LA TIMIDEZ.

LA TIMIDEZ.

I.

I.

I.

Voy á hablar de un defecto que perjudica de una manera extrema y lastimosa á los pobres seres que le padecen, y señaladamente á las mujeres, en cuyas blandas y suaves naturalezas se arraiga de una manera terrible.

Nada más léjos de mi deseo que el ver el atrevimiento en una jóven residiendo en todo su sér como en morada propia; la mujer debe ser modesta, reservada, tímida en muchas ocasiones; pero la timidez extrema le causa tambien un grave perjuicio y oscurece muchas veces, no sólo sus gracias, sino hasta sus buenas cualidades.

Voy á trascribir aquí la carta que una jóven, amiga mia, me escribe acerca del ridículo que ha caido sobre ella, por no saber vencer su timidez extremada.

«Fuí invitada á comer, me dice, á casa de los señores T...., que tienen tres hijas de mi edad, y no puedes figurarte cuánto dí que reir, y la serie de torpezas que cometí á causa de mi invencible cortedad de genio.

»En vano fué que mi madre me amonestase ántes de salir y que emplease toda clase de advertencias, á fin de precaverme contra mi enemigo; yo me creia fuerte en casa porque habia ensayado dos ó tres cortesías; tenía pensado todo cuanto debia hablar; pero ¡ay, amiga mia! ¡qué gran diferencia hay de la teoría á la práctica, y cómo he visto que el aplomo debe tenerse sobre el terreno y que no basta todo el que tenemos en nuestro gabinete, porque éste desaparece cuando más falta nos hace!

»Cuando entré, toda la familia se hallaba reunida en la biblioteca. Esta familia consta de la madre, dama elegante y acostumbrada al trato de la sociedad más distinguida; del padre, caballero lleno de cortesía y de benevolencia, y de tres jóvenes, amables, dulces y bien educadas.

»Cuando entré, el portero hizo sonar una campana anunciando visita; pero yo, que me forjo terrores á cada instante, creí que era la del comedor y que por mí se esperaba para sentarse á la mesa, y ya subí la escalera con el corazon oprimido.

»Al entrar en la biblioteca lo hice con tanta prisa que pisé al pobre Sr. T.... de una manera tal, que le hice dar un grito: este accidente aumentó mi turbacion de un modo indecible; me incliné para saludar á la señora de la casa y tropecé con un velador, el que se tambaleó, y hubiera caido al suelo á no haberlo sostenido la mayor de las jóvenes.

»La cortés y benévola acogida de toda la familia me tranquilizó algun tanto; cada uno se esforzó para hacerme olvidar mi torpeza, y yo admiré profundamente el poder de la buena educacion, que dió fuerzas al Sr. T.... para ocultar el dolor físico que mi pisada debió causarle, y que se tradujo por el grito que en el primer instante no pudo retener, y que todos oimos.

II.

II.

II.

»Hablamos de las obras nuevamente puestas á la venta, y el señor T.... me enseñó una de la cristiana y dulce escritora belga Mad. Bourdon, tan poco conocida como digna de serlo; señalóme en un estante un volúmen elegantemente encuadernado, diciéndome que aquélla era su última produccion; yo quise tomarla; el buen señor fué á adelantarse á mi deseo; pero yo, para no molestarle, alargué vivamente el brazo; el libro pesaba ménos de lo que era de esperar, atendido su tamaño; salió con violencia, cayó en el mismo velador que ya estuve yo para tirar al suelo, y derribó un tintero que sobre él habia; todos echaron á broma el suceso y me dijeron que no tuviese pena ninguna; pero yo vi la tinta caer sobre la alfombra, y sin saber lo que hacía, trémula, confusa, yerta de terror, me incliné y... ¡oh colmo de ridiculez! me puse á recogerla con mi pañuelo; tal era mi turbacion y mi dolor por mi torpeza.

»En el mismo instante un criado vino á anunciar que la comida se hallaba servida, y yo le vi contener la risa al advertir lo que estaba haciendo; encarnada como una grana seguí al comedor á la familia; la señora T.... me daba el brazo y me colocó entre ella y su hija mayor, graciosa y dulce jóven, cuya modestia nada tenía parecido á mi torpeza y timidez excesivas.

»La amabilidad de la señora de la casa empezaba á tranquilizarme, cuando el mal genio que me perseguia me dió otra prueba de su encarnizamiento contra mí; habia yo colocado el plato de sopa demasiado cerca del borde de la mesa; al volverme para contestar á una pregunta de mi vecina, la señorita de la casa, que admiraba mi cuello de encaje, dejé caer el plato con todo su contenido sobre mi falda; á pesar de haber empapado mi servilleta y otras várias que me fueron ofrecidas, mi traje verde luz se inundó de aquel líquido craso y todavía hirviente; recordé entónces el valor con el cual el dueño de la casa habia disimulado el dolor que mi pisada le habia ocasionado, y puse de mi parte todo lo posible para imitar su tranquilidad.

III.

III.

III.

»Una de las señoritas me suplicó que le acercase un asado colocado cerca de mí; en mi afan de complacerla puse en la boca un pedazo de budin que tenía en el tenedor sin pensar en que estaba abrasando; entónces me fué imposible disimular mi tormento; la garganta se quemaba conforme iba pasando por ella el budin; los ojos se me querian salir de las órbitas; cada uno de los presentes me propinó un remedio distinto: el uno me aconsejaba vino, otro aceite; yo pedí agua, y un criado trajo un vaso lleno; pero sea que se equivocase, sea que el traidor quisiera burlarse de mí, me trajo aguardiente en vez de agua fresca; lancé un grito, y el líquido salió por las narices y por mi boca en un acceso de tos; la señora riñó á su criado; ciega con el dolor de la quemadura y del aguardiente, llevé á la cara el pañuelo con el que habia secado la tinta; una risa general estalló entónces, porque la más exquisita cortesía no bastaba ya ante tanta ridiculez, y huí á mi casa sin despedirme de nadie y loca de dolor.

«¡Oh invencible timidez! Yo te maldigo como á mi más cruel enemigo.»

IV.

IV.

IV.

La carta que precede dice más que cuanto yo pudiera encarecer, acerca de la necesidad de adquirir aplomo y serenidad de ánimo en el trato social.

La soberbia es muy culpable; pero tambien es digna de censura la absoluta falta de confianza en el propio mérito, que conduce á una timidez invencible.

Es necesario apreciarse de una manera equitativa, saber conservar su dignidad y no desestimarse por completo, dando á los demas un exceso de consideracion y de condescendencia, porque las más bellas disposiciones desaparecen cuando una excesiva timidez se apodera de nuestro espíritu y nos arrebata la serenidad y la facultad de discernir.

Hay algunas personas tan excesivamente tímidas, que no saben jamas qué hablar ni qué postura adoptar en visita; para estos pobres seres, el trato, lazo de seda que une á la gran familia humana, es un tormento insoportable: como nadie ama lo que le mortifica, huyen de hacer y de recibir visitas, convirtiéndose su cortedad de genio en una grosería que les enajena todas las voluntades, y en una feroz misantropía.

En la mujer es casi preferible que se estime demasiado alto á que se estime demasiado poco: de la gran estimacion de sí misma nace la dignidad, la aversion á las familiaridades y á las habladurías, y hasta una gran virtud; pero la timidez, cuando es en grado exagerado, la lleva, no sólo á las ridiculeces que á mi pobre amiga, sino á otros extremos más graves.

Poco tiempo hace que estando yo de visita en un salon donde se hallaban reunidas várias personas, oí criticar amargamente á una bella señora que no se hallaba allí, pero que yo conocia de vista.

Todos los presentes dieron un arañazo más ó ménos grande en aquella reputacion indefensa: la frialdad de mi semblante y mi silencio protestaron contra la cobardía de la agresion.

Cuando me levanté, una amiga que allí se hallaba salió conmigo.

--¿Por qué has callado--le pregunté indignada--al oir censurar así á una persona que tratas? Más bien; ¿por qué has hecho coro con todos esos necios de mala intencion, con todas esas envidiosas?

--¿Y qué querias que hiciera? respondió: yo no tengo el valor de ir contra la corriente de todos: no me atrevo á tanto.

--¡Qué indigna cobardía! exclamé llena de enojo.

--¿Qué quieres? soy tímida, y así son casi todas las gentes: piensa en que al Redentor le crucificaron: ¿qué harian conmigo?

No he vuelto á saludar á aquella mujer: hay una clase de timidez inofensiva que me compadece: hay otra culpable y que es sólo ruin pusilanimidad, que me indigna y que desprecio.


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