LA AMISTAD.
I.
I.
I.
Con tanto asombro como pena he oido á algunas mujeres quejarse de que no existe la amistad, y de que han sufrido ya muchas decepciones, lo que dicho por bocas jóvenes y sonrosadas me ha parecido increible, ó por lo ménos muy dudoso; creo más bien que estas mujeres comprenden mal la amistad, y la exigen más de lo que puede dar, queriendo que se eleve á la categoría del más sublime heroismo.
Y es por cierto un error bien lamentable que, así en amistad como en amor, queramos siempre recibir y no dar; deseemos abnegacion constante y no demos en cambio tolerancia y prudencia.
Si para conceder nuestra amistad esperamos encontrar una persona perfecta, jamas tendrémos amigos. Ningun mortal está exento de defectos; sólo se debe, pues, procurar que los seres á quienes amemos tengan los ménos posibles, y que sean de tal naturaleza que podamos soportarlos sin menoscabo de nuestra dignidad.
Una señora me dió no hace muchos dias, al oirme hablar así, la siguiente lógica contestacion:
--No hay necesidad de soportar las faltas ajenas por amistad solamente: amigos que hagan padecer no son convenientes, y mejor se está uno solo en su casa, que sufriendo las impertinencias de los más.
--Mas ¿qué nos queda, repuse, si despreciamos las simpatías del alma, si desairamos las bellas prendas que posee una persona, sólo porque se le reconoce algun defecto?
--Nos queda el estar tranquilos, y el pasar la vida con las menores penas posibles.
--¡Ah, señora! exclamé; nos queda sólo el egoismo, y el egoismo no ha hecho jamas la dicha de nadie; ¡no se queje V. de que no hay amistad en la tierra, puesto que nada quiere hacer por ella!
II.
II.
II.
La historia guarda en sus páginas la memoria de dos mujeres, que toda su vida estuvieron unidas por la amistad más tierna y más pura: Isabel Wolf y Agata Deken, fundadoras de la novela en Holanda, cultivaron juntas las letras, juntas escribieron, y vivieron juntas desde que la viudez de la primera la dejó sola en el mundo: esta union fué tanto más admirable, cuanto que á las rivalidades femeniles podrian unirse las literarias, y la emulacion que éstas llevan siempre consigo; pero léjos de ser así, vivieron siempre unidas con la más cariñosa amistad, y la vida arreglada, piadosa, ejemplar que llevaban, les conquistaron el afecto universal, á la vez que una admiracion verdadera por las obras de su ingenio.
El dia 5 de Noviembre de 1804 murió Isabel, y Agata no pudo sobrevivirla más que nueve dias: anciana y aislada en la tierra, pues habia perdido á su esposo y á sus hijos, Agata miró la muerte como el último de los beneficios que Dios podia enviarle, y dió, muriendo, á su amiga la postrera y tierna prueba del dulce y profundo afecto que las habia unido, tan raro entre dos mujeres, y quizá único entre dos mujeres escritoras.
Algun tiempo despues la sociedad de Ciencias y Artes de Amsterdam, queriendo tributar un homenaje público á sus virtudes y talentos, honró la memoria de las dos amigas, celebrando unos magníficos funerales, á los cuales asistieron cuantas personas distinguidas en todo género residian en aquella gran ciudad.
Es de suponer que entre estas dos señoras habria algunas desigualdades de carácter, algunas disidencias de gustos é inclinaciones; pero es de suponer tambien que una á otra se dispensarian, tolerándose mútuamente sus defectos, en gracia de sus buenas cualidades.
III.
III.
III.
Nunca se deben confiar á otra persona ni pensamientos, ni sentimientos, hasta estar bien segura de que los puede comprender, ni jamas debe dar el dulce título de amiga una mujer más que á la que ha dado muestras de merecerlo: hay penas y alegrías que no deben dividirse con ningun sér indiferente, con ninguna persona de cuyo afecto no estemos completamente seguros. Mas si debe procederse con mesura ántes de dar nuestra amistad, una vez concedida, no se debe huir ante ninguno de los sacrificios que esta amistad impone.
Se deben disimular á una amiga todos aquellos defectos que, no naciendo del corazon, no pueden lastimar el nuestro; porque la indulgencia y la moderacion son las principales cualidades de toda mujer distinguida, y que se estima á sí misma.
He visto personas tan extremadamente indulgentes, que más bien que estar dotadas de un bello y dulce carácter, parecian poseer un orgullo lleno de nobleza. Hubiérase dicho que estas personas estaban colocadas en un pedestal tan alto, que nada podia ofenderlas; que todo lo miraban desde inmensa distancia, y que despreciaban las mezquindades de los demas; y sin embargo, no tenian enemigos, y eran, por el contrario, universalmente estimadas.
IV.
IV.
IV.
Una ilustre escritora de nuestros dias ha dicho, «que la amistad es una necesidad del corazon y que el amor es un lujo del mismo.»
Me parece esto muy cierto, y áun creo que deberia añadirse á tan bella frase, «que la amistad es un beneficio para el alma.»
Un hombre nunca confesará á la mujer á quien ama que está pobre ó exhausto de recursos; pero se lo dirá á su amigo.
La amistad es un comunismo de penas y de placeres, de dicha y de llanto, al que nada se puede comparar, cuando está basado en profunda y verdadera estimacion; pero esto lo encuentran pocos hombres, áun ménos mujeres, y no se puede tampoco conseguir sin poner mucho de tolerancia y generosidad, pues no hemos de exigirlo todo sin dar nada.
Se ha notado mil veces que la amistad más acendrada ha nacido de los más extraños contrastes; y todos los dias estamos viendo amigos unidos por el más tierno afecto, que son muy diferentes en caractéres y costumbres.
Pero en nuestro sexo, entre las mujeres, la amistad es muy difícil, y casi pudiera decirse que es imposible; porque la emulacion quebranta el afecto apénas éste ha nacido, ó la irreflexion hace ofrecer un cariño que en breve se conoce que es imposible dar, ya por incompatibilidad de caractéres, ya por convencernos de que las bellas prendas que suponiamos no existian más que en nuestra imaginacion entusiasta.
Es, pues, mil veces preferible á sufrir un desengaño el reflexionar ántes de ofrecer nuestra amistad y estar seguras de que la persona que á primera vista nos parece simpática, es--á lo ménos por las cualidades del corazon--digna de ella; porque no hay nada más ridículo que esos lazos, tan pronto formados como llegados á su más íntima estrechez y que se rompen en breve, con un estrépito que hace formar mala idea del carácter y del corazon de la mujer.