PARTHENOPE.

PARTHENOPE.

Una ciudad meridional no puede tener para nosotros, españoles, y españoles del Mediodía, la novedad que tiene para franceses, para alemanes, sobre todo para franceses y alemanes del Norte. Nosotros poseemos ciudades que en claridad de cielo, en abundancia de luz, en hermosura de contornos y campiñas, en ingenio de sus ciudadanos, en belleza de sus mujeres, en arte de sus monumentos y en aires aromatizados y bien olientes, compiten con las más hermosas y más ricas ciudades italianas. ¿Quién puede olvidar aquella Valencia, ceñida de torres árabes y góticas; muellemente reclinada á orillas del claro rio que por todos sus alrededores derrama abundancia; circuida de la huerta feracísima que entrelaza con las ramas de sus brillantes moreras las ramas de sus oscuros granados, y que al pié de la gallarda palma, dulcemente mecida por las brisas marinas, ostenta inacabables naranjales, deleitando la vista con los matices de su dorado fruto y el olfatocon los aromas de su blanca flora? ¿Quién dejará de admirar la oriental Córdoba, con su aljama, única en Europa, donde se oyen los ecos de la poesía árabe, al pié de aquella Sierra Morena, esmaltada por selvas de rosales? No hay en la tierra otra Sevilla, cuando la primavera acaricia, su abundante suelo. Es de ver la ciudad en Abril, levantando sobre inmenso océano de claro verdor sus agujas, sus botareles, sus ajimeces, sus ojivas, sus cresterías, bajo el cielo resplandeciente de luz, y entre los giros del aire cargado con los ecos de las orientales canciones y las esencias del embriagador azahar. No se cansa la vista de mirar y admirar á Cádiz; sus blancos edificios, esmaltados por verdes balcones y ventanas-perlas y cristalinos cierros, donde flotan cortinas de todos colores; rematados por azoteas llenas de caprichosas torres y de floridas macetas; erigidos entre escollos donde las olas se quiebran en cataratas de espuma; rodeados por bandadas de naves, que ya dejan en los claros aires nubes de vapor, ya se gallardean con sus henchidas velas y sus pintorescas banderolas; asentados dentro de aquella sólida y oscurísima muralla, en torno de la cual aparece á un lado la bahía con sus blancas poblaciones, sus caños, cortados por pirámides de sal resplandecientes á la esplendentísima luz, sus lejanas cordilleras envueltas envapores, ya violados, ya rosáceos, segun las horas del dia y los arreboles del ambiente, miéntras del otro lado el mar azul se dilata, retratando en sus claras aguas todos los matices del cielo y componiendo con sus vientos, su oleaje, sus brisas, sus corrientes, sus tempestades y sus tormentas, contínuo himno á lo infinito.

Yo de mí sé decir que en medio de las ciudades más rientes de Italia he recordado siempre nuestra sin par Granada: la sierra con su cima de cristal; los apagados volcanes con sus pirámides de frias lavas; la ancha vega, toda cubierta de copudos árboles, alfombrada de verde grama, y limitada allá léjos por las celestes montañas de Loja; el blanco Albaicin en lo profundo, rodeado de áloes y de nopales, como si aguardára todavía á los hijos del Asia y del África, y todavía repitiera la cancion melancólica inspirada por los desiertos; el monte sacro rematado de pinos; la confluencia del Darro y del Genil, que vienen lamiendo los cármenes entre selvas de almendros, de avellanos y de gigantescos cáctus; en el centro la Alhambra, con sus torres doradas por la luz y por los siglos; sobre aquel cerrillo poblado de bosques y de jardines, á cuyos piés duerme Granada, y en cuya cima se dibujan con toda la poesía del Oriente los minaretes y los ajimeces y las bermejas torres, el Generalife, escondido en grutas de sonantes cascadas, de olientes jazmines, de melancólicos cipreses, de graciosas florestas, cuyos susurros, cuyos aromas, convidan de consuno á la vida árabe, toda consagrada, despues de las zambras y las guerras, al sueño, á la poesía y al amor.

Nosotros tenemos adelfas para coronar á los poetas; bosques de mirtos dignos de ser habitados por los antiguos dioses; palmerales bajo cuyas anchas palmas parece vagar el genio del Asia; costas de áureas arenas y de celestes aguas; promontorios y cabos que el sol poniente dora con esmaltes dignos de las riberas de Grecia; el aroma del azahar y del jazmin en los aires, higos tan dulces como los higos de Aténas, en nuestras higueras; pasas tan azucaradas como las pasas de Corinto, en nuestras cepas; dias calurosos henchidos por el canto unísono del coro de cigarras que ensalzaron los antiguos poetas; noches tranquilas y luminosas como las noches de Oriente; serenatas en cuyas largas y tristes cadencias se oye resonar aún el acento inmortal de las canciones árabes con todo su intenso amor y toda su profunda melancolía.

Á pesar de esto, áun extraña, aún maravilla la campiña de Nápoles. Conoceréis algo más agreste, más abrupto, más sublime en la tierra; no conoceréis nada tan clásico, tan digno de la égloga antigua, tan propio para que el ánimo repose y la naturaleza tome los tintes y las inspiraciones denuestra alma. Así como la escultura es el arte pagano por excelencia, el arte que armoniza la idea y la forma en suave reposo, la Campania es la tierra de las églogas, la tierra de las geórgicas, la tierra por excelencia pastoril, donde los montes repiten el eco inmortal de las dulcísimas zampoñas de Virgilio, y los animales y las plantas se trasforman á los ojos del pensamiento con las metamórfosis cantadas por Ovidio.

Dios mio, ¡qué riqueza de colores, de matices, de tonos! ¡Qué gradaciones desde el azul claro de la bahía hasta el violeta y amatista oscuro del Vesubio! Como la cordillera del Oriente, tachonada á intervalos de ventisqueros, que relucen cual diamantes entre turquesas y esmeraldas, contrasta con el matiz rosa claro, tomado al anochecer por los montes del Ocaso, por el cabo Miseno y por los contornos de la isla de Nisida, semejantes á promontorios de bruñidos jaspes. Mirad ese horizonte puro, purísimo, por el cual se desvanecen las columnas de blanco humo que despide el volcan; ese mar tan sensible á los cambios del horizonte, que puede llamarse su repeticion ó su espejo, ese suelo, que, donde lo permite la vegetacion, lujuriosa, viciosísima, enseña las lavas negras y lucientes como el azabache. Yo en ninguna parte he visto la luz quebrarse en refracciones tan várias ni dar á los contrastes apariencias de oposiciontan brusca. Por lo que respecta á la luz, diríase á esta tierra gigantesco prisma de múltiples colores. Por lo que respecta al contraste, enseñadme en ningun otro punto montañas más abruptas descendiendo en playas más suaves, bosques más agrestes junto á jardines más cultivados, ciudades más pobladas y ruinas más solitarias, suelo más amenazado de muerte por las bocas volcánicas, por las solfataras ardientes, por los terremotos repentinos, por las erupciones violentas, ni vida más múltiple, más alegre, que se espacie así en el cántico, en la danza, en los juegos, en los placeres; refinamientos de civilizacion mezclados á delicias del campo; recuerdos antiguos vagando sobre el indolente olvido moderno; la columna de fuego que el volcan agita como gigantesca antorcha frente á los picachos rematados de diamantinas nieves.

Aquí veo las hayas y los robledales virgilianos; las cabras, irguiéndose á clavar el agudo diente en los arbustos; las ovejas con el vellon cargado de lana y las ubres cargadas de leche, rodeadas, seguidas de tiernos y baladores recentales; por las laderas, las zarzas, con cuyas moras se teñian las cejas y las mejillas los rabadanes para entonar sus bucólicos versos; en la orilla del torrente, las cañas con que formára el dios Pan sus canoros caramillos; de erguido olmo en erguido olmo, los festones de las parras, entre cuyo follaje se posa la paloma y arrulla la tórtola; en el fondo, los floridos cantuesos; en las colinas, el tomillo y el espliego; á la entrada de la caverna, por el tronco de la encina que sobre ella se avanza, el panal destilando miel y rodeado de zumbadoras abejas, cuyo aguijon trae los jugos de las flores; dentro de la caverna, el sileno, ébrio de vida y de vino, con su guirnalda en las sienes y su ánfora en las manos; por las corrientes de los arroyos, la blanca náyade que teje coronas; por las majadas y los oteros, el pastorcillo, juntando la amapola con el narciso y la blanca azucena con la madreselva, para ofrecérselas á su amada; en el ancho mar, rizado por los soplos de la brisa y herido por los cambiantes de la luz, la sirena antigua que palpita de amor en las ondas y canta eternamente con seductora cadencia la inmortal epopeya de la naturaleza.

Junto á tales églogas, ¡qué terribles tragedias ofrece esta atormentada tierra! Hicieron los antiguos bien llamándola sirena que atrae, sirena que mata. Con frecuencia erupciones terribles destruyen, abrasan, entierran aldeas y ciudades enteras. El terremoto sacude con estremecimientos espantosos toda aquella region. Los edificios se balancean como las naves al oleaje del vendaval, y vienen columnas, trombas de acres vapores, lluvias,diluvios de cenizas, granizadas de brasas, tempestades de lavas. El mar hierve, el cielo reverbera fuego siniestro, como si las benéficas pluviosas nubes hubiéranse tornado ardientes hornos. Respira el volcan como ciclópea titánica fragua, ó relampaguean, truenan sus erupciones como legion de tempestades. Por doquier bancos de lavas candentes, océanos de negras cenizas, torbellinos y espirales de piedras, rocas fundidas, mugidos espantables de la montaña, estremecimientos dolorosísimos del valle, vapores sulfurosos, exhalaciones de ácido carbónico, nubes grises ruidosísimas atravesadas por reflejos siniestros y henchidas de menudos enrojecidos aerolitos, franjas de escorias por el suelo y manantiales de aguas hirvientes, el infierno confundido con el paraíso en la tierra, como la pena con la alegría en el alma, como el error con la verdad en la mente, copia fiel de las tragedias de nuestra existencia y los contrastes de nuestro sér. La encendida montaña es un gigante laboratorio de donde sale con igual fuerza la muerte y la vida, como la naturaleza es un conjunto de fuerzas que componen, descomponen y recomponen. De sus estremecimientos, de sus convulsiones puede quejarse el antiguo habitante de Pompeya y Estabia, incrustado en las frias seculares lavas; el moderno campesino de Resina y de Torre de Greco, que en trágica noche ve desaparecer bajo bituminosas encendidas materias sus viñas henchidas del dulce lácrima, tan celebrado en el mundo; pero el químico, el físico, encuentran en sus fecundas exhalaciones, sodas, potasio y diversas sales marinas, testimonio de su comunicacion con el Mediterráneo; depósitos de cloruro de hierro con todos los colores de las piedras preciosas y de las flores silvestres; manantiales de ácido clorhídrico y ácido sulfúrico; sustancias amoniacas y agujas de azufre tendidas en largos manojos sobre las oscuras escorias; depósitos de aguas termales que curan muchas de las enfermedades, y exhalacion contínua del gas ázoe y del carbónico, tan funestos para la vida y tan preciosos para la ciencia.

Imposible formarse una idea, sin haberlo visto, del contraste profundísimo entre la serenidad riente del campo y el siniestro aspecto del volcan. Cuando los sentidos yerran por aquellas florestas y aquellas playas; cuando pasan de la colina al valle, del valle al bosque, de los bosques donde se entrelazan el olivo con el limonero al mar celeste, donde se rizan tantas velas latinas que parecen bandadas de blancas aves, creen ver y oir en la realidad los pastores de Virgilio, los marineros de Teócrito, cantando los unos entre redes y vergas, y los otros entre apriscos y praderas, dobles versos que han de repetir las auras y lasbrisas; pero si luégo se convierten al volcan y le ven relampaguear, llover fuego, y le oyen mugir, tronar, creen que sus cimas dibujan entre nubes de humo las legiones que ya pisaron aquellas altas cimas, las legiones del eterno víctima, del eterno paria, de Espartaco, el tracio defensor de los esclavos, cuya sombra ensangrentada y trágica vaga sobre todas estas églogas como la infame esclavitud sobre todas las bellezas y todas las armonías del antiguo mundo.

¡Qué exceso de cultura en la vida y de originalidad primitiva en la naturaleza! Aquí están sobrepuestas cuatro ó cinco civilizaciones distintas; desde la pelágica hasta la cristiana; y el suelo volcánico en sus estremecimientos, en sus convulsiones, en sus vapores, parece pertenecer á los tiempos en que todavía era el planeta materia incandescente, henchida de intensísimo calor y de tonante electricidad. Yo me figuro estar en las cavernas donde las ideas arquetípicas, las ideas madres, como Goethe las llama, tejen los hilos de la vida, ó donde los gigantes fabulosos en yunques colosales forjan las inconmovibles bases graníticas de la tierra. Esto es eternamente pagano. El agua bendita, cayendo quince siglos sobre los campos, no los ha bautizado todavía. Los dioses no quieren irse. En vano la vieja sibila de Cúmas, con la vista gastada de mirar á lo porvenir, conla túnica rasgada por las tormentas, desde el elevado promontorio donde se consume, ha dicho á los chicuelos de Nápoles cuando la apedrean, y le preguntan:—¿qué quieres?—Quiero morir.—En vano las sirenas se han reunido en torno del Cabo Miseno para quejarse de la muerte del dios Pan. Aquí están todas las divinidades, lo mismo Céres coronada de espigas, y Baco ceñido de pámpanos, y Minerva con sus ramas de olivo, y Sileno apoyado en su cipres, que Neptuno arrancando con el agudo tridente el espumoso caballo á la tierra, y Vulcano enrojeciendo el hierro en el fondo caliginoso de sus fraguas eternas. No se han ido, no. Están ahí, en el suelo, en los córtes escultóricos de los cabos, en los intercolumnios de las colinas, en los relieves de las costas, en la luz vivísima que no consiente ningun misterio, que todo lo recama de áureas aristas, para celebrar las nupcias eternas del espíritu con la naturaleza, como en el antiguo paganismo.

Estas tierras tan bellas, tan graciosas, atraen eternamente á todas las razas; son las tierras de la comunicacion perpétua entre todos los hombres. Quédense para los agrestes montañeses conservar tras los desfiladeros de sus cordilleras, en el seno de las cavernas, velados de impenetrables bosques, sobre picachos sólo accesibles á las águilas, teniendo por defensa el risco, el pedruscodesprendido al menor esfuerzo de la altura al valle; quédense para ellos las guerras por la independencia, el culto fiero á las antiguas leyes y á los antiguos usos: que aquí, entre estas ondas sonoras, donde al reflejarse el sol finge de luz esplendorosa lagos y rios, cada una de cuyas gotas es una estrella; donde el fósforo, de matiz blanquecino como los rayos de la luna, deja en las tranquilas noches fajas lucientes, parecidas á las fajas de la vía láctea en el cielo; aquí donde las playas seducen como el seno de casta vírgen; donde cada árbol exhala nubes de aroma, y cada giro del aire repite suspiros de amor; sobre la hierba ó sobre las algas, entre las flores del campo y las conchas de la arena, á la sombra, ya del mirto, ya del olivo, ya de la vela crujiente, vendrán los dioses de todos los templos, los pilotos de todas las razas, los conquistadores de todos los pueblos á vivir, aunque sea un momento, ébrios de orgullo y de placer, en brazos de esta seductora y voluptuosa naturaleza.

Lo mismo sucede entre nosotros. El cántabro verá estrellarse cien veces en su escudo de cuero la invasion romana; el asthur, sin tener la cultura de Bruto ó de Caton, sin aspirar á que Plutarco cuente y Lucano cante sus hazañas, preferirá la muerte á la servidumbre; el navarro desde las altas montañas, conjurará todas las conquistas y hará morder el polvo en su constancia á los soldados de Carlo-Magno; el vasco guardará, á traves de tantas revoluciones y de tantos siglos, leyes y usos que tienen caractéres patriarcales, antigua lengua que tiene puro carácter primitivo, al paso que las playas del Mediodía, serenas y risueñas, accesibles á todos los pueblos, abordables á todas las naves; con sus ondas celestes y sus espumas argentinas y sus áureas arenas y sus colinas graciosas y sus olivos y sus mirtos y sus laureles; teñidas por aquella luz deslumbradora, cuyos reflejos dan á las cordilleras toques metálicos, y á los orientes y á los ocasos de su sol arreboles indescriptibles, y á las estrellas y á las estelas de sus noches seductor centelleo; de contínuo embalsamadas por los aromas de flores que embriagan, como otros tantos misteriosos pebeteros; verán venir á su seno gentes de todas las regiones, naves de todos los puertos, y tendrán que abrirse y entregarse de grado ó por fuerza, ya al hierro, ya al halago.

Así es que en la historia de la península ibérica, como en la historia de la península itálica, los pueblos del Norte fundarán la nacionalidad y la ilustrarán los pueblos del Mediodía. Las montañas del Norte serán las regiones históricas, las regiones, si es permitido hablar así, conservadoras; y las playas del Mediodía serán las regionescomunicativas, las regiones, si es permitido hablar así, humanitarias. Las unas darán al pueblo su carácter peculiar y propio, las otras comunicarán este pueblo autóctono con los demas pueblos de la tierra. El alobrogo se sostendrá en el Norte de Italia, fuerte y rudo, para realizar el sueño de quince siglos, la independencia y la unidad italiana, como el montañes de Covadonga, de San Juan de la Peña, del riscoso Sobrarbe descenderá al llano con el ímpetu de sus rios á formar la nacionalidad ibérica. Y así como por Rosas, por Sagunto, por Dénia, por Tarragona, por Calpe, por Algeciras, por Cádiz, vienen los griegos, los fenicios, los cartagineses, los romanos, los árabes, por las playas meridionales de Italia van casi todos los invasores, desde los que fundaron la Magna Grecia en el estrecho de Mesina y en el golfo de Tarento, hasta los que fundaron la monarquía española en las faldas del Etna y del Vesubio.

Así en Nápoles todo cuanto hay de vida moderna recuerda España, nuestra España, hasta el punto de creeros en Barcelona, en Valencia, en Madrid mismo, cuando veis las celosías y los balcones y las casas pintadas de mil matices y los monumentos al gusto de Alfonso V y de Cárlos III, en tanto que toda la vida antigua os recuerda más, mucho más que la Italia civilizadapor el arma de Roma, la Italia civilizada por la palabra de Grecia. Parthenope es griega, completa, absolutamente griega. Allí jamas se romperá, jamas, la eterna armonía entre el alma del hombre y el Universo que la rodea, verdadero secreto de la excelencia de la vida helénica no repetida en la historia. Parece que nadais en el éter cantado por Eurípides y henchido con los coros de las musas y las melodías de Apolo; que las aguas han llevado sobre su luciente superficie las áureas naves, donde iban las procesiones ó teorías griegas celebradas en el Banquete de Platon; que las islas guardan en sus frentes de mármol, como la antigua Cytheres, el beso de la diosa recien nacida en las blandas espumas de las ondas; que aquellas costas dibujadas como á compas y aquellas montañas en proporciones armónicas con todo cuanto las rodea, tienen el ritmo y la geometría de Euclídes y de Pitágoras; que el Mediterráneo se tranquiliza, se adormece allí, no sólo para repetir los matices todos del luminoso cielo, sino para juguetear con las ninfas, con las sirenas, con las divinidades, cuyas sienes coronadas de algas, de perlas, de corales, se ven á cada instante en el culebreo de los rayos del sol por las jaspeadas arenas, dentro de las trasparentes orillas marinas; que el hombre se encuentra sobre aquella tierra, bajo aquel cielo, comoel dios antiguo sobre el ara de su altar y bajo la techumbre de su templo; que la naturaleza es clara, trasparente, de relieve, como aquella antigua conciencia clásica, como aquella lengua helénica, la más distinta, la más precisa, la más armoniosa y rica de las lenguas humanas; que todo convida allí á entregarse á la vida universal, todo á los cantares en coros, á las danzas por muchedumbres, á las carreras délficas, á los juegos píthicos, á los ejercicios atléticos y gimnásticos, á la vida griega, serena como su arte, regida por la geometría y por la música, consagrada á hacer de cada cuerpo una perfecta escultura, de cada alma un cielo trasparente; vida en paz completa y eterna con la naturaleza, que se cincela, se pule, se esculpe, se pinta á sí misma, para someterse al espíritu y á la idea y á las fuerzas del hombre.

Yo no las he visto, pero he oido alabar y encarecer á cuantos las han visto, las bellezas del trópico. Yo tenía un amigo, viajero incansable, que á la contínua me hablaba de Cuba, de Haiti, del Brasil, y sobre todo de la isla de Java, de ese manojo de volcanes. Debe ser bello, terriblemente bello todo eso. Nuestros árboles parecerán femeniles ramilletes al lado de esos árboles gigantes que se hunden allá en la inmensidad de los cielos. Nuestros rios deben ser arroyos en comparacion de esos rios de la India y del Perú. Nuestra flora, raquítica, miserable, parangonada con la flora tropical, rebosante de savia y de aromas. Yo me he fingido mil veces en la mente, leyendo las relaciones de los grandes viajeros, esa isla de Java con sus fundamentos de granito, con sus montañas de basalto, con sus haces de volcanes; cubierto el suelo de madréporas y pólipos; cortado el paso por selvas, primitivas é inexplorables; desaguando de las raíces de sus montañas de fuego rios hirvientes en la inmensidad del Océano; los dias todos con tempestades, cuyos relámpagos son incendios, cuyos truenos desquiciamientos del cielo, cuyas lluvias electricidad; las noches iluminadas, no sólo por las estrellas y constelaciones, sino por las grandes aladas luciérnagas que en todas direcciones vuelan como nubes de animados aerolitos; los cocoteros saliendo de las aguas, á veces de las ondas, y elevándose á las alturas cargados de frutos, junto á las palmas resonantes; los bambúes al pié de los plátanos, árboles gigantescos, por cuyos troncos fluye el ámbar líquido; las hojas y las ramas de la vegetacion lujuriosísima entrelazándose hasta formar tinieblas perpétuas por donde vagan tigres negros de ojos verdes y murciélagos monstruosos con alas inmensas; el campo cubierto de plantaciones de tabacos, de té, de café, de especias, que con sus jugos, con susesencias, con su humo nos embriagan; el aire embalsamado de aromas que perturban; la tierra entera, produciendo y devorando seres en contínua y desordenada exaltacion, como si aquella extraña naturaleza fuese la demencia, el delirio, el frenesí de la vida.

Bella debe ser, bellísima; pero con toda su hermosura vence y anonada al hombre. Qué diferencia de los mares serenos, cuyas olas parece que esculpen las islas; de las costas armoniosísimas que se abren sin recelo á los vientos y á las aguas; de los olmos, graciosas columnas, entre las cuales se mantienen las parras con sus flexibles sarmientos y sus recortados pámpanos; de la flora artística de las orillas del Mediterráneo, flora llena de bálsamos, el jazmin entrelazado con la pasionaria, la verbena al pié del mirto, en el hondo valle el olivo, el granado, la higuera, el limonero, la viña; al borde del torrente la adelfa; en la montaña la salvia, el tomillo, el romero, la manzanilla, el árnica, todas llenas de remedios y de consuelos; sobre las flores las mariposas en su inocente jugueteo, la abeja en su trabajo, y por los aires dulces, suaves, templados al sol en los inviernos, templados á las brisas en los veranos, el coro eterno de nuestras pintadas, nerviosas é inocentes avecillas. El género humano amará eternamente esta naturaleza graciosa, bellísima, quele sostiene con su calor suave, que le alimenta con sus sabrosos frutos, que le regala con sus aromas, que le refresca con sus brisas, que le bruñe y le sana con su sol, que le recrea con los cambiantes de sus mares, y el tono rosado de sus altas montañas, y los cuadros de sus horizontes, y la arquitectura de sus cordilleras; naturaleza en la cual vive como el fauno en su gruta de hiedra y se baña como el silencio en la linfa de sus fuentes.

Nosotros nos sentimos todos parte integrante del universo. Conocemos el estrecho parentesco que existe entre la naturaleza y el alma. Los minerales nos dan la base de nuestro esqueleto. El hierro penetra en las venas, colora y enciende la sangre. Con sólo mirar el cuerpo humano se ven sus relaciones y sus armonías con las plantas. La relacion es mayor en las esferas superiores de la vida. Todas las especies animadas tienen afinidades físicas, químicas, fisiológicas con este cuerpo humano, que las resume, las corona y las completa. Por todas partes nos sentimos unidos con el universo, y en relacion, así con la estrella lejana, perdida en los abismos del cielo, como con la humilde florecilla hollada por nuestros piés. Somos unos con todos los seres. ¿Y no reconocerémos el estrecho lazo que nos liga á nuestra propia especie? ¿Será más fácil y más grato sentirse unos con el mineral, con el vegetal, con los animales inferiores que con el resto de los humanos, en cuyas frentes centellea el espíritu? Y si nos reconocemos unidos á los demas hombres por identidad fundamental de la naturaleza, ¿cómo explicarémos, cómo, la guerra y la esclavitud? ¿Cómo la sed de corromper, de esclavizar, de combatir, de exterminar, que aqueja á tantos seres humanos, en detrimento, en ódio á aquellos que son de todo en todo sus iguales? Y en esta sonriente tierra de Nápoles nos recuerda la historia el orgullo de unos, la tiranía engendrada por este orgullo; y de otros la esclavitud, la degradacion, la miseria moral y material. Pues qué, ¿no veo á mi espalda el golfo de Bayas, donde Neron en su crueldad asesinó á su madre, donde Calígula en su demencia llamó á la luna á compartir su lecho, y veo á mi frente el cono del Vesubio, donde Espartaco citó á los gladiadores para que, en vez de volver las espadas contra sus propios corazones, las esgrimieran en el corazon de sus tiranos?

Pero entreguémonos á la contemplacion de este bellísimo cuadro, de la campiña, de la ciudad. Parece que lo estoy viendo ahora mismo. Son los últimos dias del mes de Abril. Las hojas verdes y tiernas cubren las ramas. Los cielos sonrien y sonrien los mares. En el Este, dibujando sus crestas coronadas de nieve en claro cielo esmaltadode azul, los montes Apeninos, que á los toques del éter se pierden, se desvanecen; adelantándose hácia las playas, al Nordeste, la pirámide truncada que forma el Vesubio, y en cuyas laderas compuestas de lavas, de riscos casi metálicos, de oscuras cristalizaciones, la luz se rompe en matices violáceos, celestes, lilas, que son verdaderamente mágicos; desde el Vesubio al cabo Campanella, sobre colinas bellísimas, al borde del mar, entre bosques de olivos y limoneros, de robles y de higueras, de laureles y mirtos, Castellamare, Sorrento, blancas como palomas; hácia la curva central de este grande anfiteatro, primero las ruinas solitarias de Pompeya, los barrios luégo henchidos de vivientes, como Portici, como Torre del Greco, rodeados todos de maravillosas quintas y de floridos jardines por leguas de leguas; más hácia el Oeste Nápoles, entre aquellos muelles del comercio, donde las naves se agrupan á centenares, las barcas á miles, y este otro muelle de la contemplacion, del arte, llamado Chiaja, y lleno de alamedas, de estatuas maravillosas, de templos marmóreos, bordado de larga fila de palacios grandemente pintorescos por sus azoteas y sus balcones; tras todos estos palacios, quintas, villas, ciudades, un collar de pequeños conos volcánicos, que forman como graciosas ondulaciones, como series de colinas sobre cuya cúspide brillaniglesias, monasterios, castillos, monumentos de diversas clases, y á cuyos piés se extienden florestas contínuas en armoniosa gradería; hácia el Oeste la gruta de Pausilipo remata por la tumba de Virgilio, genio que reposa en aquella region como en su nido; más al Oeste aún el cabo Miseno, cantado por los poetas, eternamente querido de los artistas; todo el conjunto inundado de aquellos arreboles que dan aspecto fantástico, así á las nieves de los Apeninos como á las humaredas del Vesubio, y entonando por aquel mar de un celeste casi indescriptible, segun lo claro y lo bello, en el cual se bañan las islas de córtes verdaderamente arquitectónicos, y que parecen alzarse allí como sirenas para velar, para arrullar, para hermosear á la diosa de las sirenas, á la divina Parthenope.

FIN.


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