XLIII

XLIII

T ornadaTristesvan los zamoranosmetidos en gran quebranto;reptados son de traidores,de alevosos son llamados;más quieren ser todos muertosque no traidores nombrados.Día era de San Millán,ese día señalado;todos duermen en Zamora,mas no duerme Arias Gonzalo.Acerca de las dos horasdel lecho se ha levantado;castigando está sus hijosá todos cuatro está armando;las palabras que les diceson de mancilla y quebranto:—Ayúdeos Dios, hijos míos,guárdeos Dios, hijos amados,pues sabéis cuán falsamentehabemos sido reptados.Tomad esfuerzo, mis hijos,si nunca le habéis tomado;acordaos que descendéisde la sangre de Laín Calvo,cuya noble fama y gloriahasta hoy no se ha olvidado,pues que sabéis que don Diegoes caballero preciado,pero mantiene mentiray Dios d’ello no es pagado;el que de verdad se ayudade Dios siempre es ayudado.Uno falta para cinco,porque no sois más de cuatro,yo seré el quinto, y primeroque quiero salir al campo.Morir quiero y no ver muertede hijos que tanto amo.Mis hijos, Dios os bendigacomo os bendice mi mano.—Sus armas pide el buen viejo,sus hijos le están armando,las grevas le están poniendo;doña Urraca había entrado,los brazos le echara encima,muy fuertemente llorando.—¿Dónde vais, mi padre viejo,ó para qué estáis armado?Dejad las armas pesadas,que ya sois viejo cansado,y sabéis que si morís,perdido es todo mi Estado.Acordaos que prometistesá mi padre don Fernandode nunca desampararmeni dejar de vuestra mano.—Pláceme, señora mía,respondió Arias Gonzalo.—Cabalgara Pedro Ariassu hijo, que era el mediano,que aunque era mozo de días,era en obras esforzado.Dijo:—Cabalgad, mi hijo,que os esperan en el campo:vais en tal hora y tal puntoque nos saquéis de cuidado.—Sin poner pié en el estriboArias Pedro ha cabalgado;por aquel postigo viejogalopando ha llegadoadonde estaban los juecesque le estaban esperando.Partido les han el sol,dejado les han el campo.

T ornada

Tristesvan los zamoranos

metidos en gran quebranto;

reptados son de traidores,

de alevosos son llamados;

más quieren ser todos muertos

que no traidores nombrados.

Día era de San Millán,

ese día señalado;

todos duermen en Zamora,

mas no duerme Arias Gonzalo.

Acerca de las dos horas

del lecho se ha levantado;

castigando está sus hijos

á todos cuatro está armando;

las palabras que les dice

son de mancilla y quebranto:

—Ayúdeos Dios, hijos míos,

guárdeos Dios, hijos amados,

pues sabéis cuán falsamente

habemos sido reptados.

Tomad esfuerzo, mis hijos,

si nunca le habéis tomado;

acordaos que descendéis

de la sangre de Laín Calvo,

cuya noble fama y gloria

hasta hoy no se ha olvidado,

pues que sabéis que don Diego

es caballero preciado,

pero mantiene mentira

y Dios d’ello no es pagado;

el que de verdad se ayuda

de Dios siempre es ayudado.

Uno falta para cinco,

porque no sois más de cuatro,

yo seré el quinto, y primero

que quiero salir al campo.

Morir quiero y no ver muerte

de hijos que tanto amo.

Mis hijos, Dios os bendiga

como os bendice mi mano.—

Sus armas pide el buen viejo,

sus hijos le están armando,

las grevas le están poniendo;

doña Urraca había entrado,

los brazos le echara encima,

muy fuertemente llorando.

—¿Dónde vais, mi padre viejo,

ó para qué estáis armado?

Dejad las armas pesadas,

que ya sois viejo cansado,

y sabéis que si morís,

perdido es todo mi Estado.

Acordaos que prometistes

á mi padre don Fernando

de nunca desampararme

ni dejar de vuestra mano.

—Pláceme, señora mía,

respondió Arias Gonzalo.—

Cabalgara Pedro Arias

su hijo, que era el mediano,

que aunque era mozo de días,

era en obras esforzado.

Dijo:—Cabalgad, mi hijo,

que os esperan en el campo:

vais en tal hora y tal punto

que nos saquéis de cuidado.—

Sin poner pié en el estribo

Arias Pedro ha cabalgado;

por aquel postigo viejo

galopando ha llegado

adonde estaban los jueces

que le estaban esperando.

Partido les han el sol,

dejado les han el campo.


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