MANTUA Y VIRGILIO.

MANTUA Y VIRGILIO.

I.

Yo siempre te amé, siempre, alma Naturaleza, desde que sentí tu eterna vida agolparse á mi corazon y tu calor discurrir en jugos vivificantes por mis venas. Luz esplendente que inundas los espacios; electricidad chispeante que corres por los nervios; aire vital en que respiran desde la violeta hasta el águila; fuego del hogar á que se calientan los orbes; vida, eterna vida, la de varios colores, la de organismos innumerables, jamas te imaginé sombra de mis pensamientos, cuadro de mi fantasía, estatua animada por la antorcha de mi inteligencia, el eco de mi voz en lo infinito, el reflejo de mi solitario sér en el vacío: creí y adoré tu realidad.

En tí, en tu seno, todo me subyuga: lo mismo la primera flor del temprano almendro en la henchida yema, que el postrer copo de la blanca nieve en la alta montaña; lo mismo el rumor de la lluvia invernal en los vidrios de las ventanas por las eternas noches, que el susurro del arroyo libre de sus cadenas de hielo por las campiñas primaverales; lo mismo la tormenta rugiente en truenos, encendida en relámpagos, chasqueando el rayo, que la endecha del ruiseñor enamorado en el tranquilo bosque; lo mismo el deslumbrador mediodía con sus tonos calientes, que la pálida luna con sus argentadas gasas; lo mismo el chirrido de la cigarra en las estivales siestas, que el grito del cuclillo en las mudas veladas; lo mismo el zumbar de la abeja sobre los arbustos, que el espirar de la ola en las sonoras playas; todo en tí me parece divino, todo, desde el amor hasta la muerte.

II.

Siempre me acordaré de una de las tardes más solemnes de mi existencia. Era el dia de Pascua en que todo resucita, la mariposa abandonando su larva para tomar multicolores alas, y Cristo rompiendo su sepulcro para llevarse el alma de la humanidad á los cielos. Así toda la creacion repite la alegre aleluya entonada por el órganobajo las bóvedas de las iglesias y por las campanas en las altas torres. Descendia el sol hácia su ocaso entre anaranjadas nubes; brillaba el cielo con ese azul de España que no he visto ni en Italia; flameaban las cordilleras purpurinos reflejos que hacian de los ventisqueros volcanes; en los manzanos y en las acacias tendíanse blancas guirnaldas como signos de los desposorios de tantos seres en la estacion de los amores; y miéntras por los pedregales se ataviaban de su primer verdor la zarza-rosa, en los trigos, entre las tiernas espigas, alzaban sus corolas encarnadas las sedosas amapolas. De pronto suben dos alondras, una pareja enamorada, á los aires. Mirábanse extáticos aquellos seres del cielo ni más ni ménos que los amantes en la tierra. Volaban alegres con femenil coquetería como si quisieran mostrarse sus sendas perfecciones iluminadas por los rayos del sol poniente. Algunas veces las alas se rozaban y los cuerpos se confundian. La nube de incienso no asciende con tanta majestad en el santuario como ascendian los dos pajarillos en el campo. Veíaseles detener su ascension, quedarse fijos é inmóviles como si miraran algo sobrehumano aquí en el suelo despues de haber mirado la luz allá en el horizonte. Era quizás su nido, eran quizás los hijuelos de sus amores. Ignoro si en aquellos dias podrian ya tener hijuelos, pero me pareció quelos contemplaban dormidos, que los oian piar, que atisbaban el lejano peligro para defenderlos y salvarlos ántes de perderse en el cerúleo abismo. Lo cierto es que en su canto, en sus notas alegres, en sus gorjeos, en su jugueton vuelo, en todos sus movimientos, mostraban á las claras ¡ah! la alegría comunicativa de vivir y de amar. Sus cantares caian sobre mi sér como rocío benéfico y lo impulsaban á participar de tanta felicidad.

III.

Pero en el mundo no todos tienen este culto mio por la Naturaleza, no todos sienten este dulce arrobamiento por los bellos espectáculos de la vida. Hay muchas armonías, pero junto á muchas batallas. Si al levantar los ojos á las esferas y ver el concertado movimiento de los astros puede pareceros el universo un poema, al convertirlos á la tierra y descubrir el ódio de unos seres á otros seres, sus mutuos encarnizados combates, las heridas que se abren, la sangre que se sacan y vierten, la muerte que se infieren, el universo puede pareceros una interminable, infinita, universal guerra.

Si cada sér no tuviera á su lado su contrario, llenaria pronto él solo con su prole toda la creacion. Un elefante, el animal de instintos más castos y de reproduccion más tardía, á la vuelta de cuatro ó cinco siglos, podria tener una descendencia de quince millones de elefantes. Por eso la muerte es tan creadora y tan necesaria y tan fecunda como la vida. Por eso en cada punto del espacio se amontonan las cunas y los sepulcros. Por eso junto á cada planta hay otra que le dispute el aire, la luz, el jugo de la tierra, el rocío de los cielos; junto á cada animal, otros animales que se persiguen como ejércitos enemigos y se exterminan crueles en eterno duelo á muerte. La vaca en el Paraguay lucha con un moscon que comienza por zumbar en su oido y concluye por anidar en su ombligo. Y aquel moscon la mata. Los naturalistas dicen que si los moscones no acabáran de esa suerte con las vacas, acabarian las vacas, en tiempo relativamente corto, con la lujuriosa vegetacion del Paraguay. Y entre nosotros, en la especie humana, así como hay quien considera la Naturaleza un templo y desearia no profanarla ni con una gota de sangre, no oscurecerla ni con una nube de ódio, hay quien siente á la vista de la ligera liebre el instinto del galgo ó del sabueso; al roce de las alas de un pajarillo el impulso del águila ó del milano, y viviria como el ferozcazador de la leyenda alemana en lucha perpétua, entre montones de despojos, produciendo eternamente la muerte; anegándose en mares de sangre.

Llevábamos aquella tarde en nuestra compañía un cazador. El cántico y el vuelo de las dos inocentes avecillas no conmovieron su empedernido corazon. Donde nosotros veiamos el amor, la familia, un matrimonio, unos hijos, él veia, con la crueldad del asesino, su presa. De pié, á nuestra espalda, sin que tuviéramos tiempo de evitarlo, apuntó á los pajarillos una escopeta de grande alcance y derribó á uno de ellos herido en el ala por tierra. No os podré decir lo que pasó en mi corazon. El pobre animal arrancado del cielo como una estrella que se desengarzára de su centro de gravedad; herido en los órganos que le dan el dominio de los aires; separado violentamente de su esposa, de la compañera del alma, de todos los encantos y de todos los amores de su vida; imposibilitado de volver al nido en que quizá piaban sus hijuelos, mirábanos con ojos de dulce y por lo mismo desgarradora reconvencion, preguntándonos qué daño nos habia hecho para inferirle tan bárbaro y tan neroniano castigo. Este sér nervioso, movible, pequeño, habia subido y subido en raudo vuelo á las alturas para huir de las sombras, para recoger los rayos del sol, para contemplar por más tiempo la luz, esa idea del Universo; y el hombre con sus bárbaras máquinas y maquinaciones le precipitaba en la oscuridad, en el dolor, en la muerte. Pocos momentos ántes respiraba hasta por las plumas. Sus alas se tendian suavemente en los aires, su pecho se hinchaba de vivificador oxígeno, lucian sus ojos abrillantados por el éter, y un minuto y un fragmento de plomo habian bastado á destruir su ventura. Pero lo desgarrador de aquella escena era la pobre viuda, más herida en el corazon que su compañero en las alas. Bajaba como abatiéndose al dolor. Volvia á subir cual si quisiera mover á volar con su ejemplo. Trazaba espirales en torno del inerte cuerpo. Se detenia sobre el ramo cercano y le llamaba con desgarrador llamamiento. Aquel pío era una escala de sollozos, de plañidos, de quejas. Cada nota, aguda como un grito, llenaba el espacio de torrentes de lágrimas. Oíanse todas las gradaciones del dolor, la pena, la tristeza, la amargura, la desesperacion el anhelo por la muerte. Cuando Julieta se levanta de su sepulcro y se encuentra á su esposo herido y agonizando á sus plantas, no dice cosas tan tristes, tan amargas, tan profundas, como las que decia en sus gorjeos de duelo á los aires la pobre alondra viuda. Todos nos mirábamos y todos sentiamos profundo enternecimiento. Hasta al cazador endurecido le remordia la conciencia por haber roto aquel lazo de dos seres atados por el amor. Yo me acordé confusamente de mi infancia, de los primeros dias de orfandad, de la viudez de mi madre y de su lloro. ¡Oh! el sentimiento y la idea están esparcidos como la luz, como el calor, como la vida, por todo el Universo.

IV.

Si la idea y el sentimiento están esparcidos por la Naturaleza, el amor á la Naturaleza no ha dominado siempre en el arte. Hay épocas enteras en que parece estar ciego el hombre á los esplendores del Universo. Ni la estrella en el cielo, ni la luciérnaga en la tierra, ni el torrente espumoso que baja como una tormenta de las altas cimas, ni la gota de rocío que se suspende como una lágrima á las hojas de las flores, hieren su atencion. Las reacciones místicas contra el delirio y el desenfreno de los sentidos explican satisfactoriamente este hecho. El poeta monástico ó el poeta guerrero se conmueven más á la vista de los altares ó de los campamentos que á la vista del sol naciente ó del mar en calma; miéntras el poeta antiguo, coronado de pámpanos y de hiedra, con la copa de Chipre en las manos y la miel de Chio en los labios, quiere contemplar desde mullido lecho de hojas de rosas el cielo y las ondas, los bosques y los promontorios, las cordilleras ceñidas de nieve y las islas salpicadas de espumas, en el admirable golfo de Parthénope. La poesía está do quier está la hermosura. Puede ser un monasterio hermoso y hermosa una orgía. Pero no me negaréis que el sentimiento de la Naturaleza da mucho vigor y mucho encanto á los poetas. Admirables son el horizonte y el campo reflejándose en las profundidades de nuestra alma. Los cantores de la Naturaleza, pues, nos encantan siempre. Y entre los cantores de la Naturaleza ninguno como Virgilio. En el aula de latinidad, cuando las declinaciones y los diptongos empolvan vuestro pensamiento, Virgilio os trae el aire balsámico de la majada, el olor del tomillo, la sombra de las hayas, el eco de la zampoña, el arrullo de la tórtola, el misterio de la sublime caida de la tarde al bajar la sombra de los altos montes y subir los ganados á los escondidos apriscos. Allí veis y ois las aves que anuncian el tiempo como las Sibilas del aire y como las profetisas del Universo apareciendo segun las tempestades ó las bonanzas; la grulla que se levanta de los valles; la golondrina que riza con sus alasjamas fatigadas el borde espumoso de las ondas; los lúgubres cuervos que hacen estremecer la atmósfera con su vuelo y sus graznidos; los pájaros acuáticos, tanto aquellos que surcan los mares como aquellos que surcan las lagunas, sumergiéndose en las aguas, sacando luégo erguidas sus cabezas, para escapar con sus bandadas léjos de la tormenta; el ronco grito de la corneja que llama á las nubes y á los torrentes del cielo; el triste mochuelo gimiendo en los altos techos durante la callada noche como para contrastar la serenata que da el ruiseñor en la enramada al dulce objeto de sus cánticos y de sus amores. Cuando en las artes descendeis de uno de esos poetas idealistas y soñadores á Virgilio, os sucede como al descender de los elevados picos donde el aire se enrarece, al hondo valle henchido de oxígeno y embalsamado de esencias.

V.

La idea de mirar y admirar el paisaje donde nació Virgilio, me llevó á la ciudad de Mantua. Las expresivas palabrasMantua me genuitvagaban por mis labios desde los primeros años de mi existencia. Mantua es gran plaza fuerte, una delas más poderosas de Europa, integrante parte del cuadrilátero con que el despotismo extranjero tenía como crucificada á la pobre Italia. Parece imposible; pero en tan estrecho recinto, oprimidos por espesos muros, á la sombra de las ceñudas fortalezas; allí donde sólo se oian los pasos del austriaco que celaba con la ardiente mecha aplicada al oido de sus cañones; sin salida ni retirada posible á causa de las lagunas del Mincio, auxiliares de las fortificaciones, los patriotas conspiraban. Frente al palacio ducal brilla un monumento con los bustos de estos mártires inmolados á la independencia de su nacion, á la libertad de sus conciudadanos. Por esta escala de dolores, con tristísimas coronas de agudas espinas á las sienes, amontonando los huesos de sus hijos, las naciones suben desde el abatimiento en la servidumbre á la vida en la libertad. Caminamos al cumplimiento del ideal entre dos hileras de cadalsos. El dolor tiene pasmosa fecundidad.

Estar en una ciudad italiana y no ver algunos ejemplares de sus artes, francamente, es imposible. Así, despues de haber visitado la catedral, que no me llamó grandemente la atencion, visité la basílica de San Andres, que por sus sólidas pilastras, sus atrevidos arcos, sus largas líneas, sus grandiosas curvas, su alta y atrevida rotonda, me pareció una iglesia imponente, poco austera, como todas las iglesias italianas, sobrecargada quizás de adornos y de objetos artísticos, pero grandiosa.

¡Ah! por todos estos monumentos se descubre que el paganismo quedó vivo allí, y que el Renacimiento comienza en el suelo itálico á la hora misma en que comienza la cultura moderna. En el siglo décimosexto, nosotros construimos edificios de gótico florido. No hay sino ver el San Juan de los Reyes en Toledo ó la fachada de la catedral nueva en Salamanca. Pero las gentes de Italia, enamoradas de Roma, á mediados del siglo décimoquinto, elevan muchas de sus iglesias poniendo una sucesion de arcos romanos y echando sobre estos arcos las majestuosas bóvedas. La basílica de San Andres pertenece al número de las iglesias greco-romanas, que abundan tanto en todos los territorios de Italia.

Visitar una ciudad italiana y no conocer en ella algun gran pintor, tambien es imposible. Cada artista tiene su ciudad. Si quereis conocer á Luini id á Milan, si á Corregio id á Parma, si á Andrea del Sarto á Florencia, si á Beccafiume á Siena, si á Signorelli á Orvieto, si á Rafael á Roma, si á los Carraccios á Bolonia, si al Giotto á Pádua, si á Julio Romano á Mantua. En esta ciudad encontró poderoso príncipe que le protegiera, riquezas que le auxiliaran, libertad parainspirarse en el recóndito manantial de sus ideas. Julio Romano ha pasado á la posteridad como el discípulo predilecto de Rafael de Urbino y como el heredero de su genio. En una gran parte de los cuadros más admirados por el mundo, su lápiz ó su pincel han obedecido las inspiraciones soberanas del inmortal maestro. En las logias, éste sólo pintó de su mano el primero y último cuadro:La Creacion, que comienza aquella epopeya religiosa evocando el Universo á la virtud creadora de la palabra divina lanzada por el Eterno; yLa Cena, que la termina instituyendo el sacramento de la eterna comunicacion del hombre con Dios. En las maravillosas estancias hay paredes enteras debidas al pincel de Julio Romano, aunque sean fidelísimos traslados de los cartones rafaelinos. Es uno de los satélites de aquel planeta ó de los planetas de aquel sol.

Su genio, sin embargo, no tiene la tranquila armonía, la calma profunda, la serenidad celeste, la perfeccion clásica del genio de Rafael. Julio Romano gusta de lo exagerado, de lo extravagante, y á veces de lo feo. Bajo este concepto puede y debe llamársele un artista romántico. Así, en cuadro de ideal Vírgen, obra de Rafael, ha puesto una gata, como alzando al empíreo la humildad del hogar doméstico; y en la gran batalla de Constantino y Maxencio ha pintado en primertérmino un enano grotesco y monstruoso, que jamas hubiera permitido el maestro en cuyo genio renacia la majestad de Fídias. Por eso, donde Julio Romano se muestra en toda su ingenuidad, donde aparece tal como lo habia forjado naturaleza, es en Mantua; allí, jefe de escuela, soberano de sí mismo, rodeado de discípulos innumerables, compartiendo la autoridad con los duques del territorio, gozando de córte y de presupuesto, como si constituyera su genio solo un Estado. La sustitucion del ateniense, del florentino, del pagano Papa Leon X, que, no pudiendo conversar con los antiguos dioses, conversa con sus descendientes los artistas; la sustitucion del Papa Leon X por su sombrío sucesor Adriano, teólogo, y nada más que teólogo, flamenco incapaz de toda inspiracion, enemigo del arte, le ahuyentó de la Ciudad Eterna, que parece otra vez herida por los bárbaros, asaltada por el glacial genio del Norte, á cuyo helado soplo pierden sus alas y se encierran tristemente en sus larvas las risueñas ideas. Cuando llega á Mantua no tiene Julio Romano caballo, y el Duque le regala su caballo favorito; no tiene hogar, y el Duque le regala un palacio; no tiene ahorros, y el Duque le envia brocados, terciopelos, joyas, que podrian ciertamente envidiar los más poderosos príncipes. Su fortuna llega á tal extremo, que merece por lasfiestas dispuestas en su loor y los teatros levantados y los torneos y las danzas y las decoraciones y los saraos ser tratado por Cárlos V, el dueño de Europa, como uno de sus compañeros: que entónces lucia junto á la corona de los reyes la aureola de los pintores.

Hay tanta diferencia entre Rafael y Julio Romano como entre Virgilio y Ovidio, como entre Garcilaso y Góngora. Aquella idealidad que el pintor melodioso por excelencia traia de las catedrales de la Edad Media para unirla con las formas perfectas de la antigüedad clásica resucitada, se pierde, se extingue en sus discípulos, los cuales, en cuanto los ojos del maestro y su sonrisa dulcísima se apagaron, caen precipitados en profunda oscuridad y no vuelven á entrever la conjuncion del espíritu moderno con el espíritu antiguo, verdadero secreto de la grandeza del Renacimiento. Julio es un pagano, pero un pagano por cuyo cuerpo corren las chispas de nuestra electricidad y por cuya alma atraviesan nuestros dolores y nuestras inquietudes. Poco ó nada sabe ya en Mantua de la pintura rafaeliana, de aquella inspiracion religiosa unida á la belleza griega, de aquel espiritualismo encendido sobre las aras de mármol penthélico; su genio fogoso, inarmónico, violento se lanza á los piés de los antiguos dioses griegos y se contagia con su sensualismo acrisolado y purificado en la mente platónica y cristiana de Rafael. Evocando los cuadros de la primitiva escuela de Siena y de Umbría para ponerlos junto á los frescos del palacio de Mantua ó de la casa del Té, se nota que el espíritu humano ha andado tanto y se ha trasformado tanto como pudiera andar y trasformarse de las Pirámides de Egipto al Parthenon de Grecia. Julio Romano me parece uno de esos pensadores alejandrinos que, deseando resucitar á los antiguos dioses griegos á fin de conservar la sabiduría de Aténas y la fuerza de Roma, sin las cuales no se concibe la existencia del mundo, los hincha, los agranda, los agiganta desmedidamente con ideas orientales, platónicas, hasta cristianas, especie de filtros inútiles, bien pronto convertidos en corrosivos venenos, porque merced á ellos pierden los dioses la serenidad celeste, la dulce sonrisa, el tranquilo gozo, la perfecta hermosura con que juntaban en dulces desposorios y entre guirnaldas de flores la tierra con el cielo.

Para conocerlo es necesario estudiarlo en el Palacio del Té, en Mantua, en aquella su obra maestra, que es respecto á Julio Romano como la capilla Sixtina respecto á Miguel Ángel, como las estancias del Vaticano respecto á Rafael, como la sacristía de Siena respecto á Pinturrichio. Pocas veces se verá un palacio ideado, delineado, construido, pintado por un solo artista. Es una gran quinta, ó, como nosotros decimos, un sitio real de los Duques de Mantua cerca de la ciudad. Los dos principales salones, pintados al fresco por Julio Romano y sus discípulos, vienen á ser el salon de Psíquis y el salon de los Gigantes; aquél por la gracia, y éste por el atrevimiento; aquél por la armonía y éste por la hipérbole; aquél por la clásica expresion de dulzura, y éste por la exagerada expresion de violencia; como si quisiera representar el lado femenino junto al lado viril del arte.

Nadie puede olvidar á Psíquis, la pobre perseguida de Vénus, la hermosísima doncella que goza en la oscuridad, acostada sobre un lecho de flores, las caricias del amor suspenso á su pensamiento y á sus labios, cuando deseosa de verlo, de contemplarlo, enciende su lámpara y le sorprende en el sueño extasiada, y le admira extática y le ama con más pasion y le desea eternamente á su lado, en su lecho, hasta que una gota de aceite hirviendo cae sobre las espaldas del enamorado despertándole; y al verse conocido, examinado, él, que es un misterio, él, que gusta de las sombras, él, que presta á todos su ceguera, huye y se desvanece en los aires sin dejar más que un resplandor, un aroma, un recuerdo, como para atormentar eternamente á la pobre jóven, fiel imágen del alma humanaenamorada de lo infinito, cuya inmensidad siente dentro y fuera de sí, en su idea y en la Naturaleza, pero sin poder jamas ni verla ni alcanzarla.

Mirad esas paredes. Aquí Psíquis está en el baño, y rosados amorcillos derraman sobre el agua y sobre su cuerpo olorosas esencias; allá Mercurio prepara el banquete nupcial, y las Gracias, dignas por su hermosura y por su felicidad del florido y risueño Albano esparcen flores sobre la mesa de los festines, miéntras las bacantes, henchidas de vida y de placer, danzan furiosas, entonando canciones al viejo Sileno, sostenido en su embriaguez por los sátiros; acullá, entre ramajes, guirnaldas, pámpanos, lucen los vasos y los jarros de plata y oro; en un costado se apoya el perezoso Baco, cual si acabára de llegar á Occidente desde la lejana India, con los tachonados tigres asiáticos á sus plantas; y sobre todos resalta la doncella enamorada, la prometida al amor, circuida de ninfas que la acompañan tanto en felicidad como en hermosura, mirando entre el celaje la cuadriga del sol cuyos caballos despiden la luz de sus crines, y respirando el aire renovado por el balsámico soplo del céfiro; cuadros deslumbradores que han visto el cielo de Grecia, los laures y las encinas de Dodona, las cumbres del Hibla y del Himeto, la ola del mar de la Jonia quebrándose en el coro de las islasgriegas, el sol que ha engendrado las cigarras y las abejas de la Atica, la vida y la alegría de los antiguos dioses.

La última estancia es la estancia de los Gigantes. Á no dudarlo, Julio Romano se ha inspirado en genio semejante al suyo, en el genio de Ovidio, grandioso tambien y tambien audaz, pero señalando con el desequilibrio de sus pasiones y la violencia de sus ideas, y los contrastes de su estilo, el comienzo de irremediable decaimiento en las romanas letras, cuya perfeccion representará eternamente otro genio semejante á Rafael de Urbino, el inmortal Virgilio. Pues bien; Ovidio en el canto tercero del primer libro de sus Metamorfoseos presenta el cielo inseguro, los dioses recelosos, como amenazados por los gigantes que, para escalar sus alturas y abrirse paso entre el éter, apilan montañas sobre montañas, las cuales ya tocaban con sus cumbres en las divinas moradas cuando Júpiter fulmina sus rayos y abate el Olimpo, y hiere á Osa y á Pelion, y aplasta á los rebeldes, de cuya sangre humeante animó la madre tierra los hombres, despiadada raza, como sus sanguinarios padres, ébria de ódios y hambrienta de matanzas. ¡Con qué grandeza colosal y extraña originalidad reproduce Julio Romano estas fábulas! Es la epopeya de las ruinas: restos como de un naufragio y de un incendio al mismotiempo; catástrofe del universo como si se abriera la tierra y se desplomáran los cielos; ciudades enteras desarraigadas de sus bases y convirtiéndose en cenizas; columnas rotas en mil pedazos como las armas de un abandonado campo de batalla; rocas que se precipitan por todas partes, semejando las gotas de un diluvio de moles; gigantes de cuerpos colosales, de actitudes increibles, con sus ojos lucientes como hornos, con sus bocas abiertas como abismos, con sus brazos de la robustez de los troncos, y sus piernas de la dureza del hierro, unos todavía de pié, otros huyendo, heridos éstos por el rayo, aplastados aquéllos por los montes, miéntras allá en las alturas todo es terror y ódio, porque el trono de Júpiter relampaguea y el cielo entero se abrasa en imponente tempestad y los grandes dioses huyen á regiones serenas y Neptuno detiene á sus delfines y Apolo á sus caballos para que no los precipiten á la pelea y Vénus pide proteccion á la cólera de Marte y Pomona tiembla como el arbusto sacudido por el viento y las ninfas huyendo de la tormenta se refugian en el seno de Páris y Juno enciende la ira divina y Eolo sopla huracanes y la guerra abrasa así el tiempo como la eternidad y así los cielos como la tierra, aterrando á los dioses y á los titanes, todos envueltos en sus torbellinos de destruccion y de muerte.

VI.

Mantua es una ciudad acuática, palúdica. El Mincio, que baja del lado de Garda y desemboca en el Po, al llegar á estos terrenos se pára, se estanca, se dilata en pesadas y mefíticas lagunas, las cuales carecen ciertamente del colorido mágico y de la helénica alegría que tienen las lagunas de San Márcos en el espléndido Adriático. Yo las recorrí todas, aunque ligeramente, con misGeórgicasen la mano. Es verdad que algunas se han formado muy posteriormente á la época del poeta; pero el rio fluye aún por donde lo vieron sus ojos, y una parte de las aguas duerme donde dormian cuando él estaba en la cuna.

Propter aquam, tardis ingens ubi flexibus erratMincius, et tenera prætexit arundine ripas.

Propter aquam, tardis ingens ubi flexibus erratMincius, et tenera prætexit arundine ripas.

Propter aquam, tardis ingens ubi flexibus errat

Mincius, et tenera prætexit arundine ripas.

Yo vi la laguna de Sopra, laguna de arriba, artificialmente formada; paseé dos ó tres veces por el dique de los molinos que conduce á la ciudadela; me asomé al puente de San Giorgio para contemplar lo mismo la laguna del centro que la de abajo: y no obstante descubrir por do quiermuros y contramuros, fuertes y contrafuertes, lunetas y castillos, fosos y puentes levadizos, convencíme de que Mantua es en nuestro tiempo, como en tiempo de Virgilio, una poblacion esencialmente agrícola. Por todas las lagunas vi barcas de frutos cargadas y por todas las calles carros cargadísimos. Lo que más trajo á mi memoria la edad antigua, fué singular espectáculo que hirió mi atencion y cautivó mi ánimo. Trascurria el tiempo de la vendimia. En carreta, verdadero lagar ambulante formado de apretadas tablas, amontonábanse las recien cortadas uvas. Dos ó tres mancebos, arremangadas las mangas de la camisa y arremangados los pantalones, pisaban los racimos como al compas de un baile, produciendo rojo rio de mosto que caia de la carreta en preparada cuba. Al pié, sentada sobre un barril, hermosa jóven de tez morena y ojos negros cantaba cancion melodiosa para acompañar la danza de los pisadores. Varios niños con las manos cargadas de mostosos racimos y las sienes ceñidas de improvisadas guirnaldas danzaban tambien entre las ruedas. Y los tardos bueyes lucian, á guisa de plumeros, en el testuz, manojos de sarmientos, cuyos pámpanos, verdes unos y carmesíes otros, formaban el más bello contraste en aquel viviente bucólico cuadro que no hubiera menospreciado Virgilio.

Toda la region, toda ella, exhala inspiraciones campestres: las lejanas cordilleras de los Alpes, recamadas de celestes reflejos y ceñidas de eternas nieves, inmensas líneas de rotondas y pirámides admirablemente dibujadas en los horizontes; el espacioso lago de Garda, formado por puros manantiales que dan á sus aguas las trasparencia y la claridad del cristal, tendido perezosamente al pié del monte Baldo; las pesadas lagunas de Mantua, que contrastan con el celeste Garda, lagunas compuestas de las corrientes del limoso Mincio; el ancho Po, de tranquilo curso y de brillante superficie; los verjeles y majadas, el campo entero cubierto de un verdor que recuerda los paisajes de Holanda; los altos olmos en cuyos troncos las vides se enlazan y suspenden; toda aquella naturaleza impregnada de la misma poesía que exhalan de sus exámetros las virgilianas Églogas.

VII.

La naturalidad es la primera y más sobresaliente entre las cualidades de Virgilio. No es un erudito que rehace la Naturaleza en su biblioteca; es un campesino que ha nacido y se ha criado enel establo, que ha dirigido con su honda, y su cayado las ovejas, que ha tocado la zampoña y el rabel en las pastoriles fiestas, que ha muñido las tetas de las vacas, que ha sesteado á la sombra de los olmos, que ha sembrado el grano por el lluvioso otoño tras la yunta en el hondo surco y con su hoz lo ha segado y en la era lo ha trillado por el caluroso estío, que ha recogido y cortado el panal de cera y miel en las colmenas, que ha podado los sarmientos y vendimiado los racimos y recibido en las cántaras el ardiente mosto y trabajado con todo su sér en las creadoras faenas del campo, vivo en su corazon y en su existencia ántes de ser cantado por su armoniosísima poesía.

Para que el amor á la agricultura tomára en su pecho más intensidad, se vió privado violentamente de sus tierras en edad bien temprana, y las lloró y las cantó como las aves lloran y cantan el nido alevemente robado por despiadada mano. Como todos los bienes de la tierra, amados mucho y perdidos pronto, el despojo de su propiedad y la tristeza de su familia han dejado huellas indelebles, así en su poesía como en su vida, y han derramado hermosos pensamientos en los cielos del arte. Hay entre el sepulcro de la República Romana y la cuna del Imperio Cesáreo un hombre que personifica el pretorianismo, y quelleva en su figura y en su vida todas las señales del largo irremediable decaimiento de la antigua civilizacion. Este hombre es Antonio. Educado por el partidario de Catilina, Léntulo; crecido en la amistad de Clodio, el más furioso y más vil de los demagogos romanos, sólo creyó en la fuerza; y sólo sirvió á la tiranía semejante en esto á todos los cortesanos del pueblo, que exageran la libertad y la violentan como para hacerla odiosa á las sociedades humanas y arrastrarla por el terror á la mancebía de los déspotas.—General de caballería en edad temprana, vencedor de los judíos, soldado mercenario de los egipcios, tribuno de la plebe, del partido demagógico pasa al partido cesarista y viola torpemente la majestad del Senado con la irreverente lectura de audaces cartas del dictador y enciende la guerra civil presentándose á éste en carruaje de alquiler como lanzado de Roma y de sus derechos. Desde entónces queda constituido Antonio en jefe de los partidos militares sobre cuyas lanzas se levantára César á la tiranía jamas disculpada ni siquiera por la virtud de su genio. Como vestia el traje militar, como llevaba al cinto la espada pretoriana, como se parecia á Hércules en su varonil hermosura, como se emborrachaba en las cantinas y participaba del rancho, como dispendiaba el oro lo mismo que vertia la sangre, pródigamente, lossoldados seguian á ciegas las enseñas y las voluntariedades de Antonio, que daba festines y banquetes á todas horas, malversaba los caudales públicos en espectáculos populares, concurria á los garitos acompañado de sus capitanes, se paseaba borracho en los sitios más principales y construia teatros para agasajar á sus bufones; incontinente hasta asaltar las mujeres honradas en medio de las calles; intemperante hasta vomitar sus indigestiones en una Asamblea, como si dijéramos, sobre la cara del pueblo; escandaloso hasta llevar al frente de sus tropas y junto su litera, á un lado el titiritero Sergio y á otro la cortesana Cytheres; fastuosísimo hasta tener leones y fieras entre sus alimañas y vasos de esmeralda en su equipaje; ataviado de seda y pedrería como un sátrapa de Oriente; en cenas orgiásticas perpétuas como las prostitutas romanas; personificacion de todos los vicios, que, envenenando á los ejércitos y á los pueblos, concluyen por forzarlos á dormir en la triste soñolencia del hartazgo y del hastío bajo la más degradante servidumbre. Antonio repartió las tierras de Mantua, las propiedades de los pueblos entre sus soldados; y esta reparticion fué causa de que Virgilio visitára á Roma y consiguiera una devolucion que le empeñó en eterno agradecimiento á su redentor, al poderoso Augusto. De naturaleza delicada, de temperamento nervioso, de corazon tierno, de sensibilidad exquisita; enemigo del fausto, del poder y del ruido que en Roma reinaba; amigo del retiro y de la soledad, como todos los genios contemplativos, en la Edad Media fuera Virgilio un monje consagrado á la adoracion mística de Dios dentro del claustro, y en la antigüedad fué un poeta consagrado á la adoracion purísima de la Naturaleza.

VIII.

Existen hoy dos clases de artistas igualmente detestables: unos, menospreciadores del Universo, cuyas armonías no oyen, cuyos colores y matices no ven, cuya admirable totalidad no comprenden, prefiriendo encerrarse en los abismos de su propia inteligencia, en la oscuridad de sus ideas y dar forma sólo á sus ensueños, como si la totalidad del sér estuviera en nosotros, y fuera de nosotros no hubiese hermosura alguna ni inspiracion posible; otros que copian servilmente la Naturaleza, que en sus obras la reproducen como en una fotografía, que á fuerza de repetirla concluyen por disecarla, destruyéndola en la servil miniatura de sus fragmentos, como aquel poeta citado por Richter, que consagró un poema épico entero al momento del parto y al arte dificilísimo de los comadrones y de las parteras. La poesía es un grado de la idea superior á la Naturaleza. El poeta debe recogerla como un ángel, trayendo á su seno los resplandores de otros mundos y animándola con el calor y á la luz de lo ideal. Así era Virgilio; reproducia la Naturaleza, embelleciéndola, y demostraba que en el sentimiento del poeta, como en la idea del filósofo, crece y se espiritualiza y se acerca la Naturaleza al Eterno.

La obra por excelencia de Virgilio, es el poema de lasGeórgicas. Podriais bien exactamente calificarlo llamándole epopeya del trabajo en oposicion á esa epopeya de la guerra que preside y acompaña á toda la historia. El poeta canta, desde la semilla depositada en la tierra, imperceptible, confinando con el no sér y gérmen de nuevos seres, hasta la zumbadora abeja, hija de la luz, elaboradora de la miel, que confina con el mundo superior y cuasi divino de la inteligencia. La ley de la unidad en la variedad reina con imperio en todo el poema. Los seres se esparcen, se diversifican, se irradian por los espacios en várias individualidades que luégo se juntan y se armonizan en reinos, en géneros, en familias, en especies, hasta llegar á confundirse, como en su atmósfera, en el espíritu universal de la creacion. Así se corresponden, desde la cinta de la hierba parásita en los abismos de la tierra, hasta el cometa, esa cinta de materia cósmica perdida en los abismos del cielo. Los seres inertes toman el humano sentimiento y la idea humana, animándose á su vivificador soplo, como los cuerpos opacos y frios se iluminan y se calientan en la luz y en el calor del sol. El laurel conoce y desea la gloria; el ingerto presiente las flores y los frutos que ha de darle pronto la nueva savia recibida en sus fibras; la encina contempla orgullosa y vencedora á las generaciones de hombres y de dioses que arrebatan bajo sus eternas ramas los siglos; la primavera hincha con su amor desde la yema del arbusto hasta la linfa del arroyo; y el éter desciende en copiosas lluvias sobre el seno de su esposa la tierra, para fecundizar los gérmenes innumerables de la vida. ¡Oh religion de la Naturaleza! Virgilio no es aquel avaro cultivador de otros tiempos, que solamente ve en los campos la riqueza y pretende herirlos con su azadon y su arado para explotarlos cual abundosa mina; es el sacerdote que tiene un culto, el poeta que tiene un sentimiento, el sabio que tiene una idea y vierte todos estos elementos de vida en los prados, en los bosques, en los viñedos, en la siembra, como nueva y más fecunda lluvia.

¿Quién no te admirará, alma Naturaleza? Ya tengas la alegría del amanecer ó la tristeza del vespertino crepúsculo; va muestres la serenidad del lago terso como cristal ó el furor del Océano embravecido por el azote de la tormenta; ahora brames en el huracan ó cantes en el céfiro, ahora amontones opacas nubes ó pintes la rosácea boreal aurora; lo mismo entre los témpanos del polo semejantes á sepulcrales cordilleras y frios como la muerte que entre las selvas del trópico enardecidas por las llamas de la ardentísima vida; lo mismo en el insecto microscópico, frágil y fugaz como una aspiracion del no ser, al ser que en los eternos é inconmensurables soles de soles; desde las caliginosas sombras del abismo hasta la brillante fosforescencia de los mares y desde los infusorios hasta la Vía Láctea, así como encierras en sus primeras manifestaciones la vida, revelas en sus primeros resplandores la hermosura.

Repitámoslo mil veces; Virgilio será el eterno modelo de los poetas que deseen cantar la Naturaleza. El libro cuarto de lasGeórgicasnunca se agota, oloroso como la salvia, tierno como la cera, dulce como la miel. La abeja, la trabajadora abeja, ha inspirado desde el primero al postrer hexámetro.

Aerii mellis cœlestia dona exequar.

Aerii mellis cœlestia dona exequar.

Aerii mellis cœlestia dona exequar.

Allí está el tiempo propicio y el lugar favorable á las abejas, preservado aquél de todos los rigores, así en frio como en calor, preservado éste y sus floridos pastos del diente de la oveja y de la ternerilla, del roce de los tachonados lagartos y de la pezuña de los importunos chivos, para que puedan á su arbitrio dejar la vibrante colmena é ir por los aires embalsamados y luminosos, bajo las sombras de las palmas y el olivo, junto al fugitivo arroyuelo, sobre la hierba abrillantada de rocío, desplegando el aguijon de oro y las cristalinas alas, á libar los jugos de las flores próvidamente apercibidas que deben ser desde el salvaje tomillo hasta la tierna y delicada violeta. Seguidlas y las veréis cómo aglutinan con resinosas sustancias las rústicas paredes de su taller; cómo, así que el aire se entibia y se perfuma, vuelan juntas en cantor enjambre á los rayos del sol y ya rozan las hojillas del arbusto, ya la clara superficie de las aguas; cómo vuelven, despues del goce de esta grata libertad y del juego de estos caprichosos giros, á abrir sus celdillas de blanca cera y depositar sus tesoros de dulce miel; cómo suben luégo, hasta perderse en los cielos, de la misma manera que sus compañeras las estrellas para agruparse más tarde sobre las ramas de frondoso árbol en forma de animados racimos; cómo, á veces, se enemistan y se combaten desafiándose ádescomunal batalla en que luchan con la ira de los héroes homéricos, hasta caer muertas sobre la tierra cual caen las bellotas de la encina sacudidas por el viento para que se cumpla la ley allí presentida del triunfo de las más fuertes y de las más hermosas; cómo trabajan en comun todas para todas y educan á sus generaciones en sabio ejemplo y adoran sus penates y nos dejan su áureo líquido semejante á condensaciones de la eterna luz.

Despues de haberlo leido, amaréis, como Virgilio, los rosales de Pesthum que florecen dos veces al año; la pálida achicoria, que se regocija al beso de la lluvia; el narciso, lento en mostrar sus galas; el rizado apio, la viciosa hiedra, el mirto enamorado de las frescas riberas: envidiaréis al viejo labrador de Tarento que tiene por toda propiedad algunas yugadas de tierra, ingrata al trabajo, incapaz de dar así prados como viñas, y que, sin embargo, produce sabrosas legumbres entre festones de blancos lirios y rosadas verbenas para que su dueño no envidie á los reyes y pueda todas las noches, al tornar del trabajo, cenar manjares no comprados: bendeciréis á Júpiter que dotó á las abejas de sus más seguros instintos en premio de haber oido el címbalo de las Coribantes, y haberlo alimentado en los antros del monte Oriteo; y concluiréis siguiendo en su errante carrera por los bosques y en su descenso á las hondas regiones de las aguas al pastor Aristeo, y sacrificaréis con él en desagravio de Eurídice y de las nepeas ninfas, novillos jamas sujetos á la coyunda, de cuyos abandonados despojos se levantan á las alturas, despues de nueve auroras, nubes de canoros enjambres.

Namque dabunt veniam votis, irasque remittent.

Namque dabunt veniam votis, irasque remittent.

Namque dabunt veniam votis, irasque remittent.

IX.

¡Extraño destino! Este poeta, clásico por excelencia, pertenece á las edades modernas más todavía que á las antiguas edades. El anochecer de un mundo y el alborear de otro se mezclan misteriosamente en sus sienes iluminadas por dos crepúsculos. Tiene de los antiguos la forma perfecta, la sobriedad austera, el gusto depuradísimo, los versos tallados como el mármol de Páros, el arte de materializar las ideas hasta ponerlas ante los ojos en relieve y de eterizar la materia hasta convertirla en espíritu. Por estas cualidades universales de la antigua cultura es un griego como Sófocles ó como Platon. Pero hay en sus versos ya cierta melancolía profunda, cierta extraña tristeza, la nostalgia de lo infinito, la aspiracion á otro ideal, que anuncian como el advenimiento del espíritu divino y absoluto. Él se apresura á escribir su epopeya, la epopeya que cierra, como la Iliada abre, la risueña edad del heroismo. Él tiene impaciencia por asegurar en sus cánticos la religion del derecho y con ella el eterno dominio de Roma, presintiendo el nuevo ideal que contra el arte clásico elabora en los abrasados desiertos de Judea un eterno enemigo de Roma: el Oriente. Parecia que la ciudad reina estaba salvada de las asechanzas de la serpiente asiática cuando Cleopatra muere en el sepulcro de los Faraones y con ella se encierra bajo los arenales africanos aquella Asia que habia seducido un momento á Antonio para devorar en él á Roma, como ántes en Alejandro habia devorado á Grecia. Pero en el fondo mismo de la clara civilizacion clásica tenía de antiguo depositado la oscura esfinge oriental un enigma, los libros sibilinos; y cuando este enigma se descifra, surge de sus oscuros jeroglíficos el Dios-espíritu que matará al Dios-naturaleza, y con él matará así á la Roma de los pretores y de los césares como á la Grecia de los héroes y de los poetas.

Por eso en toda esta edad hay presentimiento universal de que algo muere en la especie humana. Lucano ha visto que los dioses adoptaron lacausa aborrecida por Caton. Horacio y Juvenal han roto en sus sátiras la antigua ecuacion griega entre el ideal y la forma; han revelado el horrible contraste entre las leyes morales y la realidad viviente, anunciando así la agonía de todo un mundo á la historia. Job no hubiera dicho en su estercolero más que dice este verso desesperante:

Pulvis et umbra sumus.

Pulvis et umbra sumus.

Pulvis et umbra sumus.

Plutarco ha oido quejarse de muerte al dios Pan allá por los mares de Sicilia. Tácito sólo tiene corazon para aborrecer y lengua para maldecir á su tiempo. Los más alegres buscan á una en la orgía el sueño más largo, el sueño de la muerte. Luciano se rie; pero su risa epiléptica muestra que se han agotado las lágrimas. Los dioses todos se van; pero ¡ay! vienen los nazarenos. La desesperacion es universal en las artes. Y Virgilio se levanta

Sicut inter viburna cupressi,

Sicut inter viburna cupressi,

Sicut inter viburna cupressi,

como el poeta de la esperanza. En la bacante Parthénope, á las orillas de aquel mar y entre el coro de aquellas islas que recuerdan el mar y las islas de la antigua Grecia, ha visitado la gruta de Cúmas y ha oido anunciar á la Sibila que desciende de los cielos nueva raza de inmortales y comienza un nuevo órden y una nueva ley en el sosegado curso de los siglos.

Magnus ab integro seclorum nascitur ordo,Jam nova progenies cœlo demittitur alto.

Magnus ab integro seclorum nascitur ordo,Jam nova progenies cœlo demittitur alto.

Magnus ab integro seclorum nascitur ordo,

Jam nova progenies cœlo demittitur alto.

Por eso en la Edad Media, al impulso de aquella reaccion mística, todos los genios de la antigüedad se apagan y Virgilio brilla sin ocaso. Los padres de la Iglesia le admiten universalmente entre los doctores y los poetas. Podrian escribirse cien volúmenes como los dos eruditísimos que ha publicado el sabio profesor Comparetti sobre las transformaciones del alma de Virgilio en la Edad Media y en el Renacimiento, sin que materia tan vasta se agotase. Apénas ha muerto, cuando ya lo menciona el Evangelio apócrifo de Nicodemus. Su figura tiene cierta semejanza con la figura del apóstol San Juan, cuya teología es griega, copiada casi de los diálogos de Platon. Aquel cristianismo natural, de que habla Orígenes, traido consigo por cada hombre al nacer, sustancia eterna del espíritu humano, se encuentra en la piedad de Eneas y en las esperanzas despertadas por el nacimiento de Polion. Lactancio, cuando lee la Égloga cuarta, cree leer la epopeya de la segunda venida del Salvador en rosadas nubes resplandecientes de gloria, llamando el Universo entero con sus planetas y sus soles al supremo último juicio. Constantino el Grande la traduce al griego y en cada uno de sus pensamientos ve confirmado un dogma cristiano. San Agustin, al oir que morirá la serpiente y desaparecerán las espinas y los vellones se teñirán por sí mismos y las vacas llenarán de grado con blanca leche los odres y se vestirán de lirios las colinas, cree oir la profecía sagrada de la redencion universal. Las iglesias de Mantua entonan religiosos cánticos, en que San Pedro llora sobre el sepulcro de Virgilio por no haberle visto en vida y no haberle consigo arrastrado á la predicacion y al martirio. San Jerónimo dice cómo se ha dudado de la autenticidad de los libros sibilinos; pero tambien cómo al verlos repetidos en las Églogas se afirma la existencia de Debóras y de Isaías de profetisas y de profetas en el paganismo. El papa Inocencio III, en sermon predicado bajo las bóvedas de San Pedro por la fiesta de Navidad, cita el nombre del poeta mantuano para confirmar la venida de Cristo á nuestro bajo mundo.

Desde su cuna de Mantua á su tumba de Parthénope, Virgilio ha pasado entre aplausos y aclamaciones como cumple al vencedor en las más difíciles y más porfiadas guerras; en las guerras del arte. La expoliadora espada de los pretorianos se ha embotado en sus campos; la frente de los Césares se ha inclinado en su presencia; los espaciosdel teatro han resonado con los aplausos concedidos á sus versos; las rodillas de la muchedumbre se han doblado á su sombra, habiendo tenido que huir mil veces del mundo para huir de la fama y de la gloria. Pero desde su tumba de Parthénope hasta nuestros dias, ha pasado su alma por una carrera más larga aún y más gloriosa. Volveos y la veréis por doquier en la liturgia sagrada, en los libros caballerescos, en los romances castellanos, en las sentencias teológicas de Bernardo de Chartres y de Juan de Salisbury, desde el primer vagido de la razon emancipada en Abelardo hasta la plenitud de su elocuencia en Marsilio Ficino, reinando con Platon y Aristóteles sobre la conciencia humana, á la cual abre mágicos horizontes con su áureo ramo, dirigiendo por los círculos del dolor y de la purificacion, como un astro de primera magnitud, al poeta épico del catolicismo, hasta elevarlo trasformado y perfecto á las cumbres del cielo, á la compañía de Beatrice, á la vision mística de lo absoluto en el inmenso seno del Eterno.

Leemos de contínuo á los grandes poetas. Hoy más que nunca debemos templar la fantasía en esos modelos. Terrible desesperacion se apodera del sentimiento y mella la voluntad. El suicidio, el sacrificio, no ya de la vida de un dia, de todo el sér, de toda el alma, se ha elevado en la nacion de los ensueños á verdadera ciencia como en la antigua India. Oid la filosofía que va quedando sobre tantas ruinas; oid el filósofo á la moda. Todo bien aparece como una utopia, toda inspiracion como una flor venenosa; el mal corre á manera de savia por las fibras de los vegetales y á manera de sangre por las venas del animal; cada hombre se asemeja al ciego topo que vive construyendo eternamente una vivienda jamas acabada, y á la hormiga de Australia que nace con incontrastable instinto suicida; el amor, solamente merece nuestras maldiciones: el gran culpado, que al conservar y reproducir la vida, conserva y reproduce la pena y la muerte; querer equivale á sufrir y sufrir á sér; la inextinguible sed de lo perfecto tiene toda la intensidad de la sed hidrópica, pero jamas tendrá satisfaccion sobre la tierra; la virtud del genio, sólo sirve para agravar todas las penas y sólo merece el nombre de enfermedad hipocondríaca; la existencia se llama combate, pero combate donde existe esta seguridad únicamente; la seguridad de horrible y definitiva derrota: todo nuestro gran trabajo se reduce á querer sin motivo, á luchar sin objeto, á cazar ó ser cazados en esta cacería infernal de todos los seres unos contra otros, á poner bajo cada paletada de tierra un cementerio de innumerables animales, á nacer y engendrar para morir, hastaque bajo los horizontes sólo se descubran montones de esqueletos, y la perfeccion estribe en aniquilar este horrible sarcasmo llamado la vida humana, burla que el Eterno ha lanzado exclusivamente sobre nuestro pésimo planeta, sobre este infierno sin esperanza y sin salida.

Para contrastar semejante pesimismo no hay como volver al seno del grande arte, de la eterna poesía, y reconciliarse en sus espléndidos cielos, al calor de su luz benéfica y al arrullo de sus cánticos inmortales, con la Naturaleza, con la Humanidad y con Dios.


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