CUADRO CUARTO
Plaza en los barrios bajos de Madrid. Desembocan en ella distintas callejuelas. A la izquierda; en segundo término, una puerta practicable cerrada, y sobre ella un rótulo que dirá «Barbería». Sobre la puerta cuelgan dos bacías de cartón. Es de noche. Los faroles de la plaza y de las callejuelas encendidos. La luna ilumina con suave claridad la parte izquierda del escenario.
El Serenoy unCafeteroambulante. Al levantarse el telón aparece elSerenosentado en un portal leyendo un periódico a la luz del farol. Se oye a lo lejos el pregón delCafetero.
Cafetero(Hablado con música.)—¡Cafeeé calienteeeé!... ¡Cafeeé!... (Sale a escena.)
Sereno.—¡Hola, tú!
Cafetero.—¡Adiós, Pepe!
Sereno.—Échate un vasito.
Cafetero(Sirviéndole.)—¡Vaya una helá que está cayendo!
Sereno.—¡Anda, que de peores han de caer! ¡Ahora escomienza el invierno! (Bebe el café.)
Voz(Lejos.)—¡Serenooó!
Sereno(Fuerte.)—¡Vaaá!... (Pagando.) ¡Toma! (Vase foro izquierda.)
Cafetero.—¡Hasta mañana! (Vase foro derecha.) ¡Cafeeé calienteeé... cafeeé!
ElSeñor PrudencioyAntoñita.Al desaparecer elCafetero,aparecen por el extremo de la calle del foro el señor Prudencio, embozado en su capa y Antoñita, arrebujada en un mantón, con una toquilla en la cabeza y un lío de ropa en la mano. Andan vacilantes y como temerosos de llegar a la barbería.
Antoñita(Llorosa y sosteniéndose en el brazo de su padre.)—¡Ay, padre de mi alma, yo no puedo más!... ¡Tengo un temblor y un frío!... ¡Yo no me muevo de aquí! (Se sienta en el quicio de una puerta al lado de la barbería.)
Prudencio(Muy conmovido.)—Pero oye, rica, ¿por qué no nos vamos en cá el señor Polinio, donde estábamos, y mañana de día vienes tú solita?
Antoñita.—¡Ay, no, padre; no se empeñe usté! ¡Yo estoy muy mala! ¡Yo quiero subir a casa! ¡Yo no estoy fuera de mi madre ni unmenutomás, no señor!
Prudencio.—¿Pero no comprendes, hija, que después de lo que nos acaba de pasar y siendo tu madre dueña de la barbería, yo ya no puedo entrar ahí más que a que me pelen? ¡y carcúlate si me coge tu madre, me rapa!... ¡y con razón!
Antoñita.—¡Ay, qué temblor! (Tiritando.)
Prudencio.—Llamaremos al sereno y entras tú, ¿quieres? ¡Yo... yo voy a dar un paseo!... (Llorando.)
Antoñita(Se levanta y le abraza.)—¡No, padre; por Dios! ¿cómo se va usté a ir?
Prudencio.—¿Pero con qué cara entro yo, si esa casa ya no es nuestra, Antoñita?
Antoñita.—La casa no será de usté, pero es de mi madre, y mi madre es mía, y usté también es mío; y yo la hablaré, y verá usté cómo no nos echa; porquesi nos echara, ¿dónde vamos a media noche y con laheláque está cayendo?
Prudencio.—¡Hija de mi alma!... ¿tienes frío?
Antoñita(Llorando.)—¡Ay! ¿por qué no habré gustao, padre?
Prudencio.—¡No, si has gustao, hija!... ¿pero crees que no has gustao?... ¡ya lo creo que sí!... sino que... vamos... te ha faltao eso que... ¿Quiés mi capa, hija? ¿Estarás helá con ese traje?
Antoñita.—No. Misté qué lástima, ¡se me ha roto todo! (Enseña el traje roto.) ¡Pero el frío lo tengo en los huesos!
Prudencio(Con ira, señalando a la barbería.)—¡Y esa madre infame y egoísta, ahí dentro, roncando!... ¡miserable!
Antoñita.—¡Ay!... ¡mire usté! (Asustada mirando al foro.)
Prudencio.—¿Qué es? (Volviéndose.)
Antoñita.—Dos hombres. (Aparecen en el foro discutiendo el Ciruqui y el Repollo Chico.) ¿Me querrán coger por lo del teatro? Arrímese usté... tengo miedo. (Prudencio la abraza.)
Dichos,elCiruquiy elRepollo Chico,que salen del foro, se acercan a la barbería, se fijan en el grupo y saludan
Ciruqui(Acercándose.)—¡Güena noche!
Prudencio.—(¡Calla! ¡Paece la voz del Ciruqui!) (Alto.) Ciruqui, ¿eres tú?
Ciruqui.—¡Pa servirle, no asustarse!
Repollo.—¡Y un servidó!
Prudencio.—¡Con el Repollo Chico! (¡La cuadrilla de tu hermano!)
Antoñita.—(¿A qué vendrán?)
Prudencio.—¿Y qué os trae por aquí a estas horas?
Ciruqui.—Pos na, que viníamos a jasele una rasón a la señá Felisiana de parte de Casirdo y se lajaremoa osté, que mejó será. ¿No? (Al Repollo.)
Repollo.—Sí (Muy seco.)
Prudencio.—¿Pues qué pasa?
Repollo(A Ciruqui.)—(Díselo en frazmentos. ¿No?)
Ciruqui.—(Sí.) (Titubeando.) Pué lo que pasa es que... Casirdo ¿sabe osté?... pué ha toreao esta tarde.
Prudencio.—¡Mi hijo! ¿Ha toreao? (Muy alegre.)
Repollo(Con tristeza.)—Un ratito.
Ciruqui.—Y como Casirdo e como e, que ya sabe osté como e, dijo dise, puesto que esta nochedrebutami hermaniya, si le digo a mi pare que atoreo, le doy un día de acongojo... ¡y se lo cayó er probetiyo!
Prudencio.—¡Pobre hijo mío! (Con cara radiante.) Y qué, ¿habrá quedao como los ángeles? (Los toreros se miran.)
Ciruqui.—¿Como los ángeles? (Mira al cielo.) ¡Por ahí, por ahí!
Repollo(Mirando al cielo también.)—¡Más arto!
Prudencio(Cambiando en gesto de terror la expresión alegre de su cara.)—¡Recontra! ¿Qué decís?
Antoñita.—¡Ay mi Casildo! (Llora.)
Prudencio.—¡Ay mi hijo! ¡Ay, Ciruqui, habla! ¿Muerto?... ¿herido?... (Interroga con ansia horrible.)
Ciruqui.—Una mijita meno. Carmarse.
Repollo.—¡Cuéntalo tó!
Prudencio.—Sí, cuenta, cuenta... (Impaciente.) ¿qué le ha ocurrido?
Ciruqui.—Pos na... fué en su segundo. Era un berrendo en negro, gordo, de Palha... ¡Palha tenía que ser! ¡Mardita sea su casta, que le tengo yo un asquito a esos bichos!... Coge Casirdo los trastos, se va ar toro, y ar da er quinto pase, lo empitona, se lo sacude, ¡y a la armósfera!
Prudencio.—¡Dios mío!
Antoñita.—¡Qué horror!
Ciruqui.—Y esto sería a las cinco y media... güeno, pos no le gorvimo a ve hasta las ocho y cuarto.
Repollo.—¡Con desile a osté que bajó ya vendao!
Antoñita.—¡Virgen Santa!
Prudencio.—¿Y dónde tiene la cornada?
Ciruqui.—No, corná no tié denguna. Ha sío una palisa na má, sino que ha sío una de esa ¡de órdago! ¿No? (Al Repollo.)
Repollo.—¡Ha sío uncúmulo!
Prudencio.—¿Y dónde está? ¿dónde está mi hijo?...
Ciruqui.—Pues ahí se queó en un cafetín hasta sabé si su mare quié recibilo.
Antoñita.—¡Vamos, vamos por él!
Prudencio.—Sí. ¿Dónde? ¿Dónde es?
DichosyCasildo,que viene por el foro cojeando, con la cabeza vendada y un brazo en cabestrillo
Casildo(Con voz llorosa.)—¡Padre!
Ciruqui.—¡Erse-lomo!
Prudencio.—¡Hijo mío! (Van a abrazarle Prudencio y Antonia y huye.)
Casildo(Con terror.)—¡No; no apretarme! ¡Ay, ay, qué dolores!
Prudencio.—¿Qué tienes?
Antoñita.—¿Qué ha sido?
Casildo.—¡Ay, padre, que yo no toreo más! (Llorando.) ¡Que no toreo más!
Ciruqui.—¡Vaya, pues nosotros... con permiso!...
Prudencio.—¡Gracias por todo, hijos!
Repollo.—Aliviarse y que no sea na. (Mutis los toreros foro.)
Prudencio.—¿Dónde te duele, hijo de mi alma, dónde?...
Casildo.—¡Me dueleen el total, padre! ¡Ay, qué dolores!... (Mirando a su hermana.) ¿Y qué... y ésta cómo ha quedao?
Prudencio.—Pues por el estilo. ¡Le ha tocao un publiquito de Palha también!
Antoñita.—¡Podíamos estar en la cárcel, conque no te digo más!
Casildo(Con desconsuelo.)—¡Dios mío! ¿De manera que ya no se van ustés a París?
Prudencio(Con viveza y furia imponente.)—¿A París?... ¡Maldita sea su vida!... ¡Si yo cogiera alguna vez al ladrón aquel del Carpanta, que fué el que me metió en el jaleo y el que me ha traío esta ruina y esta tristeza, te juro que!... (Amenazador y furioso.)
Pepe(Desde lejos pregonando.)—¡Chuletas de huerta! ¡Chuletaas!...
Prudencio.—¡Recontra! (Con asombro.)
Casildo.—¡Paece su voz! (Atendiendo.)
Pepe.—¡Que humean!... ¡Chuletaas!...
Prudencio.—¡Él es! (Se acerca a la primera derecha y llama a voces.) ¡Carpanta! ¡Carpanta!
DichosyPepe el Carpantapor la primera derecha con una cesta
Pepe(Saliendo.)—¿Quién?
Prudencio.—¡Carpanta! ¡Maldita sea! (Le amenaza.)
Pepe.—¡Prudencio! ¡Tú! ¡Ay, Prudencio de mi alma, mátame si quieres!
Prudencio.—Pero oye: ¿cómo es esto? ¿No estabas en París?
Pepe.—Sí, Prudencio. Allí estuve y de allí vengo.
Prudencio.—¿Pues qué te ha pasao?
Pepe.—¿Que qué me ha pasao?... Pues que a mi mujer y a mi hija me las encontré que estaban de una conformidad... que ya sabes tú que yo siempre he sido un fresco; bueno, pues pa ver lo que veía y aguantarlo, tenía que ser completamenteglacial, y afrapéno hay padre que llegue. Las dejé y me volví.
Antoñita.—¡Pobrecito! ¿De manera que se ha quedao usté solo en el mundo?
Pepe.—¡Solo, no, con patatas! (Señalando la cesta.) Me he vuelto a agarrar a la cesta, y poco es una peseta, pero al menos se duerme tranquilo. ¿Y vosotros, qué hacéis?
Prudencio(Señalándole a los hijos.)—Pues mira elespetáculo; ésta recién gritada, éste recién cogido y yo recién ambas cosas; con la barbería perdida y sin atreverme a implorar de la Feliciana la miaja de acobijo que tanto despreciábamos.
Dichos,Felicianay elSerenopor el foro
Feliciana(Dentro, llamando.)—¡Pepeee! ¡Serenooo!
Prudencio.—¡Ay, callarse! ¿Esa voz?...
Antoñita.—¡Es mi madre! (Con alegría.)
Casildo.—¡Ella es!
Sereno(Dentro y desde lejos.)—¡Vaaa!
Prudencio.—¡Ay, en cuanto nos vea! ¡Pero ella fuera e casa! ¿A qué habrá salido? (Carpanta se separa y se va a un rincón. El padre y los dos hijos se quedan formando un grupo a la puerta de su casa.)
Feliciana(Sale foro.)—¡Abra, Pepe! (Deteniéndose al fijarse en el grupo.) ¿Quién está a la puerta e casa?
Sereno.—No sé... (Acercándose.) ¿Quién?
Antoñita.—¡Madre! (Los dos con voz lastimera.)
Casildo.—¡Madre!
Feliciana(Corriendo y abrazando a Antonia.)—¡Mis hijos! ¡Hijos míos! ¡Hija de mis entrañas! ¡Corazón! ¡Alma mía! (Abraza y besa a su hija, y al ir a abrazar a su hijo, éste da un grito de terror. Pausa larga.) ¿Has toreao, eh? (Con amargura.)
Antoñita.—¡Un ratito!
Casildo.—¡Palhas, madre!
Feliciana.—¡Pobrecitos míos! (A Prudencio que permanece callado.) ¿Y tú alucinao, pobre loco, lo ves? (Teniendo abrazados a sus hijos.) ¿Lo estás viendo? ¿Has visto las estrellas?
Casildo.—¡Yo las he visto, madre!
Antoñita.—¡Y yo casi, casi!
Prudencio(Realmente conmovido.)—¡Feliciana, perdón... pero pa ellos na más! ¡Yo no lo merezco! ¡Armítelos en casa, y yo... yo me iré solo! ¿Los armites?
Feliciana(Furiosa y gritando.)—¡Vaya usté a paseo, peazo animal! ¡Eso se le pregunta a una loba! Abra usté esa puerta, sereno. (Abre el Sereno.) Adentro, hijos míos. (Con dulzura.) Entrad a ese rincón de casa que llamábais triste y oscuro, porque vosotros ¡pobrecitos! no sabíais que el cariño y el trabajo son alegría y claridad. Adentro.
Antoñita.—¡Ay, madre! ¡Cualquier día vuelvo yo a bailar un tanguito! (Antonia y Casildo hacen mutis por la barbería.)
Prudencio(Entusiasmado y conmovido.)—¡Feliciana, eres una santa! ¡¡Adiós!!
Feliciana(Cogiéndole del pescuezo.)—¡Pasa, pasa tú también o te acogoto, so mandria! (Le lleva a la barbería a empujones y puñetazos.)
Prudencio.—¡Eres una santa! ¡Dame un beso!
Feliciana(Rechazándole bruscamente.)—¡Quita de ahí, majadero!
Prudencio.—Bueno, te lo daré dentro. (Entra en la barbería.)
Feliciana(Con inmensa satisfacción.)—¡Ya son míos! ¡Y curaos de su locura! ¡Gracias a Dios! (Al Sereno.) ¡Buenas noches, Pepe! (Mutis barbería.)
Sereno(Cerrando.)—¡Ustés descansen!
Pepe(Acercándose con entusiasmo.)—¡Eso es una madre, eso!... y no las que cogen a las hijas y las quién pa... ¡maldita sea!... (Marchándose hacia el foro y pregonando.) ¡Chuletas de huerta!... ¡Chuletaaas! (Música.)
TELÓN