LXXXVII

LXXXVII

D ornadaDespuésque el Cid Campeadorpidió derecho del tuertoporque fueron emplazadoslos Condes para Toledo,el rey don Alfonso el Bravo,aquel que con gran denuedoal foradar de la manotuvo siempre el brazo quedo,mandó que dentro en tres mesespareciesen en Toledo,é fincasen por traidoresellos y el conde don Suero.Mandó que se fagan Cortes,y se junten á ellas cedosus grandes y ricos homes,que quiere tomar su acuerdo,que si los Condes son nobles,Alfonso es rey de derecho;magüer que el Cid en honores honrado caballero.Antes de cumplir el plazotodos á Cortes vinieron,y el Cid trujo en su compañanovecientos caballeros.Salió el rey á recibirloá dos leguas de Toledo;unos de envidiosos callan,otros dicen que es exceso.Los palacios de Galianamandó el rey estén compuestos,las paredes de brocadoy el suelo de terciopelo.Junto á la silla del reysu escaño del Cid pusieron,de que mofaban los Condesprofanando y zahiriendo.Sentados en corte todos,fabló el rey á sus porteros:—Mándovos que callen todos,infanzones y homes buenos;vos, el Cid, decid su culpa,y ellos defiendan su pleito;librarse vos ha justiciacon que quedéis satisfecho.Seis alcaldes vos señalode mi casa y mi consejo,y que todos ellos juntosjuren por los Evangeliosque cuidarán de ambas partesasaz de entender el pleito,y entendido, juzgaránsin pasión, amor ni miedo.—Levantóse luégo el Cidy sin más alongamientospide le dén sus espadasTizona y Colada luégo.El rey miraba los Condesqué responden atendiendo,pero ninguna razónen su defensa dijeron.Los jueces mandan las dénsin ningún detenimiento;magüer hubieron pavorentregarlas no quisieron.El rey dijo:—Descorteses,volvédselas á su dueño,que supo mejor ganallasde los moros de Marruecos.—Ya cobradas las espadas,dos mil marcos de dineroles pide, y todas las joyas,que les dió en los casamientos.Unánimes los jüeces,de común consentimientoles condenan á que paguende contado todo el precio.Comenzó de nuevo el Cid,los ojos como de fuego,y el rostro como una gualda,á demandalles el tuerto.

D ornada

Despuésque el Cid Campeador

pidió derecho del tuerto

porque fueron emplazados

los Condes para Toledo,

el rey don Alfonso el Bravo,

aquel que con gran denuedo

al foradar de la mano

tuvo siempre el brazo quedo,

mandó que dentro en tres meses

pareciesen en Toledo,

é fincasen por traidores

ellos y el conde don Suero.

Mandó que se fagan Cortes,

y se junten á ellas cedo

sus grandes y ricos homes,

que quiere tomar su acuerdo,

que si los Condes son nobles,

Alfonso es rey de derecho;

magüer que el Cid en honor

es honrado caballero.

Antes de cumplir el plazo

todos á Cortes vinieron,

y el Cid trujo en su compaña

novecientos caballeros.

Salió el rey á recibirlo

á dos leguas de Toledo;

unos de envidiosos callan,

otros dicen que es exceso.

Los palacios de Galiana

mandó el rey estén compuestos,

las paredes de brocado

y el suelo de terciopelo.

Junto á la silla del rey

su escaño del Cid pusieron,

de que mofaban los Condes

profanando y zahiriendo.

Sentados en corte todos,

fabló el rey á sus porteros:

—Mándovos que callen todos,

infanzones y homes buenos;

vos, el Cid, decid su culpa,

y ellos defiendan su pleito;

librarse vos ha justicia

con que quedéis satisfecho.

Seis alcaldes vos señalo

de mi casa y mi consejo,

y que todos ellos juntos

juren por los Evangelios

que cuidarán de ambas partes

asaz de entender el pleito,

y entendido, juzgarán

sin pasión, amor ni miedo.—

Levantóse luégo el Cid

y sin más alongamientos

pide le dén sus espadas

Tizona y Colada luégo.

El rey miraba los Condes

qué responden atendiendo,

pero ninguna razón

en su defensa dijeron.

Los jueces mandan las dén

sin ningún detenimiento;

magüer hubieron pavor

entregarlas no quisieron.

El rey dijo:—Descorteses,

volvédselas á su dueño,

que supo mejor ganallas

de los moros de Marruecos.—

Ya cobradas las espadas,

dos mil marcos de dinero

les pide, y todas las joyas,

que les dió en los casamientos.

Unánimes los jüeces,

de común consentimiento

les condenan á que paguen

de contado todo el precio.

Comenzó de nuevo el Cid,

los ojos como de fuego,

y el rostro como una gualda,

á demandalles el tuerto.


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