Afortunadamente. Esos se salvaron todos. (Pausa.) Di... ¡qué elegante estás!... ¿Quién es ahora tu amor?
RAMONA
Calla. ¡Oh! No hablemos del presente.
JOAQUÍN
Sí, el presente es feo: mírame á mí.
RAMONA
¡Pobrecillo!... (Pausa larga.) ¿Te acuerdas de nuestro cuartito?
JOAQUÍN
Aquí (por la frente) lo llevo retratado.
RAMONA
¡Y qué apuros pasábamos para comer!
JOAQUÍN
Fué un idilio de hambre.
RAMONA
¿Y cuando tú tenías que quedarte acostado para que yo te lavase la ropa en un barreño? (Ríe.)
JOAQUÍN
¡Qué bonito era aquello!
GABRIELA
(Burlándose). Precioso... precioso...
RAMONA
¿Y nuestra alcobita?... ¡Ah, las alcobas! (Dirigiéndose á Gabriela.) Todas las alcobas donde he dormido después han dejado en mi memoria una impresión de disgusto, de asco... Sólo aquélla, á pesar de su pobreza, reaparece en mi memoria como algo azul, algo muy alegre, blanco... lleno de sol... (Abrazándole con brusca vehemencia.) Joaquín, mi Joaquín... ¿por qué te casaste?
JOAQUÍN
Mi Ramona... (Pausa.)
GABRIELA
Bien; me parece llegado el momento de imitar el discreto ejemplo de don Pablo. Buenas noches.
JOAQUÍN
(Levantándose). Entonces, yo me voy también.
GABRIELA
¿Por qué?
RAMONA
No, tú no te vas...
JOAQUÍN
¿Y si ese don Pablo, amigo tuyo, vuelve?
GABRIELA
No hay cuidado. Yo ahora voy á cambiarme de traje, luego me marcho áPum-Pum...
RAMONA
(Con gran alegría). ¡Eso es! ¡Admirablemente pensado!
GABRIELA
Y una vez allí, y mientras el solitario que se tragó Santiago aparece ó no, yo os respondo de que don Pablo no vuelve por aquí en toda la noche.
JOAQUÍN
Pero, seamos prudentes: ¿y si por casualidad viniese?
RAMONA
Mi alcoba tiene una puerta que comunica con la habitación de Gabriela. Mirad... (Los tres miran por la puerta de la derecha.)
GABRIELA
¡Pues, no digas más!... ¡Ah! Los arquitectos, poniendo con sabia previsión puertas de escape en las alcobas, dieron á las mujeres un medio para que los pobres maridos nunca sepan nada. Adiós, Joaquinito.
JOAQUÍN
Adiós, Gabriela.
GABRIELA
Hasta mañana; y... ¡no paséis miedo!
RAMONA
Confiamos en ti.
GABRIELA
Perded cuidado. Creo que no puedo hacer más por vosotros, ¿eh?...
RAMONA
Eres un ángel.
JOAQUÍN
Un ángel.
GABRIELA
Adiós, hasta mañana.
(Vase. Ramona cierra cuidadosamente la puerta. Después, ella y Joaquín se miran y, sin hablar, se abrazan.)
JOAQUÍN
Otra vez juntos... solos...
RAMONA
Después de diez años.
JOAQUÍN
A través de los años y de las aventuras, me siguió tu recuerdo. ¡Oh! Tengo tantas, tantas cosas que decirte, que no sé por cuál empezar. Ramona, Ramona mía...
RAMONA
¡Tuya!... ¡Siempre!...
JOAQUÍN
¿Te acuerdas de nuestra estancia en el pueblo?
RAMONA
Mi casa, la casa donde nací...
JOAQUÍN
Aquella casita blanca, oculta entre árboles muy verdes, donde murió tu abuelo, donde murió tu padre... y donde quizá, cuando seas vieja, vayas á morir tú...
RAMONA
Esa casita que, por haberse marchado tantos camino de la otra vida, parece una estación...
JOAQUÍN
Sí, en esa casita blanca... ¡quién pudieravivir contigo, sin ambiciones, olvidado de todos!...
RAMONA
Poeta; ¿y tu mujer... y tus hijos?
JOAQUÍN
¡Oh, deja!... No hablemos del presente. Tenías razón: el presente es feo.
RAMONA
Habla... sigue, Joaquín... Aunque me engañes, sigue...
JOAQUÍN
No, no te engaño: es mi alma romántica, mi alma sincera, la que en estos momentos se derrama por mis labios. Al verte, te quiero como te quise entonces... lo mismo, y es que el pasado vuelve. ¿Qué me importa tu historia? La Ramona que tengo ahora delante esaquélla, la de los años mozos; años de locura, de inconsciencia, en que no nos cabía en la boca la risa. En mi largo combate por la gloria y por el pan, salí triunfante. ¡Lo gané todo! Honores, posición, esposa, hijos... y, sin embargo, en mi alma, de donde contigo voló la alegría primera, una voz clamaba, clamaba perpetuamente, y esa voz decía: «Dame más, dame más... otra cosa, otra... rebusca... ¿ó es queno hay bajo el cielo más que lo que me diste?...»
RAMONA
Como yo.
JOAQUÍN
Como tú...
RAMONA
Sí... pero ya estamos muy separados. No, Joaquín, no... no hay que hacerse ilusiones: el pasado no vuelve...
JOAQUÍN
Vuelve, sí... ¿cómo dudas? Tu pasado soy yo; mi pasado eres tú... la casualidad nos reúne, aunque sea momentáneamente, y mira cómo, de pronto, lo que fué nos sale al paso y nos cierra el camino. Otra vez solos... juntos...
RAMONA
Pero... ¿y mi vida? ¿Esta sucia vida que me rodea?
JOAQUÍN
¿Y qué?... ¿Que vives en el pecado?... ¿Y qué?... Si en los días negros de quebranto y de fastidio nadie fué á consolarte, ¿quién podrá acusarte con justicia?... El cuerpo tienehambre y come; las almas solitarias, las almas aburridas, padecen hambre de ideal y pecan; que el pecado, Ramona, es pan para las almas que se aburren.
RAMONA
Eres el mismo... el mismo...
JOAQUÍN
Y tú, la misma... Más hermosa, tal vez...
RAMONA
¡Oh, no!...
JOAQUÍN
Sí, son tus ojos... son tus cabellos... tus cabellos negros, que yo besé tanto...
RAMONA
¡Pobre cabeza mía!... (Acariciándole.) Pobre cabeza mía... ¡qué viejecita está!...
JOAQUÍN
Sufrió mucho.
RAMONA
Mucho.
JOAQUÍN
Pero, aunque esté fea, quiérela, porque pensó mucho en ti. (Pausa.)
RAMONA
¡Qué mala es la vida!
JOAQUÍN
No...
RAMONA
¡Qué triste!...
JOAQUÍN
No, no creas.
RAMONA
¡Sí, qué triste!...
JOAQUÍN
Te equivocas. ¿Por qué?...
RAMONA
¿Dirás que es alegre?
JOAQUÍN
Tampoco... ¡qué sé yo!... La vida no esuna lágrima; tampoco es una carcajada; es... una sonrisa. (Pausa larga.)
RAMONA
El pasado vuelve, dijiste... ¿y si tuvieses razón? (Se levantan.)
JOAQUÍN
¡Ah! No lo dudes.
RAMONA
Nos conocimos en un merendero, una noche de verano, una noche como esta...
JOAQUÍN
Noche lírica de luna y de amor...
RAMONA
¡Cómo lo recuerdo! ¡Cómo revive aquella escena en mi memoria! ¡Con qué nitidez la veo!... Es algo para mí coherente, tangible como un bajo relieve...
JOAQUÍN
Todo está igual... menos yo...
RAMONA
Menos tú... Pero yo, dentro de mi espíritu,te veo como eras entonces: con tus cabellos rizosos y negros, con tus ojos luminosos, con tus mejillas frescas, llenas de sangre...
JOAQUÍN
¡Ay!
RAMONA
¿Quieres?... ¿Di?... ¿Quieres?...
JOAQUÍN
¿Qué?
RAMONA
Reconstituir la escena.
JOAQUÍN
¿Cómo?
RAMONA
Apagando la luz.
JOAQUÍN
¡Oh!... ¡Qué triste es eso!
RAMONA
¿Triste? ¿Por qué?
JOAQUÍN
¡Ah! No sabría explicártelo ahora... pero, sí... es muy triste... Alude á mi vejez...
RAMONA
Estábamos cenando así, delante de una ventana como ésta... y al darnos el primer beso, en el jardín del merendero un cuarteto ambulante empezó á tocar un vals...
JOAQUÍN
Sí... nuestro vals...
RAMONA
Nuestro vals. (Pausa.) ¡Espera! Sí, eso es... Verás... (Apoya un timbre. Pausa.)
JOAQUÍN
¿A quién llamas?
RAMONA
Al camarero.
JOAQUÍN
¿Qué quieres?
RAMONA
Aguarda.
JOAQUÍN
¿Pero, qué vas á hacer?
RAMONA
Es una ocurrencia rara y bonita.
CAMARERO
¿Llamaba usted?
RAMONA
Adelante. (Con frialdad.)
CAMARERO
Con su permiso; buenas noches.
RAMONA
¿Y mi amiga, la señorita del número seis?
CAMARERO
En este momento acaba de marcharse.
RAMONA
Bien. Hágame el favor de decirle al directorde los cíngaros que toque el vals deLa Bohemia.
CAMARERO
Perfectamente.
RAMONA
Tome usted; dele esto de mi parte. (Entrega al camarero un billete.) Adiós... (Durante esta escena, Joaquín permanecerá junto á la ventana, como indiferente á la conversación.)
JOAQUÍN
Eres original. (Con alegría.)
RAMONA
Soy digna de ti.
JOAQUÍN
Vales más que yo; eres más artista que yo...
RAMONA
Una artista de la vida.
JOAQUÍN
Mi alma... mi Ramona.
RAMONA
Noche de verano, noche de luna, noche de amor... Tenías razón, Joaquín, tenías razón: el pasado vuelve... (Los dos se asoman á la ventana.)
JOAQUÍN
¡Oye! (Música dentro.)
RAMONA
El pasado vuelve...
(El vals suena muy lejos, muy debilitado, de modo que sirva de fondo á la conversación.)
JOAQUÍN
Emoción divina.
RAMONA
Si la vida es teatro, ¿por qué no colgar en ella las decoraciones á nuestro gusto?... Soy, ¿verdad?, una excelente directora de escena.
JOAQUÍN
Mi alma.
RAMONA
Joaquín... ¿Ves?... Todo está igual.
JOAQUÍN
Todo.
RAMONA
La ventana, el aire perfumado, el campo bañado en luna... el vals con sus notas de melancolía y de amor... Sólo me separan de aquella visión tus pobres ojos, un poco más tristes....
JOAQUÍN
Ramona...
RAMONA
Tus cabellos, un poco más blancos... tus cabellos fríos...
JOAQUÍN
¡Por piedad!...
RAMONA
Pero, para destruir eso, hay un recurso.
JOAQUÍN
¿Cuál?
RAMONA
Buscar la obscuridad.
JOAQUÍN
No... no...
RAMONA
Sí; en la obscuridad, las almas que quieren soñar, sueñan mejor. Quiero verte hermoso, como entonces... Déjame... necesito ser feliz... una noche... un instante... (Apaga la luz.)
JOAQUÍN
¿Qué haces, Ramona?
RAMONA
Nada, mi rey... nada... Acercarme á ti...
(El teatro quedará totalmente á obscuras. Ellos permanecerán un momento abrazados delante de la ventana, bañada en luna, y luego caerán sobre el diván, mientras la música continúa y el telón desciende rápido.)
TERMINA LA COMEDIA
Á RAMONA VALDIVIA
PERSONAJES
ACTORES
Araceli(representa veinticinco años en el primeracto y cuarenta y cinco en el segundo.Carácter impulsivo. Es amante de Danielen el acto primero y de Paco en el segundo)
Srta. Valdivia[D].
Raquel
Sra. Ezquerra.
Catalina
» Montalt.
Luisa
» Doré.
(Las tres de veinte á veinticinco años.Aparecen disfrazadas con trajes caprichosos:capuchones, mantones de Manila, etc.)
Leocadia(cuarenta años. Prendera)
» Corona
Teresa(ama de llaves)
» Espejo.
Daniel, marqués del parral(hombre demundo, escéptico, un poco cansado. Representacuarenta y cinco años en el actoprimero y sesenta y cinco en el segundo)
Sr. Palacios.
Paco(veinticinco años. Temperamento alegrey vehemente. Viste de frac)
» Maximino.
Manolo(veinticinco años)
» López Benety.
Don Nicolás(cuarenta ídem)
» Castilla.
Ángel(treinta ídem)
» Valero.
(Los tres visten de frac ósmoking).
Mariano(criado joven)
» Palacios (A.).
[D]Aunque estos actos se hallan separados por un intervalode veinte años, el autor cree que la actriz no necesita ponerse pelucacanosa en el acto segundo. «La edad», de consiguiente, más quecon la blancura del cabello, deberá expresarla con la sencillez desu vestir y la fatiga del ademán.
[D]Aunque estos actos se hallan separados por un intervalode veinte años, el autor cree que la actriz no necesita ponerse pelucacanosa en el acto segundo. «La edad», de consiguiente, más quecon la blancura del cabello, deberá expresarla con la sencillez desu vestir y la fatiga del ademán.
ÉPOCA ACTUAL
Derecha é izquierda, las del actor
FRIO
Gabinete elegante. Chimenea encendida á la derecha. Cerca de la chimenea una ventana. Al fondo y á la izquierda, puertas.Al levantarse el telón, Daniel y Manolo se disponen á tomar café delante de la chimenea. Daniel en traje de casa. Manolo viste frac ó «smoking».Es de noche.
Gabinete elegante. Chimenea encendida á la derecha. Cerca de la chimenea una ventana. Al fondo y á la izquierda, puertas.
Al levantarse el telón, Daniel y Manolo se disponen á tomar café delante de la chimenea. Daniel en traje de casa. Manolo viste frac ó «smoking».
Es de noche.
DANIEL
(Sentándose). ¿Eh? ¿Tenía yo razón? ¿Qué tal, si hubiésemos esperado á Araceli para cenar?
MANOLO
En efecto, sí... ¡Un escándalo!... Son más de las diez...
DANIEL
Esa, ya no viene.
MANOLO
¿Cómo, que no vendrá?
DANIEL
Vamos, entiéndeme: quiero decir que ya no viene á cenar. Seguramente la ha invitado Mariquita Rojas.
MANOLO
¿La de Federico Paz?
DANIEL
La misma.
MANOLO
¡Preciosa chiquilla!
DANIEL
Lindísima... ¡y baratita!
MANOLO
Ignoraba ese detalle.
DANIEL
Pues Federico no se gasta con ella al mes ni mil pesetas.
MARIANO
(Que llega con el servicio del café y la botella del coñac). ¿Les sirvo á los señores aquí?
DANIEL
Sí, ¿no te parece?
MANOLO
Sí, mejor es aquí, porque la noche está fría.
DANIEL
¡Mala noche para las máscaras!
MANOLO
¡Quiá, el frío es lo de menos! Porque cuando vamos al baile llevamos la ilusión, que es calor, de lo que vamos á beber; y cuando salimos del baile, nos traemos el calor de lo que se ha bebido.
DANIEL
¡Que nunca es poco!
MARIANO
(A Manolo). ¿El señor querrá también coñac?
MANOLO
¡Hombre, eso no se pregunta!
DANIEL
¿Con quién vas al baile?
MANOLO
Con Luisito Gil y su hermano. Tenemos una platea.
DANIEL
¿Lleváis mujeres?
MANOLO
No. Creo que en nuestro palco no habrá mujeres. A no ser que tú te decidas á llevar á Araceli...
DANIEL
No.
MANOLO
Anímate, hombre.
DANIEL
De ninguna manera.
MANOLO
Todo depende de que ella se empeñe. Ya sabes lo que dice el refrán... (Bebe.)
DANIEL
Lo sé: «Lo que una mujer guapa quiere, Dios lo quiere»...
MANOLO
Exacto.
DANIEL
Pero eso es antes del primer abrazo; que después... después no diré que valga menos, pero tampoco diré que valga mucho más que una botella vacía.
MARIANO
¿Tienen los señores algo que mandarme?
DANIEL
No, puedes retirarte. Oye, trae la botella, déjala aquí.
(Mutis Mariano.)
MANOLO
Me encanta tu cachaza, tu filosofía... pero no la entiendo... ¡sin duda porque soy demasiado joven!
DANIEL
Por eso, precisamente. Yo, á tu edad, era como tú, y jamás hubiera creído que los años me domasen la voluntad hasta inclinarme á pensar como ahora pienso. He cambiado mucho... ¡mucho!... Lo que á otro cualquiera le indignaría, á mí me divierte. Me parece bien que un hombre se canse de una mujer... y me parece bien que se suicide por ella... ¿Qué más da?... A mi edad, hijo mío, la vida es como un encogimiento de hombros. (Pausa.) ¿Quieres otra copita de coñac?
MANOLO
Bueno.
DANIEL
Hay que beber.
MANOLO
Y que brindar.
DANIEL
Brindemos, si tú quieres. (Beben.)
MANOLO
¡Eres raro!
DANIEL
¿Por qué?... Te advierto que me halaga ser así.
MANOLO
¿De modo que tú no sientes celos de Araceli?
DANIEL
No; yo estoy cierto de que Araceli me quiere entrañablemente, y, por lo mismo, que no puede engañarme.
MANOLO
¡Ja, ja! ¡Las mujeres!...
DANIEL
Y si me burlase, me separaría de ella, ¡y en paz!... Pero de eso, á sufrir celos, hay mucha distancia. El que está celoso es porque se reconoce un poco en ridículo; los celos, por tanto, no pasan de ser una mueca, más ó menos romántica, del amor propio. ¡Matar al hombre que nos quita la mujer amada, ó matar á la esposa que nos deja por un caballero que halla más inteligente ó más simpático que nosotros! ¡Qué salvajada y qué villanía!... Debemos aspirar á ser amados «porque sí», que no por interés ó por miedo. El amor, para merecer ese nombre, necesita ser una «espontaneidad» del espíritu; así, quítale esa espontaneidad, que constituye su perfume, su esencia divina, y no valdrá diez céntimos.
MANOLO
Pues, yo soy celoso... ¡pero horriblemente celoso!
DANIEL
¡Tanto peor para ti, porque te engañarán muchas veces! ¿Quieres otra copita?
MANOLO
¡Venga otra copita!
DANIEL
Yo, con los años, voy tornándome egoísta, y á fuer de tal, procuro no salir de mí mismo ni hacer nada que me contraríe. ¿Que esta noche Araceli decide irse al baile? Bueno, que vaya. Yo, me quedo aquí, leyendo. Estoy cierto de que no hay mujer que distraiga lo que distrae un libro bueno.
MANOLO
(Sirviéndole coñac). Ahora soy yo quien invita.
DANIEL
Se acepta. (Bebe.) Mis dos últimas aficiones son la lectura y los perros. ¡Qué hermosos, qué bravos, qué leales son los perros!...
MANOLO
(Riendo). ¡Eso decía mi padre! Cuando yo me escapé de mi casa con dos mil pesetas que le robé á mi hermana, y una criada bastante bonita que teníamos, mi padre me escribió una carta terrible, en la que decía «que hay perros que valen más que un hijo».
DANIEL
Pues no exageró tu padre... porque yo, andando por el mundo, me he convencido de que si hay perros que valen más que un hijo, también es cierto que hay muchos padres que merecen menos que un perro.
MANOLO
De donde se deduce que la humanidad no vale lo que un Terranova. (Riendo.) A mi edad, sin embargo, todavía se cree en el amor, en la amistad... ¡Mira! Brindemos por los hombres. (Escancia.)
DANIEL
Sea; bebamos, que, para beber, cualquier pretexto es bueno. Pero, hazme caso á mí: si crees en la eficacia de los brindis, ¡brinda por los perros!
MARIANO
Señor marqués...
DANIEL
¡Hola!
MARIANO
Ahí está una mujer que trae unos mantones de Manila para la señorita.
DANIEL
¿Unos mantones?
MARIANO
Sí, señor.
DANIEL
¡Qué ocurrencia! (A Manolo.) ¿Para el baile, ves? Esa criatura está loca.
MARIANO
¿Quiere usted que la haga pasar?
DANIEL
¡No! Dila que la señorita no está.
MARIANO
Se lo he dicho.
DANIEL
Bueno; pues que los deje ó que se vaya... ¡Lo que quiera!
MARIANO
Pero como tiene prisa... Dice que la esperan en otra parte...
DANIEL
¡Pues que se largue! ¡Hola!... ¡No faltaba más sino que le vengan á uno con exigencias! Si no puede aguardar, que se marche.
MARIANO
Muy bien. (Hace ademán de irse.)
DANIEL
Ahí viene un coche.
MANOLO
Será Araceli.
DANIEL
Seguramente.
MARIANO
(Mirando por la ventana). Sí, la señorita es. Hasta luego. (Mutis.)
MANOLO
(Bromeando). Hombre frío, hombre de hielo... ¿no te dice nada el corazón?
DANIEL
Nada.
MANOLO
Hipócrita.
DANIEL
Si acaso, me dice que Araceli vendrá con ganas de broma y que vamos á tener un disgusto.
MANOLO
¿Por lo del baile?
DANIEL
Por lo del baile.
MANOLO
Entonces me voy; las riñas de familia me aburren.
DANIEL
¡No hombre, espera, no me dejes solo!...
MANOLO
Nada, huyo despavorido.
DANIEL
¡Pero, muchacho!
MANOLO
No quiero que me amarguéis la noche.
DANIEL
Aguarda. ¡Canastos!... Ahora empiezo á comprender lo útil que puede ser un amigo en un matrimonio...
ARACELI
(Viste con gran elegancia. Trae en la mano una bolsa con confetti y confettis en el sombrero y en el traje. Al ver á Manolo, le saluda afectuosamente, con esa efusión un poco teatral con que las coquetas suelen tratar á todos los hombres de quien sesaben amadas, aunque les sean indiferentes.) ¿Pero estaba usted aquí, encanto? (Con zumba.)
MANOLO
Esperándola á usted.
ARACELI
Y acompañando á Daniel... dígalo usted así, aunque no lo sienta...
MANOLO
También, también.
ARACELI
¿Quiere ustedconfettis? (Hace ademán de arrojárselos.)
MANOLO
¡No, por piedad!
ARACELI
Sí, sí...
MANOLO
¡Antes moro!... (Corre, huyendo de ella.)
ARACELI
¿Y tú, Danielín? (Con gran mimo.)
DANIEL
Ya ves... (Refiriéndose á la botella del coñac.)
ARACELI
¡Qué escándalo! ¿Os habéis bebido todo eso?
MANOLO
Copa á copa.
ARACELI
¡Ah, viciosos! (A Daniel.) Trae, yo también quiero un trago.
DANIEL
¿A que tienes envidia de nosotros?
ARACELI
No diré que no. (Bebe.) ¡Brrr!... ¡Qué fuerte está... Agua, agua, dadme agua... (Hablando con volubilidad nerviosa.) Supongo que habréis cenado.
DANIEL
Como no venías...
MANOLO
Ha sido una gran falta de galantería; perdone usted, Araceli.
ARACELI
Hicieron ustedes bien.
MANOLO
¿También usted ha cenado?
ARACELI
No, pero he comido muchas chucherías y no tengo apetito. Ahora vengo de casa de Teresita Serra; hemos estado cantando al piano y bebiendochampagne, y después ella y su amigo me han acompañado en un coche hasta aquí. ¡Uf, qué calor hace! ¿Por qué no abren ustedes un poco la ventana?
DANIEL
¿Pero estás loca, chiquilla?
MANOLO
Usted quiere acabar con nosotros.
ARACELI
¡Qué hombres tan cobardes! Pues yo no tengo frío; al contrario... ¿Eh?... ¡Qué atrocidad!... ¡Cómo traigo el sombrero!... ¡Pero he pasado la tarde muy bien! Todo Madrid ha bajado á Recoletos.
MANOLO
¿Muchas máscaras?
ARACELI
Muchísimas. Yo he pasado la tarde en el coche de Filomena Gil. Ya la conocéis... Ibamos ella, su hermana Lola y Lorenzo. Al pasar por la tribuna de la Prensa, vimos á Juanito Santos. En seguida empezó á gritar: «¡Viva la marquesita, viva la marquesita!...» Y aquello fué como si el cielo se hubiese convertido enconfettis; ¡qué risa!, yo creí que nos ahogábamos. Luego se subió al coche un diablo que, después de decirle á Filomena horrores, se marchó sin quitarse la careta.
MANOLO
¿Y fueron «horrores» los que dijo?
ARACELI
Verdaderas atrocidades. Como que hubo un momento en que pensé que Lorenzo iba á romperle una botella en la cabeza.
DANIEL
¿Pero llevaban ustedes vino en el coche?
ARACELI
Media caja de botellas dechampagne.
DANIEL
(A Manolo y con enfado cómico). ¿Qué te parece?
MANOLO
¿Pero tú crees que esas bromas se corren á palo seco? ¡Bien se conoce que vas para viejo!
ARACELI
(A Daniel). ¿Viejo?... ¡Bueno! ¿Y qué? Mejor. A mí me gustan los viejos... ¡éste sobre todos!
MANOLO
Ya sé por qué.
ARACELI
¿Sí?
MANOLO
Porque usted es una mujer previsora que sabe aceptar la fealdad del ser amado, antes de que éste se vuelva irremediablemente feo...
ARACELI
No te apures, Daniel, no te apures, que eso no va con nosotros.
DANIEL
¿Apurarme yo?... ¿Para qué, cuando éste y todos, tarde ó temprano, han de hallarse convertidos en unos adefesios? El tiempo, que es el gran amigo de los feos, me vengará... Tú has de verlo, tú, que eres joven. Todos estos buenos mozos que á los treinta años saldrían desnudos á la calle, á los cincuenta puede ser que no se atrevan á salir ni vestidos.
MANOLO
Pero mientras se dobla ó no se dobla el cabo cincuenta... ¡vamos viviendo!
ARACELI
Tiene usted razón.
MANOLO
Y bebiendo. (Llena su copa.) Hay que ponerle espuelas al buen humor.
ARACELI
¿Va usted al baile?
MANOLO
¿No se me conoce?
ARACELI
Yo también voy. Es decir, vamos. (Por Daniel.) Nunca he tenido tantas ganas de divertirme como esta noche.
MANOLO
¡Y yo!
DANIEL
Eso necesita la niña, que le alboroten la cabeza.
ARACELI
Estoy... que me río de todo, como si la alegría me hiciese cosquillas.
MANOLO
El baile va á estar soberbio.
ARACELI
Desde ayer no quedan billetes.
MANOLO
Ni uno. ¡Los cojos van á bailar esta noche! Creo que los carteles anuncian un concurso de mantones de Manila...
ARACELI
¡Ah!... ¡Pero qué cabeza la mía! Ya nome acordaba de que en el recibimiento están esperándome.
MANOLO
¡Es verdad! Con unos mantones...
ARACELI
Justamente. Vamos á verlos. (Asomándose á la puerta del foro.) ¡Leocadia! Pase usted.
DANIEL
(A Manolo). La tormenta se acerca; la siento llegar.
ARACELI
(Afectuosa). ¿No se llama usted Leocadia?
LEOCADIA
Leocadia Alvarez, para servir á ustedes.
DANIEL, MANOLO
Buenas noches.
LEOCADIA
Salud para todos, señores.
ARACELI
¿Qué me trae usted?
LEOCADIA
Lo mejorcito de la tienda viene aquí.
ARACELI
¡Muy bien!
LEOCADIA
La señorita tendrá donde escoger.
ARACELI
Veamos, veamos... ¿Me trae usted el mantón?
LEOCADIA
Sí, señorita.
ARACELI
¿El que yo vi esta tarde?
LEOCADIA
Sí, señorita.
ARACELI
Como me dijo usted que lo tenía comprometido... ¡Porque si no es el mismo, no lo quiero!
LEOCADIA
¡Que sí, señorita, ¡caramba!, yustésdispensen; que es el mismo!... ¿Pero iba yo á engañarla á usted? Ya veo que usted no me conoce, porque otra cosa no tendrá la Leocadia... pero formalidad... Lo que yo diga, diga usted que va á misa.
ARACELI
Bueno, mujer...
LEOCADIA
Vamos despacio y por partes. (A Daniel y á Manolo.) Ustés disimulen si, sin querer, les vuelvo la espalda.
DANIEL, MANOLO
¡Dispensada, desde luego!
LEOCADIA
Gracias. (A Araceli.) Aquí tiene usted un capuchón precioso.
ARACELI
¡Yo no quiero capuchones!
LEOCADIA
Es para que usted se haga cargo. Señorasconozco que, como la señorita, no quieren capuchones; y, en cambio otras, ¡pero que no se pondrían más disfraz que ese! Como dijo el otro, de gustos no hay nada escrito, y así hay quien se casa á los veinte años, ¿sabe usted?..., y quien á los ochentaentoavíaestá soltero. Y es por eso...
ARACELI
Sí, como hay quien enviuda, y después de alegrarse mucho, pero mucho, de haber enviudado... se vuelve á casar.
LEOCADIA
¡Y que lo diga usted! Pues aquí tiene usted este traje, que es una monada.
ARACELI
Sí... no es feo.
LEOCADIA
¿Cómo feo, señorita? Usted no hareparaobien. ¡Si es el mejor traje decoupletistaque se ha visto en Madrid! ¿Usted no ha oído hablar de Juanala Perdía, la que bailaba en elSalón Azulel añopasao?... ¡Pues ella lo estrenó! Y este traje hasalíoen los periódicos. Por el alquiler la pondría cien pesetas, lo mismo que por el mantón.
ARACELI
No, no lo quiero... Es bonito, pero, no... no...
LEOCADIA
A la señorita se le hametíoen la cabeza lo del mantón y ha de salirse con su gusto. Bueno, aquí lo tiene usted... Yo, si he de ser franca, siento que no se quede usted con el traje, porque los mantones... aquí los señores lo saben... padecen mucho en los bailes; porque si un estrujón... porque si una copa dechampagne... ¡Eso no hay quien lo evite! (Desdobla el mantón.)
ARACELI
¡Qué bonito!
LEOCADIA
Hágase usted cuenta de que lo estrena. Ni una manchita lleva.
ARACELI
(A Daniel y á Manolo). ¿Les gusta á ustedes?
MANOLO
Muchísimo.
ARACELI
Ya lo sabía yo.
MANOLO
Usted siempre está guapa, pero dentro de ese jardín hecho de seda y de sol, va usted á estar guapísima.
LEOCADIA
Ya, ya se ve que aquí el caballero tiene el gusto fino.
ARACELI
Y todo esto, amigo Manolo, lo hago por Daniel, para que se luzca... ¿Verdad?... (A Daniel.)
DANIEL
Lo que no comprendo es que alquiles un mantón, teniendo ahí tres ó cuatro de primer orden: tienes uno azul, otro rojo, otro blanco y verde... ¡qué sé yo!...
ARACELI
Pero si lo hago por ti, bobón... si lo hago por ti, para parecerte «otra...» (Mimosa y risueña.)
DANIEL
¿Por mí?... Yo no he de ir al baile.
ARACELI
¡Vaya si vienes!
DANIEL
¡Quiá!
MANOLO
Sí va, sí.
ARACELI
En cuanto me veas.
DANIEL
Lo que es eso...
LEOCADIA
La señorita tiene mucha razón. ¡Ja, ja, ja!... Ya lo creo; en cuanto usted la vea con el mantoncito bienapretaoalrededor de la cintura, se vuelve usted loco.
DANIEL
¡Está usted fresca!
ARACELI
(Un poco irritada). ¿Pero hablas en serio?
DANIEL
Y tan en serio.
ARACELI
¿No vas á venir?... ¿No vas á venir rogándotelo yo?
DANIEL
No, hijita, no. Yo esta noche no voy al baile; ve tú, si quieres.
MANOLO
Pero, oye, Daniel...
ARACELI
No, Manolo, hágame usted el favor de no decirle nada, ni una palabra; quiero que el desaire me lo haga á mí.
DANIEL
(A Manolo). ¿No te lo dije?
ARACELI
Nunca hubiera creído que me pusieses en ridículo así, nunca. Y menos delante de extraños.
LEOCADIA
El señor me perdonará; el señor dirá que esto es meterme donde no me llaman... pero, ¡mire usted que la pobre señorita va á llevarse un disgusto muy grande!
DANIEL
En efecto, usted lo ha dicho: eso es meterse donde nadie la llama.
MANOLO
(A Araceli). Tenga usted paciencia.
LEOCADIA
¡Válgame Dios! Le ponen á una la caracoloráy... Pues crea usted que si he dicho algo no es por el interés de cobrar las cien pesetas cochinas que vale el alquiler del mantón...
DANIEL
(Severamente). ¡Chist!... ¡A callar! Aquí no tolero palabras malsonantes.
LEOCADIA
Bien, caballero; ¡pero qué humos!
MANOLO
Basta, basta...
LEOCADIA
Ya estoycalládel todo... ¡Bueno!... ¡Pero qué humos!... ¡Ni una chimenea!
ARACELI
(Arrebatadamente). ¡Vaya, se acabó la cuestión! Llévese usted sus trajes.
LEOCADIA
Pero, señorita...
ARACELI
¡Que se lleve usted sus trajes, he dicho!...
LEOCADIA
Pero, señorita... ¿quérepentela hadao?
ARACELI
¡Se acabó, se acabó!... ¡No quiero hablar más!... Llévese usted el mantón, porque no respondo de hacerlo pedazos.
LEOCADIA
(A Manolo). Pero, diga usted, caballero... y usted dispense, que no sé su gracia: ¿no es una lástima, diga usted, que aquí la señorita Araceli se lleve un disgusto por una tontería?
MANOLO
Eso creo yo.
DANIEL
¡Y yo, el primero! ¿Pero, por qué vais á hacerme responsable de este incidente?
ARACELI
La responsable seré yo...
DANIEL
Ni tú, ni yo, ni Manuel, ni nadie. ¿Tú quieres ir al baile? Pues vete enhorabuena, ¿quién te lo impide?... ¡Ve y diviértete mucho... y vuelve á la hora que te plazca! Creo que no puedo ser más liberal... Pero de que yo te deje ir á que tú me «obligues» á acompañarte, ¡hay mucha diferencia!... ¿No te parece?
MANOLO
Sí, y no se enfade usted, Araceli; yo creo, imparcialmente, que Daniel tiene razón.
DANIEL
¡Y tanta! Cada cual distrae su fastidio como puede: yo lo distraigo leyendo, tú bailando... ¡Muy bien! Aquí no se ventila ninguna cuestión de amor propio, ni se trata de que nadie imponga á nadie su voluntad... Sí de que todos pasemos la noche lo más agradablemente posible. (Pausa.)
LEOCADIA
En llegando á ese punto, yo no digoni pío; los señores verán. Señorita, hable usted...
MANOLO
Vaya usted, si quiere...
DANIEL
Ve, tonta, ve... ¿pero por qué dudas?
ARACELI
(Irritadísima). ¡Venga el mantón! Ea, se acabaron las contemplaciones. ¡Venga!... He prometido ir, y no quiero quedar en ridículo. ¿Usted necesitará su dinero, verdad?... Sí, tome usted...
LEOCADIA
No hay prisa.
ARACELI
Sí, tome, mejor es... á cada cual lo suyo... (Registrando su portamonedas.) ¡Qué demonio! No tengo bastante...
LEOCADIA
¡Pero déjelo usted, señorita!
ARACELI
¡Que no! Tome usted; mañana le daré el resto.
LEOCADIA
¡Nada, no quiero nada!
ARACELI
Sí, sí.
LEOCADIA
¡Que de ninguna manera!
DANIEL
Yo daré lo que falte.
LEOCADIA
¡Vaya, que no! ¡Ni que se fueranustésá morir! Hasta mañana, hasta mañana si Dios quiere. (Recoge los otros disfraces precipitadamente.)
ARACELI
Venga usted por la tarde.
LEOCADIA
Repito que no hay prisa. Ea... ¡y que pasenustés tóosmuy buena noche!
MANOLO
Adiós, mujer.
ARACELI
¿Ya estarás contento, verdad? Me has puesto en ridículo... ¡Ya estarás contento!
DANIEL
Araceli, te ruego que no riñamos; es de mal gusto.
ARACELI
Egoísta...
DANIEL
No, hija querida, no soy egoísta.
ARACELI
Sí lo eres; Manolo puede decirlo; no hay hombre que se quiera tanto á sí mismo como tú.
MANOLO
Yo, si ustedes me lo permiten, voy á marcharme.
ARACELI
No... yo le ruego que se quede aquí.
MANOLO
Si usted lo quiere...
(Durante este diálogo, Manolo leerá periódicos, hojeará libros, etc.)
ARACELI
Sí, quédese usted... Con usted, amigo íntimo de Daniel, no hay para qué tener secretos. (Pausa.) No crea usted que mi enfado y mi dolor provienen de lo que acaba de suceder. ¡No!... Ir al baile ó no ir... ¿á mí qué me importa?... Pero este hecho, insignificante en sí, es como la gotita que hace derramar el vaso. Sufrimos una pena grande, y otra pena mayor, y otra y otra... y sonreímos. Hasta que llega una contrariedad pequeñísima, una contrariedad cualquiera... ¿qué diría yo?... ¡Unos zapatos que acabamos de comprar y que nos lastiman un poco!... Y, de súbito, acordándonos de que nada nos sale bien, la garganta se nos llena de sollozos y rompemos á llorar á gritos. Y así es todo: eche usted sobre un edificio una piedra más de las que puede soportar, y el edificio se hunde; dele usted al corazón una gota de sangre más de la que pueda contener, y el corazón se rompe.
DANIEL
¿Tantos disgustos te dí que ya no puedes resistir ni uno más?
ARACELI
Tantos, tantos me diste, Daniel... que mi alma, toda mi pobre alma es una llaga.
DANIEL
No recuerdo ninguno.
ARACELI
¡Si lo sé! Pues ese, ese es, cabalmente, mi mayor dolor: que me lastimas sin advertirlo, por distracción... como sólo pueden hacerlo los que no quieren.
DANIEL
¡Ahora salimos con que no te quiero!
ARACELI
No, Daniel, no; aquello se fué...
DANIEL
Eres injusta conmigo.
ARACELI
¡Injusta!
DANIEL
Me acusas sin razón. Yo te quiero con amor firmísimo, lleno de lealtad. Pero recuerda,Araceli, que si yo tengo veinte años más que tú, el cariño que me lleva á ti y el cariño que te acerca á mí, no pueden ser iguales.
ARACELI
¡Estás cansado de amar!
DANIEL
De amar no estoy cansado, pues que tu amor basta á hacerme dichoso; de lo que sí estoy fatigado es de las impaciencias de la pasión, de las grandes «chiquilladas» de la pasión, de todo cuanto hay en ella de intemperante y ostentoso.
ARACELI
Eso tiene un nombre: se llama desilusión.
DANIEL
Desilusión, sí; pero desilusión de lo pequeño, de lo accidental, de lo que en modo alguno daña á la esencia del amor. Tú tienes ahora veinticinco años; yo ¡ay! también los tuve, los cumplí hace tiempo... y entonces, que mi sangre ardía, la posesión de una mujer no me bastaba: necesitaba que mis amigos la conociesen, la llevaba á los bailes, la obligaba á beber, la arrastraba de orgía en orgía como á una presa; no concebíael amor sin exhibición, sin escándalo... Pero, mira... la vida fué pasando... y cuando los cabellos empezaron á blanquear, el alma tuvo frío.
ARACELI
Y ahora tienes frío.
DANIEL
Sí, mucho...
ARACELI
De muy distinto modo me hablabas cuando nos conocimos.
DANIEL
¡Y es natural! Diez años pasaron desde entonces; diez años, en los cuales, sobre mi corazón ha nevado mucho. La vida está dispuesta de modo que la primavera de un alma coincida generalmente con el otoño de otra alma. ¡Siempre fué así!... En las comedias del teatro humano, el Tiempo representó siempre el papel de protagonista.
ARACELI
¡Y para esto me arrancaste de mi casa!... ¡Para engañarme así! (Llorosa.)
DANIEL
¿Engañarte yo, Araceli?
ARACELI
Sí. Entonces mis padres acababan de casarme con un hombre viejo, feo, entregado en cuerpo y alma á sus negocios, á cuyo lado mis quince años, llenos de impaciencias, se ahogaban. Y tú me dijiste: «Ven, sígueme, huyamos... yo soy la alegría...»
DANIEL
¡Y lo era! (Con amargura.)
ARACELI
«Yo soy la locura... déjalo todo, renuncia á todo; viajaremos, conoceremos todos los placeres, nos asomaremos á todos los paisajes; mis labios, que tienen sed de amor, colgarán una túnica de besos sobre tus hombros; yo he aprendido una risa y una canción que nadie sabe...» ¡Eso me decías, Daniel, acuérdate, eso me decías!... ¡Y me volví loca!... Y ahora resulta que mentías...
DANIEL
¡No mentía!
ARACELI
O, cuando menos, te engañabas. Tú también eres frío, tú también eres indiferente y egoísta y cansino, ¡como el otro!... (Con brusca explosión de cólera.) ¡Pues no y no y no!... ¡Aquello, nunca!... Yo te juro que aquel muerto vivir de mi primera juventud, no volverá á repetirse. ¡Te lo juro!... Para eso, para ser dichosa, fue para lo que me puse fuera de la ley. La vida se va... la siento ir... ¡se va!... Es como una vena rota... y no quiero perderla sin haberla vivido...
DANIEL
Habla más bajo, Araceli.
ARACELI
Estoy en mi casa.
DANIEL
Pero no es necesario que los criados se enteren de lo que hablamos aquí.
ARACELI
No me importa.
DANIEL
Yo creía que debía importarte.
ARACELI
Y yo creo que estoy en mi casa, repito, y que tengo derecho á hacer en ella mi gusto...
DANIEL
Indudablemente.
ARACELI
A no ser que me eches de aquí.
DANIEL
Jamás; quien probablemente se irá de aquí, seré yo.
MANOLO
Araceli, Daniel... ¿qué va á ser esto?
ARACELI
Usted lo ha oído todo.
MANOLO
¿Pero se han vuelto ustedes locos?
DANIEL
¡Al contrario! Todos estamos muy cuerdos, porque cada cual defiende lo suyo, loque más quiere. Por eso, para no molestar nos mutuamente, repito que me iré.
ARACELI
Nadie te ha despedido.
DANIEL
Indirectamente, sí.
ARACELI
Eso, no; yo no te despedí. (Orgullosa.) Ahora, claro es, tú eres libre y, como tal, dueño de hacer lo que más te agrade.
DANIEL
Por eso me iré; ya no te convengo porque no te divierto, y debo marcharme. Mi delicadeza lo entiende así.
ARACELI
¡Si estaba viendo llegar este rompimiento! ¡Si me lo anunciaba el corazón!... (Llora.)
MANOLO
(Colérico). Haces muy mal en decir lo que dices.
DANIEL
¿Que he dicho?
MANOLO
Araceli no merece que la trates de ese modo.