EN LAS LAGUNAS.....
Al fin tenemos luz, ese flúido sólo comparable al pensamiento, en que esclarece y vivifica. Aquí me baño en el éter desprendido de un cielo sin nubes y reflejado por un lago sin sombras. Yo quisiera ver mi interior, mi espíritu, con el plástico relieve que toman á esta luz oriental todas las cosas. Nosotros mismos somos lo más oscuro y lo más incomprensible que existe en la creacion. ¿Por qué no habia de ser mi razon tan clara como el sol? Despues de todo, la luz del gran astro se perderia, como música no oida, si no iluminase la humana frente. ¿Por qué no habia de ser mi espíritu tan diáfano como estas aguas celestes, en cuyos espejos se repiten con todas sus asiáticas cresterías, con todos sus adornos ó todas sus grecas los edificios de Venecia? Despues de todo, el Universo sería como un libro cerrado y en blanco, si no llenase sus páginas de ideas el humano espíritu. ¿Por qué los horizontes de mi pensamiento no habian de tener el mismo esplendor de estos horizontes? Sombras de sombras serian todas las cosas si no las animasen de un alma las ideas. Quitad el espíritu del planeta, y decidme despues para quién cantarian las aves que ahora gorjean en los árboles cuyas ramas tocan las aguas, y para quién exhalarian su incienso esas flores que ahora beben la savia embriagadora de la primavera. Las cosas serian, sin las ideas, jeroglíficos sin lectores ni intérpretes. El Universo sin espíritu sería, cuando ménos, un teatro sin actores. Pero el espíritu, ¿qué luz interior tiene?
Yo no conozco en la historia ninguna época de tanta angustia moral como nuestra época. Las creencias que cinco siglos de fe y de martirio habian levantado, se han caido en tres siglos de análisis. El antiguo dia de las almas se avecina á su ocaso, y no estamos seguros de que amanezca otro nuevo dia. La campana que ahora toca la oracion, el órgano que ahora acompaña el cántico de los monjes, la imágen que ahora veneran los marineros del Adriático, van pasando á ser como los himnos griegos, como los bajo-relieves del Parthenon, objetos de culto artístico, pero no objetos de culto religioso. Aquí tambien se oye alzarse de las aguas un lamento elegíaco, sólo comparable al lamento lanzado por las antiguas sirenas cuando oyeron de labios de los nazarenos queel mundo era llamado á una nueva fe en la maceracion y la penitencia. El Dios-espíritu ve condensarse contra su poder y contra su Verbo nubes de ideas tan amenazadoras como las que destronaron y destruyeron al Dios-naturaleza. ¿Qué luz interior tiene el espíritu en esta suprema crísis?
Tales ideas me asaltaban una tarde de Mayo de 1868, al borde espléndido de la maravillosa laguna de San Márcos, y enfrente de la desembocadura del gran canal de Venecia, sobre la isla de San Lázaro, á la puerta del convento de los armenios. El sol, que se habia ocultado tras la Giudecca, doraba con sus últimos rayos las cúpulas de las iglesias y las rotondas orientales de la gran Basílica; las góndolas negras, que resaltaban sobre las aguas azules, corrian rápidas en todas direcciones como fantásticos seres; al frente agrupábanse los maravillosos palacios venecianos esmaltados por todas las artes; á la espalda se dibujaba el Lido, como un jardin flotante lleno de vegetacion, de flores, de gorjeos; y en todas direcciones surgian las islas, en que los árboles se balanceaban cual si tuvieran sus raíces en las aguas, y entre los árboles resplandecian maravillosos edificios, como anclados en aquel mar de indelebles recuerdos y de eterna poesía. Se necesita para comprender la hermosura sentir desdeallí cómo espira el dia en las lagunas; cómo se iluminan de estelas fosforescentes las aguas; cómo brotan las primeras estrellas en el cielo y las primeras luces en las ventanas y en las calles de la ciudad; cómo estas luces tiemblan al reflejarse en los canales; cómo suenan los últimos toques de la campana de la oracion mezclados con los cantares voluptuosos de los gondoleros y las salmodias de los conventos; cómo se encuentran unísonas en el cielo voces del espíritu con voces del Universo.
Espectáculo tan maravilloso no distraia mi alma del pensamiento, ni el pensamiento de la contemplacion de esta crísis suprema del humano espíritu. Cuando más absorto estaba, dirigióse á mí un monje para decirme oficiosamente la hora en que el convento cerraba á los curiosos sus puertas. Aunque aquel aviso pareciera urbana despedida, sentia yo deseo invencible de permanecer allí, puesto que la hora de clausura no era todavía; y mi góndola estaba pronta á conducirme á la ciudad, que dista de la isla de San Lázaro tres kilómetros. Los monjes armenios venden maravillosas obras orientales; yo no soy ajeno al estudio de las lenguas semíticas, y valíme de la treta de una conversacion sobre tema tan socorrido para prolongar mi visita á sitio tan delicioso.
Inmediatamente se olvidó el monje de su consigna, y comenzó á departir conmigo de estudios y letras. Poco á poco la conversacion llegó á las materias religiosas. Yo he sentido siempre incontrastable ímpetu á difundir mis ideas entre las muchedumbres; pero jamas caigo en la tentacion de convencer ni persuadir en conversaciones particulares á mis interlocutores. Así como trazo una línea divisoria entre el lenguaje vulgar y el lenguaje oratorio, trazo otra línea divisoria entre los oyentes numerosos y el oyente singular con quien trabo ó mantengo un diálogo. He notado que si yo nunca me decido á convencer ni persuadir en la vida ordinaria, muchos de mis interlocutores caen, bien al reves, en la manía de convencerme y persuadirme á mí.
El sacerdote con quien yo departia á la sazon, era un jóven, turco de nacimiento, católico de religion, armenio de rito, monje de entusiasmo, oriental en su lenguaje sembrado de imágenes, veneciano por su finura y su hospitalidad; en el fondo de la conciencia místico, cual un sectario asiático, pero en el comercio con sus semejantes, de una tolerancia en perfecta armonía con el carácter de nuestro siglo. Estaba enfermo, muy enfermo, y tenía seguridad de muerte próxima. Esta melancólica evidencia daba á sus ideas, severas como la moral, solemnes como el culto,poéticas como la tierra donde habia nacido y la tierra donde iba á morir, las infinitas perspectivas de la eternidad. Hoy, pasados cuatro años, todavía recuerdo con viveza aquella conversacion de la cual quiero trasmitiros un fragmento, porque muchas de sus ideas me fortalecen todavía en mis combates interiores, y todavía me alientan en mi esperanza de una renovacion moral análoga á las renovaciones sociales. La contradiccion que entre nosotros surgió vino á desvanecer muchas de las dudas que, relámpagos de sombras, pasaban por mi alma.
—¿Creeis, me decia, que nuestro estado moral ha de continuar? ¿Creeis que podemos llevar tanto tiempo una fe muerta en la conciencia? Toda idea muerta mata el espíritu que en sí la lleva, como el feto muerto gangrena las entrañas que lo encierran.
—Os lo he repetido ya várias veces en el curso de nuestra conversacion, le dije. Yo no creo que pueda mantenerse viva la conciencia en el seno de una fe completamente muerta. El espíritu tiene analogías con la naturaleza. Y la naturaleza no aniquila, transforma; no mata, renueva. Es necesario renovar el espíritu en la renovacion de la sociedad.
—¡Renovarlo! me dijo. ¿Y cómo vais á crear una religion nueva? ¿De dónde sacaréis los apóstoles que prediquen, los mártires que mueran, las ideas necesarias, los sacrificios indispensables á una transformacion religiosa? El árbol de la fe se riega con sangre. La humanidad en nuestro tiempo tiene vocacion al trabajo; no tiene vocacion al martirio, como la tenía en la época del Redentor. Derramará hasta extenuarse todo el sudor que pueda destilar sobre las máquinas del trabajo; no derramará ¡ay! ni una gota de sangre ante las aras de la fe. Los pueblos me parecen hoy atletas llenos de energía física, pero faltos de alma.
—No obráran las maravillas que obran si no sintieran dentro de sí el vapor de grandes ideas. Han subido á los cielos y les han arrancado el rayo, porque tenian estatura moral bastante á tocar con su frente en las nubes. Las épocas de decadencia ni crean, ni inventan, ni trabajan. El desaliento y la decrepitud se sienten á una en todas las esferas de la actividad y en todas las manifestaciones de la vida.
—Pero creo haberos oido decir que los pueblos no creen si no tienen ideal.
—Es verdad. Mas creo que el ideal no debe brotar sólo del sentimiento, sólo de la fantasía, sino de la razon. Vuestro ideal es todo entero para la imaginacion. Y en las épocas reflexivas, los ideales que sólo son hijos de la fantasía y sólo ála fantasía se enderezan, mueren como en la estacion de los frutos mueren las flores.
—Vosotros no creeis en el milagro.
—No hablemos de nuestras opiniones individuales, porque entónces nuestros debates serán disputas, contestéle yo. Hablemos de algo más alto, hablemos de la crísis que atraviesa el espíritu humano en nuestro tiempo. Vuestras ideas propias valen ménos en comparacion del alma infinita de la humanidad, que las gotas destiladas de ese remo en comparacion de los caudales del mar.
—Pues bien; me rectifico, y digo: nuestro siglo no cree en el milagro.
—Teneis razon. Su conocimiento de las leyes naturales hale llevado á proclamar que estas leyes no se interrumpen ni por un minuto. Mas hé aquí la base de mi tésis: no forjeis, ni mantengais un ideal religioso en oposicion absoluta con la ciencia. Las más inferiores de nuestras facultades, la sensibilidad, la fantasía, se conmoverán al tañido de las campanas, á la vista de las sagradas imágenes, al eco del órgano que eleva un himno á los cielos, á la aparicion de esas basílicas milagrosas, como la basílica de San Márcos, tachonada de mosaicos, donde el color agota sus matices, y poblada de obras donde el arte agota sus inspiraciones, monumentos en cuyas bóvedasse ven vagar las plegarias de diez siglos, y en cuyos pavimentos dormir los huesos de innumerables generaciones; pero por poeta que seais, por conmovido que esteis, en cuanto la razon penetre en tantas armonías y ensueños, los desvanecerá con sus glaciales pero incontestables afirmaciones, dejándoos en lucha perpétua entre la sensibilidad y el entendimiento, lucha que conviene terminar, si hemos de ser soberanos de la naturaleza, sólo sometida á la verdad y á la ciencia.
—Esa lucha ¡oh! esa lucha será terminada por la fe.
—Pero la fe no puede contrariar verdades probadas ó evidentes. Los dioses antiguos sonreian en la cima de las colinas sembradas de mirtos y de templos, á las orillas de mares que parecian dormirse bajo su amparo, entre coros de poetas que divulgaban sus nombres, sobre pueblos artistas y creyentes; pero un dia la ciencia demostró que aquellas divinidades repugnaban á la razon, y á pesar de tener en su defensa pueblos heroicos, invencibles, como el pueblo romano, murieron todas juntas al soplo de una idea.
—Pero con aquellas divinidades murieron las sociedades que personificaban.
—No murieron, se trasformaron. ¿Murió el derecho romano? ¿Murió aquella literatura clásica, modelo todavía en nuestras escuelas? ¿Murieron aquellas artes plásticas que copiamos y repetimos? ¿Murieron ni siquiera aquellas lenguas á cuyas sábias combinaciones debemos toda nuestra nomenclatura científica? Lo único que pereció fué lo único que se creia imperecedero, el Dios ó los dioses de aquel mundo.
—¡Y cuántas lágrimas, cuánta sangre costó fundar la nueva creencia! me contestó el sacerdote. El mundo se encenagó en las orgías. Aquella Roma tan fuerte dejó caer la espada del combate para empuñar la copa del festin. Las venas de la humanidad se hincharon con el canceroso vino de todas las concupiscencias. Fué preciso para curar tanto mal, nada ménos que la irrupcion de los bárbaros y el destronamiento de Roma.
—Ved adónde os lleva la implacable lógica de vuestras deducciones: á llorar la muerte del paganismo, vos, sacerdote católico. Seguramente en ningun lugar de la tierra se apena tanto el ánimo del artista, al sentir la desaparicion de aquellos hermosos seres, imaginados por los poetas, y en el mármol encarnados por los escultores, como aquí, en su patria, al rumor de las olas del Adriático, bajo este cielo que todavía refleja sus miradas. Pero si al estado químico-físico del planeta corresponden los organismos, al estado moral del espíritu corresponden las religiones. El mundo sigue su vida independiente de nuestras concepciones abstractas de esa vida. Y Dios existe independientemente de la relacion que con su sér incomunicable establezca nuestro espíritu. Hoy no comprendemos el mundo como lo comprendian nuestros padres. Para ellos estaba inmóvil, para nosotros se mueve. Para ellos el sol rodaba en torno de nuestra tierra, para nosotros la tierra rueda en torno del sol. ¿Ha cambiado la naturaleza porque cambie nuestra concepcion de la naturaleza? Pues tampoco cambia Dios porque cambie nuestra concepcion de Dios. Lo bueno, lo verdadero, lo hermoso, existen por sí, é independientemente de todos los juicios que acerca de ellos se formen. Para acercarnos al ideal, no hay sino aprender la verdad en la ciencia como en la conciencia, y realizar con desinteres absoluto en toda la vida el bien. Las religiones han servido para educar progresivamente á la humanidad. Sus esperanzas infinitas, sus terrores saludables, despertaron al hombre del seno de la naturaleza en que dormia para alzarle á una vida interior mucho más pura y mucho más elevada. El frágil espíritu humano obtuvo así la idea de lo infinito, y sintió así el soplo de lo divino como creándole de nuevo y en cierto sentido redimiéndole. Pero no hay que dudarlo; si la religion de la naturaleza fué un progreso respecto al fetichismo, y la religion del espíritu un progreso respecto á la religion de la naturaleza, ¿por qué, por qué imaginar, por qué creer que se ha parado ó que ha retrocedido esta permanente revelacion?
—¿Imaginais que puede llegar más allá alguna revelacion? Dios, por un acto de su voluntad, por un soplo de su aliento, crea el mundo sin mal, y sobre el mundo al hombre sin pecado; la culpa cae del espíritu hecho libre sobre la naturaleza hecha su esclava, deslustra la creacion y rebaja á la humanidad; nacen los hijos de los hombres sujetos al pecado, y el pecado al castigo que crea generaciones de generaciones enfermas, cuyos cuerpos se pierden tristemente en el placer, cuyas almas se desvanecen como sombras de sombras en los abismos; hasta que el mismo Dios conocido sólo de un pueblo, desciende así á rescatar las culpas de todos los hombres, como á revelarse á todos los hombres; y desde entónces los aires están llenos de ángeles custodios, los altares de santos próvidos, la naturaleza regenerada por la pureza de la Vírgen Madre, el espíritu iluminado por el Verbo divino, y las esperanzas de la inmortalidad resplandeciendo más allá del sepulcro, para fortalecernos con la energía de una vida llamada á dilatarse en la eternidad.
—Líbreme Dios de contradecir ningun dogma. Los respeto profundamente todos. Mas yo niego que pueda sostenerlos una autoridad externa,fuerte, coercitiva en estos tiempos de razon y de libertad. Es necesario que la fe brote espontáneamente de las almas. Es necesario que impulse á la conciencia, y la conciencia á la voluntad. Así la idea se encarnará en el espíritu, y el espíritu se encarnará en la vida, y la vida será verdaderamente religiosa, y la religion norma é ideal viviente.
—¿Y no veis realizado esto en ninguna parte?
—No. Veo, al contrario, que miéntras la civilizacion más se inclina á la libertad, se inclinan más las sectas religiosas á la autoridad. Veo que miéntras las ideas de igualdad democrática más profundamente se arraigan en la esfera social, más en la esfera dogmática se pretende divinizar absurdos privilegios, opuestos á cuanto hay de fundamental en nuestra naturaleza. Veo, bien al reves de los tiempos cristianos en que Dios se humillaba hasta revestir la naturaleza del hombre, los hombres, llamándose infalibles, que aspiran á exaltarse hasta revestir la naturaleza de Dios. Lo veo invadido todo por el egoismo y el sentido utilitario, cuando tanto necesitamos de que el lado ideal de nuestra naturaleza, el que á los cielos mira, se despierte y se avive. Las ideas religiosas, que debian ser puramente espirituales, van volviéndose fuerzas mecánicas; y los sacerdotes, que debian tener en sus manos y reflejarsobre nuestras frentes la luz de lo ideal, simples funcionarios del Estado. Veo todo esto con dolor, porque yo quisiera que en la aridez y desolacion de nuestra vida pudiéramos libar algunas gotas de rocío celeste que refrigerase la sequedad de nuestros labios, abrasados de sed por lo infinito.
—Mas la creencia necesita una definicion que la contenga y la formule; la definicion, una autoridad que la imponga y la divulgue; la autoridad, una personificacion que la represente. La fe no sería sino el dogma; el dogma no se mantendria sin la definicion; la definicion, sin la Iglesia; la Iglesia, sin el Papa; el Papa, sin el Espíritu divino, que debe comunicarle su propia infalibilidad.
—¿Creeis que Dios ha escogido una persona aparte, privilegiada, para comunicarle la verdad? Yo soy más creyente. Yo creo que así como ha extendido la luz por todos los orbes, ha extendido la razon por todos los espíritus. Yo creo que así como nos ha dado la propia vista para el mundo externo, y la propia vista no puede ser por ninguna autoridad, ni reemplazada ni sustituida, nos ha dado la conciencia para comunicarnos con el mundo interior, y la conciencia no puede ser tampoco por ninguna autoridad sustituida ni reemplazada. Yo creo que todos vemosla luz, que todos la confesamos; y los tenebrosos de alma son tan raros y tan excepcionales, como los ciegos de nacimiento. Los seres se bañan en la vida universal; los planetas y los soles, en el éter; las almas, en Dios. Creo más: creo que la revelacion es eterna, inmanente, progresiva, de todos los siglos; teniendo por sus órganos á los filósofos, á los poetas, que han revelado una verdad, y á los mártires que por la verdad han muerto. Sólo así la historia se ilumina, la vida se eleva á lo infinito, la conciencia se enrojece en la absoluta verdad, como el hierro en el fuego. Sólo así nos sentimos unos en todas las generaciones y nos elevamos á la comprehension de todas las ideas; sólo así traemos á nuestra alma el espíritu humano, y en el espíritu humano diluimos nuestra alma. Sólo así nos elevamos á Dios, y Dios se comunica íntimamente con nosotros. Sólo así podemos ser habitantes verdaderos del Universo, verdaderos hijos de Dios, y unos é idénticos en toda la sucesion de los siglos con el desarrollo progresivo del humano espíritu.
—Yo de ninguna suerte puedo conformarme con vuestras ideas. Parécenme contrarias á todas las verdades y justificativas de todos los errores. Yo creo que un solo pueblo ha conocido á Dios en el mundo antiguo, el pueblo judío; y que una sola sociedad conserva y difunde esta vida en elmundo moderno, la Iglesia católica. Fuera de estas dos grandes ráfagas de luz tendidas por el tiempo como la Vía Láctea por el espacio, sólo descubro tinieblas y tinieblas, que ciegan y asfixian.
—¿Y el resto del trabajo humano se ha perdido? ¿Y del resto de la conciencia humana se ha Dios ausentado? ¿Qué creeriais de mi razon si yo os dijese: este jilguero ó esta rosa deben su vida al Creador; pero no se la deben ni este helecho ni ese murciélago? Si dividimos las cosas en divinas y no divinas, entregamos el mundo al maniqueismo; y el diablo disputa con derecho á Dios una parte en la creacion.—Si dividimos los pueblos en elegidos y réprobos, entregamos la sociedad á un poder arbitrario más temible que el destino antiguo. El ázoe, el oxígeno, el carbono, que separados matan, forman juntos el aire vital. No separeis tampoco las várias revelaciones de la verdad y del bien, porque todas juntas forman la atmósfera del humano espíritu. Los profetas no han escrito solamente en Judea, no han bebido solamente las aguas del Jordan y del Eufrates; han escrito en la India tambien, y han bebido las aguas del Gánges. Á formar las ideas judías ha contribuido tanto el sacerdote egipcio como el mago de Babilonia y el dualista de Persia. La idea es como la savia, como la sangre,como la luz, como la electricidad, como los jugos de la tierra, como los gases de la atmósfera, como los flúidos del planeta. La idea no reconoce ni naciones, ni sectas, ni iglesias; pasa de la Pagoda á la Pirámide, y de la Pirámide á la Sinagoga, y de la Sinagoga á la Basílica, y de la Basílica á la Catedral, y de la Catedral á la Universidad, y de la Universidad al Parlamento, con la celeridad del rayo que truena, ilumina, quema y purifica. El cristianismo ha sido preparado lo mismo en las estancias de Isaías que en los diálogos de Platon. Á la revelacion universal ha llevado cada raza humana su contingente. El pueblo griego creia su vida completamente original, aparte de toda otra vida humana, sus dioses puramente nacionales y domésticos, y su casta Diana habia tenido templos en el Asia Menor, y su Baco, que representa la exaltacion, el delirio de la vida en el Universo, venía ébrio del néctar destilado por los bosques indios. Cuando el judío se aislaba al pié de sus altares y allí creia conservar su Dios alejado de todas las tentaciones paganas, iba Alejandro á perturbar aquel monólogo triste de un pueblo, y á llevar tras su carro de guerra las divinidades griegas, tocando el címbalo y la flauta frigia, despertadores de la alegría helénica en el seno de la triste, inmóvil y panteista Asia. El mesianismo no era una esperanza hebráica, erauna esperanza universal. La sibila de Cúmas lo concebia en su gruta, á las orillas del sensual Tirreno, en los mismos dias en que Daniel contaba con los dedos las semanas de años que faltaban para su cumplimiento. Y en el Pausilipo, á la sombra de los altos olmos festoneados por las vides, á la vista de las ondas recamadas de espumas en que cantaban las sirenas griegas, entre las danzas báquicas, oyendo el caramillo del dios Pan y los coros de las vírgenes que trenzaban guirnaldas de flores sobre las aras humeantes de mirra, Virgilio anunciaba la redencion universal casi al mismo tiempo que el Bautista la pedia, vestido de sayal, macerado por el cilicio, en el desolado seno del desierto. Aténas con sus artes, Roma con su derecho, Alejandría con su ciencia, han contribuido tanto á la revelacion cristiana, como Jerusalen con su Dios. No olvideis, no, estas verdades evidentes, confirmadas por toda la historia. No seais como el judío que se encierra en las oraciones de su Biblia, y cree que despues el género humano ni una sola verdad religiosa ha podido añadir á las ideas judaicas. El cristianismo, más humano y más divino al mismo tiempo, ha tomado toda la Biblia y le ha añadido el Evangelio. ¿Por qué nosotros no añadirémos al Evangelio el Renacimiento, la Filosofía, la Revolucion, que ha llevado á la esfera social estas tres palabrascristianas: Libertad, Igualdad, Fraternidad? Leonardo de Vinci trazó Baco y trazó el Bautista en sus cuadros, que representan la primavera del espíritu moderno. Rafael encerró en las líneas de las diosas griegas el alma efusiva y santa de las Vírgenes cristianas. Miguel Ángel puso los dos coros de las sibilas y de los profetas en las bóvedas de la Sixtina. El espíritu humano es uno como el Universo, uno como Dios; y Dios, la naturaleza, el espíritu, son la eterna trinidad que ilumina las páginas de la historia. No nos separemos, ni del espíritu, ni de la naturaleza, ni de Dios.
Estas palabras, si no arrastraron, comovieron á mi interlocutor. Yo mismo habíame exaltado extraordinariamente al calor de mis propias palabras. Así es que cogí la mano que el jóven sacerdote me tendia, la apreté, y dejéle entregado á sus pensamientos. La noche era serena, tranquila; brillaban las estrellas en el cielo y el fósforo en las aguas; un aliento primaveral refrescaba el ambiente y traia los ecos de la ciudad y del campo á los espacios celestes de la laguna, que convidaba á meditar sobre esta verdad evidente: como permanece inmóvil, serena, luminosa la naturaleza sobre las disputas y las discordias de los hombres.