VI

Chasqueados los rondadores, acordaron averiguar la hora en que Serrano salía del pueblo, y Lecio aseguró que él volvería con la noticia en un periquete.

Dió una vuelta en torno a la casa de su novia y silbó un aire convenido.

En una ventanita baja apareció al momento el garrido busto de Isabel.

—Temprano andáis de ronda—dijo placentera la joven.

—Más ha madrugado el doncel de la tu señorita, que ya está en el nidal.

—Sí; ahora vino: ella fué a encontrarle con el señor dando un paseo.

—Y, ¿hasta qué hora cortejan?

—Hasta las nueve o poco más.

—¡Parece mentira que la señorita Ángeles dé cara a un forastero!

—¡Si en el pueblo no hay quien la pretenda!

—¿Qué no hay?... ¡Pues no digo nada!... Ahí está, el primero, el señorito de la torre, muerto por sus pedazos.

—¿Don Julián?... Nunca le vi cortejarla.

—Porque ella no habrá querido; pero yo sé que se perece por la niña.

—¿Te lo ha dicho él?

—Esas cosas no se dicen cuando están a las claras... Don Julián es mozo noble, campechano, valiente si los hay, rico y nacido en buena cuna... ¡Hubiera hecho guapa boda con la señorita!...

—Pero no es aparente «de personal» como Don Adolfo Serrano...

—¿Defiendes a ese tío?—preguntó el muchacho receloso.

—¿Yo defenderle?... A mí lo mismo me da un galán que otro para la señorita... ¡con tal que ella sea feliz!

—Pues a mí no me da lo mismo—sentenció Lecio iracundo—, que los hombres del Encinar no estamos hechos a que nos lleven las novias así como así...

—Pero ésta ¿con quién estaba comprometida?... ¡Chico, no parece sino...!

—Es la novia de todos ¿sabes?... Ella podía escoger entre lo mejor del valle... Sin ir más lejos, aparte Don Julián, ahí está Fidel Salcedo con buena estampa y muchos «miles».

—Fidel no es un señor... talmente—dijo con desdeño la muchacha.

—Eso te lo parece a ti... Y, mira, ahí está, también, César Garrido, sabidor como un ciudadano, hombre de estudios y de buenos principios...

—¿De manera que todos la quieren?—preguntó asombrada Isabel.

Y el novio con calor repuso.

—Pues claro, mujer, que todosla queremos.

Entre alarmada y risueña, exclamó la moza:

—¿Tú también?

—¿Yo?—pronunció el muchacho confuso. Se echó la boina a un lado de un manotazo torpe, y se rascó la cabeza con saña. Como no respondiese al fin, Isabel insistió:

—Sí; ¿tú la quieres también?... ¡Contesta Lecio!...—y se puso muy seria.

Cediendo a una invencible tentación:

—Sí, la quiero... ¿qué he de hacer?—dijo el galán.

Ella, indignada, le increpó:

—¿Y me lo vienes a contar, bruto?

Pero él quiso satisfacerla.

—Oye, Sabel, y entiende las cosas comoson: no te amontones muchacha... Yo la quiero como se quiere a la luna y al lucero del alba y a la Virgen del Carmen, ¿estás?... A ti te quiero de otro modo...

Incrédula y encelada, trató la novia de averiguar.

—¿Te casarías con ella?

—¡Mujer!—clamó Lecio—¡ni siquiera lo mientes!

Al mozón se le entró, de pronto, un gran susto en el pecho, y agarróse mareado a la verja de la ventana.

Alarmada le preguntó Isabel:

—¿Qué te pasa, muchacho?

—Nada, hija—respondió vacilante—, que todo se me anda alrededor... que te veo doble...

—¡Lecio!... Pero, ¿qué dices?... ¿Estás en tus cabales?...

—No lo sé, rapaza... Vaya, hasta luego: me están esperando.

Y alejóse dando tumbos como un beodo, repitiendo:

—¡Que si me casaría con ella!... ¡Me valga Dios!...

Al llegar donde sus compañeros le aguardaban, Lecio dijo cauteloso, algo alterada la voz:

—Que a eso de las nueve «volará el pájaro...»

Impaciente rezongó Alcázar:

—¡Hasta las nueve!... ¡No tenemos mala espera!

Fidel comentariaba con protesta rencorosa:

—¡Buen atracón se da el muy zángano!

Y los cuatro se agazaparon en la penumbra de la bolera, ya caída la noche y nublado elcielo, charlando con sigilo, en conversación desganada y floja.

Apenas vibraron en la torre parroquial las nueve campanadas prevenidas, la propia Isabel sacó de la cuadra el caballo del forastero y le dejó a la puerta de la casa con la brida sujeta en una argolla del muro, esperando al señorito junto al cabalgador.

Los de la ronda se apercibieron fatales a la temeraria aventura, requiriendo con brío los palos, y entonces Lecio, que demostraba una voraz impaciencia, detuvo a Julián por un brazo, a cierta distancia de los otros, para decirle ronco y feroz:

—Usted no querrá a la señorita tanto como para perderse por ella... pero si le hace a usted falta un hombre para matar a ese ladrón... ¡aquí está Lecio!—y se dió en el pecho un terrible puñetazo.

—¿Para matarle?—interrogó Julián como un autómata.

Y ya se abría con chirrido lastimero la puerta de la casa.

En el umbral se presentó Isabel, alzando un farolito de cristales rojos que puso en la calle rústica una sangrienta luz, muy decorativa y fantástica.

La infatigable orquesta de los sapos dejaba en el aire una estela melancólica de funeral campanilleo, y de la vecina pradera llegaba la canción aguda de los grillos apagándose en un quejido triste como si la noche se desfalleciese con un fino estertor de agonía.

Quedó Serrano un instante envuelto en la roja luz, acechando la obscuridad de la calle con visible indecisión. Montó luego, y ya iba a recoger las bridas de manos de la muchacha, cuando ésta gritó, fuera de sí:

—¡Espere... no salga, Don Adolfo!

Su voz tembló con angustia sobre los palos de la ronda, erguidos como lanzas a dos pasos del jinete:

—¿Quién va?—preguntó colérico Serrano.

—Y, ¿quién eres tú?—-rugió Lecio saltando fuera de la sombra con el palo en el aire.

Amedrentado y furioso hizo el caballero retroceder al potro hasta dentro del portal, vociferando:

—¡Cobardes... son cuatro contra mí!

Con súbita inspiración, firme y serena, dijo la voz de César Garrido:

—Pelearemos uno a uno.

Apoderándose gozoso de aquella decisión, extraña a las bárbaras leyes de la ronda, Alcázar se apresuró a insistir:

—Sí; uno a uno.

Y detuvo el brazo de Lecio, pronto a la brutal acometida, mientras Fidel, mudo y pávido, enhestaba el garrote como una bayoneta, en la actitud de un soldado que hace el ejercicio.

Había bajado Don Felipe a reñir con losmozos y desahogaba su indignación en frases vehementes:

—¡Esto es un escándalo!... ¡Esto es una vergüenza!...

Pero tercos, amenazadores, César y Julián repetían:

—¡Uno a uno!...

Entonces se abrió la ventana de Ángeles.

Sobre los teatrales resplandores del farol cayó un haz de luz clara y alegre que desconcertó un momento la indómita guapeza de los muchachos. Detrás de la luz lanzóse a la calle el raudal de una dulcísima voz, un poco inmutada, que decía:

—¡Julián!... ¡César!... Dejad el paso libre... ¿no queréis?

Sí quisieron.

Fué cosa de un segundo: sin discusión, sin resistencia, retrocedieron fuera de la serena claridad, caída de lo alto, y se quedaron mudos, inmóviles, sometidos a la maravillade la suplicante palabra que bajó a buscarlo envuelta en resplandores.

Partió el caballero hundiéndole al potro las espuelas con rabia, murmurando otra vez:

—¡Cobardes!... ¡Cuatro contra uno!...

Don Felipe, entrando en la casa detrás de la asustada Isabel, cerró con un portazo violento, mientras que Ángeles siguió asomada al marco de la apacible luz, y su voz cristalina, volvió a decir, con acento de tímida plegaria:

—Siempre «le» dejaréis paso, ¿verdad?

Nada respondieron los mozos, acogidos al amparo encubridor de la obscuridad, y las suaves palabras de la niña vibraron en la penumbra de la bolera mecidas por un poco de viento que cantaba en los nogales enverdecidos, bajo un cielo nublado.

Quedó la ventana largo tiempo encendida como un faro piadoso, única estrella de la entoldada noche primaveral, y ya muy tarde, cuando hasta los más desvelados rondadoresdormían en el pueblo, una voz, sentida y afinada como la de César Garrido, primoroseaba una copla que a la estrella benigna le decía:

Ventanita, si te rondono es por tus merecimientos;es por una hermosa niñaque está de puertas adentro...

Ventanita, si te rondono es por tus merecimientos;es por una hermosa niñaque está de puertas adentro...

Ventanita, si te rondono es por tus merecimientos;es por una hermosa niñaque está de puertas adentro...

Ventanita, si te rondo

no es por tus merecimientos;

es por una hermosa niña

que está de puertas adentro...

Todas las tardes, a primera hora, Don Felipe y su hija esperaban a Serrano en agradable paseo campesino para volver a su casa con el cortejante. Charlaban los novios hasta el anochecer, y emprendía el galán la retirada antes de que la luz cayese, previsor contra alguna acometida de los mozos bravíos.

Pero eran inútiles estos cuidados, porque la ronda que capitaneaba el señorito de la torre había conseguido de todas las demás la promesa de que nadie hostigara al forastero en la conquista de aquella mujer, dulce y hermosa, orgullo del valle, en quien se miraba como en un espejo la mocedad varonil y por quien en secreto suspiraban muchos rudos corazones.

Tenía un encanto indefinible la hermosura sentimental de Ángeles Ortega, un raro don de amor y simpatía que blandamente dominaba en las almas todas, y que en el pecho de los galanes aldeanos se había convertido en extraño culto, mezcla de hechizo pasional y de mística devoción.

Siendo Ángeles la única señorita de la aldea, se distinguía entre las jóvenes de sus años por la donosura del porte, la delicadeza del traje y el interesante aislamiento de su vida, si ya por sus gracias personales no hubiera sobresalido por encima de las demás. Todo en torno suyo era nuevo, deslumbrador y atrayente para los mozos que de chiquitina la pasearon en la áspera carreta, le alcanzaron nidos y rosas, y la tutearon con familiaridad.Ahora la saludaban con afable respeto, mezclado de turbación, y aunque delante de su hermosura humillasen la mirada, el destello ideal de aquellos ojos sombríos dejaba resplandecencias ardientes en las rústicas imaginaciones.

Con inconsciente sed de belleza guardaban anhelos codiciosos hacia la perla del Encinar muchos hombres que tenían novia y pensaban casarse, o que amaban con material impulso a otras mujeres de su misma condición. Así en aquel fogoso plantel de montañeses nació una tácita rebeldía contra la posibilidad de que a la más hermosa flor de la aldea se la llevase un forastero, con sus manos lavadas. Y todos se unieron para considerarla como una de tantas jóvenes a quien los extraños no podían cortejar sin previa camorra y larga porfía contundente con los donceles del valle, al uso del país.

Esta despótica ley se hubiera cumplido enAdolfo Serrano sin el prodigio de la dulce voz que bajó de la ventana luminosa para detener a la ronda de Julián.

Por gracia de tal portento los vergajos, amenazadores contra el novio intruso, cayeron rendidos con mansedumbre, como belicosas flámulas arriadas por la derrota. Y ya no se alzaron más al paso triunfante de aquel amor.

Mayo florece cuando se fija el día de la boda.

Tiene Don Felipe mucha prisa por terminar este negocio, y Ángeles se presta a consumarle con una docilidad enfermiza y blanda, en que hay mucho de alucinación y de impotencia. Ningún amparo la escuda; está sola entre su padre, desamorado y egoísta, y el pretendiente ambicioso de la rica dote, tal vez un poco encaprichado por la gentileza de la novia.

Ya nunca Julián de Alcázar visita a los deOrtega, ni tampocoel Estudiante, compañero antaño de los juegos de la niña, va con su tímida presencia a testimoniarle la ferviente adhesión de otras veces.

Se lamenta la joven de este retraimiento. «¿Por qué no vendrán?»—suspira—. Y se angustia ante la nube de soledad que se va esparciendo, densa y creciente, en torno suyo. Sólo Isabel, la criadita cariñosa y servicial, la relaciona con los acontecimientos de la aldea.

Ya prepara la novia su inmaculado vestido, en vísperas del gran día, cuando Isabel, que revolotea junto a las galas con seducción de encantamiento, le dice en tono confidencial:

—¿Qué pensarán «todos esos» cuando la vean tan preciosa, y que se la lleva un extraño?

—¿Quiénes?... ¿Los mozos?... Ninguno de ellos se había de casar conmigo.

—Los labradores no... pero hay otros.

—No me ha pretendido nadie.

—Pues dicen por ahí que todos la quieren.

—Será porque aquella noche salieron contra Adolfo... Yo no creí que conmigo rezaría la brutal costumbre de las rondas...

—Era la del señorito Julián.

—Por eso mismo me extrañó tanto... Julián siempre fué muy amigo nuestro...

Ángeles se quedó pensativa; su mirada, sombría como una floresta, parecía tornar de muy lejos al través de los años infantiles. Daba un suspiro cuando Isabel continuó:

—Dice Lecio que el señor de la torre se muere por usted.

—Pues Lecio está equivocado—murmura Ángeles, no muy sorprendida, algo confusa.

—Y dice—añade la moza—que tambiénel Estudiantela quiere a usted mucho...

—¿César?... Yo le quiero también... ¡Me hacía tantas coronas de flores cuando éramos chiquillos!... Y me hacía cantares...

Otra vez se quedó ensimismada. La incitante memoria de cariños lejanos fué, sin duda, a refugiarse, triste, en la sombra de sus ojos, porque dos lágrimas pugnaban en ellos cuando añadió, lamentable:

—¡Tampoco César viene ya a esta casa!... ¡Parece que todos huyen de mí!...

—Porque la quisieran cortejar a usted y están sentidos.

—Yo no he notado que me pretendan para novia.

—Pues Don Julián siempre la buscaba muy rendido, yel Estudiante, ¿no oye cómo le canta coplas?

—Usanzas de rondadores...

—No, señorita, que las cantacon segunda... Y el ricachón de Salcedo igual está prendado de usted.

—¡Ave María!—exclamó Ángeles, risueña de pronto—. Ahora que me caso con un forastero va a resultar que tenía aquí los pretendientes a escoger. ¿Esa es otra noticia de Lecio?

—Del mismo... Y no sabe la señorita lo más gracioso...; que él también, el muy zoquete, está, como los otros, penando por usted.

—¿Lecio?... ¿tu novio?...—Se puso Ángeles muy seria para decir:—¿Te chanceas, Isabel?

Pero Isabel no se chanceaba: se le había empañecido la voz, tenía las mejillas rojas y el aire turbado. Después de un silencio difícil, añadió, tratando de serenarse:

—Me lo contó él mismo la noche que dieron el alto a Don Adolfo.

—Esas son bromas suyas.

—Bromas no eran: para contármelo se puso descolorido y hasta le dió un mareo...

Ángeles se aturde con las noticias de tan sorprendente amor, y muy curiosa, pregunta:

—Pero, ¿no sois novios?... ¿no os vais a casar?

—Eso no quita... Él dice que a usted la quiere «de otra manera»... Serán modos finos de querer que aprende con los señores... ¡como todos son unos en la misma ronda!...

Mirando la señorita con afecto a la compungida moza, le dice:

—¿Y tú has creído esas tonterías, Isabel?

Baja ella los ojos y explica difícilmente:

—Todo lo he creído... conozco que es de veras... pero lo mismo cortejamos: él no lo puede remediar... Como la señorita tiene ese ángel, todos la quieren aunque sea a escondidas... Usted no se ofenderá... ¡Si Lecio supiera que yo se lo he dicho!... ¡No se lo cuente a nadie, por la Virgen!

—Descuida, mujer; esas cosas que habla tu novio, de él y de los demás, son imaginaciones suyas... pero no diré nada... ¿a quién?... Yo no tengo a quien contar secretos.

Y se atristó por tercera vez el semblante precioso de la señorita. Viéndola cavilosa ymuda se retira Isabel con prudencia mientras la novia vuelve a quedarse junto al vestido blanco, vaporoso y sutil, como nube del pálido cielo montañés. Mirándole con indefinible sentimiento de inquietud, cierra los ojos para meditar en las confidencias de Isabel y va aposentando en su espíritu la creencia de que, en efecto, Julián de Alcázar la ha querido un poco. Recuerda la asiduidad lejana de sus visitas, la encendida expresión de sus palabras, la pausa elocuente de sus silencios y su alejamiento inexplicable apenas Adolfo apareció en la aldea.

No se detiene la soñadora a pensar en Salcedo, el jaquetón ricacho, pero guarda un pensamiento melancólico y acariciador para César Garrido, el romántico trovista que cantacon segundaal pie de una ventana, años hace, en el sagrado misterio de la noche...

El cariño recóndito de César es para Ángeles un adorable perfume de la infancia, elamable secreto de un «escucho» que hace sonreir, tal vez la vibración sentimental que en el alma produce una copla errante, diciendo amores a la luz de la luna, una copla que suspira cuando la ronda pasa... ¡Pero Julián!... ¿Por qué no se ha fijado en que él la quería?... Es bueno y valiente, es el amo del pueblo, el señor de la altiva torre y de la brava selva, tiene franca la mirada, noble el corazón...

Y se estremece la joven aturdida de que la fealdad arisca de Julián le parezca ahora mucho más grata que la gentil apostura de su prometido.

Para sacudir esta idea alarmante se acuerda de Lecio, mareado y descolorido en los deliquios de una fina locura de amor. Y abre los ojos, sonriente, sobre la nube alba de su traje de novia.

Diríase que un viento huracanado conmueve a los mozos del Encinar a medida que se acerca el día del casamiento. La sorda irritación que se acentúa entre ellos toma forma y proporciones singulares en la ronda de Alcázar, que ha asumido, con extraño tesón, la responsabilidad de consentir aquel despojo de que Adolfo Serrano «les hace a todos víctimas».

Anda Julián enredado en una aventura de calleja con cierta mozona malviviente, siendo ésta la primera vez que el señorito de la torrehace pública ostentación de semejantes galanteos. Lleva en la cara el pobre hombre una expresión de tedio y amargura que va troncándose en tormentosa nube de fiereza; como si en él creciese, cada día, el salvaje placer de sumirse en aquella torva brumazón de barbarie, para así desmandar sus pasiones y olvidar, con tesón despreciativo, sus nativas costumbres de caballero.

Fidel se las echa de guapo como nunca, vocifera en las noches de ronda hasta enronquecerse, y alarma a los vecinos con incesante tiroteo en persecución de aves felices, que jamás hiere. Hasta en los nogales de la bolera, ya vestidos de ropaje ufano, trata de hacer puntería sobre los canoros malvises: clama la escopeta amenazante envolviendo la nogalera en humos y fulgores, pero los malvises se vengan siempre del susto recibido, causándole al implacable cazador una terrible envidia al volar, ilesos, a la huerta frondosade Ángeles, en busca de asilo hospitalario.

Más disimulado y prudente, desahogael Estudiantesu mal humor haciendo versos, unos versos mansos y tristes que no parecen haber nacido bajo la tempestad de unas pupilas claras, enfurecidas con relámpagos audaces.

Entretanto Lecio manifiesta a su novia el más voraz deseo de casorio. Zumba su querella con pesadez de mosca en torno a la ventana florida de Isabel, y pregunta, ansioso, en cada palique:

—Pero, di, Sabel, ¿cuándo nos casamos?

—Cuando mi madre coja la cosecha—repite siempre la joven.

—¡Falta mucho tiempo!...

Ella un día, maliciosa, le dice:

—¿Por qué ahora, estás tan impaciente?

—¿Por qué... Por qué?... ¿No ves, criatura, que ya todo el mundo se casa?

—¿Todo el mundo?—repite la muchachacon sorna—. ¡Pues yo no veo que se case nadie más que la señorita!...

Corrido y enojado el hombre, murmura:

—Bueno... ¿nos casamos o no?

Y promete, apacible, la voz de Isabel:

—Cuando mi madre coja la cosecha...

Llegó la hora esperada con tan distintos afanes.

Toda la mocedad aguarda a los novios en el portal de la parroquia: ellas para cantarle a la señorita unospicayoscon letra alusiva, rimada por César Garrido; ellos para confundir con miradas iracundas a quien les arrebata la diosa del valle, la mujer venerada con sagrado culto.

Ha nacido la mañana blanca y triste, con cara de llanto, y cuando la comitiva nupcial se dirige al templo, enfilada por la vereditaestrecha de la mies, arrecia la brisa dura que desde el alba rueda por los caminos como una loca, deshojando flores y columpiando ramajes.

Se convierte luego en amenazador el soplo matinal que enmaraña las nubes y entolda el paisaje. Y, por fin, el cielo montañés llora unas lágrimas cálidas y lentas sobre el cortejo de la boda.

Lleva Ángeles en el brazo, gallardamente, la cola espléndida del vestido, y se apoya en su padre sonriendo, disimulando con heroica dulzura las inquietudes y recelos de su alma. La siguen Adolfo y los convidados, y la rodean los vecinos con viva solicitud, mientras se celebra el casamiento en el atrio parroquial, al uso del país.

Nunca han visto los aldeanos una novia toda blanca, toda envuelta en encajes y flores:

—¡Parece de nieve!—dice seducida una voz.

—¡Parece de azúcar!—clama un goloso.

Y el acento roto de una anciana, suspira:

—¡Parece de nube!...

Entran los desposados en el templo para asistir a la misa de velaciones, y la ronda de Alcázar forma siempre junto a ellos entre las avanzadas del público; primero en el pórtico, después cerca del altar.

Tienen los cuatro mozos un raro aspecto de emoción que parece comunicarse a la concurrencia y llenar el templo de palpitante interés...

Todo Mayo sonríe en el altar convertido en jardín, mientras arrecia la lluvia, ruedan monte abajo los truenos, y a la amarilla luz de los relámpagos muchos fieles hacen, medrosos, la señal de la cruz.

Apenas terminada la ceremonia, cuando los primeros devotos salen al portal, ha pasado la nube dejando el cielo otra vez pálido y triste, sin que de la fugaz tormenta queden señalesmás que en el campo henchido de perfumes bajo la intensa caricia de la lluvia.

Viendo correr el agua en el sendero, todos se preocupan de los zapatitos de seda de la señorita, y Don Felipe y Adolfo conferencian, impacientes, sobre la manera de evitar que Ángeles se moje los pies dentro del blanco estuche que los aprisiona.

Entonces Alcázar entra en el templo y sale al punto llevando al hombro las andas de la Virgen. Encarándose con Ortega se las ofrece y en voz alta le explica:

—Se las regaló mi madre a la Patrona y yo sé que Ella me las presta... El señor cura me da permiso para que Ángeles las ocupe: ¿quiere usted que la llevemos?

Sin que Don Felipe, sorprendido, tuviera tiempo de reflexionar ni responder la concurrencia, agrupada alrededor, grita con entusiasmo:

—¡Que la lleven!... ¡que la lleven!...

Julián le pregunta a la novia, algo desfallecido el acento:

—¿Quieres venir?

Alborozada en medio de aquella férvida expresión de cariño, Ángeles responde, con infantil antojo:

—Iré...

Ya una mano solícita ha colocado en las andas un taburete y la joven va a sentarse, riendo, un poco trémula, cuando un ademán y una mirada de su esposo la dejan indecisa. Pero el nutrido coro de voces varoniles afirma, con sorda expresión colérica:

—¡«Queremos» que la lleven!

Y Ortega contrariado, molesto, toma el brazo de Adolfo para decirle en voz baja:

—Hay que dejarlos...

Sentada Ángeles, por fin, las mozas le arreglan el vestido y el velo, con primor devoto y humilde, y Alcázar y los suyos levantan con dulzura el improvisado trono de la novia ybajan al camino con aquel suave peso entre las manos.

Van delante César y Julián, y los cuatro sienten el aturdimiento estremecedor del triunfo, la exaltación de una ventura efímera, que va a pasar, ruidosa y altanera, como la rápida nube que antes mojó el sendero.

Un grito potente, con inflexiones juveniles de guapeza y bravura, resuena detrás del grupo original, lleno de rústica galantería:

—¡Viva la novia!... ¡Vivan los rondadores!...

Y cada vez que huye deja prendido en el paisaje un eco.

Era como un sueño aquella apoteosis encima de la odorante mies, entre setos floridos y halagadores cantares.

Ángeles quería no llegar nunca a su casa, seguir así un camino largo y dulce hasta el cielo calmoso y pálido que la servía de dosel. Suspiró enardecida por aquel delirio, y Julián volvióse a mirarla con tal expresión codiciosa y ardiente que la joven enrojeció bajo sus azahares. Sus manos temblaron como alas de paloma, estremecidas en la falda crujiente del vestido, y su imaginación tendió el vuelo hacia otra quimera que no finaba en el cielo melancólico, sino en una torre maciza y señorial, en la selva de Alcázar.

Iban todos callados. Orillaban un zarzal en flor, y César, con galanía de poeta, arrancó al pasar una mata olorosa, que colocó a los pies de la niña. El tronco punzador había herido con leve arañazo alEstudiante, y un hilo rojo quedó tendido entre los dedos de aquella mano fina que parecía de mujer.

—¿Te has lastimado?—le preguntó Ángeles solícita.

Y él, con audacia increíble en su tímida persona, respondió mirándola a los ojos:

—Me he lastimado mucho... ¿no ves?

Sonriendo le mostraba la mano blanca y tersa con el tenue surco de coral.

—Un hombre no se lastima nunca—tronó el vozarrón de Salcedo—; y el jándalo, arrogante, presentó un puño de madreselvas conquistadas entre espinas que habían punzado suplebeya manaza. Ya se arriesgaba Julián para ofrecer otro don a la novia; ya Lecio sacudía los matorrales con demente regocijo, cobrando ramilletes preciosos, y en un momento quedaron las andas cubiertas de flores.

Trépido el zarzal bajo las acometidas de los mozos, desde la linde del camino sacudía sobre la virgen desposada, gotas brillantes de la reciente lluvia, y voladores pétalos de los febles capullos. Un bando de miruellos, sorprendido por semejante alboroto, rompió el secreto de su escondite en la maleza y voló encima del grupo, desgranando una escala melodiosa de trinos, a porfía con la tonada de lospicayosque tremolaba en el aire sus dejos largos y tristes de música norteña.

Para aquella hora de aventura y de magia tuvo la belleza de Ángeles una fantástica aparición ideal y gloriosa. En su carne, hecha flor blanca y pura, el espíritu inocente se asomaba a los apacibles luceros de los ojos ya la divina sonrisa de los labios: y fué toda gracia y luz, brisa y perfume, alma del paisaje, visión de los cielos... Salió del éxtasis prodigioso al tocar los umbrales de su casa. Posaron en el zaguán las andas con blandura, y cuando bajó al suelo la niña, sintió que su planta débil se hundía en la incógnita ruta de una vida nueva y cerrada. Tendió la mano con gratitud hacia sus amigos, diciéndoles:

—Quedaros.

Pero Julián se apresuró a responder con la amarga voz de aquel último tiempo:

—Muchas gracias.

Y salió, seguido de los otros, antes de que llegase la comitiva. Iba ciego, con los puños crispados y el paso veloz.

Desde la puerta, con insólita audacia,el Estudiantevuelto hacia la novia, besó la palma de su mano herida y sopló el beso, enviándosele.

Ella, sin enojo, sonrió al doncel y le devolvió en el aire un capullo del azahar prendido en su pecho.

Ya llegaban Don Felipe y Adolfo con los invitados. Detrás venía el pueblo que rodeó la casa, y en la bolera resonó estruendoso otro bizarro grito:

—¡Viva la novia!... ¡vivan los rondadores!

Bajo la emoción de aquel instante en los ojos sombríos de Ángeles Ortega cayó una cortina de llanto que ya nunca se alzó para dejarla ver una ilusión ni una esperanza...

Pasó un año.

Se sabía en el Encinar que Ángeles era muy infeliz, que lloraba sin consuelo el abandono y el maltrato de un marido brutal.

Ortega había regresado a Cuba a raíz del casamiento, y la infortunada joven residía en un pueblo cercano, enferma y sin más cariño que el de Isabel.

Ya Lecio se cansaba de esperar y enviaba a la moza recados apremiantes, pero ella respondía que la señora no podía vivir mucho, y que le era imposible dejarla en aquel estado de soledad y dolor.

Entretanto, la ronda de Alcázar seguía constituida en alianza firme, con treguas de reposo, porque Julián había vuelto a Madrid algunas temporadas arrancado por su familia de la existencia esquiva y dura con que llegó a naturalizarse, y que amenazaba absorberle en eclipse total.

No estaba el señorito más alegre ni era más feliz que el año anterior; pero en sus penas había ya dulzores y blanduras tomadas para remedio de sus males, en la vida regalada y muelle que supo recobrar. Cuando iba al pueblecillo norteño, cazaba en el monte, erraba en la selva y largos días holgaba pensativo y suspirante; pero no urdía torpes aventuras por las callejas ni se vestía en traza de gañán ni llevaba en el rostro aquella huraña expresión alarmante y fiera.

Lo noche que salía con sus compañeros, la ronda cantaba y ornamentaba de flores las ventanas de las niñas; la ronda bebía cervezay disparaba tiros al aire, sin buscar camorra a los novios forasteros. Esta medida, pacífica y generosa, no encontraba oposición en los amigos, porqueel Estudiantevivía enfrascado en la transcendental composición de un libro de versos, dedicadosA una ingrata; iba dejando en él jirones de su romántica pasión y sólo de tarde en tarde fulgían en los ojos zarcos algunos destellos de tempestad. Tenía Salcedo «en tratos» una novia hacendada, fresca y rolliza que le traía desvelado y rendido. Y Lecio andaba mustio y pesaroso con la ausencia de Isabel y la espera de la boda.

Triunfaba la primavera con otro Mayo espléndido, cuando en la aldea se supo que Ángeles había conseguido de su esposo la merced de ir a morirse al Encinar. Un acabamiento rápido la inclinaba hacia la tierra, y deseaba caer sobre las flores del bendito huerto donde dormía, esperándola, aquella pobre criatura sacrificada como ella, aquella madre triste que en la suprema despedida acarició una frente juvenil con palabras de fatalidad.

Y hubo en el vecindario un general movimiento de simpatía y compasión hacia la enferma infeliz, que a los bruscos vaivenes de un carruaje, llegó por difícil camino hasta la puerta de su casa.

La casualidad o el intento llevaron a Julián de Alcázar en aquellos mismos días a su torre, y sabiendo que Ángeles padecía, sola y expirante, con generoso impulso de piedad, fué a visitarla. ¡Ya no era la diosa del Encinar!: un solo año inclemente bastó para marchitar la exquisita frescura de su belleza. Enlanguidecida, mustia, sólo parecían vivir en su semblante los ojos, con tristeza desgarradora, y las mejillas, señaladas con rosetas febriles.

¡Qué lástima le dió a Julián!

Su pasión, que ardía alimentada por el oculto embeleso de una seductora imagen, quedóse, espiritualizada al punto, en excelsa ternura, tan santa y pía, que la doliente hubiera podido refugiarse en los brazos de aquelhombre y dormir o morir en ellos como en los de una madre.

Al ver a su amigo, un sentimiento de coquetería se sobrepuso al dolor, un instante, en el corazón de la mujer. Quiso ella sonreir, y sólo consiguió tender en sus labios de lirio una mueca desesperada. Apenas habló; balbuciente y cobarde, oprimida por un espanto sin horizontes, parecía que el hilo tenue de sus frases iba a romperse en un raudal de lágrimas acerbas.

Alcázar sentía caer en su corazón aquel mudo llanto y subírsele a los ojos en marejada asoladora. Y todo el sensualismo de su amor se derretía en piedad, a la sombría luz de una mirada donde el miedo a la muerte era el único reflejo de la vida.

Al despedirse, Ángeles cruzó las manos en ademán de súplica, y él, conteniendo su emoción con palabras de esperanza, le prometió volver.

También César Garrido fué a visitar a la enferma, seguro de llevarle un consuelo y ansioso de verterle sobre la infinita desolación de aquella mujer. Sentía férvidos impulsos de arrodillarse a sus plantas, de besar sus manos, de cantarla, de mecerla y decirle sus románticos pensamientos en un delirante discurso, antes que la muerte la apresara... La quería siempre y más que nunca porque era el suyo un amor de ilusión y de ensueño, raro y divino, que le estremecía toda el alma con un soplo de inmortalidad. Supieron distraerla sus frases opacas y ardientes, y logró hacerla sonreir, ya cayendo la eterna sombra en las azoradas pupilas.

—Hazme coronas y versos como cuando éramos chiquillos—suspiró con antojo la infeliz.

Él la ofreció cantares y flores, y salió de la novelesca entrevista con cara de muerto y alucinaciones de loco.

Nació el mes de San Juan lleno de alegría, insultante de belleza, y fué creciendo, y llegó entre flores la víspera del santo.

Lloraba amargamente Isabel cerca del sillón de triste memoria donde Ángeles se consumía recogiendo una herencia fatal, de penas y de abandono.

Le había dicho a Lecio la moza:

—No me pongas ramo... no vengas a rondarme ni mucho menos a cantar... La señorita se está muriendo...

Muy dolorido, prometió el novio una prudente conducta en la clásica noche, y con sigiloso respeto se alzó de puntillas en el muro de la bolera para atisbar la estancia penumbrosa donde Ángeles fenecía. Entrevió en la sombra una endrina cabeza desmayada sobre los almohadones del sillón, y el conmovedor perfil de una cara de cera. El gallardo busto de Isabel se inclinaba con anhelante cariño sobre aquella vencida juventud, sobre aquella aniquilada hermosura. Y toda la satisfacción del egoísmo irradió en los ojos asombrados de Lecio, viendo a la flor viva, que era suya, lozanear triunfante encima de la mustia flor que le había fascinado con delirios de irrealizables ambiciones.

Bajóse con cautela de su observatorio, y se alejó a lento paso, cuidando de no hacer ruido en torno a la casa dorada de sol, envuelta en el alborozo insolente de la tarde.

Desde los balcones entornados se escapaba un cuchicheo leve, son de rezo o letanía de lamentaciones, y desde la ondulante nogaleravolaban los malvises en parejas gozosas, hacia la llanura libre de los cielos...

Libre al azul infinito, voló el alma de Ángeles cuando la tarde caía en una intensa declinación de cárdenos fulgores.

Todo el pueblo había escuchado con silencio profundo el raudo volar de aquel espíritu, gentil como el cuerpo que le encarceló: parecía que al tender las alas hubiese dejado una blanca y vívida estela en el sereno celaje. Y estela fué aquella ilusión que en la memoria popular quedó grabada como perenne surco de ternura y recuerdo.

El vecindario, compungido, se unía en el dolor de la temprana muerte, y censuraba, con rencorosa indignación, al infame esposo de la señorita, avisado por la mañana del estado agónico de la enferma.

Entretanto la fidelidad conmovedora de Isabel se prodigaba en delicadas atenciones alrededor de la difunta.

Después de peinarle los abundantes cabellos sobre las sienes de mármol, le puso el traje níveo de la boda y encendió en torno suyo lámparas y cirios.

La belleza mayestática de la muerte había borrado en la cara de Ángeles la mueca amarga del dolor, trocándola en una plácida expresión descansada y serena: dormía la vida su inquebrantable sueño en los entreabiertos ojos parados a la sombra de las pestañas rizosas, y en el profundo livor de las ojeras las últimas lágrimas habían dejado una divina señal de mansedumbre...

Toda la tarde, bajo el calor solar cuajado en la campiña, unas manos pálidas y bellas, que parecían de mujer, estuvieron cortando flores en los huertos aldeanos y tejiendo coronas con demente frenesí, para colocarlas sobre el cuerpo ya duro y frío de Ángeles Ortega. Con aquel postrer don había dejado César encima del cadáver un sollozo, ásperocomo un rugido, y un borrascoso relámpago de su mirada azul.

Cuandoel Estudiantesalió de la trágica visita, le estaba esperando Julián, y juntos conferenciaron en grave reserva. Tenía el señorito el aire solemne y turbios los ojos que largo tiempo contemplaran a la yacente criatura, entre blandones y rosas.

Un poco más tarde corría por el pueblo la noticia de que la ronda de Alcázar se apostaba en la bolera con amenazadora catadura.

Dulce y sosegada nace la noche cuando llega al Encinar aquel potro jerezano de ingrato recuerdo, y la ronda esperándole, ceñuda como el tribunal que juzga a un delincuente, recibe a Adolfo Serrano, que disimula sus temores lleno de arrogancia desdeñosa.

Fué el mismo Alcázar el que dijo:—¡Alto!—con acento augural que subió a los balcones vecinos y resonó, grave, en el cuarto de la muerta.

—¿Qué quiere usted?—grita el forastero, temblorosa la voz y blanca la cara.

Se le acerca Julián hasta echarle el aliento encima, y le responde, en traza bruta de mozo rondador:

—Que te marches ahora mismo porque ya no hay quien te defienda y tenemos mucha gana de matarte.

Indeciso, asustado, hace el intruso volver grupas a su potro, y profiere, como otra vez en aquel mismo lugar:

—¡Cobardes... cobardes...!

Varios palos caen feroces en las ancas lustrosas, y ondulantes como látigos, alcanzan al jinete.

Hace ademán Adolfo de sacar su revólver, y al punto cuatro manos, dueñas de armas semejantes, le apuntan, inclementes, bajo una tenaz lluvia de improperios:

—¡Ladrón!

—¡Asesino!

—¡Sinvergüenza!

—¡Matador de mujeres!...

Serrano huye. Vuelan los palos a su espalda y algunas piedras le persiguen en la desatinada carrera.

Ya va a perderse en un recodo del sendero, cuando el silbo de una bala y el estampido de un disparo le aturden con más vivo terror.

Inclinado en la silla con un movimiento brusco, ruge y maldice, abrazándose al cuello del animal, que se desboca en galope de espanto.

Detrás de ellos queda en la ruta blanca un rastro de sangre caliente, y en la bolera, una mano fina, que parece de mujer, empuña un revólver humeante.

La mirada azul de César Garrido tiene un bárbaro reflejo de venganza...

Bella noche fué aquella de San Juan, noche silenciosa en el poblado donde otras veces eniguales horas se derramaba la alegría de la mocedad.

Las novias se quedaron sin ramo y sin serenata; la plaza, sin baile y sin hoguera; los rondadores, sin palique. Y en la pureza virginal de la brisa no tremolaron las picantes coplas, ni elijujúmontañés resonó, intrépido y agudo, en los agrios jirones de la sierra.

Ángeles dormía acunada por el duelo del Encinar, mimada en su florido lecho por la tristeza robusta de incultos corazones, en los cuales la compasión fructificaba con todos los densos aromas de la vida desnuda y fuerte, del dolor íntegro y primicial, lleno de impulsos y de instintos humanos.

El disparo certero deel Estudianteatrajo a los mozos con sed de ruido y de camorra, cuando vieron pasar, en disparatada fuga, el caballo de Adolfo. Estaban ya los caminos confusos por la sombra de la noche, y delantede la visión fugitiva todos hicieron acerbos comentarios y se rieron con saña.

Entraron, después, bajo los nogales, muy despacio, mudos y recogidos como en la iglesia, y uno a uno se fueron subiendo a la pared de la bolera para mirar al interior del cuarto mortuorio. En el lecho se destacaba, impreciso, cubierto de galas, el rígido perfil del cuerpo helado; la mística cera de los cirios lloraba sobre la alfombra sus lágrimas ardientes, y de las coronas, suspendidas en torno, caían con lentitud algunos pétalos de flor.

Agrupáronse los mozos estremecidos junto a la casa, hablando quedo; sus cigarros brillaban a porfía con las luciérnagas de la linde; temblaba la sombra con suavidad de idilio, y en el fondo de la bolera la ronda de Alcázar, enmudecida, atraía el interés general.

Estaba muy pálido Fidel, y mirando alEstudiantecon profunda admiración, pensaba, receloso, en las posibles consecuencias de aquella hazaña. En vísperas de boda, bien hallado con su dinero y su tranquilidad, le angustiaba la idea de verse, acaso, envuelto en una acusación de muerte, él, que jamás logró encañonar a un solo pajarillo con su escopeta escandalosa...

Había sentido Julián aquella tarde el espasmo bestial de la venganza, con escalofrío deleitoso, dócil su naturaleza a las sensaciones de la ruda hostilidad que tantas veces le dominó. Lejos el impulso cruel, no le aterraba su responsabilidad en la aventura, que arrostraría con el poderoso dominio de la torre de Alcázar y asumiría con nobleza protectora. Y dejó de pensar en el fugitivo jinete para consagrarse al recuerdo de la muerta, lleno de lástima y amor. Le harían un entierro precioso al día siguiente, al caer la tarde, pidiéndole otra vez al señor cura las andas de laVirgen, donde la niña desposada anduvo antaño aquel mismo camino en brazos de la ronda...

Lo mismo que antaño arrancarían para ella, al pasar, las flores silvestres de los setos, en la blanda ruta de la mies... Cada fúnebre posa tañería con un dolor nuevo, nunca igual sentido ni llorado, que dejaría en el Encinar una caricia de las lágrimas siempre viva y suspirante como la mansa corriente de un arroyo... Julián imagina, traspasado de emoción, el gemido de la cancela al derramarse en el atrio parroquial detrás del cuerpo de Ángeles, ya en la vereda del cementerio: imagina el sordo rumor de la tierra, cálida y polvorosa, cayendo implacable sobre el florido ataúd... Un enternecimiento sutil posee al joven; una compasiva pena que le duele como por una hermana chiquitina o por una novia lejana, a la cual en la adolescencia hubiese dulcemente adorado...

Crece la noche; la tardía luna, brillando apenas en el cielo, baja a la nogalera, y como si apartase con invisibles manos las trémulas hojas, se asoma al cuarto de Ángeles y la besa en la frente.

El hueco de la triste ventana abre en el muro señorial un cuadro de fatídica luz, luz de catafalco, lívida y temblona; algunas mujeres rezan, dormitando en un rincón.

Ya corre, liviana, la brisa del amanecer, rizando los árboles, cuando Lecio, que atisba la reja de su novia, ve un instante a la muchacha detrás de los vidrios. Empuja la puerta y despacio, llama:

—¿Sabel?

Quiere responder ella, rompe en sollozos, y el vozarrón de Lecio se suaviza todo lo posible para suplicar:

—¡Sabel!... ¡Sabeluca!... No llores, mujer, que aquí estoy yo...

El acento condolido de la muchacha se une a las palabras afanosas del mozo, dejando en el aire un jirón de vida sana y fuerte, esperanzada y fecunda, allí, a lo largo del camino, donde brotan, húmedas todavía, las sangrientas flores del odio.

Y como ya palidece la luz funeral del cuarto de Ángeles, delante de la aurora, por debajo de aquella ventana que parpadea con tímido resplandor, como un astro moribundo, desfila por última vez, brava y humilde, la ronda de los galanes...

Entreabrió Marcela un poco la ventana, y, sin vestirse, apoyándose en el lecho recién abandonado, se puso a mirar con obstinación a los dos nenes que dormían arropados en una escanilla, la humilde cuna montañesa. Eran en todo semejantes: robustos, encarnados, con las cabecitas muy juntas, parecían nacidos a la vez, como esos capullos de las rosas fuertes que se abren en dos botones rojos y ufanos, bajo un mismo rayo de sol.

Fuerte rosa de bizarra hermosura, la madrugadora mujer que contempla a los niños no trasciende a cultivo selecto de jardín: es joven y arrogante, pálida y tranquila, con el encanto agreste y puro de una rosa de zarza. Su belleza, medio desnuda, se estremece al influjo de una sorda inquietud, y, sin embargo, el rostro, impasible y hermético, no delata la obscura turbación.

Con los profundos ojos clavados en la cuna, Marcela revive, una vez más, sus incertidumbres, a partir de la reciente noche en que, dormida con el nene en los brazos, la despertó la voz de su marido.

—¿No oyes?

—No... ¿Qué sucede?

—Escucha...

—Es un niño que llora a la puerta.

—¿Un niño que llora?... ¡Si parece un recental que plañe!

—Pues es un nene pequeñín como el nuestro.

—¿Un jayón, entonces?

—Sin duda.

—Y ¿qué hacemos?

—Abrir y recogerle hasta la mañana.

Andrés se levantó, muy presuroso, y la moza vió al instante, cómo la obscuridad del campo dormido se asomaba al portón abierto frente a la alcoba matrimonial.

Luego el llanto de la abandonada criatura resonó, más apremiante y sensible, dentro del dormitorio.

Incorporada y absorta, Marcela recibió aquel hallazgo lamentable, y le acercó a la luz.

—¡Un niño!—murmuró, cuando entre la ropa, escasa y pobre, aparecieron las carnecitas nuevas y rosadas. Y fijándose más en el semblante, sereno de pronto, encendido y bobalicón, añadió confusa:

—¡Si es igual que nuestro Serafín!... ¡Parecen gemelos!

—Todos los rapaces de esta edad se parecen—repuso Andrés, con una voz tan desusada y trémula, que la esposa levantó hacia él los ojos llenos de sueño y maravilla, y se quedó mirándole de hito en hito.

Pero el mozo bajó los suyos grandes y tristes, volvió la cara, como buscando alguna cosa, y torpemente fué diciendo:

—Me acostaré en ese otro cuarto para que te arregles mejor con «estos huéspedes»; aquí te voy a estorbar...

Quería sonreir y mostraba una prisa tan inquieta por marcharse, que la mujer le detuvo pasmada.

—No entiendo lo que dices; se conoce que estoy medio dormida...

Manifestóse Andrés más impaciente al repetir:

—Que te dejaré mi sitio libre para tu comodidad.

—¿Y qué hago con el crío?

—Tú quisiste que le abriese la puerta...

—¡Claro! No íbamos a dejarle morir sin un socorro.

—Pues ahora «eso» es cosa tuya.

—¿Cosa mía?... Yo le cobijaré esta noche, y al amanecer tú darás parte en el Ayuntamiento para que le lleven a la Inclusa.

—¿Después de haberle metido en casa?

—¡Ah!; y este amparo, en trance de muerte, ¿nos obliga a criarle?

—Tú verás...

—¿Cómo que yo veré? ¿Te has vuelto loco?

Con el piadoso instinto de las madres, Marcela había colocado, distraidamente, al niño forastero junto al suyo, y el pobre chiquitín se adormecía al dulce calor de la caridad, mientras la moza, ya bien espabilada, sentía el dardo de una sospecha en el corazón y musitaba con acerbo propósito:

—¡Que le críe la bribona que le echó al mundo!

—¿Bribona?—interrogó el marido, huraño,volviéndose desde la puerta—. ¿Qué sabes tú?

Iba a salir cuando le retuvo otra vez el acento alarmado de la joven:

—¡Andrés, Andrés; ven acá: no huyas! Tú estabas despierto esperando al jayón; tú tienes preparadas las respuestas a lo que yo te digo sorprendida; tú quieres que guardemos con nosotros a este niño, y disculpas a su madre, que bien puede ser...

—¿Quién ibas a decir?

—Esa... ¡Irene!

Pálido como un difunto, violento de pronto, avanzó el marido hacia la cama, y Marcela, después de mirarle fijamente en los ojos amenazadores, toda estremecida se echó a llorar.

Cuando él pudo separar las manos de la joven y descubrirle el rostro, ya se mostraba sumiso y afable aunque le temblaba mucho la voz.

—No llores, mujer. No sabes lo que dicesni lo que piensas—murmuró, acariciándole el sedoso cabello sobre la frente.

Ella, confiándose con mayor abandono a la repentina zozobra, repuso:

—Sí lo sé: pienso y digo la verdad. Este niño es de Irene... Hace tiempo que no sale de casa y todo el mundo asegura que su madre la esconde...: no puede ser de otra en el pueblo.

—Y aunque así fuese; una moza honrada no es extraño que quiera ocultar un desliz.

—¿Un desliz?... Eso nada me importaría.

—Pues, ¿qué te importa?

Hubo un silencio largo y difícil. Andrés, sentado en el borde de la cama, parecía haber recobrado la serenidad, y al cabo Marcela expresó con gran timidez:

—Tú la querías antes de casarnos... ¡Quizá la quieras aún!... No se le han conocido «desde entonces» amoríos ni rondador...

—Y todo eso, ¿qué?

—El niño se parece a ti.

—¡Marcela!

—Es igual que el nuestro... ¡Mírale!

Intentó descubrir al intruso, pero el marido extendió la mano sobre él con un movimiento de alarma.

—¡Déjale; se va a despertar!—pronunció con angustia, otra vez perdido el aplomo. Y luego de callar un instante bajo la mirada inquisitiva y llorosa de su mujer, hizo un esfuerzo para decir:

—Oye, Marcela... No te negaré que quise a Irene; pero te quise a ti más y la dejé por ti... Nada tengo que ver con su vida ni con su honra, y nada sabía esta noche del jayón. Cuando le sentí a la puerta pensé que balitaba un corderín, ¡ya ves!... Tú dijiste: «Es un niño que llora», ¿te acuerdas?

—Sí hombre, como que eso acaba de pasar, ¿no he de acordarme?—replicó la muchacha con despecho ante aquellas razones pueriles.

Pero él, evitando otras de más fuste, con mucha lagotería, siguió hablando.

—Bastante hemos aguardado al primer hijo, si ahora tenemos dos, recogiendo a este infeliz, bien los podemos criar.

—¿Y por qué? ¡dime!—exclamó la moza casi airada, secos ya los ojos y resplandecientes en la media obscuridad del aposento.

Andrés contestó, siempre evasivo:

—Porque tenemos harta cosecha y lucios ganados; porque tú eres caritativa como una santa...

Quería Marcela interrumpirle, y él, puesto ya de pie con definitiva resolución, agotadas las últimas palabras que se le ocurrían, le dió un abrazo y le susurró al oído:

—¡Porque así te querré más y seremos más felices!

Ya salía de la alcoba dejando a su mujer pálida y muda cuando se volvió a ella para añadir:

—¡Y no me hables nunca de Irene!...

Después de unas horas de insomnio y estupor, vió Marcela clarear las primeras luces del amanecer y oyó, como de costumbre, salir a su marido con el ganado por la cambera arriba, camino del ansar.

En la torre de la parroquia sonaron unas campanadas tranquilas, y al blando tañer respondieron en los corrales la fanfarria de los gallos y el repique de las abarcas; en los nidos, el revuelo de las plumas; en el aire, los rumores de la fronda; la vida tornaba, áspera y fuerte, a posarse en la aldea, como si en la escanilla de Serafín no durmiese con él un niño extraño, y Marcela no velase aquel misterio transida de inquietud...

No ha pasado todavía un mes y ya el sueño del intruso en aquella cuna tiene los caracteres de una cosa normal. Ya en el pueblo no se habla del últimojayón, el niño hallado en la reciente noche a la puerta hospitalaria de Andrés. Aunque recayeron sobre Irene las sospechas de aquel abandono, alguien dijo que la moza estaba sirviendo en Santander, libre de calumnias, y que al nene «le habían corrido» hasta Rianzar, desde un pueblo cercano. Ello fué que los chismes y losrumores quedaron rezagados en el fondo de las conciencias, sometidos bajo la reservada actitud del matrimonio bienhechor. Tampoco era nuevo el caso de recoger a una criatura desvalida en aquellos hogares montañeses, y reconocido Andrés como el más acomodado labrantín de los contornos, se explicaba mejor el hallazgo en los umbrales de su casa, donde, por añadidura, había una mujer fuerte y animosa que aguardó con ansiedad el fruto de sus amores durante cinco años, peregrina de los altares milagrosos y de las fuentes que proporcionan el don de la fecundidad... Sin duda, la madre deljayónhabía encontrado alguna vez a Marcela delante de la Virgen de la Esperanza, en súplica ferviente, con un cirio en la mano y una pena en los ojos; acaso la sorprendió una noche cabe la fontanuca del argomal, bebiendo ansiosa, bajo el plenilunio, el agua llena de la apetecida virtud...

La moza devana conjeturas y suposicionesqueriendo convencerse de que el amparo al nene desconocido es para ella un providencial tributo de agradecimiento a Dios, un interés que paga a la inmensa ventura de ser madre. Se muestra a ratos optimista y sonríe al intruso con bondad, casi con gratitud; ha llegado a posarle los labios en la frente y por supuesto, le cuida como al suyo, cumplidora leal de un deber que tácitamente aceptó y que ya no discute, porque, cuando mira al niño como ahora, estremecida y turbada, piensa: «Aunque sea hijo de Andrés, me conviene guardarle para que la afición que le tome no vaya lejos de mí; para quela otrano «le tire» y me viva obligado.»

La otraes una mujer de quien siempre Marcela tuvo celos, aunque no se lo confesara a sí misma y no hubiese motivo para tanto.

Ni hermosa ni liviana, Irene es hembra poco temible como rival, y, sin embargo, sus ojos grandes, verdes y húmedos, tienen unarara hondura de aguas misteriosas que produce inquietud y sugestión.

Cuando Marcela ha visto a su hombre distraído y perezoso, con la mirada ausente y el suspiro en la boca, ha deseado más que nunca la llegada de un hijo, y ha pensado con inexplicable augurio en las hondas pupilas de Irene, llenas de encanto y de secreto... Ella fué la primera novia de Andrés, y desde que él la dejó para casarse con una forastera, allí al lado vive retraída y solitaria; marchitándose sin amor, con los profundos ojos abiertos sobre cada reciente hogar... Si Andrés la nombra, le parece a Marcela que revive en los labios del mozo una ternura ungida de remordimientos; si la habla, imagina que todo él se hunde, enamorado, en el abismo de los ojos verdes; pero ni la habla ni la nombra a menudo, y hasta se podría suponer que la huye.

No obstante, la celosa recuerda una vezmás en esta mañanita de Abril, algunas pérfidas insinuaciones de los vecinos, supone que Irene está en su casa escondida, y contempla aljayónimpuesto en el hogar por Andrés.

—¡Es suyo, es suyo, es «de ellos»!—murmura, con el rostro impasible y el alma zozobrante.

Permanece desnuda y absorta junto a la escanilla hasta que siente frío y la hiere en la cara un rayo de sol. Ya es hora de vestirse y trabajar. Antes de hacerlo, tiende, serena, la mano hacia los pequeñuelos dormidos, y les signa en el aire con una cruz.


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