LOS ATEOS

LOS ATEOS

Interior de una taberna establecida en la calle del Peñón, a dos pasos del Campillo de Mundo Nuevo.

Es de noche. El aire de latasca, enrarecido por el humo de los cigarros, amengua la luz de las débiles bombillas, dando aspecto siniestro a aquellas gentes famélicas y desarrapadas que llenan las mesas.

Se huele a vino, a tabaco, a guisos fuertes.

En el velador de un rincón acaban de comerse unoslivianosy de apurar unosquinces, previamente jugados al mus, Baldomero elBizco, Nicomedes elSoga, el señor Eulalio y el señor Floro.

Pepe elMalagua, dueño del local, les hace los honoresosequiándolescon unaslimpiasde Monóvar.

Se habla a voces de la última cogida de unfenómeno.

De pronto, un poco confuso, suena a lo lejos, en el silencio de la calle, espaciado y solemne, el repiqueteo de la campanilla del Viático. Le sigue, como ruido complementario, el lento rodar de un coche.

En el interior de la taberna se hace un breve silencio. Todos atienden.

El señor Eulalio, un poco indeciso, levanta la mano con disimulo y toca levemente la visera de su gorra.

Una ruidosa carcajada, que se deshace en aspavientos, en muecas de burla, y en soeces interjecciones, es el comentario que pone la reunión a la inofensiva reverencia del pobre anciano.

Señor Floro(Muerto de risa.)—¡Ja, ja, ja..., pos no se iba a quitar la gorra! ¡Ja, ja, ja!...

Señor Eulalio(Un poco avergonzado.)—Hombre, yo...

Baldomero.—¡Amos, quite usté d’ahí, so beata!

Señor Eulalio.—Pero, señores, el que un hombrehaga una cosa porque tenga ciertos principios, no creo yo que...

Nicomedes.—¡Te conocíamos como peón de mano, pero como santurrona!... ¡Ja, ja, ja!...

Pepe el malagua.—¡Medio siglo haciéndonos creer que se desayunaba con acólitos en pepitoria, y de pronto nos resulta uncofrade!

Señor Eulalio.—¡Hombre, hacer el favor de no insultar!

Señor Floro.—Eulalio, vas camino deljaimismo.

Señor Eulalio(Ya amoscado.)—¡Voy camino de la venta de la... Rubia! ¡Señor... miá tú qué tendrán que ver las narices con el buen tiempo!

Señor Floro(Dando un enérgico puñetazo sobre la mesa.)—Entonces, ¿por qué saludas ante las patrañas eclesiásticas?

Señor Eulalio.—Saludo porque no creo que haga falta la desageración en cosa ninguna. Porque yo no es que pise una iglesia, que eso, Dios me libre...; pero tampoco soy como tú, que porque un díaestarnudasteen la calle y te dijeron “Jesús”, tuviste un juicio de faltas. Ni soy como ese, que no pasa un cura por su lao que no le profiera una ofensa, bien oral, bien mímica. Yo no me persigno ni creo en esas pamplinas de santos ni de novenas; pero, señor, una meaja de fe en algo hay que tenerla.

Señor Floro.—¡Fe en el progreso humano!

Todo el concurso(Que queda pendiente de la discusión.)—¡Mu bien!

Señor Eulalio.—Estoy en ello; pero yo lo que te digo, Floro, es que tié que haber un Ser superior, llámese Dios u llámese como se llámese, que haiga formao este Universo que nos cobija.

Señor Floro.—Aquí no hay más Dios ni más ser que la Naturaleza madre y su produzto, que es el hombre, animal soberano y libre; y tóo lo demás que te digan, zanahorias condimentadas.

Señor Eulalio.—¿De forma que tú crees que el mundo se ha hecho solo?

Señor Floro.—De un modo automóvil, sí, señor.

Señor Eulalio.—¿Y de dónde ha surgido?

Señor Floro.—Del caos.

Señor Eulalio(Dudando.)—¡Qué caos ni qué cacaos!...

Señor Floro.—Ni más ni menos. ¡Del caos!

Señor Eulalio.—¿Y qué es el caos, vamos a ver?

Señor Floro.—La nada flotante.

Nicomedes(Admirado.)—¡No le coge en una!

Señor Floro.—Y pa que te enteres de lo que no sabes, te diré que este globo terraquio que habitamos no es ni más ni menos que una corteza desprendida de otro planeta que se ha enfriao.

Un oyente.—Iría de verano.

Señor Floro(Muy molesto.)—Al que se chufle cojo una botella y le hago una alusión personal en las narices.

Varios.—Callarse, hombre. (Silencio profundo.)

Señor Eulalio.—Entonces, dime a mí, ¿qué soy yo, vamos a ver?

Señor Floro.—Un mísero gusano dedicao a la albañilería y nacido de la putrefación terraquia.

Señor Eulalio.—¡Arrea! ¿Yo gusano...? Hombre, Floro, dices unas cosas...

Señor Floro.—Chist...; aquí todo se prueba, como en las sastrerías. Ejemplo práztico de tu gusanez. Coges un peazo de queso, lo tiras a ese rincón, vuelves a los quince días y lo encuentras fermentao.

Señor Eulalio.—Eso será si no hay ratas, porque si hay ratas no lo encuentras.

Señor Floro.—Aquí tienen gato. Por eso he puesto el ejemplo. Pues de la misma forma que el queso fermenta y salen gusanos u seres móviles y vividores, lo mismo de la cáscara mundial salieron seres u gusanos, que somos tú y yo, éste y ese, la Inacia, la Tadea y personas que nos acompañan.

Todos.—¡Mu bien!

Un oyente.—Eso no es posible, señor Floro.

Señor Floro.—¿Quién ha graznao esa negativa?

Un oyente.—Servidor; porque si yo creyera que una mujer con unos ojazos y unas formas como lasde su cuñada de usté era produzto de un pedazo de queso, yo tiraba una bola. (El auditorio ríe.)

Señor Floro(Amoscado.)—Tiés una cabeza, mi amigo, que la incluyes en un puesto de melones y no desmerece. Estoy filosofeando, y, por lo tanto, hablo en sentido hipotecario, ¿estamos?

Un oyente.—Ah, bueno, usté disimule.

Señor Floro.—No hay dequeque. Orejita es lo que hace falta pa saber oir. Y voy a rematar. Por lo tanto, Eulalio, ni hay ser superior, ni cielo, ni purgatorio, ni andróminas de esas. En este mundo no hay nada más que este mundo, donde está todo, lo bueno, lo malo y lo entreverao. Y el día que te mueras vuelves al seno de la tierra materna y te haces polvo, fósforo, gaseosa... nada. ¡He dicho!

Delirantes aplausos y risas soeces acogen las últimas frases del ateo.

El señor Eulalio, reducido al silencio por la explosiva dialéctica de su rival, calla en un rincón.

Otra vez vuelve a oirse la campanilla del Viático, que regresa. Se va acercando, acercando... Al fin, pasa, y, cada vez más lejana, se pierde en el silencio de la calle desierta, seguida del lento rodar del coche.

Aquella pobre gente, a pesar de todo, deja de reir.

Mutación

Interior de una alcoba humilde en una casa pobre.

Son las dos de la madrugada.

En la obscuridad suena el tictac vigilante de un reloj.

Tendidos en una modesta cama, duermen el implacable ateo señor Floro y la señá Felipa, su consocia.

De pronto, el pobre hombre despierta, da un grito agudo y se lleva las manos al lado izquierdo del pecho, incorporándose, lívido y tembloroso.

Señor Floro.—¡Ay, madre!... ¡Ay, Felipa!

Señá Felipa(Despertando aterrada.)—¿Qué te pasa, Floro? (Enciende la luz.)

Señor Floro.—¡Ay, Felipa, qué dolor! ¡Ay, que me muero!

Señá Felipa.—Pero, ¿qué t’ha dao?

Señor Floro.—¡Ay, que no lo sé!... ¡Ay, que tengo aquí un puñal!

Señá Felipa(Echándose de la cama.)—Pero, ¿dónde?

Señor Floro.—¡Ay, en esta parte!... ¡Ay, que llamen a un médico, que yo no puedo respirar! ¡Ay, Felipa, que es un dolor de costao!... ¡Ay, que yo no sé qué tengo!

Señá Felipa.—¡Por Dios, hombre, no te apures!

Atacado de una aguda neuralgia intercostal, el señor Floro sigue quejándose con amargos lamentos; mientras, la señá Felipa se echa una falda y corre a llamar a los vecinos.

A poco, el cuarto se llena de gente a medio vestir, que anda de un lado a otro, perpleja y estuporizada.

Vecina primera.—Pero, ¿qué ha sido?

Vecino primero.—Pero, ¿qué tienes, Floro?

Vecina segunda.—Debe ser algo que le ha hecho daño.

Vecino segundo.—¿Qué cenaste anoche?

Señor Floro.—¡Ay, que no lo sé!... ¡Ay, que yo me muero!... ¡Salvarme, por lo que más queráis!

Uno.—¡Eso ha sido la mojama!

Una.—¡Pué que sea flato!

Otra.—Hacerle tila.

Otro.—Darle aceite.

Vecino primero.—Ponte boca abajo.

Vecina segunda.—Calienta una franela.

Señá Felipa.—Matías, por Dios, vete a la Casa de Socorro y que venga un médico.

Matías.—Voy en un vuelo. (Sale disparado.)

Dan al enfermo aguas cocidas, unturas; le aplican bayetas, ladrillos calientes...; todo inútil. La violencia del mal no cede. El señor Floro, en el paroxismo del dolor, da gritos desesperados y espantosos, revolcándose en la cama.

Señor Floro.—¡Ay, que me muero!... ¡Ay, que no puedo más!... ¡Ay, Virgen del Carmen, quítame este sufrir, por lo que más quieras!... ¡Ay, Dios mío de mi corazón!...

La señá Escolástica, una vieja motejada de beata por la vecindad, se acerca al lecho.

Señá Escola.—Hombre, señor Floro, como tié usté esas ideas, yo no me he atrevido a decirle a usté una cosa... Pero ahora que le oigo a usté mentar a Dios y a la Virgen Santísima, si usté quiere, yo le daré un remedio que se le quita ese dolor en dos segundos.

Señor Floro(Incorporándose. La mira con ojos ávidos.)—¿En dos segundos?... (Abrazándose a ella.) ¡Ay, señá Escola de mi vida, dígamelo usté por su madre, sea lo que sea antes que me muera!

Señá Escola.—Pues que yo tengo unos sellitos de la Virgen de la Paloma, ¿sabe usté...? que se rebuñan un poco, se hacen como una bolita, se tragan en un sorbito de agua, se reza con fe un “Dios te salve María” y al menuto curao.

Señor Floro(Mirándola con angustia.)—¡Ay, señá Escola!... ¡Ay, que yo no puedo hacer eso!

Señá Escola.—Pero, ¿por qué?

Señor Floro.—Mis ideas, que no me dejan.

Señá Escola.—¡Pero no ve usté que si se muere ya no va usté a tener ninguna idea!...

Señor Floro.—¡Ay, señá Escola, no me haga usté ajurar de mi credo, que es no creer en náa!...

Señá Escola.—¡Pues vaya un credo!

Señá Felipa.—¡Amos, Floro, tómate el sello, que dicen que se han visto casos milagrosos!

Señor Floro.—¡Ay, que no puedo!... ¡Todo, menos eso!

Señá Escola.—Pero ¿qué le ha hecho a usté la Virgen de la Paloma?

Señor Floro.—Si no es la Virgen, es Lerroux, que me pondría como un trapo si lo supiera.

Vecino primero.—¿Y quién se lo va a decir?

Señá Escola.—Hale... traer agua... Aquí tié usté el sello bendito... A tomárselo.

Señor Floro.—¿Pero yo...? ¡Una cosa eclesiástica!...

Señá Felipa.—Tómatelo con fe, Floro.

Señor Floro.—¡Ay, bueno; lo tomaré porque no puedo más de dolor; pero por Dios, no se lo digáis a Pablo Iglesias, que ya no me saludaría!

Señá Escola.—Adentro.

Señor Floro(Después de tomarse el sello.)—¡Ay, ya está...! ¡Ay, Virgen Santa, dispénsame en lo que te haiga faltao; pero quítame esta punzada, que me atraviesa, y en cuanto me levante te llevo un albañil de cera...!

Da un suspiro. Los quejidos son cada vez más débiles. A poco, se duerme. Las mujeres rezan en voz baja.

Mutación

En la calle de la Ventosa se hallan departiendo animadamente el señor Eulalio, insultado la noche antes porclericalen la taberna de la calle del Peñón, y el señor Dimas elChurrero.

El señor Eulalio refiere a su amigo el incidente del Viático, y éste a su vez le pone en autos de laconversióndel señor Floro, su vecino, con el detalle del sellito y demás pormenores.

Se despiden. El señor Eulalio sube calle arriba. Al torcer por la de la Paloma se detiene estupefacto, viendo venir al señor Floro, ojeroso y vacilante, camino de la iglesia. Trae un cirio en la mano, cubierto hasta la mitad con un pedazo de papel de periódico.

Señor Eulalio(Atajándole.)—¡Adiós, Floro!

Señor Floro(Aterrado.)—¡¡Eulalio!! (No sabe dónde meterse el cirio.)

Señor Eulalio(Sonriendo.)—¿Qué llevas en la manita?

Señor Floro.—Na; que, de paso que voy a la obra, unas vecinas me han dao el encargo de que traiga esta tontería ahí, a esa estupidez de iglesia que hay ahí en la...

Señor Eulalio(Acentuando su sonrisa.)—No te molestes... ¡lo sé todo...!

Señor Floro.—¿Te han contao lo de mi dolor de anoche?

Señor Eulalio.—Y lo del sellito.

Señor Floro(Bajando la cabeza avergonzado.)—Chico. Eulalio, la verdá, me hicieron hocicar; pero es que me vi negro. Creí que la diñaba... ¡Y cuando le ve uno los zancajos a la muerte...!

Señor Eulalio.—¡Qué me vas a decir, Floro...! ¡Yo era peor que tú! Yo te podía dar veinticinco pa cincuenta en custión de ateísmo. ¡Pero amigo, un día—tú sabes la pasión que tengo yo por mi nieta, que no quiero otra cosa en el mundo—, pues fué el angelito y me cogió eso que le dicen ladizteria, que creí que me se moría! Chiquillo... de pensar yo que me iba a quedar sin aquel pispajo que me se agarra a las rodillas toas las tardes cuando vuelvo de la obra, y que es mi único consuelo... Amos, que me dió una angustia interior, por dentro, que dije: “¡Dios mío, si me la salvas, me pongo hábito aunque sea!” ¡Y me la salvó! Por eso anoche, en la taberna, cuando pasaba el Viático, me quité la gorra. Hay que ser agradecido.

Señor Floro.—Tiés razón, Eulalio; dispensa las gansás que te dije.

Señor Eulalio.—Quita, primo; si uno lo comprende todo. Cuando el hombre está bueno y sano y se encuentra en la taberna rodeao de cuatro necios que le ríen las gracias, el hombre es un valiente, que se atreve con tó lo humano y con tó lo divino; pero cuando cambia el viento, y viene la negra, y el dolorte mete acobardao y solo en el rincón de tu casa... Será uno tó lo blásfemo que sea; pero yo te digo que no hay quien no levante los ojos pa lo alto y pida misericordia.

Señor Floro.—Esa es la chipén.

Señor Eulalio.—En fin, con decirte que yo ya hasta me persigno por las noches...

Señor Floro(Asombrado.)—¿Y te acuerdas?

Señor Eulalio.—Hombre, como es lo primero que le enseña a uno su madre... Y hago más.

Señor Floro.—¿Qué haces?

Señor Eulalio.—Pues que cuando paso por delante de una iglesia, pa saludar y que no me se burlen los compañeros, me quito la boina y me la sacudo de yeso.

Señor Floro.—A mí me se había ocurrido levantarme la visera de la gorra y rascarme, que también es disimulao.

Señor Eulalio.—Sí, pero eso no tié novedaz.

Señor Floro.—¿Tú crees?

Señor Eulalio.—Se lo he visto hacer a la mar deateos.

TELÓN


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