IV.
La verdad es que no hay monumento como el de Asis, ni vida como la de San Francisco para estudiar uno de los hechos históricos en que más empeñada, repito, se halla la ciencia moderna; el nacimiento de las leyendas religiosas. Cada una de estas piedras da testimonio vivo de cómo un hombre, sujeto á todas nuestras condiciones, se eleva en poco tiempo á lo sobrenatural, perdiéndose en los celajes resplandecientes de la fantasía hasta convertirse su persona histórica en mito, su vida real en soñada leyenda. Extraordinarias facultades morales ó intelectuales, á la verdad, le adornan; exaltada virtud, elocuente palabra, efusivo amor, le llevan á grandes ideas y á grandes hechos: las gentes le siguen, los sectarios le adoran, los discípulos lo magnifican y poco á poco la fantasía inflamada lo trasfigura, y el arte, el buril y el pincel acaban la obra iniciada, que crece y toma diversas fases en los espejismos siempre movibles de las tradiciones. Despues de algun tiempo puede resultar el pensamiento de Aristóteles, puede resultar la poesía más verdadera que la historia, óel pensamiento de Platon que la belleza del mito sea sólo el resplandor de su verdad intrínseca y el hombre del arte y de la poesía aparezca más real que el hombre de la crítica y de la historia. Pero venid á esta tierra de Asis; registrad estos sitios consagrados por una de las más bellas figuras que guarda en sus anales la humanidad; id á su casa, todavía señalada en las tradiciones, donde encontraréis el recuerdo de los castigos impuestos por su familia á la extraordinaria vocacion del santo; trasladaos á la humilde choza en que ve al Crucificado en sus éxtasis y traza la órden seráfica en sus meditaciones; salid luégo al templo-cenobio y sentiréis cómo un jóven falto de ciencia y de letras, movido sólo del amor, tras una vida exaltadísima por la intuicion de lo sobrenatural y la práctica de las predicaciones; tras un sacrificio contínuo por el bien de los demas hombres, puede tener en la piedad de los creyentes cuna sobrenatural y sobrenatural sepulcro; herir en la imaginacion de los poetas la tierra estéril y hacerla brotar un raudal de inspiraciones; promover y despertar en la mente plástica de los pintores un cielo de grandiosos pasajes que animen con místicas reverberaciones y extáticas figuras tablas y lienzo, bóveda y pared, claustros y altar; crecer en la fe de sus sectarios hasta el punto de que combatan y mueran por su persona ó por su doctrina, exaltando una y otra hasta los límites altísimos de la leyenda y convirtiéndolas en gracioso ideal de las venideras generaciones.
Nada hay más rico que la leyenda religiosa de San Francisco de Asis, y nada hay más sencillo que su vida histórica. Cierto comerciante de paños y una buena mujer son sus padres. El comerciante se llama Pedro Bernardone, y hace contínuos viajes allende los montes en tierra de Francia. Á la vuelta de uno de estos viajes, encuéntrase hermoso y esperado hijo allá por los años de 1182. La madre le habia puesto ya el nombre de Juan; pero el padre, en recuerdo y en agradecimiento á la tierra de Francia, donde se habia enriquecido, le puso el sobrenombre de Francisco. Su educacion fué algo esmerada, si se atiende á la rudeza de aquel tiempo. Aprendió medianamente el frances en las conversaciones con su padre, muy dado á este idioma, y tomó alguna tintura de latin eclesiástico en el mejor seminario de su pueblo. Su juventud pasó encendida en todas las pasiones y agitada por todos los placeres. Lo elegante de su apostura y lo escogido de sus maneras; la varonil belleza del rostro; la gracia y la fluidez de la diccion cierta vena poética para escribir versos; cierta dulzura para cantarlos, dábanle renombre de galante y traíanlo siempre entre jácaras, comidas, aventuras, bullicios, serenatas, amores y orgías. Habia en tales fiestas una especie de director á quien llamaban rey, dándole baston ó cetro á la mano y ciñéndole á las sienes rica corona de flores. El que tal cargo desempeñaba, distribuia los papeles en las farsas públicas; dictaba á cada cual las canciones y señalaba los sitios donde debia entonarlas; componia los coros y los ensayaba; concertaba las parejas en los bailes; presidia las comidas y las cenas. Así es que por las noches, en aquellas gozosas fiestas, al verlo pasar precedido de las músicas, acompañado de los humeantes hachones, dirigiendo numerosísima juventud que al són de los instrumentos entonaba deliciosos coros, llamábanle todos alegría de Asis, flor de sus campos, espejo de sus moradores. Su amor propio era tan grande que recogia aquellas alabanzas y las guardaba en la memoria, para repetirlas á cada instante; su ligereza tan extrema, que requeria de amores á todas las jóvenes y no se fijaba en ninguna; sus dispendios tales, que temia la familia verle disipar en las larguezas de sus placeres los ahorros de tantos tiempos consagrados á la economía y al trabajo.
La ambicion se juntó á sus demas pasiones para que ninguna de las tormentas humanas dejára de atravesar aquella alma. Los libros de caballería letrastornaron el seso. En la Edad Media no existia esta inmensa distancia que existe hoy entre la realidad y la imaginacion. Creíase hacedero el realizar con la voluntad lo soñado en la mente. Un caballo y una lanza; un pecho férreo y un brazo atrevido bastaban á dar seguridad de emprender las mayores aventuras en aquella tierra movediza, á cada paso abierta por las hendiduras de los volcanes, deshecha por los sacudimientos de los terremotos, trasformada por las contínuas catástrofes. Un reino desaparecia con la misma facilidad con que se formaba otro. Del Norte venian tribus y del Sur tambien que trastornaban geografía y política. La aparicion de un señor de Alemania en los Alpes ó de una legion de Arabia en Sicilia, bastaban á desconcertar todos los pueblos y á traer todas las guerras. Por las alturas constituíase cualquier desalmado en príncipe feudal con sólo tener fuerza á sujetar á los campesinos del llano y á limpiar de competidores el monte. Así es que al ir Gauthier de Brienne en demanda de Sicilia á disputar al grande Federico II, tan aborrecido de los Papas, la posesion del hermoso reino, pensó Francisco de Asis en seguirlo, en pelear á su lado, en ganarse á punta de lanza un castillo ó un reino donde saciar su sed de placeres y ejercitar la febril actividad de sus ambiciones. En sueños, despues de haber corrido muchas tierras, peleado con innumerables gentes, ganádose fama de héroe en repetidos encuentros y ruidosas víctimas, veia surgir de los abismos á los aires riquísimo castillo, medio fortaleza y medio palacio, con salones interminables donde campeaban, pendientes de las paredes, arneses, penachos, cimeras, cascos, lanzas, broqueles, manoplas, escudos todos riquísimos, capaces de deslumbrar los ojos más acostumbrados á la plata, al oro, á la pedrería y preguntando á quién pertenecian tantas maravillas, contestóle misteriosa voz que á él y á cuantos paladines le siguieran. Sus deseos febriles y sus ensueños inquietos llevábanle desde las aspiraciones del amor á las aspiraciones de la ambicion Su biógrafo Celano le pone en los labios esta palabra que no deja lugar á duda alguna sobre sus deseos de reinar:Scio me magnum principem futurum.
Al principiar el siglo décimotercio, las cruzadas retroceden, no porque hayan conquistado el sepulcro de Cristo definitivamente perdido para la cristiandad, á pesar de las victorias del gran Federico II; sino porque han conquistado las populares comunidades, iniciacion de la democracia sembrada para siempre en el suelo de Europa. La voz de los misioneros que siglos ántes produjera un pueblo nómada y armado, el cual desde nuestro continente se trasladaba al Asia y moriaabrasado en el desierto por el fuego de las arenas y el fuego de la fe, esa voz que llevaba disuelto el espíritu católico, se estrellaba en el renacimiento de la libertad y en el creciente desarrollo del trabajo. Pero San Francisco, uno de los fundadores de la democracia religiosa que debia acompañar á la democracia política, fué á las últimas cruzadas, separacion verdadera entre el término de los tiempos feudales y el principio de los tiempos modernos. Con la misma alegría de siempre y con la misma ligereza, como si corriera á una de las procesiones ó á una de las fiestas de su valle, corre á las cercanas costas, se embarca en las pesadas galeras, aborda á las playas de Damieta, entra en el ejército cristiano, y no bastando á su exaltado celo y á su febril impaciencia la marcha lenta de aquellos caballos y caballeros abrumados bajo el hierro de sus armaduras pesadísimas, anda á pié por el desierto, penetra en el interior del África, se avista con el jefe de las tribus árabes de Egipto, le predica la fe cristiana, le propone mostrarle entrando en una hoguera y saliendo ileso la verdad del Evangelio y deja allí una órden de penitentes para que rodeen con sus plegarias y con sus martirios de una especie de escudo religioso y de fortaleza moral inexpugnable, el Santo Sepulcro que no han podido rescatar ni la autoridad de los reyes ni la fuerza de los ejércitos.
¿Cómo se ha verificado esta trasformacion maravillosa?
Á la edad de veinticuatro ó veinticinco años, terrible enfermedad le sobrecoge y le lleva á las puertas del sepulcro. Pero sale triunfante de esta prueba, y en la convalecencia extrañas visiones se dibujan confusamente por sus retinas caldeadas de ardentísima calentura é hinchan su corazon de amores hasta entónces desconocidos, como si toda su alma se desprendiese de las terrenales ligaduras y sobrepuesta al cuerpo se recreára en contemplarse á sí misma y en contemplar á traves de sus ideas, como á traves de claro vidrio, la imágen de Dios. La fuerza de la costumbre, sin embargo, le llevaba á sus antiguos placeres, cual si en ellos se encerrase toda su vida y lo confundia con sus antiguos amores, cual si no pudiese sin ellos pasar por este mundo. Un dia siente la ciudad estrecha, la tierra árida, sus amistades insípidas, sus amores vanos, la campiña de Asis como un desierto, el cielo como un pálido crepúsculo, sus ambiciones como fantasmas y se propone desasirse del mundo y perderse en ideal superior á la vida. Para llegar desde el torbellino y el huracan de todos los placeres á este rudo ascetismo, habia necesitado pasar por muchos y muy crueles tormentos. Lo que más le apenaba en tan suprema crísis, era el horror que sentia hácia sí mismo, el menosprecio de todo su sér, el remordimiento por su pasada vida, sus locos placeres, sus locas ambiciones. Aparecia deforme y monstruoso á la mirada más escudriñadora y más segura; á la mirada de su propia conciencia. Queriendo combatirse á sí mismo, se lanzaba al torrente de sus antiguas alegrías á ver si en el ruido y en el movimiento ensordecia su interior hasta no oir esas voces de reconvencion y de angustia que le trastornaban. Pero las fiestas públicas aumentaban su tristeza, el canto le sonaba á carcajada histérica, el vino le sabía á vinagre, los manjares á hiel, la hermosura á frio esqueleto, el amor á hastío, la amistad mundana á mentira, y sobre los trasportes del placer oia la salmodia de invisible entierro que llevaba á sepultar en lo pasado toda su existencia tal como hasta entónces habia sido. La soledad se convirtió en su única compañera. Allí, apartado del mundo, se veia frente á frente á sí mismo y analizaba sus pasados afectos y argüia contra sus ambiciones como contra sus pecados. Muchas veces los amigos le asaltaban, le sacudian para arrancarlo de aquel sueño, le llevaban á las fiestas; pero él, deseoso de no desmerecer á los ojos mundanos de aquellas gentes y no revelar las interioridades del alma, pretextaba buscar un tesoro, é iba á encerrarse en oscura caverna donde, entre ayunos, maceraciones y penitencias, se alejaba de toda su vida pasada y prometia y juraba abrazar otra vida contraria. Cuando entraba en la caverna semejaba un hombre de este mundo, y cuando salia semejaba un hombre de otro mundo, como si bajase de alguna region sobrenatural, como si trajese en su retina y en su frente resplandores de lejanos cielos, como si se trasparentára su recóndita alma. Habia perdido toda idea del tiempo y del espacio en que estaba, y tomado alas sobrenaturales y trasportádose á la tarde suprema del Calvario, donde veia las tinieblas en los cielos y los terremotos en la tierra; las piedras rompiéndose de dolor y las estrellas disipándose en cenizas, la ciudad proterva iluminada por el relámpago y el pueblo deicida iluminado por la ira; fuera los esqueletos de su sepulcro y velados los ángeles en las nubes; las santas mujeres confundiendo sus sollozos con los bramidos del huracan y el discípulo amado y la Vírgen Madre al pié de la cruz en cuyos brazos pendia el Hijo del Hombre sacrificado en desagravio al Eterno por rescate de todas nuestras culpas, con la cabeza caida sobre el pecho, las sienes traspasadas por espinas goteando sangre, abierto el costado, desgarradas las manos y desgarrados los piés, próximo á lanzar aquel último suspiro y aquel último gemido que llevó hasta la eternidad el eco de nuestros dolores y la sombra de nuestras acerbas tristezas en aquella última hora de la consumacion de todas las profecías por el holocausto de la divina víctima y del milagro de nuestra costosa redencion por el dolor y por el martirio. Y cuando habia visto todo esto con los ojos y tocádolo con las manos, sus sienes se taladraban, se abria su costado, llenábase de sangrientas nubes su vista, caíasele sobre el pecho la cabeza, llagábanse sus manos y sus piés, sentia en el alma todas las angustias como en el cuerpo todos los dolores del divino mártir, y salia por calles, por encrucijadas, por campos vertiendo lágrimas, pues aunque todos los seres creados llorasen por toda una eternidad la muerte de Cristo, no llegarian al dolor que tan sublime sacrificio debe merecer á la humanidad regenerada. Y la transfiguracion de Francisco es como la transfiguracion de Sócrates, como la transfiguracion de Cristo, como todas las grandes transfiguraciones, en el dolor y en el martirio.
V.
Los padres de Francisco se inquietaban mucho de los trasportes de su hijo, ellos que no se habian inquietado tanto de sus placeres. Parecíales que en tal estado perdia la salud y arriesgaba la vida. Lo que más les apenaba era ver el demacrado rostro, la rugosa piel, los ojos vidriosos, las manos huesosas, la frente surcada, los pómulos caldeados, trémulos todos los músculos, ahuyentado el sueño de sus párpados enrojecidos, ocupada la mente de visiones, fuera de su cauce natural la vida, como si perteneciese á otro mundo. Las tradiciones refieren que un dia se fué á comunicar la vocacion de penitente al padre desconsolado. Temblaba en los labios de Francisco la palabra y crujíanle los huesos en las rodillas. Apénas acertaba á proferir una frase, porque preveia cuánta amargura iba á derramar en las paternales entrañas. Su familia habia soñado para aquel hijo querido con una posicion desahogada, con un comercio agrandado, con provechosos viajes allende los montes, con un matrimonio de conveniencia, con un influjo político en aquellas repúblicas donde ya comenzaba á sopreponerse la nobleza del trabajo á la nobleza del combate. Imaginaos cuánta sería su pena al oirle que despreciaba toda aquella fortuna aglomerada con tantos desvelos para él; que la queria repartir entre los pobres; que iba á darse á la soledad y á la contemplacion de las cosas eternas; que tosco sayal bastábale para sus carnes manchadas por el pecado, grosera cuerda para sus maldecidos ríñones,las hierbas del campo para alimento, las cavernas para vivienda y para reparar sus fuerzas, por toda licor el agua que la lluvia deposita en las líneas de las peñas, donde las aves se embriagan y toman fuerzas para perderse en lo infinito y henchirlo de cánticos que son verdaderas alabanzas al Criador.
Los padres no quieren jamas una carrera demasiado vertiginosa para sus hijos, un ministerio que pudiera traerles mucha gloria, pero tambien muchos dolores. Sublimemente egoistas, por preservarlos hasta del tormento de las humanas grandezas y del vahido de las inaccesibles alturas, los llaman á la felicidad vulgar que se encierra siempre en las doradas medianías de la vida. El padre de Ovidio no queria que su hijo cantase, como si adivinára que los cantares le habian de arrastrar al destierro y le habian de entristecer toda la existencia; el padre de Petrarca no queria tampoco oir que fuese, aquél á quien habia consagrado para sacerdote de la Iglesia, amante de las Musas, como si temiera dolores tan agudos en gloria tan grande cual un amor sin esperanza; el padre de Miguel Ángel le vedaba el buril, los pinceles y le arrancaba de los talleres, adivinando aquel genio aislado en su gloria como el Dios semítico en la eternidad, dolorido por las desproporciones gigantescas entre las ideas y losmedios de expresion, sin precedentes y sin posteridad, sin mujer y sin hijos, sin familia y sin amigos, sólo con el peso de sus pensamientos, grande, muy grande despues de su muerte, pero desdichado, muy desdichado en la vida. El buen comerciante Bernardone queria para su Francisco el hogar y no las cavernas, el amor y no el tormento, la fortuna y no la miseria, la felicidad y no el combate, un lecho mullido en invierno y no la lluvia y el viento, un abrigo contra las tempestades y no el deshecho oleaje de embravecido mar de lágrimas, la felicidad vulgar y no la penitencia, la vida ordinaria y tranquila, pero no el dolor y el martirio, aunque luégo le valiesen la inmortalidad. Así es que, ciego de cólera, le castigó duramente. Todavía se enseña en Asis el sitio donde le encerró y le ató para que no se escapase á emprender sus vocaciones celestes. Todavía se ve en una Iglesia el fondo de la oscura mazmorra, la efigie del santo en oracion, su cuerpo atado con duras cuerdas, mustia luz iluminándole en aquel tormento aceptado con resignacion como una nueva prueba de su amor á Dios. La madre, la madre cariñosa, amante, con las entrañas desgarradas, fué á soltar al pobre pajarillo enjaulado, á dejarle todo el aire y todo el cielo por que suspiraba, áun á costa de verlo llevarse en aquel vuelo desde el sacro nido al frio claustrosu corazon á pedazos. El santo corrió á su arbitrio por montes y por valles, se hincó en las alturas y se encerró en las cavernas; predicó á las aves del cielo y á los hijos del hombre; se armó contra todas las pruebas que pudieran aguardarle de estas dos ideas, de que el dolor debia tomarse como un presente del cielo y la muerte misma tenerse despues de sus horrores y de sus tristezas como una perfecta vision de Dios. Pero su familia no podia creer en esas extraordinarias vocaciones. El refran evangélico de que nadie puede ser profeta en su patria, se confirma siempre. La familia, los amigos, ven demasiado cerca las enfermedades del niño, las pasiones del jóven, las faltas del hombre, las miserias de la vida diaria para creer que pueda trasformar una edad, redimir un mundo, torcer la corriente de los tiempos, levantarse á las alturas donde brillan y truenan los héroes y los dioses de la historia. No saben los seres vulgares, allá en su órbita estrecha, de cuánto poder está dotada una fe profunda y de cuántas maravillas es capaz una virtud incontrastable. En aquellos predestinados á renovar el espíritu, á purificar la tierra, suele poner la previsora Providencia facultades en armonía con sus maravillosos fines, como la naturaleza da órganos en proporcion con sus respectivos destinos en la vida universal á todos los seres orgánicos. Unavocacion extraordinaria, un trabajo hercúleo, una elocuencia maravillosa, un amor incomprensible al combate y al martirio, una inspiracion febril, suelen, desequilibrando las facultades, dar al predestinado, juntamente con inmarcesibles glorias, irremediables desgracias y defectos. Al fin, toda verdadera grandeza se resuelve en verdadero martirio, y algo hay por necesidad que quitar de todo cuanto favorece á la familia y al hogar, en aquellos destinados á servir desde los resplandores de la gloria, esa hoguera voracísima y martirizadora, á toda la humanidad y á toda la tierra.
Imagínese el efecto que produjera entre el vulgo ver convertido en penitente al galan, y sus cánticos en sermones, y sus brocados en sayal, y sus amores fáciles en heridas profundas, y sus orgías en penitencia, y su vida ligera en muerte anticipada por el sacrificio y por el martirio. Unos se reian á hurtadillas, pero otros á mandíbulas batientes y en su cara. Los más le tenian por loco. Tirábanle los chiquillos de la calle piedra y barro; azuzaban los perros para que le mordieran; seguíanle en tropel como á un bicho raro, mofándose de él, escarneciéndole, insultándole, entre la pública algazara. Pero contra todas estas amarguras tenía el pobre solitario su incontrastable resignacion. No hay sino leer el capítulo octavo del libro titulado:Fioretti di San Francesco, que seencuentra á cada paso por las librerías de Italia. Andaba el santo en compañía de un su hermano en Cristo llamado Leon desde Peruza á la Vírgen de los Ángeles, por mal camino y agrio tiempo. El viento era huracanado, y el frio intensísimo. Viendo Francisco tiritar á Leon, propúsole una especie de problema, á saber: que acertára dónde estaba la verdadera alegría. Leon no podia acertar, y San Francisco le dijo: ¿Pues no es verdadera alegría volver el oido al sordo, el movimiento al paralítico, la vista al ciego, la vida al muerto; ni saber todas las lenguas, ni profesar todas las ciencias, ni descubrir todos los misterios de lo pasado y los secretos de lo porvenir, ni conocer las cosas divinas y humanas, ni predicar de tal manera que se convirtiesen por un solo sermon todos los infieles á la fe? encontraríase la verdadera alegría en que, al llegar á nuestro convento, calados por la lluvia, transidos de frio, exhaustos de fuerzas, muertos de hambre, y llamar á la portería, el portero nos preguntase quienes éramos, y dándole nuestros nombres, nos desconociese y nos creyese dos malhechores errantes por el mundo en acecho de las ajenas haciendas, y saliera y nos agarrára por la cogulla y nos derribára al suelo, y arrastrándonos sobre el barro helado, nos diese con nudoso palo tal paliza, que nos quedáramos ambos por muertos, amoratadosde los piés á la cabeza; que entre los dones del Espíritu Santo el mayor es vencerse á sí mismo y soportar todas las injurias y todos los dolores y todas las tribulaciones por la gloria de Cristo. Así, al principio de su conversion, viéndole triste y cabizbajo sus amigos, preguntábanle si se fijaba al cabo en alguna dama y padecia de amor, á lo cual contestaba en el estilo caballeresco propio de los libros más leidos entónces, que el amor le metia en su fragua y lo abrasaba y lo enrojecia como á hierro candente, trastornándole por una dama cuyo recuerdo tenía siempre en la memoria, y el nombre en los labios, y la divisa en el pecho; la más noble, hermosa y buena que podia soñarse, á saber: la pobreza, hija del cielo y tendida sobre los estercoleros de la tierra, pero con poder bastante á desasirlo de todas las miserias terrestres y elevarlo á la vision de Dios y á la compañía de los ángeles, pues recibió á Cristo en el establo y lo condujo hasta el Calvario, y cuando sus discípulos le abandonaban y corrian á ocultarse de las iras de los tiranos y de las furias de los elementos y la Vírgen Madre no podia llegar hasta su divino cuerpo desde el pié de la Cruz, la pobreza, invisible, pero presente en lo alto, le abrazaba y le veia más cerca que nunca como la esposa inseparable del Redentor, tanto en vida como en muerte.
Llevado de estas inspiraciones, fundó sobre aquel férreo mundo feudal la órden de su nombre, que se alzaba en estas tres virtudes capitales: en la castidad más pura, en la pobreza más grande y en la obediencia más ciega, como holocaustos ofrecidos á la pasion y á la memoria de Cristo. Y despues de haber consumido su vida en la caridad; despues de haber organizado su Asociacion, compuesta de pobres y humildes; despues de haber sido un ideal viviente de penitencia, á los cuarenta y cuatro años, atormentado por todo género de enfermedades, absorto en toda suerte de éxtasis, perteneciendo á este mundo por los últimos eslabones del tiempo y de la vida, y á otro mundo mejor por los llamamientos de su inquieto deseo, San Francisco entró en agonía y al comprender que no le quedaba en este bajo mundo cosa alguna por intentar, y que se iba á otra vida, apretóse sayal y cilicio, amontonó como lecho propio de su cuerpo desgarrado frias cenizas, hincó las rodillas y plegó las manos, puso los ojos en el crucifijo, llamó á los monjes sus compañeros para que en torno suyo entonáran al són del órgano la poesía y los cánticos compuestos en las horas de místico deliquio, los cuales encerraban elTe Deumconsagrado por todas las cosas creadas desde el sol hasta la luciérnaga á su Creador, y recibiendo la muerte en sus párpados como si recibiera tranquilo sueño, volóse el alma en pos de lo infinito, á la manera de una melodía religiosa, de una nube de incienso, de una amorosa plegaria, de una etérea llama.
La muerte es verdadera trasfiguracion. El sér más vulgar crece y se vuelve un sér sagrado en el sepulcro. Encierran los cadáveres en su ataud sus errores, sus faltas y sus vicios, como si fueran los gusanos de la podedumbre y sólo exhalan los aromas de la virtud, como si la virtud solamente fuera el alma inmortal. No debiamos pintar la muerte como un esqueleto, con los ojos cavernosos, huecos, vacíos, y la guadaña en las huesosas manos despojadas de venas, fibras, nervios y piel; debiamos pintarla como divino ángel, sonriente, gozoso, luminoso, que recoge las almas en sus blancas inmaculadas alas y á traves de lo infinito, entre los coros de las estrellas, se las lleva para engarzarlas allá en la inmensidad de los cielos. El sepulcro vacío, oscuro, silencioso, donde todo acaba, es un océano de luz y de vida. El problema de nuestra existencia no está en vivir, sino en morir; no está en pasar por este mundo, donde todos combaten, quieran ó no; está en llegar al puerto seguro de la muerte, donde todos descansan. La creencia general no se engaña cuando afirma que nuestra tumba es cuna, nuestro ataud lecho, y el cadáver podrido para este mundo un recien nacido para otro mundo mejor. Así, en cuanto el pobre penitente de la Porciúncula se perdió en las tinieblas de la muerte, comenzó á brillar en sus sienes la aureola de la inmortalidad. Todo cuanto habia de vulgar en su vida, de desordenado en sus palabras, de extraño en su proceder, de original y hasta insensato en sus maneras y en sus costumbres, todo se perdió, y sólo quedaron los resplandores de su alma en los cielos, las cadencias de sus cánticos en los aires, las huellas de sus virtudes en la tierra, el eco de su predicacion religiosa en los oidos, las llamas de su caridad en los corazones, las historias de su vida y de su muerte trasformadas por la fe en una religiosa leyenda. El calavera de los juegos y de las jácaras, el rey de los festines orgiásticos, el ambicioso de principados y castillos, el pobre loco á quien su padre ataba en una prision, el extravagante insensato, á quien los pilluelos tiraban piedras, muerto, enterrado, envuelto en esa tierra del sepulcro donde todas las grandezas acaban, pasó á ser el santo de los santos, el nuevo Cristo con sus manos y sus piés y su costado abiertos por la fe, el intermediario privilegiado entre el cielo y la tierra que debe estar durante toda la historia de rodillas en alturas inaccesibles para interceder con Dios á favor de la Humanidad, el ángel del Apocalípsis, entrevisto por San Juan desde su isla de Pátmos, que ha de venir, cuando los soles se apaguen, y se pulvericen los mundos, y se enrollen los cielos como un pergamino abrasado, á recoger las almas justas y guiarlas á las serenas alturas y á la incomunicable presencia del Eterno.
VI.
Conocido el San Francisco de la historia, precisa conocer el San Francisco de la leyenda. Por poco que ésta se estudie, obsérvase desde luégo un empeño preestablecido de aproximar la vida del Santo á la vida de Cristo. La leyenda os dirá que se presentó hermoso ángel á su madre en la preñez para decirle todo el precio de la criatura engendrada en sus entrañas y para mandarle que pariera en pobre establo. El guía que nos acompañaba por el intrincado laberinto de las pendientes calles de Asis, decíanos en la Chiesa Nuova levantada sobre el sitio que ocupaba la casa de San Francisco, enseñándonos una puerta: «Por aquí entró el ángel enviado de Dios y por aquí salió la santa madre á dar á luz su hijo en la cuadra y prepararle por toda cuna un pesebre.» Franciscotiene doce apóstoles y entre estos apóstoles un Júdas que lo vende y se ahorca. De sus discípulos, uno fué arrebatado hasta el tercer cielo como San Pablo; otro tocado en sus labios por carbones encendidos para que cantára eternamente celestes alabanzas como Isaías; éste, trasportado á ver cara á cara á Dios y á departir con él amistosamente como Moises; aquél, suspendido de alas tan potentes como las alas del águila de San Juan Evangelista, y el de más allá canonizado por Dios mismo en la gloria, ántes de ser canonizado por el Papa en San Pedro. Leed el capítulo primero de lasFioretti di San Francesco.
Cierto dia, el más noble y el más rico de los caballeros de Asis, viendo la piedad de Francisco y la entereza con que soportaba todas las injurias, llevóselo á su casa para examinar de cerca tanta virtud. Acostáronse ambos amigos en el mismo cuarto, y Francisco no se atrevia á rezar, temeroso de que Bernardo arguyera de farisáicas sus devociones. Pero como fingiera éste haberse dormido pronto y roncára con fuerza, el mendigo se hincó de rodillas y estuvo toda la noche invocando á Dios para que socorriera á la desfallecida humanidad. Al dia siguiente Bernardo pidió á Francisco que le admitiera en su compañía y le dejára vivir su misma vida. Convino éste, pero á condicion de ir juntos á misa y de consultar juntos el Evangelio. Tres veces le abrieron y tres veces toparon con las máximas que prescriben dejar todos los bienes de la vida para abrazar la cruz y no llevar al viaje de este mundo ni sandalias, ni zurron, ni báculo, y repartirlo todo entre los pobres, sin desvelarse por el vestido ó por el alimento, pudiendo estar seguros los buenos de que les sostendrá quien sostiene á las aves del aire, las cuales ni siembran ni cosechan, y de que les vestirá quien viste á los lirios del valle, los cuales ni hilan ni tejen. Y las mayores riquezas de Asis, que eran las riquezas de Bernardo, pasaron de sus manos á manos de los pobres. Y un avaro llamado Silvestre, como viera repartir tanto dinero á los franciscanos, reclamó el importe de unas piedras entregadas al Santo para erigir piadosa iglesia. Y como si los tesoros de Bernardo no hubieran de agotarse, díjole Francisco al avaro que fuera á sus cajas y tomase cuanto le pidiese el gusto. Sacó el avaro á su arbitrio las monedas que debian satisfacerlo, y se encontró ménos satisfecho que nunca. Y vió en sueños á San Francisco y de sus labios saliendo inmensa cruz, cuya cima tocaba al cielo y cuyos brazos á Oriente y á Occidente. Y se convirtió y fué uno de los doce apóstoles, predicando el desprecio de todas las riquezas y el amor á Dios.
Y los ángeles vienen del cielo á conversar conlos frailes humildes y amenazar á los frailes orgullosos, conduciendo á aquéllos á Santiago de Galicia á traves así de las altas montañas como de los profundos rios, y entregando á éstos á las reconvenciones del Seráfico Padre San Francisco. Y entre los frailes humildes, Bernardo fué enviado á Bolonia para que allí fundase un monasterio de la franciscana órden. Y como se presentára en medio de la plaza vestido toscamente, reíanse de él las mujeres, apedreábanle los mozalbetes, tirábanle fuertemente de la capucha los pequeñuelos y le maldecia y le injuriaba todo el mundo. Pero él, sereno, devoraba las injurias y las bendecia en su interior, porque le procuraban el dar una prueba relevante de su paciencia y el medir toda la fuerza de su resignacion. Un durísimo legista que vió tanta virtud, preguntóle cómo podia vencerse á sí mismo, y Bernardo le entregó las santas ordenanzas de su convento. Sintióse el legista convertido é instaló en su propia casa la religion seráfica. Y en alabanza á Dios, fuese San Francisco al borde risueño de uno de los hermosos lagos de Italia. Tenía allí un amigo, llamó á su puerta en la madrugada del Miércoles de Ceniza, y le rogó que ántes de rayar el alba le llevase á una isla del lago y le dejase cuarenta dias y cuarenta noches para ayunar como Cristo, sin decirle á nadie dónde estaba y sin ir á buscarlehasta el Juéves Santo. Llevóse dos panes y en cuarenta dias sólo se comió medio. Y áun este medio se lo comió por humildad, por no igualarse con Cristo, el cual en los cuarenta dias con cuarenta noches que estuviera en el desierto, no probó bocado. San Francisco tuvo allí por todo asilo, durante toda la Cuaresma, una zarza, y despues en memoria de su penitencia, se elevó un monasterio, y á la sombra del monasterio una ciudad.
Y como cierta tarde bajase Francisco al convento de los Ángeles desde la selva donde habia ido á rezar y le siguieran las gentes en tropel para recoger su palabra, preguntóle el hermano Maesso la causa de que sin ser ni hermoso de cuerpo, ni despierto de inteligencia, ni noble de orígen, todos se agolpáran á escucharle, á bendecirle, á obedecerle, y el Santo le respondió que lo debia á la divina misericordia, la cual, viéndolo entre los más pecadores y los más viles y más oscuros, le habia escogido para sus obras milagrosas, confundiendo con tan despreciable criatura la nobleza, la fuerza, la ciencia del mundo, y demostrando que todo viene de Dios, cuando por gracia de Dios puede así trasformarse en ángel de los cielos pobre gusanillo de los campos. Y una vez que iban Francisco y Maesso á Francia, mendigaron en ostentosa ciudad. Y Francisco, reducido ya de estatura, demacrado de rostro á causa de sus maceraciones, apénas recogió ninguna limosna, en tanto que Maesso, en la flor de los años y lleno de gracia, llevó consigo, no ya mendrugos, sino panes. Y los pusieron los dos hermanos sobre una piedra que brillaba á los ojos del Santo como próvida mesa, y á los ojos de Maesso aparecia como el extremo de la miseria. Y á fin de apartarlo de estas dudas y sostenerlo en el amor á la pobreza, desanduvo el camino andado, se volvió de la ruta de Francia á la basílica de Roma, y allí oró tanto, que Pedro y Pablo descendieron del cielo al templo y se presentaron resplandecientes de celeste luz á Francisco para mantener sus fuerzas y alentarlo en la pública profesion de la pobreza. Y no solamente vió á Pedro y Pablo, sino que vió con todos sus hermanos á Jesus mismo, pues un dia que estaba rodeado de los monjes más rudos, los cuales hablaban de Dios en el lenguaje más elocuente, se les apareció el Salvador en la forma de un jóven hermosísimo y todos quedaron como ciegos y cayeron como muertos, de la misma suerte que los apóstoles cuando resplandeció á sus ojos la luz divina del Tabor.
Los prodigios menudeaban en torno del Santo á medida que crecia en virtudes y se ejercitaba en austeras penitencias. En cierta ocasion que le importunaban los frailes para que recibiese á comer á Santa Clara, convidóla á partir el pan sobre la dura tierra, y cuando se acababa el banquete púsose á hablar de Dios con tan vivos trasportes, que encendió en la llama de su palabra bosques, campos, convento, hasta el punto de creerlos todos cuantos pasaban presa de voraz incendio y próximos á reducirse á cenizas; creencia de cuya falsedad se persuadieron observando que aquel fuego milagrosísimo resplandecia y no quemaba, pues era como la espesa llama de un espíritu animado en el divino amor. Otro dia recibió órden de no reducirse á orar, sino de correr á la predicacion y sin curarse de senda ni camino, confiando su palabra á la Providencia, como las palmas confian su pólen al viento, encontró á muchedumbre de campesinos y les predicó la virtud, y como quisieran seguirlo, mandóles que se quedáran en sus viviendas, pues él tenía mensajeros en todas partes, y dirigiéndose á bandadas de pájaros, las cuales formaban misteriosos círculos sobre su cabeza, los conjuró á sembrar la palabra divina y á este conjuro se dividieron como en legiones, yéndose unas á Oriente y otras á Occidente, éstas á Septentrion y aquéllas á Mediodía á repetir en sus divinos gorjeos cuanto habian oido. Otra vez fuese á Rieti y predicó á la puerta de una iglesia en el campo. Acudieron tantas muchedumbres en torno de la iglesia que talaron una viña llena de racimos. El rector de tan sagrado lugar se arrepintió de haber consentido la predicacion cuando el Santo le dijo: «¿Cuántas cargas de vino cogias de tus cepas todos los años?—Doce, le respondió.—Pues en nombre de Dios te prometo que este año, de los pocos racimos olvidados bajo los sarmientos desnudos, cogerás veinte cargas.» Y vino el mes de Octubre y cortó mezquinos racimos que apénas tenian unos cuantos granos, y de tan corta vendimia resultaron las veinte cargas. Y no habia ciudad por San Francisco habitada que no tuviera algun testimonio de su poder sobrenatural y de su facultad de obrar milagros. Hallábanse los habitantes de Gubio poseidos del más espantoso terror. Un lobo feroz andaba por los alrededores y arremetia así á los ganados como á las personas, encarnizadamente. Nadie osaba venir á la poblacion ni de la poblacion apartarse. San Francisco prometió que él concluiría estrecho pacto entre la ciudad y el lobo, á cuyo fin se encaminó hácia el término más frecuentado por las correrías y más castigado por los dientes de la feroz alimaña. Seguíanle innumerables curiosos, pero en cuanto se acercó el peligro dejáronle solo, abandonado á su ciega confianza. Así que lo atisbó el lobo, dirigióse á él furioso, babeantes las quijadas, encendidos los ojos,erizada la piel; pero San Francisco le hizo la señal de la cruz é inmediatamente se detuvo como desconcertado y confuso. Entónces el Santo le pronunció elocuente discurso conjurándole á dejar sus crueldades; á vivir en paz con los vecinos de Gubio, para lo cual, en cambio de la deseada sumision prometióle que satisfarian su hambre y respetarian su vida. El lobo tendió su mano al Santo en señal de asentimiento y le acompañó hasta la ciudad como un perro. Y llegados allá predicó un sermon Francisco diciendo que las gentes tenian mucho miedo á las fauces del lobo y poco á otras fauces más terribles, á las fauces del infierno. Y renovó en la plaza el pacto hecho en los campos con el lobo, el cual, en testimonio de su asentimiento, alzó la pata y la puso entre las manos del Santo. Y desde entónces el lobo vivió en Gubio como un perro hasta su muerte natural, y los habitantes le alimentaban y le agasajaban en memoria de San Francisco. Y domesticaba éste las tórtolas de las selvas y vencia los demonios del infierno y sellaba con la nocion de la eterna justicia almas perdidas en las argucias de la mundana jurisprudencia y recogia en las faldas de su sayal, como en amiga madriguera, las liebres perseguidas, y curaba y limpiaba los cuerpos podridos de los leprosos y convertia los ladrones y los asesinos á manera de Cristo en loalto de la cruz y lograba que la madre de Dios se apareciese á sus hermanos enfermos, y yéndose un dia á Babilonia, como cayese prisionero, á punto de morir, dirigióse al Sultan mahometano con tan tiernas palabras y con promesas tales, que tocado en su empedernido corazon el infiel, le prometió convertirse en cuanto el Santo pasase de este mundo al otro y le enviára por medios sobrenaturales dos franciscanos que vertiesen sobre su frente tenebrosa el agua bendita y regeneradora del bautismo.
Despues de todo esto, no puede ya extrañarnos el imperio ejercido por San Francisco sobre las cosas, tanto animadas como inanimadas. Metíase en las selvas á predicar á los pájaros y mandaba á su discípulo predilecto, el portugues San Antonio de Pádua á que predicase á los peces. Su predicacion á los hombres tenía por objeto mejorarlos, á fin de hermosear en ellos la imágen de Dios que cada cual lleva dentro de sí mismo, y la predicacion á los irracionales tenía por objeto asociarlos á las alabanzas contínuas que entonaba al Criador. Decíales á las aves en sus discursos cosas de una extrema delicadeza; decíales cuanta gratitud debian á Dios que en las pajillas del campo y en las lanas dejadas por los corderos sobre los abrojos les daba materia para sus nidos, y del fondo de un humilde huevo las levantaba con elcalor de la vida á los cielos, vistiéndolas de brillante plumaje para que adornasen el espacio, dotándolas de canoras gargantas para que entonasen suaves cánticos, de resistentes alas para que recorriesen lo infinito, de un pecho que podia respirar en las más apartadas alturas y de una vista que podia recoger de hito en hito los solares rayos para que se confundiesen con las estrellas; favores no otorgados á los demas seres, y por los cuales se hallaban como obligadas á componer un coro eterno, á producir unTe Deuminacabable, á ser en la catedral del universo como las trompetas del órgano maravilloso destinado á acompañar con sus melodías y sus acordes las oraciones de todos los seres cuyos misteriosos rumores llenan la inmensa Naturaleza. Y si veia un corderillo conducido al matadero, lo rescataba y le devolvia á la vida; si una tórtola enjaulada, le abria las puertas de su jaula y la tornaba á la libertad; una liebre perseguida la recogia en las faldas de su hábito y le señalaba el camino de la madriguera. Poeta, y poeta entusiasta; abrasado en las llamas del misticismo; conociendo el estrecho parentesco de su cuerpo con el cuerpo de los demas animales, como conocia el estrecho parentesco de su alma con el alma de los ángeles, subíase á las alturas, hincábase en los peñascos, abria en cruz los brazos y conjuraba á su hermano el soly á su hermana la luna; al viento que pasaba sobre su cabeza y al torrente que se despeñaba á sus piés; al gusanillo perdido en los abismos y al astro perdido en el éter; á todas las cosas creadas é increadas, para que entonasen á una con él, mirando al cielo y adivinando á Dios, cánticos de amor. Sí; que el amor le tenía loco, fuera de sí, en una fragua donde se abrasaban todas las fibras de su carne y hervian todas las gotas de su sangre, amor inmenso, amor eterno, de todo su sér, originario de Dios mismo y consagrado á la dolorida humanidad, semejante al que poseyó á Cristo y le obligó á dejar los cielos por la tierra, la compañía de los ángeles por las injurias de los hombres, las cimas del Empíreo por las cimas del Calvario; el trono luminoso del Eterno, por la cruz ignominiosa del esclavo. Una noche de estío hallábase en oracion al borde de parlero arroyo en las maravillosas campiñas de Italia. Todo convidaba al éxtasis: la claridad de los horizontes, el resplandor de la luna, el murmullo de los bosques, la plateada cinta de las aguas, el aroma de las flores, las estrellas que resaltaban bajo la blanca gasa tendida por el astro de la noche y las luciolas errantes entre las hojas de los árboles como enjambres de celestes aereolitos. Á tanta hermosura le faltaba una voz y pronto canoro ruiseñor, escondido en el ramaje, comienza á entonar sus serenatas, sus arpegios divinos, sus sartas de notas semejantes á las efusiones de misterioso espíritu encendido en ardentísimo amor. San Francisco creyó que el pájaro alababa á Dios y creyó tambien que no debia dejarlo solo en esta religiosa obra. Así que el ruiseñor suspendia su gorjeo, elevaba la voz el Santo, y entonaba una de sus místicas canciones con todos los primores que le permitia la garganta y todo el estro de su inagotable inspiracion. Excitado el pájaro por la voz humana, volvia á cantar con mayor fuerza y con mayor belleza de voz y de escalas. En aquella soledad y en aquella noche, al borde de los arrojaos y á la luz de la luna, bajo las ramas de un verde primaveral y sobre la hierba florida, parecian pájaro y Santo dos pastores de las Églogas de Teócrito y de Virgilio, entonando por las campiñas de Arcádia ó de Parthénope, en poético desafío, sendas canciones de amor. Al fin, la voz del ruiseñor venció á la voz del Santo. Con su natural candidez no se sonrojó de confesar éste que en alabar á Dios vencia el ave de los cielos al pobre poeta de la tierra. Mas la música le era indispensable á la expresion de esos sentimientos intensísimos en cuyo calor estalla y se rompe la frágil palabra humana. Cuando llegaba al extremo de la pasion, al extremo del éxtasis, al extremo de sus religiosas exaltaciones, daba demano á la palabra, al discurso, al verso, acogiéndose á los cánticos y á las melodías como formas propias de las inspiraciones más sublimes y, sobre todo, de aquellas que provienen ó de la religion ó del amor. Despues de su conversion, cantaba los objetos sacros con el mismo fuego y con el mismo empeño con que en sus mocedades cantára los objetos profanos. Y no solamente cantaba, se complacia en oir cantar á los demas, cosa que por todo extremo le exaltaba, pues le abria el cielo de nuevas místicas visiones. Un dia, al término ya de su carrera, bajo el peso de sus penitencias y de sus maceraciones, deseó recrearse y esparcirse un poco oyendo alguna sonata. Los ángeles del cielo que por mandato de Dios miraban hasta el fondo de aquella alma purísima, penetráronse de su deseo y quisieron satisfacerlo. Dejaron, pues, la eterna luz y descendieron á nuestras tinieblas. Era de noche y San Francisco oraba en su celda. De pronto, los venidos al traves de lo infinito desde las cimas etéreas á nuestro oscuro abismo, suspensos de sus alas en torno de la reja, pulsando sus laúdes, aquellos mismos que acompañan loshosannasde la gloria y los conciertos de los astros, difundieron unas melodías tan puras en los aires y llegaron hasta el alma extática del Santo con emociones tan profundas, que creyóse muerto de místico placer ytrasportado á la eterna vida. No es mucho, por tanto, que á la hora de su muerte, en misteriosa tarde, cuando se habia desvanecido el crepúsculo y acercado la noche, las hijas de la luz, las profetisas del alba, las cantoras de la mañana, las alondras, abandonaran todas en tropel sus nidos de barro y vinieran á bañarse en los resplandores espirituales de aquel tránsito sublime, en tal modo que la bellísima alma del Santo, al tomar su vuelo hácia la eternidad, no dejó ni un momento de oir los cánticos de las sencillas aves que le despedian desde la tierra, confundidos con los cánticos de los ángeles y de los serafines que saludaban su triunfal entrada en la gloria.