LAS PAGANAS.
I.
I.
I.
Ningun sér que ama á otro sér apasionadamente es completamente digno de compasion, porque no es completamente desgraciado.
Un afecto profundo ocupa la mayor parte de la vida, y á veces la llena toda.
Es verdad que muchas veces este amor es pagado con ingratitud, y que estas pasiones suelen tener su calvario y su cruz; pero hay en el amor una exaltacion que hace preferir el martirio por la persona querida, á la más completa felicidad sin ella.
El primero de los amores, el más grande, el más puro, el que da al corazon una felicidad más perfecta, es el divino: el amor á Dios, supremo consolador de todos los males, padre tierno y previsor, que jamas nos abandona; ese amor llena, no sólo la vida, sino tambien el alma, de la dicha más completa y más dulce.
Despues del amor divino hay algun amor mundano, que á fuerza de ser grande llega hasta el heroismo, y que aunque contravenga algunas veces á las leyes del deber, se hace perdonar, ó disculpar al ménos, por ser inmenso.
Hay tambien quien ama á sus padres con la mayor ternura: y del amor á los hijos creo inútil hablar, porque hay muy pocas mujeres que no sean capaces de sacrificar á su amor maternal hasta su propia vida.
En la amistad se han visto tambien ejemplos admirables de grandeza y abnegacion, y dos damas holandesas, las fundadoras de la novela en su país, vivieron unidas desde su juventud más tierna por los lazos de una amistad tan sólida, que han pasado á ser citadas como ejemplo hasta nuestros dias.
Todo esto es posible, y lo vemos cada dia; todas estas variantes del amor se admiran, se comprenden y las alabamos con razon; pero hay otra clase de amor que no es noble, ni grande, ni disculpable siquiera, y de este amor voy á tratar en el párrafo siguiente.
II.
II.
II.
--Dime, querido Cárlos, preguntaba un dia el Marqués de... á su hermano mayor, ¿qué te parece mi mujer?
--Una pagana, respondió ásperamente el Duque, que era el hermano á quien esta pregunta se dirigia.
El que habia interpelado quedó un instante suspenso, á pesar de serle bien conocido el carácter brusco, excéntrico y demasiadamente sincero de su hermano primogénito.
--Yo creo muy cristiana á la Marquesa, repuso sonriendo al cabo de algunos instantes; pero tu opinion es para mí de tal importancia, que te ruego me dés la explicacion de lo que has dicho.
--Digo que tu mujer es una pagana, y así la califiqué desde el dia de tu casamiento, tres meses hace.
--¿Y por qué la juzgas así?
--Se llaman paganos los que adoran ídolos, ¿no es cierto?
--Sin duda.
--Tu mujer adora dos ídolos.
--¿Cuáles son?
--El lujo y el placer.
--¿Y qué tiene eso de extraño? ¡Es tan bonita!
--¡Lindísima!
--¡Y tan jóven!
--Diez y nueve años; lo sé.
--Ya variará.
--Cuando yo me vuelva jóven y buen mozo, repuso el Duque de...., que ya contaba cincuenta años, y era pequeño y jorobado.
Este hombre regañon y arisco tiene razon: la jóven Marquesa es una pagana que se adora á sí misma y á todo lo que puede aumentar su belleza y sus gracias.
Hija de una madre severa y rígida, pasó en una pension los diez y seis primeros años de su vida, y vivió luégo, hasta su casamiento, en el más completo retiro, y bajo la direccion de una aya inglesa, que ninguna expansion dejaba á su carácter y á sus inclinaciones; el casamiento fué para ella como una carta de libertad, y á pesar de que su esposo le llevaba veinte y un años, le aceptó y le miró como á un bienhechor que le abria las puertas de su cárcel doméstica.
No tuvo que temer el esposo ninguna infidelidad de parte de aquella esposa que podia ser su hija. Blanca, que así se llama--pues áun vive--ha pasado algunos años dedicada sólo á frecuentar los salones del gran mundo; á llamar la atencion en la Castellana, en el Retiro, en el Botánico, por la elegancia y ostentacion de sus carruajes y libreas, y á provocar la envidia de las damas más hermosas, por sus gracias encantadoras, y por la riqueza de sus joyas y el buen gusto de sus trajes.
Tres hijos, que han muerto al poco tiempo de nacer, han dejado á la Marquesa en la libertad más completa; y aunque los médicos le han dicho várias veces que el no nacer sus hijos en condiciones viables era debido á la vida agitada que ella hacía, á la presion del corsé, á los insomnios y á la falta de apetito, que debilitaban su naturaleza, le ha sido imposible renunciar á una existencia que era la más conforme á su gusto y la única que comprendia ya.
El mundo seca la savia del alma y devora á las pobres víctimas que se entregan ciegamente á él.
III.
III.
III.
La vida de la Marquesa no tenía otro método que la de tantas otras señoras de su clase: se levantaba á la una, la recogian sus doncellas el cabello y la ponian una bata elegante, para almorzar, sin gana, á las dos; hacía algunas visitas ó recorria algunos almacenes de modas, hasta las cuatro en invierno, hora en que iba á dar algunas vueltas á la Castellana; se vestia para comer, á las siete; iba á su platea del teatro Real á las nueve; volvia á su casa á las doce; se vestia de nuevo y se iba á uno ú otro salon, hasta las tres de la mañana: á esa hora la desnudaban sus doncellas y se dormia, ya bien entrado el dia.
Jamas leia, porque aunque en la mesa del centro de su salon habia algunos libros nuevos, ella no les hacía el honor de consagrarles una mirada: dejó olvidar la música, que sabía bien; el dibujo, en el que sobresalia cuando niña, y perdió el raciocinio que, aunque no en gran dósis, algun dia habia poseido.
No miraba jamas los cuadros ni los bronces que decoraban su suntuoso palacio, y llegó, en fin, á no saber hablar más que de modas, de trajes, de brillantes y de chismes de salon.
Así aquella pagana se convirtió en fanática adoradora de la tontería, de la venalidad, de lo que hay de más frívolo en el mundo, y el culto del lujo y de la ostentacion fué el solo que sobrevivió á todos los cultos, á todas las adoraciones de las almas nobles y escogidas.
¡Pobre Blanca! ¡Tan bonita, dotada de tan dulce carácter, tan simpática á todos por sus gracias, y haber caido en tal frivolidad, que bien merece el nombre de idiotismo!
¡Rebajar su espíritu en vez de elevarlo! ¡Ocuparse sólo de lo material sin pensar en lo moral, en lo intelectual, en lo bello, en lo grande! ¡Mirar siempre á la tierra y jamas al cielo! ¡Qué inmensa, qué terrible desgracia!
IV.
IV.
IV.
Hoy la Marquesa tiene cuarenta años: las arrugas van surcando sus blancas sienes y su graciosa frente: arrugas prematuras, que han llegado conducidas por las veladas de muchos años, por la vida agitada del gran mundo, tan distinta de la apacible vida de la madre de familia, de la buena esposa que se dedica á cuidar y á embellecer su hogar.
Su esposo ha dejado de amarla; al año de casado se convenció, y su hermano mayor le ayudó á convencerse, de que aquella linda pagana era sólo un mueble más; el más bello de todos los de su morada, pero sin más alma ni más entendimiento que aquéllos.
Los amigos, y tambien las amigas, empiezan á olvidar el camino de su casa; porque para colmo de males, su fortuna, aunque muy pingüe, no ha podido resistir á los contínuos y exorbitantes gastos de los esposos.
El Marqués, cansado de estar siempre solo, porque siendo de más edad que su mujer no podia llevar la agitada vida de Blanca, convencido de que ésta no le amaba, ni le habia amado jamas, buscó su distraccion en otra parte, y se ha creado una doble familia, olvidando para siempre á la que eligió para compañera y le ha dejado sola en el camino de la vida: en su segunda familia tiene hijos, y en ellos ocupa todo su tiempo y todo el afecto de su corazon.
¡Pobre Blanca!
Sin esposo, sin hijos, sin juventud, sin fortuna, sin afecciones de ninguna especie, sin fe viva en el alma, ¿qué le queda? Sólo el vacío del sepulcro, que siente ya en torno suyo.
Su carácter, que se ha agriado, se ofende y se disgusta de todo lo que es bello y bueno: la juventud y la hermosura de las demas mujeres le son hoy odiosas; se ha vuelto murmuradora, y casi pudiera decirse maldiciente, porque su espíritu ha ido empequeñeciéndose, y ya no hay en él lugar para nada que sea noble, delicado y grande.
Tal es el fin de las pobres paganas que dedican toda su adoracion al lujo y á las distracciones del mundo, y que no ocupan su corazon en el amor de la familia, y su fortaleza en el cumplimiento del deber.