentidos: no les ha permitido comprender las dulzuras de la poesía, á fin de que al morir no quede de ellos ni aun el recuerdo. Si hubiesen sabido granjearse la amistad de Sciras[111], no solo saldrian vivos del fondo de sus sepulcros aun cuando todos hubieran observado las peores costumbres, sino que exhalarian un perfume más grato que el del nardo ó de la mirra. No fué Eneas tan piadoso, niAquiles tan fuerte, ni tan terrible Héctor, como supone la fama y como han sido otros mil y mil que con más justicia deben anteponérseles; pero la munificencia y generosidad de los descendientes de aquellos héroes les han hecho merecer los honores sublimes é infinitos con que los escritores supieron conservar su memoria. No fué Augusto tan santo y tan benigno cual nos ha indicado la trompeta de la fama puesta en boca de Virgilio: el buen gusto que demostró por la poesía no puede perdonarle sus inícuas proscripciones. Nadie sabria si Neron fué injusto, ni su fama seria tal vez menos buena, aunque hubiese sido enemigo implacable del Cielo y de la Tierra, si hubiera sabido captarse la amistad de los escritores. Homero cantó las victorias de Agamenon, pintó á los troyanos como viles y pusilánimes, y nos hizo saber que Penélope[112], fiel á su esposo, habia tenido que sufrir mil ultrajes de los suyos; pero si quieres saber la verdad desnuda, vuelve toda esa historia al contrario, y verás que los griegos salieron derrotados, los troyanos vencedores y que Penélope fué una meretriz. Recuerda por otra parte la fama que de sí ha dejado Elisa[113], aquella pudorosa doncella, á quien se calificó de prostituta, solo porque Maron no fué muy amigo suyo. Por lo demás, no debe sorprenderte mi exaltacion ni verme tratar tan difusamente este asunto; pues, aparte de que amo á los escritores, cumplo con mi deber defendiéndolos, porque en vuestro mundo yo tambien fuí escritor, y supe adquirir mejor quetodos los demás una gloria que no podrá arrebatarme el tiempo ni la muerte: mi alabado Cristo se ha dignado, en su justicia, concederme un galardon de tan envidiable naturaleza. ¡Cuánto compadezco á los infortunados que viven en la triste época en que la hidalguía tiene cerrada su puerta, á la cual llaman dia y noche inútilmente con rostro pálido, demacrado y moribundo! De aquí resulta (volviendo á lo que anteriormente trataba), que los poetas y los hombres estudiosos sean pocos; pues hasta las mismas fieras abandonan los sitios en que no hallan abrigo ni alimento.»
Al pronunciar el bendito anciano estas palabras, brillaban sus ojos como si despidieran fuego; pero recobrando en el acto la serenidad de su rostro, se volvió hácia el Duque con dulce sonrisa. Quédese por ahora Astolfo con el escritor del Evangelio: en cuanto á mí, no puedo permanecer más tiempo en aquellas regiones elevadas, y quiero dar el salto necesario para pasar desde el Cielo á la Tierra, y volver á hallar á la hermosa doncella á quien hirieron los celos con su dardo emponzoñado.
Dejé á Bradamante en el momento en que, tras breve lucha, acababa de derribar sucesivamente á tres reyes, y dije que, habiendo llegado á un castillo situado en el camino de Paris, supo que Agramante, derrotado por Reinaldo, se habia refugiado en Arlés. Convencida de que su Rugiero debia estar con aquel rey, en cuanto apareció en el cielo la nueva luz, se puso en camino hácia Provenza, donde Cárlos se disponia á perseguir á su enemigo. Durante este viaje, que procuró hacer por la via más corta, encontró á una jóven bella y agraciada, aunque su rostro estaba triste y lloroso. Era la doncella enamorada del hijo de Monodante; aquella dama gentil que habia dejado en el puente fatal á su amante cautivo de Rodomonte. Iba buscando á un caballero que estuviera acostumbrado á combatir en la tierra y en el agua, y tan valiente que se atreviera á hacer frente al Pagano. Cuando la desconsolada amiga de Rugiero encontró á aquella jóven no menos desconsolada que ella, la saludó cortesmente y le preguntó la causa de sus cuitas. Flor-de-lis la examinó un breve espacio, y creyendo hallar en ella el caballero que buscaba, le refirió la aventura del puente cuyo paso interceptaba el rey de Argel, y en el que habia hecho prisionero á su amante, no por la superioridad de su valor, sino porque sabia prevalerse astutamente del auxilio que le proporcionaban el rio y la angostura de aquel paso.
—Si eres, le dijo Flor-de-lis, tan audaz y cortés como se adivina en tu aspecto, véngame, por Dios, del que me ha privado de mi amante, cuya esclavitud es causa de mi incesante angustia, ó al menos dime en qué país podré hallar un caballero tan capaz de resistir al Pagano y tan ejercitado en los combates y las armas, que haga inútil el auxilio del rio y del puente. Si así lo haces, además de portarte cual corresponde á todo hombre bien nacido y á todo caballero andante, prestarás tu apoyo al más fiel de todos los amantes fieles: no soy yo quien debe mencionar sus demás virtudes, pues son tantas y tantas que el que de ellas no tenga noticia, bien puede decirse que carece de la vista y del oido.
La magnánima Bradamante, que acogia con placer cualquier empresa que pudiera hacerla digna de alabanza é inmarcesible gloria, no vaciló un solo instante en dirigirse al puente con tanta mayor voluntad cuanto que entonces estaba desesperada y dispuesta hasta á perder la vida; pues creyéndose abandonada de su Rugiero, le era odiosa la existencia.
—Enamorada jóven, respondió á Flor-de-lis: me ofrezcoen cuanto valgo á acometer esa empresa peligrosa: aparte de otras razones que me impulsan á hacerlo así, existe en particular, la de que, segun dices, tu amante es tan leal como son muy pocos hombres; pues creia y te lo juro, á fé mia, que en amor todos eran perjuros.
Dijo estas últimas palabras exhalando un suspiro que salia de lo más profundo de su corazon, y añadió: «¡Marchemos!». Al dia siguiente llegaron al rio y á la entrada del temible puente. Descubiertas por el vigía que solia avisar á su señor resonando una trompa, se armó el Pagano, y segun su costumbre, salió á esperarlas á la orilla del rio. En cuanto vió aparecer á aquella guerrera, prorumpió en amenazas de muerte, ordenándola que dejara en el sepulcro, cual ofrenda expiatoria, sus armas y el corcel en que montaba. Bradamante, informada por Flor-de-lis de la lamentable historia de Isabel, que yacia allí inmolada por mano del infiel, respondió al altivo Sarraceno:
—¿Por qué pretendes, hombre bestial, que los inocentes expíen tu delito? Solo tu sangre es la que debe aplacar los manes de tu víctima, pues tú la asesinaste, como es bien notorio; por lo cual, la muerte que espero darte por mi mano en venganza suya, será para ella una oblacion y una víctima mucho más gratas que todas las armas y arneses de tantos caballeros como has derribado del caballo. Y este don que le ofrecerá mi mano, lo agradecerá con tanto mayor motivo cuanto que soy mujer, como ella: y si he venido hasta aquí, ha sido con el deseo, con el único objeto de vengarla; pero antes de medir nuestras fuerzas, es preciso que arreglemos las condiciones de la pelea. Si soy vencida, harás conmigo lo que has hecho con los demás prisioneros; pero si es mia la victoria, como creo y espero, me pertenecerán tu caballo y tus armas; colgaré estas en el sepulcro,quitando de sus mármoles los demás trofeos, y tus cautivos quedarán en libertad.
Rodomonte respondió:
—Me parece justo que sea como dices; pero no podré entregarte los prisioneros, porque no los tengo aquí. Los he enviado á mi reino de África; mas te prometo, y te lo juro por mi fé, que si por caso inopinado sucede que continúes en la silla y yo me quede á pié, haré que todos sean puestos en libertad en el tiempo que se necesita para enviar un mensajero que ejecute rápidamente mis órdenes. Pero si te toca caer debajo, que es lo más regular y lo que yo creo, no pretendo que dejes las armas, ni que tu nombre figure grabado entre el de los vencidos: tu hermoso rostro, tus bellos ojos, tus rizados cabellos que respiran amor y gentileza, serán el premio de mi victoria, y me bastará que sustituya el amor á tu cólera. Mi valor y mi fuerza son tales, que no deberás avergonzarte de tu derrota.