POR
CARLOS ARTURO TORRES
I
Por el aire se dilataalegre campanilleo...Son las campanas de platadel trineo...¡Oh, qué mundo de alegría expresa su melodía!¡Qué retintín de cristalen el ambiente glacial!Mientras las luces astralesque titilan en los cielosse miran en los cristalesde los hielos,y sube la nota únicacomo un ágil rima rúnicaque allá en la noche serenava dilatando sus ecos por el último confín,y la campanilla suenadilín, dilín...¡Melodiosa y cristalinasuena, suena,suena, suena, suena, suenala nota ágil y argentinacon metálico y alegre y límpido retintín!
II
¡Escuchad! Un dulce coropuebla la atmósfera toda:son las campanas de orode la boda.¡Qué mundo de venturanza la plácida nota lanzaSu voz como una cariciao como un suave reprochedesgrana en la calma nochelas perlas de su delicia.Son las áureas notas una fuente de ledo murmulloo el enamorado arrullo de la tórtola: la Lunaen la dormida laguna vierte miradas de plata,y en el éter y en las linfas palpita la serenata...¡Y cómo en el aire flotala áurea nota!¡Cómo brota,cual dice la dicha ignota,en el balsámico efluvio de noche primaveral!¡Y cuán dulce y cuán sonoro,—din dan, din dan—,es el coro,—din dan, din dan—,de la campana de oro,que en su lengua musicalcelebrando está el misterio de la noche nupcial.
III
¡Turba el nocturno sosiegosúbita alarma, y entoncesa gran campana de broncetoca a fuego!¡Qué terrífica pavura la siniestra nota augura!Es desesperado ruegodesgarrador y tenazal rojo elemento ciegocada instante más frenético, cada instante más voraz!En indescriptible pánicoel cataclismo volcánicocon raudo impulso titánicoavanza, la campanada alarido es de terror;sigue el bronce, sigue el bronce con su clamoroso estruendodiciendocuál crece el peligro horrendo,cuál se inflamala llama,y la Luna como forma de sangriento tabernáculo,alumbra el rojo espectáculoen su fantástico horror.Y el bronce alarmante clama,clama, clamacomo se extiende la injuriadel incendio y crece en furia,y es ya locura el pavor...Bajo cielos escarlatas se extiende inflamado manto,el espantoen tantocrece, y sigue la campana de su rebato el clamor.¡Y en ese rebato armígero,—dan dan, dan dan—,crece el estrago flamígero—dan dan, dan dan—,al són violento que danlas campanas de la torre que tocando a fuego están!
IV
Dobla y dobla lentamentenegra campana de hierroque invita con són dolienteal entierro.¡Qué solemnes pensamientos despiertan esos acentos!Del lento y triste sonidocada toque, cada notaen el vago viento flotacomo doliente gemido,y de la noche en la calmael melancólico són,siente estremecida el almacual solemne admonición.¡Se desprenden esos dobles lúgubres y funerariosde los altos campanariosen fúnebre vibración;en esos dobles alienta algún espíritu irónicoque a cada nota que zumba,con agrio gesto sardónicorueda implacable y derrumbay oprime con todo el peso de la piedra de una tumbael humano corazón!¡Quienes tañen las campanas de los toques funeralesno son pobres campaneros, no son sencillos mortales,son espectros sepulcrales!¡Y es el Rey de los espectros quien toca con más tesón!Pausado, implacable, lentosu toque a cada momentoresuena como un lamentopregonando la hora únicaen extraña rima rúnica,y parece que sintiera intenso placer diabólicoen este toque simbólicode muerte y desolación.—Din dan, din don—,—din dan, din don—,dobla, dobla el són monótono, dobla el toque funeral,y el Rey espectro su gozorefina en este sollozo,en este intenso suspiroque en su giroremeda el doble auguralque va recordando al hombre de su existencia el final.El toque sigue y no cesay vibra en el alma opresasordamente como un cuerpo que cayera en una huesa...—¡Din dan, din don—,resuena en el corazón,—din dan, din don—,de la campana que dobla el lento y lúgubre són!
I
Los cielos cenicientos y sombríos,crespas las hojas, lívidas y mustias,y era una noche del doliente octubredel tiempo inmemorial entre las brumas,era en las tristes márgenes del Auber,el lago tenebroso de aguas mudas,ante los bosques tétricos del Weir,la región espectral de la pavura.
II
A solas con mi alma, recorríaavenida titánica y oscurade fúnebres cipreses... con mi alma,con Psiquis, alma que, al misterio turba...Era la edad del corazón volcánicocomo las llamas del Yanek sulfúreas,como las lavas del Yanek que brotanallá del polo en la región nocturna.
III
Pocas palabras nos dijimos, eracomo una confidencia íntima y muda;palabras serias, pensamientos gravesque la memoria para siempre turban;no recordamos que era el triste octubre,que era la noche (¡noche infausta y única!)no recordamos la región del Auberque tanto conoció mi desventura,ni el bosque fantasmático del Weir,la región espectral de la pavura.
IV
Y cuando la noche ya avanzade estrellas al vago tremer,al fin de la oscura avenidaun lánguido rayo se ve,fulgor diamantino que anunciade fúnebre velo al través,que emerge de nube fantásticala Luna, la blanca Astarté.
V
Y yo dije a mi alma: «Más que Dianaardiente, aquella misteriosa Lunarueda al través de un éter de suspiros;lágrimas de su faz una por unacaen donde el gusano nunca muere.Para mostrarnos la celeste rutay el alma imperio de la paz Leteaatrás dejó al león en las alturas,del león las estrellas traspasando,del león a despecho, ora nos buscay sus miradas límpidas y dulcesson las miradas que el amor anuncian.»
VI
Mas Psiquis dijo señalando al Cielo:«La palidez de ese astro me conturba;pronto, huyamos de aquí, pronto, es preciso.»Y de sus alas recogió las plumascon intenso terror, y sollozando,presa de pronto de invencible angustiaplegó las alas, hasta el polvo fríolentas dejando descender las plumas.
VII
Y yo le dije: «Tu terror es vano,sigamos esa luz trémula y pura,que nos bañen sus rayos cristalinos,sus rayos sibilinos que ya augurane irradian la belleza y la esperanza.Mira: la senda de los cielos busca;sigamos sin temor sus limpios rayosque ellos a playa llevarán segura,sigamos esa luz limpia y tranquilaa través de la bóveda cerúlea.
VIII
Tranquilicé a mi Psiquis, y besándola,de su mente aparté las inquietudesy sus zozobras disipé profundas,y convencerla que siguiera pude.Llegamos hasta el fin; ¡ojalá nuncallegara! Al fin de la avenida lúgubrenos detuvo la puerta de una tumba(¡oh, triste noche del lejano octubre!)nos detuvo la losa de una tumba,de legendario monumento fúnebre.¡Oh, hermana!—dije—¿Qué inscripción confusaen la sellada losa se descubre?Respondiome: «Ulalume», esta es su tumba,¡la tumba de tu pálida Ulalume!
IX
Quedó mi corazón como ese Cieloceniciento, como esas hojas mustias,como esas hojas yertas y crispadas...¡Ay! pensé: el mismo octubre fué, sin dudafué enesa misma nochecuando vineal través del horror y de la brumaaquí trayendo mi doliente carga...¡Oh, noche infausta, infausta cual ninguna!¡Oh! ¿Qué infernal espíritu me trajoa esta región fatal de la tristura?Bien reconozco el mudo lago de Auber,y esta comarca que el horror anubla,y el bosque fantasmático de Weir,la región espectral de la pavura!
(TO HELEN)
I
Te vi un punto;era una noche de julio, noche tibia y perfumada,noche diáfana,de la Luna plena y límpida,límpida como tu alma,descendíansobre el parque adormecido gráciles velos de plata;ni una ráfagael infinito silencioy la quietud perturbaban;en el parqueevaporaban las rosas los perfumes de sus almas,para que los recogierasen aquella noche mágica;para que tú lo aspiraras su último aliento exhalaban,como en una muerte extática;y era una selva encantada,y era una noche de ensueños y claridades fantásticas!
II
¡Toda de blanco vestida,toda blancasobre un banco de violetasreclinadate veía,y a las rosas moribundas y a ti una luz tenue y diáfanaalumbrabaluz de perla diluidaen un éter de suspiros y de evaporadas lágrimas!
III
¿Qué hado extraño(¿fué ventura, fué desgracia?)me condujoaquella noche hasta el parque de las rosas que exhalabanlos suspiros perfumadosde su alma?Ni una hojasusurraba;no se oíauna pisada,todo mudo,todo en calma,todo en sueñomenostúyyo(¡cuál me agito al unir las dos palabras!)menos tú y yo. De repentetodo cambia.De la Luna la luz límpida, la luz de perla se apaga,el perfume de las rosas muere en las dormidas auras,los senderos se oscurecenexpiran las violas castas,menostúyyo, todo huye, todo muere, todo pasa...¡Todo se apaga y se extingue menos tus hondas miradas,tus dos ojos donde ardetu alma!Y sólo veo entre sombras aquellos ojos...¡Oh, amada!¡Qué tristezas extrahumanas,qué irrealesleyendas de amor relatan!¡Qué misteriosos dolores,qué sublimes esperanzas,qué mudas renunciacionesexpresan aquellos ojos que en las sombras fijan en mí sus miradas!
IV
¡Noche oscura,ya Dianaentre turbios nubarrones hundió la faz plateada;y tú solaen medio de la avenidafuneraria,te deslizasideal, mística y blanca,te deslizas y te alejas incorpórea cual fantasma;sólo flotan tus miradas,sólo tus ojos perennes,tus ojos de hondas miradasfijos quedan!A través de los espacios y los tiempos marcan, marcanmi sendero, y no me dejan cual me dejó la esperanza.¡Van siguiéndome,siguiéndomecomo dos estrellas cándidas,cual fijas estrellas dobles en el Cielo apareadas!En la nochesolitariapurifican con sus rayos y mi corazón abrasany me prosterno ante ellos con adoración extática;y en el díano se ocultan cual se ocultó mi esperanza;por todas partes me siguen mirándome fijamenteen mi espíritu clavadas...¡Misteriosas y lejanasme persiguen tus miradascomo dos estrellas fijas, como dos estrellas tristes,como dos estrellas blancas!
I
En una senda abandonada y tristeque recorren tan sólo ángeles malos,una extraña Deidad la negra Nocheha erigido su trono solitario;allí llegué una vez; crucé atrevidode Thule ignota los contornos vagosy al Reino entré que extiende sus confinesfuera del Tiempo y fuera del Espacio.
II
Valles sin lindes, mares sin riberas,cavernas, bosques densos y titánicos,montañas que a los cielos desafíany hunden la base en insondables lagos,en lagos insondables siempre mudosde misteriosos bordes escarpados,gélidos lagos, cuyas muertas aguasun Cielo copian tétrico y extraño.
III
Orillas de esos lagos que reflejansiempre un Cielo fatídico y hurañocerca de aquellos bosques gigantescos,enfrente de esos negros océanos,al pie de aquellos montes formidables,de esas cavernas en los hondos antros,vense a veces fantasmas silenciososque pasan a lo lejos sollozando,fúnebres y dolientes... ¡son aquellosamigos que por siempre nos dejaron,caros amigos para siempre idos,fuera del Tiempo y fuera del Espacio!
IV
Para el alma nutrida de pesares,para el transido corazón, acasoes el asilo de la paz suprema,del reposo y la calma en Eldorado.Pero el viajero que azorado cruzala región no contempla sin espantosque a los mortales ojos sus misteriosperennemente seguirán sellados,así lo quiere la Deidad sombríaque tiene allí su imperio incontrastado.
V
Por esa senda desolada y tristeque recorren tan sólo ángeles malos,senda fatal donde la Diosa Nocheha erigido su trono solitario,donde la inexplorada, última Thuleesfuma en sombras sus contornos vagos,con el alma abrumada de pesares,transido el corazón, he paseado...¡He paseado en pos de los que huyeronfuera del Tiempo y fuera del Espacio!
TRADUCIDO POR J. PÉREL BONALDO
Una fosca media noche, cuando en tristes reflexiones,sobre más de un raro infolio de olvidados croniconesinclinaba soñoliento la cabeza, de repentea mi puerta oí llamar:como si alguien, suavemente, se pusiese con inciertamano tímida a tocar:«Es—me dije—una visita que llamando está a mi puerta:eso es todo, ¡y nada más!»¡Ah! Bien claro lo recuerdo: era el crudo mes del hielo,y su espectro cada brasa moribunda enviaba al suelo.Cuán ansioso el nuevo día deseaba, en la lecturaprocurando en vano hallartregua a la honda desventura de la muerte de Leonora,la radiante, la sin parvirgen pura a quien Leonora las querubes llaman horaya sin nombre... ¡nunca más!Y el crujido triste, incierto, de las rojas colgadurasme aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras,de tal modo, que el latido de mi pecho palpitanteprocurando dominar,«es, sin duda, un visitante—repetía con instancia—que a mi alcoba quiere entrar;un tardío visitante a las puertas de mi estancia...eso es todo, ¡y nada más!»Paso a paso, fuerza y bríosfué mi espíritu cobrando:«Caballero—dije—o dama:mil perdones os demando;mas, el caso es que dormía,y con tanta gentilezame vinisteis a llamar,y con tal delicadezay tan tímida constanciaos pusisteis a tocarque no oí»—dije—y las puertasabrí al punto de mi estancia;¡sombras sólo y...nada más!Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo empeños,quedé allí, cual antes nadie los soñó, forjando sueños;más profundo era el silencio, y la calma no acusabaruido alguno... Resonarsólo un nombre se escuchaba que en voz baja a aquella horayo me puse a murmurar,y que el eco repetía como un soplo: ¡Leonora!...esto apenas, ¡nada más!A mi alcoba retornando con el alma en turbulenciapronto oí llamar de nuevo—esta vez con más violencia,«De seguro—dije—es algo que se posa en mi persiana;pues, veamos de encontrarla razón abierta y llana de este caso raro y serioy el enigma averiguar.¡Corazón! Calma un instante y aclaremos el misterio...—Es el viento—y nada más!»La ventana abrí—y con rítmico aleteo y garbo extrañoentró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño.Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto,con aspecto señorial,fué a posarse sobre un busto de Minerva que ornamentade mi puerta el cabezal;sobre el busto que de Palas la figura representa,fué y posose—¡y nada más!Trocó entonces el negro pájaro en sonrisas mi tristezacon su grave, torva y seria decorosa gentileza;y le dije: «Aunque la cresta calva llevas, de segurono eres cuervo nocturnal,viejo, infausto cuervo oscuro, vagabundo en la tiniebla...Dime:—«¿Cuál tu nombre, cuálen el reino plutoniano de la noche y de la niebla?...»Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»Asombrado quedé oyendo así hablar al avechucho,si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho;pues preciso es convengamos en que nunca hubo criaturaque lograse contemplarave alguna en la moldura de su puerta encaramada,ave o bruto reposarsobre efigie en la cornisa de su puerta, cincelada,con tal nombre: «¡Nunca más!»Mas el cuervo, fijo, inmóvil, en la grave efigie aquella,sólo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ellavinculada—ni una pluma sacudía, ni un acentose le oía pronunciar...Dije entonces al momento: «Ya otros antes se han marchado,y la aurora al despuntar,él también se irá volando cual mis sueños han volado.»Dijo el cuervo:»¡Nunca más!»Por respuesta tan abrupta como justa sorprendido,«no hay ya duda alguna—dije—lo que dice es aprendido;aprendido de algún amo desdichoso a quien la suertepersiguiera sin cesar,persiguiera hasta la muerte, hasta el punto de, en su duelo,sus canciones terminar,y el clamor de la esperanza con el triste ritornelode jamás, ¡y nunca más!»Mas el cuervo, provocando mi alma triste a la sonrisami sillón rodé hasta el frente al ave, al busto, a la cornisa;luego, hundiéndome en la seda, fantasía y fantasíadime entonces a juntar,por saber qué pretendía aquel pájaro ominosode un pasado inmemorial,aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y odiosoal graznar: «¡Nunca jamás!»Quedé aquesto, investigando frente al cuervo en honda calma,cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y alma.Esto y más—sobre cojines reclinado—con anhelome empeñaba en descifrar,sobre el rojo terciopelo do imprimía viva huellaluminoso mi fanal—terciopelo cuya púrpura ¡ay! jamás volverá ellaa oprimir—¡Ah! ¡Nunca más!Pareciome el aire entonces,por incógnito incensarioque un querube columpiasede mi alcoba en el santuario,perfumado—«Miserable sér—me dije—Dios te ha oídoy por medio angelical,tregua, tregua y el olvido del recuerdo de Leonorate ha venido hoy a brindar:¡bebe! bebe ese nepente, y así todo olvida ahora.Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»«Eh, profeta—dije—o duende,mas profeta al fin, ya seasave o diablo—ya te envíela tormenta, ya te veaspor los ábregos barrido a esta playa,desoladopero intrépido a este hogarpor los males devastado,dime, dime, te lo imploro:¿Llegaré jamás a hallaralgún bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro?»Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»«Oh, profeta—dije—o diablo—Por ese ancho combo velode zafir que nos cobija, por el mismo Dios del Cieloa quien ambos adoramos, dile a esta alma adolorida,presa infausta del pesar,si jamás en otra vida la doncella arrobadoraa mi seno he de estrechar,la alma virgen a quien llaman los arcángeles Leonora!»Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»«Esa voz,oh, cuervo, seala señalde la partida,grité alzándome:—¡Retorna,vuelve a tu hórrida guarida,la plutónica ribera de la noche y de la bruma!...de tu horrenda falsedaden memoria, ni una pluma dejes, negra, ¡El busto deja!¡Deja en paz mi soledad!Quita el pico de mi pecho. De mi umbral tu forma aleja...»Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»Y aun el cuervo inmóvil, fijo, sigue fijo en la escultura,sobre el busto que ornamenta de mi puerta la moldura...y sus ojos son los ojos de un demonio que, durmiendo,las visiones ve del mal;y la luz sobre él cayendo, sobre el suelo arroja, truncasu ancha sombra funeral,y mi alma de esa sombra que en el suelo flota... ¡nuncase alzará... nunca jamás!
fin.