IIILA MADRE

«Válgame la Soberana,válgame la Magdalena,que perdí la mejor vacaque tenía en Villanueva...»

«Válgame la Soberana,válgame la Magdalena,que perdí la mejor vacaque tenía en Villanueva...»

«Válgame la Soberana,válgame la Magdalena,que perdí la mejor vacaque tenía en Villanueva...»

«Válgame la Soberana,

válgame la Magdalena,

que perdí la mejor vaca

que tenía en Villanueva...»

Con el mismo rumbo que sigueTalínasoma desde lejos la cabaña de Cos, hacia Bustarredondo, para reunirse allí con los demás.

Solicitada por el soniquete de los aljaraces vuelve la niña la cabeza, cuando un toro gilvo, muy joven y retozón, corre en amenazadora actitud al reclamo del vestidito rojo que acaba de aparecer. El vestido huye como una llama conducida por el viento; grita, desaforadamente el pastor, renegando del rebelde animal, y la pobre nena, nunca, por milagro, comprometida en un peligro semejante, quiere subir la pared tosca y alta que limita el sendero y promete un refugio. Empujada por elinstinto, logra encaramarse en la espinosa linde y ve que al otro lado se hunde, en pliegue brusco, el verdacho sombrío de un renoval.

El toro llega jadeante, la niña salta con los ojos cerrados, y queda inmóvil sobre la escamonda, suelto el pelito rubio en torno a la blancura de la cara.

Un instante después acude el pastor cerca deTalín, contristado y perplejo, mientras muge el animal blandamente, contemplando con mansedumbre, desde la altura de la cerca, la voladora mancha de vestido rojo, caída en incomprensible quietud.

Una alevilla suave pone su cándida nitidez sobre la frente de la nena, se oye cercano el tenue vagido de un arroyo, y canta entre los renuevos una cigarra loca de sol...

Buen conocedor de los ambages de la sierra, el pastor llegó a Cintul en un periquete, con la niña lisiada entre los brazos. Era amigo de Ambrosio y conocía bien las travesuras de la pequeña, su vida y sus costumbres; así que, sin vacilar, llamó a la puerta de Clotilde gritando:

—¡Eh, muchacha! Aquí traigo aTalíncon una patuca rota.

Y era verdad.

El pajarillo perniquebrado se rebullía gimiente dentro del vestido rojo.

Aparecióse Clotilde en el umbral, con cara de susto, y se quedó mirando de hito en hito al hombre y a la niña, demandantes y humildes a plena luz, bajo la masa ardiente del cielo.

La moza no dió gritos ni se entretuvo en inútiles preguntas. Abrió su cama y acostó con sumo cuidado a la nena, que al menor movimiento se quejaba de agudísimos dolores en la rodilla. No tenía más daño que aquél: una mancha grande y obscura y un principio de inflamación.

—Llamaré al médico—dijo Clotilde a su madre y a su hermana que allí detenían al pastor con mil comentarios sobre el percance.

—No le toca venir hasta pasado mañana—le respondieron.

—Pero yo haré que venga.

La escucharon con absoluta incredulidad y su madre repuso:

—Hoy hará la visita en los pueblos delConcejón, y ni él ni su caballo están para más trotes.

—Sólo en trance de muerte vendría—añadió la hermana.

Se miraron absortos, añorantes de un médico y un caballo más propicios, y el pastor, que ya se despedía, le propuso a Clotilde:

—Yo lo que tú llamaba a la saludadora.

—¡Es una bruja!—respondió la muchacha con desdeño.

—¡Qué ha de ser!

—¡Claro que no!—adujo la madre en son de protesta—. Curaciones como las suyas no las hace el mismo Don Julián.

—Y para las caídas y los golpes tiene manos de santa. Hace poco me curó a mí un vello despeñado, en un santiamén.

Clotilde se encogió de hombros mientras la otra joven decía:

—¿Pero comparas a un cristiano con un animal?

—Para el caso es lo mismo—aseguró el buen hombre, acabando de despedirse, escotero y veloz, en busca de la cabaña que había confiado a losserrojanes...

Quedó prendido en el silencio el llanto de la niña, más quejosa cada vez, más postrada y febril, y pasaron la tarde inquietas las tres mujeres alrededor de la cama, hasta que llegó Ambrosio con la testa greñuda, nublado el semblante y amarga la voz, preguntando por su hija y nombrando entre dientes a la saludadora.

Clotilde fué a buscarla y volvió al poco rato con una mujer que no era vieja ni sórdida como las clásicas brujas; al contrario, mostraba un porte agradable y majestuoso, muy influído por la alta categoría de su providencial ministerio. Como no había oficiado nunca en aquella casa, se creyó en el deber de advertir:

—Soy la séptima hija de honrado matrimonio, y por eso tengo en la lengua una cruz con privilegio para curar.

Nadie trató de comprobarlo, y la mujer, con solemnes ademanes, descubrió a la enferma, la examinó cuidadosamente, y no hallándole otro daño que el de la rodilla, puso allí su atención con mucha mezcla de signos, oraciones, saliva y alentadas. A mayor abundamiento aplicó un vendaje encima del golpe y dijo:

—«Esto» sanará si tenéis confianza en mi virtud... y si quiere Dios.

Puesta así a buen recaudo su responsabilidad, se fué sin admitir unas monedas que Ambrosio le ofrecía.

La nena siguió gimiendo. Le creció la calentura y empezó a delirar. Pretendía huir del toro gilvo en una carrera incesante, angustiosa, y había que sujetarla para que en realidad no huyera. Transida y ardiente, recitaba coplas, romances y lecciones; luego se adormecía en un breve sopor y despertaba otra vez, medrosa, trascordada, para repetir:—¡Madre!... ¡Madre!...—tendiéndole los brazos a Clotilde.

—¡Aquí estoy!... ¿Qué quieres? Aquí estoy contigo—respondía la moza, impregnada la voz de un vaho sentimental.

Y la dulcísima palabra se volvía a encender en los ansiosos labios deTalíncomo un cirio en la sombra del recuerdo:—¡Madre!... ¡Madre!...

Pasaron toda la noche Clotilde y Ambrosio al lado de la niña. Él, taciturno y aprensivo, no se atrevía a tocar a la pequeña, pero sus tímidas frases y sus gestos bruscos tenían un hondo significado de ternura en la intimidad del aposento, mientras la mujer, alerta y silenciosa, refrescaba las sienes de la niña, le hacía beber el agua de las flores cordiales, y le colgaba al cuello un escapulario milagroso.

A la mañana siguiente no estaba la enfermatranquila ni libre de dolores, pero había decrecido mucho la fiebre, y de la aguda crisis cerebral sólo le quedaba la flaqueza de llamar a Clotilde madre, con un empeño mimoso y dulce.

Cuando la quisieron disuadir de su equivocación, la interesada dijo:

—Que me llame como quiera; no la disgustéis...

Por la noche el padre se fué a su casa y se acostó, vestido y desvelado, frente a la cama vacía deTalín. Pasó el sueño volando por sus ojos, levantóse al amanecer, y ya el canto de los pájaros, que es la música del cielo, hacía la ronda de los horizontes en cálida sinfonía primaveral.

Salió Ambrosio al huerto y escuchó asombrado el nuevo lenguaje que hablaba la Naturaleza en torno suyo. Hasta los nervios de las hojas parecían estremecerse: era aquél, sin duda, el tiempo de la vida, el renacer de latierra animada por el perpetuo ritmo vital; el resurgir de todos los amores y las esperanzas... ¡Por esoTalínhabía encontrado una madre!

Y el hombre, solo y conmovido, no sabiendo qué hacer, se puso a partir leña en el corral, con inesperado furor...

A los tres días de ocurrir la aventura visitó Don Julián a la niña por empeño de Clotilde, desaparecido el vendaje de la saludadora, la cual se limitó a decir:

—No tenéis fe y la criatura no sanará...

El médico halló rota la articulación y trató de soldarla con la inmovilidad; pero aumentaron los dolores, continuó la enferma postrada y febril y al cabo de un mes diagnosticaba el doctor una artritis de carácter tuberculoso, enfermedad larga y de un resultado obscuro.Habló de los antecedentes de la niña, cuya madre había muerto de una fiebre héctica, y quiso indicar que la propensión hereditaria deTalínse hubiese manifestado, antes o después, con cualquier motivo. Recomendó a la paciente baños de sol, mucha quietud, aire puro y alimentos saludables.

Durante muchos días el caballo cansino de Don Julián se detuvo en la única ventana de Clotilde, donde la niña enferma se asomaba al campo y al aire serraniego, bajo la incansable solicitud de su protectora. Desde el camino, sin apearse, le hacía el médico la visita; se marchaba meditabundo, en una actitud parecida a la estampa de Don Quijote sobre Rocinante, y seguía la nena tendida en su banco entre almohadas, mirando al cielo y urdiendo historias en la tela invisible del espacio.

Floja y remisa para todo esfuerzo material, padecíaTalínuna aguda exacerbación de impaciencias espirituales, impropias de sus años.

Y acostada, rostro a lo azul, en el silencio campesino, dábase a hilvanar ilusiones con verdadero frenesí.

Ya no sentía en la rodilla el lacinante dolor que tanto la hizo padecer: sólo algunas punzadas en los movimientos bruscos, algunos latidos que la obligaban a forzosa quietud. A medio vestir, con los finos cabellos peinados en dos trenzas acabadas en un hopo rubio y lene, permanecía inmóvil desde el alba a la estrella, abiertos los ojos con extraordinario afán a cuanto fluía penígero y sutil en la gracia del viento. Pájaros, abejas y mariposas, subyugaban como nunca a la niña con sus giros y voces, la risa del éter: hasta las teruvelas y las aludas le parecían desde su postración unas criaturas maravillosas: pensamientos divinos echados a volar.

A Clotilde le daba mucha lástima ver cómo la enferma seguía el rumbo de insectos y de aves, perdiéndolos de vista en los remotoscaminos de la altura; imaginaba que también la niña quería huir volando hacia Dios, como un ángel suyo, cansado de la tierra. Ambrosio pensaba lo mismo, con infinito desconsuelo, y los dos tejían una pobre corona de solicitudes en torno al pequeño sér, doliente y humilde, igual que un pajarillo alicortado.

Pero la vida era dura en el terruño. Había que trabajar de la mañana a la noche sin tregua, sin reposo, por encima del dolor y del presentimiento, yTalínse quedaba sola junto a la ventana desde el amanecer, aunque la piedad y el amor velasen por ella.

La madre de Clotilde, que desgranaba maíz en el desván, tenía cuidado con parecido esmero de lo más importante de la casa, fuera del establo y el corral: la lumbre, la olla y la niña. A menudo bajaba del caliente sotrabe para añadir garojos al fogón, sazonar el cocido y poner los ojos, observadores, en la enferma. Algunas veces la veía atormentada ysudorosa, con los párpados caídos y el aliento feble. Entonces hacía sobre ella la señal de la cruz mojando en agua bendita, en calidad de hisopo, una rama de laurel, y recobrándoseTalín, se miraban las dos, mudas y cándidas, en las atónitas pupilas. Si la pequeña no quería refrescar los labios ni cambiar de postura, volvía la anciana a deslizarse, pasito, fuera de la habitación.

Al mediodía regresaban del campo los trabajadores para comer: Clotilde, siempre adelantada y presurosa; Ambrosio detrás, cada día más desvelado y tímido.

Andaban a la hierba por aquel tiempo. Solía volver la moza a su casa con un fonje coloño en la cabeza, y el vecino con el guadañil al hombro y la colodra a la cintura; ella subía de un tirón la empinada escalera del pajar y él rodeaba los huertos asurcanos para asomarse a la ventana dondeTalínyacía como en un nido, esperando la salud.

Cuando Ambrosio había cambiado las primeras frases con su hija, ya bajaba Clotilde, un poco jadeante, con hilos pálidos de hierba entre el cabello obscuro, las mejillas ardientes, los ojos inquiridores. No tenía más belleza que la de su frescura de campesina y el encanto de esa bondad callada que se vierte en el silencio, como los arroyos que sin dejarse oir apagan la sed del caminante.

Junto a la niña, el hombre y la mujer hablaban unos minutos, sin mirarse apenas: él ponía sus jornales casi enteros en el regazo, infantil, y trataba de expresar a la vecina su gratitud, sintiendo que se le empapaba el corazón de una ternura misteriosa; ella, hablando y sonriendo, un poco azorada y cobarde, servía a la enferma názulas y miel, pan tostado y agua pura del monte. Ya no volvían a reunirse hasta la hora del crepúsculo, cuando brillaba en el cielo la estrella vespertina, «el chacal de la luna», expiado siempre conasombro por las claras pupilas deTalín.

Así pasaron los días florentísimos del valle, bien maduro el aroma de los huertos, rumorosos los dorados maíces en la mies, fastuosa la belleza del bosque y la montaña.

Hicieron los pastores el retorno y se llenaron los caminos con el canto de los esquilas al anochecer. Elserroján, amigo deTalín, acudió al reclamo de la niña para decirle coplas y romances agrestes.

Ya la enferma no se adormecía, torpe y madorosa, en consunción letal. Sobre la bruñida tez, los grandes ojos de color turquí se abrían pensativos y audaces como en plena salud; la gracia de la sonrisa y de la voz cobraba con la dulzura antigua un nuevo encanto, una tristeza inefable llena de misterio; el canario silvestre volvía a cantar, y a menudo deshacía en los dulces labios, como un trino, las estrofas aldeanas:

No le quieromolineroporque le llamanel maquilandero.Yo le quierolabrador,que coja los bueyesy se vaya a arary a la media nocheme venga a rondar;que suba aquella montañay corte una ramadel verde laurel,y a la mi ventanala venga a poner.

No le quieromolineroporque le llamanel maquilandero.Yo le quierolabrador,que coja los bueyesy se vaya a arary a la media nocheme venga a rondar;que suba aquella montañay corte una ramadel verde laurel,y a la mi ventanala venga a poner.

No le quieromolineroporque le llamanel maquilandero.Yo le quierolabrador,que coja los bueyesy se vaya a arary a la media nocheme venga a rondar;que suba aquella montañay corte una ramadel verde laurel,y a la mi ventanala venga a poner.

No le quiero

molinero

porque le llaman

el maquilandero.

Yo le quiero

labrador,

que coja los bueyes

y se vaya a arar

y a la media noche

me venga a rondar;

que suba aquella montaña

y corte una rama

del verde laurel,

y a la mi ventana

la venga a poner.

GuardabaTalínen la memoria un sartal de cantares, y se los iba diciendo con ingenua exaltación a la brisa y a los pájaros, a las hojas rubias que empezaron a caer, al lucero de la tarde, que desde muy temprano comenzó a brillar.

Mientras despertaban las canciones de la nena, dormidas en las horas de dolor, iba el otoño deshojando las frondas, gemía larga y triste la quejumbre del viento, y era menester sustituir la ventana de Clotilde, abierta anaciente, por una puesta al Mediodía en casa de Ambrosio.

En esta última encontró Don Julián una mañana a la niña y a la moza, juntas y felices; una cantando, otra cosiendo, las dos con trazas de ser dueñas y señoras de aquel hogar.

Cuando el médico observó a la enferma desde la calle, según costumbre, le dijo a Clotilde, entre afable y cariñoso:

—¿Conque al fin os echaron la bendición?... Me alegro, hija, me alegro.

Ella respondió sencillamente:

—Yo tenía que cuidar a esta criatura, ¡y como en mi ventana hace ya frío!...

—Eres buena. Dios te lo premie... y que nunca te falte el sol.

—Amén—susurró Clotilde, mirando a su hija con transporte—. Y le pareció que el caballo rosillo de Don Julián, llevándose al jinete macilento, caminaba aquel día con cierta soltura y prontitud.

Cinco años después eraTalínuna obrerita ciudadana muy soñadora, un poco triste, que sobrazaba dos muletas y cosía ropa blanca de lujo para un gran comercio santanderino. Su larga enfermedad en Cintul dió por resultado que el tumor de la rodilla, al resolverse, dejaba en posición viciosa la articulación, inutilizando la pierna. Y los padres de la niña, desolados ante la invalidez, pusieron su última esperanza en los médicos de la ciudad. Una heroica resolución, más fuerte en Clotildeque en Ambrosio, más decidida y obstinada, les empujó fuera del terruño por caminos llenos de dificultades que parecían invencibles. Todo lo pudieron la caridad y la ternura acendradas en un recio corazón de mujer.

Y una tarde, larga y calmosa de primavera, el matrimonio y la niña salieron de Cintul, embargados a un tiempo de pesadumbre y de ilusiones. Los padres se despedían con angustia de todo lo amado y conocido;Talíndejaba atrás, con inconsciente melancolía, su infancia plena de libertad y de inquietud, con inocente cortejo de cantigas, pastores y romances: ¡su infancia pura, transida, al cabo, por el dolor!

Cuando los viajeros perdieron de vista la aldea cobijada en el enfaldo del monte, aún hallaron amigos los senderos y los valles. Y ya al anochecer, junto al ferrocarril, todavía la cumbre del Escudo se perfiló en el cielo como una mole de tinieblas, diciéndoles adiós.

La niña no había ido nunca en el tren, y dejóse llevar maravillada, imbuída por ambiciones indecibles, imaginando que volaba tan ligera como las aves, más segura que ellas en los brazos de hierro del camino.

Aumentaba esta ilusión la sombra naciente en los hondones, que trepaba por los collados hacia la serranía, amortajando a la tierra. Ya sólo quedaba sobre el paisaje una franja de claridad: se iban agazapando los pueblos dormidos en la ruta y galopaban los bosques y las mieses como espectros a los lados del convoy. ATalín, asomada a la ventanilla con muda impaciencia, le dió en el rostro un aire salado y fresco, y poco después, de la entraña misteriosa de la noche surgía el Cantábrico. La tremenda llanura, al recoger de lo alto del cielo toda la luz, brillaba resplandeciente como una sonrisa: allí, junto al coloso, estaba la nueva existencia, el progreso, la ciudad, ¡tal vez la salud!...

Pero las últimas palabras de la medicina no remediaron a la pobreTalín. Y acabadas las peregrinaciones a través de sanatorios y consultas, la niña se sostuvo entre dos muletas y volvió a andar, casi a correr.

Ambrosio trabajaba en una fundición y Clotilde en un taller de planchado. Habitaban una buhardilla en casa principal, cerca del puerto, albergue que les fué concedido mediante sus excelentes informes y el apoyo de una buena familia a quien Clotilde había servido en su primera mocedad.

Como los médicos insistían en que la inválida no podría vivir sin aire sano y mucho sol, aquel alto refugio al mediodía, junto al mar, constituyó para ellos un beneficio inapreciable. Allí la niña halló otra ventana llena de luz, abierta al ancho horizonte de la bahía, el encanto desconocido, que fué para la campesina un nuevo amor.

Al principio de su vida ciudadana,Talínpasó las tardes afinando sus conocimientos en el bordado y la costura. Con excepcionales disposiciones y la aplicación de sus quince años reflexivos, pronto estuvo dispuesta para merecer un jornal. Entonces comenzó a salir muy poco de su casa. Iba los días de fiesta a la parroquia y en contadas ocasiones a las playas y los muelles, para acercarse todo lo posible al mar. Al cabo de muchas tentativas logró embarcarse una vez con otras compañeras del obrador. Fué al Astillero en un vaporcito muy empavesado y alegre, cruzando la bahía entre grandes buques, balandros gentiles y botes diminutos, alejándose hacia donde los montes forman a las aguas marinas una cuna, casi siempre serena. La breve navegación no pudo ser más apacible y segura, y la gozóTalíncomo rara maravilla, con embeleso profundo: correr sobre las olas a la par del viento y las nubes le pareció el placer por excelencia, el disfrute que merecía todos los riesgos y todas las audacias.

Pero al volver al muelle, poseída de la nueva embriaguez, halló a su madre esperándola, tan angustiada y triste, que prometió no embarcarse ya nunca más sin su permiso.

Y no era fácil obtenerle. Clotilde y Ambrosio, pero ella siempre con más vehemencia en los sentimientos, recelaban del mar; le temían como a un monstruo desconocido y le miraban con admiración llena de supersticiones: sus mudanzas, sus acentos, su vida potente y misteriosa, cuanto para la niña significaba atractivo y seducción en la movible llanura, venía a ser para los padres señal de amenazas y de espanto.

Talínno volvió a embarcarse. Era ya incapaz de faltar a su palabra, se iba haciendo una mujercita dulce y seria, y guardaba con recato en su corazón el fermento de sus inquietudes. Por otra parte, el destino le ponía una cadena en los pies: la muerte le perdonaba a cambio de la libertad. Sentíase la muchacha cautiva entre los bastones que con vigilancia implacable se erguían al lado suyo. Empezaba a presumir de bonita y de mujer, y le dolía cada vez más la humillación de verse compadecida a cada instante, burlada en muchas ocasiones. Lástima o crueldad, siempre un acento amargo se levantaba al repique brusco de las muletas: nuncaTalíniba por la calle tranquila y alegre como las demás criaturas. Se hizo un poco huraña: no quería salir, y su madre le traía y le llevaba la labor; dejó de tener amigas y acabó por estar sola de la mañana a la noche, lo mismo que en Cintul. Aunque a esta ventana remota no llegaban saludos ni visitas como a las de la aldea, tenía la joven a su lado un gran amigo, un deleite, una pasión: el mar. Se pasaba la vida frente a él, pendiente de su ritmo y de sus cóleras, de su hermosura y de su voz.

Admirándole al compás de la aguja, cumplió diez y siete añosTalín. Era una moza de belleza enfermiza, muy inteligente, muy sensible, de carácter reconcentrado y ávida imaginación: hablaba poco, soñaba mucho, y sabía como nadie sonreir.

Llegó a hacer tales primores con los encajes y las vainicas en las holandas y elnansouk, que trabajando por cuenta propia se emancipó del taller, y ya muchas señoras trepaban al empinado albergue de la artista en busca de la gracia de sus manos, buenas aliadas del amor...

Llaman a la puerta con un golpecito discreto, y la bordadora, sin levantar los ojos de su labor, dice:

—Adelante.

Entra una joven de porte distinguido, sonriente, destocada. La inválida se quiere levantar y la desconocida la detiene con amable solicitud.

—No se apure, por Dios.—Luego explica:—Vivo en el principal y he subido para encargarle unas labores.

—Muchas gracias.

—Me han dicho que hace usted preciosidades.

—No tanto...

Se sienta la señorita en la silla que la ofrecen, mira a la obrera con mucha curiosidad y pasea luego la mirada por toda la habitación, una salita minúscula, resplandeciente de pulcritud, aderezada con cierto interesante cariz; hay en la mesa del centro un canastillo con blondas y otro con flores; en las paredes fotografías de paisajes; en una papelera libros y dibujos; sobre la ventana un arambel bordado en tul y una jaula con un malvís.

La dueña de aquel nido se considera rica, tiene algunos ahorros y dos solos caprichos, que no la empeñan: leer y mirar al mar. Ha hecho del trabajo un arte que adereza y pule con orgullo y devoción, y esconde el fracaso de su juventud entre cosas bellas y pensamientos limpios, con celosa dignidad, sin que nadie le haya enseñado a padecer ni a sentir. El valor con que sofrena las ansiedades y cubre las amarguras, pone un exquisito gusto en su sonrisa, y en sus ojos azules un claro brillo de corindón oriental. Tiene descolorida la tez, grande y fresca la boca, copioso el cabello rubio, ancha la frente, delicadas las manos, fino el talle. Viste de percal azul: las muletas a los lados le hacen guardia de honor.

—¿Cómo se llama usted?—pregunta de repente la señorita del principal.

—Talín, para servirla.

—¡Talín!... ¡Qué nombre tan raro y tan bonito!—responde, sin ocultar el asombro por cuanto ve y escucha.

—Es el nombre de un pájaro, allá arriba, donde yo nací.

—¿Es usted montañesa?—vuelve a preguntar la curiosa.

—¡Ya lo creo!—dice, con cierto empaque, la niña de Cintul.

Y la vecina, deseando corresponder a tantas averiguaciones, cuenta de corrido muy alegre:

—Pues yo me llamo Julia; soy madrileña. Mi padre tiene un destino aquí hace pocos meses, y nos hemos instalado en un piso de esta casa. Unas amigas me hablaron de usted, de su habilidad y buen gusto, y como estoy haciendo el equipo, ¿sabe?, pues dije: Voy a subir para que me enseñe modelos y ver si no me cobra muy caro...

—¡Ah! ¿Se casa usted?—interrumpió la bordadora con nostalgia.

—Sí; con un chico también madrileño, bastante buena proporción, guapo él, de una gran familia, abogado...

La charla de Julia, gozosa y ligera por demás, quedóse truncada de súbito por un alto rumor; era como si un inmenso abejorro hendiese la dulce brisa de aquella mañana suave.

—¡Un aeroplano!—dijeron las dos muchachas a la vez. Y se asomaron a mirar al cielo sobre cuyo diáfano tapiz se dibujaba el aparato milagroso como un ave colosal.

—Yo tengo un hermano aviador—murmuró Julia con repentina tristeza.

—¿Y está en Santander?

—No: pero llegará un día de estos; viene de París. Allí le han dado el título de piloto y ha hecho ya muchas pruebas arriesgadas. Es muy valiente, muy sereno... ¡más buen mozo!... Y buenísimo además. ¡Lástima de hombre!

—¿Por qué?

—Porque se romperá la crisma sin tardar mucho... Mis padres no le dejaban de ningún modo seguir esa profesión, pero, ¡tuvo un empeño tan firme!... ¡Ya se conoce que es aragonés!

-¿Sí?

—Nació en Zaragoza, estando allí empleado papá.

—¿Y cómo se llama?

—Rafael: es tipo muy interesante.

—Se parecerá a su hermana—diceTalín, seducida y halagadora.

Julia sonríe con gratitud y responde:

—Nada de eso: él es fuerte, robusto, muy grandón, y yo, ya ve usted qué menudita y frágil.

Se yergue, sin duda para desmentir un poco su modesto parecer, y en el vano de la ventana, henchido de luz, queda el perfil de una mujercita pelinegra, insinuante, graciosa.

—No me parezco nada a mi hermano—asegura la joven. Y añade:—Le voy a subir a usted algún retrato suyo.

Luego, cambiando de sitio y de expresión, con suma volubilidad, trata de sus encargos, revuelve los encajes y los patrones, ajusta precios, regatea y consigue cuanto se le antoja.Talínha sido conquistada por la señorita del principal...

Pocos días después el equipo de Julia ha traspuesto las escaleras, confiado, con plenos poderes, a la inválida; pero la novia no cesa de subir y bajar con recaditos y consultas, muestras y cintas. Ya sabe de memoria la vida y milagros deTalín, los motivos de su dolencia, sus gustos y costumbres.

—Aquí tiene usted novelas de Julio Verne—dice, registrando los rincones de la sala.

—Sí; casi toda la colección.

—¿Es su autor favorito?

—Apenas conozco autores. Ese me gusta mucho.

—Yo le daré a conocer algunos modernos.

Y la refitolera deja los libros por un lado para revolver otra cosa.

Quiere aprender calados y puntos, y asegura que no tiene tiempo.

Clotilde, que suele encontrarla allí, se asombra y exclama:

—¡Jesús!... ¡Si parece hecha con rabos de lagartijas!

—Pero tiene buen corazón—arguye con dulzuraTalín.

Y ella no sabe que en sus palabras bondadosas se esconde una fuerte simpatía hacia Rafael, aquel mozo lleno de atractivos que sube por los aires a escuchar la música de los astros y sorprender los secretos de la vida alada. La incitante devoción yace muda y sin forma en la conciencia de la joven, mientras los claros ojos se obscurecen con una sombra fugaz.

Llega Julia, muy alborotada, una tarde de aquellas, enseñando la anunciada fotografía.

—Aquí está Rafael: mírele. Acabamos de recibir su retrato, hecho después del último vuelo sobre Pau. ¿Es guapo?... ¿Le gusta?...

La costurera clava sus pupilas ansiosas en un rostro franco y varonil, un rostro alegre y dulce a la vez, lleno con el fulgor de la propia mirada. El gallardo busto de Rafael aparece bajo los élitros enormes de la monstruosa libélula, y el aviador sonríe aTalín, mirándola, mirándola de un modo extraño y luminoso, inolvidable. Ella sacude con dificultad el dominio de aquellos ojos ausentes, y responde, traspasada de inquietud:

—¡Me gusta!...

Así, en un vuelo ideal, llegó el Amor en forma de aeroplano a la humilde ventana deTalín: era el Cupido moderno por excelencia, con los ojos libres en la ruta de la inmensidad; las alas dobles y potentes, señoras de las más altas nubes; por flecha, un tren de aterrizaje, y en el pecho, enamorado de las aventuras, el estruendoso latido de un motor.

Desde que Julia introdujo a su hermano en la salita de la inválida, no ha transcurrido más de un mes.

Fué una tarde abrileña y moribunda cuando el mozo se rindió, influído por las vehementes ponderaciones.

—Te aseguro que es una muchacha original, muy lista, muy mona; tiene una voz que penetra en la carne, una voz como no he oído ninguna... Está deseando conocerte: sube.

Y la novia le presentó en la buhardilla con pretexto de enseñarle el equipo.

No suponía el aviador que su hermana hubiese logrado tan feliz descubrimiento. En aquel marco de gracia y honradez, vigilada por las crueles muletas, le pareció un arcángel herido la niña de Cintul.

Ella le trataba con embelesadora turbación; hablándole parecía que sus labios tuviesen un nuevo perfume de bondad y temblaba en sus ojos la luz como una llama en el viento.

Llega Rafael cansado de fuertes emociones: la guerra, la aviación, la vida como nunca inquietante de París, le han producido una laxitud que le inclina a las cosas apacibles y dulces con verdadera sed. En el claro refugio deTalínhalla un remanso de paz donde la belleza y el martirio se ofrecen al divino goce del sentimiento en el rostro de la humana flor. Y allí se queda todas las horas que puede, seducido por la niña con lástimas y ternuras sutiles, que ella traduce al mudo lenguaje de sus ilusiones.

Clotilde se alarma un poco de la asiduidad del señorito: ni los recados que de su hermana lleva y trae, ni el invento frecuente de los dibujos, le autorizan para acompañar tanto a la costurera. Aunque la madre no viene a casa más que a comer y a dormir, conoce en el semblante de su hija, abierto y revelador, las visitas del caballero. Todos los indicios se lo aseguran: la muchacha abandona la lumbre y otros domésticos cuidados; cose menos; se compone más; está inapetente; necesita otra vez dormitivos como en el período agudo de sus males. Después de algunas vacilaciones Clotilde se encara con ella y en un tono inusitado por lo brusco, le pregunta:

—¿Se puede saber a qué viene aquí el señorito del principal?

—¡Ay madre, a nada malo; por Dios, déjale venir!

—¿Tanto te importa?

La niña responde, entre lágrimas:

—¡No sé... no sé!...

Y la madre, trastornada por aquel dolor, suaviza el acento para continuar:

—Tienes diez y ocho años... Todo lo que tú haces me parece bien... pero ese joven no se ha de casar contigo...

—¡No, imposible... imposible!—murmura la enamorada. De repente añade:—Yo no me curaré nunca, ¿verdad? Ya no tengo remedio: me quedaré así, deforme, toda la vida.

—La esperanza es lo último que se pierde... Otras cosas más difíciles se han visto... Dios puede hacer un milagro...

—¡No tengo remedio!—balbucía la moza con desolación mientras Clotilde, evocando a la saludadora, présaga en Cintul, se acusaba, llena de amargura:

—¡Yo no tuve fe!

Y un inmenso pesar se desarrolla en elalma sencilla y fuerte de esta criatura que ha sido madre por el espíritu, en sublime concepción de piedades y amores. Permanece atónita ante el nuevo quebranto de su hija, incurable como la enfermedad que sufre, obscuro y desconocido para la mujer, que le siente gemir en sus propias entrañas y no le comprende. Ella no supo amar sino en forma de compasión y sacrificio, con dádivas y renunciamientos, sin una dulce ilusión para sí misma. Ella ha tenido la sola esperanza de ejercitar el bien en torno suyo, y se consume de pena junto a la irremediable desventura del más querido sér. Todos sus esfuerzos, todas sus abnegaciones, no salvan aTalíndel doble yugo del dolor...

Ya Clotilde no le hace a su hija advertencias ni preguntas; la trata como a la cosa más frágil y sensible del mundo; teme que de un día a otro se le muera igual que un pájaro, se le marchite lo mismo que una flor. Anda asu lado sin hacer ruido, como en la alcoba de un enfermo; la observa a hurtadillas con punzante ansiedad, y al hablarle contiene apenas los temblores de la voz.

Ambrosio percibe de un modo vago la misteriosa pesadumbre de las dos mujeres y siente el alma llena de perplejidad. Siempre añorante de su vida de labrador, abierta al señorío de los campos, libre y ancha en su misma esclavitud, se va resignando a la disciplina estrecha del taller, y transige, hasta cierto punto, con las costumbres urbanas; pero estos días vuelve de sus tareas un poco más tiznado que otras veces, más sombrío, menos conforme.

Por su parte Rafael comienza a tener reparos cerca deTalín. No es un seductor de oficio ni lleva un mal propósito a la salita blanca de la bordadora, y se conmueve al sentir dilatarse en su alma los pensamientos de la joven con inefable expansión. Buen conocedor de mujeres, descubre en aquella, sin dificultad, la creciente pasión, con todas sus fases, distintas como las mudanzas de la luna. Y se duele de contribuir al mayor suplicio de la niña enferma, cuando gozaría en rescatarla de la adversidad. La está mirando él también, como una existencia quebradiza y expirante, que en un momento se puede deshacer lo mismo que la espuma, volar como un aroma.

Sin embargo, cuando sube a verla, se engríe al persuadirse de que es una criatura singular aquella que le ama. Encuentra siempre un nuevo encanto en sus ojos espléndidos y graves, donde la luz pone a cada hora un diverso matiz, y en su voz empañada y caliente, sobre la cual los sentimientos, al amoldarse a la palabra, rozan los sonidos con musicales vibraciones.

Todo en la niña de Cintul parece diáfano,transparente, infantil; no obstante, el hombre que hunde en ella, sediento, la mirada, sabe que hay un arcano, un enigma bajo el amor y el dolor de toda mujer...

Hay en Santander un gran aviador, famoso en España, y muchos díasTalínle ve pasar en su aeroplano, seguro por el alto celaje como por un camino real.

Se queda absorta la muchacha contemplando aquel punto remoto, que, abrasado de luz, parece un ave roja, una flámula viva y es alado bajel desde el cual un hombre señorea las nubes por senderos de palomas, hasta mirar de cerca al sol como las águilas.

Más despiertas que nunca sus ambiciones,Talínquisiera volar también, subir hacia Dios huyendo de sus pesares, quebrantando las cadenas de su pobre vida.

Advierte ahora que su nido tiene la trágica hechura de un ataúd; la sala se yergue sobre el tejado para que el muerto recline con holgura la cabeza, y el resto de las habitaciones se agacha con el cadáver hasta los pies. Ya no consigue borrar la tremenda obsesión, y se ahoga en la estrechez del aposento que ha sido para ella generoso refugio. Ceñida a la ventana, bajo las meditaciones más absurdas, vive con la aguja en la mano y la mirada por el aire, trasoñando quimeras, recordando su niñez libre y audaz, sus escapatorias al monte y al río, a la copa de los árboles, a la espina de las cumbres: le parece que ha sido pájaro o mariposa en una existencia anterior, y confunde su infancia con otra vida que tuvo, no sabe cuándo.

La boda de Julia se aplaza hasta el otoño, y la señorita ya no sube con tanta frecuencia a vigilar los primores deTalín, que duermen, abandonados casi en absoluto.

El que sube es Rafael, siempre con disculpas que justifiquen sus visitas, como si las considerase impropias. Un periódico, una revista, un libro para que la enferma se distraiga, le sirven de pretexto cada vez que lucha entre huir y aproximarse a la niña doliente, y acaba por ceder a la más suave tentación.

A menudo encuentra a su amiga en la postura habitual junto a la ventana, y nota que sus ojos vuelven del cielo cada día más tristes. Entonces quiere darle ánimos y resistencia, abrirle horizontes de esperanza, perspectivas de ilusión y de salud. La persuade, pensamiento a pensamiento, con habilidad y cariño, como a una criatura inocente; hasta que la sonrisa incrédula deTalínse enciendeen larvas de pasión y retrocede el mozo con recelo, procurando llevar por otro camino, más noble para él, aquellas confidencias que le encantan y le mortifican.

Para lograrlo suele irse por las nubes en torno a sus aventuras de aeronauta y enumera, también, las cosas finas y elegantes, sutiles como para juguetes, que componen un aparato volador: alambres de acero, vigas huecas, lo mismo que el tubo de un instrumento musical; maderas caladas, cuerdas de piano, tela, celuloide, pintura, barniz...

—¿Nada más?—interroga maravillada la costurera.

—Sí; mucho más: nuestro pájaro de acero tiene costillas, alas, cola, pulso, corazón...

—¿Como los de carne?

—Lo mismo. Y con mucha más fuerza, mucho más poder.

—¡Quisiera volar!—dice, con antojo vehemente y antiguo, la pobre inválida.

Y el aviador, que la tutea como a una niña, promete:

—Cuando yo suba te llevaré conmigo.

—¿Va a subir usted?... ¿Aquí?... ¿Es de veras?

—Un día de estos. Vuestro campeón santanderino me presta su aparato.

—Pero ¿de verdad iré yo?

—¡Vaya!... y si tú quieres no volveremos.

—¡Ah... no volver!

—¿Te gustaría?

—¡Muchísimo!... El aire me encanta.

—Es el esposo de la Luna, el padre del Rocío, el dios del Bien... ¡Y como tú eres también una diosa!...

—¡De la Tristeza!—interrumpe la niña con un mohín.

—¿No sabes que entre el Aire y la Noche engendraron todos los seres?

—Nada sabía.

—Hasta dicen que el alma es aire.

—¡Jesús!

—Pero, escucha: ¿dónde aterrizaremos?—pregunta insinuante el aviador. Y se acerca a la muchacha que le oye con una sonrisa llena de aturdimiento:

—¡Por qué no vamos a pasar la vida en las nubes!

—¡Si pudiera ser!—exclama ella con angustia. Se deja acariciar una mano, luego la retira algo medrosa, muy conmovida, y para esconder sus emociones, habla trémula:

—Diga usted, ¿es cierto que volando sobre el mar se ven en el fondo de las aguas cosas muy bonitas?

Rafael siente en aquel instante una honda compasión por la indefensa criatura; una lástima dulce y fraternal por aquella voz, empapada en matices, que tiembla como las alas de un verso; por aquellos ojos claros y puros, donde el amor no sabe guarecerse. Se queda mirando aTalíncon una serenidad comunicativa y mansa, y responde:

—Sí; volando sobre los mares se descubren muchos de sus misterios. Las algas, con los tallos fijos a las rocas, forman verdaderos bosques submarinos que se distinguen muy bien desde la altura. Eso, aquí mismo, en el Cantábrico. En otras aguas hay, además, flores rarísimas y luminosas; lirios y estrellas de mar que alumbran; plantas que son a un tiempo rosas y animales; peces con lentes o faros rojos y amarillos. Los corales, con sus desprendimientos de caliza producen playas de coral; otras veces el légano es blanco junto a los sangrientos arrecifes. Y las avenidas fluviales arrojan al mar islas enteras que se hunden en las fosas del abismo, y hay zonas cubiertas por algas de púrpura y carmín, hay fondos de arena verde y rosa; de fango rubio y azul; de arcilla gris...

—¡El mar!... ¡qué hermosura!—interrumpe la muchacha con transporte. Se vuelve a mirarle dormido en la bahía, celando el secretode sus tesoros bajo una cándida apariencia de cristal.

—¿También te enamora?—murmura algo celoso el aviador.

—También.

—¿Tanto como el aire?

—El aire es más mío.

—¡Tuyo!...—suspira el mozo. Y se despide con una prisa brusca, mientras se desangra el sol en el horizonte marino, y sobre el alero del tejado se baña una paloma en el último fulgor de la tarde.

GuardaTalínen el más regalado seno de su memoria la promesa de Rafael, y a pesar de todos los disimulos, Clotilde vislumbra el rayo de sol que atraviesa la frente de su hija desde la guarida de los pensamientos y se asoma a los ojos en un rehilo de esperanza.

—¿Qué espera?—se pregunta la mujer llena de inquietud. Vigila en silencio, y con su claro instinto de piedad, siente cómo la joven va dejando el alma adormecida en una ilusión vacilante, y cómo aquella ilusión se extinguede repente, y se nublan los ojos y los sueños de la enamorada, en la más negra obscuridad.

Supone Clotilde, por seguros indicios, que el aviador se ocupa ya muy poco deTalín, y ve llegar a Julia acelerada con una noticia.

—¿No sabe?—le dice a la costurera—. Rafael va a dirigir mañana un aeroplano.

—¿Mañana?

—Sí; ¿se lo había dicho él?

—No le veo hace ya muchos días.

La voz y el semblante de la moza se demudan al responder, pero Julia está muy ocupada en contemplar un hermoso camisón que viste el maniquí.

—Me gusta mucho—afirma—; como este quiero media docena—luego continúa:—¡Ah!; pues no le extrañe que mi hermano no suba por aquí. Está en el aeródromo la mayor parte del tiempo, en plena fiebre de aviación y no habla más que de virajes, motores y cosas por el estilo.

—¿Le dió algún recado para mí?—trata de averiguar la niña triste, asiéndose al último jirón de su fe.

—Ninguno—responde la señorita, y sigue diciendo:—Mamá ha pedido un coche para que mañana vayamos al campo de aviación, que está por lo visto, en un lugar precioso llamado las Albricias. ¿Usted suele ir?

—Nunca—balbuce un opaco acento que sólo a Clotilde impresiona.

—Pues yo aún temo que mamá no se decida. Rafael se empeña siempre en que le veamos volar, y ella se resiste, con un miedo atroz. Ahora parece que ha consentido... Conque ya sabe: como este camisón quiero seis. Es un modelo muy elegante; aunque me gustaría el escote un poco más alto... Ya hablaremos, ¿eh?

Y con la misma prisa que trajo se marcha la señorita del principal, dejando en el pasillo y la escalera el menudo repique de sus tacones.

Clotilde prepara la mesa para comer, sin atreverse a hablar, temiendo que sus palabras lastimen el sombrío retraimiento de la muchacha. Y Ambrosio, que llega a las doce, pregunta con afán a su hija:

—Qué, ¿estás peor?

Ella mueve la cabeza negando, cada vez más pálida y silenciosa, y los padres se abruman ante el misterioso mal que vuelve sobreTalíncon una clandestina premeditación, sin saber por dónde, cuando ya no le esperaban. Comen a disgusto, observando que la enferma hace esfuerzos inútiles por no sazonar el alimento con sus lágrimas.

—¡Está hética!—se dicen, lo mismo que en Cintul. La miran como una sombra que se desvanece, y el padre huye rebelándose contra el dolor de la infeliz, que él solo quisiera padecer.

Es domingo, y las mujeres se quedan juntas y solas al pie de la ventana por donde entran la descolorida luz de un cielo turbio, y una brisa que tiene, hoy más que nunca, el amargo salitre de la mar.Talínsiente en los labios aquella penetrante acidez que no sabe si acude de su propio corazón. Abre un libro sobre las rodillas, y en él pone los ojos húmedos de pena, sin volver las hojas ni saber lo que dicen.

La madre cruza las manos encima de su delantal, inclina la frente, y piensa en lo lejos que está de aquel espíritu que a su lado sufre y que se le escapa, fugitivo siempre, cada día más distante y remoto. Acaso jamás le tuvo cerca, ni cuando en la casita montés buscó el alma de la niña con halagos y desvelos, hasta ofrecerse por esclava, sin reservas ni condiciones.

Clotilde lamenta, de pronto, en esta hora, el fracaso de su esterilidad; duda si para merecer el excelso nombre de madre basta un amor hondo y fuerte como el suyo, o sería necesario haber concebido la carne doliente deTalín, haber moldeado en las entrañas el corazón de la criatura mortal. No comprende por qué la niña, que le tendió los brazos en sus dolores físicos, llamándola madre, le hurta lo más sagrado del sentimiento: el espiritual dolor... Quisiera consolarla, medir su pena, saber el camino de su inquietud. Cuanto hay en ella misma de ignorado, simpatiza con el misterio y se asoma a buscarle en los ojos azules deTalín. Pero conoce que una sombra invencible le celará siempre aquel abismo nublado por unas lágrimas que no acaban de caer. Y retrocede pensando en la madre muerta, en la pobre tísica que nadie nombra, que duerme olvidada en el campo silencioso de Cintul.

—¡Hace frío!—murmura la joven, de repente estremecida. Una ráfaga de aire, aguda como un puñal, les sacude, mientras Clotilde cierra la ventana: el mudo soplo deja sobrelas frentes pensativas una agorera alucinación.

Galopaban las nubes y comienza a llover, calladamente, con humilde suavidad.

Se escapa el día por todos los caminos bajo la mansa huella de la lluvia, y en la salita se rozan el murmullo de una oración y las alas de un suspiro, hasta que la noche se apaga oscura en los cristales.

Entonces las dos mujeres atribuladas, creen percibir un aciago rumor, frío como un chortal, abierto con infinita pesadumbre en el pálido corazón de la sombra...

Nace la mañana tardía, con espeso embozo de nieblas, yTalínla mira crecer bajo la suprema inquietud del que aguarda el mayor goce de su vida con la certeza de que es imposible que llegue.

Los padres se han ido a trabajar a la hora de costumbre, y la muchacha tiene delante su labor y clava con tenacidad los ojos en el espacio donde rueda turbia la luz.

—¡Volar, y volar con «él»!—se está diciendo. Por ver realizada esta promesa inolvidable, moriría gozosa imaginando que dejaba un rastro luminoso en las arenas del tiempo...

Los vellones de la niebla remontan las alturas y abren en las nubes surcos de más viva claridad; se templan los hálitos del viento y la mañana se embellece envuelta en su misma palidez.

El ala fresca de una mariposa roza en la ventana la mejilla deTalín, y al solo contacto de este beso puro, siente la joven desbordarse toda su tristeza y su pasión. Sobre el agua movible de los ojos azules pasan las emociones fulgurantes, enloquecidas, empujadas unas encima de las otras por la trémula mano del recuerdo, y la memoria es un ancho camino por donde se deslizan las imágenes de aquella breve existencia, desde los días de libertad y de salud hasta las horas obscuras de la invalidez.

Esta vida que alboreó llena de ambiciones y de cantares, se resume ahora en un ansiosoatisbo del espacio y de la luz, bajo el yugo de las muletas; siempre encendido el pensamiento ala raitadel sol, y siempre la realidad cautiva al borde de una ventana que sirve de cárcel y tortura. Si alguien viene a prometer la recompensa de un minuto de felicidad, ha mentido aquella voz, y la promesa traidora se convierte en un suplicio intolerable, en un nuevo y terrible desengaño.

De pronto suena el repique de un paso leve y conocido, y entra Julia, como de costumbre, apresurada y risueña.

—¿Quiere usted venir conmigo a las Albricias? Mamá a última hora no se atreve y no tengo quien me acompañe.

—¿Y Rafael?—murmura atónita la inválida.

—Está en el campo de aviación. Volará a eso de las once y son más de las diez. El coche nos está esperando. ¿Se anima usted?

—¿Sin permiso de mis padres?

—Cuando lleguen a casa estaremos nosotrasde vuelta y se alegrarán de que usted haya dado un paseo.

—¡Voy!—decideTalín, y se apoya en los bastones para buscar un vestido.

—Este encarnado—elige la señorita descolgando en la reducida percha de la alcoba un trajecillo rojo.

La obrerita se le viste con precipitación, y a pesar de su aturdimiento recuerda al toro gilvo que una tarde en el monte se enamoró ciegamente de un vestido colorado.

Esta salida del hogar tiene hoy también, como aquel día funesto, un aire clandestino, el travieso cariz de una escapatoria.

—¡Será la última!—piensa la joven con un suspiro que se extiende por la sala como una despedida.

Desde la puerta vuelve los ojosTalína este nido que hace tiempo le parece un sepulcro; le recorre todo con mirada indefinible, y bajo el peso de una emoción singular, trazacon mucha reverencia la señal de la cruz...

El campo de las Albricias está cerca de la ciudad, tendido en la llanura con anchos horizontes de huertas y jardines.

Cuando llegan a él las dos muchachas, un grupo de curiosos rodea el aeroplano que fuera delhangarse dispone a subir. Es un magnífico «Moranne Saulnier» y tiene en el fuselaje el nombre como una embarcación: se llamaSan Ignacio III. Parece un monstruoso gavilán; bajo la nervadura de las alas el cuerpo trepida, impaciente por huir, mientras los mecánicos le celan con exquisitas precauciones. Entre ellos surge el aviador ya vestido para el viaje, bromeando con risueño desdén. De pronto vuelve la cabeza atraído por una mancha roja que oscila entre dos bastones, y se sorprende al reconocer aTalín.

—La he invitado a que me acompañe porque a mamá le entró miedo—explica Julia.

—¡Usted «no se acordó»!—insinúa con amargo reproche la costurera.

—Sí, «me acordé»—afirma Rafael—; pero huía la responsabilidad de mi convite... Huía de muchas cosas—añade con acento un poco estremecido.

—¡No es verdad!—prorrumpe obstinada la joven.

—¿No?... ¿Quieres probarlo? ¿Quieres subir?

—¡Quiero!—contesta, cálida y vibrante la voz, y arrastra el paso tullido hacia la nave, con febril ansiedad.

Rafael manda que acerquen la escalera y la muchacha pugna en los peldaños cuando el mismo aviador los sube en un instante y desde arriba transporta a la viajera hasta su sitio, con bastones y todo. Ella sonríe fascinada y la gente aplaude al darse cuenta del suceso.

—¿Pero, es de veras?—clama Julia con repentina zozobra—. ¿La vas a llevar, Rafael?

—La llevo—asegura—. Se quita el abrigo y le ciñe al cuerpo glácil de la bordadora.

—No me hace falta—dice la joven, que luce arreboladas las mejillas y los ojos ardientes.

—Arriba tendrás frío.

El aviador ocupa su puesto y concluyen las maniobras de la partida, mientras Julia refiere a su alrededor, con mucho interés, la historia triste y pura deTalín.

Alguien ofrece a la viajera una mantilla, un velo para envolver el peinado y cubrir el rostro contra el azote del aire a gran velocidad.

—No lo necesito; voy muy bien—responde—. Y mirando con orgullo al cielo que se desarrolla sobre su frente.—¡Qué lástima que no haga sol!—murmura.

—Buscaremos un boquete en las nubes para llegar a lo azul—dice el piloto.

—¿Eso es posible?

—¡Ya lo creo!

—¡Dios mío!—balbuce en éxtasis la pobreinválida, que está en camino de quebrarle al cielo su pálido cristal.

De pronto elSan Ignacioresbala sobre la pista y se yergue en el viento que zumba.

—¡Adiós, adiós!—gritan, pegadas a la tierra, unas voces envidiosas.

—¡Ahora sí que soy un Talín—pronuncia, enajenada de gozo, la niña de Cintul—. Siente que, al cabo, agita las alas temblorosas y resplandecientes que siempre tuvo en el corazón, y poseída por la inefable ráfaga de libertad, arroja de la nave las muletas, que al caer se clavan en el campo, hincadas hacia la altura como dos interrogaciones.

La tierra huye, tendida y anchurosa, bordada de surcos y de huertos con apagados tonos de tapiz.

El aeroplano gira sobre la ciudad, y árboles, torres y edificios le apuntan en momentánea persecución, al hundirse bajo el solemne vuelo.

Se dibuja un punto, el seno turgente de los montes; después todo el paisaje se humilla, aplastado como un mapa, sin relieves ni contornos.

El viento ruge: hendido por las alas vertiginosas del aparato, se queja a voces del intruso que le corta y le vence, y que grita, a su vez, con acento poderoso.

En lo profundo del horizonte, el mar, dormido, calla el inmortal secreto de su existencia, y sobre él se remonta el avión, reflejándose en el quieto espinazo de las aguas. Al mirarle, esfumado entre la bruma, diríase que un bergantín con las velas tendidas había echado a volar.

El cabello rubio deTalínflota destrenzado como los airones de la neblina, y la muchacha, ebria de felicidad, se asoma a ver si bajo las aguas traslúcidas descubre la belleza del Cantábrico algún bosque de flores marineras, alguna playa de color de rosa. Nada distingue, porque el aviador, que ha hecho un precioso «picado» sobre la bahía, deja de pronto que la nave se encabrite, como brioso corcel, y la manda sobre las nubes que en patrullas galopan hacia lo sumo del cielo: queda el aparato mecido en un halo tembloroso de claridad; se rompe en seguida todo el velo del celaje y aparece lo azul, inflamado de sol.

La viajera, en pleno tramonto, arrebatada a las humanas ligaduras en aquel glorioso viaje, siente la vaga estupefacción de vivir, el infinito roce de la eternidad. Rechaza el abrigo que la envuelve, y se pone de pie, apoyándose con temerario impulso en el borde de la nave. Sin saber lo que dice, grita, con los ojos ciegos de llantos y de resplandores:

—¡Te quiero, Rafael, te quiero!

Su voz, transida de inquietudes, se deslíe en el aire que la sorbe y la empapa con inmensa dulzura.

El piloto, a la vanguardia del aeroplano, va sumido en las múltiples atenciones de su ciencia llena de arte y de riesgo, emuladora de la divina virtud. Lleva detrás de sí a la pasajera; entre ambos, el cristal del parabrisas, y ni lave ni la oye, muy lejos de suponer que en aquel instante la enamorada se dobla en el vacío, al peso de su corazón.

ElSan Ignaciopierde bajo el envés de las alas el surco de un vestido rojo que tiembla como una lágrima de sangre, como una gota de sol, y con los brazos abiertos en una entrega brusca,Talínse hunde en el mar, hasta el mismo légamo azul...

Vuelve el avión del cielo con firme serenidad; descubre las colinas y los bosques, el caserío y los jardines, la alfombra entera de Santander, aún descolorida por el nublado, y aterriza en un vuelo insuperable, entre los aplausos del público y las muletas de la inválida, semejantes a una interrogación.

Trae el viento el aroma húmedo de la lluvia primaveral: en la linde remota de la pista, un álamo esbelto y fino, inclinándose a un lado y a otro, parece un dedo que niega.

Sin detenerse, elSan Ignacioentra en elhangarcomo un ave que retorna al nido.

Allí Rafael quiere felicitar con orgullo a su compañera. Se levanta, sonríe, da la vuelta con las manos tendidas y queda atónito delante de un lugar vacío: ¡No vuelveTalíndel viaje que emprendió!... ¡El canario montés ha volado con misterioso rumbo, más allá de las cimas que remontan los pastores; al otro lado de las nieblas y los luceros!

Ya la gente se arremolina en torno a la máquina triunfante, y el estupor se divulga ante la incertidumbre de que se haya quedado en el cielo la niña de Cintul...

Acaban de rasgarse las nubes, y en la soledad majestuosa del espacio se levanta, como en supremo altar de inmolaciones, la divina patena del sol.


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