SORRENTO Y EL TASSO.
I.
Compadezco á todo aquel que no haya ido jamas, en tibia mañana de Mayo, desde Castellamare hasta Sorrento, entre aquellos bosques de limoneros y de granados, todos floridos, resaltando por los sombríos olivares; bajo la grata sombra de las montañas erizadas de riscos, por cuyas grietas tienden su lujuriosa vegetacion las selvas de hayas, castaños y encinas; sobre el tortuoso camino abierto en la roca viva que enlaza las poblaciones medio ocultas en el follaje; al borde del mar, cuya celeste superficie siembran de estrellas fugaces y contínuas los rayos del sol deslumbrador; la isla de Capri enfrente, cortada como gracioso templo de lapis-lázuli que se alzára sobre las aguas; á la espalda el Vesubio con su penacho de humo, destacándose en el cielo, y su cintura de jardines, y su crestería de lavas brillantísimas, y sus alfombras de ciudades multicolores; todo envuelto en la luz meridional y perfumado por el embriagador azahar, formando un conjunto de bellezas naturales que nos abruman con su magnificencia, ántes al contrario, os convidan á tomar parte en su regocijo y á unir vuestra idea á sus creaciones como una nota más de la universal armonía.
¡Cuán hermosa es Sorrento! Parece caerse al mar desde la altísima roca donde se ha agarrado como una ciudad náufraga. En la falda de pendiente montaña está como suspensa, y desde sus balcones á la playa todavía media pavoroso abismo. Diríase alzada por sus fundadores como un mirador para contemplar el Vesubio, que semeja á espejismo de la imaginacion en la bahía de Parthénope, que, á su vez, semeja á encantado lago. Desde el jardin de la Sirena, cuyos intensos aromas casi trastornan el sentido, veiamos abajo, en la breve ensenada, sobre la estrecha faja de menuda arena, los peces plateados saltando entre las oscuras mallas del copo y las barcas recogiendo sus velas latinas y atracando á fuerza de brazos entre grupos pintorescos de activos marineros. Como la hermosura está en la variedad de los contrastes, hé aquí la region más hermosa del mundo: ágrias montañas y tranquilos verjeles; cúspides de nieve en las lejanas cordilleras de losAbruzzos y cúspides de fuego en los próximos conos del Vesubio; las guirnaldas de parras arriba, y abajo las guirnaldas de algas; el campesino aquí recogiendo en cestos de mimbre los limones y el pescador allá recogiendo en cenachos de esparto los pescados; la oscura encina en el monte y la blanca vela en el mar; las rosas y los jazmines y las violetas en las florestas y las conchas y los caracolillos en los arenales; las ruinas desoladas y desiertas entre los jaramagos, frias como huesos de esqueletos, y las fuerzas de la naturaleza creando y produciendo contínuamente en la gigantesca fragua de volcanes y solfataras; la alegría de la vida, que brota en las serenatas, en las canciones, en los coros al aire libre, en el regocijo de estos pueblos donde ha nacido la música moderna, y el horror de la destruccion y de la muerte en las erupciones que subvierten toda la comarca, que destruyen y levantan montañas, que abren sepulcros donde caben ciudades enteras; la esperanza de lo porvenir y el recuerdo de lo pasado; la caverna silenciosa y la onda sonora; los matices más bellos de la luz y los juegos más caprichosos de las sombras; los términos más opuestos de la historia y los contrastes más bruscos de la vida.
¡Y decir que un poeta como Tasso no ha cantado ni este pueblo donde viniera al mundo, niel palacio construido sobre la roca que da al mar, donde encontráran sus miserias alivio y consuelo en el cariño de piadosa hermana, en el calor de tranquilo hogar, en el comercio con la sana y robusta naturaleza! Algunas palabras acerca de la amenidad del campo y de la salud de sus moradores: hé ahí todo. Los poetas del Renacimiento italiano se parecen á Miguel Ángel, tan menospreciador de cuanto no fuera el hombre y la mujer, que en elJuicio Finaldesaparece nuestra tierra, como si el desenlace de la tragedia humana se representase en los espacios desiertos. ¡Cuán preferible es el bellísimo paisaje viviente de esta bahía incomparable al contrahecho paisaje de los falsos bosques de Armida! Entre todos los poetas meridionales de aquellos tiempos, para mí, los dos que mejor cantaron la naturaleza fueron Camoens y Garcilaso. Nunca he podido asomarme al Tajo, ya entre los verjeles de Aranjuez, ya entre las ruinas de Toledo, sin murmurar las Églogas; ni al Mondego sin ver las ninfas que todavía lloran, bajo los pinos y los sauces y los cedros, en el lugar llamado de las lágrimas, la muerte de doña Ines de Castro, aquella hermosa dama que reinó despues de muerta. Nuestro inmortal cantor peninsular, el Homero de la Iliada del trabajo y de la Odisea de las navegaciones gigantescas y de los descubrimientos maravillosos, inspirado por la luz de África y por la vida de Oriente, hubiera descrito de singular manera esta Sorrento, muy parecida á la isla de Vénus, pintada en su noveno canto deLas Lusiadas, muy parecida, iba diciendo, á la espaciosa bahía donde las ondas mueren sobre blanca arena sembrada de pintadas conchas y caprichosos caracoles; á las tres colinas de líneas graciosas y de aspecto imponente que ostentan sus prados llenos de flores, por los cuales corren cristalinos arroyos y sonantes cascadas, despeñándose desde las ágrias rocas en deliciosos valles; al lago sereno en que se miran los perfumados bosques; á los árboles cargados de flores y de frutos, desde el laurel de Dafne hasta el gracioso limonero, mezcla del oro y la esmeralda, desde el granado que envidiáran los rubíes hasta los perales picados por los pájaros, y los olmos de Alcídes, y los laureles de Apolo, y los mirtos de Vénus, y los pinos de Cibéles, mudos testigos de la inconstancia de Atys, y los sombríos cipreses que elevan al cielo sus fúnebres pirámides entre las cerezas, cuyo color compite con el coral, y las brillantes moreras; todo realzado por esta luz que os tendria eternamente suspensos y extáticos, cual una sonrisa de correspondido amor.
Sorrento ha elevado una estatua de blanco mármol al Tasso. Nunca me cansaré de admirar elrespeto que Italia guarda á la memoria de sus más ilustres hijos; nunca, de ofrecerlo como ejemplo vivo á nuestra ingrata España. Puede decirse, sin exageracion, que en Italia caminais entre dos coros de estatuas. Si entrais por Génova, lo primero que herirá vuestra atencion es la efigie del descubridor de América. ¿Dónde tiene entre nosotros, españoles, otra igual? En ninguna parte. Ni á la puerta del monasterio de la Rábida, que le vió pedir limosna humildemente; ni á la puerta del refectorio de Salamanca, que vió á su razon triunfar de todas las argucias teológicas; ni en la vega de Granada, donde se avistó con sus protectores; ni en el puerto de Pálos, testigo de su salida; ni en el puerto de Barcelona, testigo de su vuelta; ni en las calles de Valladolid, testigos de su muerte.
No es maravilla, en verdad, que genio tan ilustre tenga monumento tan excelso. Los hay por todas las regiones de Italia. En Turin lo tienen, desde los primeros hombres de Estado, como Azeglio y Cavour, hasta los organizadores del ejército y los ministros de Agricultura y Comercio que han servido modestamente á su patria. En Milan se eleva el gran fundador de la unidad italiana y ese coloso del Renacimiento, ese Leonardo de Vinci, á quien rodean sus primeros discípulos. Los templos y los palacios de Venecia pueden llamarse necrópolis de los héroes y de los artistas. Por todas las encrucijadas de Mantua se os aparece la imágen de Virgilio. Á los dos lados de la galería de los Oficios en Florencia, sobre el fondo de oscuro granito, se destaca el blanco mármol de las estatuas, y estas estatuas representan los hijos preclaros de Toscana, feraz en brillantísimos genios. Las cimas del Pincio, despues de la libertad de Roma, han sido decoradas por series de bustos donde se enlazan todas las estrellas del cielo espiritual de Italia. Arnaldo de Brescia y Giordano de Bruno reciben justo desagravio en el mismo suelo donde ardieron sus cuerpos y se calcinaron sus huesos. Pergoleso, moribundo, se ve por los pórticos del teatro de Salerno; Virgilio en su templo de gloria y Vico en su meditacion de historiador brillan allí donde vienen á morir las ondas del Tirreno, á las plantas del Vesubio, entre los mirtos y los laureles de la inmortalidad.
¿Y nosotros? En Madrid, tres hombres se han salvado del ingrato olvido: Cervántes, que se eleva á las puertas de las Córtes; Murillo, que se eleva á las puertas del Museo; Mendizábal, que se eleva en la plaza del Progreso. Daoiz y Velarde están como olvidados en uno de los barrios extremos y en medio de polvorosa carretera. ¿Y Lope de Vega, y Calderon de la Barca, y Diego Velazquez? Málaga tiene un tosco monumento que recuerda el sacrificio de Torrijos, y Granada otro tosco monumento que recuerda el funestísimo dia en que subió Mariana de Pineda al cadalso. Fray Luis de Leon brilla en la ciudad donde cantó con sin igual dulzura y padeció con sin igual resignacion. Pero confesad que es demasiada soledad en medio de aquella escuela de Salamanca en que se verificó la mayor parte del Renacimiento español, como en Florencia la mayor parte del Renacimiento italiano. En Toledo veíase la derruida casa de Padilla sembrada de sal por el aleve absolutismo. Conmovia profundamente el ánimo y despertaba el pensamiento aquel solar calcinado por las llamas, no tan desoladoras como el alma de los déspotas. Sobre mutilada columna se elevaba inscripcion vengativa. Un Ayuntamiento de estos últimos años ha nivelado el suelo y lo ha limpiado, convirtiendo aquel sitio de espectros sublimes y de recuerdos grandiosos en una plazuela con raquíticas acacias, donde se reunen las niñeras y juegan los muchachos. Yo me explico esta manía nuestra de no alzar estatuas, por la barbarie del régimen que durante tres siglos pesára sobre nuestra encorvada cerviz. Si entre nuestros grandes genios habia alguno perteneciente á nobles familias, podia tener un sepulcro fastuoso y una estatua yacente en cualquier capilla ó en cualquier panteonde nuestras iglesias. Pero en las calles, en las plazas, en las encrucijadas, donde pudieran recordar que habia algo y álguien digno de veneracion, ademas de nuestros reyes y de nuestros santos, ¡oh! eso no, que hubiera enseñado mucho al pueblo. Veinte estatuas, si las hay, en toda España, consagradas á nuestros hombres ilustres, no corresponden al sinnúmero de genios que hemos tenido en nuestros gloriosísimos anales. Se me olvidaba; allá, en una de las calles de Valladolid veíase pobre efigie en capilla oscurísima, no me acuerdo por qué calle. Extrañóme sobremanera que tal recuerdo proviniese de nuestros antiguos tiempos en que dejábamos morir á Camoens y á Cervántes en la miseria y desconociamos que el Gran Capitan nos trajo á Italia y Hernan Cortés Méjico. Una estatuilla, y de mujer, ¡caso raro! Pregunté qué representaba, y me contestaron cosa que no me atrevo á creer completamente, por no haberla yo mismo en mis estudios confirmado. Contáronme que representaba una mujer, denunciadora al Santo Oficio de su propio esposo, como fiel en lo interior de su conciencia y de su casa á la religion protestante. El infeliz fué quemado en uno de los autos de fe más célebres que presenció aquella ciudad, y el Gobierno ó el vulgo, ó ambos á la vez, consagraron un recuerdo de agradecimiento indeleble en calle concurrida á una infamia tan grande..... ¿Será posible que no seamos más cuidadosos de nuestras glorias? ¿Será posible que no elevemos todavía monumentos á nuestros héroes, á nuestros navegantes, á los sabios de todos tiempos que han ilustrado nuestro nombre, á los artistas, á los poetas, á los oradores á quienes debemos la gran resonancia de nuestra lengua por todos los ámbitos de la tierra? Si los reyes absolutos han sido ingratos, que no lo sean los pueblos emancipados. Y donde quiera haya brillado un genio, que exista una señal de agradecimiento y una sombra de recuerdo. La corona de sus genios rodea con el etéreo limbo de la inmortalidad las sienes de los pueblos. Solamente la pobre Ofelia, loca, puede pisotear su corona, esmaltada de rocío, en la hora del suicidio.
II.
Tasso no consagró á Sorrento los versos á que tenía derecho su hermosura, y Sorrento ha consagrado á Tasso la estatua á que tenía derecho su gloria.La Jerusalen Libertadaes uno de los monumentos más grandiosos de la lengua italiana. Y en Italia frecuentemente os encontrais conpersonas que guardan religioso culto á un poeta y que le dedican toda su existencia. Prosa, verso, biografías comentarios, cátedras, paréceles poco para su genio favorito. Y cuando no escriben oficialmente, hablan á todo el mundo del único asunto de su vida. Con uno de estos monomaniacos topé yo en mi último viaje á Sorrento; con uno á quien le habia dado la manía por el Tasso. No me dejaba ni á sol ni sombra, porque yo suelo tener una virtud rarísima, la virtud de escuchar. Contábame minuciosidades innumerables recogidas en libros y manuscritos indecibles sobre la vida de su héroe. Cierto frances, que viajaba por entónces y que tenía la nostalgia del café de Madrid y del boulevard de Montmartre, se indignaba contra aquel delirio por un poeta en cuya lectura sólo habia experimentado el dulce efecto de dulcísimo sueño. Aquí de nuestro loco; larga, larguísima disertacion acerca del Tasso y los franceses. Veintiseis años tenía cuando salió de Italia para Francia en la espléndida comitiva del cardenal Luis de Este, hijo de Hércules, Duque de Ferrara; exclamaba el infatigable comentador. La altísima intercesion de dos princesas fué necesaria para que el Cardenal admitiera en su servicio á quien él debia haber servido de rodillas como á un Dios de la poesía. El príncipe de la Iglesia, que iba á fomentar en la córte de Cárlos IX lafe católica contra la propaganda protestante, llevaba ochocientos criados, y entre ellos al poeta, á quien dió un cubierto en su mesa. Reclamó el Tasso algo más, y su protector convirtió la racion en soldada; pero estimándola á tan bajo precio, que apénas tenía el infeliz escritor con que satisfacer su hambre. Los cardenales de aquel tiempo eran más parecidos á príncipes de Asia que á discípulos de Cristo. El de Este, bastante avaro para regalar sólo con las migajas de su mesa al genio, cuyos versos debian regalar á la régia familia de Ferrara con el maná de la inmortalidad, donaba al criminal Cárlos IX, segun Muratori nos refiere, cuarenta caballos, todos con arneses riquísimos, sillas y mantas recamadas de pedrería, conducidos por cuarenta palafreneros cubiertos de seda y oro á la oriental usanza. Y estoy cierto de que el último parásito privaria en la córte de Ferrara más que el primer poeta de su tiempo. Entónces las cortesanas tenian sepulcros magníficos en las grandes iglesias, con epitafios compuestos por los primeros latinistas de la córte pontificia, como el elegantísimo consagrado á Imperia, mujer de tantas riquezas, todas alcanzadas por su hermosura, que cierto embajador admitido en su casa, no supo donde escupir, temeroso de manchar algun objeto de precio, y escupió en la cara de uno de los criados. Y miéntras tanto, elgran poeta se moria de hambre. Su pobreza era tal, que empeñó, para acompañar á su protector, en veinticinco libras várias cubiertas de cama, cortinas y tapices, restos del ajuar legado por su padre.
En su viaje á Francia, le parecieron uniformes las campiñas de Normandía; incómodas las viviendas, todas de madera; grandes las iglesias; admirables los vidrios de colores; inconstante el clima, que pasaba en solo un dia de Abril á Enero; indóciles é inquietas las gentes; adorable la reina Catalina de Médicis; gran poeta el rey Cárlos IX; extrañas aquella Margarita de Navarra y aquella Princesa de Nevers, que llevaban en sus carrozas las cabezas de sus amantes tronchadas por la cuchilla del verdugo; bellas de color y finas de facciones las francesas; bajos de estatura los franceses; raquíticos los nobles y de escasas pantorrillas, aunque muy guerreros; plebeyas las letras y las ciencias, segun las castas que sabian cultivarlas; soberbios los caballos y frecuentes los torneos; incomparables los vinos, muy buenos para las sanas digestiones; flojos los parisienses y alejadísimos de la austeridad impuesta por Licurgo á Esparta. Pero tuvo que alejarse bien pronto de Francia, porque cayó de la gracia del cardenal de Este; y cayó de la gracia del cardenal de Este porque el príncipe de la poesía era mucho máscatólico que el príncipe de la Iglesia. Así es que, apenado por el espectáculo de las discordias religiosas, políticas, civiles de Francia, pintó en una de sus sonoras octavas la nacion vestida de negro, como escuálida viuda; todas sus regiones ultrajadas; todas sus razas doloridas; vacante la corona; dispersas y dispendiadas las fortunas; opreso y enfermo el reino; y en la estirpe régia, herido el mejor vástago y su tronco desgajado por el rayo,e fulminato il tronco. Y en Francia se daba entónces á mediano poeta, por humilde soneto, riquísima abadía que rentaba diez mil escudos; y el mayor poeta de Italia, para salir de Francia, tenía que pedir prestados tres escudos, uno á cierta dama de su particular amistad y dos á un cofrade fiel y admirador ardentísimo.
Despues de tan erudita é incoherente disertacion del comentador de Tasso, oida hasta el fin último, con paciencia de mi parte, y con impaciencia de parte del frances, quisimos ambos oyentes dirigir algunas observaciones al eterno orador. Yo no pude, pues el frances, más pronto y más resuelto, me ganó por la mano y dijo que el Tasso era incapaz de comprender toda la grandeza de Francia y de apreciar toda su hermosura cuando así maldecia de los franceses; y que no le extrañaba su fin desastrosísimo y su enfermedad cerebral, pues debió estar loco toda su vida, cuando en el tiempo de la matanza de San Bartolomé le parecian poco católicos un rey supersticioso como Cárlos IX, una euménide inquisitorial como Catalina de Médicis, un prelado romano como Luis de Este, y un Papa infalible como Gregorio XIII. «Perdon, señor, repuso el italiano con su natural finura, unida á incontestable tenacidad, perdon; pero no hay sino leer á Ranke para convencerse de que Gregorio XIII no era un Papa tan severo y tan creyente como usted cree.»—«No sé lo que sería, ni me importa, replicó el frances; pero lo tengo por más competente en materias dogmáticas que á vuestro poeta. Y en confianza, y pidiéndole su vénia, voy á decirle algo desagradable. La locura contagia, y si no toma usted precauciones, puede contraer la enfermedad de su ídolo. Al fin volvióse loco él por una princesa hermosa y viva; pero tendria poca gracia volverse loco por un poeta fanático y muerto.» Nunca hubiera tocado nuestro interlocutor el tema de la demencia del Tasso. Allí ardió Troya; allí se abrieron de par en par las compuertas de la erudicion del comentador, que llevaba en dos dias hablados más de dos volúmenes en fólio acerca del poeta.
«¡Locura! ¡locura! Hablemos de esto, dijo, hablemos, no á la ligera como del viaje á Francia; hablemos largamente. Vuelto el Tasso de suexcursion allende los montes, fué llamado á Ferrara por el espléndido Alfonso II, que le señaló alojamiento de príncipe en su palacio, cátedra de astronomía en su Universidad, y renta de ciento diez francos cincuenta y seis céntimos al mes en su presupuesto, cantidad bien superior á los miserables veintiun francos mensuales recibidos por el Ariosto en otro tiempo, y celebrados en el cántico décimocuarto de suOrlando. Á todos estos cargos reunió el de historiógrafo y secretario del príncipe, mediando entre ambos tal amistad y confianza, que Tasso le dirigia memoriales en verso para pedirle, por ejemplo, una bota de vino del Pausílipo, y en verso le contestaba el magnífico protector al acceder á su demanda, decretar el memorial y regalársela. Siete años duró esta amistad entrañable, siete años de no interrumpida concordia, hasta el dia funesto en que hirió á todos la fatal noticia de la extraña reclusion de tan ilustre como desgraciado genio.»
Supongo que habréis ido á Ferrara y que habréis estado á punto de llorar en la estrecha cárcel atribuida por todos á la crueldad de Alfonso II y á la pasion de Torcuato Tasso. Pues acerca de aquel extraño lugar andan divulgadas las mismas exageraciones que acerca de los plomos de Venecia. Entónces pude yo coger la palabra y decir, poco más ó ménos, lo siguiente: «Es verdad, un dia el poeta de la duda y de la desesperacion, el genio que dejára su sede en la Cámara de los lores de Inglaterra por la sombra de los pinos de Italia y por los escollos de las costas del Adriático, lord Byron, bello y pervertido como Satanas, en las exaltaciones diabólicas de su inspiracion y en los espasmos febriles de su delirio, llegó á Ferrara, visitó el calabozo henchido por las lágrimas y por los suspiros del poeta mártir, y se estuvo allí encerrado durante dos horas en contínua agitacion, dando paseos desmesuradísimos por aquella jaula, rompiéndose casi la frente en sus paredes, como para absorber todas las tristezas allí amontonadas, y considerar el sol de la prision que palidece al traves de las rejas espesas, el reflejo de la retina ardiente que se clava en la bóveda negra, la huella del cuerpo tendido en la fria losa, el sitio donde apercibian una comida semejante á la podre del sepulcro, las sombras en que los cánticos al amor y las elegías á la amistad se mezclaban á los latigazos de los loqueros crueles y á los horribles gemidos y á las histéricas carcajadas de los locos vecinos; todos los dolores de un cuerpo destrozado por el tormento y todas las penas de un alma herida por la ingratitud y por la injusticia.»
«La visita al oscuro calabozo, añadió el italiano, inspiró á Byron una lamentacion que porcierto no se parece en nada á las lamentaciones de Jeremías, hueca de tono, exagerada de frase, declamatoria de estilo, vacía de ideas, indigna de las otras obras maestras con que ha honrado su nombre de poeta y ha enriquecido la literatura de nuestro tiempo. Pero lord Byron materialmente perdió su trabajo y su poesía. La madriguera estrecha y oscura, llamada prision del Tasso, no encerró jamas al gran poeta, ó lo encerró por tan breves dias, que en verdad no valia la pena de tantas exageraciones. Fué privado de libertad, si se quiere preso, en el mismo edificio donde señalan los guías su prision, allí, en el hospital de Santa Ana, en el manicomio, pero no en el mismo cuarto donde le hubiera faltado luz y espacio para escribir, como escribió por aquellos dias, cánticos enteros de su poema y diálogos magistrales de su filosofía. El Tasso se vió privado de la amistad de su príncipe, y recluido en lo que hoy suele llamarse á la francesa una casa de salud, y á consecuencia de esto sus lamentos, que, como todos los lamentos del genio, han penetrado en el corazon de la posteridad y lo han herido de mortal dolor. Para explicaros esta desgracia, comenzad por una cosa; por que Tasso padecia ya de esa demencia ingénita á todo exceso de facultades extraordinarias, al exceso de sentimiento y al exceso de imaginacion, á las exaltaciones del carácter y de la idea. Esta exaltacion se agravaba con aprensiones tales, que creia al mundo entero conjurado contra su honor, contra su nombre, contra su vida. La tenacidad de esta aprension llegó á intensísima monomanía. El cardenal de Albano le llamaba en sus amistosas cartas gravemente enfermo, y le pedia con verdaderas instancias que para libertarse de aprensiones y sospechas se dejára purgar por sus médicos, aconsejar por sus amigos y dirigir por sus patronos. Pero Tasso tenía tal horror á la córte, que cuando escribia á las gentes de su mayor confianza les rogaba no empleáran de ninguna manera en él artificios maléficos, ó lo que es igual, artificios cortesanos. Así, consistió la causa primera de su desgracia en el desasosiego con que soportaba su estancia entre los Estes y en el deseo que tenía de partirse á otras ciudades y trabar amistades con otros príncipes. Como hubo papa de aquellos tiempos dispuesto á declarar guerra á vecina república por retener excelso pintor, hubo príncipe capaz de atormentar al sumo poeta por haber querido marcharse á la córte de otro príncipe.
«Á pesar de todo esto, el Tasso tuvo durante su prision habitaciones cómodas; tiempo de vagar sobrado; visitas de príncipes reinantes, como el Duque de Mantua; veraneos en la quinta de la bellísima princesa Marfisa de Este y disertaciones sobre la naturaleza del amor; regalos de libros como las maravillosas obras de Aldo el jóven, que son todavía monumentos de la imprenta; lecturas profundas, como laSuma Teológicade Santo Tomás y lasHistorias políticasdel cardenal Bembo; consultas que podrian satisfacer su amor propio, como la de Francisco Terzi, grabador celebérrimo, que iba á pedirle consejo sobre ilustraciones y estampas; oro enviado en escudos sonantes y contantes por el Duque de Guastala; ofrendas en los versos del poeta boloñes Julio Segui; satisfacciones en las magníficas estampas trazadas para su poema por Bernardo del Castello; afectos, como la amistad del Padre Ángel Grillo, sapientísimo benedictino, el cual se encerraba en la estancia del poeta á departir sobre arte y religion, prefiriendo aquel encierro á todas las libertades y aquel dolor á todos los placeres; y excursiones de carnaval en los bailes indescriptibles de Ferrara, imitacion de los tiempos clásicos, donde, vestido de tisú y acompañado de otros gentiles hombres, danzaba, y bromeaba, y bebia hasta caer rendido de gozo y de fatiga.
«Mas era tan pueril, que se atraia la cólera de los carceleros con sus caprichos; tan raro, que se daba por demente con gusto, diciendo que de igual enfermedad padecieron el griego Solon y el romano Bruto; tan cambiante de humor, quemostraba en pocos momentos excesos de placer y de pena, como de garrulería y de silencio; tan indócil, que no tomaba ninguna medicina desagradable al paladar y olfato; tan cuidadoso de su persona, que disponia para vestir en la reclusion los mejores terciopelos de Génova, y los gorros de dormir más historiados y ricos; tan goloso, que importunaba á sus amigos en demanda de libras de fino azúcar para las ensaladas; tan confiado, que le robaban y despojaban de todo sus domésticos y compinches; tan pedigüeño, que reclamaba de sus visitantes hasta las medias de seda que llevaban puestas; tan desgraciado, que los médicos no le cuidaban porque jamas les pagaba las consultas, y lo recibian los tristes hospitales con frecuencia, porque en mil ocasiones no contaba con otra vivienda ni otro abrigo; tan desconocedor de sus aptitudes y facultades, que los escasos recursos recibidos de providenciales herencias los evaporaba en pleitos dañosos á su salud y á su hacienda, á su gloria y á su nombre; tan tímido, que la menor crítica le descorazonaba, precipitándole desde las cimas de un orgullo sin medida, en el abismo de una desesperacion sin límites; desgraciado por todo, especialmente desgraciado por su propio carácter y por la guerra á muerte que se hacía á sí mismo en contínuos tormentos.»
«Sacamos, dijo el frances, en limpio dos cosas: primera, que no hubo tal demencia en Tasso, y segunda, que se debió su prision, dulce ciertamente, no á desgracias de amor, á desgracias de córte.»—«Hará unos veinticinco ó treinta años, añadió nuestro italiano, tratóse largamente de las causas de esa prision y de esa locura. Un profesor pisano sostuvo que habia sido encarcelado el Tasso por su pasion á la princesa Leonor, hermana de Alfonso II, y un historiador florentino sostuvo que por haber intentado pasar del servicio de la casa de los Estes al servicio de la casa de los Médicis. Considerable apuesta se propuso entre los dos contendientes, sometida primero al Instituto de Francia y despues á las Academias de Italia, que nunca dictaron la sentencia ni resolvieron el asunto. Y salió un señor con manuscritos de Montpellier, y otro con manuscritos de Roma, y otro con manuscritos de Ferrara, sosteniendo cada cual su version, y alguno la singularísima de que Tasso tuvo amores con las tres hermanas del duque Alfonso de Ferrara y hasta con su mujer doña Bárbara. Lo cierto es que encarándose el poeta con el Duque le dice en magníficos versos: «Puedes arrancarme, poderoso señor, la vida, que tal es de los monarcas el derecho; pero á causa de haber escrito del amor, al cual nos invitan el cielo y la naturaleza, arrancarme esta razon mia, centella de la divina bondad, no puedes, porque sería el crímen de los crímenes. Te pedí perdon y lo negaste. ¡Ah! Me arrepiento de haberme arrepentido.» Confesad que el príncipe pecó de sufrido, dada la naturaleza de aquellos rudos tiempos, pues uno de sus parientes, un cardenal, en la misma Ferrara, arrancó los ojos á hermoso mancebo de sangre real, porque su hondo y deslumbrador mirar habia fijado una vez la atencion de bella dama. Aparte de todo esto, confesad conmigo que ningun poeta italiano puede compararse con el Tasso en la hermosura de la forma, en la riqueza y armonía de la lengua, en la dulzura de los versos, en la correccion del estilo, en el encanto de la rima, en la viveza de los sentimientos, en la severa majestad del conjunto de sus obras, en la sobria sencillez, verdadera señal de la mezcla feliz del gusto con el genio.»
Confesaré cuanto queráis, dije yo al entusiasta defensor del Tasso; pero le creo poeta de decadencia, á pesar de pertenecer, por su estilo, á los tiempos de la más clásica y más consumada perfeccion literaria. Poeta que no presiente en su corazon y no adivina en su inteligencia y no se anticipa á su tiempo, carece para mí de la facultad esencialísima al genio; carece del don de profecía. Cuando os abismais en los profundos senos de laepopeya católica; cuando recorreis la sátira maravillosa que ha enterrado la caballería feudal; cuando asistís áLa Vida es sueño, de nuestro genio dramático, y áEl Hipócrita, del genio cómico frances, lo que más hiere vuestro ánimo y lo trasporta, aparte del sentimiento y del arte, está en las mágicas y sobrenaturales intuiciones de lo porvenir. Pero un poeta cortesano que pasa su vida mendigando, de puerta en puerta, el favor de los príncipes y cardenales; más papista que el férreo papa Pío V; más monárquico que el siniestro monarca Cárlos IX; exaltado hasta aplaudir las persecuciones y las guerras religiosas; impasible ante la carnicería de la trágica noche de San Bartolomé; un poeta así, no siembra ninguna de esas ideas, ni despierta ninguno de esos afectos que vienen á ser como los hilos misteriosos con los cuales se teje la urdimbre de la vida y se prepara á la iniciacion del progreso el espíritu de las generaciones por venir. El Dante hiere en lo vivo, profundiza en el abismo, sorprende el secreto de aquellas sus edades, eleva la conciencia en el altar de lo eterno, como una hostia consagrada; tiene con los dolores profundos y las adivinaciones sobrenaturales toda la colosal grandeza de los profetas hebraicos, de Isaías y Jeremías, los cuales, valiéndose de los símbolos y de la lengua de lo pasado, fulguran el alma y el pensamiento de generaciones todavía perdidas en la nada, pero evocadas ya de las sombras, y prontas á entrar en la existencia, merced á este soplo creador que ha pasado por el abismo de los tiempos como un llamamiento de la eternidad. El Ariosto mismo, lleno de gracia y de vida, ébrio de pensamientos, exaltado de pasiones; con aquella risa que roba á la alegría clásica, con aquella vena de invencion que agota las fuerzas creadoras del genio, con aquella selva de ideas que produce en el suelo manchado de torvo feudalismo; burlándose de las instituciones más fuertes y de las leyes más admitidas; abriendo el cielo encantado de su mágica invectiva al delirio de los sentidos despiertos tras tantos siglos de sueños místicos, personifica, medio pagano y medio cristiano, en aquellas orgías de su inspiracion y en aquella pascua de universal regocijo, toda la grandeza del Renacimiento.
Al reves, el Tasso canta un hecho, la toma de Jerusalen, que conmovió á Europa en el siglo undécimo y en el siglo duodécimo, pero completamente ajeno á su tiempo, y mucho más á los tiempos posteriores. ¡Guárdeme Dios de ignorar ó desconocer toda la belleza contenida en el gran movimiento religioso que levanta nuestras razas occidentales, aisladas por el feudalismo, y las junta y las arroja sobre el Oriente! Al convertir hácia las cruzadas los ojos, veis, entre arreboles de poesía, los pobres ermitaños que, con severo sermon en los labios y el tosco crucifijo en las manos, suscitan la guerra santa y divierten el ánimo de las luchas feudales para llevarlo á otras empresas más altas; las públicas invocaciones á Dios, que suben á los siervos desde el terruño y bajan á los señores desde el castillo; las hileras de mondados huesos que se extienden de Europa al Asia, fecundando el suelo y la conciencia; la antigua Constantinopla, aparecida en medio de nosotros con sus resplandores y sus recuerdos; el Egipto y sus misterios, resucitados á la voz y al rumor de aquellas legiones sin número, movidas por una idea y realizando la contraria, movidas por la idea teocrática y abriendo su iniciacion á la democracia; las deliciosas orillas del Oriente y del Cidno, sembradas de penitentes, á un tiempo en oracion y en armas; los jardines de Dafne, impregnados de paganismo y cantados por los poetas de la naturaleza junto á las abrasadas arenas del desierto, reveladoras de la unidad divina á los sacerdotes del espíritu; las flotas de Venecia, y de Pisa, y de Génova trayendo sus vientres henchidos por los productos del comercio, y sus velas hinchadas por la brisa de la libertad; Antioquía, con sus altos muros y sus quinientas torres; Damasco, embriagada con los aromas de sus floridos bosques; los cedros del Líbano, bendecidos por el profeta, que sirvieron á Tiro para sus naves, á Salomon para su templo, á Alejandro para el lecho donde debia juntar los dioses de Grecia con las ideas de Oriente; la Palestina, la tierra de los patriarcas, con más ánsia buscada por los nuevos cruzados que por los antiguos israelitas, y libertando, como á los unos del cautiverio de los Faraones egipcios, á los otros del cautiverio de los caballeros feudales; el torrente Cedron, donde corrieron las lágrimas de David, y el monte Olivete, donde manaron los sudores de Cristo, y el Calvario, donde se consumó el sacrificio de la Redencion, y el sepulcro, donde estuvo entre los átomos de la tierra el que ahora está entre los ángeles del cielo; la toma de Jerusalen, cuyas mezquitas se empaparon tanto en sangre que llegaba hasta la cincha de nuestros caballos; las elegías de los árabes, á quienes sólo quedaba, si vivos, el lomo de sus camellos para huir, y si muertos, el estómago de los buitres para enterrarse; la figura mística de Godofredo de Bouillon, el rey-vírgen que no puede ceñirse una corona de oro allí donde Cristo llevára una corona de espinas; la figura poética de Tancredo, en el cual se personifica el genio de la caballería; las órdenes militares, con sus cruces rojas sobre sus túnicas blancas, y las órdenes monásticas que resucitan por un momento la antigua fecundidad moral de la Tierra Santa: grandiosa epopeya donde verdaderamente el espíritu moderno sufre una de sus más bellas metamórfosis y la humanidad una de sus más admirables trasfiguraciones.
Pero el Tasso canta este hecho con el espíritu de la Edad Media. Compañero de los cruzados, su poesía hubiera sido maravillosa entre los espejismos del desierto y los dolores de la guerra. Despues de tres ó cuatro siglos que las cruzadas se han interrumpido, y San Luis ha muerto, y Cárlos de Anjou ha despojado, á guisa de pirata, los últimos cristianos dispersos, y la órden de los Templarios se ha disuelto por las maquinaciones de los reyes, y la rápida victoria de Federico II se ha malogrado por la invasion de los tártaros, y las huestes de Juan de Brienne han retrocedido á las inundaciones del Nilo, y los que iban resueltos á reconquistar Jerusalen se han contentado sólo con establecer un Imperio latino en Constantinopla, y los mismos pueblos cristianos han reclamado que los libertáran de los cruzados por temor á las depredaciones, y Felipe Augusto y Ricardo Corazon de Leon sólo han sabido luchar entre sí, más que luchar con sus comunes enemigos, y Federico Barbaroja ha muerto en las fatales aguas del Cidno, y Conrado III ha vuelto casi solo, y Luis VII casi deshonrado de la segunda cruzada, y Saladino, despues de derrotar á los francos en Tiberíades, ha reconquistado á Jerusalen y destruido la obra de Godofredo, entregando la ciudad á los árabes; francamente, despues de todo esto, la epopeya del Tasso es una pura epopeya erudita, académica, arqueológica, cual esos poemas latinos consagrados en los albores del Renacimiento, por Petrarca, á Escipion y al África.
El Tasso pertenece á un período de reaccion religiosa y política, al período en que los Papas restauran, merced á la energía de Pío V, su poder quebrantado, miéntras Felipe II extiende su sombra letal en Francia por medio de los Valois, sometidos á su yugo, y en Alemania por medio de los Austrias, desgajados de su familia, exacerbándose la Inquisicion en todas partes y viéndose persecuciones y matanzas como la inolvidable de aquella noche triste en que una poblacion entera fué cazada por las calles de París, cual alimañas feroces por montes y por selvas, al toque de la campana, cuyos religiosos acentos debieran recordar la caridad y la mansedumbre de Cristo á los crueles cristianos. Ya la libertad ha muerto en las ciudades italianas; los titanes se han tristemente encerrado en su sepulcro; el arte ha caido en la exageracion y en la extravagancia; los jesuitas han levantado sus abigarradísimos templosfaltos de toda inspiracion religiosa. Las escuelas decadentes de Nápoles y de Bolonia han reemplazado á las bellísimas escuelas de Roma, de Venecia, de Umbría, de Florencia; la escultura ha trocado en monstruos las piedras ántes cinceladas por Sansovino y Buonarroti; las asambleas de los pueblos se han sustituido con las artificiosas córtes de los príncipes; y en aquella universal degeneracion, la obra del Tasso no podia ser más que una obra de reaccion y por consiguiente, de decadencia y de muerte. La misma aparatosa decoracion de una arquitectura teatral y la misma falsedad de un cincel exagerado, y la misma hipérbole de una pintura convencional, y la misma naturaleza contrahecha en los jardines de los príncipes, y la misma falsa mitología de la última época de Julio Romano, y la misma falsa religion de los Carraccios, y los adornos riquísimos de las mundanas iglesias de los jesuitas, que nada dicen ni al corazon ni á la conciencia, y el decaimiento universal de Italia esclava: todo eso encuentro en la epopeya del Tasso, unido á un esplendor de forma, á una armonía de versos, á una belleza de lenguaje, que no bastan á ocultar todo el artificio de su fondo y toda la pobreza de su idea.
Mirad lo que verdaderamente ennoblece al Tasso; lo que sobre todo le eleva es aquello mismo destruido por vuestra erudicion, la cual será,si quereis, grande, pero tambien inoportuna; lo que le eleva y le ennoblece es su desgracia, su inmensa desgracia, ó mejor dicho, su vida, su tormentosa vida. No apagueis esa aureola al soplo frio de la crítica. Ya ha pasado al mundo como la personificacion más augusta en la historia de las tristezas y de los dolores del ingenio y del amor. Yo le quiero tal como le presenta la tradicion poética en sus ensueños de gloria y lo detesto en vuestras disecciones de embalsamador. Dejadme creer que ha sido como nosotros lo ideamos y no como vosotros le habeis puesto. Byron expresó admirablemente, en esa misma elegía tachada de ampulosa, el dolor de Tasso, cuando puso en sus labios estas palabras: «Me han condenado porque tú eres bella y yo no soy ciego.» Admiro al autor deLa Jerusalen Libertadaen el calvario que ha levantado la tradicion y véole allí en la verdadera gloria que le ha ceñido de inmortal diadema las sienes. Paréceme descubrir en los jardines de Ferrara, entre los bultos de los poetas, á la sombra de los árboles, bajo coronas de laurel y en altares de mirto, los versos pareados que tallaba en los troncos, celebrando misterios de la poesía y del amor. Paréceme que veo las jóvenes princesas, vestidas de pastoras como en las églogas y en los idilios, tejer guirnaldas con flores todavía humedecidas del rocío para coronar la frente delos genios inmortales, y departir en diálogos platónicos, dignos de Hipatia, sobre si el amor de los poetas abraza todas las cosas creadas é increadas en su ideal, ó se fija sobre un solo sér, porque esa religion no puede admitir más que un solo Dios. Oigo á unas decir que Tasso recibe en su seno los efluvios del amor universal y canta á la lejana estrella, enardecido por una pasion imposible; y decir á otras que el ruiseñor tiene su nido en la tierra y ama algun sér más hermoso, y más animado, y más semejante á él, y más cerca de su corazon y de sus labios que la lejana estrella de la noche. Nos acostumbramos á fingir los poetas, serenos como sus estatuas, envueltos en sus túnicas blancas como las nubes, ceñidos del laurel de la inmortalidad, ocultos en bosques de mirtos al borde de la Castalia fuente, acompañados por los Elíseos Campos de coros que entonan odas sin fin de admiracion y culto á su estro y á su gloria. Pero el genio es una hoguera, el amor en él, un tormento; las nobles aspiraciones, una pasion sin esperanza; las obras en que encarna su sér, un parto homicida; y la corona que ciñe á sus sienes algo abrasador y letal como los rayos de un sol demasiado vivo que, encendiendo la sangre en el cerebro, al cabo produce la muerte. El genio ve su idea en lo infinito, y sus medios de expresion en lo finito. Ve una luz ideal,divina, inefable, y tiene que encerrarla en el tosco barro de la forma. Esta desproporcion entre lo que piensa y lo que expresa, le causa tormentos indecibles. Y si concluido su trabajo lo contempla, al verlo cuán léjos está del ideal, se vuelve airado contra sí mismo, contra sus obras, contra los pedazos de su corazon y de sus entrañas, contra los hijos del alma, siempre en el potro de indecibles tormentos, abrumado por la inmensa pesadumbre de su triste superioridad, y enardecido por la llama invisible y ardiente de su genio. Creedlo, su corona de gloria es una corona de espinas, el licor de la inmortalidad un brevaje de hiel y vinagre, la luz que sobre los demas proyecta una llama, en la cual se abrasa tristemente sin consumirse jamas. Tal es el genio, tal sus dolores y sus tormentos. Y por eso Tasso, que los personifica en tan alto grado, es mayor á causa de su vida tormentosa que á causa de su correcta obra.
Su apoteósis está en su desgracia. La naturaleza ha dado al Tasso todos sus dones; le ha puesto inspiracion inagotable en la mente, lira inmarcesible en las manos, corazon pronto al amor en el pecho, corona de genio en las sienes, vista para alcanzar las ideales formas sobre las formas reales de los seres en los ojos, palabra tan armoniosa como un cántico en los labios, fuerza bastante á contener con la idealidad eterna la realidad pasajera, con las cosas los arquetipos, con la luz del pensamiento la llama de las pasiones; y luégo, cuando ha venido con esos dones de otro mundo superior á este bajo mundo, se ha estrellado contra todos los límites de la universal contingencia, se ha herido en todas las espinas de nuestras selvas de abrojos, se ha asfixiado en esta atmósfera cargada con las cenizas de la muerte, y el recuerdo de su patria ideal y el resplandor de sus lejanos cielos sólo han servido para aumentar las tristezas de su destierro. Así ha nacido poeta y grande poeta en una edad en que se han agotado, sobre el suelo de su Italia esterilizada por los tiranos, todas las fuentes de poesía. Sobre los tiempos que cantaba habian pasado cuatro siglos; y el Sepulcro, cuyo rescate celebrára, estaba en manos de los infieles, guardado por los perros de Mahoma. La libertad sufria eclipse no ménos triste y no ménos largo que el arte y la conciencia. Como todos los sacerdotes del pensamiento, habia nacido para las libres asambleas de los pueblos, y su negra estrella le lanzó en las esclavas córtes de los príncipes. Así no hay sitio por donde haya pasado el mártir que no esté oscurecido por uno de sus dolores y regado por una de sus lágrimas. En las sombrías paredes del Louvre, á las orillas del Sena, se ve susombra triste como las nieblas del rio, comparando el resplandor que da en el mundo la corona de poeta, tejida por la mano de los ángeles, y la corona de monarca, forjada por la mano de los hombres. En los jardines de Ferrara, á la sombra de aquellos bosques, se ven sus ojos que buscan los ojos de una princesa, apartada de su corazon por los abismos insalvables de las supersticiones seculares y de sus artificiosas jerarquías tan opuestas á las jerarquías naturales en el universo. Los edificios de la risueña córte de los Estes se hallan oscurecidos por aquellos tormentos del genio que rayaron en locura y por aquellos recelos del tirano que rayaron en crueldad. Aquí en Sorrento respira todo alegría; la vegetacion que enriquece este suelo bienhadado; la luz que brilla en esos horizontes diáfanos; el labriego y el marinero que fecundizan las tierras y las aguas; los pueblos que conservan el antiguo genio de Grecia; todo, ménos la tristísima sombra del Tasso, que se pasea por estas orillas y que evoca el momento de su vuelta, solitario y receloso como un bandido, á presentarse con la pobre túnica de tosco pastor á las puertas del hogar. En Roma, en el monasterio de San Onofrio, sitio de su muerte, el recuerdo de la agonía del poeta cuadra á todos los fúnebres objetos que os circundan. ¡Cuántas veces allí, á la sombra de un cipres fúnebre, recostadosobre los restos de una columna rota, junto al cenobio triste como oscuro panteon, al eco de la campana, perdido en los solitarios claustros y del rezo murmurado por los penitentes monjes, últimos huéspedes de aquellos lugares desiertos, he contemplado la lejana Vía Apia con sus hileras de sepulcros amontonados como las generaciones en el juicio final, las colosales ruinas por cuyas grietas vagan, como fuegos fatuos, las ideas muertas; los templos solitarios, sin culto y sin ceremonias, habitados por los cuervos en vez de ser habitados por los dioses; los campos de batalla henchidos todavía de sangre, engendrando con sus letales vapores eternos remordimientos en la conciencia humana; las lagunas pontinas, semejantes á inmensos depósitos de lágrimas, despidiendo en nubes de extraña forma y sombríos matices el hálito de la muerte; los ángeles exterminadores levantándose de tantos seculares despojos para vagar por esta necrópolis del mundo, por esta catacumba de todas las creencias, por este sombrío Josafat de la historia! Entónces, toda la vida del poeta subia tristemente á mi memoria. Veíale tierno, y desposeido á los primeros años de su madre, libre, y obligado al oficio de cortesano; inspiradísimo, y buscando la fuente de sus inspiraciones allá en las cenizas de los recuerdos; filósofo, y caido en el infierno de la intoleranciareligiosa; católico, y en pos de figuras ménos que paganas, figuras mágicas, surgidas al conjuro de los sortilegios de Oriente; poeta, y en vez de adelantarse á lo porvenir, descaminándose y perdiéndose en lo pasado; brillante de genio, y eclipsado entre los ornamentos de un palacio; henchido de amor, y sin saber ni él mismo, ni la posteridad siquiera, á qué mujer amaba; destinado á embellecer, tanto la lengua como la literatura patria, y oscurecido por todas las sombras, y ahogado en todas las penas, y puesto en el potro de todos los tormentos; nacido para dominar, y dominado; para lucir, y perseguido; para consolar, y desgraciado; para encantar, y siempre entre angustias; adorando, como Reinaldo, la magia de una hechicera que toma mil formas y que le trastorna el seso, imágen de un deseo jamas realizado; hiriendo de su propia mano la poesía que le consolaba, como Tancredo á Clorinda; próximo á recoger en la cima del Capitolio, al ocaso de su vida, la corona de mirtos y laureles con que soñara á todas horas, é interrumpiéndole en aquel momento, al instante de su triunfo, la muerte, para que ni siquiera en el sepulcro tuviera reposo alguno su eterna inquietud, ni alivio y consuelo sus dolores.
El genio es mortal para aquel que lleva su voraz llama en la frente. Un grande artista, ungrande poeta, un grande filósofo dobla en los demas los goces de la vida, y en sí mismo solamente dobla de la vida las penas. Los que están alrededor del genio se alumbran con su luz y se animan con su calor; pero él se consume, y se disipa, y se desvanece. Esa luz ó esa lumbre del hogar, ¡cuán grata es para los que en torno de su llama se juntan; pero cuán devoradora para la pobre mecha ó para la pobre tea que lo produce! La corona que tiene sobre las sienes el verdor del laurel, tiene sobre las almas el reflejo del martirio. Acontecimiento lejano, dolor extraño, astro apartadísimo, aereolito errante, chispa eléctrica perdida, vapor disipado en los aires, lágrimas evaporadas de las mejillas, ideas muertas, ensueños febriles, todo aquello que en el vulgo de los mortales no ejerce ningun género de influjo, apena al sér extraordinario en cuya alma individual penetra con el espíritu de la humanidad el espíritu de la naturaleza. Un sér que padece por todos los seres, no puede eximirse del dolor que le trae la propia grandeza. El amor será en él como una pasion que nunca se satisface, la verdadera pasion de lo infinito. Ya adore á la Beatriz ideal que ha pasado como una primavera por la tierra y se ha ido entre los astros del firmamento; ya á la hermosa Laura, asentada en otro hogar, esposa de otro hombre, madre de hijos que no son hijos del poeta; ó ya á la mágica Armida, engañosa como la serpiente, este amor tendrá en parte la levadura de tosca realidad, pero en su parte mayor la esencia de lo ideal. Y este ideal, como un fuego sutil, abrasará su sangre y calcinará sus huesos, y devorará su existencia, no habiendo para ellos ni más consuelo, ni más remedio, ni más narcótico que el veneno de la muerte. Imaginaos á Tasso, que ha soñado toda su vida un triunfo semejante al triunfo de Petrarca, con una palma y un laurel en la cima del Capitolio, eterno templo de la gloria. En el penoso trabajo de la creacion contínua, le ha sostenido esa esperanza. En las tristes amarguras de la realidad, le ha consolado ese espejismo. Y llega la hora, y se acerca el momento. Y en su fiebre ve el triunfo. La colina sagrada del Capitolio está pronta; el palacio de los senadores, engalanado como para una fiesta de la antigua historia; las escalinatas que conducen á la cima, henchidas de pajes y de alabarderos, en cuyas armas y en cuyas preseas se refleja el sol de la Ciudad Eterna; el pueblo romano, en las calles que avecinan, anhelante por aclamar y aplaudir; procesion de jóvenes vestidos de escarlata le precede; el Senado le acompaña, el Papa le aguarda en su trono, las músicas entonan himnos, y el laurel va á tocar á sus sienes, y cuando ve, y toca, y palpa todo esto con verdadera ánsia, muere, y sólo recibe el frio contacto de la guadaña y el triste asilo de una oscura tumba fria y desolada, cuyo único ornamento está por muchos siglos en las dos sencillas palabras de su nombre. ¿No os parece una imágen de la humanidad, y de sus dolores sin tregua, y de sus esperanzas sin realizacion, y de sus aspiraciones sin término, y de su eterno prolongado martirio? La grandeza del Tasso está toda entera, más que en la hermosura de sus poemas, en la inmortalidad de sus dolores. Aquel laurel, que no puede ceñir á sus sienes, ha brotado de su tumba, y crece hasta llenar la eternidad, regado por las lágrimas de cien generaciones. Su miseria es su gloria, y sus tormentos su triunfo, y sus dolores su Tabor. La humanidad preferirá siempre á todas las glorias la gloria del martirio.