LLEGADA A ROMA.

LLEGADA A ROMA.

Estamos en Civita-Vecchia. Cuando el bote se aproxima rápidamente á tierra, el corazon os salta en el pecho de entusiasmo. Los edificios que os rodean os hablan de la antigüedad. Por poco aficionados á los estudios clásicos que seais, sentís tentaciones de recitar los versos que Virgilio puso en boca de los compañeros de Enéas. La vista de Italia deja en vuestro pensamiento una estela más profunda que la quilla de la barca en el mar. Cuando atracais, os falta tiempo para saltar en tierra. Si nuestro siglo no estuviera reñido con la manifestacion aparatosa de los grandes sentimientos, postraríame de hinojos sobre el suelo para besarlo.Italiam, Italiam; primus conclamat Achates.Pero habíame olvidado en mi entusiasmo de que esta Italia es la Italia pontificia. Un aduanero os detiene y os pide el precio de la entrada como en vil teatro. Una nube de mendigos, en cuyos rostros estatuarios ha impreso la miseria sus tristes huellas, se reparten á gritos vuestro equipaje como rico botin. La policía sale á reclamaros los pasaportes, en toda la Europa civilizada ya abolidos. Allí os los visan exigiéndoos otra gabela, á pesar de venir visados con gabela de la nunciatura de París ó del consulado de Marsella. En seguida el equipaje entra en sórdido almacen, oscuro ademas como un calabozo de la Inquisicion; oscuridad incompresible en esta tierra del cielo espléndido y de la luz deslumbradora, que dan á los ojos con un festin de colores una embriaguez de poesía. Por efectos usados ó adscritos á vuestro uso, os exigen derechos de aduanas. Cuando, pagados estos derechos, ya os contais libres, veis todos los bultos arrojados á un carreton, del cual tiran varios jóvenes haraposos, sin camisa, que os gritan: Á la aduana. ¿Pero otra vez? La tasa, el arancel prohibitivo, la incomunicación con el mundo, ¿serán tambien de derecho divino? ¿El Papa necesitará, para ejercer su autoridad sobre las conciencias, apoyarse fuertemente en los errores económicos de la prohibicion y en los errores políticos del absolutismo?

Yo comparaba esta entrada en los Estados Pontificios con mi entrada en los Cantones Suizos. Sentimientos no ménos sublimes ciertamente os poseen al contemplar aquellos montes por pirámides de eternas nieves terminados; aquellos bosques verde-oscuros, á cuyos piés se extienden praderas de un verde-claro, tachonadas por toda suerte de flores; aquellos lagos azules perezosamente dormidos al pié de colinas graciosísimas, puestas en sus bordes como para contrastar con los nevados picos hundidos en la profundidad de los cielos; aquellos rios impetuosos, cuyas claras aguas se despeñan con solemne rumor; aquellas blancas aldeas habitadas por una fortísima raza, que ha logrado realizar el mayor bien posible en las sociedades humanas: la alianza de la democracia con la libertad. Nadie os perturba en la contemplacion de estas grandezas. Ningun aduanero os registra el equipaje; ningun esbirro os pregunta vuestro nombre. La libertad ha abierto al universo aquellas montañas que parecen muros impenetrables. Pero en las playas romanas, en estas playas que os llaman como sirenas, el absolutismo ha puesto una nube de alcabaleros y de espías para cerrarlas, cuando las ha abierto naturaleza, como todos los vientos, á todas las ideas.

Nada más incómodo que el registro de los equipajes, nada más minucioso. Caen los aduaneros sobre los libros con recelo inquisitorial. Y despues que lo han removido todo y lo han ojeado todo, entregan cada bulto á un empleado que lo conduce á la estacion, pidiéndoos de nuevo derechos, cuyo importe monta tanto como la primera contribucion de la primer aduana. ¿Hay paciencia para sufrir una administracion como ésta? ¿Es posible que, en medio de Europa, exista un territorio privilegiado y en él una porcion, la más augusta por sus glorias de la familia humana, en perpétua ruinosa tutela? El Espíritu Santo, que derrama sobre la cátedra de San Pedro torrentes de verdades religiosas, ¿no querrá por misericordia concederle ni un átomo siquiera de las verdades políticas y económicas que son la honra y la riqueza de los pueblos modernos? Así es que el ánimo se aparta del lado económico y administrativo de aquella tierra, para fijarse en el lado pintoresco. El cielo es de espléndido azul-claro; el mar como el cielo; el aire tibio y aromático; las guijas de la costa parecen doradas y bruñidas por la luz; en los árboles asoman las tiernas hojas que Abril hace brotar con sus primaverales besos; y entre corros de alegres chiquillos medio desnudos, pasan de vez en cuando algunos frailes, los cuales, con su túnica blanca y su manto de parda estameña, me parecen evocaciones de otras edades, ruinas vivientes, paseándose, como los fuegos fatuos por los cementerios, sobre las ruinas de piedra.

Suena la hora de partir á Roma. El tren silba. Civita-Vecchia es el puerto de los Estados Romanos. Pero ni un carro, ni un fardo, ni un trabajador, ni un barril; nada que indique la existencia del comercio, como no sea el aduanero puesto allí para impedirlo. Mucho habia oido hablar de la tristeza del campo romano, pero nunca creí que llegase á tanto. Es la desolacion de las desolaciones. Parece que la muerte se ha tragado hasta las ruinas. Los buitres y los cuervos se han comido hasta los huesos de este gran cadáver. Once estaciones hay entre el mar y la Ciudad Eterna. En ninguna de ellas se ve un pueblo. Los empleados pronuncian nombres sonoros como Rio Fiume ó Magliana; nombres que se pierden, vanos ecos, en la inmensidad del desierto. Extraña mucho, muchísimo, ver que un tren se para en la soledad, sin que nadie baje ni suba, sin que nadie mire, sin que se cargue ni se descargue un bulto. Á veces alguna cabaña circular, terminada por una cruz de palo, es todo cuanto se decora con el pomposo nombre de estacion. Diríais que son tumbas de salvajes. El tren marcha proporcionalmente como una carreta. Esta lentitud os permite descubrir el inmenso horizonte; el campo desolado, pantanoso; algunas yeguadas que corren, ó búfalos que se paran como para contemplaros; ó rarísimos pastores á caballo en jacos matalones; ó un carro sobre el cual anda tendida alguna familia devorada por la fiebre, y que parece resto de razas nómadas, muriendo sobre aquel desierto, donde yacen tantas antiguas majestades caidas y enterradas.

Los errores económicos trascienden á muchos siglos, á muchas civilizaciones. Los campos romanos, en los primeros tiempos de la República, cuando los cultivaba Cincinato, podian llamarse los Campos Elíseos en el mundo; un semillero de riquezas, un lugar de felicidad y de abundancia. El vino, el trigo, el aceite, la miel, la leche, eran por el trabajo agrícola producidos de tal manera, que Roma se bastaba á sí misma. Pero, poco á poco, las grandes familias se fueron apoderando de aquellos campos ántes repartidos entre muchos y por muchos trabajados. Á fin de evitarse jornales, convirtieron las tierras de labor en tierras de pasto. Un esclavo les bastaba para guardar el ganado. Los riegos se suspendieron. Los canales se cegaron. Perdiéronse las acequias. Las aguas se estancaron en los lugares bajos. Aquellas aguas, que cuando corrian para el riego llevaban en sus corrientes la vida, comenzaron con emanaciones pútridas á esparcir la muerte. Conquistado el mundo conocido, el pueblo romano ya no tenía la ocupacion de la guerra, y habia olvidado la ocupacion del trabajo. De aquí el cesarismo para que lo alimentára y lo divirtiera. Del cesarismo, la muerte moral que está enla tiranía, como la muerte material en las lagunas pontinas. Con razon decia Plinio:Latifundia Italiam perdidere.

Por fin, al caer la tarde, cuando las sombras se desprendian sobre Roma, llegamos á la Ciudad Eterna; á la que nos ha dado la jurisprudencia con sus pretores, los municipios con sus procónsules, la libertad con sus tribunos, la autoridad con sus césares, la religion con sus pontífices; piedra miliaria donde están escritos los anales del género humano; tumba de la antigüedad; arco de triunfo por el cual entraron las edades modernas de la vida; templo á que han venido por espacio de quince siglos las generaciones católicas á recibir la luz de su espíritu; academia en que todavía aprenden los artistas, delante de cincuenta mil estatuas y de millones de columnas, los secretos de la forma plástica; campo de batalla donde yacen enterrados los dioses todos de las teogonías antiguas, al panteon traidos en los carros de triunfo; desde cualquier lado que se la mire, la ciudad más augusta y más colosal de cuantas han vivido sobre la tierra; la que todavía dirige la conciencia de una parte del género humano con el prestigio de sus recuerdos, con los misterios que se levantan de sus gigantescas ruinas.

Yo no puedo preservarme de un gran sentimiento de veneracion hácia esta ciudad, única en el mundo. Babilonia, Tiro, Jerusalen, Aténas, Alejandría, han reinado en la historia antigua, en cierto período de tiempo y en limitado espacio, realizando cada una su idea, despues de lo cual han desaparecido en el polvo de sus ruinas, sin dejar más que los recuerdos de su vida en la historia, ó los huesos de un cadáver en la tierra. París, Lóndres, Nueva-York, reinarán en la historia moderna. Pero esta Roma, que los antiguos llamaron la Ciudad Eterna, abraza los dos hemisferios del tiempo, el mundo antiguo y el mundo cristiano.

¡Qué serie de emociones reserva Roma al viajero! Por muy católico que seais, por muy vivas que en vuestra alma estén las ideas aprendidas en la primera educacion; á la vista de las estatuas del mundo antiguo, de estos faunos que sonrien con una sonrisa inmortal, de estas diosas por cuyas carnes de mármol parece que circula el calor de la vida y la sangre de una eterna juventud; delante del coro de las divinidades griegas en su inmóvil reposo, en su olímpica serenidad, en su armonía perfecta entre la forma y la idea resplandeciente de hermosura que irradian sus ojos, que se desprende de sus labios casi vibrantes aún con el himno de la poesía clásica; delante de estos muertos de piedra, más vivos ymás inteligentes que los hombres de carne que hoy los guardan, sentís dolor infinito por la muerte de la religion del arte, y os dan tentaciones de pedir que se levanten de nuevo los antiguos templos y continúen los interrumpidos sacrificios para oir los cánticos de los coros, las páginas elocuentísimas de Platon ó los acentos de libertad de Demóstenes, en medio de aquel mundo y bajo el númen de aquellos genios, que derramaron de sus copas de ámbar sobre la tierra el licor de una eterna alegría. Goethe sintió esta profunda emocion clásica en el Museo del Vaticano, residencia de los pontífices católicos, por un milagro del arte convertida en olimpo de los dioses paganos.

Así os sucede con el mundo cristiano. Las grandes basílicas, á pesar de su colosal majestad, os dejan frios. Aquellos monumentos de mármol, de bronce, relucientes de oro y de pedrería, inundados de luz, riquísimos de mosaicos y de bajos relieves, os deslumbran, pero no os conmueven. La frialdad del mármol llega hasta el alma. Pero cuando entrais, por ejemplo, en las catacumbas de San Clemente; cuando veis la tierra húmeda donde estuvo guardada cuatro siglos la semilla de la idea cristiana; cuando, al resplandor de una antorcha, descubrís en el subterráneo la inscripcion trazada porel mártir, la pintura al fresco que parece, todavía teñida de sangre, los símbolos de la esperanza en medio de los terrores de la persecucion, creeis oir el himno de los catecúmenos entonado bajo los festines mismos de los césares, á la puerta del circo donde rugian las fieras que iban á devorarlos; y el sentimiento de amor inspirado por todos los grandes sacrificios viene á sobrecogeros con su misticismo sublime, inspirándoos deseos de quedaros allí á contemplar de rodillas los misterios de la eternidad y á dormir el sueño de la muerte en el sepulcro de los primeros cristianos, sepulcro iluminado por la fe.

¡Pero cómo se borran estas emociones así que veis la córte pontificia! No puedo resistir á la tentacion de recordar un cuento del más gracioso de los escritores italianos, de Boccacio. «Érase un cristiano viejo, florentino, muy dado á ganar almas para el cielo, mérito á que libraba su eterna bienandanza, cuando dió con un no recuerdo si moro, si judío, y puso empeño en abrir los ojos de su alma á la eterna luz; pero con tal traza, que en breves dias habia logrado tenerle ya punto ménos que convertido; cuando se le ocurrió al infiel, llevado de su naciente celo, la idea de ir á Roma; idea que desconcertó á su misionero, porque temió que las liviandades de aquella córte serian bastantes á reducir á cenizas la portentosa obra; mas ¡cuál no fué su extrañeza, cuando vió volver al catecúmeno hecho de hieles contra su antigua religion y de miel para la nueva, exclamando: ¡Padre mio! me convierto; porque si á pesar de las liviandades del clero de este siglo la Iglesia existe, crece y se fortifica, es sin duda porque, depositaria de la verdad, merece la directa proteccion del Cielo!»

Yo no acusaré á la córte que rodea á Pío IX de liviana. Jamas acostumbro á acusar sin pruebas, y siempre me inclino á creer el bien y á no injuriar á la naturaleza humana. Yo creo á Pío IX un respetable anciano perfectamente moral. Yo supongo que el ejemplo de su moralidad trasciende á toda su córte. Pero yo digo que ni él ni cuantos le rodean comprenden el espíritu de este siglo razonador, independiente, libre, quizá demasiado positivista, que desea un culto espiritual y desinteresado para oponerlo al desenfreno del mercantilismo, y que no encontrará nunca la satisfaccion de este deseo en el pomposo y vano lujo con que la córte de Roma adorna las ceremonias religiosas convirtiéndolas en el culto de los sentidos. ¿Por qué lado peca nuestro siglo? Por el lado industrial, por el lado mercantil. Las maravillas de la industria le han hecho olvidar las maravillas de las ideas que se ocultan en el cielo del alma. Esta tendencia sobrado exclusivade su carácter puede traer una de esas reacciones idealistas que equilibran la naturaleza humana, como la accion demasiado sensual del imperio romano sobre la conciencia trajo la reaccion demasiado espiritualista del cristianismo, que convirtió un mundo de epicúreos en otro mundo de monjes. Podia muy bien la antigua religion del espíritu aprovechar un momento de crísis en la conciencia para reivindicar alguna parte del influjo moral que ha perdido. Pero con ese sistema de lujo desenfrenado, de comparsas churriguerescas, de cortesanos vestidos caprichosamente, de pajes cargados de oro, de cardenales con púrpura y armiño, de obispos con mitras orientales, de suizos arlequinados, de guardias nobles que llevan el manto de terciopelo negro sobre los hombros y la espada de plata sobre el vientre, de domésticos cubiertos con túnicas de todos los colores del íris, de lacayos cuyos plumajes desafian á todos los pintados loros del trópico, de soldados de uniformes como el célebre del general Boom en laGran Duquesa de Gerolstein; con todo ese lujo oriental, la córte de Roma se aparta de Cristo y se acerca á Heliogábalo.

Es el Domingo de Ramos. La gran Basílica de San Pedro va á presenciar la bendicion de las palmas. Dentro de ella el pueblo está relegado al término último, como si no hubiese recibido conel bautismo el sello de la igualdad cristiana. Del altar mayor á la gran puerta se extienden dos filas de soldados para impedir á la muchedumbre que se acerque al Papa. Aunque la concurrencia es numerosísima, apénas se advierte en aquellos dilatados espacios. Baste decir que en San Pedro caben sesenta mil almas. Las voces de mando militar resuenan fuertemente en el templo, donde sólo deberia resonar la voz de la oracion. Los fusiles, al descansar, producen grande estrépito en el pavimento de mármol. Los asistentes son extranjeros. El ciudadano romano casi ha desaparecido en la inundacion de extrañas gentes llamadas por el Papa en su socorro. Á la hora prefijada, la procesion que trae á Pío IX comienza. Es imposible que nadie pueda dar una idea de las diversas gentes que le acompañan, y de los diversos trajes que estas gentes visten. Se necesitaria una endiablada nomenclatura, como las nomenclaturas de Bizancio. Por fin, despues de un ejército de cortesanos, aparece el Papa llevado en andas como los santos de nuestras procesiones, sentado en silla dorada, con manto de terciopelo carmesí y mitra blanca, el báculo de oro en la mano izquierda, y la derecha ocupada en lanzar bendiciones á los que las piden de rodillas. San Pedro parece un teatro. Las tribunas, alzadas en gradería bajo los grandes arcos quesostienen la maravillosa rotonda de Miguel Ángel, se hallan ocupadas por las damas. La disposicion de estas tribunas religiosas me parece idéntica á la disposicion de la platea central en la Grande Ópera de París. Los caballeros, vestidos de rigorosa etiqueta, ocupan el pié de las tribunas.

Durante la misa, unos hablan, otros pasean, y todos dirigen alternativamente sus anteojos de teatro, ya á las damas que ocupan las tribunas, ya á los cardenales que ocupan el ábside de San Pedro. Los guardias nobles, vestidos como nuestros caballeros de la córte de Felipe IV, con calzon corto, media de seda, ropilla de terciopelo, las mangas acuchilladas y adornadas por grandes elipses de raso, la capa á la espalda, el espadin con puño de acero delante, la gorra negra bajo el brazo y la golilla blanca al cuello, se mezclan á la conversacion general y al general paseo. Solamente los suizos se hallan allí inmóviles. Me dan compasion al considerar que han sido bastante enfermos del alma para dejar sus montañas y su libertad por servir ¡pobres mercenarios! á un soberano extranjero. El traje que llevan fué dibujado por Rafael. El gran pintor no se mostró en este traje gran colorista. Es una mezcla de retazos de paño negro, encarnado y amarillo; un casco adornado con plumero blanco les cubre la cabeza,y una elegante alabarda es su arma. Parecen maniquíes vestidos de arlequin.

Despues que se ha concluido la funcion, es de ver la plaza de San Pedro. Inmensa multitud la ocupa; coches lujosísimos la atraviesan en todas direcciones; las músicas militares entonan marciales marchas; la decoracion es maravillosa: en el centro el obelisco, mudo trofeo de las victorias del pueblo romano sobre el Egipto; á su lado dos fuentes que lanzan á los aires dos rios en grandes surtidores; á la derecha é izquierda los intercolumnios abiertos en colosales semicírculos, dejando entrever la graciosa vegetacion meridional de los próximos jardines, y rematados por magnífica diadema de estatuas; sobre una altura el Vaticano, palacio donde guardan testimonio de su genio los primeros artistas del mundo; y en el fondo, al terminarse elegante gradería, la iglesia de San Pedro, coronada por la rotonda de Miguel Ángel, que se dibujaba admirablemente, como un templo aéreo ascendiendo á lo infinito, entre los arreboles de este cielo arrebatador, que extiende sobre todo, como una mágica gasa de incomparable hermosura, su áureo manto de luz.

Pero no olvidaré hacer una observacion que me inspiró la fiesta. Esta ciudad no puede, á pesar de tantos esplendores, permanecer encantada siempre con el filtro del misticismo, ni presa siempreen las redes del arte. Cuando la religion tenía en sus manos la ciencia, el arte, la política, era natural una sociedad como ésta, dirigida por castas sacerdotales. Pero desde que todas las funciones sociales se han convertido en laicas, el gobierno teocrático es imposible. Noté, pues, que los coros de la Capilla Sixtina han decaido mucho. Las sublimes inspiraciones de Palestrina á duras penas encuentran dignos intérpretes. Tal decadencia se explica por la dificultad que hay en nuestro siglo de encontrar cantores con las condiciones exigidas por la córte romana. Es sabido que no permitiendo el ritual coro de mujeres en San Pedro, se apela para tener tiples á reducir á ciertos varones desde su infancia á la condicion de aquellos infelices que guardan los serrallos de Oriente. Alejandro Dumas refiere con mucha gracia en sus viajes, que vió á la puerta de una barbería romana este rótulo ó anuncio: «Aquí se perfeccionan muchachos.» Yo no he visto cosa semejante. Pero sé que los coros de tiples decaen, porque ya no hay familias tan despiadadas que por lucro se atrevan á inmolar á sus hijos. Pues bien; no podeis exigir tampoco que para existir una autoridad religiosa y moral en el mundo, haya una ciudad sin prensa, sin tribuna, sin los derechos primordiales constitutivos de la virilidad de los pueblos.

Con sólo entrar en Roma se observa que su estado es un estado violento. Á tres mil suben los emigrados en una ciudad de doscientas mil almas. Cuatrocientos son hoy los presos por causas políticas. Y un sacerdote muy ilustrado, muy amigo del Papa, y hasta entusiasta por su poder temporal, me ha asegurado que hay más de setenta mil garibaldinos en Roma. Todo indica un gran terror. Así, las puertas de la ciudad se hallan defendidas por barricadas. Á las nueve de la noche quedais encerrados dentro de sus muros, hoy que las ciudades derriban sus puertas para dejar entrar con la luz y el aire las ideas de todas las ciencias, los productos de todas las zonas, los representantes de todas las razas.

Desde el anochecer, en cada esquina encontrais dos guardas armados de fusiles, como si estuvierais en una plaza sitiada. Los pasaportes se registran con una minuciosidad indecible. Un Estado que apénas tiene seiscientas mil almas, sostiene veinte mil hombres de ejército.

Estos veinte mil hombres son de diversas naciones y hablan diversas lenguas. La mayor parte no entienden el italiano. Así, no hay entre ellos los lazos de la sangre y del habla, aunque haya los lazos de la religion y de las ideas políticas. Esto es un gravísimo inconveniente para mandar las maniobras. Aunque se haya convenido usar el frances, como lengua más universalmente conocida, los soldados en su mayor parte no lo entienden. Luégo, para vivir en Roma bien (no habiendo en ella nacido), se necesita una grande elevacion de espíritu, capaz de comprender todo cuanto dicen sus monumentos, sus artes, sus ruinas. Los que no saben oir esa voz elocuentísima que despierta tantas inspiraciones, se fastidian en esta ciudad académica y monástica. Y no digo esto á humo de pajas. He notado una alta elegancia, una distincion de maneras en el ejército pontificio, que inútilmente buscariais en los demas ejércitos de Europa. Se conoce bien que si una gran parte es ejército mercenario, atento á las pagas, ligado por su enganche, la mayor parte se compone de jóvenes exaltados por un culto caballeresco á las viejas instituciones, románticos en su fantasía y en su vida, caidos muchos de sus ilusiones, desengañados otros, extraños todos, pidiendo al ejercicio de las armas y al ruido de los campos el alimento á su misticismo, que otra generacion, más religiosa y más tranquila, pediria al silencio del claustro y á las maceraciones de la penitencia. Estos soldados han venido de los cuatro puntos del horizonte, pues á todas las razas cristianas pertenecen y hablan todas las lenguas, en demostracion de que Roma guarda bajo los pontífices el carácter de universalidad que le dieron los césares. Pero esta ventaja moral es la desventaja material de su ejército. Como la idea del individualismo, que los germanos trajeron á la historia moderna, se halla tan arraigada, las diferencias de raza, de nacionalidad, de carácter, brotan por todas las filas y ocasionan innumerables conflictos. Como los oficiales hablan una lengua y los soldados otra, apénas pueden establecerse entre ellos esas relaciones del corazon, más necesarias que las relaciones de la disciplina en los momentos de peligro. Como los mismos soldados no se entienden materialmente entre sí, no hay unidad en este cuerpo. Y saltan con mayor rapidez tales inconvenientes, cuando se ven los obstáculos con que luchan los jefes para mandar las maniobras. La Roma católica tomó el latin pagano para que todos sus miembros tuvieran con un solo espíritu una sola lengua. La diversidad de pronunciacion ocasionó que, áun hablando todos latin, no se entendieran los monjes de las várias naciones entre sí, como en demostracion de cuán superior es siempre la naturaleza á la ley. La Roma política de nuestro tiempo, en su angustia, ha escogido la elegante y flexible lengua de Voltaire para hablar á sus soldados, esa lengua mortal á todos los ídolos, á todas las idolatrías. La aristocracia del ejército la entiende, pero no la entiende la muchedumbre.Así los soldados se hallan disgustadísimos; primero por los largos ejercicios á que les obliga la dificultad de las maniobras, y despues por las contínuas guardias á que les obliga el terror creciente de la córte.

En proporcion, aquellas naciones que por su historia debieran dar más soldados, dan ménos. España se suicidó por salvar el catolicismo. Los huesos de sus hijos blanquean desde el siglo décimoquinto en todos los campos de batalla donde ha sido necesario defender esta religion. Dimos por ella toda la sangre de nuestras venas y todo el aire vital de nuestro espíritu. Pues bien; sólo hay treinta y ocho soldados españoles en el ejército pontificio. En cambio Holanda, que salvó con sus Oranges la reforma y que inició la libertad de pensar en el mundo moderno, ha enviado gran número de voluntarios. Esto prueba que miéntras la libertad de cultos ha mantenido viva la fe en los católicos de los países protestantes, la intolerancia ha extinguido la fe en los países donde parecia más viva y más exaltada.

Pero, dejando aparte estas reflexiones y viniendo á otras más políticas, yo no comprendo qué se propone el Papa con este ejército numerosísimo, tan desproporcionado á sus medios, á sus recursos, á sus Estados. La sombra del Imperio frances le protege. El dia que esta sombra se desvaneciera, por muy valiente que el ejército pontificio fuese, no podria resistir á cien mil soldados italianos. Miéntras la proteccion de Francia dure, el ejército pontificio es inútil; y el dia que falte la proteccion de Francia, el ejército pontificio es insuficiente. Sólo sirve para una cosa este ejército; para consumir los recursos que pródigamente, á manos llenas, envian todas las naciones católicas al Pontífice. Pero estos recursos provienen hoy de una exaltacion de los ánimos que no puede ser duradera. El dia que Italia, convencida de su impotencia para luchar con Napoleon, ó para promover el conflicto franco-prusiano con motivo de la cuestion de Roma, la rodee de un profundo olvido, el celo de los fieles disminuirá, con el celo disminuirán los recursos, con los recursos disminuirá el ejército, y una sublevacion interior no sólo será posible, sino tambien fácil, porque hay aquí guardado mucho amor á la libertad.

Estoy maravilladísimo de los rasgos de inteligencia y de fuerza que guarda en su fisonomía esta raza romana, y que revelan toda la indómita fiereza de aquel antiguo carácter conquistador del mundo. Las mujeres, altas, majestuosas, de anchos hombros, de torneados brazos; el color moreno mate, los labios gruesos, la nariz aguileña; negros y brillantes los ojos, en cuyo torno se dibujan largas pestañas y artísticas cejas; ancha la frente como sus estatuas, abovedada la cabeza como las Madonas del divino Rafael; oscuro y rizado el cabello, que cae en largos bucles sobre las escultóricas espaldas; tienen tal aire de matronas romanas, que áun pueden ciertamente mandar á Coriolano morir por la patria, y á Cayo Graco morir por el pueblo. Los jóvenes romanos han heredado la hermosura de sus madres combinada con todos los rasgos de la fuerza varonil. Se ve que el silencio impuesto por la Inquisicion y la obediencia impuesta por el despotismo, no han sido bastantes á extinguir el espíritu de este gran pueblo. Todavía parece que cae de sus labios la fórmula del derecho antiguo:civis romanus sum.

Y cuenta que para descubrir esto se necesita quitar la capa de inmundicia bajo la cual fallece Roma. Junto al lujo oriental de los cardenales, los harapos de un pueblo hambriento; junto á las carrozas doradas, nubes de mendigos descalzos; en torno de los soberbios palacios de mármol, una horrible greca donde están confundidos toda suerte de mal olientes excrementos. Y sin embargo, esta ciudad es la capital de Italia. Cuando al caer la tarde, en las horas sagradas de la poesía, bajo un cielo clarísimo, iluminado por los últimos rayos del sol poniente, que da á los edificios algo de fantástico, mirais desde las alturasdel Pincio esta ciudad con sus once obeliscos egipcios, sus trescientas cúpulas, sus bosques de columnas, sus miriadas de estatuas, y descubrís las Siete Colinas, donde han nacido los senadores, los cónsules, los tribunos, el derecho político y civil de la antigüedad, que todavía es la base de vuestro derecho; y contemplais al frente San Pedro, y sobre las majestuosas líneas de la gran Basílica la rotonda adivinada por Bramante y concluida por Miguel Ángel; no léjos de San Pedro, el titánico mausoleo de Adriano, sobre el cual abre sus alas el serafin de bronce; allá, á la izquierda, el mundo de la historia, los muros donde se grabaron mil victorias; la Vía Sacra, por do entraban los triunfadores; el Foro, en que se congregaba el pueblo; los arcos bajo los cuales han pasado veinte siglos sin desgastarlos; las termas regaladas, en cuyos dibujos todavía se han ceñido su corona las artes modernas; el Coliseo, que es una montaña esculpida por gigantescos cinceles; el Quirinal, donde se alzan las mayores estatuas salvadas de las catástrofes de Grecia; el Capitolio, cabeza, cerebro de la tierra; y á la vista de tantas maravillas, al recuerdo de tantas grandezas, á la contemplacion de tantos monumentos engarzados en bosques de cipreses, que parecen una corona fúnebre sobre la ciudad, colocada por un genio invisible; cuando las campanas que tocan ála oracion os envian sus tañidos melancólicos, que os parecen la voz de los mártires saliendo de las catacumbas, y las sombras de la noche colgándose tristemente de las ruinas, como que dibujan las almas de los héroes, el corazon, por tantas emociones henchido, proclama á Roma, no solamente la capital de Italia, sino la eterna capital del mundo.

Se necesita ser de Italia, sentir la sangre meridional en las venas, haberse educado en el recuerdo de esta gloriosa historia, bajo las pintadas alas de la poesía clásica, para comprender todo el prestigio que Roma ejerce sobre los italianos. Los que han querido constituir Italia en monarquía, y luégo le han negado á Italia su capitalidad natural, han hecho un cuerpo sin cabeza. Se concibe que si Italia fuera una federacion republicana, la cuestion de capital pasára á la categoría de una cuestion secundaria. Se concibe más: se concibe que siendo un Estado junto á otros Estados republicanos, aunque las leyes fueran análogas á las del resto de Italia, conservára Roma, por respeto á sus pontífices, costumbres monásticas, religiosas, como las conserva Friburgo, á pesar de hallarse enclavada entre dos cantones tan protestantes y tan liberales como el canton de Vaud y el canton de Berna. Pero constituida Italia en monarquía por el temor natural de todos los potentados europeos á la República, Roma es de Italia, é Italia de Roma, que se hallan tan ligadas como los satélites á sus planetas, y los planetas al sol. Y en esta ciudad, hoy compuesta de iglesias, de conventos, donde no se ve ni una huella de la vida política y civil, donde por toda autoridad láica se descubren unos cuantos senadores en carrozas pintarrachadas, seguidos por unos cuantos lacayos colorados, inmunda parodia de los antiguos senadores; en esta Roma teocrática, monástica, de rodillas eternamente sobre sus ruinas de mármol, se ha de levantar la tribuna en el Foro, ha de hablar la prensa, ha de resonar la antigua elocuencia, se han de discutir todos los problemas, han de brotar todas las escuelas, porque no podeis arrojar el espíritu político de las sagradas regiones donde el espíritu político tuvo su nacimiento.

Miéntras no suceda esto, Roma es una ciudad muerta. Yo he seguido con cierta curiosidad arqueológica las ceremonias de Semana Santa. Unas me han parecido, por lo lujosas, orientales; otras me han parecido, por lo refinadas, bizantinas; otras, por lo baladíes, pueriles; todas absolutamente extrañas á nuestro siglo, y bajo el aspecto religioso, inferiores á la majestuosa solemnidad del culto en España. Ningun español ó americano, acostumbrado á la severidad de nuestras ciudades en Semana Santa, á esa severidad que no consiente ni una puerta abierta en las tiendas, ni un coche en las calles, comprenderá que el Juéves y Viérnes Santo se trabaje en esta ciudad como todos los dias, se hallen abiertos todos los establecimientos, y se vea más gente en las salchicherías contemplando los jamones adornados de flores y de laureles, que en las iglesias visitando los sagrarios. Nadie comprenderá que los doce pobres á quienes el Papa sirve la comida en conmemoracion de la cena del Salvador, se rian como si estuvieran en el teatro, y se arrojen á la cara anises y confites como si estuvieran reunidos para una francachela ó una comida de campo. Nadie creerá que el Juéves por la tarde, á las cinco, entre un cardenal penitenciario en la gran Basílica, se siente á la izquierda del sepulcro de San Pedro, y perdone los pecados con sólo manejar una caña y tocar con ella la cabeza de los penitentes como si estuviera pescando en seco. Yo he visto damas muy piadosas reirse de todas estas puerilidades.

Pero hay una ceremonia y un momento sublime: el Miserere en San Pedro. La música es de una inspiracion inagotable, de un efecto sorprendente. Roma vió en el sigloXVIque el protestantismo la aventajaba en música, cuando tanto aventajaba ella al protestantismo en pintura, enescultura y en arquitectura. Naturalmente, buscó un músico para contrastar esta inferioridad, y le encontró sublime, encontró á Palestrina, ese Miguel Ángel del arte lírico. El Papa prohibió que su Miserere fuera copiado, para que sólo resonase en la iglesia cuyas bóvedas gigantes se hallan completamente en armonía con las sublimes notas. Un dia escuchaba fuera de sí el Miserere un niño sublime. Este niño, que debia ser el Rafael de la música, lo aprendió de memoria y lo divulgó por el mundo. Llamábase el niño Mozart. El genio germánico vino, como siempre, á robar sus secretos al genio latino en la guerra eterna de ambas razas. No hay pluma capaz de describir la solemnidad del Miserere. La noche avanza. La Basílica está á oscuras, sus altares desnudos. Por las ventanas de las bóvedas que frisan con el cielo penetra la incierta y pálida luz del crepúsculo, como si viniese á aumentar las sombras. La última vela del tenebrario se ha ocultado tras del altar. Os creeriais dentro de un túmulo inmenso, á traves de cuyas tablas entrára el resplandor lejano de lámparas funerarias. La música del Miserere no tiene instrumentacion. Es un coro sublime, combinado de una manera admirable. Ya se oye como el rumor lejano de una tempestad ó como la vibracion del viento sobre las ruinas y en los cipreses de las tumbas; ya como un lamento que se levantára del fondo de la tierra ó como un plañido que enviáran los ángeles del cielo, todo envuelto en sollozos, en una lluvia de lágrimas. Como las estatuas de blanco mármol son de tal manera gigantescas y brillan tanto, que las primeras sombras no pueden completamente ocultarlas, parecen evocaciones de otras edades, que, al levantarse de su sepulcro y desceñirse su negro sudario, entonan ese cántico de dolor y de horrible desesperacion. La Basílica toda se conmueve, vibra cual si los acentos de terror salieran de cada una de sus piedras. Esta lamentacion, larga, sublime; esta ola de hiel evaporada en los giros del aire, os hiere profundamente el corazon, porque es su tristeza infinita, es la voz de Roma quejándose á los cielos desde su lecho de cenizas, como si bajo sus cilicios se retorciera agonizante. Llorar así, lamentarse como los antiguos profetas bajo los sauces del Eufrates ó sobre las piedras esparcidas del templo; llorar en cadencias sublimes conviene á una ciudad como ésta, cuyo eterno dolor no ha ofendido todavía á su eterna hermosura. Así es la ciudad esclava. David sólo podria ser su poeta. Lo sublime es la nota de su cántico. Roma, Roma, eres grande, eres inmortal hasta en tu desesperacion y en tu abandono. Tendrás eternamente en el corazon humano un altar, aunque se pierda lafe, que ha sido tu prestigio, como se perdieron las conquistas, que habian sido tu fuerza. Nadie podrá robarte el dón de la inmortalidad, que te confiáran tus dioses, que te han sostenido tus pontífices, y que te confirmarán eternamente tus artistas.

Abril 12 de 1868.


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