DESALIENTO.
Lo primero, lo indispensablees amar: no importa á quién, noimporta qué: amad, y estaissalvados...
Lo primero, lo indispensablees amar: no importa á quién, noimporta qué: amad, y estaissalvados...
Lo primero, lo indispensablees amar: no importa á quién, noimporta qué: amad, y estaissalvados...
Lo primero, lo indispensable
es amar: no importa á quién, no
importa qué: amad, y estais
salvados...
(Dumashijo.)
I.
I.
I.
--¿Para qué?
Ved aquí la terrible palabra que, como el soplo helado del cierzo, pasa sobre las flores tronchando sus verdes tallos, destruye la sávia de las ilusiones y seca todas las flores del corazon.
¿Para qué? es decir, ¿á qué conduce eso? ¿Qué beneficio ó qué placer me reporta? ¿Qué me importa la opinion ajena? ¿Qué el bien parecer? ¿Qué la dicha de los otros?
La primera vez que oí aquella terrible pregunta, un temblor doloroso se apoderó de mí, porque adiviné que salia de un corazon yerto y sin calor.
El que las pronunciaba era un hombre; un hombre que ya entraba en el otoño de la vida, y cuyas sienes estaban prematuramente coronadas de cabellos blancos.
Hablábale yo de su talento, que hacía tiempo no producia obra alguna, á pesar de ser universalmente reconocido; me quejaba de lo que llamaba su pereza, y le instaba para que trabajase como en otro tiempo.
--¿Para qué? me preguntó, encogiéndose de hombros con tristeza.
--¡Para qué! repetí; ¡para complacer al público y á sus amigos de usted!
Volvió á repetir el mismo triste y desolado movimiento.
--¡Para tener gloria ó aumentar la que ya ha alcanzado!
--¡La gloria es humo!
--¡Para ganar dinero!
--Me sobra con lo que tengo.
--Cásese usted.
--La mujer á quien amaba me ha engañado, y no puedo ya ponerme á la persecucion de un nuevo amor.
--¡Dios mio! si no cree V. en el amor ni en la gloria, ¿en qué cree?
--Casi en nada.
--¿Ni en la amistad?
--Ni en la amistad.
--Comprendo ahora el suicidio por la primera vez, pensé con tristeza.
--Así, continuó mi amigo, no hago esfuerzo alguno para salir del marasmo en que me encuentro: si voy á trabajar, no hallo motivo para ello; nadie me interesa ni á nadie intereso yo.
--¿No ama V. á nadie?
--Ya he dicho á V. que amé; amé con fe, con entusiasmo, con pasion, y fuí engañado... una mujer es la que ha llevado á cabo mi destruccion moral.
--Pero todas las demas no han de ser como esa mujer.
--La creia la mejor... piense V. cómo juzgaré á las otras; algunas veces he deseado volver á querer, y siempre me he hecho esta pregunta:
--¿Para qué?
--¡Fatal pregunta!
--Á la que contestan siempre la lógica y la razon.
--¿Qué responden?
--Que la dicha es un sueño; que todo es mentira en la tierra, y que sólo imperan en ella el cálculo y el egoismo.
Incliné la cabeza con amargo desaliento; no asintiendo á las ideas de aquel pobre sér desengañado, sino lamentando el no poder hacer brotar una flor en el erial de su corazon, disecado por el dolor.
II.
II.
II.
Era una hermosa tarde.
Moria el sol tras un alto monte, cuya falda se hallaba cubierta de verdor: grandes pinos y álamos gigantes crecian allí hacía muchos años, con la libertad que sólo es una verdad en la naturaleza: un arroyo murmuraba entre los árboles, y extendia su ancha cinta de plata entre una doble guirnalda de flores.
Todo amaba en aquella dulce y armoniosa soledad: las aves, que sólo piden el diario sustento, amor y espacio, cantaban el himno de despedida á la tarde: áun el sol iluminaba el valle con sus rojos resplandores, y ya la luna, como soberana de la noche, aparecia clara y serena en el cielo, pronta á derramar en la campiña sus argentados rayos.
Sentados el escéptico y yo al lado de una ventana, guardábamos silencio: yo contemplando el paisaje; él con la mirada fija en el vacío: áun resonaba en mi oido el eco triste de la conversacion anterior, y queriendo verter una gota de bálsamo en aquella alma ulcerada, buscaba sin hallar la idea de que debia servirme, y que no queria llegar hasta mi mente.
Al fin me aventuré con timidez á tomar la palabra; y digo con timidez, porque no hay nada que intimide tanto al débil y tierno espíritu femenil como la proximidad de un alma helada.--Ya que no ama V. nada,--le dije,--¿tampoco quiere V. nada ni á nadie?
--Creo que no.
--¿No tiene V. padres?
--Hace ya largo tiempo que los perdí.
--¿Ni hermanos?
--Tengo una hermana de leche, madre de cinco niños: me escribe cada mes.
--¡Luégo le quiere á V.!--exclamé alegre al ver este rayo de luz entre tantas tinieblas.
--No,--repuso él,--me escribe para que no se me olvide el enviarle la cantidad mensual que le tengo asignada: este mes la he remitido el dinero sin carta, y le importa tan poco de mí, que ni un renglon me ha dirigido para informarse de la causa de mi silencio; recibió el dinero y le basta.
--Escríbale usted.
--¿Para qué?
--Para saber de ella: acaso esté enferma.
Mi amigo meció negativamente la cabeza.
En aquel instante una mujer apareció en la calle de árboles que venía á espirar al pié de la montaña.
Venía lentamente y parecia agobiada por la fatiga: sus vestidos eran pobres y su rostro estaba cubierto de una extrema palidez: al pasar por el arroyo brilló en sus ojos una ráfaga de alegría: inclinóse y llenó el hueco de su mano de agua fresca, que llevó á sus labios: el descreido la vió, dejó su asiento, y como un mentís dado á su fatal «¿para qué?», se lanzó á su encuentro.
III.
III.
III.
--¿A qué has venido?--preguntó á la mujer tomándola una mano.
--¡A verte!--respondió ella,--muchos dias he estado esperando tu acostumbrada carta: al ver que no llegaba, he temido que te hallases enfermo.
--¿No ha llegado el dinero?
--Sí, ha llegado, pero ¡ah! ¿qué importa el dinero cuando se trata de tu salud?
Al hablar así aquella mujer, fijaba en su hermano de leche una mirada llena de ternura, y cubierta de lágrimas.
--¿Y has dejado á tus hijos?--preguntó él.
--Sí.
--¿Solos?
--Solos: la mayor cuenta ya diez años.
--¿Y los has dejado por mí?
--Sólo por verte.
IV.
IV.
IV.
Al siguiente dia la pobre viajera se hallaba en cama y atacada de una fuerte calentura; la fatiga de un largo viaje en un caluroso dia de Julio, habia encendido la sangre en sus venas.
La ciencia no pudo salvarla.
Dos dias más tarde las campanas doblaban por ella: murió con tranquilidad y sonriendo.
--¿Está V. arrepentida de lo que ha hecho? ¿ha sentido venir aquí?--la preguntó el sacerdote que asistia sus últimos instantes.
--No, padre mio,--contestó;--hice lo que mi corazon me dictaba; el Señor me ha llamado á sí, ¿qué más da en esta ocasion que en otra? ¡Hágase su santa voluntad!
Mi amigo no ha vuelto ya á pronunciar su terrible «¿para qué?»
Trabaja sin descanso para sus cinco hijos, como él llama á los huérfanos, y cuando la fatiga le abruma, mira al cielo con los ojos del alma, y allí ve la sombra de su hermana.
El sacrificio le ha mostrado el amor.
La muerte le ha mostrado á Dios: hoy su vida tiene un noble objeto: la felicidad de cinco desvalidas criaturas.