Chapter 11

Verdad tambien que la Iglesia obra sus mayores milagros, hace sus mayores maravillas cuando se ve circuida de mayores asechanzas y peligros. Nadie se cansará jamas de admirarla durante el sigloXVI. En la persona de Julio II restaura los Papas autoritarios y guerreros de la Edad Media, tan dispuestos á someter las almas con su palabra como las fortalezas con su espada. En el pontificado de Leon X despierta la antigüedad; dobla la historia; enseña la genealogía clásica de las ideas cristianas; sorprende el secreto de la belleza plástica en los monumentos antiguos; evoca las estatuas que vibran el cántico heleno en sus labios; resucita el alma de Platon sobre el sensualismo aristotélico; restaura la divina lengua hablada en los rostros; anima los bronces y los mármoles con sus inspiraciones; abre los cielos del arte; engendra en su seno los titanes de Miguel Ángel, y las vírgenes de Rafael que vienen á hermosear el planeta; devuelve á la naturaleza exhausta y macerada su vida y alegría; funda el Renacimiento, que compite con las edades más bellas de la humanidad, é inspira esas legiones de artistas, que quitan sus espinas á la realidad y reconcilian al hombre por la magia del genio, con la cual arrojan áurea gasa de ilusiones sobre elUniverso, hasta con los acerbos dolores y las amargas tristezas de la vida.

Católico era el mago maravilloso que volvió á llenar de seres fantásticos y hermosísimos, como en los dias de los dioses, la naturaleza y el espíritu, animados por los cánticos de su poema; católico el pensador eminente que trazó las leyes de las revoluciones y de las reacciones, que mostró el abismo insondable de odios y de crímenes encerrado en la perversion del sentimiento humano; católico el dulce poeta español que devolviera su voz á los bosques, su melodía á las auras y á los arroyos, su incienso á las flores, sus églogas vivientes á los campos; católico el jóven pintor, único en los anales humanos, que supo evocar la hermosura griega y redimir de la penitencia y de la flagelacion en sus cuadros, trasfigurándolo y embelleciéndolo, el organismo humano; católico el arquitecto, el escultor, el dibujante milagroso que coronó con la rotonda de San Pedro las sienes del Renacimiento; católica la música inmortal, que parecia haber encontrado en los abismos de las edades pasadas los acentos de David, los trenos de Jeremías; católico todo cuanto hay en el siglo décimosexto de verdaderamente bello y artístico.

Y la fuerza del catolicismo es tan grande que produce en el siglo décimoséptimo una verdadera reaccion. Los jesuitas se disciplinan como ejército, y se entregan á someter almas al Pontificado; los soldados católicos inundan toda Alemania, pidiendo, como dice un grande escritor, las tierras de los vivos para los muertos; Guillermo de Orange cae al plomo de exaltado católico por el crímen de haber fundado la república holandesa; Cárlos Borromeo establece piadosa liga en los cantones de la Suiza católica para contrastar la Suiza protestante; Cárlos y Jacobo de Estuardo creen haber llegado á desterrar el protestantismo de Inglaterra; la revocacion del Edicto de Nántes lleva á Francia la larga serie de reacciones contra el humanitario tratado de Westfalia; al imperio español se le caen de las manos los pinceles de Velazquez y de la mente los sueños fantásticos de Calderon, hundiéndose en abismos más profundos y más oscuros que sus tumbas del Escorial, cayendo en los hechizos de Cárlos II; Roma se soprepone á todas las ciudades europeas con sus construcciones religiosas, con sus epopeyas como las epopeyas del Tasso, que celebran un sepulcro, y un sepulcro en manos de los infieles; y cualquiera diria que vuelve el mundo, que vuelve el espíritu á los templos y á los altares de la Edad Media.

Pero ninguna de estas reacciones pudo restaurar el pontificado. Tras de aquella reaccion vino el espíritu filosófico del sigloXVIII, que negó hasta las excelencias del cristianismo, que se ensañó hasta en los grandes cadáveres de la historia. Y el espíritu de este siglo produjo la enciclopedia, que llevó las ideas filosóficas al sentido comun del género humano. Y estas ideas filosóficas, no sólo descendieron al sentido de las muchedumbres, sino que se elevaron á los tronos de los reyes. Los jesuitas, que habian sido, como los templarios, soldados de la Iglesia, ejército permanente del catolicismo, fueron disueltos por los reyes de Europa y por los pontífices de Roma. La nueva filosofía se apoderó de Austria, que habia sido como el eje de toda la reaccion europea, y de España, que habia sostenido el catolicismo en todas las crísis humanas, y le habia dado un Nuevo Mundo en compensacion del antiguo. ¿Qué más? La idea filosófica sube hasta el trono de San Pedro, se extiende por él como nueva savia por viejo tronco. Las ideas filosóficas llenan las conciencias, las conciencias engendran nuevas instituciones, las instituciones cambian la sociedad; el derecho, que parecia vincularse en familias aparte, en castas privilegiadas, se difunde entre todos los hombres; las democracias reemplazan á las aristocracias, la revolucion á la inmovilidad; y los Papas, que en vano habian suplicado de rodillas á los emperadores de Alemania detuvieran la revolucion regalista, huyen de Roma, y pactan concordatos con la revolucionfrancesa y ungen la frente del soldado de fortuna erigido en césar. El pontificado se representa, pues, en el mundo como una de esas instituciones, ántes grandiosas, despues desorganizadas por las fuerzas vivas de la sociedad. Y cuando uno de estos organismos se descompone y deshace, no puede recomponerlo ningun nuevo elemento social, ninguno. Lo han destruido las fuerzas mismas que lo engendráran. Lo ha devorado el espíritu mismo que lo produjera. El mundo pierde en él su confianza y su fe por una de esas íntimas convicciones que ni se combaten ni se contrastan; como que vienen á ser trabajo del pensamiento reflexionando sobre sí mismo. Cuatro siglos, desde la muerte de Marco Aurelio, empleó el espíritu humano en descomponer el mundo antiguo. ¿Quién lo ha recompuesto? Cuando vinieron los bárbaros se encontraron solamente con el gran cadáver. El alma habia huido á otra institucion. Y la institucion, heredera del antiguo espíritu, es en el mundo moderno el pontificado. Al pontificado se debe la altísima autoridad, primera fuerza de cohesion empleada en reunir las sociedades modernas. Al pontificado toda nuestra más antigua disciplina social. Mas desde el siglo décimotercio el pontificado cae en la triste irremediable decadencia, que lo han traido á los extremos presentes. Hoy el pacto de Carlo-Magno se ha roto. La donacion dePipino se ha desvanecido. El dogma de la infalibilidad ha aumentado los enemigos de Roma. Interna lucha desgarra la Iglesia, que no produce cismas por faltarle fuerzas hasta para sostenerlos. Y Europa aprende en tan grande descomposicion como mueren y por qué mueren las instituciones más arraigadas, más poderosas, cuando cumplen el ministerio para que los engendrára la sociedad, la cual vive de contínuo produciendo y devorando organismos.

Mas Pío IX ha creido que le tocaba á él restaurarlo, restaurar el pontificado. Pues qué, ¿no le han dado vida nueva, sangre nueva muchos papas? ¿No lo han restaurado, hasta cierto punto, Julio II por la fuerza, Leon X por el arte, Sixto V por la tradicion y la disciplina? ¿Y no podria él restaurarlo tambien ¡él! elegido y exaltado por un milagro? Pero ¿qué camino escoger? Habia dos igualmente abiertos á su pensamiento, á su vista. Ó bien tomaba el uno, ó bien el otro; ambos sembrados de escollos. El uno iba á la idea predicada por Rosmini, á la reanimacion del antiguo espíritu evangélico en la Iglesia; y al resultado presentido por Gioberti, á la primacía intelectual y moral de Italia por medio del pontificado sobre todas las naciones. El otro camino iba al jesuitismo. El Papa creyó, y creyó con razon, que el primer camino se le habia cerrado despues desus desgracias de 1848. El Papa creyó que solamente le quedaba el camino de oposicion radical á las sociedades modernas y de restablecimiento inmediato de las ideas antiguas. Por eso elevó á símbolo de la fe en nuestro tiempo todo aquello que nuestro tiempo ha desechado y destruido. Por eso continuó proclamando un dogma de fe sin asistencia del Concilio. Por eso acabó arrojando en medio de la Iglesia atribulada el principio de su propia infabilidad, es decir, el gérmen de cuasi-divinidad para él, y de eterna servidumbre para los creyentes.

Así, negar á Dios, desconocer su ley, desoir su voz en la conciencia, desacatar su moral en el mundo, ponerlo fuera del Universo y fuera de la historia, es error tan grande para nuestra córte romana como negar al Papa, como desconocer su infalibilidad, como desoir la voz de los oráculos eclesiásticos, hasta en aquellos puntos que no tocan á la fe. Aquellas apoteósis, aquellas divinaciones, á que los antiguos elevaban sus césares henchidos de orgullo, parécense mucho á las blasfemias dichas por un escritor católico que ha sostenido la siguiente tésis: tres seres hay adorables para el verdadero creyente, Dios en el cielo, Cristo en la hostia y el Papa en el Vaticano. Á estos extremos lleva el dogma de la infalibilidad.

Jamas nos cansarémos de repetir que los dogmas en nuestro tiempo promulgados y el espíritu que á ellos ha presidido, convierten al catolicismo de religion en secta, y al Papa, por consiguiente, en jefe de sectarios. Aquel antiguo sentido humano, por cuya virtud se asimilaba toda la filosofía y toda la historia, halo perdido últimamente. En presencia de nuestra filosofía, en presencia de nuestra revolucion, sólo ha sabido, ó retroceder ó maldecir. Y es propiedad de las ideas casi extintas, de los sistemas en decadencia, cerrarse á todas las emanaciones del espíritu humano, á todos los progresos de la sociedad; á ideas, á progresos, que en tiempos mejores los nutrieran y los acrecentáran. El catolicismo se asimiló á filósofos paganos como Aristóteles y á filósofos musulmanes como Averroes. En esta fuerza de asimilacion estribaba su progreso. Y el mahometismo, que no tuvo fuerzas para esas asimilaciones, que tradujo á Aristóteles y engendró á Averroes, sin poder apropiarlos á sus dogmas fatalistas y monoteistas, poco á poco quedó siendo el credo de una sola familia humana, la religion de una raza, el alma de imperios militares, tan rápidamente engendrados como muertos. No protegerá Dios aquellas religiones, aquellas doctrinas, capaces de perder en su madurez el sentido humano, el sentido universal que tuvieran en su juventud. Cada movimiento del tiempo se creerá á sí mismo divino; cadarevelacion de la conciencia se creerá á sí misma sobrenatural. Y no levantándose á mirar espíritu y naturaleza en su conjunto, perderá con el conocimiento de la vida el sentido de la historia. Cada secta se encierra en sí y hace más que ignorar la historia de sus opuestas; hace más que esto, las calumnia, las deshonra, las maldice, creyendo realizar un bien, y bien eterno. Imaginad lo que será la historia del cristianismo contada por un judío. Imaginad la historia del judaismo moderno qué será contada por un feroz inquisidor. El católico apénas comprende el desarrollo de los pueblos protestantes. El protestante llama Antecristo al Papa. Leed á un griego ortodoxo, y él os demostrará que ese bizantinismo, tenido por nosotros como el extremo de la decadencia moral, hubiera salvado al mundo con su metafísica, si el mundo no cayera en poder de los leguleyos, es decir, de los canonistas romanos. ¡Cómo ciega el espíritu de secta! Nosotros nos detenemos extasiados ante la Vénus de Milo. Su hermosura severísima; su majestuoso continente; la pureza y armonía de aquellas líneas; la gracia y serenidad de aquel rostro; la perfecta posesion de sí mismo, que indica aquel espíritu, asomado á los inmóviles ojos, dueños por completo de todos sus pensamientos y de todas sus pasiones; la serenidad de aquel perfecto tipo, bello ideal de las artes plásticas, nos extasían hasta el punto de absorbernos en misteriosa adoracion, miéntras que á un cristiano de los primeros tiempos, exaltado por su recien nacida fe, parecíale fealdad tanta belleza y vislumbraba en ella la siniestra y deforme efigie del demonio. No hay cosa en el mundo como el sol, que vivifique como el aire, que perfume como las flores, que regale como los frutos, que recree como los rumores y los aromas del campo, que absorba como las olas del mar, que eleve como las estrellas del cielo; y, sin embargo, el misticismo ha llegado hasta engendrar en el hombre desamor, ódio al Universo.

¿Qué mucho, si encerrado cada individuo en su egoismo, cada secta en su tradicion, cada tradicion en su dogma, cada dogma en su Iglesia, cada Iglesia en su intolerancia y cada género de intolerancia en su crueldad, no llega jamas á comprenderse cómo el espíritu humano rebosa en todas las obras humanas, vário, multiforme, contradictorio á veces, sin perder nunca su fundamental unidad? Y los que miran la vida por un lado, el tiempo por una edad, la ciencia por un solo sistema, el arte por una sola escuela, el ideal por una religion, la sociedad por un partido, la historia por una fase, la humanidad por un pueblo, jamas comprenderán el espíritu humano, que como no puede separarse aquí, en este planeta,de su primer organismo, del cuerpo en que se encarna, tampoco puede separarse, ni del hogar, ni del templo, ni del arte, ni de la ciencia, ni de la sociedad, que serán momentos de su vida, organismos de su sér, revelaciones inmanentes y perpétuas de su esencia, grados de su desarrollo, lo que se quiera; pero en cuya totalidad estamos virtualmente cada uno de nosotros, y en cuyo desarrollo está el desarrollo de nuestra propia vida. Hemos sido con los que fueron; serémos en los que vendrán. No creamos, pues, á una sola Iglesia depositaria de la verdad absoluta, ni á un solo pueblo representante del espíritu humano.

Ved por qué yo arguyo de sectarios á los católicos, porque no comprenden sino una parte de la vida, nuestra vida histórica. Cuentan solamente con lo que fuimos, no cuentan con lo que somos, no cuentan con lo que serémos. Cuando la fisiología revela cada dia un secreto de este organismo humano, abreviado Universo; cuando la química llega á tener la fuerza de descomposicion y recomposicion de la naturaleza; cuando la astronomía nos comunica directamente con lo infinito; cuando prodigiosos descubrimientos nos entregan el rayo para que lo vibremos en nuestras manos, cual lo vibraban los antiguos dioses; cuando la tierra en que vivimos nos ha contado su ancianidad por medio de sus evoluciones geológicas, y elcielo que nos envuelve ha revelado en el espectro solar la fundamental unidad del Cósmos: en este crecimiento de la naturaleza humana y del espíritu humano, junto á un derecho que nos dice á todas horas la igualdad fundamental de los hombres en la sociedad, y junto á una ciencia que nos dice la igualdad fundamental de los seres en el Cósmos, ¿creeis puede satisfacernos una religion cuyos dos últimos dogmas, en vez de espiritualizar la vida, de idealizar la fe, nos enseña el privilegio y la excepcion de dos criaturas humanas; privilegio y excepcion incomprensibles para la inteligencia, é inverosímiles en la universalidad de la naturaleza?

Así la sociedad, la ciencia, la vida andan por un camino; y por otro completamente opuesto el catolicismo. La córte pontificia sólo se alimenta de la tradicion. La ciencia católica es la arqueología. En Roma, en la Roma pontificia, se oye por todas partes un rumor elegíaco. Sobre las ruinas materiales álzanse la ortiga, el jaramago; sobre el jaramago y la ortiga las ruinas morales. El Viérnes Santo parece el dia eterno de esta ciudad singular, el dia en que el corazon está desolado, el santuario desierto, los cirios extintos, las aras desnudas, los altares velados, y el cántico de Jeremías resonando á la contínua por aquellos templos henchidos de evaporaciones de lágrimas. Yorecuerdo que aquel dia, despues de haber asistido por la mañana á la Capilla Sixtina, fuí por la tarde á la Vía Apia, á la vía de los antiguos sepulcros. Un momento me detuve á contemplar la entrada de las catacumbas y á recoger las benditas inspiraciones de sus cenizas. Parecíame que las almas de los mártires renacian al conjuro de mi evocacion y me acompañaban por aquel camino de tristezas y desolaciones. Alguna vez involuntariamente volvíanse los ojos á la ciudad, donde se dibujaban sobre las formidables ruinas paganas las aéreas rotondas católicas. Roma á la espalda, la cordillera sabina al frente, el desierto en derredor, los acueductos interrumpidos por todas direcciones, el camino de los siglos bajo las plantas, el cielo de las contínuas plegarias sobre la cabeza, cuatro leguas de sepulcros abiertos á la contemplacion; el pastor ó el fraile interrumpiendo con su pintoresca presencia ó su religioso saludo el viaje, os hacen creer que descendeis realmente á la region de las sombras, á los abismos de la historia. Esperais el dantesco guía que ha de conduciros. Á la derecha las catacumbas de San Sebastian, donde duermen los mártires, y á la izquierda el Circo Máximo, donde los mártires fueron inmolados. Unos pasos más adelante el sepulcro de Cecilia Metella, que recuerda los últimos dias de la República, sepulcro formidable,especie de fortaleza sobre la cual han levantado nuevas fortalezas otros tiempos, como nuevas leyes se han erigido sobre aquellas leyes y nuevas instituciones sobre aquellas instituciones. Las piedras agrupadas en ese monumento, bruñidas por el ardiente sol del Lacio, han resistido á la corriente de los siglos, á las pasiones de los hombres, como la República á todos los movimientos políticos de la historia. Á un lado y á otro piedras desprendidas de grandiosos monumentos, bajos relieves hermosísimos, restos de templos, restos de tumbas, cadáveres de pasadas civilizaciones, como si aquel campo fuera el campo de batalla, donde en lejanos tiempos peleáran, no ejércitos de hombres, sino ejércitos de mundos y planetas. Andais un tanto y veis el sepulcro de Séneca. La tiranía no quiso oir las quejas de su víctima, y el arte se ha burlado de la tiranía dejando en el bajo-relieve una protesta que los siglos repiten, contra la crueldad de los tiranos. Yo, que acababa de hollar el polvo de las catacumbas, no pude ménos de poner mi mano sobre las piedras de aquel sepulcro. ¿Cuántas ideas de los antiguos estoicos y cuántas ideas de los primitivos cristianos formarán la urdimbre de nuestra fe, de nuestra moral? ¿Qué arma habrá engendrado la ley á cuyo imperio me hallo sometido? ¿Qué apóstol ó qué mártir habrá levantado el altar de mis creencias? Inútil empeño. No le pregunteis á la nube de dónde se ha evaporado, ni al rayo de dónde se ha encendido, ni á las moléculas que recorren vuestro organismo dónde se han formado; el Universo es el laboratorio de la vida, y la conciencia universal es el laboratorio de la idea. Así, unos las engendran, otras las expresan, éstos las predican, aquéllos mueren por ellas; y los mismos que las contrarían y las combaten, las sirven sin quererlo, hasta que pasan á ser el sentido comun de la sociedad.

Los sepulcros, sobre todo aquellos sepulcros de edades apartadísimas, podrán guardar huesos frios; pero guardan tambien ideas vivas. En la milla quinta de la Vía Apia,regina viarum, no léjos de antiguo túmulo circular, rematado por torrecillas de la Edad Media, se extienden las fosas de Cluilio, donde la tradicion, despues confirmada por Dionisio de Halicarnaso, pone el campo de batalla entre Alba y Roma, la tumba, por consiguiente, de los Horacios y de los Curiacios. Pueblos primitivos del Lacio, al ver tantas ruinas, que parecen como vuestros esqueletos, no puedo ménos de recordar los bellísimos dias de las ferias latinas, cuando os congregabais sobre las montañas de Albano para ofrecer sacrificios, y de allí ibais á la selva albanea para escuchar los cantares de los faunos; y de la selva ála gruta de Tívoli para interrogar á la fatídica Sibila; y miéntras, vuestras mujeres celebraban en primavera, cuando el cielo sonrie y la naturaleza resucita, las fiestas palilias en honor al Dios de los apriscos, ceñidas de follajes, coronadas de guirnaldas, bebiendo entre cánticos religiosos la leche áun caliente en copas recien talladas de las seculares encinas; vosotros sólo os acordabais de la naturaleza que os rodeaba, como si más allá de la naturaleza no hubiera otra vida ni otros seres.

Mas acaso las creencias que han sustituido á vuestras creencias no se acuerdan bastante de que existe la naturaleza vivida, inmortal. Hoy la nave griega, trayendo mercancías é ideas, no ancla en vuestros puertos; los dioses rientes y cantores no corren por vuestras campiñas; el desierto se ha tragado hogares y templos; las batallas han esparcido hasta los mudos é inmóviles habitantes de las tumbas.

El Viérnes Santo, consagrado á la muerte; la Vía Apia, camino de sepulcros; Roma, la gran necrópolis; todo, todo me habla contínuamente de los muertos, y todo me convida á pensar en este gran misterio. Nos imaginamos en la naturaleza monarcas absolutos, y vivimos bajo leyes que no conocemos apénas. ¿Por qué esta interrupcion de la muerte? ¿Por qué esta oscura piedra del sepulcro rodada de abismos insondablesal borde oscuro de otros insondables abismos? Consolémonos. La dinámica natural no se interrumpe. Cuando nosotros dejamos el cadáver en la tumba y nos volvemos doloridos á pensar en la muerte de aquel sér, la corrupcion del cadáver es nueva forma de existencia, nueva funcion de vida, nuevo gérmen de seres. ¿Falta de jugos nutritivos en el estómago, falta de sangre en las venas, falta de oxígeno destruirán al hombre que se proclama dueño de la inmortalidad? Cada organismo humano es un pequeño universo en medio de la totalidad del universo material y moral. Por la nutricion, por la respiracion, por el cambio contínuo de moléculas, absorbemos la vida de la naturaleza; como por la síntesis, por la generalizacion, dilatamos nuestra alma concreta é individual en el espíritu humano. Como la luz y el calor se identifican en el Universo; como el tono grave y el tono agudo se combinan en la armonía; como las exhalaciones carbónicas de la respiracion animal y las exhalaciones oxígenas de la respiracion vegetal en la atmósfera, combínanse la vida y la muerte en nuestro sér. De estos contrasentidos resultan los mayores goces de la vida. El deseo no satisfecho es una pena. El amor es deseo no satisfecho, deseo inextinguible, y el amor es una felicidad. En el momento en que el deseo se acabára, acabárase tambien el amor. Y el deseosatisfecho deja de ser deseo. Hay, pues, que conservar el deseo para conservar el amor; hay que conservar la pena para conservar la felicidad. Hay que conservar la muerte para conservar la vida. La muerte es una resurreccion.

Comprendo cuán sublime es el simbolismo de la Iglesia al celebrar la Pascua de Resurreccion. Dia de universal regocijo este dia. Cae en la estacion de las resurrecciones. El calor vivificante renace y abriga á la aterida tierra. Las nieves se derriten y envian sus claras aguas á los rios. El campo se cubre de verdura, la verdura de flores, las flores de mariposas. Los almendros, los manzanos, los limoneros y naranjos semejan otros tantos ramilletes. Las aves se entregan á sus cánticos y á sus amores. Hínchanse las yemas de savia, y las larvas se trasforman en pintados insectos. Sale de su agujero la hormiga, y la abeja de su panal. Las torres, que durante tres dias estuvieron mudas, echan al vuelo sus campanas. Vístense los campesinos de fiesta. La Vírgen-Madre, ántes llorosísima, se ciñe de guirnaldas para salir al encuentro del hijo de sus entrañas. En la procesion de la mañana de Pascua, por nuestros campos y nuestras aldeas todos á una entonábamos el cántico de la resurreccion:aleluya, aleluya. Parecíanos ver el Crucificado erguirse sobre su lecho de mármol, rasgar el sudario, quebrarla losa, volver á la vida, resplandeciendo de alegría. Las amapolas eran más rojas, las flores del almendro más sonrosadas, el aroma del azahar más penetrante, el cántico de las aves más sonoro en este dia á nuestros sentidos perfumados por la miel de santo misticismo. Yo declaro que veia la naturaleza más hermosa. No me extraña esta interior vision del mundo externo. Me han asegurado piadosos viajeros haber oido, atravesando las cordilleras de los Andes, palabras místicas á esas aves que remedan las articulaciones de la voz humana. Convertimos el Universo en verbo de nuestro pensamiento, y sus rumores en eco de las palabras murmuradas por la conciencia á nuestro oido. ¡Santa alegría de la mañana de Pascua, bendita, bendita seas!

Comprendo que el doctor de la epopeya alemana, despues de haber sentido todos los dolores y miserias de la humanidad; despues de haber tocado todos los desengaños de la ciencia; al ver su frente coronada de dudas y su corazon coronado de espinas, pensase en apurar el tósigo, y sólo apartára la funesta copa de los labios al eco de las campanas que anunciaban la resurreccion; de las aleluyas que anunciaban la Pascua; de los cánticos sagrados cuya virtud puede reconciliar á la desesperacion con la naturaleza y con la vida.

El dia de Pascua en Roma seguí yo todas lasceremonias religiosas. Escuché al amanecer el alegre repique de sus innumerables campanas; fuí á la basílica de San Pedro; atravesé la gran columnata del Bernino; oí el rumor de las dos fuentes que envian á las alturas sus aguas en surtidores, verdaderos arroyos; contemplé el obelisco de Calígula traido á Italia por la mayor nave de toda la antigüedad; subí la majestuosa escalinata que conduce al templo, y penetré en su interior con el espíritu regocijado por el recuerdo de mis antiguos afectos é ilusiones en el dia de Pascua. No me asaltó la comezon de crítica que suele asaltar á todos los visitantes de la basílica Vaticana. Como en ella se han empleado tan fabulosas riquezas, como han contribuido á ella los primeros arquitectos del mundo, no hay quien resista la tentacion de criticarla. Irrealizable idea, dicen unos, la idea de Bramante, que propuso una cúpula mayor aún que esta cúpula. Grande lástima, exclaman otros, no se realizára el pensamiento de Rafael, la cruz griega, que permitiera ver la rotonda desde la entrada en el templo. Variedad, riqueza le quitó Miguel Ángel, observan algunos, oponiéndose al plan de San Galo, porque tendia en sus pirámides y sus cúpulas al gótico, abominado en la pagana Roma; miéntras todos observan que la ilusion óptica contraría el efecto de la iglesia; que su grandeza no puede comprenderse á la primera ojeada; que la inmensidad de sus dimensiones daña á la hermosura artística; que el fondo se ve desde la puerta envuelto en una especie de engañoso vapor; que se necesita andar los doscientos pasos en torno de las colosales pilastras, sustentáculos de la inmensa linterna, para conocer en virtud del análisis toda la magnitud de esta iglesia única; que la riqueza de mármoles y bronces pasma, pero no extasía; que las violentas estatuas señalan época ya de triste decadencia, y época de triste decadencia tambien señala el altar mayor con sus columnas salomónicas, y la santa sede romana con los colosos en bronce dorado, representando cuatro Padres de la Iglesia, cuyos mantos henchidos deben estar por huracanes, segun se agitan, y el Espíritu Santo resaltando en trasparentes cristales de color amarillo, que parece paloma caida en gigantesca fuente de bien batidos huevos.

No busquemos en la iglesia vaticana el misticismo que se exhala de nuestras catedrales góticas: la piedad retratada en el rostro de las estatuas y de las efigies que nacieran de espíritus puramente católicos; el misterio de aquellos rayos de luz cernidos por los vidrios de colores y quebrados en las agudas ojivas, no; el genio clásico, el espíritu clásico alzó el templo romano en ideas apartadas del ferviente espíritu católico, en ideaspaganas; y la grandeza de los arcos semejantes á los antiguos arcos triunfales; y la elevacion de las áureas bóvedas; y las dimensiones de la maravillosa rotonda; y la riqueza de los mármoles cuyos matices tiran desde el blanco perla al ópalo, desde el ópalo al rosa, desde el rosa al lila, desde el lila al amatista; y el relumbrar de los bronces brillantes como el oro nativo; y la riqueza de los mosaicos que en piedra representan con vivísimos colores los más preciados cuadros; y los altares en su lujo, y las estatuas en sus gigantes nichos, y los ángeles abriendo por doquier las alas, y los papas tendidos sobre sepulcros de tan diversas formas y de tan contrarios siglos, forman realmente, si no un templo católico, uno de los monumentos mayores que sobrelleva la tierra.

El Papa bajó á la Basílica. El aparato que le rodeaba el Domingo de Ramos habíase agrandado en el Domingo de Pascua. El número de obispos y arzobispos era mucho mayor. Llevaba Pío IX una capa blanca, recamada de riquísima pedrería, y coronaba su cabeza con la tiara de oro, en la cual iban sobrepuestas tres coronas de brillantes. Conducido á su sede, entonó la misa mayor con voz melodiosa; y despues de la misa, adoró las santas reliquias con extraordinario arrobamiento. Cumplida esta práctica, subiéronle á la ventana mayor de San Pedro, mostráronle á la gran plaza,henchida de gentes. Sus brazos se abrieron como si quisiera abrazarnos á todos, su voz tomó extraordinaria intensidad, y Roma y el orbe entero fueron bendecidos por su palabra y por sus manos. Yo, en medio de las exclamaciones de aquella muchedumbre, del sonoro repique de las campanas, del estampido de los cañones, del himno exhalado por tantas músicas, de la alegría pintada en tantos semblantes, pensaba cómo realmente aquella bendicion podia dirigirse al orbe entero; cómo alcanzaba desde las regiones boreales hasta las regiones del trópico, y cómo entraba en todos los pueblos, hasta en aquellos que más emancipados se creen de la Iglesia católica: en Inglaterra, por los irlandeses; en Rusia, por los polacos; en la América sajona, por los Estados del Sur; en Alemania, por los bávaros; en todo el mundo por las antiguas colonias portuguesas y españolas, que han sembrado de iglesias el África, el Asia, la América, y han enseñado el símbolo de Nicea, así á los indios del viejo como á los indios del nuevo continente.

Si con todas estas ceremonias quieren mostrar que Roma conserva su predominio antiguo sobre el mundo, á maravilla lo consiguen. Ninguna ciudad tiene este poder. Ninguna envia sus bendiciones desde los palacios de París hasta las cabañas de Patagonia. Ninguna muestra su primermagistrado bendecido en todas las lenguas, adorado en todas las regiones, puesto á la altura de verdadero Dios. Ninguna puede decir que sus leyes son el código moral de una parte considerable del mundo; que su rey reina en las conciencias de pueblos diseminados por todo el orbe. Los obispos son verdaderos prefectos encargados de sostener la superioridad moral de Roma sobre todas las naciones. Tributarios somos, tributarios como las antiguas provincias romanas, tributarios del césar espiritual que nos bendice ó nos maldice á su grado, desde su inmenso santuario del Vaticano. Ántes oponíanle las várias Iglesias, las várias nacionalidades, sosteniendo la rica variedad de la vida bajo la unidad pontificia, algun freno. Hoy no tiene freno alguno. Hoy, declarada la infalibilidad, el Papa es toda la Iglesia. En vano los obispos reunidos en Fulda advirtieron el enorme riesgo que corria la unidad del catolicismo; en vano el Prelado de Orleans, tan entusiasta del Papa, calificó de peligrosa novedad los nuevos dogmas; en vano el elocuentísimo Strossmayer, que tan enérgicamente protestára contra la ruptura del concordato austriaco, hizo vibrar su gran palabra en los oidos del episcopado para separarle de vergonzosa abdicacion; en vano Döellinger apeló á toda su ciencia en demostracion de que diez y ocho siglos no vieron apuntar tamaña monstruosidad, sino por los concilios de Letran, verdaderas antecámaras del rey de Roma; en vano el Padre Gratry probó que el Papa Honorio habia sido condenado en el sexto concilio ecuménico por tender á la herejía de los que negaban las dos naturalezas en la persona de Cristo; en vano el cardenal Schwarzenbeg recordó que tras las pretensiones de Bonifacio VIII al dominio absoluto de la conciencia y del mundo, vinieron disentimientos, guerras religiosas, cismas, servidumbre para el Pontificado; todo en vano: una Asamblea cohibida por servil reglamento, impulsada por contínuas proclamas del Papa, puesta bajo el influjo de invasor jesuitismo, incapacitada de tener la unanimidad moral indispensable en la proclamacion de los dogmas, pues ciento cuarenta obispos, los más elocuentes, los más autorizados, los de mejores diócesis, se oponian; una Asamblea en tales condiciones llegó, entre grandes protestas, despues del retraimiento de los conciliares más célebres y más ilustres, en tarde tempestuosa, que semejaba prematura noche, á la divinizacion de Pío IX, superior desde entónces ¡él solo en la tierra! como Dios extraviado por nuestras bajas regiones, superior á los errores y á las debilidades propias de nuestra limitada y fragilísima naturaleza.

La antigüedad tenía tambien sus apoteósis. Elhombre, que habia llegado á césar, no se contentaba con ser césar, y aspiraba á Dios. El Senado se reunia y decretaba la divinidad á sus tiranos. Cónsules, sacerdotes, vestales, corrian en torno del césar, le coronaban, le ponian sobre un altar, le trenzaban guirnaldas, le degollaban víctimas, le ofrecian cánticos sagrados y olorosa mirra, celebraban su nacimiento y su inmortalidad con innumerables fiestas. Pero la igualdad de la vida, la igualdad de la muerte, la implacable igualdad que nos muestra á todos, hijos de la tierra, sujetos á idénticas leyes, decian que esas apoteósis, léjos de elevar á un hombre sobre el nivel de los demas hombres, le empequeñecian hasta ponerlo muy por bajo de nuestra naturaleza. El dolor y el esfuerzo, la pena y el error, están en la condicionalidad, en las limitaciones humanas. Y por consiguiente, los hombres-dioses caen pronto, muy pronto, como cayeron los Faraones y los Nabucodonosores. Casualmente las edades de las apoteósis fueron las edades mortales al paganismo. Despues de haber entrado los hombres en el cielo, salieron los dioses. Los pueblos dejaron de ir al templo de Délfos, donde se veian las cimas del Parnaso, donde se escuchaban los rumores de la fuente Castalia, donde hablaba la Pitonisa en versos que contenian los secretos del porvenir, donde se celebraban los juegos píthicos ylas asambleas anfictiónicas, donde Apolo derramaba luz sobre la frente, é inspiracion sobre el alma de la madre Grecia. Inútilmente un sabio, filósofo, orador, poeta, guerrero, héroe y artista, Juliano, quiso restaurarlo, idealizarlo, rejuveneciendo el viejo dogma con la nueva metafísica; los sacrificios se interrumpieron, las aras se destrozaron, el paganismo se extinguió, porque habiendo comenzado por la divinizacion de las fuerzas naturales que rigen el Universo, concluyó por la divinizacion de los césares y de los pontífices.

¡Dia de Pascua en Roma! Despues de haber asistido á la misa católica, á las bendiciones pontificias, preguntéme á mí mismo si en realidad algo ha resucitado en estos últimos tiempos sobre aquella tierra, sobre la tierra de la resurreccion en el siglo décimosexto, sobre la tierra del Renacimiento. Aquí está Galatea, allá Psíquis, acullá las musas danzando en torno del antiguo Parnaso, en una parte las escuelas de Aténas más vivientes y más bellas que lo fueran jamas en la misma realidad; en otra parte las sibilas alzadas á las cimas de lo sublime para promulgar los oráculos; en un museo Diana, con la media luna sobre la frente, el arco entre las manos, seguida de sus ninfas, y saludada por las selvas; en otro museo la aurora abriendo las puertaseternales al dia; por doquier, en los arcos triunfales y en las serenas estatuas, renaciente, resucitada la plástica antigüedad en toda su serena perfeccion.

Pero la Edad Media no ha resucitado. Por más que se haya sostenido la supremacía política de la Santa Sede; el predominio del clero sobre las demas clases sociales; la direccion de la política europea en los papas; el carácter religioso y feudal del antiguo patrimonio de San Pedro, la inquisicion para la conciencia, la censura para el pensamiento, la mezcla de la autoridad temporal y la autoridad espiritual en una sola persona; el anatema inapelable sobre el Estado independiente, sobre la escuela láica, sobre el matrimonio civil, sobre la libertad religiosa y de imprenta; la Edad Media no ha resucitado, no ha podido resucitar en Roma ¡Oh pontífices! Los dioses que quisisteis aniquilar se han levantado, sino en el cielo de la religion, en otro cielo hermosísimo, en el cielo del arte; miéntras el espíritu de la Edad Media, que intentais de resucitar, se hunde cada dia más en lo pasado. Renace todo cuanto maldecisteis, muere todo cuanto vivificasteis. ¿No dice esto nada al Papa infalible, al Dios del Vaticano?

Mas no seré yo quien peque de exclusivo é intolerante. El siglo décimoctavo, en su obra dedestruccion, pudo, mirando la vida por uno solo de sus aspectos, creer en la necesidad de destruir toda la Edad Media. El siglo décimonono, en su trabajo de reconstruccion, de reconciliacion, no puede, no, decir que diez siglos, mil años, han sido inútiles al progreso humano, y no han dejado nada en el fondo de nuestra civilizacion y cultura. Aquella tendencia espiritualista, aquella tendencia idealista de los siglos medios debe renacer en nuestro siglo, sin su carácter exclusivo, reconciliándose con la naturaleza y con la ciencia. Necesitamos, para que esta nuestra civilizacion sea perfecta, encender en su cima la clara luz y el fuego purificador de verdadero idealismo. Los milagros se repiten todos los dias en las ciencias naturales, en las ciencias exactas, en las ciencias físicas, en todo aquello que tiene por objeto lo natural y lo sensible. Sabemos observar, sabemos calcular como ningun otro siglo. ¿Pero sabemos con igual perfeccion sentir, sabemos pensar? Conocemos el sol, estamos seguros de que su volúmen es un millon cuatrocientas mil veces mayor que el volúmen de la tierra; y que andando sesenta kilómetros por hora, tardariamos doscientos setenta años en llegar á su ardiente superficie; y que puesto el grande astro en el platillo de una balanza, habria necesidad de poner para su equilibrio trescientos cincuenta mil globos terráqueos en el otro platillo; sabemos todo esto del sol, que á tan larga distancia se halla de nosotros; y apénas sabemos nada de la conciencia, de ese sol interior, que en nosotros mismos llevamos y tenemos eternamente.

Estas maravillas de las ciencias físicas no se interrumpen. Ora descubrimos en la Vía Láctea fenómenos que casi escapan al dominio de nuestra dinámica; ora sabemos los cambios que en veinte años ha tenido la nebulosa de Orion. Conocemos el curso de las edades en el planeta; la aparicion de las primeras especies; el despertamiento de los infusorios en los bancos marinos formados durante la época oceánica; las causas de la milagrosa vegetacion, reveladas por los terrenos carboníferos. Miéntras la astronomía nos relaciona con el Universo y la geología evoca recuerdos del mundo histórico, la química revela secretos de la vida. Priestley descubre el oxígeno. Lavoissier descompone el aire y halla en su seno el gas que favorece y el gas que contraría nuestra existencia. El encuentro de virtudes, ocultas ántes, en los minerales impulsa la agricultura, como el encuentro de un gran número de alcalóides, ántes desconocidos, da nuevos recursos á la medicina. La electricidad viene á colaborar en estos prodigios. Desde los misterios de Cagliostro vamos á las claras experiencias de Galvani, que presta movimiento con sus centellas eléctricas á miembros de animales muertos; desde las experiencias rudimentarias de Galvani al conocimiento de la electricidad y de sus leyes, merced á haber puesto Volta maquinalmente un pedazo de periódico humedecido en sus labios entre las planchas de zinc y las planchas de cobre, descubriendo su maravillosa pila, hasta que, perfeccionados todos estos descubrimientos, encontrada la gran fuente de electricidad por los progresos conseguidos en la pila de Volta, Morse, un hombre perteneciente á la raza de Franklin, el primero á quien la naturaleza creyera digno de recibir en sus manos el rayo, ántes reservado á los dioses; Morse inventa el telégrafo, y pone el flúido electro-magnético, alma de las pavorosas tempestades, bajo la mano del hombre.

Al pensamiento humano, á pesar de su infinita intensidad, le faltan fuerzas para seguir todos los adelantos seguidos por el vapor, y el magnetismo, y la electricidad, y el descubrimiento de nuevos gases, y la composicion de sustancias químicas, y las exploraciones de los telescopios en el cielo, y las exploraciones de los viajeros en la tierra, y la ascension á la atmósfera, y el descenso, así á los abismos de las minas como á los abismos de los mares, y las clasificaciones de las especies muertas como de las especies vivientes, y el progreso de lafisiología que estudia nuestro cuerpo, y el progreso de la cosmología que estudia el Universo.

Pero ¿puede gloriarse de igual grandeza moral, de igual grandeza espiritual? ¿No peca, sin duda alguna, por exceso de materialismo como el antiguo mundo clásico? ¿No peca por olvidarse del alma que lleva dentro de sí mismo y del Dios que anima el Universo? Es necesario, indispensable, elevar á los ojos de esta civilizacion materialista un grande ideal. Yo conozco cuánto se oponen á ello las vocaciones exclusivas. Así como hay oidos que no perciben las armonías de la música, ojos que no ven las bellezas de los cuadros, hay almas que no sienten necesidad de la religion. Pero las sociedades humanas ¡ah! no pueden ser exclusivas, las sociedades humanas contendrán siempre como el derecho, como el arte, como la ciencia, como el trabajo, ese otro término de la misteriosa serie de su vida, la religion. Pero á medida que los progresos materiales son mayores, el espíritu religioso, como la inspiracion artística, deben tender más vivamente al idealismo. Y el Dios del Vaticano, especie de ídolo material, vestido de brocados, coronado de diamantes, envuelto en nubes de incienso, embriagado por palabras que saben á las antiguas apoteósis cesaristas, no responde á las necesidades de nuestra época, ni apaga con sus ideas teocráticas la sedinextinguible de nuestro espíritu. En Roma, á la sombra de tantos templos, entre aquel laberinto de altares, á la vista de las innumerables cúpulas por donde han subido como por su escala misteriosa innumerables oraciones al cielo; sobre las ruinas amontonadas en aquellos campos sacratísimos por los devastadores siglos; el pensamiento deja rodar en desórden al viento de todas las ideas los dioses muertos, y se eleva á considerar el Dios vivo, uno, absoluto, eterno; sér, esencia, verdad, bien, hermosura; el Dios de la naturaleza y del espíritu, que se alza sobre todos los cambios, sobre todas las trasformaciones de la historia, y comunica á nuestra alma la esperanza inefable en la inmortalidad.

Esta grande idea crece con el crecimiento de las conciencias, y se purifica con su purificacion. Las revelaciones no han concluido, no, por más que algunos crean agotada su fuente. Los tiempos de la razon ahora comienzan, y no sabemos cuánta luz y cuánto calor la razon tendrá en su seno. El Zeus indio, nacido al pié de aquellas altas montañas, perfumado por el aroma de aquellas espesas selvas, no se detuvo en su cuna de palmas, sino que yendo de gente en gente, trasfigurándose de nacion en nacion, llegó á la cima del olimpo griego. Y un dia, en los pueblos educados por su sagrado númen, brotó la revelacion de la unidad dela conciencia humana, complemento necesario á la unidad de la naturaleza divina, que se revelára entre los relámpagos del Sinaí. Y estas dos ideas altísimas fueron creciendo, espiritualizándose en los diálogos de la Academia, al influjo mágico de la elocuencia platónica, como una infusion de la divinidad por las venas del hombre. Y cuando el pensamiento, extendiéndose, dilatándose, bajó de la metafísica á la moral, y de la moral pasó al derecho, fué necesario universalizarlo en la mente de las muchedumbres, dárselo en comunion á los pueblos para que tanto trabajo no se perdiera, para que tantas revelaciones no quedáran como ideas sin realidad y sin forma en las vagas abstracciones de las escuelas ¡Ah! La idea en su generalidad, en su pura abstraccion, parece espíritu sin cuerpo: no agita los ánimos, no alarma los intereses. Pero la idea, predicada al aire libre, dicha en los oidos de los pueblos, rompe con el sentido general de su tiempo y provoca las iras de la supersticion y de la ignorancia. Por eso el Redentor es necesario, el Redentor que ha nacido para divulgar la idea, que la lleva viva en el corazon, que la modula como plegaria incesante en sus elocuentísimos labios, que la reparte entre los pueblos, que enciende las iras de los viejos ídolos y de las inmóviles castas, que da su vida en afrentoso suplicio por los débiles, por los humildes,por los oprimidos, por los desheredados del mundo. Y la religion del Redentor se encarna en una Iglesia, que al pronto cree ser órgano de un solo pueblo, de una sola casta; pero luégo se abre á la invasion de todas las razas, al influjo de todas las ideas, por medio de un genio, que tiene la virtud de los innovadores, la elevacion de los filósofos, la elocuencia de los apóstoles, el heroísmo de los mártires. Y la revelacion no se interrumpe. Unos le llevan el espíritu judío y semita; otros el espíritu heleno-latino; otros el espíritu alejandrino. Las cuatro misteriosas ciudades, que tenian en sus manos la trama de la civilizacion europea, Jerusalen, Roma, Aténas, Alejandría, hablaron, y sus palabras fueron recogidas, y elevadas al cielo por el divino Verbo. Y no se interrumpió la serie infinita de las revelaciones; porque vino la revelacion del arte en el Renacimiento, la revelacion de la ciencia en la filosofía, la revelacion del derecho en las grandes revoluciones, cuya electricidad ha creado de nuevo al hombre y traido en lenguas de fuego un espíritu divino sobre su conciencia. ¡Ay de las sectas, de las magistraturas, de las iglesias que creen su ideal exclusivo, su doctrina estrecha, su sentido egoista, el espíritu y la doctrina y el sentido de la humanidad, de ese sér inmortal, cuya conciencia es como el espacio donde todos los grandes principios se contienen; cuya idea es como la luz que todos los mundos esclarece; cuyo espíritu es como el aire que todo lo vivifica! Las ruinas son esqueletos amontonados por los siglos. La idea se levanta de unos altares, y corre á otros altares sin detenerse, renaciendo á cada instante de sus cenizas, trasformándose en una serie de trasformaciones infinitas, como contínua renovacion de la tierra y contínuo holocausto que envia eterna nube de incienso hácia los cielos.


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