MONSIEUR JACCOTOT

Pasé así un año más, ocupado en la interesante faena de la cría y distrayendo mis ocios en el carteo del bridge... ¿Llegó a gustarme este juego? No tengo ahora el menor reparo en declarar que siempre me aburrió soberanamente. Pero entonces yo no me lo quería confesar ni a mí mismo. En cambio, el mayordomo me confesaba cada día su creciente afición... No es esto de extrañarse, porque el bridge, en razón de mis frecuentes distracciones, le producía un bonito sobresueldo.

Pronto llegó la época de una nueva exposición rural, y me vine a Buenos-Aires, con tan notables ejemplares lanares y bovinos, que creí seguro esta vez sacar los primeros premios. Olvidaba que había más de un centenar de criadores no menos «seguros» que yo...

Mas esto no nos interesa. ¡Lo que sí interesa a mi caso es lo que me ocurrió en el club! Pues me ocurrió que, en cuanto instalé mis animales en la Exposición Rural, fui allí a reanudar mis partidas de bridge del año anterior. Me encontré con Joaquín Villalba, mi amigo, el infatigable «clubman», a quien se lo propuse...

—¿Qué dice usted?—exclamó fuera de sí.—¡Jugar al bridge! ¿Estará usted todavía enfermo de bridgemanía? ¡Pues está usted fresco de noticias, querido Alberto!

—¿Cómo?—pregunté sin comprender.

—Ya nadie juega al bridge, mi amigo, nadie, nadie... salvo los «rastaquères», los cursis, los «guarangos». Sólo por esnobismo pueden hoy jugarlo «dandies» provincianos y trasnochados. Estaría bien jugar para divertirse... Y se ha demostrado matemáticamente que el noventa y cinco por ciento de los que jugaban al bridge se aburrían. Es un juego rutinario y mecánico. ¿De dónde sale usted que no lo sabe?

Yo repuse ingenuamente:

—Vengo de Venado-Tuerto.

—¡Ah, comprendo!—agregó Villalba.—¡En Venado-Tuerto lo jugará hasta el cura!

—Cierto...

Mi amigo lanzó una franca carcajada, diciéndome:

—¡Y nos viene usted con la moda de Venado-Tuerto!

Nada repliqué, más confuso que fastidiado...

—Si no quiere usted que le demos patente de cursilería, no vuelva a invitar a nadie a jugar al bridge ¡por favor! ni al mus, ni a la brisca, ni a la «escoba»...

—¿Y a qué juegan ustedes?

—Al truco. Ese es hoyle mot d'ordre. ¡El truco!

—¿Eduardo VII juega también al truco?

—¿Eduardo VII? No sé. Pero el príncipe de Gales se muere por él. Lo aprendió de Alfonso XIII, y a Alfonso se lo enseñó Viñas, el conocido diplomático argentino... Es una moda que hemos sacado los argentinos. Algo habíamos de dar a la civilización. Y como el cake-walk es yanqui, el poncho general en la América española y el mate paraguayo...

—¡Viva el truco!—exclamé con colérica alegría.—El rey ha muerto, ¡viva el rey!

—Sí, mi querido amigo. El bridge ha muerto, ¡viva el truco!

Tenía razón, mil veces razón tenía mi amigo Villalba. Bien pronto lo comprendí. Y desde entonces resolví vengarme de todo lo que había jugado al bridge por hábito y con placer harto mediocre o negativo. ¡Lástima que me vengué demasiado bien!...

Pues sucedió que me encontré de nuevo con Clarita, y que su mamá volvió a invitarme a comer. Fui lleno de júbilo. En la casa me hallé con otro invitado, evidentemente también pretendiente de Clarita.

La comida transcurrió sin novedad. Me di fácilmente cuenta de que yo era el preferido de la niña. Mi rival estaba como de reserva, por si yo no me decidía...

Después de comer pasamos al salón donde ¿quién lo creería? los dueños de casa hicieron el elogio del bridge y se empeñaron en que lo jugáramos. Me negué, con impaciencia. Creyendo que mi negativa fuera para no aburrirlos, insistieron, y tanto insistieron, que no me quedó más remedio que escaparme... Pues esa misma noche, interpretando mal mi huida, Clarita se comprometió con mi rival, que, como todos los rivales, me parecía un tonto de capirote.

Comprendiendo tarde, ¡al perderla! cuánto amaba a Clarita, me volví desesperado a la estancia. En cuanto llegué, el mayordomo, reforzado con la mayordoma, me instaron a jugar al delicioso jueguito... Loco de rabia, les contesté del peor modo... El mayordomo se irritó a su vez... Los dos gritamos desaforadamente... La mayordoma se echó a llorar y me dijo que yo no era un «gentleman»... En fin, se armó tal camorra, que tuve que echar del establecimiento ignominiosamente al matrimonio inglés.

El matrimonio inglés fue a quejarse a mis tíos los propietarios. Mis tíos se enojaron conmigo y repusieron al mayordomo, cuyos servicios de veterinario eran todavía más indispensables que mis cuentas de administrador general. Reñí con mis tíos. Me retiré de la estancia, perdí mi puesto, ¡y me encontré en la calle, con una mano atrás y otra adelante!

No quiero seguir narrándoos mis desdichas, ¡oh lectores! porque temo conmoveros demasiado. En pocas palabras os diré que, por ese maldito bridge, perdí mi novia, mi posición y hasta mi nombre. La desgracia es como una bola de nieve. Ha caído sobre mí y me ha aplastado como a vil gusano. Hoy soy un pobre náufrago sin rumbo ni salvación posible. Por eso he resuelto acabar con mi vida... Y si cuento mis desdichas en este testamento público, es para que él sirva de ejemplo y de escarmiento a mis amigos, mis conciudadanos, mis prójimos.

Monsieur Jaccotot, el viejo maestro de francés, llamó ante el pizarrón a Perico Sosa, un rubiecito flacuchín, el menor y el más travieso de su clase de muchachones adolescentes, para dictarle ejemplos de la formación del femenino en substantivos masculinos o terminados en e, comonègre,nègresse...

Pertenecía aquella clase a un malhadado colegio criollo, cuya disciplina era menos que dudosa y cuyos estudiantes eran más que personajes. Cada vez que monsieur Jaccotot iniciaba alguna explicación, alzaba la voz algún impertinente. Espíritu sencillo, monsieur Jaccotot solía reprender entonces a sus alumnos, exclamando:

—En cuanto abro la boca, un imbécil habla.

Su declaración provocó esta vez más una grande hilaridad en el espíritu tanto menos sencillo de la clase. Sólo Manuel Peralta no se rió, absorbido por la lectura de algo que disimulaba dentro de su pupitre. Al notar la distracción del muchacho, el maestro pensó que estaría leyendo alguna novela, y por temor de encontrarse con un nuevo libro obsceno y vergonzoso, no se lo pidió, limitándose a observarle que no se venía a la clase a leer novelas...

—No estoy leyendo novelas,—replicó Manuel Peralta, con su desagradable voz de pollo que comienza recién a cacarear.

Notando intrigado en su tono y su gesto irónica impudencia, monsieur Jaccotot le preguntó:

—¿Qué lee usted, pues?

Peralta se levantó arrogantemente y entregó al profesor un cuaderno, diciéndole:

—Esto.

En la clase se hizo un gran silencio de curiosidad y expectativa...

Monsieur Jaccotot tomó el cuaderno y lo abrió en su primera página. Leyó allí la siguiente carátula, escrita con perfilada letra gótica: «Vida de monsieur Jaccotot (novela de malas costumbres) por M. V.; ilustrada por el autor; segunda edición, aumentada y cuidadosamente corregida»; luego veíase un escudo burlescamente dibujado, y, como pie de imprenta, el nombre del colegio y la fecha...

—¿Quién ha hecho esto?—preguntó el profesor con voz sorda, esperando el silencio con que tantas otras veces se acogiera una pregunta semejante...

Pero ahora, la travesura tenía su editor responsable. Marcelo Valdés, el mejor estudiante de la clase, el preferido de monsieur Jaccotot, se puso de pie y dijo, tartamudeando:

—Yo he sido, monsieur Jaccotot... No creía hacer nada malo... Le pido que me disculpe...

Al ver a su discípulo rojo de vergüenza y oírle hablar en un tono de humilde arrepentimiento, perfectamente nuevo y desconocido en aquella clase, que él llamaba de «indios rebeldes», monsieur Jaccotot sintió intensa sorpresa... ¿Qué insólito caso se le presentaba?... Dispúsose pues, a leer el manuscrito y dio rápidamente vuelta la página de la carátula. Encontrose en la segunda con una tosca e irrecognoscible imagen, que sin duda le representaba, pues abajo tenía la siguiente leyenda: «Retrato de monsieur Jaccotot, por el autor». Al verse tan mal representado, el profesor no pudo menos de reírse, y pasó a la siguiente hoja... La clase seguía en su silencio de curiosidad y expectativa...

Leyó monsieur Jaccotot los epígrafes de «Capítulo primero, Tribulaciones de un marido en Francia», y se enrojeció hasta la calva... En efecto, él había sido un marido desgraciado en Francia. Por eso había tenido que abandonar allí su posición universitaria; por eso, absolutamente incapaz para los negocios, veíase obligado a enseñar aquí en un colegio particular...

¿Cómo podían sospecharse en la clase sus pasadas tribulaciones domésticas?... ¡Ah, sí!... ¡Ya lo recordaba!... Habiéndole visto un domingo el alumno Mario Aguilar de paseo con su hija, díjole zumbonamente el lunes, cuando iba a dictar su curso:

—¡Lo felicitamos, monsieur Jaccotot!... Ya lo vimos ayer paseando con una linda rubia...

El maestro contestó, con un dejo de orgullo, que no pasó inadvertido a las maliciosas orejas de los muchachos:

—Era mi hija Silvia...

—¿Cómo, monsieur Jaccotot?...—preguntó todavía Aguilar, con no fingida sorpresa.—Nosotros nada sabíamos de que usted fuera viudo...

Monsieur Jaccotot meneó la cabeza en forma de negación...

—Ni podíamos creerle casado, puesto que no usa anillo de compromiso...—continuó Aguilar.

Y para concluir la conversación, monsieur Jaccotot dijo, con la imprudencia del mal humor:

—Soy casado y mi mujer se quedó en Francia. Yo vivo aquí con mi única hija, Silvia... ¿Les interesa esto mucho a ustedes?...

Nadie contestó nada; pero, desde ese día, toda la clase pensaba que monsieur Jaccotot había sido desgraciado con su mujer, abandonándola en Francia por su conducta escandalosa...

Marcelo Valdés, dejándose llevar por su brillante imaginación de novelista, había zurcido y fraguado luego toda su «novela de malas costumbres», alrededor de las tres personalidades de monsieur Jaccotot, su mujer y su hija. La trilogía era completa:Monsieur,Madame et Bébé! Con verdadero ingenio, su ensayo no carecía de gracia y humorismo. Tanto éxito obtuvo, que Abrahám Busch le cambió el manuscrito por un novelón de Dumas, que le costara dos pesos. E hizo luego un pingüe negocio, alquilándolo por diez centavos a cuanto lector se suscribiera. La obra de Valdés había sido así leída, y algunas veces hasta releída, no sólo por toda la clase, ¡por todo el colegio!

En el primer capítulo dábanse detalles históricamente exactos, como la fecha del nacimiento y la ciudad provinciana donde fuera la residencia de monsieur Jaccotot. Ambos datos le habían sido preguntados, fingiendo un hipócrita interés de simpatía... Cierto era también que se casó hacía más o menos unos veinte años. La época del casamiento fue inducida por la edad de la hija, a quien Aguilar—el feliz mortal que tuvo la suerte de verla—calculaba diecisiete años...

A pesar de la exactitud de estos datos, a renglón seguido, el novelista suponía que ya al tiempo de su enlace monsieur Jaccotot fuera tan viejo como ahora, calvo, canoso y de anteojos de oro. No concibiéndolo sino como lo conocieron, probablemente toda la clase suponía que monsieur Jaccotot fuese viejo, calvo, canoso y de anteojos de oro desde el mismo instante del nacimiento. ¿Qué descabellada fantasía pudiera suponer que monsieur Jaccotot, el maestro francés, hubiese sido alguna vez joven, y menos aún niño?...

Aparte de este y otroslapsus, la intriga del casamiento del «viejo» Jaccotot y su «joven» esposa no estaba mal presentada... Lo malo es que esta joven esposa, que no gustaba de su civil marido, gustaba en cambio apasionadamente de los uniformes militares... Había una guarnición en la ciudad, y madame Jaccotot, nueva mesalina, tuvo sus amoríos con todos los oficiales del regimiento de la guarnición, y luego, con una buena mitad de las «clases», cabos y sargentos... ¡Los oficiales eran 72 y las «clases» 205!

Al fin, cansada de tanta mudanza, ancló sus afectos en el coronel, un guapo mozo, y tuvo una hija... ¡Silvia, la niña de monsieur Jaccotot, era esta hija del coronel, o, mejor dicho, del regimiento!La fille du regiment!...

Devorando la lectura, al terminar ese primer capítulo, el maestro de francés se sentía pálido y desfalleciente; sus ojos se humedecían, gruesas gotas de frío sudor le chorreaban por las sienes... La historia del regimiento y del coronel era falsa, falsísima; pero entre él y su mujer hubo de por medio cierto abogadillo de París... Y su mujer, la hembra más histérica y perversa, llegó a vengarse de sus justas imprecaciones de marido burlado, insinuándole mefistofélicamente una duda sobre la legitimidad de Silvia... ¡Como tantas otras veces, la realidad era pues más cruel e inverosímil que la novela!

No obstante la pérfida insinuación de su mujer, monsieur Jaccotot se compadeció de aquella criatura... ¿Qué culpa tenía la pobrecilla?... La trajo a América, mientras la mala madre rodaba por esos mundos, y la educó como si fuera de su sangre... Sentíase orgulloso y amábala como si fuera de su sangre... ¿No era esa Silvia la única sonrisa que él recogiera de la vida?...

Terminado el primer capítulo, conocidas las «Tribulaciones de un marido en Francia», pasó inmediatamente el maestro a leer con ansiosa rapidez el «capítulo segundo y último». Digno «pendant» del otro, titulábase... «Tribulaciones de un padre en la Argentina»...

Iniciábase con una bastante buena descripción de Silvia... ¡No tuvo mal ojo Aguilar, ni fue parco en transmitir sus impresiones al cuentista! La niña se presentaba tal cual era: la silueta fina y esbelta, los movimientos vivos, la nariz ñata y maliciosa, los cabellos de un rubio rojizo, carnosos labios, ojos claros, velados por negras pestañas... en fin, una francesilla picante y moderna...

Descripta Silvia, la infantil imaginación de Valdés se desbocaba en aventuras absurdas...La jeune filleera la coqueta más desfachatada, ¡peor que su madre!... Hacíase festejar por todo el mundo... Y a sus plantas desfilaban, requebrándola sin éxito, los maestros más ridículos y menos queridos del colegio, incluso el de religión, el padre Martínez... Hasta había una figura titulada «El padre Martínez ante la bella Silvia», en la cual se veía al sacerdote, acentuados los rasgos sensuales e hipócritas de su carona afeitada, presentando de rodillas a la esquiva joven, en ambas manos, el flamígero corazón que suele verse en los detestables cromos de las estampas religiosas...

Esta figura, bien que tan mala en la ejecución como en la idea, y a pesar de la evidente inferioridad del Valdés dibujante al Valdés autor, constituía el verdadero «clou» de la obra. ¡Tantas veces se populariza una buena obra por un defecto, un agregado o un mal detalle!...

Mientras leía aquel tejido de inocentes perversidades, monsieur Jaccotot sintiose tocado en la secreta llaga de su corazón. ¿Cuál sería el porvenir de esa Silvia idolatrada? ¿Heredaría la naturaleza galante de su madre, así como su fisonomía y su gesto?... Y por el rostro del viejo maestro corrieron dos lágrimas silenciosas...

Con amarguísima dulzura, preguntó entonces a su discípulo favorito, tuteándolo por vez primera:

—¿Es posible que tú hayas escrito esto?...

Marcelo Valdés tenía tanto corazón como inteligencia, y amaba a aquel buen viejo, que tan duramente ganaba su pan cotidiano. En varias ocasiones evitó descomunales bochinches, haciendo notar a sus compañeros que iban a perder con un cambio de profesor de francés... Por eso le repuso, siempre rojo y tartamudeando:

—Yo no he tenido intención ninguna... Escribí por escribir... Le pido perdón, ¡todos le pedimos perdón, monsieur Jaccotot!...

Y Marcelo Valdés decía la verdad al disculparse. Había escrito por su temperamento de novelista, como canta el ruiseñor en el bosque, o croa la rana en el pantano. No pensó que su canto pudiera despertar los celos del cuervo. No pensó que su croar interrumpiese el sueño del sapo. Su novela, aunque informe y embrionaria, era, como todas las novelas, una lúcida mezcla de detalles verdaderos y situaciones imaginarias, de pequeñas dosis de una realidad supuesta y exagerado desarrollo de una inventiva calenturienta.

En lo que no decía verdad Marcelo Valdés era en el arrepentimiento de la clase. Y tan es así que, como quedara monsieur Jaccotot con la meditabunda mirada fija en el espacio y las dos lágrimas silenciosas deslizándose por las mejillas exangües, Manuel Peralta sacó el pañuelo para imitarlo, y comenzó la pantomima de un llanto inconsolable. Menos el novelista, que guardaba huraña actitud, el curso íntegro, divertido por la situación, imitó en masa al payaso, convirtiéndose en un cortejo de plañideras. De cuando en cuando, alguno retorcía el pañuelo, como si estuviese empapado en lágrimas, para exprimirlo a la usanza de las lavanderas al tender la ropa al sol...

Perico Sosa, el rubiecillo travieso y flacuchín que quedara olvidado ante la pizarra, donde antes escribiera los ejemplosnègre,nègresse, tuvo entonces una ocurrencia diabólica, como todas las suyas... Dibujó con la tiza un busto de hombre con una gigantesca cornamenta de ciervo, escribiéndole debajo: «Monsieur Jaccotot, maestro de francés»... Y estornudó bien fuerte para llamar la atención de la clase, borrando luego la figura a fin de no ser descubierto...

La gracia de Perico Sosa hizo cambiar el burlesco llanto en homérica carcajada... Después, cada cual se puso a divertirse por su cuenta... Quienes jugaban a las damas en improvisados dameros, quienes conversaban fumando, quienes discutían, quienes tiraban bolillas de papel... Y, en tanto, monsieur Jaccotot seguía como una estatua, con la vista fija en el aire, acaso contemplando dolorosamente el pasado, el presente, el porvenir...

Indignado contra sus compañeros, Marcelo Valdés se puso otra vez de pie y les apostrofó con la cólera de un loco:

—¡Sois unos cobardes y unos canallas!... ¡Al primero que diga una palabra a monsieur Jaccotot, le rompo las muelas!...

Como Marcelo Valdés era, no sólo el primero, sino también el mayor y el más fuerte, se hizo una pausa... Felizmente, sonó en ese momento la campana anunciando la terminación de la clase...

Al oír la campana, monsieur Jaccotot pareció sacudirse y despertar de un sueño... Dejó sobre la mesa el cuaderno... Sacó el pañuelo del bolsillo faldero del jaquet, pasóselo por la cara, guardolo de nuevo, y salió sin decir palabra... Era la primera vez, en sus doce años de enseñanza en el colegio, que se olvidaba de marcar la lección para la clase siguiente, antes de irse...

Los muchachos lo siguieron, y entonces pasó una cosa extraordinaria, una cosa realmente extraordinaria... Viéronle alejarse por los corredores con la punta del pañuelo blanco asomando indiscretamente por el bolsillo de los faldones del jaquet... Aquel trapo cómico hacía pensar que se hubiese subido apresurado los pantalones en algún gabinete higiénico, dejando fuera una punta de las faldas de la camisa... El trapo blanco se movía conforme caminaba, como una cola sainetesca... ¡Y nadie, ni Perico Sosa, nadie se rió!

I

Tan notables fueron los primeros exámenes de derecho rendidos por Juanillo Simplón, que él, su padre, su madre, su tía, su abuelita y su padrino, todos de común acuerdo y sin la menor discrepancia, resolvieron que era un futuro hombre de genio.

Juanillo Simplón sabía—¿quién no lo sabe?—que cada futuro hombre de genio demuestra desde chiquito sus geniales aptitudes, y que el mejor modo de demostrarlas es escribir modernísima prosa poética y no menos moderna poesía prosaica. Pues optó por la prosa poética, decidido a componer un «cuento-poema» tan nuevo y hermoso, que ni él mismo debía entenderlo. Buscó en voluminosos diccionarios las palabras más raras y altisonantes, sudó tinta por todos sus poros, y al cabo de diez días de rudo trabajo puso punto final a su obra, titulándola «La princesa Belisa.»

Con el precioso manuscrito en el bolsillo, salió a consultar a su amigo Juan del Laurel. Juan del Laurel, estudiante de derecho nominalmente y por accidente, era de profesión «un joven de talento». Bastaba mirarlo para comprenderlo así, pues llevaba los signos de su profesión en su indumentaria y sus modales...

El joven de talento era por entonces—¡más altas acciones lo esperaban!—poeta decadente y modernista. Usaba larga melena, poseía dos estirados ojos semimongólicos, y en la calle marchaba con lentitud y majestad, mirando al público desde las alturas del Parnaso. Siempre llevaba una caña de la India con puño de oro y marfil, como lleva San José en los altares su vara de azucenas, entre el pulgar y el índice de la mano derecha, levantada a la altura del codo. Leía a Mallarmé y a Mæterlinck, despreciaba a Zola y a Daudet, y había publicado en la «Revista Azul» un poema, «La Superfetación del Hierofante», que le conquistó inmortal renombre entre los cuatro o cinco afiliados de la «Estética Nueva», sociedad literaria de elogio mutuo. Su gesto era siempre artístico y exaltado. Hasta cuando decía a su sirviente gallego: «¡Animal, esta mañana no me has lustrado los botines!», parecía decir más bien: «¡Oidme, emperatriz! La muerte y no el deshonor. Aunque herido en mis dos alas, águila seré siempre, nunca gusano...» Era pues del Laurel un verdadero poeta decadente y modernista, ¡pero muy poeta, muy decadente, muy modernista!

Escuchó sin pestañear la lectura que con monótona y quejumbrosa voz le endilgara su amigo Simplón. Y, después de oírla, meneó doctoralmente la cabeza a uno y otro lado, diciendo:

—Como ensayo, no está mal tu cuento-poema, Juanillo. Carece de lugares comunes, y esto demuestra tu buen gusto. Pero tu prosa no está del todo escrita, y sólo queda lo que está escrito. Para leerlo en la «Estética Nueva» y publicarlo en la «Revista Azul», lo debes trabajar más, mucho más, ¡nunca es bastante!

Estaba presente un tercero, Aristarco López, inseparable amigo de del Laurel, también estudiante de derechoin nomineyper accidens; pero, en cuerpo y alma, todo un cronista «sportivo» de un diario popular. Compadecido del escaso éxito de Simplón, diole sus consejos:

—Mira, Juanillo, tu cuento es obscuro y distinguido. Tiene sin duda el mérito de palabrotas terribles. Apenas he comprendido yo el cinco por ciento de las que usas. Pero le faltan ingredientes modernistas, sensaciones modernistas, en lo que diríamos su argumento, si es que lo tiene y puede tenerlo. Nos hablas de una princesa bella y sin embargo desgraciada..... Eso es ya un ingrediente, mas no basta, no basta. Necesita cuatro o cinco más. Toma un lápiz y apunta los que te voy a dictar. Son los más socorridos y me los sé de memoria.

Tomó un lápiz Juanillo, y púsose a apuntar dócilmente en su cartera cuanto le dictaba Aristarco...

—Primero—díjole éste,—pon una theoría de vírgenes que arrastran sus túnicas de lino a la sombra del laurel-rosa, cada una con un lirio en la mano. (Fíjate que la palabra «theoría» es con h, y significa un desfile de dos en dos. ¡No vayas a ponerla sin h, como si se tratara de la teoría de Savigny sobre la posesión!)

«Segundo, un lago verdinegro donde nadan amorosamente dos cisnes, a la luz del plenilunio. (No vayas a llamar al cisne «amante de Leda», porque la mitología está muy gastada; es siempre un lugar común.)

«Tercero, un albatros que vuela serenamente sobre la tormenta del Océano. (Esto es siempre de hermoso efecto, por el contraste entre la serenidad del ave y el movimiento de las olas.)

«Cuarto, un cementerio gótico abandonado hasta por las ánimas en pena; un campo de asfodelos, y también de iris blancos y lises rojos que crecen en idílica Harmonía. (No te olvides de escribir «Harmonía», con H, y mayúscula. En general, donde quiera que puedas colocar una h y una mayúscula, colócalas, como en «Harmonía», «Theoría», «Helena», «Martha»... ¡Nada más «fashionable»!)

Apuntadas estas preciosas indicaciones, Juanillo se quedó mirando a Aristarco, como preguntándole el modo de usarlas. ¿Haría una simple ensalada rusa con los «ingredientes»?...

Comprendió Aristarco su muda interrogación, y le repuso:

—Te he dado las piedras para componer el mosaico. Componlo como quieras.

Y cuando Juanillo se despedía, dando las gracias a sus amigos y consejeros, todavía Aristarco le agregó algunas indicaciones más:

—Si quieres estar siempre despampanante, nunca llames a las cosas por sus nombres... En las metáforas y paralelos, compara siempre lo claro, material y conocido, como una tormenta, con lo obscuro, espiritual y desconocido, como el estado de alma de un poeta después de haber degollado a su anciana madre...

Simplón se retiró tan contento con estas advertencias en la mollera y en el bolsillo, como si le hubieran entregado las llaves del templo de la gloria. Iba resuelto a aplicarlas en asidua y metódica labor. ¡Pero qué difícil sería embutir tan heterogéneos «ingredientes» en el pellejo de un cuento-poema!...

Sin desalentarse, trabajó, trabajó, trabajó... Y, después de veintiún días de esfuerzo y de gastar treinta y cinco bloques de papel en borradores, tenía su cuento-poema concluido, muy concluido, y tan concluido, que ya no se le podía cambiar ni media coma.

Llegó a del Laurel y a Aristarco, siempre reunidos en casa del primero, la interesante y breve composición. En ella toda una «trouvaille» para dar lógica cabida a los elementos que indicara Aristarco... Traduciéndola al pobre lenguaje de mortales, resultaba una historia conmovedora...

La princesa Belisa era bella y sentíase sin embargo desgraciada, porque su padre el rey había resuelto casarla con el príncipe Lejano. La noche antes de embarcarse para las remotas tierras de este príncipe, daba ella una vuelta por el parque, a la sombra de un bosque de laureles-rosas, acompañada de sus damas de honor. Estas formaban una theoría, arrastrando de dos en dos sus túnicas de lino, con un lirio en la mano. El lirio simbolizaba la inocencia y el sacrificio de la princesa. Pasaron así junto a un lago verdinegro, donde bogaban amorosamente dos cisnes, bajo la luz del plenilunio...

Al otro día, la princesa Belisa se embarcó con sus damas en un esquife de marfil con velas de púrpura. Pero en la mitad de la travesía estalló una tormenta que levantaba olas como montañas y cordilleras. Sobre ese océano de abismos imperaba, volando serenamente, un gigantesco albatros. Lo cual no impidió que el buque naufragase... El mar arrojó más tarde los cuerpos de las vírgenes a la playa. Recogiéronlos varios pescadores, que al ver rostros tan hermosos, ¡infelices! se enamoraron de las muertas. Lleváronlas a un cementerio gótico abandonado en un campo de asfodelos, y las enterraron. Sobre sus tumbas crecieron espontáneamente, como en almacigo, iris blancos y lises rojos. ¡Inexplicable caso, porque estas dos especies vegetales nunca, ni antes ni después, pertenecieron a la flora silvestre de la comarca!...

Terminada la lectura, Aristarco se agarraba el vientre, como para no reventar de risa...

—¡Bien, muchacho, bien!—exclamó.—Cuando llegas a tan ingeniosa combinación de disparates, estoy por creer que tienes talento, a pesar de tus buenas notas en los exámenes.

Después de reprender a Aristarco por su frivolidad, del Laurel dijo a Simplón:

—No le hagas caso, Juanillo. Tu cuento-poema no carece de mérito por cierto... Pero tiene también sus defectos. El principal es contener demasiado argumento. Hay plétora de argumento. No necesitas hablar de tantas cosas, ni narrarlas sucesivamente como en los cuentos para niños. Busca la sensación, ¡ante todo la sensación! Y la sensación poética es producto de musicales combinaciones de palabras y no de lógica sucesión de ideas, ¡Música, música, mucha música! Y después luz, ¡oh la luz! Tú has de alcanzar todo eso, sí, tú llegarás. Ya esta composición marca un progreso sobre la primera, la tercera será mejor que la segunda, la cuarta que la tercera, la quinta que la cuarta, la sexta que la quinta, y así de seguido... hasta que llegues a la obra maestra.

Juanillo no sabía qué pensar ni qué decir, porque si en la progresión aritmética la obra-maestra sólo debía llegar en la composición número 3527, por ejemplo, ¡más le valía renunciar a la literatura!

Muy oportunamente intervino Aristarco:

—Tiene razón del Laurel, la sensación es lo primero. Pues para describir bien la sensación (no eches esto en saco roto, Juanillo), es conveniente haberla experimentado antes. Trata de ver lo que vas a describir, y sólo después podrás describirlo con relieve y sinceridad.

—No te desanimes, Juanillo—agregó del Laurel.—Recuerda que Flaubert rompió a Maupassant más de 125 manuscritos, antes de darle su aprobación al primero que publicara. Corrigiendo una y mil veces su estilo, decía: «La prosa nunca está concluida».

Esto ya era un consuelo. 125 manuscritos rápidos pueden hacerse en un año. ¡No había, pues, que remontarse hasta la alarmante suma de 3527 que al principio imaginara!

Juanillo se despidió más calmado, oyendo desde la puerta las últimas observaciones de Aristarco y de del Laurel.

—No te olvides; experimenta primero la sensación,—repetía el uno.

—¡Música, música, mucha música! Y después luz, ¡oh, la luz!—repetía el otro.

Otra vez quedó perplejo Juanillo. Lo de «experimentar antes la sensación» le parecía un buen consejo. Mas, ¿dónde hallar en la democrática ciudad de Buenos Aires una princesa pálida y triste, para estudiarla? ¿Dónde el albatros volando sobre embravecidas olas? ¿Dónde el gótico cementerio y el campo de asfodelos, iris blancos y los lises rojos?... Sólo cisnes en un lago verdinegro, eso si podía observar a gusto, en la estancia de su padrino, por ejemplo... ¡Eureka! Experimentaría los cisnes y después escribiría sobre ellos, exclusivamente sobre ellos, su cuento-poema. ¿No le había dicho del Laurel que, al fin y al cabo, al mismo tiempo no se necesitaban todos los «ingredientes» preconizados por Aristarco? Para una composición única, ¡bastaban y hasta sobraban los cisnes!

II

Dijo por esto en su casa que tenía que irse a la estancia de su padrino, en Pehuajó, a hacer importantes estudios. Asintieron inmediatamente a ello su padre, su madre, su tía y su abuelita, y su padrino le dio una carta para don José, el mayordomo, ordenando que pusiese a sus órdenes cuanto necesitase y pidiese.

En la estancia de Pehuajó, Juanillo se pasó días enteros observando las dos parejas de domésticos cisnes que poblaban, con varios gansos, un diminuto estanque bordeado de llorones sauces. Como siempre les llevaba migas de pan en el bolsillo, los cisnes, y hasta los gansos, llegaron a conocerlo y a seguirlo.

Allí, a la sombra de los árboles, en las horas muertas de la meditación, recordó la hermosa leyenda del canto del cisne. El cisne, esa ave armoniosa y blanca, siempre en la mudez del misterio, canta sólo al morir, una canción de celeste belleza... Esta leyenda le sugirió a Juanillo un interesante argumento para su cuento-poema. Podía presentar al cisne como la imagen del Poeta, que cantando rinde su alma al infinito. Cierto que los poetas escriben generalmente sus mejores composiciones en la juventud, y que muchas veces mueren viejos, con la lira destemplada o enmudecida... Pero, ¿qué le importaba eso a Juanillo si el símbolo era bello?

Resolviéndose a escribir su cuento bajo el epígrafe de «El Canto del Cisne», pensó que sería conveniente «experimentar» la muerte de un cisne verdadero, pues él nunca vio morir ninguno. Bien sabía, naturalmente, que los cisnes no cantan al morir; pero pensaba, con mucha razón, que toda leyenda responde a sus causas... El cisne, aunque no cantase, podía tener su agonía especial, su estertor, sus actitudes plásticas... Todo ello, visto y analizado personalmente, iba a sugerirle interesantes ideas poéticas. Además, su sentimiento al ver morir tan nobles animales, ¿no era ya una sensación digna de cantarse en primorosa prosa?

Pidió pues prestada al mayordomo su escopeta, encaminose al estanque, y, con el corazón sangrando, a una vara de distancia, ¡pam! asesinó el primer cisne que saliera a recibirlo, esperando la consabida migaja de pan... ¡Inútil sacrificio! El humo de la pólvora y la emoción del primer disparo le impidieron observar la muerte instantánea de la víctima...

Apuntó de nuevo, ¡pam! y cayó otra víctima... Acercose a mirarla, ¡y ella resultó un ganso viejo!... Otro tiro, ¡pam!... Esta vez cayó un cisne, que, como conservaba vida, fue a morirse en la maleza, escapando así a la mirada del cazador... Otro tiro, ¡pam!... Un nuevo cisne muerto, muerto como una gallina, sin un graznido, sin un ronquido siquiera... ¡Debía ser un cisne hembra! Y como convenía observar más bien el sexo generalmente cantor de las aves, otro tiro, ¡pam! y fulminó el último cisne, un cisne macho, sin duda, pero cuya muerte no lo ilustró más que las otras... ¡Ya no le quedaba ningún otro por matar!

A los disparos acudió gente: el mayordomo, su mujer, sus nueve hijos, el capataz, la cocinera, varios peones... Todos contemplaban consternados los cinco cadáveres inocentes...

—¡Pero, don Juan!—exclamó el mayordomo sin poderse contener.—¡Ha matado usted todos los cisnes!...

—Y un ganso viejo—apuntó la cocinera.

—¿No sabe usted que la señora vive mirándose en ellos?—continuó quejumbrosamente el mayordomo.—¿Qué le vamos a decir cuando venga? ¡Y cisnes domésticos no hay en venta en Pehuajó ni en ninguna parte por aquí! Estos fueron traídos de Buenos-Aires con gran trabajo... Pero, ¿para qué los ha muerto, si no soy curioso, don Juan? ¿para qué?...

Juanillo guardó prudente silencio. ¿Cómo iba a explicar a aquella ignorante y pobre gente la intención estética que tuviera? ¿cómo?...

Terminadas las lamentaciones del mayordomo, la mayordoma comenzó las suyas:

—¡Dios mío! ¡matar esos cisnes tan lindos que eran como los hijos de la señora!... ¿Y qué nos dirá la señora? ¿Y qué le diremos a la señora?...

—¡Si los cisnes no se comen, don Juan, no se comen—agregó el mayordomo.—En el campo hubiera encontrado usted caza cuanta quisiera: patos, martinetas, perdices...

Para Juanillo, que estaba como anonadado por su obra, esta última observación fue un rayo de luz...

—¿Dice usted que no se comen los cisnes, don José?—preguntó triunfalmente.—¡Pues sí que se comen, y muy ricos que son! ¿Para qué los hubiera matado sino para comerlos?

En la estupefacción general, observó la voz agria de la mayordoma:

—Usted dirá los pichones de ganso; pero los cisnes, los cisnes...

—¡No digo los pichones de ganso, digo los cisnes, señora!—afirmó Juanillo dignamente.

—En todo caso—observó la mayordoma,—no necesitaba usted haber muerto a todos los cisnes; con uno le bastaba, porque son bien grandes...

—Claro...

—Claro...

—Claro...—fueron repitiendo en coro, uno por uno, los nueve vástagos del mayordomo...

—¡Pues no!—concluyó fieramente Juanillo.—Me gustan mucho y quiero comérmelos todos, esta misma noche. ¿Ha oído? ¡Todos!...

La cocinera, una criolla vieja, clamó, santiguándose espeluznada:

—¡Avemaría purísima!

—¡Avemaría!...

—¡Avemaría!...

—¡Avemaría!...—exclamaron otra vez, uno por uno, los hijos del mayordomo.

Y, temiendo que Juanillo fuera el ogro de los cuentos y los devorase también a ellos, escondiéronse los menores detrás de los mayores. Formaron así una larga hilera, como cuando jugaban al Martín Pescador...

Cortando la escena de temores y aspavientos, Juanillo ordenó terminantemente:

—¡Esta noche quiero que me sirvan, muy bien asados, los cuatro cisnes y el ganso! ¿Comprenden? ¡No admitiré disculpas!

Y se retiró majestuosamente, ante un público boquiabierto y aterrorizado...

En la vida monótona de aquellas pampas la tremenda noticia circuló bien pronto. ¡El ahijado del patrón se comería esa noche, como quien se bebe un vaso de agua, cuatro cisnes y un ganso viejo! Había que ir a verlo comer, esa era la palabra de orden en la estancia y sus alrededores.

Llegada la hora, el infeliz Juanillo fue a sentarse, como de costumbre, solo ante la mesa de los amos. En las ventanas y puertas del comedor pululaban en enjambre cabezas ávidas de curiosidad... Los chicos lloraban porque los grandes no les dejaban ver... Las mujeres empujaban y codeaban a la par de los hombres...

Juanillo desplegó la servilleta con toda tranquilidad; estaba solamente un poco pálido. Y la cocinera sirvió la sopa, como siempre... Mientras Juanillo tomaba unas pocas cucharadas, los curiosos se comunicaban sus impresiones:

—¡Quién lo diría, al verlo tan flacuchín!...

—¡Y la sopa no estaba en el programa!...

—¡Ya tendría preparada una droga para evitar la indigestión!...

Terminó Juanillo la sopa como si tal cosa. Y la cocinera, seguida de muchos ayudantes, fue depositando en la mesa las cinco enormes fuentes con sus correspondientes volátiles. Para acompañarlas, trajo también tres no menos enormes palanganas llenas de ensaladas de lechuga y escarola, que alcanzarían para una comida de cien cubiertos. Inmediatamente cundió por el comedor el olor fétido de la carne de cisne... Los curiosos se llevaron los pañuelos a las narices, al menos, aquellos que tenían pañuelos... Juanillo ensayó cortar un alón con el trinchante, inútilmente: la negra carne parecía madera... El capataz se adelantó entonces ofreciéndole su facón, que, recién afilado, cortaba como navaja de afeitar... Con él, a costa de penosos esfuerzos, consiguió Juanillo servirse una ración que apenas cabía en el plato...

Anhelantes, todas las bocas exclamaron:

—¡Ah!...

Tomó Juanillo un vaso de vino para darse coraje, y medio mareado ya por la fetidez de aquella carne horrible, se puso de pie y gritó a la concurrencia:

—¿Qué les importa a ustedes que yo coma o no coma? ¡Mándense mudar ahora mismo, si no quieren que los eche como perros!

Estaba terrible, con el cabello revuelto, los ojos saliéndose de sus órbitas y el facón en la mano... Los chicos, las mujeres y hasta los hombres lanzaron un grito de terror y huyeron despavoridos... ¿Cuál no serían la cólera y la fuerza de un hombre que tenía su apetito? Quedando solo en el comedor, Juanillo cerró herméticamente las puertas, las ventanas y los postigos... Lo que así oculto hizo para hacer desaparecer, como si la hubiera comido, tanta carne nauseabunda, mejor es no contarlo, para no meternos en cosas sucias, ni entrar en gabinetes reservados.

...Su hazaña, que se dio por hecha, extendió pronto su nombre de ogro en veinte y treinta leguas a la redonda. El empresario del «círco de lona» de Pehuajó soñó con contratar al «ogro de los cisnes», en reemplazo de «la mujer que come vidrio, espadas y fuego», pues el público ya estaba cansado de esta mujer. Lo contuvo la posición social de Juanillo, y la consideración de la dificultad que había en proporcionarle todas las noches tanta alimaña para que la comiera en público. Las piezas, una vez comidas, no podían repetirse, como ocurría con el vidrio, las espadas y hasta el fuego de la mujer tragona...

Rodeado de esta alta fama culinaria, mal que bien, Juanillo escribió su «Canto del Cisne». Volviose con él a la capital y se lo leyó con su quejumbrosa voz a del Laurel y su inseparable Aristarco López...

—Mejor, mejor, va mejor, muchacho—afirmó del Laurel.—Pero todavía ni sueñes en publicarlo. No está escrito, no.

El juicio de Aristarco fue más severo:

—Ya que eres bueno y confiado, quiero hablarte con franqueza, Juanillo—dijo a Simplón.—Tu cuento-poema se define en una sola palabra: es un mamarracho. Déjate de simplezas; reconoce que no tienes talento, como tenemos yo y del Laurel; y ocúpate de derecho y política, en los cuales no se necesita tanta inteligencia, o es, por lo menos, más fácil simularla. ¡Considera tu «Canto del Cisne» como el verdadero canto del cisne de tus ambiciones literarias!

Juanillo miró a del Laurel, ansioso de que contradijera a Aristarco; pero del Laurel estaba en ese momento bastante ocupado en acariciarse la melena... Desalentado, con la muerte en el alma, Juanillo se retiró entonces a su casa. Por el camino compró seis cajas de fósforos, resuelto a desleír el veneno en algún vinillo dulce, para que no resultase el mortal brebaje demasiado feo...

I

A modo de fiera en un redil, la desgracia se había encarnizado con la familia de Itualde. Primero perdió en especulaciones toda la fortuna el padre y jefe, don Adolfo. Poco después murió, dejando «en la calle» a su viuda, doña Laura, y sus cuatro hijos: Adolfo, Ignacio, Laurita y Rosa, la pequeña, a quien llamaban «Coca».

Doña Laura, que amaba a su esposo, lo lloró inconsolable. Y más todavía, si cabe, sintió su antigua fortuna, perdida precisamente entonces, cuando su hija mayor iba a ser una señorita. Cayó en profundo abatimiento y languideció un año más, al cabo del cual fue a reunirse con su esposo, en el sepulcro de la familia.

Adolfo, que fuera educado en la abundancia y la holgazanería, tomó sobre sí las deudas de su padre, púsose a trabajar empeñosamente, y casó con una niña modesta y bella... Pero estaba escrito que el destino probaría la paciencia de aquella familia. Al nacer el que sería primogénito de Adolfo, murió la madre y murió el chico...

«La desgracia no viene sola—pensaba Adolfo.—¿Qué nos esperará después de estos nuevos golpes? ¿O habrá terminado ya la «racha negra»?...

Pues la «racha negra» no había terminado, y otro golpe le esperaba todavía: fracasó en sus negocios y se enfermó del pecho...

Dejándose vencer del desaliento, pronto hubiera muerto también Adolfo, sin la enérgica y generosa decisión de su hermana Laura. Habían recetado al enfermo campo y descanso o trabajo metódico y moderado. Importándosele poco su vida, ya sin halagos, pensó él descuidar los consejos médicos... Pero Laura no lo permitió. Facilitó la liquidación de su casa en la ciudad. Solicitó y obtuvo para su hermano el destino de gerente de una pequeña sucursal del Banco de la Nación, en el Tandil, interesante pueblo de la provincia de Buenos-Aires. Y fuese con él y con Coca a establecerse en el pueblo.

Adolfo había protestado.

—Yo no puedo permitir, Laura, que tú vayas a soterrarte, en plena juventud, en un pueblo de campo. Quédate más bien en casa de cualquiera de nuestros tíos, como te lo pidieron, y déjame a mi solo...

Laura replicó:

—De ningún modo. No te cuidarías, a pesar de que todavía estás a tiempo... Iremos a cuidarte con Coca. Te haremos allá un confortable hogar... Para nosotras no será sacrificio alguno, porque llevaremos un largo luto antes de podernos distraer y divertir. Y en ninguna parte se lleva mejor el luto que en el campo.

Accedió Adolfo, y fue a instalarse con sus dos hermanas en una modesta casa-quinta del pueblo donde debía desempeñar su nuevo cargo. Ignacio no los acompañaba porque, siendo alférez, vivía en el cuartel su vida militar.

Hizo Laura prodigios con el poco dinero que llevaran y con el escaso sueldo de su hermano. Poco a poco, comprando un mes un mueble y otro mes otro, amuebló toda la casa. La hizo pintar, empapelar, decorar. Llenó las habitaciones de tiestos, moños, grabados ingleses, mecedoras, almohadones, lámparas con delicadosabat-jours... Hizo arreglar el jardín, improvisó una huerta, cuidó un corral de aves domésticas... Y todo esto, agregado a su biblioteca, su subscripción a varias revistas, y a sus habilidades caseras, hicieron de la casita un verdadero oasis en el desierto de Tandil.

Adolfo olvidó allá su perdida mujer, que no fuera, por cierto, un dechado de diligencia... De carácter tranquilo, acostumbrose pronto a la sosegada vida de un burócrata de aldea. Puso todo su empeño en el servicio del banco y encontró allí una distracción y un rumbo. Llegó así otra vez a comprender elbonheur de vivrey a amar la vida. En consecuencia, su sangre tuvo vigor bastante para cicatrizar las incipientes llagas de sus pulmones, y se sintió fortalecido y casi curado.

En aquella monótona existencia campestre de la familia de Itualde, también corría el tiempo. Y Laura cumplió los treinta años, Coca los veinte. Como la sociedad mejor del Tandil era rústica y cuentista, la habían evitado en su vida discreta y retirada. Temían, y con razón, que su superioridad chocase demasiado en aquel medio y que la maledicencia tomase pronto el desquite...

Por ahora, las «morochas» del pueblo se contentaban con llamarlas «esas orgullosas de Itualde». ¡Y había que ver con cuánto menosprecio las calificaban de «orgullosas», sabiendo que no eran ricas!... Poco les importaba a ellas este menosprecio, con tal de que las habladurías no pasaran a mayores...

Constituían la única verdadera diversión de las dos muchachas huérfanas las cortas temporadas que pasaban en Buenos-Aires, en las casas de sus parientes. Pero nunca quisieron, especialmente Laura, prolongar esas ausencias, por no dejar largo tiempo solo a Adolfo.

Laura no era bonita. Con su alma deliciosamente tierna y femenina, sus formas parecían demasiado rígidas y sus maneras demasiado decididas. En cambio, Coca, que no poseía un temperamento tan femeninamente abnegado, se había hecho una mujer elegante, flexible, de agraciados modales y hermosa fisonomía. Era labeautydel Tandil. Tenía no menos de quince admiradores silenciosos, que iban todos los domingos y fiestas de guardar a lanzarle sus incendiarias miradas en el atrio de la iglesia, cuando salía de misa de nueve. No tenían más remedio que admirarla de lejos, pues ella esquivaba toda ocasión de tratarlos. Sin embargo, no faltó quien la acusara de «coqueta»...

De vuelta de una de estas idas a misa, las recibió una vez su hermano con una noticia importante. Había llegado al Tandil, a organizar una estancia inmediata al pueblo, que acababa de comprar, un antiguo amigo suyo, don Mariano Vázquez, soltero y de buena familia, excelente persona que iban a tratar con frecuencia...

—Le he invitado a comer para esta noche—dijo a Laura.—¡Y es todo un novio el que te anuncio!—agregó bromeando.

Laura se había puesto escéptica en materia de novios. Pensaba que no se casaría, ella que naciera madre, por sus sentimientos, de todo ser que necesitase su auxilio o protección.

Como no frecuentaba la sociedad, no conocía las rivalidades femeninas y su carácter de soltera de treinta años no parecía agriado... Por eso no hubo el más leve sarcasmo en su clara y bien timbrada voz cuando contestó a Adolfo:

—Mil gracias. Pero si tu don Mariano es un candidato a novio... lo será a novio de Coca.

Coca preguntó entonces:

—¿Qué edad tiene?

Adolfo repuso:

—No sé bien... Creo que cuarenta años.

—¡Cuarenta años!—exclamó Coca.—Pues se lo dejo a Laura.

Arreglando la casa para recibir la visita anunciada, Laura y Coca conversaban y se divertían a costa del candidato todavía desconocido...

—Es preciso que usemos de todas nuestras armas—decía riéndose Coca,—para vencerlo y que quede en casa, contigo, y si tú no quieres o no puedes, aunque sea conmigo... Dime, Laura, ¿y qué harás tú para conquistar a ese don Mariano?

—¿Yo?—contestaba distraída y complacientemente la hermana mayor.—Lo que tú quieras. Le pondré ojitos tiernos... le diré palabras dulces...

—¡Qué mala idea! ¡Cómo se ve que no conoces a los hombres!

—Y tú, ¿los conoces acaso?...

—Por lo menos sé que deben ser tratados enérgicamente para que se les venza y domine... ¡Con ojitos tiernos, con palabras dulces, poco ha de hacerse!...

Laura miró sorprendida a su hermana, diciéndole irónicamente:

—Habrá que tratarlos a rebencazos...

Encogiose de hombros Coca y rectificó:

—¡Tonta! No quiero decir eso, y bien lo sabes... Quiero decir que para enamorar a los hombres no es conveniente ser buena y franca. Hay que ser coqueta y mentirosa.

—Según con qué hombres...

—¡Con todos! ¡Todos son iguales!

—Pues no te aconsejo que ensayes el sistema...

—¿Con ese Mariano Vázquez?...

—Con ése.

—¿Y por qué no con ése?...

—Por lo que yo me sé...

Y Laura dijo lo que se sabía, habiéndolo oído contar en casa de su tía Viviana. Don Mariano Vázquez tuvo en sus mocedades una novia, a quien idolatraba... Pero ella, la muy picara, rompió un buen día el compromiso para casarse con su primo, un calavera «de siete suelas»... Don Mariano debía ser pues un hombre melancólico y escarmentado...

—Sea como sea—afirmó esa locuela de Coca—es un hombre, y hay que emplear con él los recursos que sirven para con todos...

—¿De dónde tú tan enterada?...

—Es que tengo dos orejas que oyen bien y dos ojos que no ven mal.

—Tu cabeza es la que piensa mal, tu cabeza de chorlito...

Coca se picó y repuso prontamente:

—Hagamos entonces una apuesta. Pongamos en práctica los dos sistemas, el tuyo y el mío, a ver cuál da mejor resultado con Vázquez. Tú harás la niña buena y yo haré la niña mala... La que le trastorne primero el seso se casará con él y... como es muy rico... dotará a su hermanita, si se queda soltera. ¡Trato hecho!... ¡Nada de echarse atrás!...

Como no podía enfadarse, Laura se rió de la malicia de su hermana... Y su hermana, tomando esta risa por su aceptación de la apuesta, exclamó triunfante:

—¡Aceptas!... ¡Pues ya verás!... Pero tendrás que ayudarme en todo... Yo fingiré novios y coqueterías, ¡y tú vas a desmentirme!... En cambio yo no me cansaré de hacerte «réclame», insinuando tus condiciones de hacendosa y casera... ¿Estamos?... ¡Pues ya verás!...

Y para que Laura no se arrepintiese del pacto tácitamente consentido, Coca se lo estuvo recordando constantemente... Tú harás esto... Yo haré lo otro... Tú te pondrás bonita, pero con tu traje azul de ama de llaves y hasta con un delantalcito muy mono... Yo me emperejilaré con todas mis galas: me pondré flores y polvos; aun me pintaría un lunarcillo en la cara si Adolfo no fuera a notarlo...

Sugestionándose por su propia charla, Coca se hizo, mientras hablaba, el cuidadoso aliño de una prometida para su primera entrevista con el novio. Laura tampoco se descuidó, no viendo gran peligro en las chanceras intenciones de Coca... Y así fue que todavía estaban riendo y proyectando, cuando sonó, a las siete en punto, un breve campanillazo. Era don Mariano Vázquez que llamaba a la puerta de calle.

II

Don Mariano, un cuarentón bien parecido y mejor conservado, se presentó como amable hombre de mundo. Manifestose alegre y decidor. Si tuvo una novia inconstante en otro tiempo, esa novia parecía ya harto olvidada.

Dio durante la comida alguna broma a Adolfo, con una «elegante señorita» que había visto en la ventana de una casa vecina. Adolfo protestó ingenuamente; él no volvería a casarse...

—Se encuentra usted demasiado bien así—dijo Vázquez—con unas hermanas como las que usted tiene... ¡Feliz de usted!... Pero esta felicidad no puede durarle toda la vida... Ellas se casarán alguna vez...

—¡Oh no!...—interrumpió Coca.

—¿Y por qué no se casa usted?—preguntó Adolfo a su amigo.

—En cuanto a mí—contestó Vázquez, con un vago dejo de tristeza—debo decir que siento no haberme casado... ¡Sobre todo cuando visito un «home» tan alegre y cariñoso como éste!

—¡Pero aun está usted a tiempo de casarse, señor Vázquez!—interrumpió otra vez Coca, como distraídamente y como arrepintiéndose luego de su distracción...

Vázquez no se dio por entendido, y siguió hablando, ahora de temas indiferentes. Describió su establecimiento, exponiendo sus planes y proyectos con juvenil animación. Terminó insinuando su deseo de que lo honrasen pronto con su visita de buenos vecinos de campo...

—Aunque mi hospitalidad y mi mesa de solterón—añadió—no serán tan confortables como las de esta casa...

Coca hizo un gesto como diciendo que no les importaba la casa y la mesa, sino el dueño de casa y amigo... Mientras éste, saboreando el postre, un dulce de fresas, exclamaba sinceramente:

—¡En mi vida comí nada más delicado!

—Es obra de Laura—observó Coca, faltando impudentemente a la verdad, porque ella era la autora del dulce.—Esta Laurita tiene unas manos de oro para la cocina... Yo la envidio; pero prefiero pasear o leer a perder mi tiempo en esas labores caseras. Y miró a su hermana mayor para que no la fuera a desmentir. ¡Cada cual debía desempeñar hasta el fin el papel que se impusieran!

Y desempeñando su papel, por seguir la broma, Laura ofreció más dulce a Vázquez... Luego le convidó con un licor de su cosecha... y dejó que admirara su habilidad—esta vez verdadera—en el arreglo de la casa...

A su vez, Coca no olvidó un momento de hacerse la coquetuela, melindrosa y casquivana. Dijo que la música le atacaba los nervios, que detestaba el campo, que su ideal era eldolce far niente, y cien necedades más...

Vázquez le preguntó si tenía novio, y ella se puso muy colorada al contestar débilmente que no, como si dijera: «Los tengo a montones».

—Supongo que todavía hay jóvenes de buen gusto en el mundo—dijo galantemente Vázquez.

Con femenina impertinencia, Coca le repuso:

—Los jóvenes de buen gusto no me han de querer a mí, pobre y rústica campesina...

Después de comer, Coca ofreció bombones al estanciero, en su rica caja de porcelana de Saxe, resto de los antiguos lujos de la casa.

—¡Hermosa bombonera!—observó Vázquez, admirándola.

—Un recuerdo del corso de las flores, en la última temporada que pasamos en Buenos-Aires...—aclaró Coca, afectando cortedad.

—¿Regalo de quién?...

—¡Oh, no suponga usted nada!... De un buen amigo y compañero de armas de mi hermano Ignacio... el capitán Pérez...

Y así soltó, aprovechando la ausencia de su hermano Adolfo, que se había levantado a traer cigarros, el primer nombre que se le vino a la cabeza... Dijo «Pérez» como podría haber dicho «Fernández», «Rodríguez» o «Martínez». Lo importante era inventarse un novio, ya que no lo tenía verdadero, para despertar celos en Vázquez... ¡Los hombres debían sentir los celos antes del amor!...

Laura miró con asombro a su hermana, y no se atrevió a aclarar el punto, dejando correr la invención del «capitán Pérez», el pretendiente fantasma...

Despidiose Vázquez y volvió al cabo de tres o cuatro días. Sus visitas menudearon desde entonces. Venía a jugar al ajedrez con Adolfo. Se hizo íntimo de la casa...

En presencia de Coca, nunca se olvidaba de mentar al capitán Pérez, con cualquier pretexto...

Una vez, Adolfo preguntó:

—¿Quién es ese capitán Pérez?

Levemente turbada, sin mirarle, Coca le repuso:

—Un amigo de Ignacio... Creemos que ahora está con él en el campamento de Mendoza, pues era de su mismo batallón...

Viniendo en auxilio de su hermana, Laura agregó:

—Lo conocimos y tratamos mucho en casa de tía Viviana, a donde iba casi diariamente.

«Es extraño que no hablaran antes de tal capitán Pérez», pensó un momento Adolfo, sin dar al militar mayor importancia...

Por el contrario, Vázquez parecía darle importancia... Y nunca se olvidaba de colocar a su respecto alguna palabrita, que Coca escuchaba simulando una displicencia afectada...

El personaje imaginario llegó así a ser familiar en la casa. La misma Laura, que afirmaba haberlo conocido y tratado en casa de la tía Viviana, se prestaba a una broma que parecía inocente... El capitán Pérez era simpático, buen mozo, alegre, en fin, poseía numerosas condiciones que la buena voluntad pudiera suponer en cualquier sujeto militar joven... Tenía un brillante porvenir... Se había batido una vez en duelo... Y el capitán Pérez esto... y el capitán Pérez aquello...

Estando una tarde Vázquez de visita, recibieron del campamento de Mendoza la fotografía de los oficiales del cuerpo, que les enviaba Ignacio, últimamente ascendido a teniente primero. Laura lo buscó en el grupo y se lo indicó a don Mariano... Y Coca, anticipándose a un deseo de éste, señaló con su dedito rosado un oficial cualquiera, diciendo, con agradable sorpresa:

—Y aquí está el capitán Pérez...

—¿Cuál? ¿cuál?—preguntaron a un tiempo Adolfo y don Mariano, no pudiendo precisar la indicación de Coca.

Coca, imperturbable, señaló:

—El tercero a la izquierda de Ignacio... Ese que tiene la mano puesta en la cintura.

El «que tenía la mano puesta en la cintura» era uno de tantos, sin señas particulares, de bigote y de uniforme como los demás...

—Está bastante parecido—observó Laura, dando un pellizco en el brazo a su traviesa hermanita.

—Regular...—contestó ésta.—Es más buen mozo.

Con más sorna que ironía, intervino Vázquez:

—Pues en el retrato parece un negro...

—¡Un negro! ¡un negro!—exclamó Coca indignada.—¡Si es más blanco que usted!...

—Es que la fotografía es bastante mala—observó Adolfo, con su acostumbrada buena fe.

Los originales son sin duda mejores que el retrato—agregó Vázquez.—¿No es verdad, Rosa?

Sólo después de un rato, Coca se dio por entendida:

—¿Me habla usted a mí, Vázquez?... Llámeme «Coca» entonces, como todo el mundo, ¡por favor!... Yo no sabría a quién habría hablado usted, si me llama «Rosa»... «Coca» me llaman todos mis amigos... ¡Y creo que tengo bien el derecho de pensar que usted es uno de ellos, y de los mejores!

Don Mariano asintió, inclinándose con galantería y sonrojándose levemente:

—Mil gracias por considerarme un amigo, aunque un poco paternal... ¡Pues «Coca» llamaré mientras viva a la más bonita niña que he conocido!

Al oírle, Coca le amenazó graciosamente con su abanico chinesco...

—Si es usted un amigo tan paternal, principie por no hacerme cumplimientos ni adularme. ¡Los piropos son un veneno para las niñas frívolas y coquetas como yo!

Y miró a Vázquez con la más tierna de sus miradas y le sonrió con la más mona de sus sonrisas, como diciéndole: «Pero no importa que las lisonjas sean un veneno. Yo soy golosa de ese veneno como un ratoncillo... ¡Sobre todo cuando viene de persona tan simpática como tú!»

¡Era demasiado para don Mariano!... ¡Con qué gusto se cambiaría por aquel afortunado capitán Pérez!... ¡Y pensar que tan odioso militarejo pudiese llegar de un momento a otro a destruir el pequeño e inocente placer de su amistad con la deliciosa criatura, como un asno que arranca con los dientes, al pasar por un jardín, una florida mata de claveles!

III

Mientras don Mariano se desvelaba recordando las gracias y donaires de Coca, Coca conversaba largamente con Laura sobre don Mariano. Las dos hermanas dormían en la misma habitación desde que muriera su madre. Y, una vez apagadas las luces, antes de dormirse, aprovechaban ese momento de silencio e intimidad para hacerse sus inocentes confidencias y comunicarse sus temores y esperanzas.

—Tú no has cumplido bien con nuestro pacto—decía Coca a Laura.—En vez de tomar la «pose» de niña buena y hacer gala de tus caseros talentos, te achicas y enmudeces cuando viene Vázquez... Te limitas a sonreírte de mis manejos, y en el fondo los execras, hallándome indigna de ti...

—¡Indigna de mí!...

—No me vas a decir que apruebas mi proceder, porque yo sé que por dentro me lo desapruebas... ¡Pero no podrás ya pensar que no sea excelente mi sistema de hacer la niña mal criada!... A don Mariano se le cae la baba cuando me mira...

Después de un momento, con voz ligeramente sorda, Laura repuso:

—Si resultas vencedora no es por tu «sistema», como dices, sino porque eres más joven y más bonita que yo...

—¡Más joven y más bonita que tú!—interrumpió fogosamente Coca.—¡Si tú eres la más buena, la más inteligente y la más linda de todas las mujeres del mundo! Ese tontuelo de don Mariano no ha de tener ojos ni seso cuando no te elige a ti, que pareces mandada hacer para él!... ¡Los dos sois generosos y tranquilos, los dos aficionados a la lectura y a la música, los dos de una edad correspondiente!...

Dejando pasar otra pausa, y con voz todavía más apagada, dijo Laura:

—Pues ya lo ves, él te ha elegido... y me ha desairado.

—Ni te ha desairado, ni me ha elegido... Soy yo quien no le ha dado tregua un momento... Y si alcanzara el triunfo, tú tendrías un poco la culpa de mi triunfo... ¿Por qué no has aplicado tú también tu sistema de conquistarlo, como convinimos?... Es necesario no dejarse andar. Ayúdate y Dios te ayudará..... ¡Pues yo quiero que te ayudes, hermanita! Y para empezar, mañana harás algún postre exquisito, que mandaremos a Vázquez...

Con más energía de la que al caso correspondiera, protestó Laura:

—¡No faltaba más!... ¡Puedes estar segura de que no haré semejante cosa!

—Entonces, yo lo haré por ti. Fabricaré algo bueno y se lo enviaré en tu nombre... El inconveniente es que no sé si contaré mañana con los elementos indispensables. En todo caso, se me ocurre prepararle unas empanadas de vigilia, de esas «especiales» que yo sé amasar...

—¡Por Dios, Coca!—exclamó alarmada Laura.—¡No vayas a mandar empanadas de vigilia! ¡Mira que hemos pasado la Cuaresma!

—¡Empanadas de vigilia o cualquier otra cosa! ¡Mañana mismo las tendrá Vázquez en tu nombre!.....—afirmó Coca con decisión.

Deseó luego las buenas noches a su hermana para cortar toda réplica, diose vuelta hacia el lado de la pared, y quedó pronto dormida como un pajarito. Entretanto, escuchando su fácil y rítmica respiración, Laura se revolvía insomne entre las sábanas. Agitábanla pensamientos tan vagos y tristes, que no acertaba ni hubiera querido confesárselos a sí misma...

A la mañana siguiente Coca se puso muy temprano a la obra. Sin atender a las protestas de su hermana, que amanecía con dolor de cabeza, amasó y coció unos delicados pastelitos criollos. Y, escondiéndose de Laura, mandóselos en su nombre a don Mariano, «para que los probase, ya que había sido tan amable de elogiar en dos o tres ocasiones sus habilidades de repostera.»

En la misma tarde pasó don Mariano por la casa de sus amigos a agradecer la atención.

—Eran deliciosos sus pastelitos. Se notaban en ellos las manos de una hada benéfica—dijo a Laura.

Sin atreverse a aceptar un agradecimiento que no mereciera, Laura parecía turbada... Adolfo, que estaba presente, contestó entonces por ella:

—No son obra de Laura, Vázquez, sino de Coca...

—Laura fue quien los hizo y los mandó—afirmó ésta osadamente.

—¡No me explico entonces cómo es a ti, Coca, a quien se los he visto amasar esta mañana, cuando pasaba por el jardín!—exclamó Adolfo sin la menor malicia.

Hízose un silencio embarazoso... Observando que también se sonrojaba Coca, don Mariano pensó: «Parece que la chica es la de los pasteles... Es muy extraño que me los mandara con el nombre de su hermana...» Y, aunque quisiera desecharla, desarrollábase en su espíritu una idea bien halagadora para su vanidad de cuarentón. Coca debería sentir hacia él viva y juvenil simpatía... ¿Por qué, sino por eso, le enviara su pequeño obsequio? ¿Por qué, sino por eso, ocultaba su nombre bajo el de su hermana, ruborizándose luego de su ingenuo subterfugio?...

Y en la memoria de Vázquez fueron precisándose una serie de pequeños detalles, que bien pudieran considerarse síntomas de la simpatía de Coca... El agrado con que siempre le recibiera, el rubor que solía enrojecerle las mejillas cuando le hablaba, las cariñosas miradas que más de una vez sorprendió en sus ojos claros y límpidos... ¡El obstáculo era ese maldito capitán Pérez! Evidentemente, algo había pasado entre ella y él... De otro modo no se explicaban las frecuentes alusiones y chanzas que acerca del oficial provocaba la misma Coca, ¡sin duda por tenerlo siempre presente!...

Preocupado con estos pensamientos salió Vázquez de la casa de Itualde, y tan preocupado, que tropezó en la calle con un transeúnte...

—¡Vamos, don Mariano—lo interpeló éste—que me atropella usted!... Anda usted distraído... Las malas lenguas dicen que está usted enamorado, y casi me siento en disposición de creerlo...

Levantó Vázquez la cabeza. Viendo que era el juez de paz quien le hablaba, se apresuró a disculparse y a preguntarle, con voz cortante, casi con fastidio:

—No veo cómo pueden las malas lenguas decir que yo esté enamorado, señor juez... ¿De quién?...

—No podría ser sino de alguna de las señoritas de Itualde, puesto que ellas son las únicas personas que le interesan a usted en Tandil...

—Visito a Adolfo; siempre fui su amigo... No veo nada de particular en ello... Y, por otra parte, las señoritas de Itualde son dos: ¡Con las dos no he de casarme!...

—Al principio—explicó el juez de paz—se creyó que usted pretendía a la mayor, a Laura. Después hemos sabido que es a la Coca...

—¿Cómo han podido saber tal cosa?

—Muy fácilmente... Observándolo a usted las pocas veces que se ha encontrado con ellas en público, al salir de la iglesia o en la plaza... Entonces se ha visto que usted hablaba más con la menorcita que con la mayor, y la gente ha notado lo que pasaba...

—¿Qué importa a la gente lo que pasaba... si es que algo pasaba?

—Es que en estos pueblos de campo no hay más distracción que ocuparse de lo que hacen los demás...

Vázquez rectificó:

—Y de lo que no hacen... ¡Bonita ocupación!—Y añadió, cambiando de tono:—Pues sépase usted que Coca tiene un novio, o festejante...

—¡Cómo!—replicó incrédulo el juez de paz.—¡Si no se ve con nadie en Tandil!

—Podría tener el novio ausente... Y le diré a usted que presumo lo tenga... Para más datos, puedo asegurarle que él le ha regalado una preciosa bombonera de Saxe... ¿Aun duda usted?... Para que no dude más le agregaré que, según creo, es militar...

Viendo que todavía vacilaba el juez de paz, Vázquez no pudo contenerse, y dijo:

—Se llama el capitán Pérez.

Apenas enunciado este nombre, arrepintiose de enunciarlo don Mariano... Pero se arrepintió tarde... Se desmintió, y no le creyeron... No le quedaba más recurso que pedir encarecidamente silencio y reserva al juez de paz... Hacíalo así cuando el juez le interrumpió despidiéndose:


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