XVII

Dolly era una mujer demasiado sutil para no tener ocasiones de recibir luces de la naturaleza de aquellas de que había hablado, de modo que no permaneció mucho tiempo sin volver a tratar el asunto.

—Maese Marner—dijo Dolly un día que había ido a llevar a la choza unas ropas de Eppie—, he estado preocupadísima con vuestras cavilaciones y con la «echada a la suerte»; y la cosa se enredó en mi espíritu en todos sentidos, de modo que acabé por no saber cómo considerarlo. Pero una noche la volví a ver completamente clara, por decir así, la noche en que velaba a la pobre Bessey Fawkes, que murió dejando a sus hijos en esta tierra—que Dios los ayude—; el asunto que digo, se me apareció tan claro como la luz del día. Sin embargo, el que lo comprenda bien ahora o el que esté en estado de poderla traer de algún modo a la punta de mi lengua, eso es otra cuestión, porque a menudo tengo muchas cosas en la cabeza que no quieren salir. Y por lo que hace a las gentes de vuestro país que, según vuestro propio testimonio, no dicen nunca oraciones de memoria, ni con su libro, es preciso que sean prodigiosamente hábiles. Yo, si no supiera el Padrenuestro y algunas migajas de buenas palabras que puedo recoger en la iglesia, por más que me pusiera de rodillas todas las noches no sabría qué decir.

—Sin embargo, señora Winthrop, siempre podéis decir alguna cosa que yo soy capaz de comprender—observó Silas.

—Pues entonces, maese Marner, el asunto se me presentó de este modo: soy incapaz de comprender una palabra de la «echada a la suerte» y de la respuesta falsa que dio por resultado. Quizá habría que recurrir al pastor para explicar esto, y no podría hacerlo sino con grandes palabras. Pero lo que me vino al espíritu tan claro como el día, mientras velaba a Bessy Fawkes—siempre se me ocurren estas cosas cuando comparto las penas de mi prójimo, y que comprendo que no puedo hacer mayor cosa por él, ni aunque me levantara en medio de la noche—, lo que me vino al espíritu es que Aquel que está allá arriba tiene un corazón más blando que el mío; porque yo no podría de ningún modo ser mejor que Aquel que me ha creado, y si hay cosas que me es difícil entender, es porque hay otras cosas que ignoro. A este respecto, hay sin duda muchas que me son desconocidas. Lo que sí es muy poco seguramente. Así es que mientras pensaba en esto, os presentasteis a mi espíritu, maese Marner, y entonces todo lo que voy a decir entró, de golpe: si yo he sentido en mí misma lo que hubiera sido justo y razonable para con vos, y si oraron y echaron a la suerte, todos, excepto aquel malo, si esos, digo, estuvieron dispuestos a hacer por vos lo que era justo en el caso en que lo hubieran podido, ¿no debemos contar con Aquel que nos ha creado, visto que sabe más que nosotros y tiene mejores intenciones? De esto es de lo que estoy segura; el resto es para mí una cuestión complicada cuando pienso en ello; porque vino la fiebre y se llevó mis hijos grandes y me dejó los más débiles; hay los miembros rotos; hay aquellos que, queriendo obrar bien y no beber con exceso, tienen que sufrir a causa de los que son diferentes. ¡Oh! ¡hay penas en este mundo, y hay cosas que jamás las podemos entender! Todo lo que podemos hacer es tener confianza, maese Marner, y cumplir con nuestro deber, tanto como nos sea posible. Ahora bien: si nosotros que ignoramos tantas cosas estamos en condiciones de darnos cuenta de que existen algún bien y alguna justicia, estemos seguros de que hay más bien y más justicia de las que somos capaces de concebir: y siento en mí misma que no puede ser de otro modo. Y si hubierais podido seguir teniendo confianza no hubierais huido de vuestros semejantes, maese Marner, y no hubierais sido abandonado hasta este punto.

—¡Ah, pero, sin embargo, eso hubiera sido difícil!—dijo Silas con voz baja—; hubiera sido difícil tener confianza entonces.

—No cabe duda—dijo Dolly casi con contrición—que es más fácil decir estas cosas que hacerlas, y casi me da vergüenza hablar de ellas.

—No, no, señora Winthrop—dijo Silas—, tenéis razón. Existe algún bien en este mundo, ahora lo comprendo; y esto nos convence de que hay más del que podemos pretender, a pesar de los disgustos y la maldad. Esa costumbre de echar a la suerte es obscuro, pero la niña no ha sido enciada; hay designios, sí, hay designios a nuestro respecto.

Este diálogo tuvo lugar en tiempo de los primeros años de Eppie cuando Silas tenía que separarse de ella dos horas por día para que fuera a aprender a leer con la maestra de escuela. Había tratado en vano de guiar él mismo los primeros pasos de su hija adoptiva para la instrucción. Ahora que era grande, Silas había tenido ocasión a menudo, en esos momentos de apacible confidencia que se presentan a las personas que viven juntas en un afecto perfecto, de hablar también del pasado con ella; de decirle cómo y por qué había vivido solo hasta que ella fuera enviada. Aun cuando se contara con la reserva más delicada respecto de este punto de parte de las comadres de Raveloe en presencia de Eppie, las preguntas que ésta hiciera al crecer, relativamente a su madre, no hubieran podido ser evitadas sin enterrar por completo el pasado y establecer entre sus corazones una separación dolorosa.

Así es que Eppie sabía desde hacía tiempo cómo su madre había muerto sobre la tierra cubierta de nieve, y cómo ella misma había sido encontrada junto al hogar por su padre Silas, que había creído que los rizos de oro eran sus guineas que le habían devuelto. El efecto tierno y particular con que Eppie habíase criado bajo sus ojos, en una intimidad casi inseparable, ayudado por la soledad de su habitación, la había preservado de la influencia perniciosa de las conversaciones y de los hábitos de las gentes de la aldea. Este afecto le había conservado en el alma esa frescura que se considera a veces, pero erróneamente, como una cualidad esencial de la rusticidad.

El amor perfecto encierra un perfume de poesía que puede ennoblecer las relaciones de los seres humanos menos cultivados, y Eppie estaba rodeada por ese perfume desde el día en que había seguido el brillante rayo de luz que la guió hasta el hogar de Silas. No hay por qué sorprenderse si, bajo otros aspectos, sin hablar de su belleza delicada, no era por completo una aldeana común y poseía asomos de elegancia y un calor de alma que no eran sino los frutos naturales de sus sentimientos de pureza cultivados por el cariño. Era demasiado niña y demasiado ingenua para que su imaginación se extraviara en preguntas respecto de su padre desconocido. Durante mucho tiempo ni aun se la había ocurrido que debía tener un padre. La idea de que su madre debía de haber tenido un marido sólo se le presentó al espíritu el día en que Silas le mostró el anillo que había sido quitado del dedo de la muerta y cuidadosamente guardado por él en una caja de laca barnizada que tenía la forma de un zapato. Había confiado aquella caja al cuidado de Eppie cuando ésta fue grande y ella la abría con frecuencia para mirar el anillo; pero, a pesar de esto, casi no pensaba en el padre de que aquella sortija era símbolo. ¿No tenía acaso uno a su lado que quería más de lo que todos los padres verdaderos de la aldea parecían querer a sus hijas? Por el contrario, la cuestión de saber quién era su madre y cómo ésta había llegado a morir en semejante abandono, preocupaba a menudo su espíritu.

Por lo que sabía de la señora de Winthrop, su mejor amiga después de Silas, comprendía que una madre debía ser muy preciosa; y muchas y muchas veces le había pedido a Marner que le dijese cómo era la fisonomía de su madre, a quién se parecía aquella pobre mujer, y cómo la había encontrado contra la mata de retama, guiado hasta aquel sitio por las huellas de los pequeños pasos y de los bracitos echados hacia adelante. La mata de retama todavía estaba allí, y aquella tarde, cuando salió con Silas al sol, eso fue el primer objeto que atrajo y concentró las miradas y los pensamientos de Eppie.

—Papá—dijo la joven con un tono de dulce gravedad que, como una cadencia triste y lenta, interrumpía a veces su alegría—, vamos a cercar la mata de retama; así se encontrará en el ángulo del jardín, y alrededor voy a plantar margaritas y crocus, porque Aarón dice que esas plantas no mueren y se desarrollan cada vez más.

—¡Ay, hija mía!—dijo Silas, siempre dispuesto a hablar cuando tenía su pipa en la mano, causándole evidentemente más placer el dejar de fumar que el arrojar bocanadas—, no estaría bien que dejáramos sin cercar la mata de retama. A mi entender, no hay cosa más bonita cuando está cubierta de flores amarillas. Lo que hay es que me pregunto cómo haremos para tener una cerca. Quizá Aarón pueda darnos un consejo. Necesitamos poner una, porque, si no, los asnos y las otras bestias lo estropearán todo. Y no es fácil hacer una cerca, según tengo entendido.

—¡Ah, se me ocurre una idea, papaíto!—dijo Eppie de pronto, juntando las manos, después de reflexionar un minuto—. Aquí hay una gran cantidad de piedras desparramadas. Algunas no son grandes: podríamos colocarlas unas encima de otras y hacer una pared. Vos y yo colocaríamos las pequeñas y Aarón cargaría las otras, estoy segura.

—Pero, tesoro mío—dijo Silas—, no hay bastantes piedras para rodear todo el jardín, y en cuanto a que las carguéis vos no hay ni qué pensarlo. Con vuestras manitas seríais incapaz de cargar una mayor que una patata. Sois de una constitución delicada, querida mía—agregó con voz suave—; eso es lo que dice la señora de Winthrop.

—¡Oh! yo soy más fuerte de lo que os imagináis, papá—repuso Eppie—, y si no hay bastantes piedras para cercar todo el jardín, servirán para proteger una parte. Después será más fácil conseguir palos u otras cosas para el resto. ¡Fijaos cuántas piedras hay alrededor de la cantera grande!

Corrió hacia aquella parte para levantar una de aquellas piedras y demostrar su fuerza; pero de pronto retrocedió muy sorprendida.

—¡Ah! papá—exclamó—, venid a ver cómo ha bajado el agua desde ayer. ¡La cantera estaba ayer tan llena!

—Es cierto—dijo Silas, poniéndose junto a ella—. ¡Ah! es el drenaje que han comenzado a hacer después de la cosecha en las praderas del señor Osgood. Me parece que sea eso. El que dirige los trabajos nos dijo días pasados cuando yo pasaba cerca de los obreros: «Maese Marner, no me extrañaría que fuésemos a dejar nuestro pequeño campo más seco que un hueso. Es el señor Godfrey Cass quien se ha puesto a drenar; ha readquirido esos prados del señor Osgood.

—¡Qué raro nos va a parecer el ver seca la vieja cantera!—dijo Eppie, mientras que se volvía y agachaba para levantar una piedra bastante grande.

—Ved, papaíto, que puedo cargar muy bien ésta—agregó dando algunos pasos con mucha firmeza, pero dejando en seguida caer la piedra.

—¡Ah! qué forzuda sois, ¿eh?—repuso Silas, mientras que Eppie, a quien los brazos le dolían, los sacudía riendo—. Vamos, vamos, no volváis a alzar piedras y venid a sentaros conmigo junto al barranco. Podríais lastimaros, hija mía. Necesitaríais de alguien que trabajara por vos, y mi brazo no es ya bastante vigoroso.

Silas pronunció esta última frase lentamente, como si ella implicara otra cosa que lo que iba a herir el oído. Cuando estuvieron sentados, Eppie se arrimó contra su padre y tomándole con ternura el brazo que ya no era muy vigoroso lo mantuvo sobre sus rodillas mientras que Silas fumaba su pipa concienzudamente, lo que le ocupaba el otro brazo. Tras de Marner y su hija, un fresno de la cerca formaba una pantalla recortada que los protegía contra los rayos del sol y proyectaba sombras felices y alegres alrededor de ellos.

—Papá—dijo Eppie muy dulcemente, después que hubieron quedado silenciosos un instante—, si yo llegara a casarme, ¿me pondrían la sortija de mi madre?

Silas se estremeció de un modo casi imperceptible, bien que la pregunta estuviera conforme con la corriente secreta de sus pensamientos en aquel momento.

Entonces dijo bajando la voz:

—¿Cuándo se os ocurrió, Eppie, esa idea?

—Solamente la semana pasada, papá—dijo Eppie ingenuamente—, cuando Aarón me habló de eso.

—¿Y qué fue lo que os dijo?—agregó Silas bajando siempre la voz, como si temiera decir la menor palabra que no fuera para el bien de Eppie.

—Me dijo que desearía casarse, porque va a cumplir veinticinco años y tiene mucho trabajo en los jardines desde que el señor Mott se ha retirado. Va regularmente dos veces por semana a casa del señor Gass, una vez a casa del señor Osgood y van a tomarlo también en el presbiterio.

—¿Y con quién se quiere casar?—dijo Silas sonriendo con bastante tristeza.

—Pero, conmigo, naturalmente, papaíto—respondió Eppie con una sonrisa, que acentuaba sus hoyuelos; y besándole las mejillas a Silas, agregó—: ¡como si se le pudiera ocurrir casarse con otra!

—¿Y vuestra intención, Eppie, es ser suya?—continuó Silas.

—Sí, más adelante—respondió Eppie—. No sé cuándo. Aarón dice que todos se casan un día u otro; pero yo le hice notar que eso no era cierto, porque le dije: «Fijaos en papá, que no se ha casado nunca».

—No, hija mía—dijo Silas—; vuestro padre vivió solo hasta que le fuisteis enviada.

—Pero ahora nunca os quedaréis solo, papá—repuso Eppie con ternura—. Aarón me dijo: «Jamás se me ocurrirá, Eppie, la idea de separaros de maese Marner». Y yo le respondí: «Sería inútil que pensarais en eso, Aarón». Quiere que vivamos juntos, a fin de que no tengáis que seguir trabajando, papá, a menos que sea por vuestro gusto. Será para vos un hijo, son sus propias palabras.

—¿Y eso os agradaría, Eppie?—repuso Silas mirándola.

—A mí me daría lo mismo, papá—respondió Eppie con naturalidad—. Me gustaría que las cosas se arreglaran de manera que vos no tuvierais que trabajar. Sin embargo, si no fuese por eso, me gustaría más que no hubiera ningún cambio. Me encuentro muy feliz así; me agrada que Aarón me quiera y venga a vernos con frecuencia y que se conduzca bien con vos; a la verdad que siempre se conduce bien con vos, ¿no es verdad, papá?

—Sí, hija mía; nadie podría portarse mejor—dijo Silas—. Es el digno hijo de Dolly.

—En cuanto a mí, no deseo ningún cambio—prosiguió Eppie—. Me gustaría seguir mucho tiempo, pero mucho tiempo, igual como estamos. Pero Aarón no piensa como yo, y me hizo llorar un poco. ¡Oh, un poquito no más! porque me dijo que yo no lo quería, porque de otro modo desearía la unión como la desea él.

—Pero, querida hija mía—dijo Silas dejando su pipa a un lado, como si fuera inútil el seguir fingiendo que fumaba—, sois demasiado joven para casaros. Le preguntaremos a la señora de Winthrop, le preguntaremos a la madre de Aarón qué es lo qué piensa ella. Si hay un buen camino que seguir, ella lo encontrará. Sin embargo, hay que pensar en esto, Eppie; las cosas cambian necesariamente, que lo queramos o no; no persistirán mucho tiempo en el estado en que las vemos hoy sin sufrir modificación. Me volveré más viejo y más débil y probablemente seré una carga para vos, si no os dejo por completo. No quiero decir que vos pudierais llegar a considerarme como una carga algún día; yo sé bien que no, pero sería un grave peso para vos. Cuando pienso en eso me agrada suponer que contaréis con otra persona que yo, algo joven y fuerte que me sobreviva y cuidaría de vos hasta el fin.

Silas hizo una pausa y colocando las manos sobre las rodillas las alzó y bajó alternativamente, fijando la mirada en el suelo.

—Entonces, ¿os agradaría verme casada, papá?—dijo Eppie con la voz algo trémula.

—Yo no soy un hombre capaz de decir que no, hija mía—respondió Silas con acento enérgico—. Pero se lo preguntaremos a vuestra madrina. Ella deseará vuestro bien y el de su hijo.

—Ahí vienen, precisamente—dijo—. Vamos a recibirlos. ¡Oh, la pipa! ¿no querréis volver a encontrarla, papá?—agregó la joven recogiendo del suelo aquel aparato medicinal.

—No, querida mía—respondió Silas—. Basta por hoy. Me parece que fumar poco a la vez me sienta mejor que fumar mucho.

Mientras que Silas y Eppie estaban sentados en el banco de césped conversando a la sombra recortada de una encina, la señorita Priscila Lammeter se resistía a aceptar los argumentos de su hermana. Esta pretendía que valdría más tomar el té en la Casa Roja y dejar que durmiera una buena siesta el señor Lammeter, que partía para las Gazaperas con el cabriolé así que terminara la comida. Los miembros de la familia—cuatro personas solamente—estaban sentados alrededor de la mesa, en el salón de sombrío artesonado. Tenían por delante el postre del domingo, compuesto de avellanas verdes, de manzanas y peras, bien adornadas de hojas por la mano de Nancy, antes de que las campanas de la iglesia llamaran al oficio.

Un gran cambio había tenido lugar en aquel salón de sombríos artesonados desde que lo vimos en el tiempo en que Godfrey era soltero, y que el viejo squire reinaba viudo. Hoy todo reluce en él y no se deja que el menor polvo de la víspera empañe ningún objeto, desde la franja de mosaico de encina que rodea la alfombra, hasta el fusil, los látigos y los bastones del viejo squire, escalonados en las astas del ciervo encima de las campanas de la chimenea. Todos los otros atributos de sport y de ocupaciones exteriores habían sido relegados por Nancy a otra pieza. Pero había traído a la Casa Roja el hábito de la veneración filial y conservado religiosamente en un sitio de honor aquellas reliquias del difunto padre de su marido. Las copas de plata siguen siempre sobre el aparador, pero su metal repujado no está empañado por el tacto y no hay en su fondo residuos que afecten el olfato; el único olor predominante es el del espliego y el de las hojas de rosas que llenan los vasos de alabastro inglés. Todo respira pureza y orden en aquella pieza, antes triste, porque un nuevo espíritu tutelar entró en ella hace quince años.

—Bueno, papá—dijo Nancy—, ¿es en verdad necesario que os volváis a tomar el té a vuestra casa? ¿No podríais quedaros con nosotros en una tarde que parece va a ser tan hermosa?

El viejo señor Lammeter acababa de hablar con Godfrey del impuesto creciente para los pobres y de la ominosa época actual, de modo que no había oído la conversación de sus hijas.

—Hija mía, preguntadle eso a Priscila—dijo con la voz firme de antaño, pero ahora algo quebrada—. Ella dirige la granja y a su padre.

—Tengo buenas razones para dirigiros, papá, porque de otro modo os mataríais atrapando reumatismos. Y por lo que hace a la granja, si algo no marcha bien—lo que no es posible evitar en los tiempos en que vivimos—, nada mata más ligero a un hombre que el no tener a quien dirigir reproches como no sea a sí mismo. La mejor manera de ser amo es hacer dar la orden por otros y reservarse el derecho de censurar. Más de una persona se evitaría un ataque procediendo así; esta es mi opinión.

—Bueno, bueno, querida—dijo el padre riendo tranquilamente—; yo no he dicho que no dirigierais para bien de todos.

—Entonces, Priscila, dirigid de modo que os quedéis a tomar el té—dijo Nancy posando afectuosamente la mano sobre el brazo de su hermana—. Ahora venid, vamos a dar una vuelta por el jardín, mientras papá echa su siesta.

—Mi querida hermana, hará un sueño espléndido en el cabriolé, como que soy yo quien guiará. En cuanto a que nos quedemos a tomar el té, no puedo oí hablar de eso, porque la muchacha lechera, que se va a casar para el día de San Miguel, lo mismo derramaría la leche fresca en la batea de los cerdos que en los lebrillos. Así son todas; se imaginan que el mundo va a ser hecho de nuevo porque ellas tengan marido. Bueno, voy a ponerme el sombrero y podremos dar una vuelta por el jardín mientras atan el caballo.

Cuando las dos hermanas se pusieron a recorrer los senderos del jardín prolijamente limpios, rodeados de céspedes cuyo verde claro contrastaba agradablemente con el tinte sombrío de las pirámides y de las bóvedas y con el de los cercos de boj que se elevaban como murallas de verdura, Priscila dijo:

—Estoy muy contenta con que vuestro marido haya hecho esa permuta de terreno con el primo Osgood y que comience a ocuparse en una lechería. Es una gran lástima que no lo hayáis hecho antes. Así tendréis algo en que ocupar el espíritu. Cuando las personas quieren hacer algo, no hay nada como una lechería para pasar el tiempo. En efecto, si se trata de limpiar los muebles, pronto se acaba. Una vez que podéis miraros en una mesa como en un espejo, no hay nada más que hacer; pero en una lechería siempre hay alguna ocupación nueva, y además, hasta en el rigor del invierno se siente cierto placer en vencer a la mantequilla y obligarla a formarse, quieras que no. Mi querida—agregó Priscila, estrechando afectuosamente la mano de su hermana, yendo la una junto a la otra—, nunca estaréis triste cuando tengáis una lechería.

—¡Ah! Priscila.—dijo Nancy devolviéndole el apretón de manos y dirigiéndole una mirada agradecida de sus ojos límpidos—, eso no será una compensación para Godfrey; una lechería es poca cosa para un hombre; yo estaría contenta con lo que tenemos si él lo estuviera también.

—Me ponen fuera de mí estos hombres con su manera de proceder—dijo Priscila impetuosamente—; siempre y siempre están deseando algo y nunca están contentos con lo que tienen. Son incapaces de quedarse quietos en su silla cuando no tienen dolores ni disgustos; es preciso que se encajen una pipa en la boca para aumentar su bienestar, o que beban algo muy fuerte, aunque tengan que apurarse antes que llegue el momento de la comida. Y si a Dios le hubiera complacido haceros fea como a mí, de modo que los hombres no os hubieran andado detrás, nos hubiéramos podido limitar a nuestra familia sin tener que habérnoslas con esos señores que tienen sangre turbulenta en las venas.

—¡Oh! no habléis así, Priscila—dijo Nancy, arrepintiéndose de haber provocado aquella explosión—; nadie tiene motivos para censurar a Godfrey. Es natural que lo disguste no tener hijos, porque a los hombres agrada tener hijos por quienes trabajan y ahorran y siempre había contado jugar con los suyos mientras fueran pequeños. Muchos otros en su lugar se lamentarían más que él. Es el mejor de los maridos.

—¡Oh! ya conozco—dijo Priscila con una sonrisa sarcástica—esa manera de ser de las mujeres casadas; os incitan a hablar mal de sus maridos y luego se vuelven contra vos y os hacen el elogio de esos señores, como si los tuvieran para vender. Pero papá debe estarnos esperando; volvámonos.

El gran cabriolé, tirado por el viejo y tranquilo caballo gris, estaba estacionado delante de la puerta de entrada, y el señor Lammeter estaba ya en el vestíbulo recordándole a Godfrey las buenas cualidades deTordillo, en la época en que su amo lo montaba.

—A mí me ha gustado siempre tener un buen caballo—decía el viejo señor, no gustándole que la época de su juventud fogosa se borrara por completo de los más jóvenes que él.

—No os olvidéis de llevar a Nancy a las Gazaperas, antes del fin de la semana, señor Cass—fue la última recomendación que hizo Priscila en el momento de la partida, mientras que tomaba las riendas y las sacudía ligeramente, manera amistosa de incitar aTordillo.

—Voy a dar una vuelta por los prados, cerca de las Canteras, Nancy, para ver cómo va el drenaje—dijo Godfrey.

—¿Estaréis de vuelta para el té, amigo mío?

—¡Oh! sí, estaré de vuelta dentro de una hora.

Era costumbre de Godfrey ocupar la tarde del domingo en un paseo de agricultura contemplativa. Nancy lo acompañaba raras veces, porque las mujeres de su generación, a menos que se pusieran a dirigir las relaciones exteriores, como Priscila, no tenían la costumbre de pasear fuera de su casa y de su jardín. Encontraban un ejercicio suficiente en sus ocupaciones domésticas. De modo que cuando estaba sola, Nancy se sentaba generalmente con la Biblia de Mant por delante y, después de haber seguido con la vista el texto algunos momentos, dejaba vagar poco a poco sus pensamientos en la imposibilidad de concentrarlos.

Sin embargo, el domingo esos pensamientos estaban casi siempre en armonía con el fin piadoso y reverente que el libro abierto hacía suponer implícitamente.

Nancy no era lo bastante instruida en teología para discernir claramente las relaciones que existían entre su vida sencilla y obscura y los documentos sagrados de los primeros tiempos, que consultaba sin método. Pero el espíritu de rectitud y la convicción de que era responsable de los efectos de su conducta en los demás, que eran los elementos poderosos de su carácter, le habían hecho contraer el hábito de escrutar los sentimientos y las acciones de su pasado con los cuidados minuciosos de un examen de conciencia. Como su espíritu no era solicitado por una gran variedad de temas, llenaba los momentos de intervalo reviviendo sin cesar interiormente todos los hechos de su existencia que le volvían a la memoria, como aquellos, sobre todo, de los quince años transcurridos desde su casamiento y durante los cuales la vida y su fin se habían duplicado ante sus ojos. Recordando los pequeños detalles, las frases, los tonos de la voz y las miradas en las escenas críticas que le habían abierto una era nueva, sea dándole un conocimiento más profundo de las resoluciones y de las pruebas de este mundo, sea invitándola a algún pequeño esfuerzo de indulgencia o de adhesión penoso a un deber imaginario o real, ella se preguntaba continuamente si había sido censurable en algo. Este exceso de reflexión y este examen de conciencia exagerado son quizá una costumbre mórbida, inevitable en un espíritu de una gran sensibilidad moral, privado de su fuente legítima de actividad exterior y no pudiendo entregarse a los cuidados maternales reclamados por su afecto, inevitable en una mujer de noble corazón cuando no tiene hijos y su condición es muy limitada. «Puedo hacer tan poco; ¿lo habré hecho enteramente bien?» Tal era el pensamiento que volvía perpetuamente. Ninguna voz viene a distraer a aquella mujer de su soliloquio, ni ninguna exigencia absoluta puede mitigar la intensidad de sus vanos pesares y de sus escrúpulos superfluos.

Había en la vida matrimonial de Nancy una sucesión importante de experimentos dolorosos a la que se vinculaban ciertas escenas que la habían impresionado profundamente y que su memoria hacía revivir con más frecuencia que las otras.

El corto diálogo de Nancy con su hermana en el jardín, la tarde de aquel domingo, había llevado a su espíritu hacia dirección que tornaba con frecuencia. Así que sus pensamientos se hubieron alejado del texto sagrado que se esforzaba en seguir religiosamente con la mirada y con los labios silenciosos, fue para agrandar el sistema de defensa establecido por ella contra la censura que las palabras de Priscila implicaban. La justificación del objeto amado es el mejor bálsamo que el afecto pueda encontrar para sus propias heridas: «¡Un hombre tiene que tener tantas cosas en la cabeza!» He aquí la creencia que le permite a una mujer conservar a menudo una fisonomía alegre, a pesar de las respuestas bruscas y de las palabras crueles de su marido. Y las heridas más profundas de Nancy procedían todas de la convicción de que Godfrey consideraba la ausencia de hijos en su hogar como una privación a la que no podía acostumbrarse.

Sin embargo, era de imaginar que la dulce Nancy sentiría más vivamente que él todavía la negativa de un bien con que se había contado, entregándose a las esperanzas diversas y a los preparativos a la vez solemnes, graciosos y fútiles de una mujer afectuosa cuando espera que va a ser madre. ¿No había acaso un cajón relleno de objetos—trabajo delicado de sus manos—que no habían sido nunca usados ni tocados, exactamente en el mismo orden en que ella los había colocado catorce años antes, exactamente, salvo que faltaba un vestidito, con el que se había hecho la mortaja? Pero Nancy había soportado sin quejas y con tanta firmeza aquella prueba que la afectaba directamente, que de pronto, y desde hacía muchos años había renunciado al hábito de mirar aquel cajón, por temor de halagar así el deseo de poseer lo que no le había sido dado.

Quizás era esa severidad misma con que reprimía todo abandono lo que Nancy consideraba en su corazón como un pesar culpable, lo que le impedía el mismo principio que era su ley moral. «Es muy diferente... es mucho más duro para un hombre el sentir ese disgusto; una mujer puede siempre ser feliz sacrificándose a su marido; pero un hombre necesita algo que lo haga llevar sus miradas al porvenir; porque, estar sentado junto al hogar es mucho más triste para él que para una mujer.» Siempre que Nancy llevaba a este punto sus reflexiones—esforzándose con simpatía preconcebida por ver todas las cosas como las veía Godfrey—, siempre se entregaba a un nuevo examen de conciencia. ¿Había hecho realmente todo lo que estaba en su poder para mitigarle aquella privación a Godfrey? Tenía realmente razón, seis años antes y de nuevo dos años después, para oponer aquella resistencia que le había costado a ella tantos dolores, aquella resistencia al deseo que tenía su marido de adoptar una criatura. La adopción chocaba más con las ideas y costumbres de aquellos tiempos que con las de los nuestros. Sin embargo, Nancy tenía su manera de ver a este respecto. Le era tan necesario el haberse formado una opinión sobre todos los asuntos no concernientes exclusivamente al hombre, como el asignar un lugar bien determinado a cada objeto que le era propio. Y esas opiniones eran siempre principios de acuerdo con los cuales procedía invariablemente. Aquéllas eran firmes, no a causa de sus fundamentos, sino porque ella los sostenía con una tenacidad inseparable de la actividad de su espíritu.

En lo que se refiere a todos los deberes y todas las prácticas de la vida, desde la conducta filial hasta los arreglos del traje de la tarde, la linda Nancy Lammeter, en la época en que cumplió los veintitrés años, poseía su código inimitable, y había formado cada uno de sus hábitos según ese código. Llevando en sí sus juicios definitivos con la mayor discreción posible, aquéllos se arraigaban en su espíritu y crecían en él tan tranquilamente como la hierba en las praderas.

Muchos años antes, como ya sabemos, insistía en vestirse como Priscila, porque «era razonable que dos hermanas se vistiesen del mismo modo», y que «haría una cosa justa si para eso se pusiera un vestido amarillo color queso». Ese es un ejemplo trivial, pero característico, de la manera cómo estaba reglamentada la vida de Nancy.

Uno de esos principios rígidos, y no un sentimiento mezquino de egoísmo, había sido el motivo de la resistencia obstinada que Nancy había opuesto al deseo de su marido. Recurrir a la adopción, porque les había sido negado el tener hijos, era tratar de elegir su suerte a pesar de la Providencia. La criatura adoptada, estaba convencida, nunca acabaría bien. Sería una causa de maldición para los rebeldes que hubieran buscado deliberadamente un bien que—en virtud de alguna suprema razón—era evidentemente mejor que no lo poseyeran. Si una cosa no debía existir, decía Nancy, era un deber estricto el renunciar hasta al deseo de conseguirla.

Y la verdad es que los hombres más sabios no sabrían expresar en mejores términos los principios de Nancy. Lo que hay solamente es que las condiciones que la inclinaban a considerar como manifiesta que una cosa no debía ser, dependía en ella de un modo muy particular de pensar. Hubiera renunciado a comprar algo en un sitio determinado, si tres veces seguidas la lluvia o cualquier otra causa enviada del cielo se hubiera opuesto a ello; y temido ver acaecerle la fractura de un miembro o algún otro gran infortunio a la persona que persistiera contra tales indicios.

—Pero, ¿qué es lo que os autoriza a pensar que la criatura acabaría mal?—le decía Godfrey, haciéndole objeciones—. Ha prosperado en casa del tejedor todo lo que una criatura puede prosperar, y él la ha adoptado. No hay otra niña en toda la aldea que sea más bonita ni que merezca más la suerte que queremos darle. ¿En qué se puede basar la probabilidad que sería una maldición para nadie?

—Sí, mi querido Godfrey—decía Nancy, sentada y con las manos estrechamente unidas, expresando su pesar con el ardiente afecto de su mirada—, es posible que la niña no acabe mal en casa del tejedor, pero él no fue a buscarla como nosotros lo haríamos. Sería mal hecho, lo comprendo, estoy cierta. ¿No recordáis lo que aquella dama que encontramos en las aguas de Royston nos ha dicho respecto de la criatura que su hermana adoptara? Es el único caso de adopción de que he oído hablar; la criatura fue deportada a los veintitrés años. Querido Godfrey, no me pidáis que consienta en lo que sé es malo; no volvería jamás a ser feliz. Comprendo que la cosa es muy penosa y que a mí me es más fácil soportarla; pero es la voluntad de la Providencia.

Podrá parecer singular que Nancy, con su teoría religiosa, formada pieza por pieza con tradiciones sociales estrechas, con fragmentos de doctrinas de la Iglesia imperfectamente comprendidas y con razonamientos infantiles basados en su propia experiencia hubiese llegado por sí sola a tener un modo de pensar tan parecido al de muchas personas piadosas, cuyas creencias son profesadas en la forma de un sistema que le era completamente desconocido. Eso podría parecer singular, en efecto, si no supiéramos que las creencias humanas, lo mismo que todos los desarrollos naturales, escapan a los límites de los sistemas.

Godfrey había designado primero a Eppie, que entonces tenía unos doce años, como una criatura que les convendría adoptar. No se le había ocurrido nunca que Silas preferiría perder la vida a separarse de su hija. Seguramente que el tejedor querría lo mejor para la niña porque se había dado tanto trabajo, y estaría contento de que una suerte tan grande le cayera a Eppie. Esta misma le quedaría siempre reconocida a su padre adoptivo y éste sería bien atendido hasta el fin de su vida, como lo merecía por su noble conducta para con la criatura.

¿No era una cosa bien hecha que gentes de un rango superior quitaran una pesada carga de las manos de un hombre de condición más humilde?

Aquello le parecía muy conveniente a Godfrey por razones que él solo conocía, y, siguiendo un error común, se imaginaba que aquella medida sería fácil de tomar porque tenía motivos particulares para desearlo. Era ésa una forma algo grosera de apreciar las relaciones que existían entre Silas y Eppie. Pero conviene recordar que muchas de las impresiones que Godfrey podía recoger respecto de la clase obrera de su vecindad, eran tales como para favorecer en él la opinión de que los afectos profundos no se armonizaban con las manos callosas y los débiles medios de la existencia del pueblo. Por otra parte, no había tenido ocasión—suponiendo que hubiera sido capaz de esto—de penetrar íntimamente todo lo que era excepcional en la vida del tejedor. Sólo una falta de información suficiente podía determinar a Godfrey a alimentar deliberadamente un proyecto tan bárbaro. Su bondad natural había sobrevivido a la época depresiva de sus crueles deseos, y el elogio que Nancy hacía de su marido no reposaba del todo en una ilusión voluntaria.

—He tenido razón—se decía cuando rememoraba todas las escenas de discusión—, comprendo que tuve razón en responderle que no, bien que eso me fuera lo más penoso; pero, ¡qué bien se ha comportado Godfrey a este respecto! Muchos maridos se hubieran enojado conmigo por haber resistido a sus deseos. Hubieran sido capaces de insinuar que habían tenido mala suerte al casarse conmigo. Godfrey, sin embargo, no ha sido capaz de dirigirme una palabra dura. Sólo demuestra su disgusto cuando no lo puede ocultar; todo le parece tan vacío, ya lo sé; y las tierras... qué cosa tan distinta sería para él cuando va a vigilar su explotación si hiciera todo eso pensando en los hijos que van creciendo. Sin embargo, yo no me puedo quejar; quizás si se hubiera casado con otra mujer que le hubiera dado hijos le habría mortificado de otro modo.

La idea de esta posibilidad era el principal consuelo de Nancy. A fin de fortalecer esa idea se ingeniaba en tener por Godfrey una ternura más perfecta que la de que hubiera sido capaz cualquier otra esposa. Muy a pesar suyo se había visto obligada a afligirlo con la única negativa. Godfrey no permanecía insensible a los esfuerzos de aquel cariño, y no era injusto respecto a los motivos de la obstinación de Nancy. Era imposible que hubiera vivido con ella quince años, sin saber que los rasgos principales del carácter de su mujer eran un apego desinteresado a lo que es justo y una sinceridad pura como el rocío formado sobre las flores. En realidad, Godfrey sentía aquello con tanta mayor intensidad cuanto que su naturaleza indecisa, adversa a afrontar las dificultades por ser éstas francas y sinceras, tenía un cierto temor respetuoso por aquella dulce esposa que espiaba los deseos de su marido con el deseo ardiente de obedecerle. Le parecía que no le podría revelar jamás a Nancy la verdad concerniente a Eppie. Jamás se repondría de la repulsión que le causaría la historia de aquel primer matrimonio si se la revelaba ahora, después de haber guardado el secreto tanto tiempo.

Y la joven, pensaba Godfrey, sería un objeto de repulsión para ella; la sola presencia de Eppie le sería penosa. Y quizás hasta el golpe asestado a la altivez de Nancy—altivez mezclada con su ignorancia del mal del mundo—sería demasiado fuerte para su constitución delicada. Puesto que se había casado con ella teniendo un secreto en el corazón, era preciso que guardara ese secreto hasta el fin. Hiciera lo que hiciera, debía abstenerse de abrir un abismo infranqueable entre él y la mujer que amaba desde hacía tantos años.

Sin embargo, ¿por qué no podía acostumbrarse a ver sin hijos un hogar que tal esposa embellecía? ¿Por qué su espíritu dirigía su vuelo inquieto hacia ese vacío, como si fuera la única causa por la cual su vida no era completamente feliz? Supongo que lo mismo les ocurre a todos los hombres y a todas las mujeres que llegan a cierta edad sin darse cuenta clara de que la felicidad completa no puede existir en la vida.

En la vaga tristeza de las horas sombrías del crepúsculo, el hombre descontento busca un objeto definido y lo encuentra en la privación de un bien del que nunca ha gozado. El hombre descontento si está sentado, meditando en su hogar, piensa con envidia en el padre cuya vuelta es acogida con voces infantiles, y si está sentado a su mesa, alrededor de la cual las pequeñas cabezas se elevan las unas por encima de las otras como plantas de almácigos, ve una negra preocupación cernerse tras de cada una de ellas y piensa que las impulsiones que impelen a los hombres a abandonar su libertad y a buscar cadenas, no son seguramente otra cosa más que un acceso de locura. En lo que concierne a Godfrey, había otras razones, para que esos pensamientos fueran continuamente infortunados por aquella circunstancia particular, por aquel vacío de su destino.

Su conciencia, que no estaba nunca en completo reposo con respecto a Eppie, le hacía ver ahora su hogar sin hijos bajo el aspecto de una justa retribución. Y como el tiempo transcurría y Nancy se negaba siempre a adoptar a Eppie, toda reparación de la falta de Godfrey se volvía cada vez más difícil.

Hacía ya cuatro años la tarde de aquel domingo, que no se había hecho alusión alguna a la adopción, y Nancy suponía que aquel asunto estaba enterrado para siempre.

—Me pregunto si pensará más o menos en ello al envejecer—se decía Nancy—; tengo miedo de que piense más. Las personas de edad sufren con no tener hijos: ¿qué sería de mi padre sin Priscila? Y si muero yo, Godfrey quedaría muy solo... él, que frecuenta tan poco a sus hermanos. Pero no quiero atormentarme en exceso, ni tratar de prever los acontecimientos: es preciso que haga lo mejor que pueda en el presente.

Al asaltarla este último pensamiento, Nancy se despertó de su meditación y volvió la mirada hacia la página abandonada durante mucho más tiempo del que imaginaba; porque muy luego la sorprendió la entrada de la sirvienta que llevaba el té. En realidad, era algo más temprano que de costumbre; pero Juana tenía sus razones.

—¿El señor ha entrado ya al patio, Juana?

—No, señora, todavía no—respondió Juana, acentuando ligeramente su respuesta, sin que su señora reparara en ello—. No sé si lo habréis notado, señora—prosiguió Juana después de un corto silencio—; pero la gente pasa corriendo frente a la ventana de la calle y todos se dirigen hacia el mismo lado. Me parece que ha sucedido algo. No hay ningún sirviente en el patio y por eso no he mandado ver lo que pasa. Subí hasta la buhardilla más alta pero no pude distinguir nada a causa de los árboles. Espero que no le haya sucedido nada malo a nadie, sin embargo.

—No ha de ser hada grave, esperémoslo—dijo Nancy—. Quizás se haya vuelto a escapar el toro del señor Snell como el otro día.

—Ojalá no le dé una cornada a nadie, entonces—dijo Juana no despreciando del todo una hipótesis cargada de calamidades imaginarias.

—A esta muchacha le da siempre por asustarme; me agradaría que Godfrey estuviera de vuelta.

Se encaminó a la ventana del frente, dirigió sus miradas lo más lejos que pudo con una inquietud que consideró muy luego como una niñería. En efecto, no se veía ya en el camino ninguna de las señales de agitación de que había hablado Juana, y era probable que Godfrey, en vez de seguir por la carretera, volviera más bien cortando los campos.

Permaneció, sin embargo, de pie mirando el apacible cementerio; las sombras de las tumbas se alargaban sobre los túmulos de césped brillante y, más lejos, los árboles del presbiterio estaban revestidos por los vivos colores del otoño. Ante una belleza tan tranquila de la naturaleza, la presencia de un temor vano que hacía sentir vivamente era como un cuervo que agita lentamente las alas surcando el aire lleno de sol. Nancy deseaba cada vez más el regreso de Godfrey.

Alguien abrió la puerta, en el otro extremo de la pieza; Nancy tuvo el presentimiento de que era su marido. Volvió la espalda a la ventana con los ojos llenos de alegría, porque el temor más grande de la esposa se había desvanecido.

—Amigo mío, me alegro de que estéis de vuelta—dijo adelantándose hacia él—. Comenzaba a estar...

Nancy se detuvo bruscamente, porque Godfrey se quitaba el sombrero con las manos trémulas y se volvía hacia su mujer con el rostro pálido y la mirada extraña y fría como si la viera realmente, como si la viera desempeñando un papel en una escena que ella misma no viera. Nancy posó una mano sobre el brazo de su marido, no atreviéndose a seguir hablando. Godfrey, sin embargo, no reparó en aquel movimiento y se dejó caer en su sillón.

Juana ya estaba en la puerta con la hirviente caldera.

—Decid que se retire, ¿queréis?—repuso Godfrey.

Y cuando la puerta se volvió a cerrar, trató de hablar con más claridad.

—Sentaos, Nancy... aquí...—indicando una silla frente a él—. He vuelto así que pude, para impedir que alguna otra persona os contara lo sucedido. He experimentado una gran sacudida, pero temo más lo que vais a sentir vos.

—¿No se trata de mi padre o de Priscila?—dijo Nancy con los labios trémulos y juntando sus manos con fuerza sobre las rodillas.

—No, no se trata de una persona viva—dijo Godfrey, incapaz de usar de la habilidad prudente con que hubiera querido hacer su revelación—. Se trata de Dunstan... mi hermano Dunstan, a quien perdimos de vista hace diez y seis años. Lo hemos encontrado... hemos encontrado su cuerpo... su esqueleto.

El terror profundo que la mirada de Godfrey le había causado a Nancy, hizo que ella encontrara un alivio en aquellas palabras. Se sentó relativamente tranquila, para oír lo que él tenía todavía que decir.

Godfrey prosiguió:

—La cantera se ha secado bruscamente, supongo que a causa de un drenaje; y estaba allí... estaba allí desde hace diez y seis años; encajado sobre dos piedras... con su reloj y su sello, con mi látigo de caza de pomo de oro, que tiene mi nombre grabado. Lo tomó sin pedírmelo el día en que montó aRelámpago, para ir de caza, la última vez que lo vi.

Godfrey se detuvo; no era igualmente fácil revelar lo demás.

—¿Pensáis que se ahogó?—dijo Nancy, casi sorprendida de que su marido estuviera tan profundamente impresionado por lo que había pasado hace tantos años a un hermano al que no quería, respecto del cual sé había augurado algo peor.

—No, cayó en la cantera—dijo Godfrey con voz baja, pero claramente, como si quisiera expresar que el hecho implicaba algo más.

Poco después agregó:

—Dunstan fue quien robó a Silas Marner.

La sorpresa y la vergüenza hicieron afluir la sangre al rostro y al cuello de Nancy, que había sido educada en la creencia de que eran un deshonor hasta los crímenes de los parientes lejanos.

—¡Dios mío, Godfrey!—dijo con tono compasivo, porque inmediatamente pensó que su marido debía sentir el deshonor más vivamente aún que ella.

—El dinero estaba en la Cantera—prosiguió Godfrey—, todo el dinero del tejedor. Todo ha sido recogido y en este momento llevan el esqueleto alArco Iris. Pero yo me vine a contároslo todo; no he podido contenerme, era preciso que lo supierais.

Permaneció silencioso, mirando al suelo durante largos minutos. Nancy hubiera pronunciado algunas palabras para mitigar aquella vergüenza de familia, si no hubiera sido contenida por el sentimiento instintivo de que Godfrey tenía todavía algo que decirle. Muy luego alzó los ojos y miró fijamente a Nancy, diciendo:

—Todo se descubre, Nancy, tarde o temprano. Cuando el Todopoderoso lo quiere, nuestros secretos son revelados. Yo he vivido con un secreto en el corazón; pero no quiero seguíroslo ocultando. No quisiera que os fuese revelado por otra persona que yo, no quisiera que lo descubrieseis después de mi muerte. Voy a decíroslo ahora mismo. Nunca tuve para ello bastante fuerza de voluntad; pero ahora sabré cumplir mi resolución.

El extremado terror de Nancy había vuelto. Sus ojos, llenos de espanto, se encontraron como en una crisis en que el efecto se hubiera suspendido.

—Nancy—dijo Godfrey lentamente—, cuando nos casamos, yo os oculté algo... algo que debí deciros. Aquella mujer que Marner encontró muerta entre la nieve... la madre de Eppie... aquella mísera mujer... aquella mujer era mi esposa. Eppie es mi hija.

Se detuvo temiendo el efecto de su confesión. Sin embargo, Nancy permaneció completamente tranquila en su asiento, salvo que sus miradas se dirigieron hacia el suelo, dejando de encontrarse con las de Godfrey. Estaba pálida y serena como una estatua de la meditación, con las manos unidas sobre las rodillas.

—Nunca volveréis a tener por mí la misma estima—dijo Godfrey un momento después, con voz algo trémula.

Nancy permaneció silenciosa.

—No debí dejar a la niña sin reconocerla; no debí ocultaros este secreto. Me era imposible soportar la idea de renunciar a vos, Nancy. Me vi obligado a casarme con aquella mujer, y eso me hizo sufrir mucho.

Nancy seguía siempre silenciosa, con la mirada baja. Godfrey casi esperaba verla ponerse de pie inmediatamente y decir que iba a volverse a casa de su padre. ¿Cómo podría mostrarse piadosa para con faltas que debían parecerle tan negras, dada la sencillez y serenidad de sus principios?

En fin, Nancy alzó los ojos hacia su marido y habló. No había ninguna indignación en su voz, sólo había la expresión de un profundo pesar.

—Godfrey, si me hubierais dicho esto hace seis años, hubiéramos podido cumplir en parte nuestro deber para con la niña. ¿Creéis que me hubiera negado a recibirla, sabiendo que era nuestra hija?

En aquel momento Godfrey sintió toda la amargura de un error que no había sido solamente inútil, sino que había fallado su propio objeto. No había sabido apreciar a aquella mujer con la que había vivido tanto tiempo. Pero ella habló de nuevo y con más agitación que antes.

—Y además, Godfrey, si la hubiésemos traído entonces, si vos os hubierais encariñado con ella como debíais, ella me hubiera querido como a una madre y vos hubierais sido más feliz conmigo. Me hubiera sido más fácil soportar la muerte de mi nene y nuestra vida hubiera podido parecerse más a lo que antes pensábamos que sería.

Las lágrimas de Nancy empezaron a correr y ella cesó de hablar.

—Pero entonces no hubierais querido casaros conmigo, Nancy, si os lo hubiera dicho—replicó Godfrey, impulsado por la severidad de los reproches de su conciencia, a probarse a sí mismo que su conducta no había sido una locura completa—. Ahora os parece que me hubierais aceptado por esposo, pero no lo hubierais hecho en aquel momento con vuestra altivez y la de vuestro padre; os hubiera repugnado el tener relaciones conmigo, después de las revelaciones que os hubiera hecho.

—No sabría deciros cuál hubiera sido mi decisión a ese respecto, Godfrey. En todo caso, nunca me hubiera casado con otro. Pero yo no merecía que se hiciera daño a causa de mí; nada lo merece en este mundo. Ninguna cosa es tan buena como lo parece a primera vista; nuestra misma unión no lo es, ya lo veis.

Pasó una débil y triste sonrisa por la fisonomía de Nancy cuando pronunció estas últimas palabras.

—Soy un hombre peor de lo que pensabais, Nancy. ¿Podréis perdonarme algún día?

—El mal que me habéis causado no tiene mucha importancia, Godfrey, y ya está reparado; habéis sido bueno conmigo durante quince años. Es para con otra que sois culpable, y temo que vuestras faltas para con ella no puedan ser nunca borradas por completo.

—Pero nada nos impide adoptar a Eppie ahora—dijo Godfrey—. Ahora me importa poco que se sepa todo. Seré franco y sincero el resto de mi vida.

—Su presencia en casa no será ya lo que hubiera sido, ahora que Eppie es grande—dijo Nancy meneando tristemente la cabeza—. Pero tenéis el deber de reconocerla y de asegurar su suerte. Yo también cumpliré el deber para con ella y rogaré a Dios para conseguir que me quiera.

—Entonces, los dos iremos a casa de Silas Marner esta misma tarde, cuando todo esté ya tranquilo en las Canteras.

Aquella noche, entre las ocho y las nueve, Eppie y Silas estaban sentados solos en su choza. Después de la gran sobreexcitación causada al tejedor por los sucesos de la tarde, había deseado vivamente aquella tranquilidad y hasta les había rogado a la señora Winthrop y a Aarón, que se habían quedado allí, naturalmente, cuando todos se marcharon, que lo dejaran solo con su hija. Aquella sobreexcitación no se había disipado todavía. No había hecho más que alcanzar ese grado en que la sensibilidad se vuelve tan delicada que hace intolerable todo estimulante exterior; ese grado en que no se siente fatiga sino más bien una intensidad de vida interior, bajo el imperio de la cual es imposible conciliar el sueño. Todo el que haya observado tales momentos en otras personas, recuerda el brillo de su mirada y la nitidez extraña que se esparce hasta sobre las facciones groseras a causa de esa influencia pasajera. Es algo como si gracias a una nueva sutileza del oído, capaz de percibir todas las voces espirituales, vibraciones de efectos maravillosos hubieran atravesado la pesada armazón mortal, como si la «belleza nacida del murmullo de los sonidos» hubiera pasado por la fisonomía del que los escucha.

El rostro de Silas anunciaba esa especie de transfiguración cuando al quedar solos se puso a mirar a Eppie, sentado en su sillón. La joven había acercado su silla cerca de las rodillas de Marner y se había inclinado hacia adelante teniendo ambas manos de su padre adoptivo entre las suyas y con los ojos alzados hacia él. Próximo a ellos, en la mesa, iluminada por una vela, se encontraba el oro recobrado, el oro tanto tiempo amado, dispuesto en pilas regulares, como Silas tenía costumbre de ponerlo en los días en que aquel metal era su única alegría. Acababa de mostrarle a Eppie cómo tenía la costumbre de contarlo todas las noches y cuál había sido la desolación extrema de su alma hasta que su hija le fue enviada.

—En un principio—le decía en voz baja—tenía de tiempo en tiempo como el presentimiento de que vos podríais tomar la forma de mi oro; porque adondequiera que volviera la cabeza me parecía ver mi tesoro, y pensaba que me sentiría feliz si pudiera tocarlo y convencerme de que había vuelto. Pero esto no duró. Al cabo de poco tiempo hubiera pensado que me había herido una nueva maldición, si el oro os hubiera alejado de mí. Había llegado a tanto la necesidad de vuestras miradas, de vuestra voz y del tacto de vuestros pequeños dedos. Vos no sabíais cuando erais muy pequeña, vos no sabíais lo que vuestro viejo padre Silas sentía por vos.

—Pero ahora lo sé, padre mío—dijo Eppie—. Si no hubiera sido por vos me hubieran llevado al asilo de los pobres y no hubiera habido nadie que me quisiera.

—¡Ah! querida mía, la bendición ha sido para mí. Si vos no me hubierais sido enviada para salvarme, hubiera descendido a la tumba con mi miseria. El dinero me fue quitado a tiempo, y ya veis que ha sido conservado, hasta que lo necesitáramos para vos. Es maravilloso... nuestra vida es maravillosa.

Silas permaneció sentado, en silencio, contemplando durante algunos instantes el tesoro.

—Ahora ya no me seduce—dijo con aire pensativo—; no, ciertamente que no. Me pregunto si volvería a tener ese poder en el caso, Eppie, en que os perdiera, y lo dudo. Pero podría ser inducido a creer que ha sido de nuevo abandonado y a perder el sentimiento de que Dios ha sido bueno para conmigo.

En aquel instante golpearon a la puerta y Eppie se vio obligada a levantarse sin responderle a Silas. ¡Qué bella parecía! Lágrimas de ternura le llenaban los ojos y un ligero sonrojo teñía sus mejillas cuando se adelantó para abrir. Aquel sonrojo se hizo más intenso al ver al señor Godfrey Cass y a su señora. Hizo su ligera reverencia rústica y abrió del todo la puerta para dejarlos pasar.

—Os venimos a molestar muy tarde, querida—dijo la señora Cass, tomando la mano de Eppie, mirándole el rostro con expresión admirativa y de vivo interés.

La misma Nancy estaba pálida y trémula.

Eppie, después de haber acercado sillas para el señor Cass y su señora, fue a ponerse de pie junto a Silas y frente a ellos.

—¿Qué tal, Marner?—dijo Godfrey, tratando de hablar con plena seguridad—, es para mí un gran consuelo al volveros a ver en posesión del dinero de que bebíais sido privado hace tantos años. Fue un miembro de mi familia el que os causó ese daño; eso agrava mi pesar y me siento obligado a repararlo por todos los medios de que dispongo. Todo lo que haga por vos no será más que saldar una deuda, aun cuando sólo considerara el robo. Pero hay otras cosas, Marner, por las que estoy y estaré siempre grato.

Godfrey se detuvo. El y su mujer habían convenido que el asunto de la paternidad no sería abordado sino con mucha prudencia y si era posible que la revelación quedara reservada para más tarde, de manera de no hacérsela más que gradualmente a Eppie. Nancy había insistido respecto a ese punto, porque presentía vivamente el aspecto doloroso bajo el cual la joven no dejaría de considerar las relaciones que habían existido entre su padre y su madre.

Silas, siempre cohibido cuando le dirigían la palabra «superiores» tales como el señor Cass—hombres grandes, poderosos, de tez fuertemente encendida y que se veían sobre todo a caballo—, respondió con alguna dificultad:

—Señor, tengo que agradeceros ya muchas cosas. En cuanto al robo, no lo considero como una pérdida para mí. Y, si lo hiciera, vos no tendríais nada que ver en ello: vos no tenéis responsabilidad alguna.

—Vos tenéis el derecho de considerar el asunto de ese modo, Marner; pero yo no lo podré hacer nunca. Espero que me dejaréis proceder de acuerdo con mis sentimientos de justicia. Yo sé que vos os contentáis fácilmente: sois un hombre que ha trabajado duro toda su vida.

—Sí, señor—dijo Marner con acento meditativo—. No hubiera sido feliz sin mi trabajo: eso fue lo que me sostuvo cuando todo lo demás me abandonó.

—¡Ah!—dijo Godfrey aplicando exclusivamente las palabras de Marner a las necesidades materiales del tejedor—. Vuestro oficio ha sido útil en este país, porque hay muchos tejidos que hacer; pero habéis llegado a una edad algo avanzada para ese trabajo asiduo, Marner. Es tiempo de que os retiréis y descanséis un poco. Parecéis muy quebrantado aunque no seáis un anciano, me parece.

—Tengo cincuenta y cinco años, casi seguramente—dijo Silas.

—¡Oh, entonces, podéis vivir todavía treinta años! ¡Fijaos en el viejo Macey! Y ese dinero que tenéis sobre la mesa es al fin y al cabo poca cosa. No durará mucho de una manera o de otra, que lo coloquéis a interés o que lo vayáis gastando. No duraría mucho, aunque no tuvierais que pensar sino en vos... y tenéis que sostener dos personas desde hace muchos años. Deseamos ayudaros.

—¡Ah! señor—dijo Silas, insensible a todo lo que decía Godfrey—, no temo la necesidad, Eppie y yo siempre hemos de saber vencer las dificultades. Hay pocos obreros que cuenten con tantas economías. Yo sé lo que representa este dinero para la gente acomodada; pero a mis ojos es mucho, es demasiado. Y nosotros dos necesitamos muy poca cosa.

—Solamente un jardincito, papá—dijo Eppie sonrojándose en seguida hasta las orejas.

—¿Un jardín os agradaría, querida?—dijo Nancy, pensando que aquel cambio de tema pudiera serle favorable a su marido—. Nos podríamos entender sobre ese punto... yo consagro mucho tiempo al nuestro.

—¡Ah! se trabaja mucho en los jardines de la Casa Roja—dijo Godfrey, sorprendido por lo difícil que le era abordar una proposición que, de lejos, le había parecido muy fácil—. Os habéis conducido muy bien con Eppie, Marner, desde hace diez y seis años. ¿Os agradaría mucho verla en una situación cómoda, verdad? Parece una hermosa muchacha, en buena salud, pero incapaz de soportar ninguna fatiga. No parece una moza vigorosa, hija de padres obreros. Os sería agradable verla objeto de los cuidados de aquéllos que pueden darle fortuna y hacer de ella una dama. Es más apta para eso que para una existencia penosa, como la que podía tener que llevar dentro de algunos años.

Un ligero sonrojo se esparció por el rostro de Marner y desapareció como una luz efímera. Eppie sólo se sorprendía de que el señor Cass hablara así de cosas que no tenían nada de común con la realidad. En cuanto a Silas, se sentía incomodado y ofendido.

—No veo, señor, adónde queréis ir a parar—respondió, no ocurriéndosele las palabras adecuadas para expresar los sentimientos complejos que experimentara mientras oía hablar al señor Cass.

—Pues bien, he aquí lo que quiero decir, Marner—replicó Godfrey, resuelto a abordar el caso—. Mi mujer y yo, ya lo sabéis, no tenemos hijos. No tenemos a nadie quien pueda aprovechar la holgura de nuestra casa y todo lo que poseemos además de eso, que es más de lo que necesitamos. Quisiéramos, pues, tener a alguien que nos sirviera de hija. Desearíamos tener a Eppie y tratarla bajo todos conceptos como si fuera nuestra. Me parece que sería un gran consuelo para vuestra vejez al ver su fortuna asegurada de este modo, después de haberos sacrificado tanto para criarla tan bien. Nada más justo que seáis plenamente recompensado. Y Eppie, estoy seguro, os amará siempre, y siempre os quedará agradecida. Vendrá a veros a menudo y no dejaremos escapar ninguna ocasión de hacer cuanto podamos para que seáis feliz.

Un hombre sencillo, como era Godfrey Cass, al hablar bajo la influencia de alguna dificultad, balbucea necesariamente expresiones más groseras que sus intenciones y que tienen que rozar sentimientos delicados. Mientras que él hablaba, Eppie había posado tranquilamente su brazo tras de la cabeza de Silas y su mano cariñosa se había apoyado en su hombro; de modo que sintió que el viejo temblaba con violencia.

Cuando el señor Cass hubo terminado, el tejedor permaneció silencioso durante unos momentos, habiendo perdido toda energía en un conflicto de emociones, todas igualmente penosas. El corazón de Eppie se oprimía al pensar que su padre estaba afligido. Estaba a punto de inclinarse para hablarle, cuando una angustia violenta dominó por fin todas las que luchaban en el alma de Silas. Entonces dijo con voz débil:

—Eppie, hija mía, hablad. Yo no quiero impedir vuestra felicidad. Dad las gracias al señor y a la señora Cass.

Eppie quitó el brazo de atrás de la cabeza del tejedor y adelantó un paso. Sus mejillas estaban encendidas, pero no era de falso rubor: la idea de que su padre estaba sumido en la duda y, la angustia le había quitado esa especie de conciencia de sí misma. Hizo una profunda reverencia primero a la señora Cass, luego al señor Cass y les dijo:

—Gracias, señora; gracias, señor; pero yo no puedo separarme de mi padre, ni reconocer a nadie que me fuera superior que él. Tampoco deseo ser una dama. Gracias de todos modos—Eppie hizo al llegar aquí una reverencia—, y no podría abandonar a las gentes con que me he habituado a vivir.

Los labios de Eppie se pusieron a temblar un poco al decir las últimas palabras. Se retiró otra vez tras de la silla de su padre, le pasó el brazo alrededor del cuello, mientras que Silas, reprimiendo un sollozo, tendía la mano para oprimir la de su hija.

Nancy tenía los ojos llenos de lágrimas, pero su simpatía por Eppie se mezclaba naturalmente con la angustia que le causaba la situación de su marido. No se atrevió a hablar, preguntándose qué pasaría en el espíritu de Godfrey. Este sentía esa especie de irritación que se manifiesta inevitablemente en casi todos nosotros cuando encontramos un obstáculo imprevisto. Se había sentido penetrado de arrepentimiento y con la resolución necesaria para reparar su falta, en toda la medida que el tiempo podría consentírselo. Era movido por sentimientos del todo excepcionales que debían fincar en una regla de conducta determinada de antemano, y que había escogido por parecerle la más justa, así es que no estaba dispuesto a apreciar con satisfacción los sentimientos ajenos que venían a contrariar sus resoluciones virtuosas. La agitación bajo cuya inspiración habló de nuevo no estaba exenta de un asomo de cólera.

—Pero yo tengo sobre vos, Eppie, el más grande de todos los derechos. Tengo el deber, Marner, de reconocer a Eppie como hija mía y darle la situación que le corresponde. Es mi hija: su madre era mi esposa. Tengo sobre ella un derecho legítimo.

Eppie se había estremecido con violencia y se puso intensamente pálida. Silas, por el contrario, se sintió aliviado por la respuesta de Eppie del terrible temor de que sus intenciones fueran opuestas a las de su hija. Sintió que el espíritu de resistencia se había pronunciado en él, no sin provocar, sin embargo, un ligero movimiento de cólera paternal.

—Entonces, señor—respondió con un acento de amargura que había quedado callado en su alma desde el día memorable en que habían quedado destruidas las esperanzas de su juventud—; entonces, señor, ¿por qué no dijisteis eso hace diez y seis años? ¿Por qué no la reclamasteis antes de que llegase a quererla, en lugar de venir a tomármela en este momento? Lo mismo podríais quererme arrancar el corazón del pecho. Dios me la dio porque vos la abandonasteis como hija; no tenéis ningún derecho sobre ella. Cuando un hombre aleja un bien de su puerta, ese bien es de los que lo recogen en su casa.

—Tenéis razón, Marner: hice mal, me he arrepentido de mi conducta a ese respecto—dijo Godfrey, que no pudo menos que sentir el filo de las palabras de Silas.

—Me alegro de saberlo—dijo Marner, cuya agitación aumentaba—; pero el arrepentimiento no puede modificar lo que ha durado diez y seis años. Viniendo a decir ahora «yo soy su padre», no destruís los sentimientos de nuestros corazones. A mí es a quien ha llamado padre desde que pudo pronunciar esta palabra.

—Me parece que podríais considerar el asunto de un modo más justo, Marner—dijo Godfrey, a quien las palabras verdaderas y formales del tejedor acababan de sorprender y de infundir un sentimiento respetuoso—. No es como si os la fuese a quitar por completo y no debierais volverla a ver. Estará muy cerca de vos y vendrá aquí muy a menudo. Tendrá siempre para vos los mismos sentimientos.

—Exactamente los mismos sentimientos—repuso Marner con más amargura que nunca—. ¿Cómo podría tener los mismos sentimientos que hoy cuando comemos los mismos bocados, bebemos en la misma copa y pensamos en las mismas cosas desde el principio hasta el fin del día? Exactamente los mismos sentimientos. ¡Esas son vanas palabras! Nos cortaríamos en dos.

Godfrey, a quien la experiencia no había preparado para comprender todo el alcance de las sencillas palabras de Marner, volvió a ser presa de una gran irritación. Le pareció que el tejedor era muy egoísta, juicio que fácilmente forman aquellos que no han puesto nunca a prueba su fuerza de renunciamiento al oponerse a un acto que, sin duda alguna, debía de hacer la felicidad de Eppie, y sintió que tenía el deber de manifestar su autoridad, por amor a su hija.

—Yo hubiera pensado, Marner—dijo con tono severo—, que vuestro afecto por Eppie os haría ver con regocijo una cosa de que depende su felicidad, aunque eso os obligara a hacer algún sacrificio. Debierais acordaros de que vuestra vida es incierta y que Eppie ha llegado ahora a una edad en que su suerte puede pronto resolverse de una manera muy distinta de lo que sucedería en casa de su padre. Si llega a casarse con algún humilde obrero, entonces, haga lo que hiciera por ella, ya no dependerá de mí el hacerla feliz. Vos le cerráis el camino del bienestar, y aunque me sea penoso ofenderos después de lo que vos habéis hecho y yo no hice, comprendo que ahora tengo la obligación de insistir en velar por mi hija. Quiero cumplir con ese deber.

Es difícil decir quién se sintió más profundamente agitado: si Silas o Eppie, con las últimas palabras de Godfrey. Los pensamientos de Eppie se habían sucedido muy activos, mientras que oía la discusión entre el padre a quien amaba desde hacía mucho tiempo y aquel nuevo padre desconocido, aquel nuevo padre que bruscamente había venido a ocupar el sitio de la sombra negra e indecisa que había puesto el anillo nupcial en el dedo de su madre.

Su imaginación se había transportado al pasado y al porvenir y se había entregado a conjeturas y a previsiones para comprender lo que significaba aquella paternidad revelada. Además, en las últimas palabras de Godfrey había algunas que contribuían a definir claramente aquellas previsiones. No era que sus pensamientos sobre el pasado o el porvenir hubieran tenido una influencia decisiva sobre la resolución de Eppie, porque esa resolución había sido fijada por los sentimientos que vibraban al sonido de cada una de las palabras proferidas por Silas. Pero, aun fuera de estos sentimientos, la doble corriente de las reflexiones de la joven hizo nacer en ella una repulsión por la suerte que se le ofreció y por aquel padre que se acababa de revelar.

La conciencia de Silas, por otra parte, se sentía de nuevo atormentada. Lo embargaba el temor de que la acusación de Godfrey fuera cierta y que su propia voluntad se elevara como un obstáculo ante la felicidad de Eppie. Durante algunos instantes permaneció silencioso, luchando consigo mismo, porque quería dominarse antes de hablar. Por fin, las palabras salieron trémulas de su boca:

—No diré nada más. Será como queráis. Habladle a la niña. Yo no quiero impedir nada.

La propia Nancy, a pesar de toda la sensibilidad delicada de su corazón, compartía la opinión de su marido de que el deseo de Marner de guardar a Eppie no era justificado, después que el verdadero padre de ésta se había hecho reconocer. Comprendía que la prueba era muy dura para el tejedor, pero sus principios personales no le permitían dudar que un padre legítimo no tuviera derechos superiores a los de un padre adoptivo, sea quienquiera. Por otra parte, Nancy, que había sido acostumbrada a no carecer de nada y a gozar de los privilegios de una posición honorable, no podía apreciar los placeres que la primera educación y los primeros hábitos asocian con todos los fines y todos los esfuerzos de los pobres de nacimiento. Ante sus ojos, Eppie, al recobrar los derechos de la sangre, entraba en posesión de un bienestar incontestable, del que había estado privada demasiado tiempo. Por esto oyó las últimas palabras de Silas con alivio y había pensado, como Godfrey, que su deseo iba a quedar satisfecho.

—Eppie, mi querida—dijo Godfrey, mirando a su hija, no sin cierta confusión al pensar que tenía bastante edad para juzgarla—, nosotros desearíamos que siempre demostrarais afectos y gratitud a un hombre que os ha servido de padre durante tantos años, y nos esforzaremos en ayudaros a hacerle feliz. Pero esperamos que llegaréis a amarnos como le amáis, y bien que yo no haya sido lo que un padre debiera ser para vos desde mucho tiempo, quiero hacer todo lo que pueda por vos hasta mi muerte, y dotaros como a mi hija única. Tendréis en mi mujer la mejor de las madres; es ésa una felicidad que no habéis conocido desde que estáis en edad de poder apreciarla.

—Mi querida, seréis un tesoro para mí—dijo Nancy con su voz suave—. No nos faltará nada cuando tengamos a nuestra hija.

Eppie no volvió a adelantarse para inclinarse otra vez ante el señor Cass y su señora. Tenía la mano de Silas en la suya, oprimiéndola con fuerza; era una mano de tejedor, cuya palma y la yema de los dedos eran sensibles a tal presión. Al mismo tiempo, la joven habló con tono más decidido y más frío que antes.

—Gracias, señora; gracias, señor, por vuestros ofrecimientos; son muy hermosos y muy por encima de mis deseos; pero no podría tener un momento de alegría en la vida si me viera obligada a separarme de mi padre y si lo supiera sentado en nuestra casa pensando en mí y sufriendo en la soledad. Hemos, estado acostumbrados a ser felices juntos todos los días, y no puedo concebir ninguna felicidad sin él. El dice que no tenía a nadie en el mundo antes de que yo le fuese enviada, y que no tendría a nadie si yo lo dejara. Cuidó de mí y me quiso desde el principio; yo le quedaré adicta mientras viva, y nadie se interpondrá entre él y yo.

—Pero es preciso que estéis segura, Eppie—dijo Silas en voz baja—, es preciso que estéis segura de que jamás os arrepentiréis de haber preferido quedaros entre pobres gentes que no poseen más que malas ropas y cosas mediocres, cuando de vos dependía el obtener todo lo que hay de mejor.

Su susceptibilidad a este respecto había aumentado, mientras escuchaba las palabras sinceras y afectuosas de Eppie.

—Nunca podré arrepentirme, padre mío—dijo la joven—. No sabría en qué pensar ni qué desear viéndome rodeada de bellas cosas a que no he estado acostumbrada. Y sería para mí una triste tarea el vestir hermosas ropas, ir en cabriolé y sentarme en un sitio reservado en la iglesia, si todo eso hiciera pensar a aquellos a quienes amo, que mi compañía no les conviene. ¿En qué podría entonces interesarme?

Nancy interrogó a Godfrey con una mirada dolorosa; pero los ojos de éste estaban fijos en el suelo, en el sitio en que agitaba la punta de su bastón, como si estuviera ocupado distraídamente en algo. Entonces pensó que había una frase que sentaría mejor en sus labios que en los de su marido.


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