LA SINGULAR AVENTURA DEL DR. MANZZI

LA SINGULAR AVENTURA DEL DR. MANZZI

Era el Dr. Atilio Manzzi un «original»; pero no en el sentido que el vulgo acostumbra dar al vocablo, es decir, extravagante y atrabiliario, un ser mediocre que a falta de méritos positivos que lo eleven sobre el común de sus coterráneos, se singularizan por los excesos capilares, el arcaísmo de su indumentaria y su decir paradojal.

No era de esos el Dr. Atilio.

Si con frecuencia llevaba largo el cabello y descuidada la barba y el traje siempre en disonancia con la moda, nada de ello era en él estudiado descuido.

Hombre joven aún,—pues apenas trasmontaba la cuarentena,—vivía por completo consagrado al ejercicio de su profesión de médico y al estudio. Las tertulias del café,—el billar y el naipe,—casi exclusivo entretenimiento de los pueblitos,—no le ofrecían ningún aliciente; y las pueriles vanalidades de la vida social, menos aún.

Su pasión era los libros; y al final de cada lectura gustábale abstraerse, para extraer, a través del filtro del análisis crítico, la esencia de lo leído. Era, en fin, un temperamento de sabio.

Entusiasmábanle las ciencias sociales. Las miserias, físicas y morales observadas a diario en su consultorio, entristecían su alma generosa, impulsándole a poner en contribución su voluntad y su cerebro al ideal nobilísimo de plasmar una humanidad más buena y más justa.

¡Cuántos de aquellos infelices que imploraban el auxilio de su ciencia curativa, llevaban sus organismos corroídos por las deficiencias de alimentación, de higiene y de educación, al par que por un trabajo excesivo y ejecutado en pésimas condiciones!...

¡Cuántas veces había comprobado la ineficacia de su humanitarismo!... El no se ahorraba, en efecto, ninguna molestia, ninguna fatiga, para asistir gratuita y solícitamente a los menesterosos; pero ¿de qué servían sus desvelos y sus prescripciones, si las más de las veces el paciente carecía de medios para adquirir las drogas prescriptas, de ropas para abrigarse y de lo necesario para seguir el régimen alimenticio ordenado,—en la mayor parte de los casos base fundamental de la curación?...

Su despreocupación de las prácticas sociales y su predilección por los humildes, mortificaba a la aristocracia lugareña, y, sobre todo, a las niñas casaderas que desde el arribo del doctor al pueblo rivalizaban en amabilidades por conquistar aquel partido excepcional.

Empero nadie manifestaba abiertamente un juicio severo, por la doble razón de que Manzzi era el único médico con que contaba la localidad, y de que las chicas no desesperaban de encadenar al oso.

Diariamente recibía éste obsequios de «dulcescaseros» hechos por Fulanita, pasteles y otras golosinas que le enviaba Zutanita, excusándose de que «no le habían salido muy bien» y grandes ramos de flores que Fulanita, Zutanita y Menganita habían «arrancado ellas mismas, esa mañana en sus respectivos jardines».

Atilio, gran amante de las golosinas y de las flores, saboreaba las unas y adornaba con las otras todas las habitaciones de su casa, sin sospechar siquiera que aquellas atenciones llevaran en sí la intención de discretas y delicadas insinuaciones.

El buen doctor, «gourmand» y «gourmet», saboreaba las golosinas del mismo modo que admiraba los diversos ramos de flores, en conjunto, haciendo caso omiso de las tarjetas que ostentaban los nombres de las obsequiantes.

Su existencia transcurría de ese modo, plácidamente monótona, cuando un incidente vulgar introdujo en ella un elemento perturbador.

Cierta tarde ocurrió a su consultorio una joven de delicada belleza y cuyos modales y expresiones denotaban una cultura muy superior a la que pudiera atribuírsele por su indumentaria, reveladora de muy humilde clase.

Manzzi, advirtiendo ese contraste, le preguntó después de haberla examinado y recetado:

—¿Usted es de acá?... Yo conozco a casi todos los habitantes del pueblo, y no recuerdo haberla visto nunca...

Recién hace tres meses que vine. Yo soy de Pampa Chica.

—¿Su familia vive allá?

—Vivía,—respondió la muchacha con voz aflictiva;—mi padre murió hace cinco años...

—¿De qué se ocupaba?

—Era maestro de escuela y periodista.

—¡Bravo!... ¡Dos profesiones extremadamente lucrativas!... ¿Apuesto a que al morir no les dejó un palacio, ni auto, ni rentas siquiera?

—¡Qué nos iba a dejar!... El pobrecito abrevió su existencia consumiéndose en el trabajo y apenas obtenía lo indispensable al sostenimiento de nuestro modestísimo hogar. A su fallecimiento, endeudados con los gastos de la enfermedad y entierro, quedamos en la indigencia. Yo tenía apenas nueve años y la pobre mamá, muy delicada de salud, trabajaba día y noche para conseguir el sustento, no pudo resistir y hace seis meses también rindió su alma a Dios...

Había pronunciado estas palabras, ahogándose en llanto, y Atilio necesitó dejar transcurrir unos segundos para dominar su emoción.

—¿Y ahora trabaja aquí?—preguntó luego.

—Sí, señor: en casa de la viuda de don Atanasio Bacigalupe.

—¿Gente muy rica?...

—Así dicen.

—Creo que hay varias muchachas...

—Tres.

—¿Y usted está de institutriz?

Amarga sonrisa contrajo los labios de la joven, que respondió con voz más amarga aún:

—De sirvienta...

Enmudeció el doctor. Con violento esfuerzo hizo que el profesional recuperara la plaza momentáneamente ocupada por el sentimental, y dijo, cambiando de tono:

—Es una bronquitis que desaparecerá en breve. Siga el tratamiento indicado y vuelva el jueves próximo.

El Dr. Manzzi sintióse extrañamente subyugado por el recuerdo de aquella encantadora fregatriz, hija de intelectuales e intelectual ella misma. A cada instante su gallarda silueta, enlutada por prematura tristeza y aureolada por sin igual valentía, distraíalo a sus cavilaciones científicas. Tanta satisfacción experimentaba en verla y en platicar con ella, que prolongó indebidamente la asistencia. Pero llegó el día en que su honradez profesional le obligó a darla de alta.

Pasaron dos semanas sin verla y aquello le producía una desazón que él no se preocupaba de explicársela ni de justificarla.

Y fué así que inconscientemente, sin propósito premeditado, comenzó a ir todas las tardes a estacionarse en un banco de la plaza, frente a los balcones de la viuda de Bacigalupe. Leyendo a ratos, y con frecuencia simulando leer, atisbaba continuamente, esperando ver salir a la sirvientita.

Su persistencia llegó a ser advertida y a motivar el comentario. De pronto era alguno de los viejos «rentistas» y desocupados que abundaban en el pueblo, quien se detenía un momento y decíale, acompañando la frase con una guiñada significativa:

—¡Muy bien, doctor, muy bien!... ¡Ha tenido buen ojo, lo felicito!...

Y antes de que Manzzi hubiera tenido tiempo de formular una demanda explicativa, el otro proseguía su paseo, diciendo con aire de sutileza:

—Me voy; no quiero interrumpirlo: todos hemos pasado por ese trance.

Escenas semejantes se sucedían cada vez con mayor frecuencia, intrigando al médico, convencido de que aquel hábito no encerraba otro propósito que el manifiesto: el solaz de la lectura en la placidez estival, bajo la sombra refrescante de los añosos paraísos de la plaza.

¿Había advertido que su instalación en el banco habitual coincidía con la presencia en el balcón de enfrente, de las tres hijas de la viuda?

Sí; pero sin sorprenderle la coincidencia. ¿Qué cosa más natural que las chicas del pueblo exhibiéndose en los balcones o en las puertas de las casas en los cálidos atardeceres estivales?

Así transcurrieron los días hasta una noche en que, recién comenzada la cena, fué sorprendido por estrepitoso sonar de la campanilla eléctrica.

—Es la sirvienta de Bacigalupe que desea hablarle urgentemente.

Sin perder un segundo, el doctor se encaminó al consultorio.

—¿Qué le pasa, Servanda?—exclamó cogiendo la mano de la joven, a quien la distinción hizo enrojecer y bajar la vista.

—A mí, nada, doctor; la señora me mandó a buscarlo porque a una de las niñas le ha dado un ataque.

Manzzi, que ante el deber profesional posponía todo interés personal, se encasquetó el chambergo y con un breve:

—¡Vamos!—salió dando zancadas.

A su llegada quedó sorprendido ante el aspecto que ofrecía la sala y sus ocupantes: se diría que allí se habría librado una batalla. Se veía que los muebles habían sido arreglados precipitadamente; al pie de un pedestal dorado habían quedado trozos del jarrón que soportara; en un ángulo, una silla tumbada y encima del piano un almohadón floreado, hecho jiba, parecía haber sido utilizado como proyectil. Extendida sobre el sofá, la cabeza reposada en un edredón y la frente cubierta por un pañuelo que hedía a agua Colonia, estaba Elisa, la menor de las Bacigalupe.

La viuda, al igual de sus otras dos hijas, sin duda empolvadas a obscuras y a prisa, ofrecían, con sus expresiones aflictivas, un aspecto clownesco.

—¡Hay, doctor, qué desgracia! ¡A esta chica le ha dado un ataque horrible!—exclamó la viuda haciendo aspavientos; y Manzzi pudo observar que las fisonomías de las otras dos chicas se contraían simultáneamente en un rictus irónico.

Sin responder, observó a la enferma y dijo:

—No es nada. Acuéstela, dele un poco de tilo y pasará enseguida.

Al retirarse, la viuda lo llevó hasta el fondo del zaguán, y en voz baja, con aire misterioso y al mismo tiempo meloso, suplicó:

—Estimado doctor, ¡decídase de una vez!...

—¿Que me decida?... ¿a qué?—interrogó sorprendido el médico.

—¡Vamos, vamos!... Todo el pueblo sabe que usted corteja a una de mis chicas, pero ignoramos a cuál... Cada una de ellas se considera la preferida, y naturalmente, riñen entre ellas... ¡Por favor, doctor, decídase por una u otra!...

Manzzi lanzó una estruendosa carcajada y respondió:

—¡Pero, señora, si yo no tengo interés por ninguna de sus hijas!

La viuda enmudeció de asombro, y luego expresó con agriedad:

—¿Conque a ninguna?... Entonces me quiere explicar, caballerito, ¿cómo ha estado usted durante tres meses, plantado las horas muertas frente a nuestros balcones, comprometiendo así a las niñas?...

—¡Sí!... ¿Por qué?—gritaron a coro las dos muchachas que habían estado escuchando detrás de la puerta.

—¡Eso es una infamia!—exclamó a su vez la enferma, que apareció en el zaguán agitando los brazos en actitud amenazante...

—¡Hacernos tal desaire!...

—¡Semejante papelón!...

El violento ataque desconcertó al doctor, tímido e inexperto en lances de esa naturaleza.

—Pero, señora... vean, señoritas... yo...—balbuceaba intentando justificarse; mas sin éxito, pues el enemigo no le daba alce.

—Vamos a ver: ¿cómo explica su insistencia en festejar públicamente a las niñas?—interroga la viuda.

—¡Sí, sí!... ¡Desde el banco de la plaza!...—agregó la mayor de las niñas.

Al fin la hosca sinceridad del retraído hombre de ciencia, estalló en forma brutal:

—¡Bueno, acabemos con este sainete! Yo no me intereso por ninguna de ustedes.

—¿Y lo del banco y su continuo mirarnos?

—¡No era a ustedes a quien miraba, sino a Servanda!...

—¡A la sirvienta!... ¡Jesús, Dios mío!

—¡Ay, qué asco!

—¡Bien les había dicho yo,—exclamó colérica la mamá,—que esa mosquita muerta, caída al pueblo como una perra gaucha, debía ser alguna lagarta!... ¡Ah, pero no estará en casa ni un minuto más!... ¡Ni un minuto más!... ¡Servanda!

La pobre chica acudió toda llorosa y confundida.

—¡Inmediatamente, pero inmediatamente, agarra usted sus trapos y se manda mudar, grandísima sinvergüenza!...

—¡Sí, sí, en seguida, que se vaya en seguida, esta hipócrita desvergonzada!—corearon las chicas.

—¡Pero, señora!—imploró la muchacha—¿A dónde quiere que vaya ahora, de noche?

—¡A la calle!... ¡Las perras viven bien en la calle!

El doctor se irguió y dijo con imperio:

—A la calle no. Venga usted a mi casa.

Y tras un seco «Buenas noches», tomó del braso a Servanda y salió sin volver la cabeza.

Quince días después la aristocracia lugareña recibió indignada la noticia del casamiento del doctor Atilio Manzzi con la ex sirvienta de las Bacigalupe.


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