DESAGRADECIDOS
Lucía una soberbia mañana de otoño, de luminosidad enceguecedora, de un ambiente fresco, que alegraba el espíritu y despertaba energías: «un día como pa domingo»,—según la frase de Caraciolo.
La recorrida del campo fué un agradable paseo matinal, sin trabajo alguno: los alambrados se encontraban en perfecto estado: con las pasturas en flor, la hacienda estaba inmejorable y en las majadas aún no había dado comienzo la parición.
Sandalio, Felipe y Caraciolo retornaban a las casas, al tranquito, charlando, aspirando con fruición el aire puro, embalsamado con las yerbas olorosas que alfombraban las colinas.
Estando aún a cinco o seis cuadras del galpón, el negro Sandalio levantó la cabeza, olfateó con fruición y dijo:
—Estoy sintiendo el olor del asao... Vamos apurando un poco, porque ya saben que a ese señor si lo hacen esperar se pone todo fruncido.
Felipe haciendo pantalla con la mano y tras ligera observación exclamó:
—En la enramada hay dos caballos ensillados: y si no me equivoco, uno es el zaino del comisario Morales.
—¡Eh!...—exclamó Caraciolo con expresión dedisgusto; pues, por lo general la visita de la policía nunca llevaba a los moradores de los ranchos otra cosa que incomodidades e inquietudes.
Llegaron. Felipe no se había equivocado: en el galpón, al lado del fogón, haciendo rueda al costillar que se doraba en el asador, estaban el comisario y el sargento, haciéndole honor al amargo que cebaba el viejo Leandro.
Al respetuoso saludo de los peones, el comisario respondió con amabilidad inusitada:
—¿Qué tal, juventú, como les va diendo?... ¿Rejuntando solsito pal invierno?... Sientensé no más, por mí, no hagan cumplimientos.
Y luego, dirigiéndose al viejo Pancho, el comisario continuó el relato interrumpido por la llegada de los peones.
—Pues, como les iba diciendo, los diareros de la capital, chiyaron tanto que el menistro no tuvo más remedio que mandarme atracar un sumario.
«El jefe, al notificarme me dijo:—«No te asustés y andá campiar güenos testigos y que los traigan bien sobaos no sea que dispués s'enrieden y te comprometan a vos y me comprometan a mí»...
«Miedo, pa decir verdá, nunca tuve, ya soy veterano en eso'e los sumarios; con un poco de habelidá siempre se sale bien y lo pior que puede suceder es que lo cambeen a uno pa otra sesión o pa otro departamento; pero da rabia que lo incomoden a uno por un savandija»...
—¿Jué Natalio Suárez, no?—preguntó don Pancho.
—Sí... a quien uno se ve obligao en las ocasiones a atracarle unos palos.
—Pero Natalio murió.
—Murió por culpa de el mesmo. Yo le sacudí de plano,—naides me puede tildar de hereje y de lastimar un hombre sin necesidad,—pero en un viaje se me jué de acha, a cualesquiera le puede pasar,—y medio le bajé una oreja... El animal se hizo tráir un puñao de bosta y se lo puso en la herida; le dentró pasmo y estiró la pata. De ahí vino el barullo y cuasi me amuelan. Por fortuna que los testigos y el juez de paz y el médico de polecía se portaron muy decentes, y que de arriba trabajaron juerte, que sino me la iba ver fiero.
—He óido decir,—habló el viejo,—qu'el deputao Menchaca la peliaron lindo.
—¿Y el deputao Mendieta, entonces, que hasta salió a los diarios p'hacer mi defensa?... Y aura, digamé usté, amigazo, ¿cómo no va uno a serles fiel a hombres que lo sirven a uno de ese modo?... Lo qu'es yo, más fácil es que me olvide del nombre 'e mi madre que de un servicio recibido... Ansina, tanto el dotor Mendieta como el dotor Menchaca pueden estar seguros de que en las que vienen yo los güelvo a sacar deputaos...
—¡Llenando las urnas con gatos!—exclamó riendo Sandalio.
—¡Y aunque sean con aperiases, si los gatos no alcanzan!—exclamó Morales, con expresión de la mayor sinceridad.
Y luego, con entonación solemne:
—Sepa amiguito que el hombre que no es honrao es más despreciable que un escuerzo; y que un desagradecido nunca puede llamarse honrao... Pongo por caso ustedes; ni yo ni mi polecía los hemos incomodao nunca... ¿es verdá o no es verdá?
—Es verdá.
—Ustedes van a las reuniones, a las carreras, andan puande quieren y a pesar de que sabemos que son del otro pelo, nunca se les ha dicho nada ni se les ha hecho nada... ¿Es cierto o no es cierto?
—Es cierto... hasta áura gracias a Dios...
—¡Ahí está!... Ustedes reconocen que mi polecía los ha tratado siempre bien y que con otras quien sabe lo que les hubiera podido acontecer... Güeno, áura diganmé ¿no serían ustedes unos mal agradecidos si se negaran a entregarme sus boletas, alegando que son del otro lao?
Callaron los mozos y el comisario concluyó sentenciosamente:
—¡No, a mi no me vengan con desagradecidos!... A esos no les tengo lástima, palabra que no; y más tarde o más temprano, ¡me las tienen que pagar!
—Ya está el asao,—avisó don Pancho; y el comisario Morales, dando a su rostro la expresión alegre y bondadosa de momentos antes, exclamó:
—¡A la carga muchachos, que p'asao gordo no hay hombre malo!...