TRIPLE DRAMA

TRIPLE DRAMA

Estaba obscureciendo cuando don Fidel regresó de su gira por el campo. Los peones que mateaban en el galpón y lo vieron acercarse al lento tranco de su tordillo viejo,—ya casi blanco de puro viejo,—observaron primero el balanceo de las gruesas piernas, luego la inclinación de la cabeza sobre el pecho, y, conociéndolo a fondo, presagiaron borrasca.

—Pa mí que v'a llover—anunció uno.

—Pa mí que v'a tronar,—contestó otro; y Sandalio, el capataz, muy serio, con aire preocupado, agregó:

—Y no será difícil que caigan rayos.

Casi todos ellos, nacidos y criados en el establecimiento, casi todos ellos hijos y nietos de servidores de los Moyano, conocían perfectamente a don Fidel.

Grandote, panzudo, barbudo, tenía el aspecto de un animal potente, inofensivo para quien no le agrediera, temible para quien se permitiese fastidiarlo.

Fué siempre liso como badana y límpido cual agua de manantial. Habitualmente, recias carcajadas hacían estremecer el intrincado bosque de sus barbas, como se estremecen alegres los pajonales, cuando en el bochorno estival, la fresca brisa vespertina, mojada en agua del río, hace cimbrar con su risa las lanzas enhiestas, enclavadas en el cieno del bañado.

Empero, al llegar a la cincuentena, cuando murió su mujer de una manera trágica y algo misteriosa, el carácter de don Fidel cambió en forma sensible.

Normalmente era el mismo de antes, bondadoso y justo, severo, pero ecuánime; mas, de tiempo en tiempo y sin causa aparente, tornábase irascible, violento y atrabiliario, lanzando reproches infundados y sosteniendo ideas absurdas, al solo objeto de que los inculpados se defendiesen, o los interpelados le contradijeran, para exacerbarse, montar en cólera y desatarse en denuestos y amenazas.

Pasada la crisis, volvía a ser el hombre bueno, más suave que maneador bien sobado y bien engrasado con sebo de riñonada.

Las gentes de la estación lo conocían bien; y dado que, aparte de quererlo y respetarlo y temerlo, encontraban mucha ventaja en su servicio, sabían «hacer el perro»—callar y agacharse,—cuando tronaba en lo alto.

Don Fidel descendió del caballo dentro de la enramada, y al volverse se encontró con Felisa, su sobrina y ahijada, quien, juntando las manos, imploró humildemente:

—¿La bendición, padrino?...

El la miró; trató de corregir la aspereza de su semblante y dijo:

—Dios l'haga una santa.

Entre estas dos frases rápidas, un peón habíaacudido y tomado la rienda del caballo, mientras otro, no menos solícito, desprendía la sobrecincha y se apresuraba a desensillar.

Don Fidel rabió con aquella solicitud que le impedía estallar en reproches; pero se contuvo, y entregando a Felisa la escopeta que llevaba en la mano, le dijo:

—Llevá p'al cuarto; y tené cuidao qu'está cargada con bala.

Ella tomó el arma, dió vuelta, anduvo un paso y volviéndose interrogó con voz de inocencia:

—¿Los dos caños están cargaos con bala?

—¡Los dos!—respondió con aspereza el viejo; y luego, por natural sentimiento de bondad, agregó dulcificando el acento:

—Tené cuidao...

Ella se fué hacia las habitaciones de la estancia, y don Fidel penetró en el galpón. Un peón le ofertó de inmediato un «amargo» que el estanciero, con el gañote seco, aceptó. Tomando un banquito, se sentó, en la rueda, cerca del fogón. Y mientras chupaba el mate, dijo:

—Anduve recorriendo... En el bañao de las cruces encontré una vaca bragada, muerta y medio podrida, sin sacarle el cuero...

—Yo la vide, patrón,—respondió el capataz;—murió de grano malo y por eso no mandé cueriarla...

El estanciero, sin dignarse mirar ni responder al descargo de su subalterno, continuó:

—En la majada del Bajo Chico vide sinnúmero de ovejas señal horqueta del vasco Ismendi.

Pacíficamente, el capataz explicó:

---Jué un entrevero causao por la lluvia el domingo, que voltió un lienzo 'e alambrao y pa fin de apartar yo le he dao rodeo a Ismendi mañana a las cinco 'e la mañana...

Don Fidel hizo como si no hubiera oído el descargo de su administrador, por quien experimentaba una hostilidad que en vano intentaba disimular. Y dijo con sequedad:

—¡Debía haber empezao por componer el alambrao!

Generalmente, el viejo mayordomo dejaba sin réplica las acusaciones del patrón; pero aquella tarde parecía tener empeño en avivar su mal humor contradiciéndole.

—No compuse, patrón, porque el bajo, como habrá visto, está lleno de agua; y no se puede estirar alambre con postes plantaos en el agua...

Humillado con la lógica del capataz, don Fidel cogió la limeta y apuró un grueso sorbo de «caña».

El viejo Sandalio sonrió irónicamente, dejando ver a través de las hebras escasas y ásperas de sus bigotes griseos, las negras encías, desprovistas de dientes. Pocas veces bebía el patrón, pero cuando había pegado un trago, era insaciable. Satisfecho, el capataz aprovechó la coyuntura de que don Fidel la emprendiera violentamente con uno de los peones, para escurrirse en silencio.

Sigilosamente cruzó el patio, rodeó «las casas» y se fué hasta la barra de eucaliptus que defendían de los vientos bravos del este y del sud, la cabecera de la huerta de frutales.

Allí, vuelto detrás del membrillar que crecían entre los eucaliptos, se encontró a Virginio Moyano, su sobrino.

Ahorrando frases inútiles, el viejo preguntósecamente:

—¿Estás pronto?

—Sí,—respondió el mozo—; tengo ensillao, pa mí, el tordillo negro qu'es capaz de galopiar treinta leguas de un tirón, y pa ella el bayo batea, que no se cansa nunca y de un andar qu'es como hamacarse en un sillón.

—Güeno. Estén alpiste y cuando sintás un tiro, monten a caballo y claven la uña... ¡Adiós!...

—¡Adiós, tío!

Se abrazaron y el viejo empezó a andar hacia el galpón. Iba contento. Chita, la hija de don Fidel, y Virginio, su sobrino, se amaban. Pero el patrón, a quien se le había puesto entre ceja y ceja que Chita no era hija suya sino de Sandalio, no sólo había «espantado» a Virginio, sino que se había dispuesto a cazarlo; y para eso salía todas las tardes con la escopeta cargada a bala, sabiendo que el mozo rondaba por las inmediaciones.

Don Fidel odiaba a Sandalio, su viejo amigo, y compañero, su eficaz cooperador en la construcción de su fortuna; y lo odiaba tanto más, cuanto que, convencido de su infidelidad, carecía en absoluto de pruebas materiales de su traición y evitaba la querella por miedo al ridículo.

Enterado de todo, el capataz, resolvió salvar a los jóvenes proporcionándoles la fuga. ¡Después... lo que Dios quisiera!... Su acción era justa, bien que la empañase una pequeña nube: Virginio había seducido a Felisa, la sobrina del patrón, abandonándola con un hijito en los brazos, la deshonra en el rostro y la desesperación en el alma... Pero... la vida es así. Las yerbas que mueren dan alimento a las yerbas que nacen.Cuando un cariño se seca, nadie puede obligar a la tierra que permanezca estéril, que no germine otra semilla, que no críe otra planta, que no expanda otra flor...

Y cuando el capataz entró en el galpón y se acercó al fogón, pudo observar con contento, que la botella de caña estaba casi vacía y que los ojos de don Fidel brillaban excesivamente.

Incorporado a la rueda, le alcanzaron un mate; pero apenas había chupado un sorbo, cuando lo arrojó, y levantándose bruscamente, exclamó:

—¡Jué pucha!... ¡La comadreja ladrona e gallinas!...

Desenfundó el revólver que llevaba al cinto e inclinado el cuerpo avanzó con precauciones hacia el fondo obscuro del galpón, donde estaban amontonados cajones vacíos, útiles de labranza, cachivaches de toda clase.

—Ahí está—gritó el viejo haciendo fuego sobre un sujeto imaginario.

Los tertulianos, con el patrón a la cabeza, se acercaron.

—¿Pegó?

—¡Seguro que pegué!... Puay no más debe estar...

—¡Ni plumas de comadreja!... ¡Sandalio ya no tiene ni vista ni puntería!—expresó irónicamente don Fidel.

Y Sandalio, con ironía:

—¡Pasencia!... Cuando se tiran dos tiros al mesmo tiempo, no se pueden acertar los dos...

En ese mismo momento llegó hasta el galpón el estampido de un tiro que parecía venir de la valla de eucaliptus. Todos corrieron hacia alláy se encontraron con un cuadro tan inesperado como desconcertante.

Virginio, hincada en tierra una rodilla, sostenía entre sus brazos el cuerpo inanimado de Chita, todo bañado en sangre. A unos pasos de allí, recostada a un eucaliptu, Felisa, cuyo rostro expresaba contento feroz, tenía en su mano la escopeta, humeante aún.

Don Fidel y Sandalio se abalanzaron al mismo tiempo sobre la joven moribunda. Pero el capataz llegó primero y la arrancó de los brazos de Virginio, y besándola frenéticamente, exclamó:

—¡Hija mía!... ¡Adorada hija mía!...

El estanciero detuvo el movimiento de sus brazos. Se replegó sobre sí mismo y con una voz tan amarga cual si le hubiesen reventado en la garganta una vejiga de hiel, díjole:

—¡Ah! ¡Tu hija!... ¿Te denunciás al final, traidor de amigos, ladrón de honras?...

Y con un gesto rápido, sacó el revólver, lo aplicó a la frente de Sandalio y le hizo saltar los sesos.


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