ESCENA XI

dichas,sandaliayprocopio

Sandalia(Corriendo á separarlas).—¡Jesús! Pero,hijas, ¿qué es esto?Procopio(Frotándose gozoso las manos).—Gracias áDios que se puede ya vivir á gusto en esta casa.Pura(Abrazándola).—¡Mamá!5Casta(Lo mismo á Procopio).—¡Papá!Sandalia.—¡Quién dijera que vosotras!...Casta.—Es que Pura...Pura.—Es que Casta...Procopio.—Ni una palabra más. Ya me figuro lo10que ha pasado. Ese bribón de Claudio se ha permitidohacer el amor á las dos, y vosotras os lo queréis cedercomo buenas hermanas.Casta.—¡Cá! no es eso.Pura.—No, señor.15Procopio.—Pues en ese caso no hay más remedioque él elija; y á quien Dios se lo dé... Dejadme á mí,que yo me pinto solo para estas cosas. ¿Dónde está él?Pura.—En su cuarto.Procopio.—Corriente. (Se acerca á la primera20puerta lateral, que abre.) ¡Caballerito! Tenga usted labondad de salir. ¡Ejem! Ahora veremos. (Casta yPura se colocan cada una al lado de una butaca durante laescena siguiente.)

pura,casta,sandalia,procopioyclaudio

Claudio(Saliendo).—¿Qué quiere usted?Procopio.—¿Es así como corresponde usted á lafranca y cariñosa hospitalidad que le he dado?Claudio.—¿Cómo?Procopio.—¿Y usted me lo pregunta?... ¿Conque5ha tenido usted la avilantez de hacer el amor al propiotiempo á mis inocentes y candorosas hijas?Claudio.—¿Yo?Procopio.—Sí, señor. Y esto, como comprenderá,no puede quedar así.10Claudio.—Pero esto es una encerrona...Procopio.—¡Silencio! Y aún se atreve... Concluyamos.Elija usted la que más le guste de las dos.Claudio.—¿Que elija?15Procopio.—¡Claro!Claudio.—¿Y para qué?Procopio.—¡Me gusta! ¡Para casarse!Claudio.—¿Pero quién piensa en eso?Procopio.—¿Cómo que quién piensa en eso? Ellas,20yo, su madre... que hace quince años que no pensamosen otra cosa.Claudio.—Pero si yo no puedo casarme.Procopio.—¿Que no? ¿Por qué?Claudio.—Toma, porque... Pues porque soy casado.25(Al oirle, Pura y Casta caen desvanecidas cadacual en una butaca.)Pura.—¡Ah!...Casta.—¡Villano!...Sandalia(Á Claudio).—¡Monstruo! ¡Las ha dadousted la puntilla!Claudio.—¿Yo?5Sandalia(Auxiliándolas).—¡Hijas mías!...Procopio(Como vacilando para caer).—¡Casado!...(Con indignación.) ¿Y no le da á ustedvergüenza?...Claudio.—¿De ser casado? No, señor.10Procopio.—Pero, hombre de Dios, eso se dice...Claudio.—Pues bien claro lo estoy diciendo...Pero si sus hijas quieren casarse, yo tengo unmedio...Procopio.—¿Eh?15Sandalia.—Niñas, este joven tiene un medio...(Pura y Casta vuelven en sí, se levantan y se acercan.)Claudio.—Sí; yo tengo un medio para que se casenen seguida.Procopio(Anhelante).—¿Y cuál es?20Claudio.—Que se vengan á mi pueblo. En él escaseanlas mujeres, y las pocas que hay son feas. Siellas van, estoy seguro que antes de quince días, es cosaecha. Con decirle á usted que allí tienen gran partidolas tuertas, las cojas y hasta las jorobadas... En fin,25que todo se aprovecha. (Sandalia se acerca á Claudio,con quien habla aparte animadamente.)Procopio(Á Pura y Casta).—Ya lo oís. Este añoá veranear á Matalauva... (Al público.) Y á ver siquiere Dios que se queden por allí en alguna parte. Si30no, ¡qué remedio! Paciencia y barajar.

Y en tanto que la ocasiónde casarlas se presente,mi deseo es solamenteescuchar tu aprobación.

PUESTO EN ACCIÓNporMARIANO BARRANCO

Comedor de una casa modesta. Aparador en el fondo; mesa en el centro, debajo de la cual se ve un felpudo. Á la izquierda un brasero con lumbre; sillas, etc. Es de noche.

Comedor de una casa modesta. Aparador en el fondo; mesa en el centro, debajo de la cual se ve un felpudo. Á la izquierda un brasero con lumbre; sillas, etc. Es de noche.

doña paula,carmenyjuan.Doña Paula y Carmen sentadas junto al brasero, leyendo cada una un periódico. Juan, sentado junto á la mesa del centro, escribe.

Paula.—¡Oh! ¡Qué bien habla este hombre! Oye...oye...Juan.—(¡No me dejarán acabar hoy!)Paula(Leyendo).—«Yo acato y respeto á la autoridaddel presidente, pero repito por centésima vez que la5administración pública está perdida en España, perdida,señores diputados...»Carmen.—Y tiene mucha razón.Juan.—(¡Por vida de la política!)Paula(Leyendo).—«¿Y á qué se debe esto? Á que10los destinos públicos no han sido desempeñados nuncapor hombres de verdadero mérito, de reconocida probidady honradez, sino por ineptos, por paniaguados delos señores ministros, de los caciques de los partidos, óde los asquerosos mercaderes de la política.»—«Murmullos15en la mayoría.»Carmen.—¿Qué mayoría? Á todos comprendenesos calificativos.Juan.—(Perdonadlas, Señor, no saben lo que dicen.)Paula.—Oye, oye. (Lee.) «Arrojemos á esos mercaderesdel templo de la Nación, como fueron arrojados5aquellos otros del templo de Dios, y nos encontraremoslimpios de polilla.»Carmen.—¡Bravo!Paula.—«Es tan grande en este momento el ruidoque se produce en la Cámara, que nos impide seguir10oyendo al joven orador.»Carmen.—¡Ah! ¿Es joven?...Paula.—Y por lo visto, un joven de provecho.Carmen.—Si yo fuera gobierno le daba una carteraá ese diputado.15Paula.—Y yo otra.Juan.—¡Ea! Y si yo fuera ustedes me ocuparía enzurcir los calcetines; ó me iría á leer á otra habitación...porque así es imposible trabajar.Paula.—¡Qué grosero es tu marido!20Juan.—¡Señora!Carmen.—Si no trabajaras en domingo, como notienes obligación, no te sucedería eso.Juan.—¡Claro! Si no trabajara no había caso.Paula.—No he visto hombre más trabajador que tu25marido, y á quien menos le luzca el trabajo.Juan.—¡Qué remedio!...Carmen.—Tiene razón mamá. Métete en política,conspira, ó dedícate á negocios y sube como suben otros.Juan.—Ya vivimos en piso cuarto; me parece que30he subido bastante.Paula.—¡Quita de ahí! ¡Tú no serás nunca nadani servirás para el caso!Juan.—Conforme para lo que sea.Carmen.—¿Qué ha de ser éste? Escribiente en elministerio de Hacienda con cinco mil reales de sueldo,5como hace catorce años.Juan.—Esa antigüedad demuestra que soy un hombrehonrado y probo.Paula.—Eso lo que demuestra, es que eres un tonto.Juan.—Gracias.10Carmen.—Un bobo que no ha sabido aprovecharsede las circunstancias.Juan.—Bueno; sea lo que ustedes quieran, perodéjenme al menos trabajar un rato.Paula.—¡Trabajar!... ¿Y qué es lo que trabajas,15vamos á ver?Carmen.—Eso; ¿qué es lo que trabajas?Juan.—Estoy poniendo en limpio una minuta del jefe.Paula.—¡Poniendo en limpio! Para eso sirves tú,para ser el mozo de la oficina, para limpiar lo que otros20ensucian.Juan.—¡Señora!Carmen.—Para llevar el peso de todo, mientras quelos que cobran grandes sueldos se pasean ó conspiranen provecho propio.25Juan.—Señora: poner en limpio una minuta es copiaren letra clara y correcta una nota del jefe.Paula.—¡Claro! Como que la mayor parte de losjefes no saben escribir.Carmen.—Lo que dice ese diputado: son paniaguados30de losministros.Juan.—En fin: ¿me hacen ustedes el favor de dejarmeconcluir?Carmen.—¡Ay! Si yo hubiera sabido para lo pocoque tú servías, no me caso contigo.Juan.—(¡Ay! ¿Por qué no lo supo?)5Paula.—Ni yo consiento en semejante unión.Juan.—Ni yo hubiera tenido una suegra tan...amable como usted.Paula.—Parece que lo dices con retintín.Juan.—Lo digo como lo siento, señora.10Carmen.—No haga usted caso.Paula.—¿Cómo que no haga caso?Juan.—(¡Adiós! ¡El diluvio!)Paula.—Ha de saber tu marido que debe considerarsemuy honrado con haber entrado en una familia15como la nuestra. Somos nobles por los cuatro costados.Juan.—(¡Y sin una peseta!)Paula.—¿Lo duda usted?Juan.—No, señora.Paula.—Y si hoy, por circunstancias de la vida, no20nos vemos muy desahogados, nos han envuelto en ricospañales, y mi familia ha levantado siempre su cabeza,aun en presencia de los magnates.Juan.—No lo dudo, señora, pero...Paula.—Déjeme usted en paz, mamarracho.25Juan.—Gracias.Carmen.—Tiene razón mamá, tú debes considerartehonradísimo con haberte casado conmigo.Juan.—¿Quién lo duda, mujer, quién lo duda?Paula.—¡Como si mi hija no hubiese tenido más pretendientes30que usted!Juan.—Vaya, con permiso de ustedes me voy áescribir á otra habitación. (Recoge los papeles.)Paula.—Vaya usted enhoramala.Juan.—Gracias, señora, gracias. (¡Por vida de midebilidad de carácter!) (Vase.)5

doña paulaycarmen

Paula.—Tú tienes la culpa. Si le hubieras dicho átu marido que con cinco mil reales de sueldo, y lo pocque le dejó su tío el extremeño, no era posible estableceruna familia como la nuestra, no sucedería esto.Carmen.—¡Es verdad; pero de habérselo advertido10antes, no se hubiera casado conmigo!Paula.—¿Y qué? No te hubieran faltado proporcionesmejores.Carmen.—¡Llevábamos ya tantos desengaños!Paula.—Pues mételo en algo; haz que sea algo...15hazlo... cualquier cosa, mujer, hazlo, cualquier cosa.Carmen.—¡Si tiene un carácter tan débil que nosirve para nada!Paula.—¡Ay! Si yo llevara pantalones y tu maridoenaguas...20Carmen.—Ó yo.

dichasyluisa

Luisa.—Pues señor, he estado una hora en el balcóny ése no parece, ni viene por lo visto.Paula.—¡Otro que bien baila!Luisa.—Y me he quedado helada. (Se sienta albrasero.)Paula.—Ya verás cuando venga como le hablo yoclaro. Hace tres meses que estáis en relaciones, y herraró quitar el banco. Tú ya no estás para perder el tiempo.5Que se case con mil diablos.Luisa.—No, mamá, con mil diablos no; basta quese case conmigo.Paula.—Bueno; pero que se decida de una vez.Carmen.—Si es que ésta no sabe. Yo no tuve relaciones10con Juan más que el tiempo preciso para arreglarlotodo.Paula.—Y aun eso es mucho.Luisa.—Sí; pero no vayan ustedes por querer darleprisa á hacer que se escame.15Paula.—¿Cómo que se escame? ¿Y qué máspuede desear él? ¿Qué es el tal Felipe? Un músico,un pianista sin lecciones, que porque obtuvo un premioen el Conservatorio ya se cree más músico queMetternich.20Luisa.—No, mamá, si Metternich no fué músico.Paula.—Bueno; pues Metternach, es igual.Carmen.—Tiene razón mamá; la solfa da pocagrasa á los garbanzos.Paula.—Más cuenta te hubiese tenido hacerle caso25al teniente de casa de las de González.Luisa.—¡Toma! Ya le hice todo el caso posible,pero cuando se enteró que no teníamos un real, se llamóandana y me dejó plantada.Paula.—¿Y quién le dijo á él que no teníamos un30real?Luisa.—Las de González, sin duda.Carmen.—¡Envidiosas! Como ellas no han podidocasarse, y ya son jamonas...Paula.—¿Qué han de casarse con aquellas naricesque parecen mangas de riego? Y eso que se han pasado5la vida dando reuniones para ver si enganchaban áalguno.Luisa.—¡Ah! Á propósito; ¿han leído ustedes enLa Correspondenciaque esta noche dan una reunión?Paula.—¡Cómo! ¿Reciben los González y no nos10han convidado?Carmen.—¡Qué grosería!Luisa.—Aquí, aquí lo dice: (Coge «La Correspondencia»y lee.) «Mañana,» que es hoy, «inauguran susreuniones de invierno los señores de González, para cuya15fiesta han invitado á sus numerosos amigos.»Carmen.—No hay duda.Paula.—¿Y no nos han convidado á nosotras?¡Qué grosería!Carmen.—Serán otros González.20Luisa.—Yo le preguntaré á Felipe; él es amigo ydebe saberlo.Paula.—Ellos serán, los muy...

dichosyfelipe

Felipe.—Muy buenas noches, señoras.Luisa.—(¡Él!)25Paula.—Buenas noches.Felipe(Saludando).—Carmencita, ¿y don Juan?Carmen.—Bueno; por allá dentro.Luisa.—¡Buena hora de venir!Felipe.—Vida mía, he tenido que hacer.Luisa.—No sé qué.Felipe.—Probar un piano que quiere comprar un5discípulo, y cuyas teclas no marchaban bien.Luisa.—Sí; tú siempre tienes alguna tecla que tocarpara excusarte.Felipe.—No seas maliciosa.Paula.—Á propósito, Felipe, ¿tiene usted noticia de10si los González reciben esta noche?Felipe.—Más que noticia, tengo una invitación.Por eso vengo ya vestido para no tener que volver á casaé ir con ustedes desde aquí.Luisa.—¿Con nosotras? ¡Estás fresco!15Felipe.—¿Qué? ¿Acaso no las han invitado áustedes?Paula.—¿Cómo que no? ¡Pues no faltaba más!Estamos invitadas desde hace ocho días.Felipe.—Entonces...20Paula.—Pero no vamos; á mí me duele mucho lacabeza.Carmen.—Y á mí.Luisa.—Y á mí.Felipe.—¡Caracoles! ¡Esta casa es un hospital!25¡Ah! Tal vez el tufo del brasero...Paula.—Sí; puede.Felipe.—He oído decir á un médico amigo, que elbrasero es una cosa muy malsana.Carmen.—¡Bah! Nuestros antepasados no tenían30otro fuego.Felipe.—Por eso se han muerto todos.Luisa.—¿De modo que no yendo nosotras, supongoque tampoco irás tú?Felipe.—Hija... estoy comprometido á presentará un amigo; y además á tocar el piano para que bailen.5Luisa.—Eso es; pues que lo toque otro.Felipe.—Ya cuentan conmigo.Luisa.—Bueno; ¿y por dar gusto á esos cursis deGonzález, me has de disgustar á mí?Felipe.—Mujer, yo creí...10Paula.—Tiene razón la niña; un joven que está enrelaciones y en relaciones tan formales como las de ustedcon mi hija, no se pertenece, ni puede comprometerse ánada sin contar con su futura.Felipe.—Pero considere usted que hay15compromisos...Carmen.—No le hubiera yo consentido á Juan semejanteslibertades.Luisa.—Ni yo á éste... Si quieres ir... hemosconcluído.20Felipe.—Pero mujer...Paula.—Tiene razón Luisa. Todo Madrid sabecon la frecuencia que visita usted esta casa, y por lotanto, deducen lo próxima que está la boda.Felipe.—(¡Caracoles!)25Paula.—Y eso de que en vísperas de casarse vayausted á un baile, mientras nosotras nos quedamos encasa, ha de chocar á todo el mundo.Felipe.—Pero, doña Paula, yo no he dicho que pensabacasarme en seguida.30Paula.—¡Cómo es eso! ¿Trata usted, por ventura,de entretener á mi hija, de ponernos en ridículo y deabusar de nuestra bondad y confianza?Felipe.—¡Señora!Paula.—Esa conducta es indigna de un caballero; ysepa usted que en esta casa hay hombre que pueda pedir5á usted una satisfacción.Carmen.—¡Ya lo creo que se la pedirá!Felipe.—Pero señora, ¿qué he dicho yo desde elprimer día?Paula.—Lo que sin duda no pensaba usted cumplir.10Felipe.—¿Yo?Luisa.—No; no se altere usted. Éste busca sinduda un pretexto para concluir, y como á mí no meduelen prendas... Puede usted ir á ese baile y á dondele acomode. (Llorando.)15Paula.—Incluso á... ¡Qué barbaridad! ¡Lo queiba á decir!Felipe.—¡Pero señora!Paula.—¡Ay, ay!... ¡Agua!... ¡Agua!...Luisa.—Por Dios, mamá...20Felipe.—Pero ¿qué motivo hay para esto?Carmen.—Usted es la causa de todo.Felipe.—(¡Cáspita!)Luisa.—¡Infame! Toma, mamá; toma. (La daagua.)25Felipe.—Pero, por Dios, doña Paula...Carmen.—¡Jesús!... ¡Está sin sentido!Felipe.—Aflójela usted el corsé.Paula.—¿Cómo es eso? ¿Quiere usted que me aflojen el corsé en supresencia?30Felipe.—¡Señora!...Paula.—¡Desvergonzado! ¿Para eso le he abiertoá usted las puertas de mi casa? Si cuando yo os decíaque sus intenciones no eran buenas...Felipe.—(¡Demonio!...)Luisa.—¡Infame!5Paula.—Puede usted marcharse cuando quiera.Carmen.—Y ya irá Juan á entenderse con usted.Luisa.—Eso es: á pedir á usted una satisfacción.Felipe.—Pero vamos á ver: ¿qué ha pasado aquí?10Paula.—Usted lo dirá.Felipe.—¿Que no les parece á ustedes bien que vayaá esa reunión no yendo Luisa?Luisa.—Claro.Felipe.—Pues bien; no voy.15Luisa.—¿De veras?Paula.—No; si por nosotras puede usted ir dondele acomode.Felipe.—Nada; no voy, no señora. Pero tendréque ir á avisar al amigo que había citado, y al propio20tiempo escribir á los González para que busquen otroque toque el piano.Paula.—¿Y para qué avisar? Que toque el dueñode la casa si quiere.Felipe.—¡Si don José no es pianista!25Paula.—Bien ¿y qué?Felipe.—Vaya, voy en un vuelo á avisar á eseamigo, y vuelvo en seguida.Luisa.—Pero no tardes.Felipe.—No. ¿Están ustedes contentas?30Paula.—No hace más que lo que debe.Felipe.—Ya lo sé, señora. (¡Caracoles, en la queme he metido!)Luisa.—Y múdate de ropa, porque si no, voy á creerque vas después.Felipe.—Bueno, mujer.5Luisa.—Adiós, vidita.Felipe.—Adiós. (¡Caspitina! ¡Qué familia!) (Vase.)

doña paula,carmen,luisay despuésjuan

Luisa.—¡Qué bueno es!Paula.—Eso es: así estropeáis á los hombres conllamarlos buenos. ¿Qué sería de vosotras sin mí? Al10hombre hay que tratarlo á puntapiés y sin consideraciónninguna para que nos respete. ¡Parece mentira quehayáis estado á mi lado en vida de vuestro padre!Luisa.—Pero, en fin, ha renunciado á ese baile por mí.15Carmen.—¿Qué más puede hacer?Paula.—No haberse comprometido con esas cursisde González sin haberlo consultado antes con nosotras.¡Una familia que no se acuerda de invitarnos á unareunión! ¡Unos trapisondistas que porque han hecho20dinero, no se sabe cómo, y por lo tanto de mala manera,se dan más tono que el señor de Rodrigo en la horca!¡Unos mamarrachos!Juan.—¡Hola! ¿Hablan ustedes de los señores deGonzález?25Paula.—Sí, señor; hablamos de esos... trapisondistas.Á menos tendría yo en ir á su casa.Juan.—¡Ah! ¿Ya saben ustedes que dan una reunióny no las han convidado?Carmen.—Lo cual es una grosería.Paula.—Pero que me complace en extremo. Asíme evitan el trabajo de contestarles que no admito su5convite.Juan.—¡Ah! ¿No iban ustedes de todos modos?Paula.—¿Nosotras? No podemos frecuentar semejantesociedad.Carmen.—Tiene razón mamá.10Juan.—Muchísima. Y como la veo á usted enterreno muy firme y pensando muy cuerdamente porprimera vez en su vida...Paula.—¡Caballero!...Juan.—Permítame usted que la haga justicia.15Paula.—Yo he pensado siempre como ahora.Juan.—Bueno; pues ya no tengo inconveniente endecirle que acabo de recibir en este momento el convitede los señores de González. (Sacando un papel.)Paula.—¡Eh!...20Carmen.—¿El convite?Luisa.—¿El convite para esta noche?Juan.—Sí; con una nota muy expresiva, excusándosede haberlo mandado tan tarde.Paula.—¿Á ver? (Lo toma.)25Luisa.—¡Qué gusto!Carmen.—Si no podía ser otra cosa.Juan.—Pero como no han de ir ustedes, de todosmodos...Luisa.—¿Eh?30Paula.—¡Oh! ¡Qué finura! Oíd, oíd lo que diceIsabel de su puño y letra. (Leyendo.) «Si esta invitación,que por un error llega tarde á ustedes, no les basta,irá mi marido en persona á rogarles no falten á esta sucasa.»Luisa.—¡Qué amabilidad!5Carmen.—¿Quién se niega?Juan.—Nosotros por supuesto.Paula.—¡Qué hemos de negarnos, hombre! ¡Puesno faltaba más!Juan.—¡Señor, Señor! ¡Éste es el mundo!10Paula.—Y como yo sé lo que me debo á mí misma,iremos á ese baile.Juan.—¡Ésta es la sociedad!Carmen.—- Y tú también vendrás.Juan.—¿Yo?15Paula.—¡Ya lo creo! Te conviene tratar á lasgentes, si has de llegar á ser algo alguna vez.Carmen.—Y frecuentar la sociedad.Paula.—Ahí tienes el ejemplo de González, que noera nada, y ahora es todo un...20Juan.—¡Señora!... ¡Por las once mil vírgenes!Paula.—Nada, nada, iremos.Luisa.—¡Qué gusto! ¡Y el pobre Felipe que sehabrá quitado el frac!Paula.—Pues se lo vuelve á poner, ¿qué más25quiere?Luisa.—Claro: ha de tocar el piano para quebailemos.Paula.—Y que no puede dejar de ir.Luisa.—Y que nadie toca como él.30Juan.—(Otra víctima como yo.)Luisa.—Á mí me hacen falta guantes largosde catorce botones.Paula.—Es verdad; y á mí horquillas.Carmen.—Y á mí polvos de arroz, y el abanico queestá á componer.5Paula.—Nada; éste va en un vuelo y lo trae todo.Juan.—Pero señora, ¿y no los llamó usted cursisy trapisondistas y...?Paula.—¿Y qué tenemos nosotras que ver con loque inventan las gentes? Vamos, anda; guantes, horquillas10y polvos de arroz.Juan.—(Y una soga para ahorcarme.)Luisa.—Los guantes de catorce botones y color lila,¿sabes?Juan.—Ese color, sin pedirlo, me lo dan á mí en15cuanto me vean entrar en la tienda.Paula.—Bueno; vamos, que tenemos que peinarnostodavía, que no tardes, ¿eh? (Vanse doña Paula yLuisa.)Juan.—En seguida. (¡Por vida de mi carácter!)20

carmenyjuan

Juan.—Tu madre está dejada de la mano de Dios.Carmen.—¡Dale con mi madre! Á tí no te parecebien nada de lo que hace mi madre.Juan.—Como que nada de lo que hace tiene sentidocomún.25Carmen.—¡Juan, Juan!... Calla, y ve á comprartodo eso.Juan.—¿Á comprar? Pero ¿tú crees que yo fabricodinero?Carmen.—No empecemos.Juan.—Bueno; sea lo que quieras. ¡Ah! Pero yono puedo ir á esa reunión.5Carmen.—¿Por qué?Juan.—Á menos que te tomes el trabajo de cortarcuatro dedos de largo de mi pantalón negro.Carmen.—¿Ahora?Juan.—Ahora. El otro día, al entrar en la oficina10después del duelo de D. Andrés, me preguntaron loscompañeros si había comprado el pantalón en el Rastro,y si el difunto era mayor. Como que tiene cola eltal pantalón.Carmen.—¿Y vas tú á presumir acaso?15Juan.—Una cosa es presumir, y otra no ir en ridículo.Carmen.—Bueno; pues mañana se corta.Juan.—Bueno; pues que se suspenda ese baile hastamañana.Carmen.—¿Cómo se entiende? Tú vas á esa reunión20y llevas el pantalón como está.Juan.—Considera que se ríen de tu marido.Carmen.—¡Bah! Déjame en paz.Juan.—Pero considera...Carmen.—Ve á paseo. (Sale.)25

juan,despuésluisa

Juan.—Al Congo me iría yo con tal de no veros.Cualquiera se casa, sí señor, y se encuentra con unamujer más ó menos buena; pero con una. Yo me hecasado con tres... y cada una de ellas es un grupo...de fieras. ¡Ay! ¿Por qué me ha dado Dios tan pocaenergía?Luisa.—¡Calle!... ¿Aún estás aquí?5Juan.—¿Qué? ¿Habéis pensado por ventura no irá casa de González?Luisa.—¿No ir? ¡Pues no faltaba más!Juan.—¿Sí? Pues si tenéis empeño en que yo osacompañe, me vas á hacer un favor.10Luisa.—¿Qué favor?Juan.—Cortar mi pantalón cuatro dedos.Luisa.—¿Yo? Pero hombre, ¿tú crees que yo notengo otra cosa que hacer que ocuparme de tu pantalón?Juan.—Si es un momento.15Luisa.—Déjame en paz, y córtalo tú si quieres.¡Vaya con el hombre! (Vase.)Juan.—Gracias, mujer, gracias. Ésta también haráfeliz á su marido. ¡Ah! Mi suegra ha dicho muchasveces que tiene afición á la ropa de hombre. Si por uno20de esos fenómenos extraños en ella quisiera complacerme...Debe de estar en su cuarto. Probemos. (Sale.)

felipe, despuésjuan

Felipe.—¡Ea! Ya estoy de vuelta. ¿No hay nadie?¡Esperaré! Me parece que he hecho mal en ceder;pero á doña Paula le da un soponcio por mí; Carmen me25amenaza con su marido, y Luisa con concluir las relaciones...¿Concluir? Quizás esto me conviniera.Don Juan no parece muy feliz, y quién sabe si me esperaá mí igual suerte.Juan(Saliendo con unos pantalones negros en la mano).—Nada;me ha mandado á escardar cebollinos. ¡Quéremedio! Lo voy á cortar yo y mañana se cose.5Felipe.—Hola, señor don Juan.Juan.—Hola, víctima... digo, compañero de fatigassin glorias.Felipe.—¿Compañero?Juan.—Hombre, en cuanto se case usted; yo ya lo10estoy.Felipe.—¡Ah! (Pues señor, me casan sin remedio.)Juan.—Con permiso de usted, ¿eh? (Extendiendoel pantalón sobre unamesa.)Felipe.—¿Va usted á quitar alguna mancha?15Juan.—No; á quitar paño que le sobra á estepantalón.Felipe.—¿Usted? ¿No hay mujeres en la casa?Juan.—No; aquí no hay mujeres, son fieras.Felipe.—¿Eh?20Juan.—Es decir; hago una honrosa excepción. (Meconviene no escamarlo.)Felipe.—Luisa, ¿eh?Juan.—Por supuesto, Luisa, que es un modelo debondad y de... mansedumbre.25Felipe.—Ya me lo parecía á mí.Juan.—Pues es usted listo. En fin, cásese usted conella, que va usted bien.Felipe.—¿Cree usted?...Juan.—Cuando le digo á usted que es un modelo...30Felipe.—Pero, sin duda ¿la madre?...Juan.—¿Mi suegra? ¡Quiá! Después de todo, esuna infeliz. Tiene un carácter... pero no pasa deahí.Felipe.—¿De dónde?Juan.—De ahí; de... Estoy por aconsejarle á usted5que se la lleve cuando se case.Felipe.—¿Á la suegra? ¡Caracoles!Juan.—No; si eso no es suegra... eso es... unamadre, una... Yo tendría un sentimiento muy grande;pero llévesela usted si tiene empeño.10Felipe.—No, ninguno.Juan.—Bueno; pues nos la podemos repartir átemporadas.Felipe.—¿Á temporadas?Juan.—Por ejemplo: puede pasar con usted doce15meses del año y el resto conmigo.Felipe.—Eso es: ó lo contrario.Juan.—También. El año entero con usted, y lo quequede conmigo.Felipe.—Ya hablaremos de eso.20Juan.—(Éste se la ha olido.) Vaya, ya está esto.(Por el pantalón.) Mañana lo cosen para que no sedeshilache. Lo dejaré aquí hasta que vuelva. (Lo dejasobre la silla.)Felipe.—¿Á dónde están esas señoras?25Juan.—Ahora saldrán. ¿Usted también va de baile?Felipe.—Iba; pero como se han empeñado en queno vaya...Juan.—¿Y no va usted, yendo la novia?Felipe.—¡Cómo! ¿Van al baile?30Juan.—¡Ya lo creo!Felipe.—¡Demonio! Y me han hecho escribirexcusándome...Juan.—¿Sí? Pues como no piensen otra cosa vaná casa de González.Felipe.—¡Por vida!... Eso es jugar conmigo y no5me he casado todavía.Juan.—¡Oh! Eso es ahora; pero en casándose secuadra usted.Felipe.—Ya lo creo que me cuadraré.Juan.—Vaya; voy á comprar unas friolerillas.10Felipe.—¡Después que me he quitado el frac!Juan.—Con tal que tenga usted los pantalones bienpuestos...Felipe.—¡Quiá, hombre! Si se me están cayendo;son anchos.15Juan.—¿Su sastre de usted es profeta?Felipe.—No; es García.Juan.—Lo mismo da. (¡Pobre chico!) (Vase.)

felipe,despuésdoña paula

Felipe.—Después que me hacen escribir pretextandoun fuerte dolor de muelas y rogándoles que busquen20otro que toque el piano... salimos con que van ellas.No; pues conmigo no se juega.Paula.—¡Hola! Pronto ha dado usted la vuelta.Felipe.—¡Claro! Como que por lo visto no habíanecesidad de la salida.25Paula.—¡Ah! ¿Sabe usted ya que vamos al baile?Felipe.—Sí; ahora que he escrito á esos señoresque un fuerte dolor de muelas me impedía ir á tocarel piano.Paula.—¿Qué, usted toca el piano con las muelas,por ventura?Felipe.—No, señora; pero toco cielo con las5manos cuando me pasan estas cosas.Paula.—¿Es fuerte el dolor, eh? Arránqueselausted si está picada.Felipe.—Quien está picado soy yo.Paula.—¿Sí? Pues enjuáguese usted.10Felipe.—Si no me duele nada.Paula.—¿En qué quedamos?Felipe.—Ha sido el pretexto para no ir.Paula.—Entonces, yendo, ya no necesita ustedpretexto.15Felipe.—¿Después que me he quitado el frac y elpantalón negro?Paula.—Se lo vuelve usted á poner.Felipe.—Eso es.Paula.—¡Ah! Y á propósito: ¿ha visto usted á20Juan?Felipe.—Salió ahora.Paula.—Me alegro. (Le voy á sorprender cuandovuelva. ¿Qué me cuesta darle gusto una vez? Le voyá cortar el pantalón negro. Él dijo que unos cuatro25dedos... le cortaré cinco. Puesto que hay tiempo...¡Ah! Éste debe ser, sí. En mi cuarto tengo tijeras.)(Coge el pantalón.)Felipe.—Pero ¿van ustedes al baile, eh?Paula.—Sí, hombre; vaya usted á vestirse, vaya30usted. (Vase por la segunda izquierda.)Felipe.—¡Caramba, Carambita! ¡Nada! Me zarandeancomo les da la gana. ¡Y todavía dice don Juanque podíamos partirnos á la suegra!... ¡Ya lo creo quedebíamos partirla! Pero por la mitad, y arrojar lospedazos para que no pudieran aprovecharse... Porque,5vamos á ver. ¿Qué hago yo con esta carta, (Sacando unadel bolsillo.) que le he escrito á la de González, excusándome?Afortunadamente no la he cerrado, ni se la hemandado todavía; pero... ¡ah!... ¡qué idea! Lapongo una postdata, diciéndole que después de escrita10esta carta me encuentro bien, y por tanto, que no hagacaso de lo que la digo en ella... eso es. Ya que estáescrita, no me voy á quedar con la carta en el bolsillo.¡Ay! ¡En qué lío tan gordo te has metido, Felipe! ¡Soylo más lila!... ¡Hasta don Juan ha conocido que se me15caen los pantalones, y no me he atrevido á devolvérselosal sastre! ¡Ay! ¡Qué carácter tenemos algunos hombres!¡Caracoles!... ¡Caracolitos!... (Sale por elfondo.)

carmen,vestida algo ridícula, sale y se mira al espejo. luegopepa

Carmen.—El espejo de mi cuarto es muy pequeño y20no me he podido hacer cargo de mi vestido. Vamos; noestá mal del todo... Pero si dan otro baile es precisoque me haga uno nuevo... ¡nuevo!... ¿Cuándo seráalgo mi marido? ¿Cuándo ascenderá al menos?Pepa(Con el pantalón negro de Juan en la mano).—¡Anda,25anda!... ¡Y qué maja se ha puesto usted!...Carmen.—¿Qué te parece, Pepa, estoy bien?Pepa.—Mejor que la sobrina del médico de mipueblo, cuando salía en la procesión del Jueves Santo.Carmen.—No me satisface mucho el elogio; pero, enfin...5Pepa.—¡Pues si es la más rica de Alcobendas!Carmen.—¡Ah! Entonces... ¿Qué llevas ahí?Pepa.—El pantalón del señor, que me lo ha dado sumamá de usted para que lo lleve al cuarto.Carmen.—¡Ah! ¿Lo has cortado tú?10Pepa.—¿Yo?... Yo no lo he tocado.Carmen.—¡Pobre Juan! Voy á darle gusto siquierauna vez; ¿qué me cuesta? Dame ese pantalón. Se locortaré para que pueda ir al baile. (Vase por la primeraizquierda.)15

pepayluisatambién vestida para la reunión

Pepa.—¡Digo! ¡Quién fuera señora para poderllevar todos esos perifollos! (Viendo á Luisa.) ¡Anda!¿También usted está compuesta?Luisa.—¿Qué te parezco? ¿Me encuentras bien?Pepa.—¡Ya lo creo! Parece usted SantaFislomena,20la de la iglesia de mi pueblo.Luisa.—¡Qué ocurrencia!Pepa.—Que sí señora; que está usted pintiparada.Luisa.—¿Cómo? ¿Pintada? ¿Se conoce mucho elcolorete?25Pepa.—¿Elclorete?Luisa.—¿Se ve mucho?Pepa.—Pero ¿aondetiene usted eso?Luisa.—¡Aquí, en la cara, mujer!Pepa.—¡Ah! Ahí no se conoce nada. Parece unarosa.Luisa.—¡Qué susto me has dado!5Pepa.—Yo quisiera vestirme así.Luisa.—¡Buena estarías! ¿Has visto al señoritoFelipe?Pepa.—Sí; volvió hace poco; pero se fué otra vez.Luisa.—¡Ah! ¿Hablaría con mi madre, eh?10Pepa.—Creo que sí. Voy... (Contestando á la vozde Carmen, que llama á Pepa.) Que sí, que está ustedmuy guapa, vamos. (Sale primera izquierda.)

luisa,despuéspepa

Luisa.—Si no fuera por el pobre Felipe, esta nocheera ocasión de coquetear un poco con el teniente y darle15una lección. Pero Felipe es de los que se casan, y elotro es un trucha.Pepa.—Bueno; en su cuarto, ya sé.Luisa.—¿Dónde vas?Pepa.—Á dejar el pantalón negro del señor en su20cuarto.Luisa.—¡Ah! (¡Qué trabajo me cuesta darlegusto!) Yo lo llevaré. Allí habrá tijeras. (Vasepor el foro.)Pepa.—¡Oh! Todas se llevan el pantalón. Por eso25dice el señor que aquí todos llevan pantalones menos él.¡Y yo que no sabía por qué lo decía!

pepayjuantrayendo varios paquetes

Juan.—Cuarenta y ocho reales de gasto un hombreque no tiene más que treinta diarios. ¡Por vida de losbailes!Pepa.—Señor, ¡si viera usted qué guapas están lasseñoritas!5Juan.—¿Sí, eh? Pues si vieras cómo estoy yo...Pepa.—¿Qué? ¿También se va usted á ponerdisclotaocomo la señorita?Juan.—Sí, me voy á poner en guardia contra todosestos despilfarros.10Pepa.—¿Qué traje es ése?Juan.—Bueno; anda á fregar, hija mía, anda áfregar.Pepa.—¿Está usted mal humorado?Juan.—No, cuestión de carácter.15Pepa.—¡Pues si es usted más bueno que el pan!Juan.—¿Que el pan bueno, eh? Sí, desgraciadamente.¿Has visto tú mi pantalón negro?Pepa.—Sí; la señorita Luisa lo llevaba ahora á sucuarto de usted.20Juan.—Bueno; pues entrégales todo esto á las señorascuando salgan, y di que estoy vistiéndome. ¿Hayluz en mi cuarto?Pepa.—Las luces las tienen todas ocupadas lasseñoras.25Juan.—Bueno; me vestiré á obscuras, ¿qué remedio?¡Ay! ¡Dichoso bailecito!

pepa,doña paulay despuéscarmenyluisa

Pepa.—No me parece que el señor tiene muchasganas de componerse.Paula(Vestida con exageración).—¡Ea! Ya estoy corriente. ¿Dóndeestán las niñas?Pepa.—Por ahídrentro.5Paula(Mirándose al espejo).—Me parece que voy ádar golpe esta noche. Diles que salgan. ¡Ah! Ven,clávame un alfiler aquí detrás.Pepa.—¿Detrás?Paula.—En la falda, mujer. Espera... ¿Tienes10las manos limpias?Pepa.—Me parece que sí.Paula.—Lo dudo.Pepa.—Sí, señora; me las lavé el domingo para salirá paseo.15Paula.—Bueno; ya está bien.Carmen(Saliendo con el abrigo puesto).—Cuandoquieras.Paula.—¿Está ya tu marido?Carmen.—Debe estar.20Paula.—Pues venga el abrigo y en marcha. (Sepone el abrigo.)Luisa.—¡Ah! ¿Ya están ustedes?Paula.—Sí, anda, arréglate.Luisa.—Volvió Felipe y le dijo usted que íbamos al25baile, ¿eh?Paula.—Naturalmente.Luisa.—¡Pobre chico! Se habrá incomodadode nuestra informalidad.Paula.—¿Incomodado? ¡Vamos, cuando yo digoque sois vosotras las que estropeáis á los hombres!Luisa.—Pero como le dijimos que nos dolía la5cabeza...Paula.—¡Claro! Y ya no nos duele.Carmen.—Pepa, tírame un poco del vestido. (Pepalo hace.)Paula.—Lo que tú has de hacer es poner buena cara10al teniente esta noche y no dormirte en las pajas.Luisa(Mirándose los guantes).—¡Ay!... ¡Porvida!...Carmen.—¿Qué pasa?Luisa.—Que tu marido es un torpe. Le digo que15sean de catorce botones, y no tienen más que doce.Paula.—Es un imbécil, hay que confesarlo.Carmen.—¡Bah! Lo mismo da.Luisa.—Eso es; como no te los has de poner tú...Paula.—Lo ha hecho por fastidiar.20Luisa.—Después que acabo de cortarle el pantalónpara que no vaya ridículo.Carmen.—¡Cómo! ¿Se lo has cortado más?Luisa.—No; cuatro dedos sólo, lo que él me dijo.Paula.—¡Adiós! ¿Á que el muy animal nos lo ha25encargado á las tres?

dichos,juanvestido de frac y con los pantalones negros cortos hasta la rodilla.

Juan.—¡Ea! Cuando ustedes quieran.Carmen.—¡Jesús! (Al verle los pantalones.)Luisa(Idem).—¡Já, já! ¡Qué facha!Paula.—Pero ¿qué es eso?Juan.—¡María Santísima! (Mirándose.)5Paula.—¡Si me lo estaba temiendo!Juan.—Pero ¿qué les ha pasado á estos pantalones?¡Si yo no los corté más que cuatro dedos!Luisa.—¡Ah! ¿Tú también?Juan.—Sí.10Carmen.—Y yo.Juan.—¿Eh?Paula.—Y yo, mameluco, y yo.Juan.—¡Demonio!Paula.—¿Á quién se le ocurre encargar á las tres15que te cortemoslos pantalones?Juan.—¡Ay, ay, ay! ¡Una vez que han queridoustedes complacerme, se han lucido! Prefiero que continúennegándose á todo.Carmen.—¡Por torpe!20Juan.—¡Un pantalón nuevo!Luisa.—¿Y cómo vas á venir así?Juan.—¡Yo qué he de ir!Paula.—¿Cómo que no? Sácale unas medias mías,y va de calzón corto.25Juan.—¡Señora!Paula.—¿Qué tememos?Carmen.—Tiene razón mamá; si ahora es moda.Juan.—Basta, señoras, basta. Si están cortos,no implica eso para que yo les sepa llevar una vez siquieraé impida que en mi casa mande nadie más que yo, ni se5me ponga en ridículo, ni se me...Paula.—¡Cómo! ¿Tú te atreves?Juan.—Sí, señora; me atrevo á todo.Paula.—¡Ay! ¡Ay! ¡Agua! ¡Agua!Luisa.—¡Mamá! ¡Mamá!10Paula.—¡Asesino!Carmen.—¡Infame!Juan.—(¡Adiós! ¡Metí la pata con calzón corto ytodo!)Paula.—Pero no; sé cuál es tu intento: dejarnos sin15ir al baile, y no lo conseguirás. Vamos nosotras, vamosnosotras.Carmen.—Pero, mamá.Paula.—Vamos, vamos.Juan.—(Me alegro.)20Paula.—Y usted viene por nosotras después.Juan.—Sí, vestido de lacayo.Paula.—Vamos, vamos.


Back to IndexNext