Combate entre Orrilo y los hermanos Grifon el blanco y Aquilante el Negro.(Canto XV.)
Combate entre Orrilo y los hermanos Grifon el blanco y Aquilante el Negro.(Canto XV.)
Combate entre Orrilo y los hermanos Grifon el blanco y Aquilante el Negro.(Canto XV.)
no quiero pecar de difuso; pues nadie ignora ya esta historia, á pesar de que el autor, confundiendo el nombre de su padre, tomó, no sé cómo, uno por otro. Continuaré, pues, refiriendo el combate que los dos jóvenes emprendieron á ruegos de las dos damas.
La luz del dia, que brillaba aun en las islas Afortunadas[97], habia desaparecido ya de aquellas costas; y las sombras de la noche, mal disipadas por la débil é incierta claridad de la Luna, impedian distinguir los objetos, cuando regresó Orrilo á su torre, por haber dispuesto las dos hermanas que se suspendiese la lucha hasta que el nuevo Sol apareciera por el horizonte.
Astolfo, que habia conocido desde luego á Grifon y á Aquilante por sus empresas y por sus terribles golpes, se apresuró á saludarlos afablemente. Viendo los dos hermanos que aquel que traia, maniatado al gigante era el caballero del Leopardo, con cuyo nombre se le conocia en la corte de Inglaterra, le recibieron con no menores muestras de afecto. Las damas condujeron á un palacio próximo á los caballeros para que disfrutaran de algun reposo; salieron al camino á recibirlos hermosas doncellas y pajes con antorchas. Los guerreros confiaron sus caballos á algunos palafreneros; quitáronse despues las armas, y pasaron á un lindo jardin, donde, junto á una fuente límpida y amena, encontraron dispuesta una cena excelente.
Ataron al gigante con otra cadena mucho más gruesa al tronco de una añosa encina, capaz de resistir cualquiera de sus vigorosas sacudidas, y encargaron su custodia á diez soldados, á fin de que no pudiera romper sus ligaduras durante la noche y acometerles cuando estuvieran descuidados y tranquilos.
Sentados despues ante una suntuosa mesa, abundantemente provista, pusiéronse á disfrutar de aquella cena, cuyo mayor atractivo no consistió en la variedad y excelencia de los manjares, sino en las animadas conversaciones con que sazonaron el banquete, hablando principalmente de Orrilo y de la milagrosa facultad que poseia, y que parecia un sueño, de recoger y reunir á su cuerpo los brazos, las piernas ó la cabeza separados de él, para volver á la lucha más fuerte y terrible que antes.
Astolfo habia leido ya en su libro, que enseñaba el modo de destruir los encantos, que no se podria quitar la vida á Orrilo mientras tuviese en la cabeza un cabello especial; pero que una vez descubierto y arrancado éste, seria fácil darle la muerte inmediatamente. Esto era lo que decia el libro; pero callaba, sin embargo, el modo de distinguir aquel cabello entre la espesa melena del ladron. Astolfo se envanecia ya de su triunfo, como si en efecto lo hubiese alcanzado, esperando que á los pocos golpes conseguiria arrancar al Nigromante el cabello, y el alma al mismo tiempo. Sin embargo, deseaba cargar solo con todo el peso de aquella empresa, y al efecto prometió á los dos hermanos que mataria á Orrilo, cuando ellos tuvieran á bien que midiera con él sus armas. Aquilante y Grifon le cedieron voluntariamente el puesto, convencidos íntimamente de que se cansaria en vano.
Apenas despuntó en el Cielo la nueva aurora, cuando Orrilo bajó desde su amurallada mansion á la llanura. Trabóse inmediatamente la lucha entre el Duque y él, empuñando el uno la espada y el otro la maza. Astolfo multiplicaba sus golpes, esperando que alguno de ellos lograria hacer salir el alma del cuerpo del bandido, y ora de un tajo le derribaba el puño con la maza, ora uno ú otro brazo,ora le atravesaba la coraza y el pecho, desmembrándole sucesivamente de esta suerte; pero Orrilo recogia siempre del suelo sus esparcidos miembros y se los colocaba de nuevo, quedando tan sano como antes: aunque el paladin le hubiese dividido en cien pedazos, lo volveria á ver íntegro en un momento. Al cabo de mil mandobles acertólo uno que le separó el casco y la cabeza de los hombros: apeóse del caballo, y con no menor velocidad que Orrilo, se apoderó de su sangrienta cabeza, volvió á montar de un salto, y se la llevó corriendo á escape contra el curso del Nilo, á fin de que su decapitado adversario no pudiese recobrarla.
Aquel necio, que no pudo observar tal accion, empezó á buscar su cabera por el suelo; pero no bien conoció por la rápida carrera del caballo de Astolfo; que se la llevaba este por la selva, acudió inmediatamente á su caballo, saltó en él, y voló en persecucion del paladin, queriendo gritar: «Espera, vuelve, vuelve»; pero no pude, porque aquel le arrebataba la boca. Consolóse con que aun le quedaban las piernas, y siguió tras de su adversario á rienda suelta; mas el veloz Rabican, que corria de un modo asombroso, le dejó en breve muy atrás.
Astolfo iba en tanto examinando á toda prisa aquella cabeza desde la nuca hasta las cejas á fin de dar con el cabello fatal que proporcionaba á Orrilo la inmortalidad. Entre tantos y tan innumerables cabellos no habia uno solo que se distinguiera de los demás por lo grueso ó por lo encrespado: así es que el Duque no sabia cuál arrancar para dar la muerte al infame bandido.—«Mejor será, dijo al fin, arrancarlos todos.»—Y como careciera de tijeras ó de navaja de afeitar, apeló á su espada que cortaba como una de estas; y cogiendo la cabeza por la nariz, la despojó en un momento de su cabellera. De esto modo logró cortar el cabello especial, y al punto se contrajo el rostro, adquirió una espantosa palidez, torció los ojos, y aparecieron en él evidentes señales de que se le escapaba la vida: al propio tiempo, el tronco que le perseguia, cayó de la silla, y quedó sin movimiento.
Astolfo volvió adonde estaban las damas y los caballeros, llevando en la mano la cabeza de Orrilo, en la que se veian impresas las señales de la muerte, y les mostró el cuerpo del bandido que yacia en tierra á larga distancia. No sé si los dos guerreros lo contemplaron de buen grado, por más que así lo demostraran; quizá sintieron en el pecho el aguijon de la envidia por una victoria que ellos no habian podido conseguir. Tampoco creo que á las damas les agradase mucho el resultado de aquel combate; pues deseando apartar á los dos hermanos de la dolorosa suerte que al parecer les esperaba pronto en Francia, habian hecho lo posible por ponerlos en lucha con Orrilo, á fin de tenerlos entretenidos el tiempo necesario para que se desvanecieran las tristes influencias de su destino.
En cuanto el gobernador de Damieta estuvo seguro de la muerte de Orrilo, soltó una paloma que llevaba una carta atada debajo de una de sus alas. Aquella paloma dirigió al Cairo su vuelo; tras esta soltó otra y otra, segun era costumbre en aquel país, de suerte que en pocas horas circuló por todo el Egipto la noticia de la muerte del bandido.
Una vez terminada aquella empresa, se dedicó el Duque á consolar á los dos nobles jóvenes, y á excitarles, aunque de ello no tenian necesidad porque no era otro su deseo, á que defendieran la Santa Iglesia y la justa causa del Imperio romano, y dejando de buscar aventuras por Oriente, fuesen á adquirir mayor gloria entre los suyos. Esto hicieron Grifon y Aquilante, despidiéndose cada uno de su hada respectiva, las cuales no supieron oponerse á tal designio por más que les fuera doloroso. Astolfo emprendió con ellos la marcha hácia la derecha por haber determinado visitar y reverenciar los Santos Lugares en que Dios vivió en carne mortal, antes de regresar á Francia. Fácilmente hubieran podido dirigirse hácia la izquierda, que les ofrecia un camino más agradable y llano por no tener que separarse nunca de la costa; pero prefirieron el áspero y horrible de la derecha, que les permitia llegar á la gran ciudad de Palestina en seis jornadas menos que por el otro. Como por el camino emprendido habian de carecer de todo, excepto de agua y de yerba, hicieron las provisiones necesarias para el viaje antes de ponerse en marcha, y cargaron los fardos en los hombros de Caligorante, que sin gran trabajo hubiera podido llevar en ellos una torre.
Cuando llegaron al término de aquel camino escabroso y salvaje, vieron desde la cumbre de una montaña la santa tierra, donde el sublime Amor lavó con su propia sangre nuestras faltas. A las puertas de la ciudad encontraron un jóven gallardo que los conocia, llamado Sansoneto de Meca, el cual, á pesar de hallarse en la flor de su juventud, era muy prudente, famoso por su caballerosidad y por su bondad inagotable y respetado de todos: Orlando le habia convertido á nuestra fé, bautizándole por su propia mano. A la sazon se estaba ocupando en levantar una fortaleza para oponerse y contrarestar las incursiones del Califa de Egipto, é intentaba además circunvalar el monte Calvario con una muralla de dos millas de longitud. Acogió á los caballeros con rostro en que se veia claramente retratada su afable solicitud; los condujo al interior de la ciudad, y les dió franca y cortés hospitalidad en el mismo real palacio, donde vivia en su calidad de gobernador de aquella tierra por el emperador Carlomagno.
El duque Astolfo regaló á Sansoneto aquel desmesurado gigante, cuya robustez era tal, que podia llevar por sí solo más peso que diez acémilas. Además del gigante, le dió tambien la red con que lo habia aprisionado. Sansoneto regaló en cambio al Duque un rico y vistoso tahalí, y un par de espuelas cuyas hebillas y rodajas eran de oro, y que, segun opinion general, habian pertenecido al caballero que libró del dragon á la doncella[98]. Sansoneto habia adquirido dichas espuelas en Jaffa, cuando se apoderó de esta ciudad juntamente con otras muchas preseas.
Despues de haber obtenido la absolucion de sus culpas en un monasterio cuyos monjes vivian en olor de santidad, visitaron los caballeros todos los templos que recordaban los misterios de la pasion de Cristo, lugares que hoy, para eterna vergüenza y baldon de los cristianos, están en poder de los impíos sarracenos. Mientras tanto la Europa se desgarra en contínuas guerras, llevando sus armas á todas partes, menos donde debiera.
Interin se recreaba su alma en la contemplacion de las ceremonias religiosas y demás piadosas prácticas, un peregrino griego, conocido de Grifon, trajo á este noticias graves y funestas, muy distintas de su primer designio y prolongados deseos; noticias que derramaron tanta amargura en su corazon, que abandonó la oracion y las penitencias. Por desgracia suya, amaba el caballero á una mujer llamada Origila, que habria alcanzado entre otras mil la palma de la dulzura y la belleza; pero de un carácter tan pérfido y desleal que no seria posible encontrar otra semejante, aunquese registrasen todas las ciudades y aldeas, la tierra firme y los más remotos archipiélagos. Grifon la habia dejado en la ciudad de Constantino, aquejada de una fiebre violenta, y en el momento en que esperaba volver á verla á su regreso más bella que nunca, y gozar de sus encantos, supo el desgraciado que habia huido á Antioquía en compañia de un nuevo amante, por no creer oportuno resignarse á dormir sola, cuando se hallaba en la fuerza de su juventud. Desde el punto mismo en que llegó tan fatal nueva á sus oidos, no cesaba Grifon de suspirar dia y noche, haciéndosele insoportable cuanto agradaba y complacia á los demás; como podrá conocer todo el que haya sufrido los pesares del amor, si sus acerados dardos son de fino temple. Lo que más aumentaba su martirio era que se avergonzaba de confesar el mal que padecia. Su hermano Aquilante, más juicioso que él, le habia reprendido ya mil veces por tan vergonzoso amor, y procurado arrancárselo del corazon, estando persuadido de que aquella mujer era la más perversa de cuantas mujeres infames existian; pero Grifon procuraba disculpar siempre á su amada, aun cuando la mayor parte de las veces hablaba contra su propia conviccion.
El desventurado amante resolvió alejarse sin decir una palabra á su hermano, pasar á Antioquía para apoderarse de la que era dueña de su corazon, y buscar al mismo tiempo al que le habia burlado, á fin de tomar de él una venganza ruidosa.—En el canto siguiente referiré cómo puso por obra su determinacion y lo demás que aconteció.
Grifon encuentra al fin cerca de Damasco al vil Martan con la pérfida Origila.—Los ejércitos cristiano y sarraceno continuan su lucha encarnizada, y si fuera de París sufren los moros grandes perdidas, Rodomonte causa dentro de la ciudad tantos incendios y tanto estrago que no se sabe donde es mayor el mal que origina.
Muchas y muy graves son las penas que causa el amor; y como, por mi desgracia, he padecido la mayor parte de ellas, que han redundado siempre en daño mio, puedo hablar de este asunto á ciencia cierta. Por esta razon, si digo, ó si he dicho otras veces, lo mismo de viva voz que por escrito, que un mal es leve, y otro acerbo y cruel, podeis dar entero crédito á mi sincera opinion. He dicho, y no cesaré de repetirlo mientras me quede un soplo de vida, que el que se encuentra prendido en las redes de un amor digno, aunque su amada se le muestre desdeñosa, y completamente adversa á su ferviente pasion, aunque Amor le niegue hasta la más pequeña merced, y haya gastado en vano el tiempo y el trabajo, no debe lamentarse de los tormentos que sufre, por más que languidezca y muera, con tal que haya entregado su corazon á una mujer merecedora de poseerlo. En cambio debe lamentarse amargamente aquel que se ha convertido en esclavo de unos ojos hermosos y una magnífica cabellera, tras los cuales se oculte un corazon perverso, esquivo á toda pureza y abrigo de toda maldad; pues cuanto más se esfuerza el desgraciado víctima de tal pasion, en desprenderse de ella, tanto más penetra en su corazon el amoroso dardo que, como el ciervo herido, lleva por todas
Grifon encuentra á Origila.(Canto XVI.)
Grifon encuentra á Origila.(Canto XVI.)
Grifon encuentra á Origila.(Canto XVI.)
partes: avergüénzase de sí mismo y de su amor, y ni se atreve á confesarlo ni consigue curarse de él.
En tan triste caso se hallaba el jóven Grifon, que conocia su error y no podia enmendarlo: convencido estaba de cuán vilmente cifraba todo su amor en la inícua y desleal Origila, y sin embargo, su razon quedaba vencida por su insensato deseo, y el albedrío cedia ante su loco apetito: por culpable y pérfida que fuese su amada, no podia menos de volar á su lado.
Reanudando, pues, mi interrumpida historia, diré que Grifon salió secretamente de la ciudad, sin atreverse á decir una palabra de su marcha á su hermano, que tantas veces le habia echado en cara su debilidad. Tomó á la izquierda el camino más llano y transitable que conducia á Rama[99], y en seis dias llegó á Damasco de Siria, de donde salió para Antioquía. Cerca de Damasco encontró al caballero á quien Origila habia entregado su corazon: por sus perversas costumbres eran tan adecuados el uno para la otra como la flor para su tallo; pues la inconstancia, la perfidia y la traicion dominaban del mismo modo en ambos, encubriendo los dos tan grandes defectos bajo una máscara de cortesía y afabilidad fatal para cuantos encontraban. Aquel caballero venia montado en un arrogante corcel, soberbiamente enjaezado: en su compañia iba la pérfida Origila engalanada con un magnífico vestido azul, festonado de oro; seguíanle dos pages llevando el yelmo y el escudo, y acudia con tanta pompa á tomar parte en las justas que en Damasco se preparaban.
El rey de Damasco habia hecho anunciar por aquellos dias una espléndida fiesta, con cuyo motivo acudian á dichaciudad muchos caballeros tan magnificamente equipados como les era posible. En cuanto la deshonesta Origila vió venir á Grifon, temió sus ultrajes y su venganza, por conocer demasiado que su nuevo amante no tenia fuerza ni valor suficiente para medir sus armas con las de aquel. Mas apelando á su procaz audacia y osadía, á pesar del temblor que le causaba el espanto, compuso el rostro y esforzó la voz de modo que no dió indicios de su temor, y ejecutando un proyecto fraguado con su cómplice, echó á correr, fingiendo una alegría extraordinaria, hácia Grifon, le enlazó con sus brazos y le tuvo un gran rato estrechado contra su pecho: despues, acompañando á sus vehementes caricias la suavidad de sus palabras, le dijo llorando:
—¿Es este, señor mio, el premio que merecia la que tanto te adora? ¿Has podido dejarme abandonada un año entero y cerca de otro, y aun no manifiestas sentimiento alguno? Si me hubiera quedado aguardando tu regreso, no sé si habria conseguido ver un dia tan feliz como este! Cuando esperaba que volvieses á buscarme desde Nicosia, á cuya corte fuiste, dejándome consumida por una fiebre violenta que me puso á las puertas de la muerte, supe que habias pasado á Siria, cuya noticia me causó tan profundo dolor, que, no sabiendo cómo acudir á tu lado, estuve á punto de atravesarme el corazon con mi propia mano. Pero la Fortuna, más cuidadosa de mí que tú, me ha concedido ahora un doble don: primeramente el de enviarme á mi hermano, con el que he venido hasta aquí sin temor por mi honra; y despues el de permitir que halle á mi amante, á tí, á quien quiero más que todo cuanto en el mundo existe; y por cierto que te he encontrado á tiempo, pues de haber tardado un poco más, habria perecido, señor mio, llorando tu ausencia.
Y aquella sagaz mujer, cuyas acciones encerraban másastucia que las de la zorra, prosiguió querellándose con tanta destreza, que hizo recaer toda la culpa en Grifon: le persuadió de que el que la acompañaba no solo era su hermano, sino que por sus cuidados parecia más bien un padre; y por fin, supo tejer aquella trama de tal modo, que sus palabras parecerian más verídicas que las de San Juan, ó San Lucas.
Grifon no solo no se atrevió á echar en cara su perfidia á aquella mujer más inícua que bella; no tan solo no tomó una pronta venganza del adúltero que la acompañaba, sino que se consideró harto feliz con disculparse y con evitar las reconvenciones de Origila; y prodigó mil atenciones á su rival como si fuese su verdadero cuñado. Dirigióse con ellos hácia Damasco y en el camino le manifestaron que el opulento rey de Siria iba á celebrar unas fiestas espléndidas en su corte, á las que serian admitidos los guerreros de todos los paises y de todas las religiones, los cuales podrian permanecer con entera seguridad dentro ó fuera de la ciudad todo el tiempo que durasen las fiestas.
Pero como no pretendo continuar con tanto interés la historia de la pérfida Origila, que contaba sus dias por las traiciones hechas á sus amantes, volveré más gustoso á ocuparme de aquellos doscientos mil combatientes, y de las llamas continuamente atizadas que llenaban de horror y espanto á los habitantes de París.
Suspendí la narracion de aquel combate en el momento en que Agramante acababa de atacar una de las puertas de la ciudad, que suponia sin defensa. Sin embargo, ninguna ofrecia mayor resistencia; porque la custodiaba Carlomagno en persona, y con él los más valientes caudillos, tales como los dos Guidos, los dos Angelinos, Angeliero, Avino, Avolio, Berlingiero y Oton. Los combatientes de una y otraparte anhelaban singularizarse á la vista de Cárlos y de Agramante, y buscaban afanosos la ocasion de adquirir más gloria y merecer más recompensas, cumpliendo valerosamente con su deber. Sin embargo, las pruebas de heroismo que dieron los moros redundaron en su propio daño; porque fué tan grande el número de los muertos, que los vivos no pudieron menos de reconocer todo lo temerario de su empresa. Desde las murallas caia una espesa granizada de saetas sobre los enemigos: los gritos y los alaridos que lanzaban ambos ejércitos llegaban hasta el cielo con pavoroso estruendo: mas dejaré por un momento de hablar de Cárlos y de Agramante, para tratar del Marte africano, del terrible Rodomonte, que iba recorriendo el interior de la ciudad.
No sé si recordais, Señor, que este sarraceno, confiado en su valor, habia dejado á sus soldados devorados por las llamas entre la muralla y el primer reducto: ¡jamás se ha presenciado espectáculo tan horroroso! Dije tambien que, atravesando de un salto el foso que rodeaba á la ciudad, consiguió entrar en ella. Cuando los ancianos y demás habitantes poco aptos para el manejo de las armas, que estaban cerca del sitio de la lucha procurando con ansiedad saber el giro que tomaba, conocieron al atroz sarraceno por sus armas extrañas y por su escamosa coraza, prorumpieron en atronadores lamentos y en confusos ayes, elevando al cielo sus temblorosas manos. Los que pudieron huir á tiempo, buscaron un refugio en sus casas ó en los templos; pero la fulminante espada que el infiel giraba con violencia en torno suyo á pocos concedió esta salvacion; pues alcanzando á la mayor parte de ellos, hizo volar por el aire brazos, piernas, cabezas ú otros miembros: á los que no partia por la mitad del cuerpo, los hendia de arriba á abajo de una sola cuchillada, y de tantos como hirió, mató ó persiguió, no hubo uno solo que se atreviese á resistirle. Lo mismo que hace el tigre con los débiles corderos que encuentra en los campos de la Hircania[100]ó á las orillas del Ganges, ó el lobo con las cabras y las ovejas que pastan las yerbas del monte que sepulta á Tifeo[101], hacia el cruel pagano con aquellas que no llamaré legiones ni falanges, sino turbas de populacho vil, digno de la muerte antes de nacer. Entre todos cuantos hizo morder el polvo, no consiguió herir á uno solo frente á frente.
El terrible Rodomonte recorrió aquella calle populosa y larga, que va al puente de S. Miguel, esgrimiendo sin cesar su sangrienta espada, que ni distinguia al siervo del señor, ni se apiadaba más del justo que del perverso: de nada le servia al sacerdote su carácter religioso; ni su inocencia al niño; los hermosos ojos ó las frescas mejillas de la doncella no encontraban merced en su animosa saña, como tampoco los nevados cabellos del anciano; y dando tantas pruebas de valor como de crueldad, no distinguia sexo, edad ni condicion en sus víctimas. En su insaciable sed de sangre humana, aquel impío rey, el más cruel de los impíos, no tuvo bastante con la derramada, sino que desahogando tambien su ira en los edificios, empezó á incendiar las casas y los profanados templos. La mayor parte de las casas eran de madera en aquel tiempo, segun las crónicas, y esto puede creerse fácilmente, considerando que aun en el dia de cada diez casas hay tan solo cuatro construidas de piedra ó ladrillo en París. El odio del sarraceno no parecia tampoco satisfecho aun cuando lo viera todo consumido por el fuego,y donde alcanzaba su mano arrancaba con una sola sacudida los techos ó las paredes de aquellas débiles moradas. Podeis creer, señor, que la mayor bombarda que hayan visto en Padua no produce tantos estragos en los edificios como el Rey de Argel con el solo esfuerzo de sus manos.
Si Agramante hubiese atacado la ciudad por fuera con el mismo vigor con que el maldito Rodomonte la recorria por dentro llevándolo todo á sangre y fuego, París se hubiera perdido irremisiblemente; pero Agramante no pudo conseguirlo por habérselo impedido el paladin que llegaba de Inglaterra al frente de las tropas inglesas y escocesas, conducido por el Arcángel y el Silencio. Dios permitió, que en el momento en que Rodomonte saltaba dentro de la ciudad, causando tantos estragos, llegara al pié de los muros Reinaldo, flor y nata de la casa de Claramonte, y con él sus soldados. Habia echado un puente sobre el rio á tres leguas más allá de Paris, y dió un gran rodeo hácia la izquierda, á fin de que el rio no le sirviese de obstáculo para atacar á los bárbaros. Envió de vanguardia seis mil arqueros de á pié, reunidos bajo la altiva bandera de Odoardo, y más de dos mil ginetes armados á la lijera, á las órdenes del gallardo Ariman, é hizo que se dirigieran por el camino que va desde las costas de Picardia hasta las puertas de San Martin y San Dionisio y entraran en la capital para auxiliarla con toda rapidez. Hizo tambien que fueran por el mismo camino tras ellos los carros y demás bagages, mientras él, con el resto del ejército, daba un rodeo más largo. Iban provistos de barcas, pontones y otros artificios necesarios para atravesar el Sena, que no podia vadearse, y despues que lo hubo pasado todo el ejército y se cortaron los puentes, formó Reinaldo sus tropas en batalla bajo sus respectivas banderas. Pero antes reunió en torno suyo á los barones y capitanes, y colocándose sobre una eminencia desde la cual podia ser visto y oido de todos, les dirigió esta arenga:
—Bien podeis, señores, elevar desde el fondo de vuestros corazones las más fervientes gracias al Cielo que os ha conducido hasta aquí á fin de que, á costa de insignificantes fatigas, alcanceis una gloria superior á la de las demás naciones. Dos príncipes os deberán su salvacion si logran hacer que se levante el cerco puesto á esa ciudad: el uno es vuestro rey, á quien estais obligados á salvar de la esclavitud y la muerte; el otro, el emperador más justamente loado y más grande que se haya sentado en el trono. Con ellos libertareis además á otros muchos reyes, duques, marqueses, señores y caballeros de diferentes paises.
»Salvando una ciudad, no solo os deberán un eterno agradecimiento los parisienses, que se encuentran abatidos, temerosos y desconsolados, más que por sus propios duelos, por los de sus mujeres é hijos, que corren igual peligro que ellos, y por las santas vírgenes á quienes el sagrado de sus celdas no podria librar de ser profanadas; salvándola, repito, no solo os deberán perpétua gratitud los habitantes de Paris, sino tambien todos los paises inmediatos. Al hablar así no me refiero solo á los pueblos vecinos; sino que como todas las naciones de la Cristiandad tienen ahora en el recinto de esa ciudad á muchos de sus guerreros, al conseguir vosotros la victoria, conseguireis tambien su libertad, de modo que os quedarán obligados otros muchos estados además de la Francia.
»Si los antiguos ceñian con una corona la frente del que salvaba la vida de un ciudadano, ¿de qué recompensa no sereis dignos al salvar tan inmensa multitud? Pero si tan santa obra no puede llevarse á cabo por alguna punible envidia ó por una cobardía no menos punible, estad ciertos deque una vez perdidas aquellas murallas, no habrá ya seguridad para la Italia, ni para la Alemania, ni para cuantas naciones adoran á Aquel que por nosotros expiró en la cruz. No creais tampoco que vuestro país esté tan apartado ni tan defendido por el mar, que pueda librarse de los ataques de los moros; pues si estos han salido otras veces de Gibraltar y del estrecho de Hércules para saquear vuestras costas, ¿qué no harán si llegan á apoderarse de la Francia?
»Aun cuando á nadie reportase el menor honor ni la menor utilidad esta empresa, deber nuestro es socorrernos mútuamente, puesto que militamos en una misma iglesia: y por fin, desechad todo temor, y toda ocasion de querellas, hasta que hagamos cejar á los enemigos, gente á mi parecer sin experiencia de la guerra, sin vigor, sin corazon y hasta sin armas.»
Con tales ó mejores razonamientos, pronunciados con voz clara y enérgica, consiguió Reinaldo excitar el belicoso ardor de los barones británicos y de sus aguerridas huestes; lo que fué, como dice el proverbio, clavar la espuela al corcel en medio de su rápida carrera. Terminada la arenga, hizo que los diversos batallones empezaran poco á poco su movimiento, agrupados en torno de sus respectivas banderas. Dividió las tropas en tres cuerpos, y les dió órden de avanzar sin producir el más leve rumor. Concedió á Zerbino el honor de ser el primero en atacar á los Bárbaros, y este paladin se dirigió contra ellos siguiendo la orilla del Sena: ordenó luego á los irlandeses que fueran atravesando los campos, dando más largo rodeo; y por último, colocó en el centro á los infantes y ginetes de Inglaterra al mando del duque de Lancaster.
Una vez designado á cada cuerpo su camino, cabalgó el paladin por la orilla, y se adelantó al duque Zerbino y alcuerpo de ejército que mandaba, hasta llegar á encontrarse con el rey de Oran, el rey Sobrino y otros guerreros musulmanes que custodiaban por aquel lado el campo, á una media milla de distancia de los moros españoles. El ejército cristiano que habia llegado hasta allí escoltado por guias tan fieles como lo eran el Arcángel y el Silencio, no pudo ya guardarlo por más tiempo; y al descubrir á los enemigos, prorumpió en gritos acompañados del agudo sonido de las trompetas, produciendo un clamor que, llegando hasta el cielo, heló de espanto el corazon de los infieles.
Reinaldo lanzó su caballo al combate adelantándose á todos, y enristrando su lanza, dejó tras de sí á más de un tiro de flecha á los escoceses, por no poder dominar ya su impaciencia, y cual torbellino precursor de una horrible tempestad, se precipitó léjos de los suyos con su veloz Bayardo. Al aparecer el Paladin de Francia, dieron los moros evidentes señales del temor que les infundia, viéndose temblar las lanzas en sus manos, los piés en los estribos y los cuerpos en los arzones. El rey Puliano fué el único cuyo semblante permaneció sereno, porque no conoció á Reinaldo; y no creyendo hallar en él tan séria resistencia, salió á su encuentro, enristró la lanza, afirmóse bien sobre los estribos, hincó ambos acicates en los hijares del caballo y le soltó las riendas. El hijo de Amon, ó más bien de Marte, aceptó con su valor acostumbrado aquel reto, y pronto demostró por sus hechos la justicia de su renombre y la destreza y serenidad con que peleaba. A un tiempo mismo dirigieron uno y otro sus lanzas contra sus cabezas, pero el efecto fué distinto, porque el cristiano siguió incólume adelante y el infiel quedó muerto. Para demostrar el valor son necesarias señales más evidentes que la de poner con gallardía la lanza en ristre; pero este no es tampocobastante si no le acompaña la fortuna, pues sin ella de poco sirve las más de las veces el valor.
Recogió el Paladin su lanza, y arremetió brioso contra el Rey de Oran, hombre de gigantesca estatura, pero de corazon pequeño. Preparóse á darle uno de esos golpes que merecen ser contados en el número de los memorables; mas la lanza clavóse en el escudo: bien es verdad que no pudo dirigirla más arriba, por no permitírselo la colosal estatura del sarraceno. Sin embargo, el broquel, á pesar de estar forrado exteriormente de acero y de palma en su interior, no pudo resguardar el cuerpo del infiel, cuya alma mezquina escapóse por una ancha herida abierta en su vientre. El corcel, agobiado por su pesada carga, debió dar gracias interiormente á Reinaldo, que con aquel golpe le evitó mayores fatigas.
Rota la lanza, Reinaldo revolvió su caballo con tanta presteza cual si tuviese alas, y cayó impetuosamente sobre sus enemigos, en el sitio en que más apiñados estaban y mayor era su número. Desnudó á Fusberta, y empezó á esgrimirla con tal vigor, que las armas de sus contrarios volaban hechas pedazos como si fuesen de frágil vidrio. El acero mejor templado no podia resistir sus tajos, que penetraban siempre en la carne por él defendida. La tajante espada apenas encontraba cotas ó armas defensivas que la embotaran, al paso que atravesaba todas las rodelas, ya estuviesen revestidas de cuero ó de madera, así como los acolchados coseletes, ó los turbantes más retorcidos. No es extraño, pues, que Reinaldo hiriera, derribara ó hiciera pedazos á cuantos se ponian al alcance de su acero, pues que de este no podian defenderse los moros mejor que la yerba de la guadaña ó las espigas de la tempestad.
Destrozado estaba ya el primer frente del enemigo cuando llegó Zerbino con la vanguardia del ejército cristiano. El Príncipe escocés se adelantó á sus soldados con la lanza enristrada, mientras estos avanzaban bajo sus banderas con no menor decision; hubiéraseles tomado por leones ó lobos prontos á devorar manadas de cabras ó de carneros. Cuando estuvieron cerca, aguijaron simultáneamente á sus caballos y atravesaron con la velocidad del rayo la escasa distancia que les separaba del enemigo. Trabóse entonces una lucha particular, pues los escoceses herian sin ser heridos, y los paganos caian sin resistencia, como si solo se encontrasen allí para ser degollados. Cada infiel parecia más frio que el hielo; cada escocés más ardoroso que la llama; y sobrecogidos aquellos por la irresistible fogosidad de los cristianos, creian ver en cada uno de sus contrarios un nuevo Reinaldo.
Al observar Sobrino la mortandad de los suyos, voló con sus escuadrones á socorrerlos, sin esperar las órdenes del jefe del ejército: sus guerreros eran, como él, africanos más valientes y mejor armados que los ya derrotados, aun cuando no valian mucho más que estos. Dardinel tambien hizo avanzar sus tropas, poco aguerridas y peor armadas, si bien él ostentaba un yelmo brillante, é iba cubierto con una coraza y cota de malla. Tras él siguió Isolier, cuyos soldados eran, segun creo, más animosos.
El buen Trason, duque de Marra, que asistia con entusiasmo á aquella batalla, dió la voz de ataque á sus ginetes, apenas oyó y vió avanzar á las cohortes navarras mandadas por Isolier, exhortándoles á que fuesen en su compañia en busca de eterna fama. El nuevo Duque de Albania, Ariodante, imitando á Trason, puso en movimiento sus escuadrones.
El retumbante sonido de los clarines, de los tímpanos yde otros instrumentos bélicos, unido al incesante rumor producido por los arcos, las hondas, las máquinas de guerra, las ruedas y el fragor de las armas, y sobre todo, los gritos tumultuosos, ayes y lamentos de los combatientes, que rimbombaban hasta el cielo, producian un estrépito tal, que solo era comparable al de las cataratas del Nilo, cuando las aguas al despeñarse atruenan y ensordecen las comarcas circunvecinas. La espesa lluvia de saetas que se lanzaban de uno á otro campo llegaba á oscurecer la luz del Sol. El aliento de los combatientes, el vapor desprendido del sudor de hombres y caballos y los torbellinos de polvo que levantaban, cubrian el aire de una densa niebla: tan pronto avanzaba un ejército y retrocedia el otro, como recobraba este el terreno perdido, obligando á aquel á batirse en retirada, y más de una vez sucedia que el vencedor caia muerto sobre el cadáver mismo del vencido. Donde un escuadron se detenia rendido de cansancio, le reemplazaba al momento otro que venia de refresco; el número de guerreros aumentaba progresivamente por una y otra parte, reforzándose ambas alternativamente con nuevos infantes ó ginetes: la tierra, hollada por las innumerables pisadas de los combatientes, estaba tinta en sangre; la yerba habia perdido su matiz verde, viéndose convertido en rojo, y donde antes se ostentaban ufanas las flores de color azul ó amarillo, yacian ahora en confuso monton los hacinados cadáveres de hombres y caballos.
Zerbino daba señaladas muestras de un valor superior á su juventud; y llevado de su fogosidad, mataba, heria ó destruia á los enemigos que llovian en su derredor. Ariodante se señaló tambien con admirables hazañas al frente de sus nuevos súbditos, y llenó de terror y asombro á los moros de Navarra y de Castilla. Quelindo y Mosco, hijosbastardos del difunto Calabrun, rey de Aragon, y Calamidor de Barcelona, célebre por su arrojo, se habian lanzado fuera de sus filas; y creyendo alcanzar gloria y corona, á un tiempo mismo se precipitaron sobre Zerbino con intencion de matarle, hiriéndole el caballo en un costado. Cayó muerto el noble animal traspasado por tres lanzas; pero el esforzado Zerbino se puso inmediatamente en pié, revolviéndose furioso contra sus acometedores para vengar la muerte de su caballo; y dirigiéndose primero al inexperto Mosco, á quien tenia más cerca, y que se envanecia con la esperanza de cogerle prisionero, le tiró una estocada que, atravesándole un costado, le hizo saltar de la silla pálido y yerto. Cuando Quelindo vió la desgraciada suerte de su hermano, arremetió lleno de furor á Zerbino proponiéndose derribarle; mas este se abalanzó á él, y asiendo su caballo de la brida, le hizo caer en tierra, de la que no volvió á levantarse, y le puso en estado de no comer mas paja ni cebada, pues descargó una cuchillada tan violenta, que mató con ella á un tiempo mismo al caballo y al ginete. Aterrado Calamidor por los crueles efectos del acero del Príncipe escocés, volvió la brida para huir á toda prisa; pero Zerbino le tiró un descomunal fendiente, diciéndole: «Espera, traidor, espera.» No llegó á herir el acero donde se propuso el Príncipe, pero el golpe no perdió todo su efecto; pues alcanzando á la grupa del caballo enemigo, lo desjarretó haciéndole caer. El mahometano consiguió salir de entre su derribado corcel, é intentó huir á pié; mas no pudo conseguirlo, porque llegando en aquel momento el duque Trason, le pasó por encima y le aplastó con el peso de su caballo.
Ariodante y Lurcanio corrieron á interponerse entre Zerbino y la multitud de enemigos que le rodeaba, así comootros muchos nobles y caballeros que ayudaron al Escocés á montar de nuevo á caballo. Ariodante no cesaba de esgrimir su acero, cuyos temibles efectos sintieron Artálico y Margano, y mucho más Etearco y Casimiro. Los dos primeros tuvieron que retirarse heridos; pero los otros dos quedaron tendidos en el campo. Por su parte Lurcanio daba pruebas de su fuerte brazo, hiriendo, derribando ó dispersando á los enemigos.
No creais, Señor, que en el resto de la llanura fuese la pelea menos encarnizada que á orillas del rio, ni que el cuerpo de ejército que iba al mando del buen duque de Lancaster permaneciera ocioso á retaguardia. Este atacó á los moros de España, y por una y otra parte desplegaron igual valor los respectivos jefes, infantes y ginetes. Iban en las primeras filas Oldrado, duque de Glocester, y Fieramonte, duque de Yorck, y con ellos Ricardo, conde de Warvik y el audaz Enrique, duque de Clarence. Frente á ellos tenian á Malatista, rey de Almería, Folicon, de Granada, y Baricondo, de Mallorca, con todas sus tropas. Por algun tiempo estuvo indecisa la victoria, pues no se notaba ventaja apreciable en unos ni otros. Cristianos y sarracenos atacaban ó retrocedian, asemejándose á las espigas impelidas por los vientos de Mayo, ó á las agitadas olas junto á la playa, que vienen y van incesantemente. Cuando se cansó la suerte de jugar con ambos ejércitos, abandonó de pronto á los sarracenos. A un tiempo mismo el duque de Glocester arrancó de la silla á Malatista; Fieramonte hirió en un hombro á Folicon y le derribó, cayendo uno y otro infiel prisioneros en poder de los ingleses; y Baricondo quedó sin vida á manos del duque de Clarence.
Estas pérdidas aterraron tanto á los paganos é infundieron á los cristianos tal ardor, que aquellos no hacian yamás que batirse en retirada, desordenarse y emprender la fuga, mientras estos avanzaban contínuamente, ganaban poco á poco terreno y hostigaban y perseguian á los moros; y á no ser por la llegada de nuevos refuerzos, los sarracenos hubieran perdido por aquel lado la batalla. Pero Ferragús, que no se habia separado hasta entonces del lado del rey Marsilio, cuando vió su enseña fugitiva y medio exterminado su ejército, espoleó á su corcel y lo lanzó en lo más récio de la pelea, llegando en el momento en que caia en tierra Olimpio de la Sierra con la cabeza hendida por una cuchillada. Era este un jovencillo, que con las dulces endechas que solia cantar al armonioso son de una cítara, era capaz era ablandar cualquier corazon, aun cuando fuese más duro que una peña. ¡Dichoso él si hubiera sabido contentarse con tal arte, y hubiese arrojado léjos de sí el escudo, el arco, la aljaba, la lanza y la cimitarra, que le hicieron perecer en Francia en la flor de su edad! Cuando Ferragús, que le amaba cariñosamente, le vió caer, sintió un dolor tan profundo cual no se lo causó la muerte de otros mil y mil que habian perecido antes, y arremetió con tal furor al que lo inmolara, que de un solo tajo le dividió el yelmo, la frente, el rostro y el pecho, tendiéndole muerto á sus piés. No paró aquí, sino que esgrimiendo su acero, lleno de vengativa saña, empezó á romper cascos y corazas, á cortar brazos y cabezas y á causar por do quiera un grande estrago, logrando contener por aquel lado la derrota de sus huestes, y reanimar el valor de los musulmanes, que huian aterrados, rotos y destrozados sin órden ni concierto.
El rey Agramante, deseoso de matar gente y de singularizar su valor, acudió tambien á tomar parte en aquella pelea, seguido de Baliverso, Farurante, Prusion, Soridano y Bambirago, así como de una muchedumbre de infieles tan innumerable, que con su sangre llegaria á formarse un lago, siendo más difícil contarlos que enumerar las hojas arrancadas de los árboles por los vientos del otoño. Habiendo retirado Agramante del asalto un gran número de infantes y ginetes, ordenó que fueran á las órdenes del Rey de Fez á dar la vuelta hasta colocarse á retaguardia del campamento, para defenderlo del ataque con que le amenazaban los irlandeses, cuyos escuadrones avanzaban precipitadamente, despues de dar largos rodeos, con la intencion de apoderarse de las tiendas de campaña de los sarracenos. El Rey de Fez cumplió aquella órden sobre la marcha, conociendo que cualquier demora podia serles funesta.
Entre tanto reunió Agramante el resto de su ejército; lo dividió en dos partes, y mandó que una de ellas corriera á la llanura, donde se habia trabado la batalla: él, con la otra, se dirigió hacia la orilla del rio, por creer que era allí más necesaria su presencia, pues se habia presentado un mensajero del rey Sobrino pidiendo refuerzos hácia aquel lado. Agramante llevaba consigo, formando un solo cuerpo, más de la mitad de su ejército; y asustados los escoceses al oir el confuso rumor que producian conforme iban acercándose, se sobrecogieron de tal modo, que perdiendo todo sentimiento de honor, empezaron á cejar y á desbandarse. Zerbino, Lurcanio y Ariodante quedaron solos haciendo frente á los enemigos, é indudablemente habria perecido el primero, que estaba desmontado, si no acudiese oportunamente Reinaldo en su socorro. Hasta entonces habia estado el Paladin combatiendo en otra parte, y poniendo en vergonzosa fuga más de cien banderas; pero avisado del gran peligro que corria Zerbino, á quien sus tropas habian abandonado á pié entre la gente mahometana, volvió riendas y se lanzó al encuentro de los escoceses que huian desatentados.
—¿A dónde vais? les gritó deteniéndose. ¿Por qué os veo cometer una bajeza tan afrentosa, como es la de abandonar el campo á tan vil canalla? ¿Son esos los trofeos con que pretendeis adornar vuestras iglesias? ¡Oh! ¡Qué gloria, qué fama alcanzareis, abandonando al hijo de vuestro Rey á pié y solo!
Dichas estas palabras, se apoderó de una lanza que tenia uno de sus escuderos y viendo cerca á Prusion, rey de los alvaraches, cayó furioso sobre el, y de un bote le arrancó de la silla, dejándole sin vida: en seguida derribó muertos á Agricalte y Bambirago; hirió gravemente á Soridano, y le hubiera arrancado la existencia como á los otros, á no habérsele hecho pedazos la lanza. Rota esta, sacó á relucir á Fusberta, y tiró una estocada á Serpentin, el de la Estrella, cuyas armas estaban encantadas; pero no pudieron impedir que cayese del caballo sin sentido ante la violencia del golpe. De este modo fué haciendo en torno del jefe de los escocesas ancha plaza, de suerte que este pudo montar libremente en uno de los caballos que por allí vagaban sin ginete; y á tiempo cabalgó, pues si hubiese tardado un poco más, no lo habria conseguido, porque simultáneamente llegaron Agramante, Dardinelo, Sobrino y el rey Balastro; pero Zerbino, que habia montado en ocasion oportuna, empezó á repartir mandobles á diestro y siniestro, enviando á los mas osados al Infierno para que diesen noticias del modo de vivir de los mortales.
El buen Reinaldo, que se dedicaba con preferencia á luchar con los enemigos que más daño hacian en las filas de los cristianos, dirigió sus golpes contra el rey Agramante, que le parecia demasiado audaz y valiente, pues él solo causaba más estrago que mil moros juntos; y precipitándose sobre él con su Bayardo, de un solo revés le echó á rodar con su caballo.
Mientras fuera de la ciudad combatian los dos ejércitos con tanta crueldad, odio, rabia y furor, Rodomonte continuaba dentro de París causando numerosas víctimas, é incendiando casas, palacios y templos. Ocupado Cárlos en combatir en otra parte, no podia ver ni sospechar siquiera las crueldades del sarraceno: estaba dando entrada en la ciudad á Odoardo y Arimano con sus huestes británicas, cuando se le presentó un escudero, tan pálido, tembloroso y desalentado, que apenas podia articular una palabra:
—¡Ay de mí, Señor, ay de mí! exclamó muchas veces antes de dar principio á su relato: ha llegado el dia en que el romano Imperio caerá sepultado entre sus ruinas. Cristo ha abandonado hoy á su pueblo! hoy ha caido el Demonio desde el cielo, para no dejar un habitante en esta ciudad ¡Satanás, el mismo Satanás, porque no puede ser otro, está destruyendo y convirtiendo en ruinas esta ciudad infeliz! Vuélvete, y mira la densa humareda que despiden esas llamas devoradoras; escucha los lamentos que hasta el cielo llegan, y sirvan de fé á lo que dice tu siervo. Un hombre solo es el que destruyo á sangre y fuego este hermoso país, y su solo aspecto basta para que todo el mundo huya precipitadamente.
Al tener noticia de tamañas calamidades, quedóse Cárlos como el que oye el tumulto y las campanas tocando á rebato antes de ver el fuego, que es el único en ignorar, cuando precisamente á él es á quien más de cerca le toca y más directamente le perjudica; y conociendo el monarca inmediatamente toda la extension del daño, dirigió sus más valientes guerreros hácia donde oia más estrépito y más lamentos. Hizo que le siguiera una gran parte de sus paladines y sus mejores soldados, y llevó su enseña hasta la plaza, en donde Rodomonte se encontraba. El Emperadorpudo ver entonces las horribles huellas de la crueldad del sarraceno, y el suelo sembrado de miembros humanos. Pero basta ya; el que desee escuchar el fin de esta interesante historia, tómese la molestia de volver otra vez.
Carlomagno se dirige con sus guerreros á contener á Rodomonte.—Grifon se presenta en el torneo dispuesto por Norandino y lleva á cabo señaladas proezas.—Martan esquiva el combate y demuestra su extraordinaria cobardía; despues, para avergonzar á Grifon, le roba las armas, y presentándose al Rey cubierto con ellas, es muy honrado por él.—Grifon, tenido por Martan, sufre los denuestos del pueblo.
Cuando nuestros pecados han traspasado los límites de perdon, el Supremo Hacedor, demostrándonos que su justicia es igual á su piedad, permite que ocupen los tronos de la tierra tiranos feroces, mónstruos humanos, á quienes concede la fuerza y el ingenio necesarios para oprimir terriblemente á sus pueblos. Por esta razon envió al mundo á Mario y Sila, á los dos Nerones[102], al furibundo Cayo[103], á Domiciano y al último Antonino[104]: por esto sacó de entrela hez del populacho á Maximino[105], exaltándole al solio imperial; hizo nacer en Tebas á Creonte[106]; entregó al pueblo agilino en manos de Mezencio, que regó con sangre humana los campos de su país[107], y en tiempos menos remotos consintió que los lombardos, los hunos y los godos saqueasen la Italia entera. Y ¿qué diré de Atila? ¿qué del inícuo Eccelino de Romano[108]? ¿qué de otros ciento, á quienes Dios envia, cansado de vernos siempre por el camino del mal, para oprimirnos y castigarnos? Pero, sin necesidad de evocar los recuerdos de los tiempos antiguos, ejemplos harto patentes tenemos en el nuestro de los efectos de la cólera divina, cuando nos ha dado, á nosotros, rebaños inútiles y malnacidos, famélicos lobos por guardianes, los cuales, como si su vientre no bastara á contener tanto alimento ó sí no tuvieran el hambre necesaria, llaman para devorarnos á otros lobos ultramontanos más hambrientos que ellos[109]. Los huesos que yacen insepultos á las orillas del Trasimeno, en Cannas y en Trebbia[110]son pocos en comparacion de los que hoy sirven de abono á los campos por donde pasa elAdda, el Mella, el Ronco y el Tarro. Dios, pues, consiente que seamos castigados por pueblos mucho peores quizás que nosotros, á causa de nuestros multiplicados é infinitos crímenes, y de nuestros errores oprobiosos. Tiempo llegará, sin embargo, en que á nuestra vez vayamos á saquear sus costas, si por ventura somos mejores, y cuando sus pecados lleguen á un punto tal que exciten el enojo do la Bondad eterna.
Los excesos de los cristianos debian haber turbado entonces la serena Frente de Dios, cuando hizo pesar su venganza sobre aquellas comarcas, por donde el Turco y el Moro llevaban la vergüenza, la violacion, la rapiña y la matanza; pero los males que causaba el feroz Rodomonte eran los mayores de todos.
Dije que Cárlos, avisado de los estragos ocasionados por el sarraceno, se dirigia á la plaza en su busca. A su paso encontró numerosos cadáveres de sus súbditos, los palacios incendiados, derruidos los templos, y asolada gran parte de la ciudad: jamás habia presenciado tan desastroso espectáculo.
—¿Adónde huís, exclamó, espantadas turbas? ¿No hay uno solo de entre vosotros que haga frente á la desgracia? ¿Qué ciudad, qué asilo os quedará cuando tan vilmente perdais este? ¡Es decir, que un solo hombre, encerrado en vuestra ciudad y rodeado de murallas que imposibilitan su fuga, logrará retirarse impunemente despues de haberos degollado á todos!
Así decia Cárlos que, encendido en ira, no podia sufrir tanto baldon, mientras llegaba delante de su alcázar, donde vió al pagano esterminando á sus gentes. Una gran parte del populacho se habia refugiado en él con la esperanza de encontrar socorro; porque el palacio estaba provisto de fuertes muros y de municiones suficientes para defenderle largo tiempo.
Rodomonte, ébrio de ira y de orgullo, dominaba solo en la gran plaza, y despreciando al universo entero, esgrimia con una mano su formidable espada, mientras con la otra continuaba aplicando el fuego á los edificios: despues se dirigió al alcázar real, palacio elevado y suntuoso, y empezó á descargar tremendos golpes en sus puertas. Los sitiados hacian llover sobre él desdo las murallas pedazos de pared y almenas enteras, y se defendian hasta morir. No reparaban en destruir los techos del edificio, y del mismo modo arrojaban piedras y maderas, que las lápidas, las columnas y los ricos artesanados tan queridos de sus antecesores.
El rey de Argel continuaba en la puerta, cubierto con su brillante armadura de acero: que le defendia todo el cuerpo, semejante á la serpiente que, saliendo de la oscuridad, despues de haber mudado su antigua piel, y envanecida por la nueva, se siente rejuvenecida y con más vigor que nunca, y vibrando su triple dardo y lanzando fuego por los ojos, extermina á cuantos animales encuentra á su paso. Ni las piedras, ni las almenas, vigas, arcos ó flechas, ni cuanto caia sobre el sarraceno era bastante á cansar su sanguinaria diestra, ni á impedir que siguiera sacudiendo y haciendo poco á poco pedazos la gran puerta del alcázar, en la cual abrió tantos boquetes que fácilmente podia ser visto y ver á su vez á cuantos llenaban el patio principal, en cuyos semblantes se pintaba la palidez de la muerte. Oianse resonar gritos y lamentos femeniles bajo aquellas elevadas y espaciosas bóvedas; las mujeres desconsoladas iban corriendo de uno á otro lado del edificio, pálidas y afligidas, y despidiéndose de todos los aposentos y de sus lechos nupciales, que pronto tendrian que abandonar á gentes extrañas.