CANTO XXI.

Y acercándose la trompa á los labios, empezó á despedir aquellos sonidos horribles.....(Canto XX.)

Y acercándose la trompa á los labios, empezó á despedir aquellos sonidos horribles.....(Canto XX.)

Y acercándose la trompa á los labios, empezó á despedir aquellos sonidos horribles.....(Canto XX.)

ánimo esforzado de Marfisa, de Guido el Salvaje, de los dos jóvenes hijos de Olivero, que hasta entonces tanto lustre dieran á su estirpe? Apenas hacia un momento que lo mismo les importaba lidiar con uno que con cien mil; y sin embargo, huian tambien acobardados, cual temerosos conejos ó palomas sobresaltados por un ruido cercano.

La fuerza que estaba encantada en aquella trompa, lo mismo hacia sentir su poder á amigos que á adversarios. Sansoneto, Guido y los dos hermanos corrian tras la espantada Marfisa; y á pesar de su vertiginosa carrera, no podian verse libres de aquellos ecos atronadores. Astolfo continuaba recorriendo toda la ciudad, dando cada vez mayores resoplidos en su instrumento mágico. Muchas de las fugitivas se dirigieron al mar; otras escalaron los montes y otras buscaron un refugio en el fondo de los bosques. Algunas hubo que, sin detenerse ni volver atrás la cabeza, estuvieron corriendo por espacio de diez dias. Varias de ellas, no pudiendo contener el impulso de su huida, se precipitaron en el mar, de donde no volvieron á salir con vida. Las plazas, las calles, las casas y los templos se vieron en un momento tan despejados, que la ciudad quedó casi desierta.

Marfisa, el buen Guido, los dos hermanos y Sansoneto, pálidos y temblorosos, huian hácia el mar, y en pos de ellos los mercaderes y los marineros: encontraron allí á Aleria, que tenia ya preparada la nave, y embarcándose todos precipitadamente, desplegaron las velas y azotaron las olas con los remos.

Astolfo habia recorrido en tanto por dentro y fuera toda la ciudad, desde la playa hasta las colinas que la dominaban dejando todas las calles enteramente limpias de habitantes: todas las mujeres seguian huyendo ú ocultándose de él: muchas hubo á quienes su cobardía les hizo arrojarse en sitios oscuros é inmundos, y otras muchas, no sabiendo donde guarecerse, se habian echado á nado en el mar, pereciendo ahogadas. El Duque regresó de su excursion en busca de sus compañeros á quienes creia encontrar en el muelle: tendió sus miradas en todas direcciones, y no vió á ninguno de ellos en toda aquella playa desierta: levantó, por último, la vista, y divisó entonces á lo léjos la nave en que se alejaban á toda vela, por lo cual se vió obligado á seguir otro camino. Podemos dejarle marchar, sin que nos dé el menor cuidado verle emprender solo tan largo viaje á través del país de los infieles y de otros más bárbaros, por donde nadie puede fijar tranquilamente la planta; pues no habrá peligro alguno del que no triunfe merced á su trompa, que tan buenos resultados acababa de darle. Cuidémonos ahora de sus compañeros que huian por el mar, temblando todavia de pavor. A fuerza de remo y velas, pusieron en breve una larga distancia entre ellos y aquella costa cruel; y cuando dejaron de percibir los horrísonos ecos de la trompa, sintiéronse tan heridos por el punzante aguijon de la vergüenza, que sus rostros se tiñeron de un encendido rubor; no se atrevian á mirarse mútuamente, y todos permanecian tristes, humillados, silenciosos y con la cabeza inclinada.

El piloto, atento á su derrotero, pasó por Chipre y Rodas; y atravesando luego el mar Egeo, vió desaparecer sucesivamente más de cien islas y el peligroso promontorio de Malea; é impulsado siempre por un viento constante y favorable, dejó tras si la península griega de Morea, dió despues la vuelta á la isla de Sicilia, y entrando en el mar Tirreno, fué costeando el ameno litoral de Italia, hasta que fondeó en Luna, donde habia dejado á su familia, dando lasgracias más fervientes al Señor por haberle concedido una navegacion tan próspera. En Luna encontraron los caballeros un bajel que se hacia á la vela para Francia; embarcáronse en él aquel mismo dia, y en breve llegaron á Marsella.

Bradamante, á quien estaba confiado el gobierno del país, se hallaba ausente á la sazon; de lo contrario, hubiera decidido á los guerreros á pasar algunos dias en su compañía. Saltaron en tierra, y sin esperar á más, se despidió Marfisa de sus cuatro compañeros y de la esposa de Guido, y siguió su camino á la ventura, diciendo que no era digno de caballeros marchar tantos reunidos; que los gamos, los ciervos, los estorninos, las palomas y todo animal cobarde son los que van juntos en grandes bandadas, pero que el audaz halcon y el águila altanera, los osos, los tigres y los leones, que no confian para defenderse en el auxilio ajeno ni temen á nadie, van siempre solos.

Ninguno de los otros fué de esta misma opinion; por lo cual, se alejó sola Marfisa, atravesando bosques y caminos desconocidos. Grifon el blanco y Aquilante el negro, tomaron con los otros dos la ruta más frecuentada, y llegaron al dia siguiente á un castillo donde recibieron una galante acogida. Este recibimiento, sin embargo, fué halagüeño en la apariencia, y no tardaron en conocer la traicion que tras él se ocultaba; porque el Señor del castillo, que, fingiendo la mayor cortesía, les dió asilo en su morada, cuando llegó la noche los hizo prender en sus lechos, mientras dormian seguros y confiados, y no quiso soltarlos sino despues que les arrancó el juramento de observar una costumbre infame.

Pero antes de ocuparme de dicho juramento, quiero, Señor, ir en pos de la belicosa doncella. Marfisa pasó el Durance, el Ródano y el Saona, y llegó á la falda de una áspera montaña. Allí vió venir por la márgen de un torrente á una mujer vestida de negro, que parecia estar rendida de cansancio, y sobre todo afligida y melancólica. Era esta aquella vieja que servia á los bandidos de la caverna, adonde la justicia divina envió al conde Orlando para darles la muerte. Temerosa la vieja de morir por las razones que diré más adelante, andaba hacia muchos dias por senderos oscuros y extraviados, huyendo de encontrar quien la conociera. El traje y las armas de Marfisa le hicieron suponer que era un caballero extranjero, por lo cual no huyó como solia siempre que topaba con algun guerrero del país: antes al contrario se detuvo en la parte vadeable del torrente, y esperó á la jóven con tranquilidad y confianza; y luego que la vió cerca, le salió al encuentro saludándola y le rogó que la pasara á la orilla opuesta á la grupa de su caballo.

Marfisa, complaciente por naturaleza, la condujo al otro lado, y aun siguió llevándola á la grupa de su caballo por algun tiempo á través de un terreno pantanoso, hasta dejarla en otro más firme. No bien habian salido al camino, cuando se encontraron con un caballero, montado en un caballo ricamente enjaezado y cubierto con una brillante armadura y una magnífica sobrevesta, el cual se dirigia hácia el torrente en compañía de una dama y de un solo escudero. La dama era bastante hermosa, pero de semblante adusto y altanero, de una orgullosa arrogancia, y digna, en una palabra, del caballero que la acompañaba. Éste era Pinabel, aquel conde de Maguncia, que pocos meses antes arrojara á Bradamante en la cueva de Merlin. Aquellos suspiros, aquellos frecuentes sollozos, aquellas lágrimas que anublaban contínuamente su vista, eran por la pérdida de la dama con quien iba ahora, y que entonces estaba en poder del Nigromante. Mas despues que desapareció de la cima del peñasco el castillo encantado de Atlante, y cada cual pudo seguir el camino que mejor cuadrase á sus deseos, gracias al valor de Bradamante, aquella dama, dispuesta siempre á satisfacer, con demasiada facilidad, los deseos de Pinabel, fué á buscarle, y á la sazon viajaban juntos de castillo en castillo.

Como la dama de Pinabel era burlona al par que importuna, apenas vió á la vieja compañera de Marfisa, no pudo contener su lengua, y empezó á motejarla con befas y sonrisas insultantes. La arrogante Marfisa, poco acostumbrada á soportar ultrajes en su presencia, respondió colérica á la dama que aquella vieja era más hermosa que ella, como estaba dispuesta á probárselo á su caballero, bajo la condicion de que habia de ceder á la anciana sus vestidos y su palafren, en el caso de que derribara al campeon que la acompañaba.

Conoció Pinabel que cometeria una vergonzosa accion si no hacia caso de este reto, por lo cual requirió, á pesar suyo, sus armas; embrazó el escudo, enristró la lanza, tomó distancia, y se precipitó furioso sobre la guerrera. Marfisa, por su parte, hizo lo mismo, y dió tan tremendo bote á Pinabel en la visera de su casco, que le derribó en tierra sin sentido, transcurriendo muy bien una hora antes de que pudiese levantar la cabeza.

Marfisa, vencedora en aquel combate, obligó á la dama á desnudarse de su traje y de todas sus galas, é hizo que la vieja se quitara á su vez el suyo; despues de lo cual quiso que se vistiera con las suntuosas ropas de la dama, y que montara en el palafren de esta. Emprendió en seguida tranquilamente su camino con la anciana, que estaba tanto más repugnante cuanto mejor engalanada.

Tres dias viajaron de este modo sin que les sucedieracosa alguna digna de mencion, cuando al llegar el cuarto divisaron á un caballero que venia hacia ellas, solo y á rienda suelta. Por si desearais conocerle, os diré que era Zerbino, hijo del rey de Escocia, modelo de valor y de gentileza, que iba poseido de la ira y del dolor más vivos, por no haber podido vengarse de un guerrero que le habia impedido llevar á cabo un acto de magnanimidad. En vano corrió Zerbino por la selva en persecucion del que le habia ultrajado; porque este supo huir tan á tiempo, consiguió tomarle tanta ventaja, y facilitaron de tal modo su fuga lo intrincado de un bosque y lo denso de una niebla que habia interceptado los primeros rayos del sol, que consiguió escapar incólume de las manos de Zerbino, hasta que se disiparon la ira y el furor de este príncipe.

El escocés, á pesar de ir aun enfurecido, no pudo contener la risa al ver á aquella vieja, cuyas vestiduras, propias de la juventud, se avenian mal con su semblante vetusto y horrible. Acercóse á Marfisa y le dijo:

—Guerrero, has dado una prueba de prudencia al acompañar á una jovencita como esa; pues no debes abrigar el menor recelo de encontrar quien te la envidie.

La vieja deberia tener, á juzgar por su arrugado pellejo, más años que la Sibila, y adornada de aquel modo parecia una mona disfrazada para excitar la risa: pero entonces, abrasada por el furor y por la ira que chispeaba en sus ojos, se puso aun mucho más horrible; porque el insulto mayor que puede dirigirse á una mujer es llamarla vieja ó fea.

Marfisa, á quien divertia aquella escena, fingió indignarse, y respondió á Zerbino:

—Vive Dios, que mi dama es más bella que tú cortés; y como creo que tus palabras no dicen lo que siente tu corazon, estoy seguro de que finges no conocer su belleza pordisculpar tan solo tu extremada cobardía. ¿Qué caballero seria capaz de no procurar apoderarse de una jóven tan bella como esta, si la encontrara abandonada en un bosque?

—A fé mia, dijo Zerbino, que está muy bien en tus manos, y seria lástima que alguien te la arrebatara: por lo que á mí hace, puedes estar completamente seguro de que no seré tan indiscreto que intente privarte de semejante tesoro. Si deseas ajustar conmigo otras cuentas, dispuesto estoy á darte á conocer lo que valgo; pero no soy tan mentecato que vaya á romper una sola lanza en honor de tu compañera. Hermosa ó fea, guárdatela: no seré yo por cierto quien perturbe vuestra amistad. Tan digno me pareceis el uno del otro, que juraria que tu valor corre parejas con su hermosura.

Marfisa le replicó:

—Es preciso que mal de tu grado pruebes á arrebatarme mi dama. No puedo consentir en que hayas contemplado un rostro tan encantador sin intentar siquiera poseerlo.

Zerbino respondió:

—No veo la necesidad de arrostrar el menor peligro por alcanzar una victoria, que será beneficiosa para el vencido y perjudicial para el vencedor.

—Si no te parece bueno este partido, te propondré otro que no debes rechazar, contestó Marfisa á Zerbino. Si me vences, conservaré esta dama en mi poder; pero si soy yo el vencedor, la admitirás por fuerza. Veamos, pues, quién de los dos se quedará sin ella. Pero te advierto que, si pierdes, habrás de acompañarla siempre y por donde mejor le convenga.

—Consiento en ello, exclamó Zerbino.

Y revolvió sin vacilar su corcel para tomar la distancia conveniente. Afirmóse en los estribos, se aseguró en la silla,y para no errar el golpe, dirijió una tremenda lanzada contra el escudo de la doncella, pero no pareció sino que habia metal. La guerrera por su parte le embistió de tal modo, chocado con un monte de que alcanzándole en el yelmo, le arrojó aturdido del caballo.

Aquella caida, la única que recibiera Zerbino en toda su vida, cuando él habia derribado á millares de guerreros, le causó el más profundo pesar, considerándola como una afrenta que no conseguiria borrar jamás.

Por largo tiempo permaneció tendido, inmóvil y silencioso; mas al recordar su promesa de servir perpétuamente de caballero á la horrible vieja, sintió aumentar su desesperacion. Dirigiéndose á él su vencedora, le dijo riendo desde el caballo:

—Te presento esta dama; cuanto más bella y agradable me parece, más satisfecho estoy de que sea tuya. Sé, pues, su campeon en lugar mio; pero cuida de que no se lleve el viento lo pactado, y de no olvidar que has de ser su guia y defensor por donde quiera que le convenga ir, segun has prometido.

Sin esperar respuesta, dirigió su corcel hácia un bosque, en el que se internó rápidamente.

Zerbino, que no dudaba que su vencedor fuese un caballero, pidió noticias de él á la vieja, la cual no le ocultó la verdad; verdad amarga, que produjo mayor ira y angustia mayor en el vencido.

—El golpe que te ha arrancado de la silla, le dijo la vieja, ha sido dirigido por la mano de una doncella, cuyo valor la hace digna de usar el escudo y la lanza, armas propias de los caballeros. Acaba de llegar del centro del Oriente para probar su valor contra los paladines de Francia.

Zerbino, al escuchar estas palabras, sintió aumentarsesu vergüenza de tal modo, que no solo le tiñó de un vivo carmin el rostro, sino que faltó poco para que comunicara su encendido color á todas las piezas de su armadura. Montó á caballo, dirigiéndose á sí mismo los más duros reproches por no haber sabido sostenerse bien en la silla, mientras que la vieja gozaba con su afliccion, procurando estimularla y aumentarla en cuanto le era posible con el recuerdo de su juramento; y Zerbino, que se veia obligado á cumplirlo, bajó la cabeza, como el corcel rendido de cansancio, que siente la punta del acicate en sus hijares y el freno en la boca.

—¡Ah, Fortuna maldita! decia Zerbino suspirando: ¿qué mudanza ha sido esta? Despues de haberme arrebatado la bella entre las bellas, ¿te parece digna de ocupar su lugar la repugnante mujer que has puesto en mis manos? Mucho más preferible era para mí lamentar la completa pérdida de mi amada, que verme obligado á aceptar un cambio tan desigual. Por tí ha servido de alimento á los peces y á las aves marinas la que, sumergida y hecha pedazos contra los agudos escollos del mar, no tuvo ni tendrá jamás rival en perfecciones y hermosura; y sin embargo, has prolongado por diez ó veinte años más de los que debias, y solo por aumentar la intensidad de mis tormentos, la existencia de esta vieja, que ha tanto tiempo debiera estar sirviendo de pasto á los gusanos.

Así se lamentaba Zerbino, quien por sus palabras y semblante parecia tan pesaroso de aquella nueva y odiosa conquista, como de la pérdida de su dama. Aun cuando la vieja jamás habia visto al príncipe escocés, no obstante, por lo que le oia decir, adivinó que era el caballero de quien le hablara tanto Isabel de Galicia. Si teneis presente lo que os he referido, recordareis que dicha vieja habia salido dela cueva donde Isabel, la amada de Zerbino, permaneció muchos dias cautiva. La jóven le habia manifestado distintas veces cómo huyó de su país natal, y cómo se salvó en las playas de la Rochela, despues del naufragio de la nave que la conducia; y tan frecuentemente le hizo el retrato de Zerbino, y tanto le habia detallado sus facciones, que al escuchar la vieja los lamentos del príncipe de Escocia, y sobre todo al contemplar con más detenimiento su rostro, conoció ser él el caballero cuya ausencia costara tantas lágrimas á Isabel durante su estancia en la caverna; la cual se lamentaba más de no verle, que de estar á la merced de los malhechores. Por las frases que Zerbino dejó escapar en medio de su duelo y afliccion, comprendió la vieja que estaba en la equivocada creencia de que Isabel habia perecido en el fondo del mar; pero, aun cuando le constaba lo contrario, no quiso proporcionarle esta alegría, y se dispuso á referirle con marcada perversidad lo que le fuera desagradable, callándose lo que podria mitigar su pena.

—Escucha, le dijo, tú, cuyo orgullo se complace en cubrirme de escarnio: si supieses lo que sé acerca de la que lloras por muerta, me llenarias de caricias; pero, antes que revelártelo, consentiria en que me dieras muerte, ó me hicieras mil pedazos, á no ser que te vuelvas más complaciente para conmigo, en cuyo caso tal vez te descubriria este secreto.

Así como el mastin que se abalanza furioso sobre un ladron, se aquieta prontamente en cuanto le presentan un pedazo de pan ó de carne, ú otra cosa que produzca el mismo efecto, así tambien se apaciguó de improviso Zerbino, deseoso de saber el resto de lo que la vieja le habia indicado con respecto á su llorada dama; y volviéndose á ella con rostro más agradable, le suplicó y le rogó por Dios y por los hombres que no le ocultara cuanto supiera, fuese bueno ó malo.

—No esperes oir cosas que te complazcan, dijo la vieja con su cruel pertinacia: Isabel no ha muerto, como te figuras; pero la vida que arrastra es tan desdichada, que le hace envidiar á los muertos. Durante los pocos dias que hace que no la has visto, ha caido en manos de más de veinte bandidos; por lo cual, si algun dia llegas á recobrarla, no debes tener la esperanza de coger la flor tan codiciada por tí.

¡Ah, vieja maldita, y cómo adornas tus embustes! Harto sabias que faltabas á la verdad; pues aunque Isabel habia caido en poder de veinte, ninguno de ellos atentó contra su honor.

Zerbino preguntó á la anciana dónde y cuándo habia visto á Isabel, pero no pudo saberlo; porque la vieja obstinada no quiso añadir una sola palabra á las ya dichas. El Príncipe recurrió primeramente á las súplicas; le amenazó despues con cortarle el pescuezo; pero tan inútiles fueron sus ruegos como sus amenazas, porque no pudo hacer hablar á la horrible bruja. Guardó por último silencio, persuadido de que nada conseguiria con sus esfuerzos; aun cuando lo que habia oido despertó en él unos celos tan ardientes, que el corazon no hallaba asiento en el pecho: por recobrar á Isabel se habria lanzado en medio de las llamas; pero ligado por la promesa hecha á Marfisa, no le era dado andar más que por donde la vieja quisiera llevarlo.

Continuaron, pues, su camino por un sendero estrecho y solitario, segun la voluntad de la vieja, y siempre silenciosos y sin mirarse al rostro, treparon por los montes y bajaron á los valles. Mas, en cuanto el hermoso sol volvió las espaldas al medio dia, fué interrumpido su inalterable silencio por un caballero que en el camino encontraron. En el canto siguiente referiré lo que aconteció.

Zerbino combate para defender á Gabrina, que parece tener el corazon de víbora, y es derribado el Holandés por causa de la vieja odiada y perversa.—El herido, tendido en el verde prado, refiere á Zerbino la grave ofensa que de Gabrina recibiera, por cuya razon se aumenta el odio y el rencor que hácia ella siente el príncipe escocés.—Corre despues á donde oye gritos y estrépito de armas.

No creo que una cuerda retorcida pueda amarrar más fuertemente un fardo, ni un clavo unir dos tablas con más solidez de la que liga la fé con su tenaz é indisoluble nudo á un alma noble y generosa. Los antiguos representaban á la Fé cubierta de piés á cabeza con un velo blanco, cuya pureza no alteraba la más pequeña mancha ni el lunar más leve. La palabra empeñada no debe dejarse jamás sin cumplimiento y ya se haya dado á un solo individuo, ó á más de mil, así en una selva como en una gruta, y lo mismo léjos de todo lugar habitado, que ante los tribunales, en presencia de numerosos testigos, por medio de actas y escrituras, ó sin que la haya seguido ningun juramento ni conste en documento alguno, basta que se haya empeñado una vez para observarla sin escusa ni pretexto.

Zerbino, fiel á su palabra en todas ocasiones, cumplió lealmente la que diera á Marfisa, apartándose de su camino para seguir á la vieja, cuya compañía era para él más desagradable que una enfermedad ó la misma muerte; pero pudo más su compromiso que el deseo de librarse de ella. Ya he dicho antes que le pesaba tanto verse encargado de la custodia de la vieja, que la ira le sofocaba, y caminaba silencioso. Taciturnos y sin proferir una sola palabra seguian ambos su viaje, cuando, segun he dicho tambien, fué interrumpido tan continuado silencio, á la caida de la tarde, por un caballero andante que se les presentó en medio del camino.

Luego que la vieja conoció á dicho caballero, llamado Hermónides de Holanda, cuyo escudo negro estaba atravesado por una banda roja, depuso su orgullo, dulcificó la aspereza de su semblante y se acogió al amparo de Zerbino, recordándole la promesa hecha á Marfisa, y diciéndole que el guerrero que hácia ellos se adelantaba era enemigo suyo y de todos sus parientes; que habia dado la muerte á su padre y á su único hermano, y que probablemente desearia exterminar del mismo modo á toda su raza.

—Nada temas, le contestó Zerbino, mientras te halles bajo mi proteccion.

En cuanto el caballero pudo conocer el rostro de la vieja, á quien tanto odiaba, dijo á Zerbino con voz arrogante y amenazadora:

—Prepárate á luchar conmigo, ó renuncia á defender á esa vieja, para que encuentre en mis manos el castigo merecido. Si te decides á combatir por ella, indudablemente perecerás, como perece todo aquel que proteje una causa injusta.

Zerbino le respondió cortesmente, que su propósito de matar á una mujer era vergonzoso, censurable, é indigno de un caballero, añadiendo que si se empeñaba en combatir, estaba dispuesto á ello, pero rogándole al propio tiempo que reflexionara en que un caballero tan gentil como parecia serlo, no debia mancharse con la sangre de una mujer.

Como las palabras del escocés fueron inútiles, se hizo necesario apelar á los hechos. Tomaron ambos el terreno conveniente, y se precipitaron á toda brida uno contra otro. Los cohetes disparados en dias de regocijos públicos no surcan los aires con tanta velocidad, como volaron á encontrarse los corceles de ambos caballeros. Hermónides de Holanda bajó su lanza con objeto de atravesar el costado de Zerbino; pero rompióse aquella, causando muy poco daño á su adversario. En cambio, el golpe del príncipe de Escocia no fué tan mal dirigido ni tan leve, pues rompiendo el escudo de su contrincante, le atravesó de parte á parte el hombro, arrojándole maltrecho por la pradera. Movido Zerbino á compasion, por creer que habia muerto á Hermónides, se apeó con presteza del caballo, y fué á alzarle la visera del almete. El vencido, cual si despertara de un sueño, fijó en Zerbino sus miradas, contemplándole silencioso algunos momentos, y despues le dijo:

—No siento haber sido derrotado por tí, que á juzgar por tu rostro, debes de ser la flor de los caballeros andantes: lo que me desespera es contemplarme vencido por causa de una mujer villana, de quien no sé cómo eres campeon, por avenirse mal con tu bizarría. Cuando conozcas el motivo que me conduce á vengarme de ella, te arrepentirás siempre que lo recuerdes de haberme puesto en este estado por defenderla. Si tengo en mi pecho el aliento necesario para decírtelo (y dudo que así sea), te haré ver que esa mujer infame ha llevado siempre su perversidad hasta el último estremo.

»Tenia yo un hermano que se ausentó, jóven aun, de Holanda nuestra patria, y pasó al servicio de Heraclio, emperador entonces de los griegos. Contrajo allí una estrecha y fraternal amistad con un gentil magnate de la corte, que poseia en los confines de la Servia un castillo rodeado de murallas y situado en una comarca deliciosa. El caballero

Zerbino le atravesó el hombro de parte á parte.(Canto XXI.)

Zerbino le atravesó el hombro de parte á parte.(Canto XXI.)

Zerbino le atravesó el hombro de parte á parte.(Canto XXI.)

de quien hablo llamóse Argeo; era esposo de esta pérfida mujer, y desgraciadamente la amó hasta el extremo de dar por ella al olvido el sentimiento de su propia dignidad; pero esa infame, más voluble que la hoja caida del árbol en otoño y empujada en todas direcciones por el viento, olvidó pronto el cariño que durante algun tiempo habia sentido por su marido, y fijó todos sus conatos y todos sus deseos en conseguir el amor de mi hermano. Mas no opone tanta resistencia á los embates de las olas el Acrocerauno[146]de infamado nombre, ni se muestra tan vigoroso contra Boreas el pino que ha renovado más de cien veces su cabellera y cuyas raices tienen tanta profundidad cuanta es la altura de la montaña en que está plantado, como resistencia opuso mi hermano á los ruegos de esa mujer, nido de todos los vicios más viles y repugnantes.

»Aconteció un dia, como suele suceder á todo caballero audaz que anda en busca de contiendas y las encuentra con frecuencia, que mi hermano fué herido en una de sus aventuras, muy cerca del castillo de su amigo. Acostumbrado á detenerse en él, lo mismo cuando iba solo, que cuando le acompañaba Argeo, se propuso permanecer en dicho castillo hasta la curacion de su herida. Mientras mi hermano estaba aun atendiendo á su restablecimiento, sucedió que Argeo tuvo que ausentarse por cierto asunto, é inmediatamente esa desvergonzada se decidió á renovar sus instancias amorosas, y lo hizo segun su costumbre; pero aquel, á fuer de amigo leal, no quiso tolerar por más tiempo tan criminal insistencia, y á fin de que no se le tildara en lo más mínimo de traidor, eligió entre las desgracias que preveia la que le pareció menos mala. Resolvió, pues, romper los lazos amistosos que á Argeo le unian, y huir tan léjos que novolviese á tener noticias suyas la perversa mujer. Aun cuando se le hiciera muy duro obrar así, lo consideró más leal que doblegarse á los criminales deseos, tantas veces expresados, ó dar cuenta de la conducta de su mujer á Argeo, que la queria más que á su propia vida.

»A pesar de que aun no estaban curadas sus heridas, vistióse sus armas y se ausentó del castillo, con el firme propósito de no volver á poner los piés en aquel país. Mas de poco le sirvió su noble accion; porque la suerte se le manifestó contraria, privándole de toda defensa. Al regresar Argeo á su morada, encontró á su mujer derramando lágrimas, suelto el cabello y con el rostro encendido; y al verla en aquel estado, le preguntó el motivo de su afliccion. Antes de contestar ella, dejó que Argeo renovara más de una vez sus preguntas, por estar meditando sin duda el modo de vengarse del que la habia abandonado; hasta que al fin, auxiliada por su movible imaginacion, y cambiando su amor en odio, exclamó:

—»¡Ah! señor: ¿para qué te he de ocultar la falta que he cometido durante tu ausencia? Aun cuando pudiera ocultarla á los ojos de todo el mundo, no me seria posible acallar mi propia conciencia. El alma que deplora su pecado inmundo, siente un suplicio tan cruel, que sus efectos son mucho más dolorosos que los del mayor castigo corporal que pudiera infligírseme por mi culpa, si tal nombre debe darse á lo que se hace sucumbiendo á la violencia. Pero sea lo que quiera, debes tener conocimiento de ella, y despues haz salir con tu espada mi alma pura é inmaculada de su inmunda corteza, y priva para siempre á mis ojos de la luz del sol, á fin de no verme obligada, despues de tanta afrenta, á tenerlos constantemente bajos, y de que no me causen vergüenza las miradas de los hombres. Tu amigo ha mancillado mi honor; ha violado á la fuerza este cuerpo, y temeroso de que yo te lo participara, se ha ausentado sin despedirse siquiera.»

»Con tan mentidas palabras excitó el odio de su marido contra el compañero á quien dispensara hasta entonces una sincera y viva amistad. Argeo les dió entero crédito, y sin detenerse á más, apercibió sus armas y corrió á vengarse. Conocedor del país, alcanzó en breve á mi hermano, que débil aun y demacrado, caminaba lentamente, sin abrigar la menor sospecha: en cuanto se puso á su lado, le obligó á retirarse á un sitio extraviado, donde quiso tomar inmediata venganza de la supuesta ofensa, y á pesar de las razones y protestas de mi hermano, empeñóse Argeo en combatir con él. Lleno estaba el uno de salud y vigor, y enfurecido por su reciente cólera; enfermo el otro, y contenido por su amistad no debilitada: el combate era por lo tanto muy desigual, y mi hermano resistió muy poco á los golpes de su compañero, convertido en su reciente enemigo. Resultó que Filandro (este era el nombre del infeliz jóven de quien te hablo), no pudiendo soportar la fatiga de la lucha, tuvo que ceder y entregarse.

—«No permita Dios, dijo Argeo, que mi justo furor al par que tu infamia me conduzcan al extremo de manchar mis manos en la sangre de un hombre á quien tanto amé y en cuya amistad confiaba; y aun cuando hayas dado tan mal pago á mi cariño, quiero demostrar á los ojos de todo el mundo, que tanto en mi odio, como en mi amistad, soy más noble y más grande que tú, vengando mi afrenta sin necesidad de darte la muerte.»

«Así diciendo, hizo colocar sobre el caballo una especie de parihuela formada con ramas de árboles, y lo llevó casi muerto al castillo, encerrándole en una torre, donde condenó al inocente á una prision perpétua en castigo de su supuesta falta. Verdad es que nada echó de menos allí, excepto la libertad; porque podia mandar y pedir cuanto quisiera, y todos se apresuraban á obedecerle.

»Esa infame mujer, atormentada incesantemente por su idea constante, iba casi todos los dias á visitarle en su prision, de cuyas llaves disponia; y penetraba en ella cuando se le antojaba, para poner á prueba la lealtad de mi hermano con mayor audacia que antes.

—«¿De qué te sirve esa lealtad, calificada en todas partes de perfidia? le decia. ¿Qué triunfos tan elevados y gloriosos; qué soberbios despojos y qué botin tan pingüe; qué premio, en fin, alcanzas con ella, cuando todos te motejan de traidor? ¡Qué utilidad, qué honra no reportarias ahora si me hubieses concedido lo que te pedia! En cambio, ahora recoges el gran fruto de tu obstinado rigor, viéndote encerrado en una prision, de la que no esperes salir, como no dulcifiques antes tu dureza. Pero si me complaces, yo me arreglaré de suerte que recobres la libertad y la fama.»

—«No, contestó Filandro: no esperes jamás que mi firme lealtad pueda dejar de ser lo que es; y aun cuando contra toda justicia y razon encuentro hoy tan cruel recompensa, y el mundo haya formado un mal concepto de mí, basta con que mi inocencia resplandezca claramente ante Aquel que lo vé todo y puede consolarme con su eterna gracia. Si Argeo no está satisfecho con tenerme preso, puede arrancarme esta vida enojosa, y quizá el cielo no me negará el premio de una buena accion, tan mal agradecida en la Tierra. Tal vez el que hoy se crea ofendido por mí, cuando mi alma se haya librado de mi cuerpo, conocerá la injusticia que conmigo habrá cometido, y derramará lágrimas por su fiel amigo muerto.»

»Varias veces intentó esa mujer desenfrenada ablandar á Filandro, pero siempre inútilmente. Sus insensatos deseos, cada vez más irritados por los obstáculos que se les oponian iban buscando en el fondo de su corazon sus antiguos y perversos instintos para utilizarlos de una vez. Formó mil distintos proyectos antes de fijarse en alguno de ellos. Seis meses transcurrieron sin que pusiera los piés en la prision de mi hermano, por lo cual el mísero Filandro esperaba y creia que ya no sentia por él afecto alguno. Pero la Fortuna, propicia siempre á los malvados, proporcionó á esta infame la ocasion de poner fin por un medio deplorable á su apetito tan ciego como irracional.

»Mucho tiempo hacia que su marido estaba enemistado con un magnate llamado Morando el hermoso, el cual acostumbraba hacer, en ausencia de Argeo, algunas incursiones por las tierras de este, llegando muchas veces hasta el castillo; pero nunca se atrevia á acercarse á más de diez millas cuando sabia que estaba en él su dueño. Para poderlo atraer á sus manos, propaló Argeo la noticia de que iba á marchar á Jerusalen á cumplir un voto. La hizo circular por todas partes, y se alejó el dia prefijado con bastante publicidad para que todos lo vieran, aun cuando nadie sospechaba sus verdaderas intenciones, á excepcion de su mujer, de quien únicamente se fiaba. Al oscurecer volvió al castillo, donde pasó aquella noche y las siguientes, saliendo de él al primer albor matutino, disfrazado y sin ser visto de nadie. Manteníase oculto vagando por las inmediaciones de su castillo, para ver si el crédulo Morando volvia á sus acostumbradas incursiones. Permanecia todo el dia en el bosque, y cuando veia que el Sol se ocultaba tras el horizonte marítimo, regresaba á su morada, donde su infiel consorte le recibia por una puerta secreta. Creia, pues,todo el mundo que Argeo estaba á muchas leguas de sus dominios; y esa inícua mujer, juzgando la ocasion oportuna, fué á ver á mi hermano con nuevos y perversos designios. Derramando un raudal de lágrimas fingidas, que desde los ojos iban á caer sobre su seno, le dijo:

—«¿Dónde podré encontrar la proteccion necesaria para que mi honor no sea del todo mancillado? ¿Cómo salvar tambien el de mi marido? ¡Ah! Si él estuviese aquí, no temeria nada. Ya conoces á Morando, el cual, mientras Argeo se halla ausente, no teme á Dios ni á los hombres. Pues bien: ora valiéndose de ruegos, ora de amenazas, emplea los mayores esfuerzos para obligarme á sucumbir á sus deseos; y de tal modo procura seducir á mis gentes que no sé si al verme sola podré resistirle. Constándole que mi esposo está muy léjos de aquí, y que no volverá en mucho tiempo, ha tenido la audacia de penetrar en mis tierras sin pretestar la menor excusa. ¡Oh! si por fortuna estuviese mi esposo á mi lado, no solo no se atreveria á intentar semejante paso, sino que ni siquiera se consideraria seguro á tres millas de nuestras murallas.

»Hoy mismo me ha pedido, con cínica franqueza, lo que muchos meses há venia buscando: de tal modo me ha expresado sus deseos, que he temido por mi honor y mi decoro; y á no haberle contestado con dulzura, fingiendo que accederia á sus designios, se habria apoderado á la fuerza de lo que hoy cree obtener voluntariamente. Así, pues, he prometido dejarle satisfecho, aunque sin intencion de cumplir mi promesa; porque un convenio hecho á la fuerza es nulo: mi propósito fué entonces el de impedir que llevase á cabo lo que se preparaba á conseguir por medio de la violencia. Ahora bien: solo tú puedes librarme de él; de lo contrario quedará mancillado mi honor, al mismo tiempo queel de Argeo, al que, segun me has dicho, tienes en tanto ó en más que el tuyo propio. Si te niegas á prestarme este servicio, me asistirá el derecho de decir que es mentida la lealtad de que te envaneces; que solo por crueldad has despreciado mis súplicas y mis lágrimas, y que la resistencia que hasta ahora has opuesto á mi pasion no ha sido motivada en manera alguna por tu amistad hácia Argeo. Y sin embargo, nuestro amor podia haber quedado oculto entre ambos, al paso que mi infamia no dejará de hacerse pública.»

—«No eran necesarios tantos preámbulos, contestó Filandro, para excitarme á defender la honra de Argeo; porque siempre estoy dispuesto á ello. Dime pronto lo que debo hacer; pues me he propuesto ser siempre lo mismo que hasta aquí he sido; y aun cuando tan sin razon sufro un inmerecido castigo, no he pensado siquiera en culpar á tu esposo, por quien estoy dispuesto á arrostrar la muerte, aunque debiera luchar contra el mundo entero y hasta contra mi destino.»

»Esa mujer impía respondió:

—«Quiero que arranques la existencia al hombre que procura nuestra deshonra. No temas que esta accion te acarree mal alguno; porque te proporcionaré los medios más seguros para llevarla á cabo. Debe volver á este castillo hácia la tercera hora de la noche, favorecido por las tinieblas; le haré una señal en que hemos convenido, y le introduciré en mi estancia de modo que no sea observado. Mientras tanto tú debes esperar en ella, oculto en la sombra, hasta que lo ponga en tus manos, despues que se haya desnudado de sus armas y de casi toda su ropa.»

»De esta suerte preparó el lazo en que debia caer su marido, esa mujer, ó mejor dicho, esa furia infernal, tan traidora como cruel. Así que llegó aquella desastrosa noche, sacó á mi hermano de la torre, proveyéndole de armas, y le condujo á su habitacion, donde se ocultó esperando la llegada del desdichado amigo. Sucedió tal como estaba previsto; pues raras veces se frustran los designios de los malvados. Persuadido Filandro de que castigaba á Morando, descargó un golpe fatal sobre el excelente Argeo, de cuyo golpe le hendió el cráneo y el cuello, tanto más fácilmente, cuanto que el yelmo no resguardaba su cabeza. Argeo exhaló su postrer suspiro sin hacer el menor movimiento, pereciendo á manos del amigo que ni por ensueño podia suponer que llegaria á encontrarse en semejante trance; y ¡caso raro! creyendo velar por su honor, hizo con él lo peor que puede hacerse con el enemigo más encarnizado.

»Apenas cayó Argeo, desconocido aun de mi hermano, apresuróse este á devolver la espada á Gabrina, que tal es el nombre de esa mujer, nacida tan solo para vender á todo el que caiga en sus manos. Gabrina, que hasta entonces le habia ocultado la verdad, quiso que Filandro contemplara, con la luz en la mano, la víctima de quien era homicida, y le mostró el cadáver de su compañero Argeo. Amenazóle en seguida, si no consentia en realizar su prolongado y amoroso deseo, con divulgar el crímen de que era culpable sin poder alegar nada en su favor; añadiendo que le haria morir afrentosamente como traidor y asesino, recordándole, por último, que si bien le constaba que no tenia apego á la vida, debia mirar por su fama.

»Filandro permaneció algunos momentos lleno de temor y de afliccion, luego que se persuadió de su error: su primer impulso, dictado por la cólera que le poseia, fué el de matar á Gabrina, y aun dudó si era la mejor determinacion quepodia adoptar; y á no haber acudido en su auxilio la razon, haciéndole reflexionar que se encontraba en una morada hostil, la hubiera despedazado con los dientes á falta de otras armas. Así como un bajel sorprendido en alta mar por dos vientos encontrados, que tan pronto le empujan velozmente hácia delante, como le hacen retroceder al punto de partida, y le obligan á virar contínuamente de popa y de proa, se deja al fin arrastrar por el más fuerte, así Filandro, despues de muchas vacilaciones, eligió el menos malo de los dos partidos que se le proponian. La razon le hizo ver el gran peligro que corria de encontrar, no tan solo la muerte, sino un fin infame é ignominioso, como llegara á divulgarse él homicidio por el castillo, y se estremeció ante esta consideracion. Voluntariamente ó no, era preciso que apurara hasta las heces aquel amarguísimo cáliz, y por último, pudo más el temor que la obstinacion en su corazon lacerado.

»El temor de un suplicio afrentoso le obligó á prometer á Gabrina que cumpliria todos sus mandatos, si se alejaban seguros de aquel sitio. Así fué como alcanzó esa infame el fruto de sus deseos, despues de lo cual abandonaron aquella comarca. De este modo regresó Filandro á nuestro lado, dejando en Grecia un nombre deshonrado y envilecido, y llevando eternamente grabada en su corazon la imágen de su compañero, á quien habia inmolado tan neciamente, para obtener, bien á pesar suyo, la conquista inícua de una Progne cruel, de una Medea. Si no le hubiera contenido el duro freno de su fé y sus juramentos, habria exterminado á Gabrina; pero, en cambio, le tuvo tanto odio como es posible.

»Desde aquel acontecimiento no se le vió nunca sonreir; todas sus conversaciones estaban impregnadas de la mayortristeza; continuamente exhalaba profundos suspiros, y llegó á ser cual otro Orestes despues de dar muerte á su madre y al sagrado Egisto, cuando se ensañaron con él las Furias vengadoras[147]. Aquel dolor profundo y continuado minó su naturaleza de tal modo, que por último cayó enfermo en el lecho. Conociendo entonces esa meretriz lo poco grata que era su presencia para mi hermano, trocó la intensa llama de su amor en odio, en ira ardiente é inextinguible; tan furibunda entonces contra Filandro como en otro tiempo lo fué esa malvada contra Argeo, formó el proyecto de deshacerse del segundo marido, lo mismo que se habia deshecho del primero, y llamó á un médico á propósito para semejante obra, hombre vil y fraudulento, más hábil para matar con venenos que para curar á sus enfermos con tisanas, prometiéndole una recompensa superior á la que él le pidiera, la cual le seria entregada en cuanto la librara de la presencia de su señor por medio de algun brevaje emponzoñado.

»El indigno viejo presentóse en la estancia de mi hermano, donde á la sazon me hallaba yo con otras muchas personas, enseñándonos el tósigo que llevaba en la mano, y diciéndonos que era una pocion tan excelente, que en breve haria recobrar al enfermo su perdida robustez; pero meditando Gabrina un nuevo crímen, antes de que el enfermo gustase aquel líquido, ya fuese por quitar de en medio á su cómplice ó por no darle lo que le habia prometido, asió la mano del médico en el momento en que aproximaba á los labios de mi hermano la taza que contenia el tósigo, y le dijo:

—«No lleves á mal que vele por la existencia del hombre á quien tanto he amado. Quiero estar segura de que no le das ninguna bebida nociva, ni ningun jugo envenenado, y por esta razon me opondré á que le suministres ese brevaje, si tú no lo pruebas antes.»

»Considera, señor, cuál seria la turbacion del viejo al escuchar estas palabras. Bien fuese porque lo crítico de aquella circunstancia le impidiese tomar de pronto una resolucion salvadora, ó bien por desterrar toda sospecha, el caso es que se decidió á beber una parte del contenido de la taza; y el enfermo, en vista de tal seguridad, tomó el resto, que le presentó el mismo médico. Cual gavilan, que teniendo aprisionada entre sus corvas garras una tímida perdiz con la que espera saciar su apetito, se vé sorprendido por un perro que hasta entonces ha sido su compañero fiel, el cual le arrebata ávidamente su presa, así se quedó el médico que, creyendo ya tocar el precio de su pérfida accion, se encontró, donde esperaba ayuda, con una amarga decepcion.

»Oye ahora un rasgo de incomprensible audacia, y ojalá suceda otro tanto á cualquier hombre dominado por la avaricia.

»Una vez terminada su triste mision, echó á andar el viejo con ánimo de regresar á su casa, y tomar alguna medicina que neutralizase los crueles efectos del veneno; pero Gabrina se opuso, diciendo que no consentiria en que se alejara hasta que se conociera la virtud del brevaje propinado al enfermo. De nada le sirvieron al médico sus ruegos ni sus ofrecimientos para disuadirla de su tenaz oposicion; y desesperado al sentir próxima unamuerte que no podia evitar, reveló á los circunstantes aquel complot infernal, sin que esa lograra paliar, como intentó, su declaracion. De este modo hizo el buen médico consigo mismo lo que tantas veces habia hecho con los otros, y su alma siguió á la de mi hermano, separada pocos momentos antes de su cuerpo.

»En cuanto nosotros oimos la verdad de los labios del viejo, nos precipitamos sobre esa fiera abominable, mucho más cruel que cuantas se albergan en las selvas, y la encerramos en un sitio tenebroso, para condenarla á la hoguera que tenia tan merecida.»

Hasta aquí llegaba Hermónides de su relato, y se proponia referir cómo se escapó Gabrina de su prision, cuando, agravándose los dolores de su herida, volvió á caer pálido sobre la yerba. Dos escuderos que le acompañaban hicieron unas parihuelas con ramas gruesas, y Hermónides mandó que le transportaran en ellas, porque de otro modo le era imposible continuar su camino. Zerbino manifestó á aquel caballero todo el sentimiento que le causaba el triste estado en que le habia puesto, añadiendo que, fiel observador de las reglas de caballeria, no habia tenido más remedio que defender á la mujer confiada á su custodia; pues de otra suerte habria dado lugar á que se pusiera en duda su lealtad; porque cuando la recibió bajo su amparo, prometió salvarla de cuantos atentaran contra ella. Aseguróle despues que, si en alguna cosa podia serle útil, estaria pronto á acudir á su llamamiento. El caballero le respondió que solo deseaba recordarle la conveniencia de deshacerse de Gabrina, antes que llegara á tramar contra él alguna maquinacion de que despues se lamentara y arrepintiese aunque en vano. Gabrina permaneció siempre con los ojos bajos, porque no es fácil contradecir la verdad.

Zerbino se alejó en seguida con la vieja, continuando su forzosa marcha, y maldiciéndola todo el dia en su interior por haber sido causa de la desgracia del caballero de Holanda. Si antes le era desagradable y enojosa aquella mujer, ahora que le habia hecho conocer sus malas artes el que estaba perfectamente enterado de ellas, le inspiró tanta aversion, que no podia mirarla con tranquilidad. Gabrina, á quien no pasaba desapercibido el profundo odio que Zerbino la tenia, no quiso cederle en sus sentimientos rencorosos, y triplicó su mala voluntad hácia él: su corazon estaba henchido de veneno, por más que en su rostro apareciera lo contrario.

Iban, pues, caminando por el centro de un bosque secular, en la paz y concordia que dejo dicho, cuando, en el momento en que el Sol se dirigia hácia la noche, oyeron gritos y estrepitosos choques de armas, indicios seguros de que se habia empeñado un combate, no muy léjos de ellos, á juzgar por la proximidad del ruido. Deseoso Zerbino de averiguar la causa, se adelantó precipitadamente en direccion de aquel rumor, y le siguió Gabrina no menos presurosa. En el otro canto me ocuparé de lo que sucedió.

Astolfo llega al palacio encantado de Atlante, destruye el encantamiento y hace desaparecer el palacio.—Bradamante consigue encontrar á su Rugiero, el cual derriba á cuatro adversarios en ocasion en que acudia á librar de las llamas á un caballero andante: los cuatro vencidos le disputaban el paso por órden de Pinabel, á quien Bradamante quita la vida.

Afables damas, adoradas por vuestros amantes, vosotras las que sabeis contentaros con un solo amor, aun cuando por este modo de pensar os halleis en minoría con respecto á las de vuestro sexo, no os ofendais de lo que haya podido decir antes contra Gabrina, arrastrado por mi indignacion, ni de lo que aun pudiera ocurrírseme, censurando su índole perversa. Como Gabrina era una mujer infame, no he podido menos de hacerlo constar así, cumpliendo con la obligacion de decir siempre la verdad, que me ha impuesto él que ejerce un dominio absoluto sobre mí. Al obrar de este modo, no creo oscurecer la fama de cuantas estén dotadas de un corazon virtuoso.

El oprobio del traidor que vendió á su Maestro por treinta dineros, no alcanzó á Pedro ni á Juan; y la fama de Hipermnestra no es menos ilustre por más que fuese hermana de tantas mujeres indignas[148].

Por una sola á quien me atrevo á censurar en mis versospor exigirlo así la verdad de la historia, ofrezco en cambio celebrar á otras ciento, haciendo que su virtud resplandezca más que el Sol.

Pero volviendo á tomar el hilo de mi narracion, que muchos suelen escuchar con placer, por lo cual les estoy agradecido, y me esfuerzo en amenizarla con la variedad posible, recordaré que el caballero de Escocia acababa de oir un gran ruido de armas. Siguió un sendero angosto entre dos cerros, y á los pocos pasos llegó á un valle rodeado de montañas, en cuyo fondo encontró el cadáver de un caballero. Ya os diré su nombre; mas antes quiero volver las espaldas á la Francia y pasar á Levante en busca del paladin Astolfo que habia emprendido el camino de Occidente.

Le dejé en la ciudad cruel de donde habia expulsado con la ayuda de su trompa á la chusma mujeril, salvándose de un gran peligro, y poniendo en fuga á sus mismos compañeros que se alejaron vergonzosamente á bordo de una nave. Seguiré, pues, ocupándome de él, y os diré que al salir de aquel país, tomó el camino de Armenia. Al cabo de pocos dias llegó á la Anatolia, y se dirigió despues á Bursa, desde donde continuó su viaje por mar, hasta que desembarcó en la Tracia. Siguió luego las orillas del Danubio, recorrió la Hungria, y como si su corcel tuviese alas, en menos de veinte dias atravesó la Moravia, la Bohemia, la Franconia, y se encontró en el Rhin. Pasando despues por el bosque de las Ardenas, llegó á Aquisgran, luego al Brabante, y por último se embarcó en Flandes. El viento que soplaba hácia Tramontana impelió de tal suerte las velas sobre la proa, que al mediodia dió vista á Inglaterra, en cuyas playas saltó al poco rato. Montó á caballo y le espoleó de tal suerte, que llegó aquella misma tarde á Lóndres.

Allí tuvo noticia de que el anciano Oton se encontrabaen Paris muchos meses hacia, y que la mayor parte de sus barones habia seguido posteriormente sus huellas. En su consecuencia, Astolfo determinó trasladarse á Paris cuanto antes, y embarcándose en el Támesis, salió pronto á alta mar, é hizo dirigir la proa en demanda de Calais. Un vientecillo que al principio empujaba suavemente al buque, haciéndole deslizarse rápido sobre la superficie de las aguas, fué creciendo poco á poco, y adquiriendo por momentos tal fuerza, que el piloto, temeroso de estrellarse en la costa tuvo que virar en redondo y dejarse llevar por su impulso, aun cuando siguiera opuesto rumbo. Navegando tan pronto á la derecha como á la izquierda, y entregados totalmente á la ventura, consiguieron al fin anclar cerca de Ruan.

Luego que Astolfo puso el pié en la anhelada tierra, hizo ensillar á Rabican, cubrióse con su armadura, se ciñó la espada, y emprendió el camino llevando consigo aquella trompa, cuyo auxilio era más eficaz que el de mil hombres. Atravesó un bosque y llegó al pié de una colina de donde brotaba un manantial claro y apacible, á la hora en que los ganados dejan de pacer, para preservarse de los ardores del Sol en el aprisco ó en la hondonada de un monte. Sofocado Astolfo por el calor y especialmente por una sed abrasadora, se quitó el casco, ató su corcel á uno de aquellos espesos árboles, y se preparó á satisfacer su sed en las frescas ondas del manantial. Aun no habia humedecido en el agua sus labios, cuando un campesino que estaba oculto allí cerca, salió repentinamente de entre un matorral, saltó sobre el caballo y huyó con él.

Astolfo oyó el ruido, alargó la cabeza, y apenas conoció el daño que le ocasionaban, se apartó del manantial, olvidando su sed, y echó á correr tras el ladron con toda la rapidez que le permitian sus piernas. El campesino no sealejaba á escape tendido, pues de esta suerte habria desaparecido en breve de la vista de Astolfo, sino que aflojando ó tirando de la brida, marchaba tan pronto al trote como al galope. Despues de dar muchas vueltas, salieron del bosque, y se encontraron ambos en el sitio en que tantos otros caballeros estaban detenidos en una verdadera prision sin hallarse por eso cautivos. El campesino se refugió en el palacio con aquel corcel, cuya rapidez igualaba á la del viento, en tanto que Astolfo, embarazado con su escudo, su casco y su armadura, le seguia á larga distancia. Al fin llegó á aquel suntuoso edificio; pero allí perdió de vista á su caballo y al raptor. En vano miró por todas partes y recorrió presuroso las salas, las cámaras y las galerías: su trabajo fué completamente inútil; pues no consiguió descubrir al pérfido villano, ni presumir donde habria ocultado á Rabican, aquel corcel de rapidez incomparable, y durante el resto del dia continuó infructuosamente sus pesquisas arriba, abajo, dentro y fuera.

Confuso, y sobre todo, rendido de dar tantas vueltas, sospechó al fin que aquel sitio estaba encantado; y acordándose del libro que le habia regalado Logistila en la India, á fin de poder burlar con su auxilio todos los encantamientos, y del que no se separaba un momento, recurrió á su índice, y vió pronto la página en que habia de encontrar el medio de destruir aquel nuevo maleficio. Dicho libro se ocupaba minuciosamente de la descripcion del palacio encantado, así como de los medios que deberian emplearse para dejar confundido al Mágico, y librar á todos los cautivos. Bajo el umbral de la puerta estaba encerrado un espíritu, autor de todos aquellos engaños y prestigios; una vez levantada la piedra que le cubria, él mismo haria que el palacio se desvaneciera como humo.

Deseoso el paladin de llevar á cabo tan gloriosa empresa, no tardó más tiempo que el necesario para bajar el brazo, en probar si aquel mármol pesaba mucho; pero en cuanto el anciano Atlante vió al Duque próximo á destruir su obra, apeló á nuevos sortilegios, temeroso de lo que podia suceder; y por medio de sus artes diabólicas, hizo aparecer á Astolfo bajo distinta forma de la que tenia. Unos le tomaron por un gigante; otros por un campesino, y muchos creyeron ver en él un caballero de torva faz: todos, en fin, le contemplaron bajo el mismo aspecto de que se revestia el Mágico en el bosque; así es que para recobrar lo que Atlante les habia arrebatado á cada cual, acometieron simultáneamente al paladin.

Rugiero, Gradaso, Iroldo, Bradamante, Brandiamarte, Prasildo y otros muchos guerreros, víctimas de este nuevo encanto, se precipitaron con furor sobre el Duque, dispuestos á hacerle pedazos; pero en tan apurado trance, acordóse de su trompa, con la que les obligó á mitigar su cólera: si no hubiese apelado á sus horribles sonidos, era segura su muerte. Pero en cuanto se llevó á la boca aquella bocina, y despidió sus tremebundos sones, empezaron todos los caballeros á escaparse cual palomas dispersadas por el tiro del cazador. El mismo Nigromante, pálido y aterrado, huyó de su morada tembloroso, y no paró hasta que dejó de percibir aquellos espantosos ecos. Al mismo tiempo que huia el guardian con todos sus prisioneros, salieron de las cuadras muchos caballos, no bastando para sujetarlos las cuerdas á que estaban atados, y siguieron á sus dueños por distintos caminos. En el palacio no quedó un solo ser viviente, y hasta el mismo Rabican habria huido con los demás, si Astolfo no le cogiera de las riendas al atravesar la puerta.

En cuanto el Duque inglés se libró del Mágico, levantó la pesada piedra del umbral, y encontró debajo de ella algunas imágenes y otras cosas que me abstengo de referir. A fin de destruir aquellos encantos mágicos, hizo pedazos todo cuanto encontró, conforme á las prescripciones del libro, y de improviso desapareció el palacio convertido en humo y en vapores. Allí encontró el caballo de Rugiero atado con una cadena de oro; me refiero á aquel caballo que le diera el Mágico para enviarle á la isla de Alcina: Logistila le hizo un freno á propósito para dirigir su carrera cuando volvió á Francia, recorriendo todo el lado derecho de la Tierra, al pasar á Inglaterra desde la India. No sé si recordareis que el Hipogrifo dejó aquel freno atado á un árbol, el dia en que la hija de Galafron desapareció enteramente desnuda de la vista de Rugiero, recompensando tan mal su oportuno auxilio. Con gran asombro de cuantos lo vieron por los aires, fué el volador corcel á reunirse con su antiguo amo, y permaneció á su lado hasta el dia en que el Duque destruyó todos los encantos.

Astolfo no podia haber hallado una cosa que le fuese más agradable; pues el Hipogrifo le venia perfectamente para recorrer á medida de su deseo la parte de mar y tierra que le era aun desconocida, y para dar la vuelta á todo el mundo en pocos dias. No ignoraba el modo de dirigir su marcha, porque habia tenido ocasion de estudiarla en la India, el dia en que Melisa le libró del poder de la malvada Alcina, que le tenia convertido en mirto. Entonces vió y observó atentamente cómo cedia la cabeza arrogante del corcel al freno de Logistila, y oyó las instrucciones que esta benigna hada dió á Rugiero para guiarle por todas partes segun su voluntad. Decidido, pues, á quedarse con el Hipogrifo, le colocó su silla, que estaba cerca, y le hizo un frenoá propósito, reuniendo diferentes piezas de otros muchos que habian quedado atados en aquel sitio, pertenecientes á los caballos fugitivos. Dispuesto ya á remontarse sobre tan maravilloso palafren, acordóse de su Rabican, y el temor de abandonarle le detuvo y con razon; pues tan excelente caballo era digno de estima, tanto porque no habia otro igual para el combate, cuanto porque le habia traido desde el último rincon de la India hasta el extremo de la Francia. Largo tiempo permaneció irresoluto, y por último determinó ofrecerlo como un valioso presente á algun amigo, antes que abandonarlo en medio del camino á merced del primero que llegara. Pasó todo el dia mirando si veia aparecer por el bosque algun cazador ó campesino, que le siguiese á cualquiera ciudad llevando del diestro á Rabican, y estuvo esperando sin resultado hasta el amanecer del siguiente, cuando al despuntar la nueva aurora y á la indecisa luz del crepúsculo, le pareció divisar un caballo que se adelantaba por el bosque.

Mas, para deciros lo que sucedió, necesito antes ir á reunirme con Rugiero y Bradamante.

En cuanto cesaron de oirse los sonidos de la trompa, y la gentil pareja se halló á bastante distancia de aquel sitio, Rugiero miró en torno suyo, y vió lo que hasta entonces le habia ocultado Atlante; el cual, valido de sus sortilegios, impidió que ambos amantes pudieran conocerse.

Rugiero contempló á Bradamante, y esta le examinó á su vez, asombrada y sin poder explicarse cómo habia ofuscado sus sentidos una ilusion extraña por espacio de tantos dias. Rugiero abrazó á su hermosa dama, que se puso más encarnada que una rosa, y apresuróse á coger en sus labios las primeras flores de su inefable amor. Ambos felices amantes volvieron á repetir una y mil veces sus caricias ysusabrazos, sintiendo tan inmensa alegría, que apenas la podian contener sus corazones. ¡Oh! ¡Cómo maldijeron entonces los infames encantos, que no les habian permitido conocerse mientras vagaban por el palacio encantado, haciéndoles perder además tan placenteros dias!

Bradamante, dispuesta á otorgar á su amante todos los favores que son lícitos á una doncella pudorosa, y á fin de sustraerlo de las tinieblas en que vivia, sin que por ello se resintieran su honestidad y su decoro, manifestó á Rugiero que, si no queria que se negara con dureza y esquivez á concederle el término de sus amorosos deseos, era indispensable que la pidiera á su padre Amon; pero bautizándose antes. Rugiero, que por amor de Bradamante no tan solo abrazaria el cristianismo, en cuya religion vivieron sus padres y todos su ilustres antecesores, sino que estaba pronto á darle la vida, como llegara á pedírsela, le contestó:—Por merecer tu cariño pondria mi cabeza, no bajo el agua, sino entre las llamas.

Rugiero se puso en marcha para recibir el bautismo y unirse despues á Bradamante, la cual le guió á Valleumbroso, monasterio suntuoso y rico, célebre por la religiosidad de sus monjes y por su hospitalidad. Al salir del bosque encontraron á una dama, cuyo semblante revelaba el mayor desconsuelo: Rugiero, siempre humano y siempre cortés para con todos, pero mucho más para con las mujeres, apenas vió las lágrimas que surcaban el delicado rostro de aquella dama, sintió una gran compasion y deseó conocer la causa de su pesar; por lo cual, acercándose á ella, le preguntó, despues de saludarla cortesmente, el motivo de tener el rostro bañado en llanto. Levantó la dama hácia él sus ojos preñados de lágrimas, y con voz llena de dulzura, le dijo:

—Gentil caballero, las lágrimas que ves rodar por mis mejillas son producidas por la compasion que me inspira un doncel á quien hoy mismo van á dar muerte en un castillo cerca de aquí. Enamorado ese jóven de una doncella tan hermosa como amable, hija de Marsilio, rey de España, solia pasar á su lado todas las noches, sin dar que sospechar á la familia, envuelto en un velo blanco, disfrazado con un traje de mujer, y fingiendo la voz y los ademanes de tal. Pero como no puede haber secreto que permanezca constantemente oculto, no faltó quien le observara, revelándolo en seguida á dos amigos suyos, y estos á otros, hasta que, llegó á noticia del Rey: antes de ayer se presentó un comisionado de Marsilio, que sorprendiendo á ambos amantes en el lecho, les ha encerrado en el castillo en distintos calabozos; y estoy segura de que no transcurrirá el dia de hoy sin que perezca el jóven lastimosamente. He huido por no presenciar el espectáculo cruel y horroroso de verle perecer en una hoguera, pues nada podrá causarme dolor tan vivo como el suplicio de ese jóven: de hoy en adelante todos mis placeres se convertirán en afliccion al recuerdo de la espantosa llama en que han de arder sus bellos y delicados miembros.

Bradamante escuchó atenta este relato, el cual la conmovió tanto, que no parecia sino que el jóven condenado á muerte fuese uno de sus hermanos; y en verdad que su temor no carecia de fundamento, como veremos despues. Volviéndose á Rugiero, le dijo:

—Soy de opinion que apercibamos nuestras armas en auxilio de ese cautivo.

Y dirigiéndose á la afligida dama, añadió:

—Como logremos hallarnos dentro de los muros de ese castillo antes que hayan dado la muerte al desdichado jóven, puedes estar segura de que sabremos salvarle.

Siguiendo Rugiero los generosos impulsos del corazon bondadoso de su dama, é imitando su noble desinterés, ardió en deseos de volar en socorro del jóven, y dijo á la dama, de cuyos ojos continuaban brotando abundantes lágrimas:

—¿A qué aguardas? No es este el momento de llorar, sino de socorrer: dirígenos pronto adonde se halla tu protegido, á quien prometemos sacar de entre millares de lanzas ó espadas, con tal que nos conduzcas inmediatamente á su lado. Aligera, pues, el paso más de lo que te sea posible, no vaya á suceder que por tardar nuestro socorro, lleguemos cuando ya le hayan abrasado las llamas.

Las arrogantes palabras y el aspecto imponente de ambos amantes, atrevidos hasta lo sumo, hicieron renacer en el corazon de la dama su muerta esperanza, pero como temia menos la distancia á que se encontraba el castillo, que los impedimentos que podian hallar en el camino haciendo inútiles sus esfuerzos, permaneció algunos instantes indecisa. Por fin les dijo:

—Si tomásemos el camino más llano y que más directamente conduce al castillo, sin duda llegaríamos antes de que la hoguera estuviese encendida: pero estamos obligados á caminar por senderos tan tortuosos y ásperos que alargarán nuestro viaje más de un dia, y temo que al llegar á su término encontremos muerto al jóven.

—Y ¿por qué no hemos de ir por el camino más corto? preguntó Rugiero.

La dama respondió:

—Porque á la mitad de él se encuentra un castillo de los condes de Poitiers, en que Pinabel, hijo del conde de Altaripa, y el más perverso de los hombres, ha establecido, aun no hace tres dias, una costumbre inícua y vergonzosa paralas damas y caballeros andantes. Por allí no pasa una sola dama ni un caballero, que no se vean obligados á someterse á los mayores ultrages. Tanto las unas como los otros han de perder sus corceles; dejando además, los guerreros las armas, y las damas sus vestiduras. No enristran lanza ni la han enristrado en Francia hace muchos años mejores caballeros que los cuatro que han jurado á Pinabel ser mantenedores de esta ley infame en su castillo. Os esplicaré el origen de esta costumbre, que segun he dicho solo hace tres dias que está en uso, y juzgareis si fué ó no recta la causa que obligó á los caballeros á prestar del juramento.

«Pinabel tiene una dama tan inícua, tan infame, cual no existe otra. Un dia que iba con él no sé por donde, encontró un caballero que le causó una gran afrenta. Habiéndose ella burlado de una vieja que iba montada á la grupa del caballo de aquel campeon, empeñóse un combate; y Pinabel, que estaba dotado de poca fuerza, pero de mucho orgullo, salió vencido: el vencedor quiso sin duda asegurarse de si la dama cojeaba ó no, por lo cual la obligó á bajarse de su palafren, la dejó á pié, é hizo que la vieja se vistiera con su suntuoso traje. La dama, llena de despecho y de la más ardiente sed de venganza, se reunió á Pinabel, que siempre está dispuesto á secundar cualquiera maldad, y como no pudiera apartar de su imaginacion el escarnio recibido, ni tener hora de reposo, dijo á su amante que el único modo de verla de nuevo risueña y placentera, consistia en desmontar á mil caballeros y mil damas, quitándoles á los unos las armas y sus vestidos á las otras.

»Aquel mismo dia hizo la casualidad que llegaran al castillo de Pinabel cuatro esforzados caballeros, los cuales habian venido hasta allí desde comarcas remotísimas: su valor es tal, que en nuestros dias no existen otros más intrépidos ni diestros en el manejo de las armas: llámanse Aquilante, Grifon, Sansoneto, y el más jóven Guido el salvaje. Pinabel dispensóles en su castillo una cortés acogida, y mientras estaban entregados al sueño por la noche, los sorprendió en el lecho, los aprisionó, y no consintió en restituirles la libertad hasta que le juraron permanecer allí durante un año y un mes (tal fué el tiempo que les prefijó); que despojarian de sus armas á cuantos caballeros andantes apareciesen por aquellos contornos, y que harian otro tanto con los vestidos de las damas que fuesen en su compañía, quitándoles asimismo los caballos. Obligados por la violencia, no tuvieron más remedio que prestar aquel juramento, bien á pesar suyo. Hasta hoy nadie ha podido luchar con ellos sin quedar vencido, y han llegado ya infinitos caballeros que han tenido que marcharse á pié y sin armas. Tienen establecido entre ellos el pacto de que el designado por la suerte sea el primero en salir del castillo, y en combatir solo; pero si dá con un contrario tan vigoroso que, permaneciendo en la silla, le derribe del caballo, los otros tres están obligados á acometer á un tiempo al vencedor hasta triunfar ó sucumbir. Si cada uno de dichos caballeros es ya tan temible de por sí, calcula lo que serán todos juntos.

»La importancia de nuestra empresa, es tal que no permite la menor demora, y mucho menos que perdais el tiempo, exponiéndoos á los azares de una lucha; y aun suponiendo que saliérais de ella victoriosos, como lo hace esperar vuestro aguerrido talante, como no es cuestion que pueda resolverse en una hora, temo mucho que aquel jóven perezca entre las llamas, si no acudimos en su auxilio en todo el dia de hoy.»

Rugiero contestó:

—Dejemos eso por ahora, y hagamos lo que debe esperarse de nosotros: el Supremo Hacedor ó la fortuna cuidarán entre tanto de ese jóven. Decididos á combatir con los cuatro caballeros, podrás juzgar, al ver el resultado de la lucha, si somos bastante fuertes para auxiliar al que ha sido condenado á las llamas por una falta tan leve como nos has manifestado.

Sin añadir una sola palabra, les guió la dama por el camino más corto. Poco más de tres millas anduvieron, cuando se encontraron en el puente y en la puerta donde se perdian las armas y los vestidos, y se corria peligro de perder tambien la vida. Sonó dos voces la campana del castillo, anunciando su presencia: abrióse la puerta, y salió presuroso al encuentro de los recien llegados un viejo montado en un rocin, gritándoles:

—Esperad, esperad: no sigáis adelante, que aquí hay que pagar derechos, y si no sabeis la costumbre establecida, pronto os la diré.

Y empezó á referirles la ley que hacia observar Pinabel, exhortándoles despues á que se conformaran con ella.

—Hijos mios, les dijo, haced que esa dama se desnude de sus vestidos, y vosotros abandonad aquí vuestras armas y caballos: no os expongais á luchar con esos cuatro guerreros invencibles. Por do quiera encontrareis vestidos, armas y caballos; pero nada podrá devolveros la vida una vez perdida.

—Basta, contestó Rugiero, no prosigas; estoy perfectamente informado de todo, y he venido á probar por mí mismo si esos caballeros son en efecto tan valientes como se me ha asegurado. No estoy dispuesto á poner á merced de nadie, ni vestidos, ni armas, ni caballos, mientras solo se trate de arrogantes amenazas; y abrigo la seguridad deque mi compañero tampoco cederá los suyos á las palabras. Pero, por Dios, haz que vengan pronto á medirse con nosotros los que pretenden arrebatarnos nuestras armas y caballos; porque necesitamos atravesar esa montaña, y estamos perdiendo un tiempo precioso.


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