ENFERMEDAD MORTAL

ENFERMEDAD MORTAL

I.

I.

I.

Voy á dedicar á mis amables y benévolas lectoras una noticia de las necesidades del dia.

Estamos atacados de una enfermedad mortal: del amor al lujo desenfrenado; nos importa ménos ser que parecer; la vanidad nos mata; el mal ha llegado á las mujeres, y éstas están más profundamente heridas que los hombres.

La mujer no vive hoy por el corazon, vive por el cerebro: casi todas anhelan ese ruido que se llamacelebridad; nuestras madres cifraban su gloria en el silencio en que se dejaba su nombre, y el elogio que más deseaban era que no se hablase de ellas ni bien ni mal: hoy las mujeres quieren ser citadas por su belleza y su elegancia en los periódicos desporty dehigh-life; esto constituye su alegría y la gloria de su familia.

Nunca la acre sed de goces ha abrasado con un fuego más devorador las entrañas de la humanidad; nunca las tendencias materialistas se han dibujado tan claramente como en nuestros dias, y como no hay hecho aislado en el mundo, todo se encadena y todo se deduce con una lógica inflexible y despiadada.

Lo caro de las habitaciones y su suntuosidad (algunas veces vulgar) trae el lujo exagerado del mobiliario; nadie se atreveria á poner una sillería de reps de lana en un salon deslumbrante de dorados.

Son precisos el damasco y el brocado esmaltado de flores que se inventó para Mad. de Pompadour.

¿Y qué contraste haria un traje sencillo con estas suntuosidades, con esas espléndidas colgaduras?

Las fábricas de Lyon no saben ya tejer raso, gro y terciopelo que sean bastante ricos, y estos trajes exigen como complemento indispensable las joyas; los diamantes juegan sus luces en torno del cuello, y las perlas del más grande tamaño lucen, en los pendientes y en los brazaletes, su deslumbradora blancura.

El traje de los señores se refleja fatalmente en la librea de los criados; los lacayos se doran á fuego en todas las costuras; y no siendo posible usar tanta esplendidez en un coche de alquiler, la señora tiene sus caballos y su carruaje; el gran cupé para salidas de noche; para el paseo la carretela de ocho resortes.

¿Y quién paga? El marido sin duda, á ménos que le sea imposible soportar ese lujo... porque, en fin, lo imposible nadie puede hacerlo... pasemos... alejémonos pronto... nos hallamos al borde del abismo.

II.

II.

II.

Otro rasgo fatal del cuadro de nuestras costumbres es la tendencia, cada dia más clara y más audazmente confesada, de una sensualidad que se desborda; la preocupacion de comer y de beber bien ha invadido á todos; la cocina tiene hoy sus periódicos como el salon, y los más acreditados publican de contínuo la lista de unmenuvariado y espléndido.

No se habla más que de salsas y de zumos, deentremetsy dehors d'œuvreincitativos; el lujo de la mesa ha seguido la misma progresion que todos los otros; una comida es hoy un gran negocio que cuesta mucho dinero; ya no es permitido á nadie el dar de comer á sus amigos, sin ceremonias; el comedor se ha vuelto un campo cerrado como el salon; todas las rivalidades se encuentran allí y se libran una batalla: allí tambien se hace gala de ingenio y de magnificencia; allí tambien se lucha en excentricidad.

Se violenta el órden de las estaciones, se sirven primicias marchitas y costosas mucho tiempo ántes de que la naturaleza, que hace bien lo que hace, les dé madurez sabrosa; se sirve, más para los ojos que para el paladar, á la rusa, con una abundancia exagerada de cristales y luces, consurtoutsde plata, de los cuales el precio podria pagar una aldea.

Se trae de todos los países el fondo mismo del festin: bien fácil sería dar una leccion de geografía en cualquiera de esas comidas, ó, más bien, recibirla del maestre-sala ó jefe de comedor, sólo con que él nombrase los platos presentes: el caviar viene de San Petersburgo; elsterlet, del Volga ó del Moldau; las lenguas de venado, de Noruega; los jamones, del condado de York; los mariscos, de Escocia; los faisanes, de Bohemia; los pollos, de Rusia; los lomos de oso, de los Alpes ó de los Pirineos.

Todavía queda el capítulo de las excentricidades: se cortan chuletas de una langosta y se presentan liebres asadas sin despojarlas de su piel: no hace muchos dias asistí á una comida que empezó por una sopa de nidos de golondrinas, traidos expresamente de China con este objeto; otro de los platos era un gigantesco pastel de corazones de palomas, que habia debido costar más dinero que el que necesitan seis familias indigentes, para alimentarse durante un año.

Los vinos no pueden quedarse detras de los manjares, ni como variedad ni como calidad; y como la produccion ha llegado á ser inferior al consumo, su valor ha ascendido á un extremo fabuloso.

Mas ¿qué importa? ¡Cuanto más caro cuestan estos vinos, más cantidad se desea beber! Y sin embargo, esta profusion ruinosa no puede ser agradable. El anfitrion que hace colocar diez copas delante de cada plato, no posee el verdadero sentido de las cosas; esos aromas distintos, y algunas veces opuestos, que es preciso saborear en un reducido espacio de tiempo, deben perjudicarse los unos á los otros; y sin embargo, los criados, pasando por detras de los sillones de cuero de Rusia que ocupan los convidados, van nombrando pomposamente elMontrachet des Chevaliers, elClos-Vougeat del 54, elJohanisbergsellado del Príncipe, elTockay de Esterhazy, elChateau Larosey elChateau Iquem.

Estas bebidas, dignas de las mesas de los reyes, se suceden en un opulento desórden; el caso es deslumbrar á los convidados, que envidian no poder hacer otro tanto. ¿Qué importa el precio de esta satisfaccion?

III.

III.

III.

Estos hechos son desgraciadamente de una autenticidad indiscutible, y estos hechos ¡ay! acusan un desórden crónico y profundo que podria llegar á ser incurable, porque no hiere sólo al alma, hiere tambien la economía social y lleva inevitables y crueles perturbaciones al seno de las familias.

Este cuadro de delicias y de locos gastos, dibujados por mi débil pluma en las más altas regiones de la sociedad, tiene sus copias cada dia más numerosas en la clase media; el mal lo invade todo, y de él nace esa sed de especulaciones temerarias, esa fiebre de agiotaje, que es tambien uno de los rasgos característicos de la época: hay necesidad de improvisar recursos y de encontrar en la especulacion el dinero que no da ni el patrimonio, ni tampoco el trabajo; ese otro patrimonio de la honradez y del decoro.

Mas ¡ay! la fortuna ciega suele recoger lo que ha dado, y despues de haber dejado saborear las alegrías peligrosas de una riqueza ficticia, hace parecer más amarga la pena de una ruina demasiado positiva.

Una sola cosa puede traer al mundo social una reaccion provechosa; el amor, es decir, la mujer. Tenemos en la naturaleza un tipo encantador: la jóven, la hija de familia; ella trae á la existencia real su frescura nativa, su dulce brillo, su gracia inocente; el corazon se dilata á la vista de esa primavera de la vida. Cuando se aproxima, se serenan como por encanto las tormentas del alma; los ménos buenos temen turbar la atmósfera de calma y de serenidad que rodea su inocencia; cada uno se vuelve mejor cuando está á su lado.

¡Jóvenes amigas mias! Á vosotras, y sólo á vosotras, toca traer el remedio con vuestras inocentes manos para esta llaga inmensa; casaos con el alma enamorada y no por cálculo ó por interes; y si amais de véras á vuestros esposos, no les pediréis un lujo desenfrenado y loco; os avergonzaréis de esa lucha con las demas mujeres y de esas exigencias que se tragan el sosiego y se pueden tragar el honor de la familia.

El desenfreno de que Francia ha dado tan largo y triste ejemplo ha sido su ruina. ¡Escarmentemos al recordar la nueva Nínive, abrasada por la justicia celeste!


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