CUADRO TERCERO

CUADRO TERCERO

Riberas del Manzanares. En los laterales izquierda, últimos términos, se ve la fachada posterior de un restaurant, y un trozo de jardinillo correspondiente a él y circundado por una empalizada de listones unidos en forma de celosía. Esta valla que constituye un ángulo recto, tiene un pequeño portoncillo, practicable, que da a la escena en línea paralela a la casa. Por las ventanas abiertas del merendero sale la viva claridad de la luz eléctrica. En el telón de fondo se ven los pinares de la Florida, y en la parte derecha de la decoración un poético remanso del río, iluminado por la luna, que luce su claridad entre las copas de viejos álamos. Un puentecillo rústico da por el foro, paso sobre el río.—Sobre la orquesta se oye muy lejos la marcha de un tren, que pasa por la vía férrea próxima al lugar de la acción; las levísimas campanadas de un reloj muy lejano y los perdidos ecos de la canción de un viandante. Escúchase también el ladrido, casi imperceptible, de un perro de los que acompañan a los vigilantes de los lavaderos, y contrastando con estas perdidas notas de soledad y misterio se escucha dentro del merendero el rasgueo alegre de las guitarras y la vibrante voz de un cantador de flamenco, que es jaleado con ruidoso entusiasmo.

Cantador,dentro

Música

Es la penita más grandequerer y que no te quieran,quien quiere sin esperanzaconoce la pena negra.Ay, serrana mía,por quererte a ti de verasconozco yo esa penita.

Es la penita más grandequerer y que no te quieran,quien quiere sin esperanzaconoce la pena negra.Ay, serrana mía,por quererte a ti de verasconozco yo esa penita.

Es la penita más grandequerer y que no te quieran,quien quiere sin esperanzaconoce la pena negra.Ay, serrana mía,por quererte a ti de verasconozco yo esa penita.

Es la penita más grande

querer y que no te quieran,

quien quiere sin esperanza

conoce la pena negra.

Ay, serrana mía,

por quererte a ti de veras

conozco yo esa penita.

Lucila.Sale por la izquierda, primer término, envuelta en un mantoncillo; se para junto a la empalizada y escucha las últimas notas de la canción flamenca, que termina con voces y aplausos, reinando luego el silencio.

Hablado

Lucila(Admirada.)—¡Buena voz! Paece un mixto de verderón. Debe ser Pepe el Trampas. Náa, que no he marrao. Aquí está la boda del Guitarrero. ¡Jesús divino, qué día llevo! Dende la ensalá que armé esta mañana lo estoy pasando deole. Primero cuatro horas en ladelegapor haberle deteriorao el crepé a la Señá Antonia; así de que salgo, dejo a mi padre, me voy a cá la señá Quintina a ver qué había sido de Serafín, y me cuenta la pobre vieja, toaazará, que a las siete había llegao el susodicho joven con la cara como una pandereta, después de haber corrido tóo elbarrioaveriguando en qué merendero estaban celebrando la toma de dichos; y así de que llegó a casa escribió una carta, le dijo a la señá Quintina que se la llevase a su maestro si a las once de la noche no había vuelto, y apretó a correr. No se necesita ser un lince pa calcular las tripitas que traerá. Y yo, yo estoy que me deshago de nerviosa; tengo frío y calor tóo a un tiempo, y me saltan las sienes. ¡Ojalá dé con él! Rondaré el merendero... (De pronto queda escuchando.) ¡Sí!... (Mira con atención.) Uno se acerca. ¿Será él? (Se oculta por la izquierda.)

Lucila,oculta;Serafín.DespuésCarmen, señor Valeriano, Invitado 1.ºeInvitada 1.ª

Serafín(Apoyándose angustiado en la empalizada.)—¡No me puedo tener en pie! Tengo el sudor helao y la boca amarga como una retama. Llevo dos horas esperando una ocasión, sin saber si entrar de repente u aguardar que salgan. Aguardaré: es más seguro. He querido irme cien veces, he probao y no puedo; cuando me separo de aquí paece que hasta las piedras me llaman gallina... Y en toas partes oigo lo mismo... las mismas palabras, que ya se me han agarrao al corazón. ¡Te ha engañao! ¡Mátala! ¡Tiés derecho!... Y yo no sé; no sé si tengo derecho u no, lo que digo es que me ciega la idea de que está con otro. Y así no puedo vivir. Sí. Esta noche acabará todo. (Se oyen voces dentro del merendero.) Salen... ¡Que no me vean! ¡Si fuera ella! (Se oculta tras la empalizada.)

Carmen(Dentro del jardinillo y como hablando con alguno del merendero.)—¡Ja, ja, ja! (Ríe.) No, si no tardamos.

Serafín.—¡Ella! ¡Por fin! (Saca la navaja.)

Valeriano(Dentro.)—No, un menuto. Vamos ahí, al lavadero delQuico, a ver si quié dejar venir a la chica, y verán ustés cómo baila las sevillanas. (Salen por el portoncillo a la parte exterior de la escena Carmen, Valeriano, Invitada primera e Invitado primero.)

Invitada 1.ª—¡Oye... qué noche hace; si paece de verano!

Invitado 1.º—Da gusto.

Carmen.—Yo estaba deseando de salir; me ahogaba ahí dentro con el humo de los cigarros (Aparte aValeriano.) y tenía gana de que hablásemos un ratito con libertá.

Valeriano.—Y yo. Pero, ¿por qué no has sacao el mantón?

Carmen.—Si no tengo frío.

Invitada1.ª—Yo me le he puesto.

Valeriano.—Póntelo que por aquí siempre cae relente.

Carmen.—Lo cogeré por darte gusto. (Entra por el jardinillo al merendero.)

Invitada1.ª—No tardes.

Invitado1.º (Desde el puentecillo.)—Mirar qué bonito hace desde aquí este pedazo del río con la luna. (Valeriano y la Invitada1.ªvan a mirar.)

Invitada1.ª—Qué hermosa es la noche, ¿verdá?

Valeriano.—La noche y el día; cuando se está a gusto tóo es bonito.

Carmen(Saliendo.)—¿Dónde están?... (En este momento Serafín, que se oculta tras la empalizada, va a lanzarse sobre Carmen con la navaja en la mano y se encuentra fuertemente detenido por Lucila, que al ver su actitud sale de su escondite sigilosamente quedando en acecho tras él, hasta este momento en que le sujeta el brazo y le tapa la boca con la otra mano.)

Serafín(Va a llamar.)—Car...

Lucila(Tapándole la boca.)—Chissss...

Serafín(Con voz ahogada.)—¿Eeeeh?... ¿quién?

Lucila(En voz baja.)—¡Silencio!

Carmen(Llamando.)—¡Valeriano!

Valeriano(Desde el foro.)—Por aquí.

Carmen(Mirando hacia atrás al irse.)—Juraría que he oído moverse esas ramas. (Desaparece por el foro.)

LucilaySerafín

Serafín.—¡Lucila! pero, ¿eres tú?

Lucila.—Sí, yo; ¡yo mismita!

Serafín.—Suelta... suelta... (Forcejean.)

Lucila.—No... aguarda... aguarda un momento. (Al ver que ha desaparecido Carmen.) Ya... ya estás libre; yapuésguardarte esa navajita y salir. Y a tóo esto mu buenas noches.

Serafín(Tembloroso y frenético.)—¿Y tú a qué has venido?

Lucila.—Náa, hombre, que como note se véel pelo por dengún lao y no tiéstiléfono, quería hablarte y ¡velay!

Serafín.—¡Vete... vete y déjame, Lucila!

Lucila.—Y ¡camará, cómo recibes; recibes que arañas! (Restañándose con saliva un arañazo de la mano.) Si lo sé te dejotrajeta.

Serafín.—Bueno, pronto; acaba y vete. ¿A qué has venido?

Lucila.—¿Que a qué he venido? (En voz baja con ira.) ¡pues a llamarte asesino y cobarde!...

Serafín.—¡A mí!

Lucila.—¡A ti!... ¡que querías asesinar a una mujer! (Le sujeta el brazo.)

Serafín.—¡Lucila!

Lucila.—¡Baja la voz!... ¡Sí, asesinarla!

Serafín.—¡Tengo derecho!

Lucila.—¿Derecho a matar? ¡A matar a una mujer! ¿porque no te quiere?... ¡Mentira!

Serafín.—Suelta.

Lucila.—No quiero. Ten paciencia. Alguna vez en la vida hay que oir a la razón, aunque moleste. El hombre, no tié derecho a matar a una mujer, nunca,Serafín, nunca; ni aunque le engañe. Así, en redondo. ¡Ni aunque le engañe!

Serafín.—¡Bueno, déjame en paz! Tú eres una chica que no sabes lo que hablas.

Lucila.—¿Que no sé lo que hablo? ¿que no tengo razón?... Bueno, conformes; pero si yo no la tengo, menos la tienen esos chulos indecentes que te aconsejan y que porque llevan un pantalón ceñido y unos tufos repeinaos, se creen amos de las mujeres y jaleándose unos a otros arrean por el mundo, haciendo cisco a toda la que se les resista. ¡Pero, eso sí, cuando ellos se cansan de una mujer, entonces, chito! Pa eso son los amos. La pisotean y ahí queda eso. ¡A la basura!... ¡Ole los valientes! ¿Quién defiende eso?... ¿Quién? ¡porque si lo dice la justicia, reniego de ella! ¡y si lo dicen los hombres, los hombres que dicen eso, no son hombres, Serafín! ¿Queréis que la mujer sea una esclava?... bueno; pero entonces lo menos que se pué hacer es dejarla que escoja la cadena que más le guste. ¿No te parece?

Serafín.—Yo no sé de eso que me dices; pero oye, Lucila, (Con amargura.) ¿cómo vive uno viendo su querer en otros brazos?

Lucila.—¡Ay, mu remalamente, chico! Eso sí que lo sé yo poresperencia.

Serafín(Sorprendido.)—¿Tú?

Lucila.—¡Yo!... ¿Te paece raro, verdá? Pues sí, Serafín; yo, he querido a un hombre más que a mi vida.

Serafín.—¿Pero tú?

Lucila.—Más que a mi padre; más que a náa en el mundo. ¡Y él, ni agua!

Serafín.—¡No se lo habrás demostrao!

Lucila.—Tóos los días.

Serafín.—¿Con palabras?

Lucila.—¡Qué palabras! Lo que no dicen los ojos al mirar y las acciones buenas, ¿cómo lo van a decir los labios? Y ese hombre, no ha reparao en ello ni pa agradecérmelo. Y yo callando y sufriendo le he visto irse con otra. Llorar y reir por ella; y en misratos de desesperación lo he pensao tóo, tóo... ¡Menos matarlo!... porque él no tenía la culpa. El cariño lo escoge el corazón libremente y se quiere lo que se quiere, bueno o malo, sin saber por qué. Y por amor, Serafín, se sufre, como yo he sufrido; se llora, como yo lloro... ¡pero no se mata! (Llora.) ¡No se mata!

Serafín.—¡Lucila!

Dichos, señor Balbino;luegoValerianoyCarmen

Balbino(Saliendo y poniendo la mano en el hombro de Serafín.)—Y sabes...

Serafín(Sorprendido.)—¡Tío Balbino!

Lucila.—¡Padre!

Balbino.—¿Y sabes quién es el sujeto que ha matao la alegría de esa creatura?

Serafín.—¿Quién?

Balbino.—¡Tú!

Serafín.—¿Yo?

Balbino.—¡Tú!

Lucila.—¡Padre, por Dios!

Balbino.—¡Me da la gana decirlo! No está la nochecita pa miramientos; conque trae esa navaja, (Se la quita del bolsillo.) y arrea pa tu casa.

Serafín(Resistiéndose.)—¡Tío!

Balbino(Amenazador.)—Y cállate, si no quiés llevarte el melón en rajas; que lo menos que podemos pedirte es que sufras tú por esa, lo que ésta ha sufrido por ti, ¡conque andando!

Serafín.—¡Es que me llamarán cobarde!

Balbino.—Te aguantas. ¡Más vale paecer cobarde que ser asesino de mujeres! ¡Esa sí que es cobardía!... Y además, mira... (Aparecen en el fondo Carmen y Valeriano, cogidos del brazo muy juntos, hablándose amorosamente al oído. Quedan parados.)

Serafín.—¡Ellos!

Balbino.—¡Ellos!... ¿Y ves ese cariño que es pa otro? ¡Pues ese no sería pa ti ni a navajazos! Conque ¿a qué pelear?...

Serafín.—¡Sí... tié usté razón!... ¡Tié usté razón!... ¡Adiós!... ¿Por qué... por qué no me habrá querido? (Vase rápidamente frotándose los ojos.)

Lucila(Con amargura infinita. Abrazando a su padre.)—¡Así, Serafín, así es como se quiere!... ¡Ay, padre, cuántas veces he dicho yo esas mismas palabras!; ¿por qué... por qué no me habrá querido?

(Se escucha en el merendero la voz del Cantador que canta:)

¡Es la penita más grandequerer y que no te quieran;quien quiere sin esperanzaconoce lapena negra!

¡Es la penita más grandequerer y que no te quieran;quien quiere sin esperanzaconoce lapena negra!

¡Es la penita más grandequerer y que no te quieran;quien quiere sin esperanzaconoce lapena negra!

¡Es la penita más grande

querer y que no te quieran;

quien quiere sin esperanza

conoce lapena negra!

(Cae pausadamente el telón, mientras cantan la copla.)

FIN DEL SAINETE


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