El ermitaño aguijó á su asno al ver que Angélica se alejaba más y más.(Canto VIII.)
El ermitaño aguijó á su asno al ver que Angélica se alejaba más y más.(Canto VIII.)
El ermitaño aguijó á su asno al ver que Angélica se alejaba más y más.(Canto VIII.)
queria permanecer más tiempo con él, aguijó con desesperacion á su asno sin conseguir que acelerara su paso lento y tardío. Al ver que Angélica se iba alejando más y más, y temiendo perder su pista, recurrió á los espíritus infernales, y á su evocacion apareció una turba de demonios. Eligió á uno de entre ellos, é informándole préviamente de sus intenciones, hízole penetrar en el cuerpo del corcel de Angélica, que con su rápida marcha le arrebataba el corazon al par que la doncella. Y cual perro sagaz que, acostumbrado á seguir por el monte la pista de las zorras ó de las liebres, se dirige corriendo por un lado, mientras que la caza escapa por otro, despreciando al parecer su rastro, hasta que se planta en un sitio por donde precisamente ha de pasar su víctima, que cae inevitablemente entre sus dientes, siendo en el acto abierta y destrozada, el ermitaño propúsose del mismo modo salir al encuentro de la fugitiva por distinto camino. Cuál sea su designio, lo comprendo perfectamente, y aun os lo daré á conocer más adelante.
Angélica, sin abrigar ninguna sospecha, continuaba su viaje haciendo jornadas más ó menos largas. El demonio, en tanto, se mantenia oculto en el interior del caballo, como tal vez el fuego permanece escondido hasta que estalla en un incendio devorador que, si no se propaga, tampoco puede extinguirse. Cuando la doncella llegó á la orilla del mar que baña las costas de Gascuña, encaminó su corcel por el lado de las olas buscando los sitios en que la humedad daba mayor solidez á la playa; entonces el caballo, hostigado por el demonio, se precipitó de tal modo en el agua, que hubo de empezar á nadar. Atemorizada la jóven, ignoraba el partido que debia tomar; afirmóse en la silla, y cuanto más tiraba de las bridas de su caballo para obligarle á retroceder, más y más se internaba en elmar. Levantóse lo vestidos para no mojarlos, y encogió cuanto pudo los piés; su cabellera suelta, caia sobre las espaldas á merced de la brisa. Los fuertes vientos, en tanto, permanecian tranquilos, y así como el mar, parecian extasiados ante tanta belleza.
Angélica volvia inútilmente hácia la tierra sus hermosos ojos, cuyas lágrimas se deslizaban por las mejillas hasta su seno, y cada vez veia alejarse más la orilla y hacerse cada vez menos perceptible. El corcel, que nadaba girando á la derecha, despues de dar un gran rodeo, la sacó á tierra, depositando su preciosa carga entre pardas rocas y grutas espantosas, cuando ya empezaba á oscurecerse el dia. Al verse aislada en aquel desierto, cuyo solo aspecto infundia pavor, y precisamente á la hora en que Febo, oculto tras el mar, habia dejado el aire y la Tierra sumidos en las tinieblas, quedóse Angélica tan inmóvil, que cualquiera que la hubiese visto habria dudado si era una mujer verdadera y dotada de sentidos, ó una estátua de piedra pintada.
Estática y fija en la movible arena, con los cabellos sueltos y desordenados, juntas las manos é inmóviles los labios, tenia elevados al Cielo sus ojos lánguidos, como si acusara al Sumo Hacedor de haber convertido en daño suyo todos los acontecimientos. Permaneció bastante tiempo en tal estado, hasta que por fin prorumpieron sus labios en amargas quejas y sus ojos en copioso llanto.
—¡Oh, Fortuna! decia: ¿qué más te queda por hacer? ¿Aun no has saciado en mí tus furores? ¿No estoy aun bastante disfamada? ¿Qué más puedo ya darte sino esta mísera vida? Pero ¡ah! no es eso lo que deseas; pues de lo contrario no te habrias apresurado á sacarla del mar, cuando en él hubieras podido acabar sus tristes dias: sin duda pretendes llevar mis tormentos hasta lo sumo, antes de verme exhalar el último suspiro. No veo, sin embargo, qué penas puedas infligirme mayores de las que me has causado. Por tí he sido arrojada de un trono que no espero recobrar jamás; y hasta he perdido el honor, lo cual es más sensible, pues si bien me mantengo pura, doy motivo suficiente para que se me tenga por impúdica, en vista de mi vida errante y vagabunda.
»¿Existe por ventura en el mundo alguna dicha para la mujer á quien se tacha de impura? Mi juventud y mi belleza, verdadera ó supuesta, me perjudican tanto que no debo por ellas ninguna gratitud al Cielo; pues han sido la causa de todas mis desgracias. Por ellas fué muerto mi hermano, Argalía, á quien de poco sirvieron sus armas encantadas: por ellas, el rey de Tartaria, Agrican, derrotó á mi padre Galafron, gran Khan del Catay en la India; por ellas me veo á tal extremo reducida, que cambio diariamente de asilo. Si me has arrebatado la hacienda, el honor y la familia, y me has causado ya todo el daño posible, ¿para qué nuevas desdichas me reservas? Si el perecer ahogada en el mar no te parecia una muerte bastante cruel, con tal de satisfacer tus deseos insaciables, consentiré en que me entregues á alguna fiera que me destroce sin piedad. Cualquiera que sea el martirio que me tengas destinado, no podré agradecértelo bastante como ponga fin á mi existencia.»
Tan dolorosas quejas exhalaba la doncella, cuando de pronto apareció el ermitaño á su lado. Desde la cima de una escarpada roca habia estado contemplando á Angélica, mientras al pié del peñasco se entregaba á su dolor y afliccion. Seis dias hacia ya que se encontraba el viejo en aquel sitio, adonde le condujo un demonio por caminos desusados, y aproximóse entonces á la jóven con aire más devoto queSan Pablo ó San Hilarion. Angélica se tranquilizó algun tanto al divisarle, pues no le conoció: su temor fué desapareciendo poco á poco, aunque no la mortal palidez de su semblante. Cuando le vió á su lado, exclamó:
—Padre, apiadaos de mí, que me encuentro en grave apuro.
Y con voz entrecortada por los sollozos, le refirió lo que él sabia perfectamente.
El ermitaño empezó á consolarla con frases tiernas y llenas de uncion; pero mientras le hablaba, iba acariciando con sus atrevidas manos las megillas húmedas de la doncella, y aun su turgente seno; y cada vez más audaz intentó abrazarla; pero la jóven indignada, extendió su brazo desdeñosamente y le rechazó léjos de sí, encendida de un vivo rubor.
Llevaba el ermitaño pendientes de sus hombros unas alforjas, de las que sacó un frasquito que contenia cierto licor: destapólo y salpicó ligeramente con él los poderosos ojos que iluminaban el rostro más perfecto que creara el Amor: á su contacto, cerráronse los párpados de Angélica, que cayó adormecida en el suelo y á entera disposicion del viejo lascivo. Este empezó por estrecharla entre sus brazos, y sus impúdicas manos se fijaron á su placer en las perfectas formas de la jóven, cuyo sopor la imposibilitaba de oponer resistencia alguna; el ermitaño continuó besándola ardorosamente en los labios y el pecho, y aprovechando la soledad de aquel sitio donde nadie podia verle, intentó realizar por completo sus perversos designios; mas su cuerpo decrépito no correspondió á ellos, y cuanto mayores esfuerzos empleaba, menos conseguia el resultado apetecido; hasta que por último cansado de aquella lucha entre sus años y su lascivia, quedóse dormido á su vez junto al objeto de su pasion, á quien amenazaba una nueva desgracia. ¡Cuán cierto es que la Fortuna no se contenta con poco, cuando convierte en juguete de sus caprichos á cualquier mortal!
Mas para referiros lo que le aconteció, es preciso que me separe un tanto de la línea recta. En el mar del Norte hácia el Ocaso y más allá de Irlanda, se levanta una isla, llamada Ebuda, cuya poblacion es muy escasa, desde que fué casi destruida por la orca fiera y otros mónstruos marinos, que condujo allí Proteo para satisfacer su venganza.
Cuentan las historias antiguas, con fundamento ó sin él, que en aquella isla existia un rey poderoso, el cual tenia una hija dotada de tanta gracia y belleza, que paseando un dia por la orilla del mar, consiguió inflamar el fuego del amor en el corazon de Proteo, mientras este la contemplaba desde el seno de las aguas: el dios marino expió un momento favorable, y apoderándose de la princesa, la abandonó despues dejando en sus entrañas una prenda de su pasion. El rey, implacable y severo, montó en cólera luego que descubrió la falta de su hija, y sin moverle á compasion el estado de la princesa, ni la piedad tan natural en un padre, llevó á cabo su determinacion de darle la muerte, haciendo tambien perecer al inocente hijo antes que hubiera visto la luz del dia. El marino Proteo encargado de apacentar los rebaños de Neptuno, soberano de las aguas, sintió un vivo dolor al saber la desdichada suerte de su amada; y rompiendo en su furor las leyes y órdenes severas de su padre, hizo salir á tierra las orcas, focas y demás mónstruos marinos, que no solo destruyeron toda clase de ganados, sino tambien los pueblos, las aldeas, y hasta sus habitantes. La invasion alcanzó á las ciudades amuralladas, que sitiaron estrechamente, obligando á sus pobladores á permanecer dia y noche armados con grantemor y sobresaltado ánimo. Todos los habitantes de aquella isla se habian visto obligados á abandonar los campos y para salir de una situacion tan violenta, determinaron consultar al oráculo, cuya respuesta fué: que les era preciso buscar una doncella tan hermosa como la princesa muerta, y ofrecerla en cambio de ella al irritado Proteo en la orilla del mar; añadiendo que, si era del agrado de este, la guardaria para sí, cesando en sus estragos; pero de lo contrario habria que presentarle una tras otra, hasta dejarle satisfecho.
Entonces empezó una suerte desgraciada para las doncellas que despuntaban en belleza ó gracia; pues conducidas sucesivamente ante Proteo, para ver si alguna de ellas le complacia, fueron pereciendo desde la primera á la última, devoradas por una orca, que permaneció allí con este intento despues que se alejaron los restantes mónstruos marinos. Fuese falsa ó verdadera esta historia de Proteo, no me atreveré á afirmarlo; pero es lo cierto, que á consecuencia de ella se estableció en aquella isla una ley bárbara contra las mujeres, la cual disponia que se habia de alimentar con su carne á la orca monstruosa, que no dejaba un solo dia de salir á la orilla. Si la condicion de mujer es una desgracia en todas partes, en aquel país lo era mucho más por esta causa.
¡Desgraciadas de las doncellas á quienes los azares de una suerte contraria transportaban á aquellas infaustas playas! No bien aparecia en ellas alguna extranjera, cuando los habitantes, que estaban en perpétuo acecho, las apresaban para ofrecerlas en holocausto al mónstruo; pues cuanto mayor fuera el número de extranjeras que pereciesen, menor seria el de las suyas á quienes alcanzara tan triste suerte. Mas como no siempre los vientos traian á sus costas las víctimas que deseaban, iban constantemente buscándolas por do quiera, recorriendo los mares en fustas, bergantines y toda clase de embarcaciones, y trayendo desde las más cercanas, como desde las más apartadas playas, doncellas que aliviaran su terrible tributo. Muchas consiguieron arrebatar por medio de la fuerza ó de la astucia, algunas con halagos, otras por dinero; de modo que siempre tenian sus torres y calabozos llenos de jóvenes de diferentes paises.
Pasando uno de sus barcos por cerca de la playa solitaria, donde tendida entre malezas y sobre la húmeda yerba yacia dormida la infortunada Angélica, saltaron á tierra algunos marineros para proveerse de agua y de leña, y vieron aquella flor, bella entre todas las flores, en los brazos del ermitaño. ¡Oh presa, harto preciosa y sublime para gente tan feroz y villana! ¡Oh fortuna cruel! ¿Quién habia de pensar que tu influjo en los destinos humanos fuera tan grande, que convirtieras en alimento de un mónstruo á la extraordinaria beldad por quien pasó el rey Agrican desde los montes del Cáucaso con media Escitia á buscar la muerte en las regiones de la India? La sin par belleza por quien Sacripante despreció su honor y su corona; la maravillosa hermosura por quien el Señor de Anglante vió empañada su fama ilustre y perdida su razon; la mujer seductura que trastornó todo el Oriente, y le sujetó á su voluntad, se vé ahora tan abandonada, que no encuentra auxilio alguno, ni siquiera quien le dirija una sola palabra de consuelo.
La desdichada doncella, sumida aun en su letárgico sueño, encontróse encadenada antes que despierta. Los ebudios se apoderaron al mismo tiempo del ermitaño, y juntamente con la jóven le trasladaron á su bajel, lleno de gente afligida y silenciosa. Desplegaron las velas, y prontollegó la nave á la isla funesta, donde encerraron á Angélica en una fortaleza, y en ella la tuvieron hasta el dia en que le tocó la suerte de ser presentada como cebo al mónstruo marino. Su belleza no pudo menos de conmover á los crueles habitantes de la isla, que por espacio de muchos dias estuvieron difiriendo su muerte, reservándola hasta el último extremo; y mientras contaron con doncellas que sacrificar, prolongaron la vida de Angélica. Por último, la condujeron á la playa, derramando lágrimas de compasion cuantos la rodeaban.
¿Quién será capaz de reproducir exactamente la angustia, el llanto, las quejas y las reconvenciones que se elevaron al cielo? Imposible parecia que no se abriera la tierra cuando, encadenada y privada de socorro, fué puesta la hermosa jóven sobre la helada roca donde la esperaba una muerte tétrica y abominable. No seré yo quien pretenda pintar aquella escena con sus sombríos colores: tan grande es el dolor que lacera mi corazon, que me veo obligado á acudir á otra parte y á escribir versos menos lúgubres, hasta que mi angustia se mitigue; pues ni las escuálidas culebras, ni la tigre más ciega de furor, ni la venenosa serpiente que se arrastra por la candente arena desde el monte Atlas hasta las playas del mar Rojo, podrian contemplar sin sentimiento el espectáculo que ofrecia Angélica atada á la desnuda roca.
¡Oh! Si la hubiese visto su Orlando, que en su afan por encontrarla habia volado á París; si la hubiesen visto los dos guerreros á quienes engañó el viejo astuto por medio del fingido mensajero, salido de las regiones infernales, arrostraran seguramente mil muertes con tal de acudir en su socorro. Pero hallándose tan léjos de ella, ¿qué podrian hacer en su favor, aun cuando llegara á su noticia el apurado trance á que se veia reducida?
París entonces estaba estrechamente asediada por el famoso hijo del rey Trojan. A tal estremidad se hallaba reducida la ciudad, que un dia estuvo cerca de caer en poder de su enemigo; y á no ser porque el Cielo, escuchando benigno los ruegos de los cristianos, envió una abundante lluvia, el Santo Imperio y el gran nombre de Francia hubieran sido destruidos aquel dia por las armas africanas. El Supremo Hacedor, accediendo compasivo á las justas súplicas del anciano Cárlos, apagó con una repentina lluvia el fuego que amenazaba destruir á la ciudad, y contra el que eran ya impotentes todos los esfuerzos humanos. Sábio es el que acude á Dios en sus necesidades, pues nadie mejor que Él puede ampararle: harto bien lo conoció el rey Cárlos, pues únicamente debió su salvacion al auxilio divino.
Orlando pasó la noche recostado en su lecho, entregado á mil encontrados pensamientos: su mente estaba tan pronto fija en una idea como en otra, ó bien las abarcaba todas en un momento, sin detenerse mucho tiempo en ninguna, del mismo modo que los temblorosos reflejos de un agua cristalina, herida por los rayos del Sol ó los del astro de la noche, se reproducen en los techos á gran distancia tan pronto hácia la derecha como hácia la izquierda, y arriba como abajo. El recuerdo de Angélica que volvia á ocupar su imaginacion, por más que no se hubiera borrado de ella, reproducia el fuego de su corazon, avivando la ardiente llama que durante el dia parecia oculta. Habiéndola traido consigo desde el Catay al Poniente, perdió sus huellas al llegar á Francia, y no logró encontrarlas hasta el dia en que Cárlos fué derrotado junto á Burdeos. Grande era el pesar que semejante pérdida causaba á Orlando, y por ello se reprochaba continuamente su debilidad é imprevision.
—¡Alma mia, exclamaba, cuán vilmente me he portadocontigo! ¡Ay de mi! ¡cuánto me pesa el haber consentido en que estuvieras bajo la custodia del duque de Baviera por no saber oponerme á tan dura órden, cuando podia continuar viviendo á tu lado dia y noche, mientras tu bondad lo permitiera. ¿No tenia yo razones para impedirlo? Quizá Cárlos no me habria contrariado; y si se hubiera opuesto, ¿quién seria capaz de apoderarse de tí contra mi voluntad? ¿Quién hubiera arrostrado mi despecho? ¿No podria yo haber apelado á las armas, y dejarme arrancar el corazon antes que ceder? ¡Ah! Ni Cárlos ni todos sus guerreros juntos serian bastantes á arrebatarte de entre mis brazos. Si á lo menos te hubiese puesto bajo mejor custodia dentro de París ó en alguna fortaleza;... pero ¿á qué confiarte á Namo? ¿Quién seria capaz de custodiarte mejor que yo en el mundo? A mí me tocaba cuidar de tí hasta la muerte, y te hubiera guardado más que á mis ojos, más que á mi mismo corazon. Y sin embargo, á pesar de ser este mi deber, fuí tan insensato, que no lo cumplí! ¡Dónde te encuentras ahora léjos de mí, alma de mi alma, tan jóven y tan bella! En tí contemplo á la tímida ovejuela que, extraviada en el bosque al desaparecer la luz del dia, va despidiendo tristes balidos, esperando hacerse oir del pastor; mas descubierta por el lobo, cae entre entre sus voraces dientes causando la desesperacion de su dueño. ¿Dónde estás, dónde, dulce esperanza mia? Quizá andarás errante y sola por el mundo... ¡Te habrán acometido quizás los lobos carniceros sin que tu Orlando pueda defenderte!... Y esa preciosa flor, cuya posesion me hubiera colocado entre los dioses; esa flor que durante tanto tiempo he venido respetando por no atentar contra tu castidad, la habrán ¡ay de mí! cogido y marchitado. ¡Oh infortunio! Si esa flor está en efecto profanada, ¿qué puedo querer ya sino morir? ¡Oh, gran Dios! hazque yo sufra todo los tormentos menos ese. Si se realizara lo que temo, con mis propias manos me arrancaria la vida y el alma desesperada!
En tan lastimosas quejas prorumpia Orlando, vertiendo copioso llanto, entrecortado por los suspiros. Mientras todos los seres animados daban reposo á sus cansados miembros ó á su espíritu no menos fatigado, tendidos los unos sobre blandas plumas, otros sobre la dura roca, y otros sobre la yerba ó las hojas de mirtos y hayas, tú solo, Orlando, atormentado por mil pensamientos crueles y encontrados, apenas podias cerrar los párpados, y aunque lograste al fin conciliar un sueño fugitivo y breve, no conseguiste hallar en él la bienhechora calma.
Creíase transportado á una verde rivera esmaltada de olosas flores, desde donde contemplaba el marfil más terso y la púrpura más brillante que Amor haya pintado por su mano, así como las dos clarísimas estrellas donde el mismo Amor alimentaba á las almas presas en sus redes: hablo de los ojos y del rostro seductor que se habian apoderado de su corazon. Sentia el mayor placer, la alegría mayor que pudiera gozar el más feliz amante... cuando de repente estalla una tempestad que destrozó las flores y tronchó las plantas; tempestad tan terrible, que no suele verse otra semejante cuando el Aquilon, el Levante y el Austro luchan encontrados. Parecia como si fuese errando inútilmente por algun desierto, buscando un sitio donde guarecerse. El infeliz, en tanto, perdió de vista á su amada sin saber cómo en medio de una niebla densa, y empezó á buscarla por todas partes, haciendo resonar todos los ámbitos del bosque con su dulce nombre. Al ver la inutilidad de sus pesquisas, exclamaba:—«¡Desgraciado de mí! ¿Quién ha trocado mi alegría en quebranto?»—Oia losgritos de Angélica, que le llamaba en su auxilio, deshecha en lágrimas, y acudia veloz hácia el sitio de donde parecian salir, consumiéndose en infructuosos esfuerzos. ¡Cuán intenso y atroz era su dolor al ver que no le iluminaba la luz de sus ojos! De improviso se dejó oir por el lado opuesto una voz que pronunció estas palabras:—«¡No esperes volver á recrearte en su belleza!»—A tan fatídica exclamacion, despertóse sobresaltado y bañado en copioso llanto.
Sin reflexionar en que son engañosas las imágenes de un sueño producidas por el deseo ó por el temor, le inquietó tanto la suerte de la doncella, á quien veia ya deshonrada ó próxima á mayores peligros, que arrojándose fuera del lecho, se armó de piés á cabeza y ensilló á Brida-de-oro sin el auxilio de ningun escudero. A fin de poder penetrar por cualquier parte en el viaje que se proponia emprender, sin menoscabo de su dignidad, no quiso ostentar en sus armas los colores blancos y rojos de su linaje, sino que escogió otra armadura enteramente negra, quizá porque el color de ella estaba más en armonía con el estado de su alma, y que arrebató á un Amostante á quien habia dado muerte pocos años hacia.
Emprendió su marcha silenciosamente á media noche, sin despedirse ni decir una sola palabra á su tio, ni siquiera á su leal compañero Brandimarte, con quien le unia una estrecha y cariñosa amistad.
Luego que el Sol, esparciendo su dorada cabellera, salió del rico palacio de Titon é hizo huir á las húmedas y oscuras tinieblas, echó el Rey de ver la desaparicion del paladin. Esta fuga le causó el mayor disgusto, pues precisamente en aquella ocasion era cuando más necesitaba de su presencia y de la ayuda de su poderoso brazo: así es que no pudiendo contener su cólera, prorumpió en quejas y enlas más amargas censuras contra su sobrino, llegando á amenazarle con que le haria arrepentirse de su falta si no regresaba inmediatamente.
Brandimarte, que amaba á Orlando como á sí mismo, no pudo permanecer sin él; y bien fuese porque le sonrojaran los denuestos y amenazas que se dirigian á su amigo, ó bien por abrigar la esperanza de hacerle volver, alejóse en su busca en cuanto aparecieron las primeras sombras de la noche, sin participar á Flor-de-Lis su intento, á fin de que no se lo estorbara.
Era Flor-de-Lis una doncella á quien amaba en extremo Brandimarte, y á la verdad con justo motivo, pues no solo estaba dotada de belleza, gracias y donosura; sino tambien de prudencia y perspicacia. Si su amante no se despidió de ella, consistió únicamente en que esperaba volver á su lado al dia siguiente; pero los sucesos que sobrevinieron contrariaron su propósito. Cuando vió Flor-de-Lis que transcurria un mes entero sin que él regresara, no pudo resistir á la inquietud ni al deseo de estar en su compañía, y marchó en su seguimiento sin guia, completamente sola. Muchos fueron los paises que recorrió buscándole, como diré cuando sea ocasion oportuna: por ahora dejaré de ocuparme de ambos, por ser más necesario referir lo que importa al caballero de Anglante; el cual, una vez que se hubo despojado de los gloriosos blasones de los Almontes, se dirigió hácia una de las puertas de París, y diciendo en voz baja su nombre al capitan de guardia, hizo que le bajaran el puente levadizo, y emprendió el camino que conducia más directamente al campo enemigo. Lo que despues le aconteció, se verá en el canto siguiente.
Tanto camina Orlando, que al fin llega á un sitio donde le refieren la historia de Proteo y de la isla de Ebuda.—Conmovido por la narracion de las desgracias de Olimpia, decídese á combatir contra el rey Cimosco, que tenia encerrado en una oscura prision al esposo de aquella princesa.—Cumple su promesa y se aleja de Holanda.—Bireno y Olimpia pasan á Zelanda para celebrar nuevamente sus bodas.
¿Qué no será capaz de hacer un corazon á quien haya rendido el pérfido y cruel Amor, cuando este fué causa de que Orlando diera al olvido la lealtad que á su señor debia? Hasta entonces habia sido prudente, respetuoso y acérrimo defensor de la santa Iglesia; más ahora, enloquecido por una insensata pasion, ni se cuida de Dios, ni de su tio, ni siquiera de sí mismo. Por mi parte no puedo menos de excusarle, y hasta me halaga tener tal imitador de mi principal defecto; pues tambien yo soy descuidado y refractario al bien, mientras que corro dispuesto y ágil tras aquello que me perjudica.
Cubierto con su negra armadura abandonó Orlando á Paris, dejando allí sin sentimiento á sus muchos amigos, y se dirigió hácia donde los soldados de España y África estaban acampados, ó mejor dicho, donde estaban guarecidos bajo los árboles, y restos de tiendas, formando grupos de veinte, diez, ocho, siete y hasta cuatro guerreros; pues hasta tal extremo los habia diseminado la lluvia. Más ó menos distantes entre sí, ninguno podia entregarse á su satisfaccion al descanso, y dormian apoyados en el codo ó tendidos en tierra. En aquella ocasion propicia le hubierasido muy fácil al conde exterminar impunemente un gran número de adversarios; pero no quiso desenvainar su Durindana.
Llevado de la nobleza de su corazon, se resistió á acuchillar á sus enemigos dormidos, y se puso á buscar por todas partes las huellas de su amada. Si encontraba alguno despierto, le daba las señas de Angélica, y le suplicaba por favor que le indicase el sitio donde podria encontrarla. Luego que fué de dia, recorrió todo el campamento sarraceno, lo cual pudo efectuar sin riesgo alguno, merced á la arábiga armadura de que iba revestido, así como á sus conocimientos en el idioma africano que hablaba con tanta perfeccion, que se le hubiera creido nacido y educado en Trípoli.
Sus minuciosas pesquisas le detuvieron tres dias en aquel campo, sin conseguir resultado alguno: despues, no solo fué registrando todas las ciudades y pueblos de Francia y sus distritos, sino que examinó cuidadosamente hasta la más apartada aldea de la Auvernia y la Gascuña, y continuó sus exploraciones desde la Provenza hasta los confines españoles.
Cuando Orlando empezó su peregrinacion era la época en que termina Octubre y empieza Noviembre; la estacion en que los árboles se ven despojados de sus hojas, y van poco á poco descubriendo sus ramas hasta que quedan desnudos del todo; esa estacion en que los pájaros se dirigen formando compactas y numerosas bandadas en busca de climas más templados. Transcurrió todo el invierno sin que el enamorado guerrero cesara en su tarea, y en ella le sorprendió todavia la primavera.
Pasando un dia, segun su costumbre, de uno en otro país, llegó á la orilla de un rio que separa la Normandia dela Bretaña, y sigue tranquilo su curso hácia el vecino mar; pero entonces, aumentado su caudal con los deshielos y las filtraciones de las montañas, se precipitaba crecido y lleno de blancas espumas, despues de haber arrastrado en su violencia el puente que ponia en comunicacion á una y otra provincia. Empezó el paladin á examinar aquellos contornos para ver si encontraba un medio de pasar á la otra orilla, cosa bastante difícil no siendo pez ni ave, cuando descubrió una barquilla que bogaba en su demanda, en cuya popa se veia sentada una doncella, la cual le dió á entender por medio de señas que se dirigia hácia él. Aguardó en consecuencia, el arribo de la navecilla; pero esta no llegó á tocar la tierra, por cuidar sin duda la que la gobernaba de que nadie se embarcara contra su voluntad. Orlando le rogó que le recibiese á bordo y le trasladase á la orilla opuesta; mas ella le contestó:
—Aquí no pone nadie el pié, sin que antes me prometa bajo su fé de caballero acceder á mi demanda, aceptando el combate más justo y más honroso del mundo. Por lo tanto, caballero, si es que deseais valeros de mí para saltar en la otra orilla, prometedme que antes de terminar el mes próximo, iréis á uniros al rey de Hibernia[38], que en este momento reune una fuerte armada para destruir la isla de Ebuda, la más cruel de cuantas el mar rodea.—Sin duda sabreis, que más allá de la Irlanda existe, entre otras muchas, una isla llamada Ebuda, cuyos habitantes, obedeciendo á una ley bárbara, van de costa en costa apoderándose de cuantas mujeres les es posible para ofrecerlas despues como alimento á un animal voraz que, saliendo del mar diariamente, encuentra siempre una doncella que devorar. Tambien reciben numerosas cautivas de los corsarios ó delos mercaderes de esclavas que merodean por los mares, muchas de ellas hermosísimas. A una por dia, podeis calcular cuántas jóvenes habrán perecido ya! Si en vuestro corazon se alberga la piedad; si no sois rebelde al amor, no dudo que os apresurareis á reuniros á aquellos guerreros que aperciben en este momento sus armas para tan noble cuanto humanitario objeto.
Aun no habia acabado la dama de pronunciar estas palabras, cuando ya Orlando le juraba ser el primero en aquella empresa, como quien no puede oir hablar de una accion inícua é infame, obligándole la indignacion á interrumpir su relato. Lo que acababa de saber le hizo pensar y temer que Angélica hubiera caido en manos de aquella gente; pues de otro modo no era posible que no obtuviera indicio alguno de su existencia, despues de haberla buscado por tantos sitios. Preocupóle de tal modo esta idea, que haciéndole olvidar su intento, determinó navegar hácia la isla cruel con toda la velocidad que le fuera posible; y antes de que traspusiera un nuevo sol el horizonte, se embarcó en un bajel que pudo proporcionarse en Saint-Maló, y desplegadas las velas, pasó por la noche junto al Monte de San Miguel, dejó á la izquierda á Saint-Bricue y Landriglier, y fué costeando las extensas playas de Bretaña virando despues hácia las blancas arenas que dieron á la Inglaterra su antiguo nombre de Albion; pero de repente cesó de soplar el viento Sur, y el Aquilon y el Poniente se desataron con tal fuerza, que hubo necesidad de arriar todas las velas y virar en redondo, de suerte que en un solo dia perdió la embarcacion el camino que habia hecho en cuatro, y gracias á la experiencia y presencia de ánimo del piloto que procuró correr la tempestad en alta mar, no se estrelló contra las rocas como un frágil vidrio.
Despues de cuatro dias de soplar furiosamente, aplacó el viento su impetuosidad, y entonces pudo el bajel entrar en la desembocadura del rio que corre junto á Amberes. Apenas entró en ella el fatigado piloto con su bajel averiado, y consiguió echar el ancla en una lengua de tierra que se extendia en la orilla izquierda de aquel rio, cuando se vió aparecer un anciano de avanzada edad, á juzgar por sus blancos cabellos, el cual saludó á todos con la mayor cortesía; despues se dirigió al Conde en la creencia de que era el jefe de aquella gente, y le rogó de parte de una doncella sumamente bondadosa y afable además de hermosa, que se dignase ir á visitarla ó le concediera una entrevista á bordo de la nave, adonde ella acudiria, añadiendo que ninguno de cuantos caballeros errantes habian llegado á aquel país se habia resistido á conceder tal favor, pues todos, bien arribaran por mar ó por tierra, se habian apresurado á tener una entrevista con la jóven, y á darle los consejos que más convenientes creian en su situacion apurada y cruel.
Orlando, al oir esto, saltó en tierra sin detenerse un momento, y en su calidad de galante al par que humanitario caballero, siguió en pos del anciano. Condújole este á un palacio, en cuya escalera esperaba una dama, enlutada exterior y tambien interiormente, á juzgar por las señales de dolor impresas en su semblante; las galerías, las cámaras y los salones del palacio, todo estaba cubierto asimismo de negros paños. Aquella dama, despues de haber dispensado á Orlando la más benévola y honrosa acogida, le rogó que tomara asiento, y le dirigió la palabra en estos términos:
—Debeis saber, caballero, que soy hija del conde de Holanda. Aun cuando no fuí su única descendiente, pues tuve otros dos hermanos, me amaba mi padre con tal ternura,que jamás se opuso á mi menor deseo. Tranquila y feliz transcurria mi existencia, cuando llegó un noble personaje á nuestro país. Era duque de Zelanda, y se dirigia á Vizcaya á pelear contra los moros. Su extremada gentileza, su edad juvenil, y sobre todo mi corazon, vírgen aun de todo amor, hicieron que me prendara de él fácilmente, con tanto mayor motivo, cuanto que creia y creo, y creo creer la verdad[39], que á su vez me amaba y me ama con sinceridad completa.
»Aquellos dias que le retuvieron á mi lado los vientos, contrarios para los demás y para mí propicios (pues cuando para los otros fueron cuarenta, á mí me parecieron un momento, segun la velocidad con que transcurrieron), los pasamos entretenidos en amorosos coloquios, y prometiéndonos mútuamente encender la antorcha de himeneo con toda solemnidad en cuanto él regresara de la guerra.
»Apenas se habia separado de nosotros Bireno, que así se llama mi leal amante, cuando el rey de Frisia, cuyo reino está separado de nuestros estados por ese rio, formó el proyecto de casarme con su hijo único, llamado Arbante, y envió en su consecuencia á Holanda los principales caballeros de su corte, con el encargo de pedir á mi padre mi mano. Yo que no podia faltar á la fé jurada á mi amante, y que aun cuando lo intentara, el amor no me hubiera permitido corresponder á su lealtad con tan negra ingratitud, me decidí á desbaratar aquella negociacion, próxima á realizarse, y dije terminantemente á mi padre, que preferia la muerte á desposarme con el príncipe de Frisia. Mi buen padre, que no tenia otra voluntad que la mia, no quiso contrariarme, y dispuesto á enjugar el llanto que yo derramaba, retiró la palabra dada á los enviados del rey vecino, rompiéndose por lo tanto las negociaciones entabladas.
»Fué tal el despecho que causó este resultado al orgulloso rey de Frisia y tanta su cólera, que invadió la Holanda y empezó la guerra infausta, ocasion de la muerte de todos los mios. Además de estar dotado aquel monarca de un vigor y una fuerza cual no se ven otras en nuestra edad, y de que era tal su habilidad en hacer daño y tan consumada su astucia, que ni el ingenio, ni la audacia, ni la misma fuerza podian resistirle, hacia uso de un arma completamente desconocida de los antiguos y aun de los modernos, excepto él. Esta arma consiste en un hierro hueco, de unas dos brazas de longitud, en cuyo interior coloca ciertos polvos y una bala. Hácia la parte posterior de aquel tubo, y por donde está cerrado, toca con una mecha encendida un respiradero apenas perceptible, del mismo modo que el médico suele tocar el sitio por donde se ha de ligar una vena, y entonces sale la bala con un estrépito semejante al de un trueno, y abrasa, abate, hiende y destroza cuanto toca, siendo sus efectos tan destructores como los del mismo rayo.
»Con este ardid infame consiguió derrotar dos veces á nuestro ejército, y dar muerte á mis hermanos: en el primer encuentro, sucumbió el mayor con el pecho traspasado por una bala que le atravesó la coraza; en el combate siguiente, pereció el segundo mientras iba huyendo, por haberle alcanzado otra bala que le entró por la espalda y le salió por el pecho. Defendiéndose otro dia mi padre en el único castillo que le quedaba, por haberle despojado su enemigo de cuanto poseia, fué muerto del mismo modo; pues en ocasion en que iba de un lado para otro, atendiendo á todo y dando sus órdenes, recibió en medio de la frenteun tiro fatal, dirigido por el traidor, que le estuvo apuntando desde léjos.
»Muertos mi padre y mis hermanos, y habiendo quedado yo por única heredera de la isla de Holanda, el rey de Frisia, que tenia deseos de fijar definitivamente la planta en mis estados, me hizo saber, así como á todos mis súbditos, que me otorgaria la paz con tal de que aceptara lo que antes rechacé y consintiera en ser esposa de su hijo Arbante. La respuesta que le dí fué inspirada, no tanto por el odio que sentia intensamente hácia él y hácia toda su inícua estirpe, que habian dado muerte á mi padre y mis dos hermanos, y saqueado, destruido é incendiado á mi patria, como porque no quise faltar á la promesa que habia hecho á Bireno de no casarme con nadie hasta su regreso de España. Así pues, le contesté, que el dolor que padecia me daba fuerzas para soportar otros ciento, y cuantos pudieran ocasionárseme, y que antes que acceder á su demanda, preferia la muerte, que me quemaran viva y esparcieran al viento mis cenizas.
»Mis súbditos procuraron apartarme de tal propósito, unos por medio de ruegos, y amenazándome otros con entregarme al príncipe, entregándole al mismo tiempo mis estados, antes de que mi obstinacion ocasionara la ruina de todos. Cuando vieron que tan inútiles eran sus ruegos como sus amenazas, y que seguia firme en mi resolucion, pusiéronse de acuerdo con el rey de Frisia á quien entregaron la fortaleza juntamente con mi persona, conforme habian dicho. El Rey portóse cortesmente conmigo, y prometió conservarme la vida y el reino, con tal de que torciera mi voluntad y diera la mano á su hijo Arbante. Al verme obligada á ceder á la fuerza, anhelé la muerte, que por lo menos me devolveria la libertad; pero el deseo de la venganza me estimulaba más que cuantas injurias habia recibido.Forjé en mi mente mil proyectos, y comprendí por último que el disimulo seria el partido mejor que en mi desesperada situacion abrazar pudiera; y decidida á adoptarlo, finjí que deseaba acceder á sus instancias, que no podian menos de serme gratas, y que, concediéndome su perdon, me uniera á su hijo.
»Persistiendo siempre en mis propósitos, escogí, entre los muchos servidores de mi padre, dos hermanos dotados de singular ingenio y de gran corazon, pero más aun de una lealtad á toda prueba, por haber sido criados en la corte, y haber vivido á nuestro lado desde su más tierna infancia; tan adictos á mi persona, que no hubieran titubeado en ofrecer su vida por salvarme. A ellos, pues, comuniqué mis designios, y como esperaba, ofreciéronme su incondicional ayuda. Uno de los dos pasó á Flandes, donde aprestó un bajel; al otro le conservé á mi lado en Holanda.
»En tanto que los extranjeros como los del país se preparaban para solemnizar mis bodas, llegó la noticia de que Bireno estaba reuniendo en Vizcaya una flota para venir á Holanda. Estos preparativos eran á consecuencia de un aviso que determiné enviarle por medio de un mensajero, apenas terminó la primera batalla en que fué derrotado y muerto un hermano mio; pero mientras Bireno procuraba reunir aquella armada, tuvo tiempo el rey de Frisia de conquistar todos nuestros estados. Mi amante, ignorando esta circunstancia, continuaba alistando bajeles y soldados; y teniendo conocimiento de ello el Rey frison, dejó al cuidado de su hijo los preparativos de nuestro casamiento; hízose despues á la mar con todos sus buques; salió al encuentro del Duque, y atacándole con ímpetu, quemó y echó á pique toda su flota, y le hizo prisionero. ¡Así lo tenia dispuesto el destino!
»Aun no habia llegado á mi noticia este desastre, cuando me ví obligada á casarme con el Príncipe, el cual quiso usar aquella misma noche de sus derechos de esposo. Yo habia ocultado detrás de las cortinas del lecho nupcial á mi fiel criado, que no se movió hasta que vió al Príncipe dirigirse á mí; y no teniendo paciencia para esperar á que este se acostara, se lanzó hácia él, y con brazo vigoroso le hendió de un hachazo la cabeza, arrancándole la vida y la palabra á un tiempo mismo: inmediatamente salté del lecho, y tuve valor para cortarle al cuello. Aquel príncipe mal nacido cayó á mis piés, como cae el toro bajo la maza del carnicero, vengándome así del inícuo rey Cimosco: este era el nombre del impío rey de Frisia, que habia sacrificado á mi padre y mis dos hermanos, y que para tener un pretexto de apoderarse de mis dominios, pretendia casarme con su hijo, con la intencion quizás de arrancarme tambien algun dia la vida.
»Antes de que se atravesara cualquier obstáculo, recogí cuantos objetos de valor hallé á mano, y en seguida mi compañero me descolgó por una ventana, atada á una cuerda, dirigiéndonos aceleradamente al sitio donde nos esperaba su hermano con la embarcacion que habia aprestado en Flandes. Desplegamos las velas, empuñamos los remos, y nos pusimos en salvo como á Dios plugo.
»No sé si pudo más en el rey de Frisia el dolor que le causara la muerte de su hijo, ó la ira que contra mí debió inflamarle, cuando regresó al dia siguiente al sitio testigo de mi venganza. Volvia orgulloso con la victoria alcanzada, y trayendo á Bireno cautivo; mas se encontró con un espectáculo funesto, cuando esperaba hallar bodas y festejos.
»Por algun tiempo atormentóle noche y dia el recuerdo de su hijo y su odio rencoroso contra mí; pero como el llanto no consigue devolver la vida á los muertos, y con la venganza se suele aplacar el odio, determinó unir aquella parte de su imaginacion consagrada á llorar la muerte del Príncipe con la que me dedicaba su furor, á fin de calcular los medios de que habria de valerse para apoderarse de mí y castigarme cruelmente. Por de pronto, mandó degollar, quemar vivos ó encarcelar á cuantos le habian indicado como partidarios mios ó que me habian prestado algun auxilio en mi empresa. Propúsose despues matar á Bireno para vengarse de mí, suponiendo que seria el sentimiento más cruel que pudiera causarme; pero reflexionando que mientras estuviera en su poder podria servirse de él como de un medio eficaz para hacerme caer en los lazos que me tendiera, le conservó la vida, imponiéndole sin embargo una condicion cruel y dura. Le dió un año de término, al fin del cual lo sacrificaria irremisiblemente, si antes no procuraba por fuerza ó por astucia, ó bien valiéndose de sus amigos y parientes y empleando todos los medios que estuvieran á su alcance, entregarme en sus manos: de modo que mi muerte era lo único que podia salvar su vida.
»Cuanto es humanamente posible hacer para conseguir su libertad, excepto entregarme en poder de mi enemigo, otro tanto he puesto por obra: poseia seis castillos en Flandes y todos los he vendido: parte de lo poco ó mucho que me han proporcionado estas ventas lo he invertido en sobornar á los guardianes de mi amante, por medio de personas astutas, para lograr su evasion, y la otra parte en incitar á los ingleses y á los alemanes á que tomaran las armas contra aquel tirano; pero mis emisarios, ya sea porque hayan cumplido mal con su deber, ó porque fueran inútiles sus esfuerzos, me han dado muchas palabras, pero ningun auxilio; y hoy me desprecian despues de haberme dejadoarruinada. Entre tanto, está próximo á espirar el plazo fatal, que una vez terminado será causa de que no lleguen á tiempo ni la fuerza ni el dinero, y de que mi adorado esposo sufra la muerte más cruel.
»Por él han muerto mi padre y mis hermanos; por él me he visto despojada de mi trono: los pocos bienes que me quedaban y que constituian mi único sosten, los he disipado por sacarle de su prision; ya no sé qué partido tomar, como no vaya yo misma á entregarme á mi enemigo más cruel, y salvar de este modo su vida. Y puesto que nada me queda por hacer, y no encuentro otro medio de conseguir su libertad que ofrecer en su holocausto esta vida, me será grato hacerlo así con tal de que respeten la suya. Un solo temor me detiene, y es el de que no sabré hacer un pacto tan estudiado, que me asegure de que el tirano no ha de engañarme despues de haberme puesto bajo su poder. Temo que, despues de tenerme encarcelaba, y cuando me haya hecho sufrir los tormentos que se le antojen, no ponga, á pesar de todo, en libertad á Bireno, impidiéndome escuchar la expresion de su agradecimiento; temo que la rabia que le posee y su conciencia perjura le induzcan á no darse por satisfecho con mi muerte, y haga despues con Bireno lo mismo que tenga decidido hacer conmigo.
»Ahora bien; el objeto que me mueve á referiros mis desgracias, así como se las refiero á cuantos señores y caballeros llegan á este país, es únicamente el de ver si, hablando con tantos, hay alguno que me indique un medio para estar segura de que, una vez entregada en manos del traidor Cimosco, no retendrá este en su poder á Bireno; pues no quisiera que, despues de muerta yo, muriera él tambien. He rogado á algun guerrero que esté presente en el momento de entregarme al rey de Frisia; pero que me prometa bajosu fé que este cambio se efectuará de modo que mi presentacion coincidirá con la libertad de Bireno, de modo que cuando me inmolen, exhale contenta mi último suspiro, en la seguridad de que mi muerte habrá dado la vida á mi esposo. Hasta ahora, sin embargo, no he encontrado quien me dé su palabra de que, cuando me presente á Cimosco, no consentirá que este Rey se apodere de mí sin darme antes á Bireno; tanto es lo que todos temen aquellas armas contra las cuales de nada sirven las corazas, por fuertes y resistentes que sean.
»¡Ah, señor! Si vuestro valor corresponde á vuestro altivo semblante y hercúleo aspecto; si os es posible acompañarme ante el rey de Frisia, y sacarme de su poder en el caso de que no cumpla lo que promete, dignaos venir conmigo á ponerme en sus manos, y así no abrigaré el temor de que muera mi esposo en cuanto yo deje de vivir.»
Aquí dió fin la doncella á su razonamiento, frecuentemente interrumpido por el llanto y por los suspiros. Orlando, que estaba siempre dispuesto á acudir en auxilio de los desgraciados, se apresuró á contestar á la Princesa en breves palabras, pues era por naturaleza conciso, que haria mucho más de cuanto ella le pedia, y que se obligaba á socorrerla bajo su fé de caballero. Opúsose abiertamente á que se entregara en manos de su enemigo para librar á Bireno, asegurándole que mientras no le faltasen su espada ni su acostumbrado esfuerzo, él solo era bastante para salvar á entrambos.
Sin esperar á más, se pusieron aquel mismo dia en camino, aprovechando un viento propicio y una mar bonancible. Deseoso el paladin de llegar sin pérdida de tiempo á la isla de Ebuda, aceleró la marcha cuanto pudo. Un piloto hábil fué dirigiendo la maniobra, mientras atravesaron por uno yotro lado los numerosos estrechos que separan las islas de Zelanda, que fueron dejando tan pronto delante como detrás, hasta que al tercer dia desembarcó Orlando en Holanda; pero no permitió que saltara en tierra la Princesa, víctima del rey de Frisia, por haberse propuesto el guerrero hacer llegar á su noticia la muerte del pérfido monarca antes que desembarcara.
Encaminóse por aquella costa el paladin, completamente armado y cabalgando en un caballo tordo, nacido en Dinamarca, criado en Flandes, y más grande y fuerte que ligero. Orlando habia dejado en Bretaña su corcel, aquel Brida-de-oro tan corredor y de tan hermosa estampa, únicamente á Bayardo comparable. Llegó á Dordrecht, cuyas puertas estaban custodiadas por numerosa gente armada, ya por seguir la precaucion usada siempre, que nunca esta de más en un país recien conquistado, ya tambien por haber llegado poco antes la noticia de que se dirigia allí desde Zelanda un primo del caballero encarcelado, con una flota compuesta de bastantes buques y tropas de desembarco.
Orlando rogó á uno de los guardas que diera aviso al Rey de que un caballero andante deseaba medirse con él á espada y lanza; pero bajo la condicion, aceptada de antemano, de que, si el Rey vencia á su retador, le seria entregada la princesa que dió muerte á Arbante, pues la tenia depositada en un sitio próximo desde donde fácilmente la pondria en sus manos. En cambio esperaba del monarca la promesa de que, si era él el vencido, daria inmediatamente la libertad á Bireno, y le dejaria ir á donde mejor le pareciese.
El soldado desempeñó presuroso este encargo; mas Cimosco, para quien la virtud y la cortesía eran completamente desconocidas, concibió al instante una idea inspiradapor el fraude, la traicion y el engaño. Parecióle que apoderándose de aquel guerrero, lograria tambien apoderarse de la dama que tan cruelmente le habia ofendido, si era cierto que la Princesa estaba en poder de aquel, y no habia comprendido mal el mensajero. Dispuesto á realizar este plan, hizo que treinta de sus soldados salieran por una puerta de la ciudad, opuesta á aquella donde Orlando le esperaba, los cuales despues de dar un largo rodeo, se colocaron á espaldas del Paladin. El traidor, en tanto, habia ido ganando tiempo con fútiles palabras y pretextos, y cuando vió que los treinta ginetes habian llegado al sitio convenido, salió él al frente de igual número de guerreros. Así como el diestro cazador suele rodear á la fiera que persigue, cercando el bosque en que se encuentra por todos lados, ó como el pescador de Volana circuye con prolongadas redes el espacio de mar donde va acorralando la pesca, del mismo modo procuró el rey de Frisia cerrar al caballero todos los caminos por donde pudiera escapar. Pretendia cojerle vivo, y estaba tan persuadido de la facilidad de su empresa, que no llevó consigo aquel rayo terrestre con que habia exterminado tanta y tanta gente, por no parecerle necesario en aquella ocasion, en que no se trataba de matar, sino de aprisionar. El rey Cimosco pretendió obrar entonces á la manera del cauto cazador de pájaros, que conserva vivos á sus primeros cautivos, á fin de que con sus juegos y sus reclamos atraigan mayor número de pájaros á sus redes; pero Orlando no era de los que se dejaban atrapar con facilidad, y en breve rompió el círculo en que le habian encerrado.
El Caballero de Anglante enristró su lanza contra el grupo más compacto de sus enemigos, y atravesó con ella á uno, luego á otro, y otro, pues no parecia sino que fueran de masa: hasta seis traspasó manteniéndolos enristrados ensu lanza, y por no ser esta bastante larga para que cupiera en ella el cuerpo de otro hombre, quedó el séptimo fuera; pero tan mal herido, que no tardó en sucumbir. No de otra suerte procede el hábil arquero, cuando en las orillas de los canales ó de los fosos, dirije sucesivamente su flecha contra las ranas, que atravesadas por los costados ó por las espaldas, unas en pos de otras, pronto cubren la saeta de un extremo á otro. Orlando arrojó léjos de sí su cargada lanza, y desnudando el acero, se preparó á combatir contra sus demás adversarios.
Rota la lanza, empuñó aquella espada que jamás dió un golpe en vago, y cada uno de sus tajos ó estocadas hizo morder el polvo á un infante ó á un ginete: donde alcanzó su hoja terrible tiñó de rojo el azul, el verde, el blanco, el negro ó el amarillo. Entonces se arrepintió Cimosco de no haber llevado consigo el tubo de hierro y el fuego, precisamente cuando más los necesitaba, y con grandes voces y amenazas ordenó que se los trajeran; pero nadie le dió oidos, porque cuantos lograban refugiarse en la ciudad, no se aventuraban á salir de ella. Al ver el rey de Frisia la fuga de sus guerreros, se decidió á imitarles: corrió á la puerta y quiso alzar el puente levadizo; pero Orlando, persiguiéndole de cerca, no le dió tiempo para ello. Entonces el monarca volvió de nuevo las espaldas, dejando á su adversario dueño del puente y de ambas puertas, y huyó, adelantándose á todos en su carrera, merced á la velocidad de su corcel. Orlando no se dignó acometer á los miserables satélites de Cimosco: á este, y á nadie más, deseaba arrancar la existencia; pero su caballo era poco á propósito para la carrera, mientras que el del fugitivo parecia tener alas. Al revolver de una esquina desapareció á la vista del paladin; pero poco tardó en volver con nuevas armas, porhaber conseguido que le llevaran el tubo de hierro y el fuego; y colocándose tras de una piedra, le esperó escondido, como el cazador, armado de su venablo y rodeado de sus perros, espera al fiero javalí, que en su destructora carrera troncha las ramas, derriba los peñascos, y por do quiera que levanta su orgullosa frente, parece que se hunda con estrépito la selva y que se conmueva el monte.
Cimosco estaba en su puesto, acechando el momento en que pasara el audaz Conde para hacerle pagar cara su osadía; cuando le divisó, aproximó el fuego al orificio del hierro, que instantáneamente despidió una viva llama, brillando por su parte posterior como un relámpago y estallando como un trueno por delante: retemblaron las murallas, estremecióse el terreno bajo las plantas del monarca, y en los cielos retumbó aquel sonido aterrador. El proyectil ardiente, que atraviesa y destroza cuanto encuentra á su paso y á nadie perdona, lanzó un estridente silbido, pero contra lo que esperaba aquel nefando asesino, no produjo efecto alguno. Bien sea por precipitacion, ó porque el mismo deseo de herir al Conde le hiciera errar la puntería; bien fuese porque el corazon, temblando como la hoja en el árbol, hiciera temblar á su vez las manos y los brazos, ó bien porque la bondad divina no permitió la prematura muerte de su fiel campeon, la bala fué á hundirse en el vientre del caballo, que cayó en tierra, de donde no se levantó más.
Cayeron en tierra el caballo y el caballero: el uno la oprimió con su peso; mas apenas la tocó el otro, cuando se levantó rápidamente, cual si la caida hubiese redoblado su vigor y aliento: y así como el líbico Anteo solia levantarse con más fiereza cada vez que tocaba la arena[40], así tambien, al levantarse Orlando, pareció que el contacto con el suelo habia aumentado sus fuerzas. El que haya visto alguna vez caer el fuego que Júpiter despide con horrible estrépito, y le haya visto además penetrar en un sitio cerrado que contenga carbon, azufre y salitre, donde apenas llega, apenas toca un instante, parece que se inflame, no solo la tierra, sino tambien el cielo, y arruina las murallas, y hiende pesados mármoles y hace saltar los peñascos hasta las estrellas, podrá formarse una idea del aspecto del Paladin al levantarse del suelo; aspecto tan terrible é iracundo, que haria temblar al mismo Marte en el cielo.
Sobrecogido de espanto el rey de Frisia, al contemplarle, volvió las riendas para huir; pero Orlando corrió en pos de él con más velocidad que la saeta disparada por la cuerda. Hizo entonces yendo á pié lo que antes no habia conseguido á caballo; pues le persiguió con una ligereza que excedia á toda ponderacion. Alcanzóle en breve, y de un solo tajo le hendió la cabeza hasta el cuello, tendiéndole exánime á sus piés.
De pronto circuló por la ciudad un nuevo rumor, un nuevo estrépito de armas. El primo de Bireno acababa de llegar con las tropas que traia de su país, y encontrando abiertas las puertas, entró en aquella ciudad tan aterrada por las hazañas de Orlando, que la recorrió toda sin hallar la menor oposicion. Ignorando la poblacion quiénes eran y qué querian aquellos guerreros, huyó desordenadamente; pero no bien echaron de ver algunos habitantes que los recien llegados eran de Zelanda, segun demostraba su traje y su lengua, desplegaron bandera blanca en señal de paz, y pidieron al jefe de aquel ejército que se pusiera á su frente, y les ayudara á castigar al rey de Frisia, que por tanto tiempo habia tenido á su Duque aherrojado en una prision. El pueblo habia sido siempre enemigo de Cimosco y de todos sus secuaces; porque habia dado muerte á su antiguo Señor, y más aun porque era injusto, impío y rapaz. Orlando se interpuso como amigo entre ambas partes, y consiguió que ajustaran las paces; unidos despues los dos ejércitos, no dejaron un solo frison con vida, ó por lo menos, que no fuese hecho prisionero.
En seguida, para no entretenerse en buscar las llaves de los calabozos, echaron abajo las puertas, y pusieron en libertad á Bireno, que con las frases del mayor reconocimiento, dió gracias á Orlando por la merced que acababa de hacerle. De allí se dirigieron juntos, y seguidos de muchos guerreros, al bajel en que estaba esperando Olimpia: este era el nombre de la dama á quien de derecho correspondia el dominio de aquella isla; de la afligida doncella, acompañada hasta allí por Orlando, la cual nunca hubiera pensado que el paladin hiciera tanto en su obsequio; pues se contentaba con alcanzar la libertad de su esposo á trueque de su existencia. El pueblo al verla prorumpió en aclamaciones y la reverenció hasta lo infinito.
Largo seria de referir las cariñosas muestras de amor que mútuamente se dieron Olimpia y Bireno; así como las repetidas acciones de gracias que á Orlando prodigaron los dos. El pueblo repuso á la princesa en el trono de sus padres, y le juró fidelidad. Olimpia confió el gobierno del Estado y aun de si misma á Bireno, á quien la habia ligado Amor con indisoluble lazo. Ocupando despues otros cuidados la atencion de Bireno, dejó á su primo por custodio detodas las fortalezas y demás dominios de la isla, pues habia formado el proyecto de volver á Zelanda llevando consigo á su fiel consorte. Pretendia además probar de nuevo la suerte de las armas contra los frisones, contando con una prenda que habia caido en su poder, para él de gran valor: era esta la hija de Cimosco, que habia quedado cautiva con un gran número de sus parciales, y á quien queria dar por esposa á un hermano suyo, menor de edad.
El Senador romano se alejó de aquel país el mismo dia en que rompió las cadenas de Bireno. Entre tantos despojos como habia conquistado, no quiso quedarse con nada más que con aquella arma que, segun he dicho, se asemejaba al rayo en sus efectos. Su intencion, al escojerla para sí, no habia sido la de utilizarla en su defensa, pues siempre tuvo por impropio de ánimo varonil acometer cualquier empresa con ventaja: su objeto fué el de arrojarla á un sitio desde donde jamás pudiera ofender á nadie, y á este fin, se llevó consigo los polvos, las balas y todo cuanto tenia relacion con aquella arma. En cuanto se halló en alta mar á una distancia tal que por ninguna parte se divisaba el menor indicio de las costas, la cogió y dijo:
—A fin de que ningun caballero pueda confiar en tí para ser audaz impunemente, y para que jamás llegue á vanagloriarse el perverso de haber triunfado del valor del bueno, queda aquí sepultada. ¡Oh invencion abominable y maldita, que fuiste fabricada en las profundidades del averno por mano del mismo Belcebú, dispuesto sin duda á esterminar el mundo por medio de tí; vuelve al seno de los infiernos de donde has salido!
Así diciendo, la arrojó al abismo.
Hinchadas las velas por un viento favorable, impelieron su bajel en demanda de la isla fatal. Tanto era el deseo queel Paladin tenia de saber si se encontraba en ella la mujer á quien amaba más que todo cuanto existia en el mundo, y sin la cual le era odiosa la vida, que temía tropezar con alguna nueva aventura si ponia el pié en Hibernia, y tener que arrepentirse luego de no haber acudido más presuroso. Así es que no hizo escala en Inglaterra, ni en Irlanda, ni en las opuestas costas. Pero dejémosle encaminarse á donde le envia el ciego rapaz, cuyas flechas le han atravesado el corazon: antes de proseguir su historia, quiero volver á Holanda, adonde os invito á que me acompañeis; pues no dudo que os desagradaria, como á mí, que las bodas se celebraran sin nosotros. Los preparativos de la fiesta eran espléndidos y suntuosos; pero no tanto, segun decian, como los de la que se proponian celebrar en Zelanda. No pretendo, sin embargo, que acudais á ella; porque surgirán nuevos incidentes que la interrumpan, cuyos pormenores sabreis en el canto siguiente, si es que quereis acudir á escucharlo.
Dominado Bireno por un nuevo amor, abandona á Olimpia durante la noche en una playa desierta.—Rugiero, despreciando á Alcina, pasa al santo reino de Logistila, quien le coloca de nuevo sobre el caballo alado.—Rugiero vé durante su viaje las huestes de Reinaldo, y despues á Angélica atada á una roca, á la que logra salvar.
Entre todos cuantos amantes fieles han existido en el mundo, entre todos aquellos que mayores pruebas de constancia hayan dado, tanto en el infortunio como en la prosperidad, debo poner en primer lugar, más bien que en el segundo, á Olimpia, cuyo ejemplo de amorosa ternura, si no excedió, tampoco fué excedido por ningun otro, antiguo ni moderno. Tantas y tan ostensibles fueron las pruebas de amor que dió á su Bireno, que no es ya posible que mujer alguna ofrezca más evidentes seguridades á su amante, aun cuando le mostrara abierto el pecho y el corazon. Si la fidelidad y la abnegacion merecen ser correspondidas, nadie mejor que Olimpia se hizo digna de que Bireno la amara más que á sí mismo, y de que no la abandonara nunca por otra mujer, aun cuando esta fuese la que ocasionó el gran conflicto entre Europa y Asia, ú otra que reuniera en sí más perfecciones: por el contrario, antes que entregarla al olvido deberia consentir en perder la luz del Sol, los sentidos, la vida y la fama, y todo cuanto sea más preciado para el hombre.
Sí Bireno amó á Olimpia tanto como ella á él; si fué tan firme en su fidelidad como ella; si no le distrajeron otros pensamientos que los del amor de Olimpia, ó si pagó con ingratitud tanto cariño, y se mostró cruel á tanta lealtad y ternura, eso es lo que voy á referiros, haciendo que el asombro os obligue á enarcar las cejas y apretar los labios. Cuando sepais la ingratitud con que correspondió á tanta bondad, no existirá una sola mujer de entre vosotras que preste oidos á las palabras de su amante.
Los amantes, á fin de conseguir cuanto desean y sin reflexionar en que Dios lo oye y lo vé todo, no economizan promesas y juramentos, que al poco tiempo se los lleva el aire, ó mejor dicho, en cuanto logran satisfacer la ardiente sed que les devora. Este ejemplo deberá serviros para no dar fácil crédito á los suspiros y á los ruegos que se os dirijan. ¡Dichosos aquellos, mis queridas amigas, que pueden escarmentar en cabeza ajena! Guardaos sobre todo de esos adoradores de semblante afeminado y juvenil, porque sus deseos nacen y se extinguen rápidamente como fuego de paja.
Así como el cazador que persigue á la liebre, arrostrando los ardores del Sol ó los rigores del frio, y pasando alternativamente del llano á la montaña, la desprecia en cuanto la vé muerta, y emprende de nuevo la persecucion de cualquiera otra pieza que huye ante él, así tambien esos jóvenes, os aman y os reverencian con cuanta solicitud es de rigor en quien galantea asiduamente, mientras os mostrais con ellos duras é inflexibles; mas no bien logran alcanzar el premio de la victoria, se apresuran á convertiros de señoras en esclavas, se alejan de vosotras y dirigen á otro objeto su veleidoso amor.
No os aconsejo por esto que renuncieis al amor, en lo que haríais mal; sin ningun amante seriais como la vid que no tiene un palo ó una planta donde apoyarse. Lo que sí os encargo es que huyais de la juventud voluble é inconstante, y admitais los frutos maduros y agradables, pero sin que tampoco lo sean demasiado.
Ya dije anteriormente, que entre los cautivos habian encontrado á una hija del rey de Frisia, que Bireno destinaba para unirla á su hermano; pero, á decir verdad, codicioso aquel de disfrutar sus gracias y belleza, la guardaba para sí como manjar muy delicado, creyendo que seria una deferencia insensata quitárselo él de la boca, para cederlo á otro. Aun no pasaba la jóven de los catorce años, y era bella y fresca cual la rosa recien abierta y vivificada por los dulces rayos del Sol de primavera. No fué amor lo que por ella sintió Bireno, sino una pasion tan abrasadora, que su fuego solo podia compararse en rapidez y vehemencia alque consume instantáneamente la yesca, ó al que, prendido por mano traidora y envidiosa, devora las mieses. Como estas se abrasó inmediatamente; como estas ardió hasta la médula de sus huesos, apenas vió á la afligida doncella vertiendo amargas lágrimas sobre el cadáver de su padre. Y así como el agua fria detiene en el acto la ebullicion de la que está puesta al fuego, del mismo modo se extinguió en él la llama que le abrasaba por Olimpia, vencida por la que habia encendido en su pecho la hija de Cimosco.
No tan solo estaba ya saciado de su antigua y fiel amante, sino que le causaba tal aburrimiento, que su presencia le molestaba por estimularle cada vez más el deseo de poseer al nuevo objeto de su pasion, hasta el punto de temer por su vida si llegaba á dilatarse la realizacion de sus aspiraciones: sin embargo, procuró refrenar su pasion mientras no llegara el dia fijado para su objeto, y fingió no solo amar, sino adorar á Olimpia, y apetecer únicamente cuanto ella deseaba. Si acariciaba á la hija del rey de Frisia (y á pesar suyo no podia dejar de acariciarla más de lo regular), no eran mal interpretados sus halagos, antes bien se atribuian á compasion y bondad; pues el acto de consolar al afligido, agobiado por los reveses de la Fortuna, jamás fué censurable, y sí digno de alabanza, sobre todo tratándose de una niña inocente.
¡Oh gran Dios! ¡Cuán á menudo se ven ofuscados los juicios humanos por densas tinieblas! ¡Las impías y profanas acciones de Bireno llegaron á reputarse como santas y piadosas!
Por fin, empuñaron los remos los marineros, y alejándose de aquellas costas, dirigieron gozosos las naves hácia Zelanda al través de numerosos canales, llevando al Duquey su comitiva. Ya habian perdido de vista las playas de Holanda, y dirigídose á la izquierda, hácia las costas Escocia, para no tocar en las de Frisia, cuando se vieron sorprendidos por un viento impetuoso, que durante tres dias les hizo andar errantes por aquellos mares. Cerca del anochecer del tercer dia llegaron á una isla inculta y desierta, y se refugiaron en una pequeña ensenada. Olimpia saltó en tierra, acompañada del infiel Bireno, con quien cenó alegremente aquella noche, sin abrigar la menor sospecha: levantóse despues una tienda en un sitio agradable, y descansaron ambos en ella, mientras que sus compañeros volvieron á bordo de los buques para entregarse á su vez al reposo.
El cansancio que ocasiona la navegacion, y el temor que durante algunos dias la habia mantenido en el insomnio; la satisfaccion de encontrarse segura en aquella costa, léjos del rumor de los bosques, y sin que la molestara ningun pensamiento ni cuidado alguno, puesto que estaba al lado de su amante, fueron causa de que Olimpia se entregara á un sueño tan profundo, cual no pueden tenerlo los osos ó los lirones.
El falso amante, á quien tenian desvelado sus inícuos pensamientos, así que la vió dormida, levantóse silenciosamente, hizo un lio de sus vestidos, sin tomarse el tiempo necesario para ponérselos, salió de la tienda, y cual si le hubiesen nacido alas, voló á donde estaban sus compañeros, á quienes despertó: ordenó en seguida que se desplegaran las velas, y sin que se oyera una palabra, se hicieron á la mar, alejándose de aquella playa.
Pronto la perdieron de vista, y con ella á la desdichada Olimpia, que continuó durmiendo hasta que la aurora esparció sobre la tierra el fresco rocío desde las doradas ruedas de su carro, y se oyó á los alciones lamentarse de su antiguo infortunio, revoloteando sobre las aguas.[41]Medio dormida extendió la hermosa jóven su brazo para abrazar á Bireno, pero en vano: á nadie encontró; retirólo y lo extendió de nuevo, siempre infructuosamente: buscó con ambas manos, sin tropezar con nada, y disipado por el temor su sueño, abrió los ojos, miró y no vió á nadie; y no pudiendo permanecer más tiempo en el lecho, saltó de él y salió precipitadamente de la tienda. Corrió hácia el mar, hiriéndose el rostro; y convencida ya de su desgracia, mesóse los cabellos, se golpeó el pecho, recorrió con sus miradas el espacio auxiliada por la luz de la luna, por si podia distinguir algo que no fuera la playa; pero tan solo la playa divisó. Llamó á voces á Bireno, y á este nombre respondieron los antros, más piadosos que él.
En un extremo de la playa elevábase un peñasco, cuya base habian socavado las olas con sus continuos embates, convirtiéndolo en una especie de arco; dicho peñasco estaba encorvado y pendiente sobre el mar. Olimpia trepó presurosa hasta la cima, merced al vigor que le prestara su desesperacion, y vió huir á lo léjos las veleras naves de su cruel señor. Las vió, ó creyó verlas; porque aun no habia bastante claridad, y ante tan terrible espectáculo, temblorosa y más blanca y yerta que la nieve, se dejó caer sobre la roca. Luego que le fué posible levantarse extendió sus manos en direccion de las naves fugitivas, y llamó diferentes veces con desgarradores gritos á su desalmado consorte. Cuando su voz se debilitaba, la sustituia el llanto ó las palmadas, interrumpiendo sus señales con estas y parecidasexclamaciones:—¡Adonde huyes, cruel, con tanta velocidad! ¡Tu buque no lleva la carga que debe! ¡Haz que me lleve á mí, pues poco le estorbará mi cuerpo, cuando conduce mi alma!—Y continuaba haciendo señas con los brazos ó con los vestidos para que regresara el buque.
Los vientos, que se llevaban por alta mar los bajeles del ingrato jóven, llevábanse tambien las súplicas, las quejas, el llanto y los gritos de la infeliz Olimpia, que por tres veces distintas intentó precipitarse en las olas desde lo alto de la roca, hasta que al fin bajó de ella, y volvió á la tienda donde habia pasado la noche.
Tendida en el lecho, con el rostro vuelto hácia abajo, le decia entre lágrimas:
—Anoche acojiste dos cuerpos. ¿Por qué al despertar no éramos tambien dos? ¡Pérfido Bireno! ¡Ah! ¡Maldito mil veces el dia en que fuí engendrada! ¿Qué debo hacer? ¿Qué va á ser de mí, sola y abandonada? ¿Quién me prestará ayuda y consuelo?... No veo aquí persona alguna; no distingo el menor vestigio que revele la presencia de un ser humano. ¡Tampoco descubro ningun bajel en que embarcarme y buscar mi salvacion!... ¡ Moriré sin duda de hambre! No habrá nadie que cierre mis ojos, ni quién me dé sepultura, como no la encuentre en el vientre de las fieras que vagan por esas selvas. Ya creo ver salir de esos bosques los osos, los leones, los tigres y demás animales feroces, á quienes la naturaleza ha provisto de colmillos agudos y aceradas garras para destrozar á sus víctimas! Pero ¿qué fiera habrá tan cruel que me dé una muerte peor que la que tú me destinas, feroz Bireno? A ellas les pareceria bastante una sola, mientras que tú me haces sufrir mil muertes. Aun suponiendo que algun navegante arribe á estas playas y me reciba por compasion á bordo de su buque, salvándome delos osos, los lobos y leones, del hambre, y de otros géneros de muerte á cual más horribles, ¿podrá por ventura conducirme á Holanda, cuyos puertos y fortalezas están custodiados por tí? ¿Me llevará á mi país natal, cuando te has apoderado de él por medio de la traicion? Tú me has arrebatado mis dominios, bajo falaces apariencias de amor y alianza, y para usurparlos mejor, te apresuraste á ponerlos bajo la vigilancia de tus soldados. ¿Volveré á Flandes, donde vendí los restos de mi fortuna, los únicos medios de existencia con que contaba, para socorrerte y sacarte de tu prision? ¡Desdichada de mí! ¿A donde me encaminaré? Lo ignoro. ¿Debo acaso ir á Frisia, en cuyo trono pude sentarme, si no lo hubiera despreciado por tí, lo cual ha sido causa de que pierda mi padre, mis hermanos, y todo cuanto me era querido en el mundo? No quisiera echarte en cara, ingrato, todo cuanto he hecho por tí, ni creo necesario recordártelo, pues tan bien como yo lo sabes: sin embargo, ¡hé aquí la recompensa que te he merecido!.. ¡Oh! ¡Dios mio! ¡No permitas que caiga en poder de algun corsario que me venda luego como esclava! Antes de que tal suceda, venga un lobo, un oso, un leon, un tigre ó cualquier otra fiera, que con sus garras me destroce, me devore con sus dientes, y muerta me conduzca arrastrando á su caverna.