CORO
CORO
Tú te has dirigido a mi padre, y ya sabe él a qué ha de acomodar su conducta; pero yo ¿qué haré? ¿Cómo proveerás a mi seguridad?
REY
Deja ahí esos ramos, ese emblema del dolor.
CORO
Y bien, ya los dejo, obediente a tus palabras y autoridad.
REY
Ahora retírate a aquel dilatado bosque.
CORO
¿Y qué defensa puede ofrecerme un bosque profano?
REY
No te entregaremos ciertamente a las aves de rapiña.
CORO
¿Y qué, si me entregas a hombres más aborrecibles que los crueles dragones?
REY
Hable bien el que es bien tratado.
CORO
No es maravilla que el temor que se alberga en nuestro pecho nos haga poco sufridas.
REY
Pero siempre se desconfía demasiado de los reyes.
CORO
Devuélvenos tú la alegría con tus palabras y con tus acciones.
REY
Vuestro padre no os dejará solas mucho tiempo. Yo convocaré a los Argivos y trataré de persuadira la ciudad, y de ver cómo puedo ganarla en favor vuestro. Ya advertiré a tu padre lo que debe decir. Por tanto, espera aquí. Eleva tus preces a los dioses de Argos, y pídeles que se logren tus deseos. Yo marcho a disponerlo todo. ¡Asístanme la Persuasión y la Fortuna para alcanzar feliz suceso!
(Vase con su acompañamiento.)
CORO
¡Rey de reyes, santo de los santos, potestad altísima sobre todas las potestades, bienaventurado Zeus, escucha mis votos y haz que lleguen a cumplimiento! Aleja de nosotros a aquellos hombres insolentes; muéstrales tu justo enojo; hunde en las purpúreas olas del mar la nave fatal y sus negros remeros.
Mira por estas mujeres; mira por nuestro antiguo linaje, descendencia de una mujer que te fué cara. Renueva la memoria de tus amores; acuérdate bien cuando tu mano acariciaba la frente de aquella Io, por la cual nos gloriamos de ser oriundas de esta tierra donde nos amparamos hoy.
En ella estamos ahora marchando sobre los mismos antiguos pasos de mi madre. Aquí en los floridos campos y herbosos prados donde ella se apacentaba, siempre bajo los ojos vigilantes del pastor Argos; aquí de donde, perseguida por el tábano, huyó furiosa, atravesando pueblos y pueblos. Sumisa a su destino, pasa a nado el undoso estrecho, y demarca así entrambos continentes.
Echa por Asia; atraviesa la Frigia, en rebaños abundante, y la ciudad misia de Teutras, y los valles de Lydia, y los Cilicios montes; deja atrás con precipitado curso la tierra de los Panfilios, y los ríos de perenne corriente, y la región de la opulencia,y el suelo consagrado a Afrodita, liberal en doradas espigas.
Aguijada por el dardo del alado boyero, llega a los feracísimos campos de Zeus, a aquellos prados que las nieves fecundan cuando contra ellos se desata la cólera de Tifón, el Nilo de saludables y no contaminadas linfas. Ahí se lanza Io fuera de sí con el azote de los afrentosos trabajos y agudos dolores que la hace padecer la furibunda Hera.
Los hombres que habitaban la comarca por aquel entonces, palidecieron y comenzaron a temblar al ver aquella extraña figura; aquel bruto espantable y semihumano, mitad mujer y mitad vaquilla; quedáronse estupefactos del prodigio. ¿Quién fué el que endulzó entonces las penas de la errante y sin ventura Io, y la libró del tábano que la acosaba?
Zeus, el rey que reinará por siglos de siglos...
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Con su poder incontrastable, con su divino aliento pone fin a aquella violencia. Io, así que recobra la razón, siente que los encendidos colores de la honestidad asoman a su rostro, y se deshace en lágrimas considerando sus desventuras. Pero ya había concebido en su seno el fruto de los divinos amores. Así fué en verdad, que luego parió un hijo sin tacha.
El cual gozó de felicidad colmada por toda su larga vida. De donde toda la tierra dijo a una voz: “¡Vivífica descendencia! ¡de Zeus es a no dudar! ¿Pues quién otro hubiese podido poner fin a los males causados por el rencor de Hera? ¡Obra de Zeus es ésta!” Y nosotras, la descendencia de Épafo. Proclamándolo así no digo más que la verdad.
¿A qué otro dios pudiera yo invocar con más justos títulos que a aquel padre, primer autor de mi linaje;a aquel poderoso señor que con sola su mano fecundó a Io, y fundó larga descendencia; a aquel Zeus por quien viene todo remedio en los trabajos?
No hay potestad alguna sobre él. En grandes y pequeños, en todos reina como señor altísimo. Nadie se sienta en más encumbrado trono, ni puede alegar títulos a su acatamiento. Habla, y se sigue la obra, y al punto se cumple lo que decreta su mente.
(Sale DANAO.)
DANAO
Ánimo, hijas. Nuestras cosas con los Argivos van bien. El pueblo todo ha votado por nosotros.
CORO
¡Salve, anciano padre mío, que tan gratas nuevas me anuncias! Pero dinos qué se ha decretado; qué resolución se llevó la mayoría del pueblo.
DANAO
Allí no hubo pareceres, sino que de modo fué que sentía yo remozarse mi vieja alma. El aire apareció como erizado de diestras que se alzaban de todo el pueblo argivo entero que a una voz sancionaba el decreto. Podremos vivir aquí libres, y sin que mortal alguno pueda reclamarnos, gozando del derecho de asilo: nadie, ni ciudadano ni extranjero, nos arrancará de estos lugares. Notado de infame será y desterrado por el pueblo, cualquier argivo que no acuda en nuestro socorro, si por ventura se tratase de usar de la fuerza. Tal fué la sentencia que en pro nuestro obtuvo el rey de los Pelasgos con su persuasiva palabra. “Cuidad, les decía, no amontonéis para lo porvenir sobre la ciudad de Argos la tremenda cólera de Zeus, que protege a los suplicantes. Ved que dos veces losagraviaríais por huéspedes y por ciudadanos, y que sería esto afrenta manifiesta de nuestra ciudad, y principio de males sin remedio.” Lo cual, así que el pueblo lo oyó, sin aguardar la voz del pregonero, todos los Argivos levantaron las manos, confirmando y ratificando lo que el rey decía. Los Pelasgos se dejaron mover de la palabra persuasiva que les hablaba; Zeus consumó la obra.
CORO
Ea, pues, respondamos con votos de bendición al bien que nos hacen los Argivos. Zeus hospitalario atiende a la verdad con que la lengua de esta huéspeda agradecida le ofrece tributo de honor y alabanza, para que nuestros votos todos alcancen cabal y felicísimo suceso.
Vosotros también, dioses hijos de Zeus, escuchad las preces que por este pueblo os dirigimos. Nunca jamás se vea presa de las llamas la ciudad de los Pelasgos, ni oiga el bárbaro y desapacible clamor de la pelea. Vaya Ares a segar hombres a otros campos. Porque se apiadaron de nosotras, y nos dieron voto favorable, y tuvieron respeto para estas suplicantes de Zeus, para este mísero rebaño.
No han desoído la demanda de unas débiles mujeres por sentenciar a favor de sus perseguidores, sino que pusieron la consideración en aquel vengador divino, celador de toda obra, en sus castigos inevitable. Imposible que techo ninguno pudiera resistir el peso de la divina venganza; ¡que es abrumadora pesadumbre! Pero han respetado nuestra sangre; han respetado a las que suplicaban en nombre de Zeus santísimo, y sus sacrificios serán puros y aceptos a los dioses.
Salgan, pues, de mi boca sombreada por estas coronas de olivo, palabras de bendición y dicha. Nunca jamás la peste deje a esta ciudad yerma de sus hijos, ni guerras intestinas ensangrienten su suelo. Viva intacta en su tallo la flor de tu juventud sin que el amante de Afrodita, sin que el enemigo mortal de los hombres, Ares, venga a cortarla en su gallarda lozanía.
Véanse rodeadas las aras humeantes de sus dioses de ancianos venerables con que la república esté siempre bien y sabiamente regida. Rinda el pueblo continuo culto de adoración al gran Zeus, altísimo amparador de la hospitalidad, que con antigua ley dispone el destino de los humanos. ¡Jamás se extinga la raza de los fieles celadores de esta tierra! ¡Dígnese Artemisa Hécate asistir al parto de sus matronas!
Lejos de aquí las discordias civiles que pierden a los hombres, y arruinan las ciudades, y ahuyentan los músicos apacibles coros, y arman el brazo de Ares, fiero provocador de lágrimas para los pueblos, y de voces lastimosas. Fuera de aquí el enjambre enfadoso de las enfermedades; vaya a posarse lejos de la cabeza de estos ciudadanos. Apolo Liceo vele amoroso por toda la juventud argiva.
Haga Zeus que en todo tiempo y estación produzca la fecunda tierra frutos sazonados, y que los rebaños pueblen la pradera herbosa de numerosas crías. ¡No haya bien que Argos no reciba de los dioses! Rompan las musas, diosas del saber y del canto, en himnos de bendición y alegría, y acompañe la cítara los acentos de su boca sagrada.
¡Ojalá que el pueblo, que es el soberano de la ciudad, guarde sin mancha ni menoscabo el honor de sus legítimos derechos, y que los que le manden proveansiempre solícitos al bien común! Con el extranjero antes sean prontos a entrar en pláticas que a declarar la guerra, y quieran más satisfacer de justos que de vencidos.
Honren siempre a los dioses tutelares de la comarca con aquellos homenajes que les tributaban sus antepasados. Ofrézcanles víctimas de bueyes, y coronen de laurel sus altares. Así honrarán también a los que les dieron la vida; que es otro de los tres preceptos que están escritos en las leyes de la Justicia suma y perfectísima.
DANAO
Alabo esos buenos deseos, hijas mías. Pero escuchad ahora sin alborotaros la inesperada nueva que tiene que daros vuestro padre. Desde la atalaya de esta colina, asilo de nuestras súplicas, diviso un navío: se ve harto bien para que me engañe. Distingo todo el aparejo y velamen de él, y los parapetos con que se cubren sus remeros y hombres de guerra. Allá veo la proa que sigue su derrota mirando hacia nosotros; ¡demasiado obediente el timón, que desde popa le rige; porque no es ninguna nave amiga aquélla! Las blancas túnicas de los marineros hacen resaltar lo negro de sus miembros. He allí que aparecen bien claro las demás naves: toda la escuadra está a la vista. La capitana ha amainado velas, y forzando remos vira hacia la playa. Miradlo con calma. Prudencia, y no olvidaros de estos dioses, que es lo que importa. Yo parto en busca de defensores que tomen sobre sí nuestra causa, y vuelvo al punto. Quizá venga algún heraldo o alguno de los príncipes queriendo poner mano en vosotras y llevaros consigo; pero nada harán. No tembléis al verlos. No obstante, porsi se retarda el socorro, lo mejor será que no os olvidéis nunca de que en esas aras está vuestra defensa. ¡Ánimo! Al fin, a su tiempo y día el mortal que menosprecie a los dioses paga la pena que merece.
CORO
¡Padre, estoy temblando! Ya abordan las naves, impelidas de sus ligeras alas. Dentro de un instante los tenemos aquí. El pavor se apodera de mi alma, ¡y con razón! ¿De qué me sirvió mi precipitada huída? ¡Me muero de miedo, padre mío!
DANAO
¡Valor, hijas! Pues que los Argivos han decretado a tu favor, ellos pelearán por vosotras; estoy cierto de ello.
CORO
Son una procaz y malvada ralea estos hijos de Egipto, que no se hartan nunca de contiendas. Se lo estoy diciendo a quien lo sabe como yo. Por saciar su encono se han hecho a la mar con todas esas negras y bien trabadas naves, y con tal aparato de atezada y numerosa gente de armas.
DANAO
Con quien tendrán que habérselas son muchos en número también y de brazos endurecidos y curtidos por los rayos del sol del Mediodía.
CORO
No me dejes sola, padre; te lo suplico. Una mujer abandonada a sí sola, nada es. El valor de las batallas no se alberga en su corazón. Y ellos... ellos son impíos y de bien torcidos y bajos pensamientos,y no serás más respetuosos con las aras de los dioses que los cuervos.
DANAO
Lo cual ayudará a maravilla a nuestros deseos, hijas mías, pues que tan odiosos como a vosotras les serán a los dioses.
CORO
Por temor a esos tridentes ni a la majestad de estas imágenes no dejarán de poner manos en nosotras, padre; que son por demás soberbios e impíos esos rabiosos y desvergonzados perros, y se harán sordos a la voz de los dioses.
DANAO
Pero sabido es que los lobos pueden más que los perros. El fruto del papiro no aventaja a la espiga.
CORO
Con todo, guardémonos de su poder; que encierran en su pecho toda la rabia y crueldad de las bestias feroces.
DANAO
No es maniobra tan pronta la arribada y desembarco de una armada. No se hallan al paso los fondeaderos, ni en todo paraje se puede amarrar los cables sin peligro, ni así a la primera se fía a las anclas un patrón de nave; y más cuando se aborda a tierra donde no hay puertos. Al ponerse el sol y venir ya la noche, el timonel más experto se llena siempre de temores vivísimos, aunque se eche el viento y la mar duerma serena y en calma. Antes de encontrar fondeadero cómodo donde la armada pueda confiarse, la gente de mar no haría desembarco seguro. Piensatú que el terror no te haga olvidar a los dioses, y pídeles su auxilio. Yo corro a avisar a la ciudad. No me desatenderá, porque viejo como soy, mi corazón y mi lengua son jóvenes todavía.
(Vase.)
CORO
¡Oh tierra montuosa, de mí con tanta justicia venerada! ¿Qué va a ser de nosotras? ¿Dónde refugiarme en esta tierra de Apis? ¿Habrá alguna sombría y caliginosa caverna donde nos ocultemos? ¡Que no me volviera yo negro humo para subir hasta las nubes de Zeus y allí desvanecerme; o bien, que no pudiese yo volar sin alas como el polvo y desaparecer en el aire!
¡Alienta, corazón, ten fuerzas para huír de aquí! Pero ¡ay! que mi corazón tan sólo las tiene para palpitar, cubierto con las negras sombras del espanto. Estos lugares, donde mi padre vió mi salvación, serán mi ruina. ¡Me muero de terror! Echémonos un lazo al cuello y quitémonos la vida antes que nos lleguen las manos de esos hombres abominables. ¡Antes muertas y sometidas al imperio caliginoso de Hades!
¡Quién me diera a mí un lugar en aquellos etéreos espacios donde la nieve se engendra en las acuosas nubes, o la escueta cima de altiva, tajada y áspera roca, que se pierde en las alturas; yerma, cerrada a las cabras, y sólo de los buitres apetecida! Siquiera me aseguraría caída de muerte, antes que pasar por un cruel himeneo que rechaza mi corazón.
Y luego, sea yo pasto de los perros y aves de esta tierra; no diré que no: el morir libra de lágrimas y males. ¡Venga la muerte antes que la consumación de esas bodas! ¿Dónde, si no, encontrar camino que de ellas me liberte?
¡Alza hasta el cielo tu triste voz; rompe en doloridas letanías que te alcancen de los dioses auxilio y remedio contra tus penas! Padre celestial, tú cuyos severos ojos aborrecen la iniquidad, mira la bárbara fuerza que se me hace. ¡Sé benigno con tus suplicantes, soberano señor de la tierra, Zeus omnipotente!
Porque los hijos de Egipto con insolencia intolerable corren tras de mí, y me persiguen y acosan con grandes voces por ver de lograrme, siquier tengan que usar de la fuerza. Pero sobre todo está el fiel de tu balanza. Sin ti ¡qué pueden los mortales!
¡Oh, oh, oh! ¡ah, ah, ah! ¡Nuestro raptor, que dejó ya la nave y saltó en tierra! ¡Así mueras a mi vista antes de llegar aquí, raptor inicuo! ¡Socorro, socorro! ¡Por todas partes se oyen mis gritos de terror y angustia! ¡Principios de los males y violencias que me aguardan, ya os veo! — ¡Pronto, pronto, venid a favorecer nuestra huída! — ¡Por tierra y por mar resuenan los brutales y odiosos alaridos de la lascivia de nuestros perseguidores, codiciosa de satisfacerse! ¡Protégenos, señor del universo!
(Sale un HERALDO egipcio con acompañamiento de soldados.)
HERALDO
¡Corriendo, corriendo, a las naves! ¡Pronto!
CORO
¡Bien, aquí nos tenéis! ¡Heridnos el rostro; maltratadnos; cortadnos la cabeza; derramad nuestra sangre toda!
HERALDO
¡Corre, infeliz, corre a la nave! ¡Ven conmigo por el dilatado espacio donde se agitan las saladas ondas! Cede por fin al deseo de tu señor y al poder de suférrea lanza. Bañada en sangre te arrojaré en la nave. Allí, tendida en el fondo, podrás gritar cuanto quieras. Ceda, mal que te pese, tu obstinada locura. ¡Lo mando!
CORO
¡Ay, ay de mí!
HERALDO
Deja esas aras; anda a la nave. Ven a adorar a los dioses que venera nuestro pueblo.
CORO
¡Nunca más vuelva yo a ver el almo río, el de las crecidas fecundantes, el de las aguas vivíficas que vigorizan la sangre de los hombres! Mi patria, anciano, mi antigua y sagrada patria es la tierra donde se alzan las aras de estos dioses.
HERALDO
Que quieras que no, a la nave irás; a la nave, y pronto. Sucumbirás a la fuerza; a la fuerza de tu señor, que es poderosa; y después de haber recibido miles de ultrajes de sus manos crueles, tendrás que sufrir su lecho.
CORO
¡Ay, ay! ¡Ojalá hubieses perecido miserablemente al cruzar la movible selva de los mares, arrojado por desecha borrasca contra el arenoso promontorio de Sarpedón!
HERALDO
Grita; vocifera; llama a los dioses. No escaparás a la nave egipcia. Grita, clama; puedes quejarte de tu miseria con más amargura todavía.
CORO
¡Ay cielos! ¡Perezcas tú frente a esas costas dando voces y ladridos; tú que tan jactancioso me escarneces! ¡Que el caudaloso Nilo, que te crió, te haga desaparecer a ti, insolente, y a tu insolencia!
HERALDO
Andad, os digo. La nave ya se balancea en las ondas. ¡Pronto! Nada de tardanzas, y así no seréis llevadas de los cabellos.
CORO
¡Ay, ay, Padre mío celestial! ¡Busqué mi defensa en estas aras, y hallé mi perdición! Ya me arrastran al mar. Ya me cercan, y se van llegando a mí como la araña a su presa. ¡Parece un sueño!... ¡sueño negro y espantoso! ¡Socorro, socorro! ¡Madre Tierra, madre Tierra, aleja de mí estos gritos furiosos que me llenan de espanto! ¡Oh Rey, hijo de Gea! ¡Oh Zeus!
HERALDO
No temo yo a los dioses de este pueblo. Ni ellos me criaron de niño, ni ellos me han de sostener en la vejez.
CORO
Cerca de mí bípeda serpiente se retuerce furiosa. ¡Es una víbora que me va a sujetar entre sus dientes! ¡Socorro, socorro! ¡Madre Tierra, madre Tierra; aleja de mí esos gritos que me llenan de espanto! ¡Oh Rey, hijo de Gea! ¡Oh Zeus!
HERALDO
Si no venís a la nave, si no me obedecéis, no me detengo ante vuestros vestidos, y los hago jiras.
CORO
¡Favor, príncipes que veláis por la ciudad, que me roban!
HERALDO
¿Príncipes llamáis que os acorran? Pronto vais a ver aquí, no uno, sino muchos: a todos los hijos de Egipto. Perded cuidado, que no os quejaréis por falta de señores.
(Sale el REY con su acompañamiento.)
CORO
¡Perdidas somos! — ¡Oh Rey, qué nunca vista violencia!
HERALDO
Paréceme que os voy a llevar arrastrando de los cabellos, ya que no queréis atender a mis razones.
REY
¡Hola, tú! ¿qué estás haciendo ahí? ¿Qué arrogancia es esa con que ultrajas esta tierra, la tierra pelásgica? ¿Por ventura piensas que has venido a una ciudad de mujeres? Para ser bárbaro, alardeas demasiado con los Griegos. Grave es tu atentado: sin duda tienes perdido el juicio.
HERALDO
Pues ¿en qué yerro yo, ni me aparto de la justicia?
REY
En primer lugar, con ser extranjero no sabes lo que es hospitalidad.
HERALDO
¿Cómo que no? Encuentro lo que perdí, y lo recobro.
REY
Y ¿a cuál de los patronos que la ciudad tiene diputados para proteger a los extranjeros, los reclamaste tú?
HERALDO
A Hermes, máximo patrono de los extranjeros, y abogado de las cosas perdidas.
REY
¡Hablas de invocar a los dioses, y no tienes para los dioses ninguna reverencia!
HERALDO
Yo venero a los dioses del Nilo.
REY
A lo que te oigo, ¿los de aquí no son nada?
HERALDO
Si no es que por la fuerza me las quitáis, yo me las he de llevar.
REY
Pudiera ser que lo llorases si las tocas, y no muy tarde.
HERALDO
¡Nada tienen de hospitalarias tus palabras!
REY
Yo no doy jamás hospitalidad a los que ultrajan a los dioses.
HERALDO
¿Irías tú a decir eso a los hijos de Egipto?
REY
Y ¿qué cuidado me podrá dar a mí?
HERALDO
Pero, en fin, para que yo lo sepa y pueda comunicarlo mejor, según conviene a un heraldo que debe hacer relación fiel y exacta de cada punto; en fin, ¿quién eres tú? ¿Quién les digo que les ha tomado sus primas hermanas? ¡Asegúroos que Ares no llamará testigos para dirimir esta contienda, ni admitirá composición, sino que antes que sentencie han de caer muchos hombres y han de perderse muchas vidas entre agonías espantosas!
REY
¿A qué decirte mi nombre? Luego lo aprenderéis lo mismo tú que los que vienen contigo. Si estas doncellas lo quieren así, y ese es el deseo de su corazón; si con blandas y comedidas razones las persuades, puedes llevártelas; mas a la fuerza no se te entregarán. Así lo ha proclamado y ratificado la ciudad de Argos por voto unánime. Y el decreto está bien clavado, de modo que nadie será poderoso a moverlo. No lo hemos grabado en tablas, ni lo refrendamos y confirmamos en las vueltas de un papiro; pero te lo dice, fiándotelo, la boca de un hombre libre. Quítate cuanto antes de mi vista.
HERALDO
Sábelo, pues: pronto tendréis guerra. ¡Sean la victoria y la dominación de los que sean hombres!
REY
Aquí, en los ciudadanos de Argos encontraréis hombres, y que no beben vino de cebada.(Vase el Heraldo.)— Vosotras, cobrad ánimos, y acompañadas de vuestras fieles siervas, dirigíos todas a la ciudad: está muy bien guarnecida de muros, y fortificada contorres de profundo y solidísimo cimiento. Allí encontraréis muchos edificios públicos que poder ofreceros, y aun mi casa, pues no se labró con encogida y corta mano. Es gran contento habitar bien dispuesta casa en numerosa compañía; pero si os aplace más vivir solas, podéis hacerlo así. Pronto está todo; escoged, pues, lo que mejor os parezca y más os agrade. Yo estoy aquí para defenderos, y conmigo los ciudadanos todos; que por voto unánime se han empeñado en esta empresa. ¿Podrás esperar tú mejor fianza?
CORO
¡No en verdad! ¡Antes, divino rey de los Pelasgos, que seas colmado de bienes en premio del que tú nos haces! Pero dígnate traernos aquí a nuestro animoso padre Danao; a nuestro guía y consejero. Su consejo ha de resolver qué casa nos conviene habitar y dónde debe ser nuestro puesto. Tratándose de extranjeros, cada cual se apresura a murmurarlos. Sigamos el partido más prudente.
REY
Vosotras seréis recibidas en la ciudad con aplauso de todo el pueblo, y nadie os ofenderá, ni tendrá para vosotras más que palabras de alabanza. Fieles siervas, marchad en su compañía, y cada una con aquella a cuyo servicio la hubiese destinado Danao.
(Sale DANAO.)
DANAO
Bendigamos a los Argivos, hijas mías, y ofrezcámosles sacrificios y libaciones como a los dioses del Olimpo, porque todos ellos sin excepción, acaban de salvarnos. Con grande acedía y enojo oyeron de mi boca lo sucedido con nuestros obstinados deudos; yluego ordenaron que viniesen escoltándome estos guardias armados por hacerme honor y para estorbar que golpe aleve e inesperado me diese muerte: con que caería sobre este suelo mancha sempiterna. Después de tales beneficios les debéis aún más acendrado agradecimiento y reverencia que a mí. Grabad ahora en vuestra mente esta máxima junto a los demás avisos que os dió la prudencia de vuestro padre: el tiempo es el que prueba lo que son y valen los desconocidos. Al extranjero que se avecinda entre nosotros, todos nos adelantamos a murmurarle, y la lengua anda lista para demostrarlo y ejercitarse a su costa. Encarézcoos, pues, que cuidéis de no afrentarme, porque estáis en ese verdor de la mocedad que tanto atrae las miradas de los hombres. Fruta en sazón nunca fué buena de guardar: todos son a arrebatarla, los hombres y las fieras; las alimañas que surcan los aires, y las que se arrastran por el suelo. ¿Y cómo no? Cipris convida a voz de pregón a coger el fruto sazonado, y marchita su lozanía y no deja vivir la flor. Cualquiera que pasa junto a una doncella se siente vencido del deseo, y lanza sobre los encantos de su hermosura dardo de amorosa mirada. ¡Mirad, no veamos menoscabada nuestra honra, que tantos trabajos nos ha costado salvar, y por la cual tan dilatados mares hemos tenido que correr; que esto sería trabajar en nuestra afrenta y en contento de nuestros enemigos! En cuanto a habitación donde nos alojemos, dos hay, la de Pelasgo, y la que nos ofrece la ciudad, y ambas sin merced ninguna; negocio es, pues, de bien poca monta. Sólo os digo que guardéis las advertencias de vuestro padre, y tengáis la honestidad en más que la vida.
CORO
Quieran los dioses favorecernos en todo lo demás, que en cuanto a mi mocedad, descuida, padre, que a no determinar otra cosa los dioses, no se ha de apartar paso mi corazón de la senda que ha emprendido.
PRIMER SEMICORO
Marchad; celebrad con jubilosos cánticos a los bienaventurados dioses, señores y patronos de la ciudad, y a los que habitan las riberas del antiguo Erasino.
SEGUNDO SEMICORO
Responded a mis cánticos, vosotras que me acompañáis. ¡Gloria y alabanza a la ciudad de los Pelasgos! ¡Ya no más celebrar con mis himnos las aguas del Nilo!
PRIMER SEMICORO
Sino los ríos que tienden sus múltiples brazos por esta región, y con sus sabrosas fecundantes aguas alegran y sustentan sus campiñas.
SEGUNDO SEMICORO
Mire con piedad la casta Artemisa a estas mujeres fugitivas. Que Cithera no nos imponga sus lazos por la fuerza: ¡tormento aborrecible!
PRIMER SEMICORO
Cipris, tampoco te olvido a ti en mis piadosos cultos. Tu poder con el de Hera iguala casi al de Zeus. Tus golpes, oh astuta diosa, son temidos de los mortales, y así intentan ganarte con homenajes reverentes.
SEGUNDO SEMICORO
Acompáñanla siempre, como a su querida madre, el Deseo, y la blanda Persuasión a quien nadie se resistey aquella Harmonía, a la cual ha dado en suerte Afrodita los susurrantes requiebros de los amores.
PRIMER SEMICORO
Pero ¡ay! ¡que temo mucho la tormenta que se ha de levantar con mi huída; los fieros males y sangrientas guerras que han de sobrevenir! ¿Por qué hicieron tan feliz navegación nuestros activos y tenaces perseguidores?
SEGUNDO SEMICORO
¡Cúmplanse los decretos del Destino! Nadie hay que pueda escapar a los designios altísimos e insondables de Zeus. ¡Quizá como tantas otras mujeres antes de nosotras, habremos de acabar por contraer un lazo aborrecido!
PRIMER SEMICORO
¡Gran Zeus, aparta de mí el himeneo con los hijos de Egipto!
SEGUNDO SEMICORO
¡Sería eso el mayor de los bienes! Pero quizá tratas de mover a un dios inexorable.
PRIMER SEMICORO
Lo que ha de suceder no lo sabes tú.
SEGUNDO SEMICORO
¿A qué esforzarme a penetrar en el abismo de la mente de Zeus, a cuyo fondo no llegó jamás mirada alguna? Sé más moderada en tus deseos.
PRIMER SEMICORO
¿Por qué me das esta lección?
SEGUNDO SEMICORO
Porque no te atrevas curiosa a las cosas divinas.
PRIMER SEMICORO
¡Soberano Zeus, líbranos de un himeneo funesto y aborrecido! Tú libraste a Io de sus males, acariciándola con mano que la volvió la salud. ¡Dichosa fuerza aquélla, donde se engendró nuestro linaje!
SEGUNDO SEMICORO
¡Danos la victoria, que somos débiles mujeres! ¡Permita el cielo que entre dos males tan sólo padezca el menor, templado siquiera con algún bien! Alcancen mis súplicas que la Justicia triunfe de sus enemigos con ayuda de los dioses.
Viñeta ornamental