LOS RECUERDOS.

LOS RECUERDOS.

Siempre, aunque sea en una cárcel,Hay un rincon ignoradoDo alguna vez se ha gozadoUn instante de placer;Y al dejarle para siempre,Conociendo que le amamos,Un¡adios!triste le damos,Sin podernos contener.

Siempre, aunque sea en una cárcel,Hay un rincon ignoradoDo alguna vez se ha gozadoUn instante de placer;Y al dejarle para siempre,Conociendo que le amamos,Un¡adios!triste le damos,Sin podernos contener.

Siempre, aunque sea en una cárcel,Hay un rincon ignoradoDo alguna vez se ha gozadoUn instante de placer;Y al dejarle para siempre,Conociendo que le amamos,Un¡adios!triste le damos,Sin podernos contener.

Siempre, aunque sea en una cárcel,

Hay un rincon ignorado

Do alguna vez se ha gozado

Un instante de placer;

Y al dejarle para siempre,

Conociendo que le amamos,

Un¡adios!triste le damos,

Sin podernos contener.

(Zorrilla.)

I.

I.

I.

Hay imágenes que se graban en el alma y van formando una historia secreta é ignorada de todos, aparte de la triste historia de la vida.

Hablo de los recuerdos; de los recuerdos que nos acompañan y nos consuelan en las rudas pruebas por que atravesamos y nos hacen llevaderos los dolores presentes, trasladándonos con el pensamiento á otras épocas más dichosas.

El presente es muchas veces doloroso. El porvenir, oscuro.

Sólo en el pasado es donde se puede encontrar un pedazo de cielo azul para dejar errar la fantasía, como ave triste y enferma que ha quemado sus alas al atravesarlos desiertos de la vida.

¿Por qué esto?

¡Ay! porque la doliente humanidad cree siempre más dichoso el dia que pasó que el que espera; porque, como dice Chateaubriand,¡en la sociedad, cada hora abre una tumba, y hace verter una lágrima!

La esperanza, esa deidad consoladora que, envuelta en diáfanos velos, sonrie á los niños en la cuna y acaricia al hombre, se deja ver pocas veces en torno de la mujer; flota á lo léjos como la sombra de un sueño, y como sombra se desvanece cuando va á asirla su débil mano.

Para la mujer es más grato, más dulce, más consolador el recuerdo.

El recuerdo queda en su corazon.

La esperanza no hace más que vagar ante sus ojos.

II.

II.

II.

Cada vez que contemplo yo el sol, recuerdo uno de sus rayos que calentaba mis piés cuando era niña, y á cuyo reflejo luminoso se abria un pequeño mundo que yo abarcaba con dominio infantil.

Caia aquella ráfaga de dorada luz en un pobre y húmedo cuartito, cuyo pavimento era de yeso, resquebrajado en muchas partes.

Algunas hormigas salian de un agujero redondo y venian á dar vueltas al sol.

Dos ó tres moscas, entumecidas por el frio, se despegaban de la pared y volaban zumbando gozosas en aquel foco luminoso que les fingia un alegre dia de estío.

Sentábase allí el gato negro y anciano, cerrando voluptuosamente sus grandes ojos, verdes como dos esmeraldas.

Una perdiz se acercaba con menudo paso al conciliábulo y picoteaba al gato, de quien era muy buena amiga.

Tenía yo un grillo que habia encerrado en una jaula muy pequeña, que tambien colocaba al sol, y encima de la cual dejaba descansar á un gran caracol que salia de su cáscara, estirándose poquito á poco, como para observar.

En una de las grietas del suelo habian brotado dos ó tres hierbecillas; un dia, al levantarme, ví á la más alta coronada con una flor morada del tamaño de una lenteja; aquel mensaje de la primavera me colmó de gozo y me estremeció al mismo tiempo.

Me pareció la flor una sonrisa de gratitud de aquella pobre hierbecilla, porque yo la echaba alguna vez dos ó tres gotas de agua, y aquel dia fué uno de los más dichosos de mi inocente vida.

Yo era la reina de aquel pequeño mundo tan alegre, tan feliz. Sentábame allí, desmigaba un poco de pan, que se comia la perdiz, y las partículas más pequeñas se las llevaban las hormigas con un afan que hacía venir lágrimas á mis ojos.

Las moscas zumbaban; cantaba el grillo; dormitaba el gato; el caracol se estiraba; las hormigas trabajaban, y todos éramos dichosos con un rayo de sol y un poco de pan.

¡Oh, sí, todos éramos felices! Yo lo era tambien, porque tenía seis años.

Desde entónces, siempre que en una bella mañana de invierno penetra un rayo de sol en mi aposento, á traves de mi ventana, recuerdo el mundo en miniatura donde yo imperaba cuando era niña; mi pensamiento vuela hácia aquel pobre cuartito, recinto de mis juegos y de mis meditaciones infantiles, donde veia tanta dicha, y que se ponia tan alegre cuando le visitaba el sol.

III.

III.

III.

Los recuerdos de la infancia son siempre gratos y queridos, porque están rodeados de inocencia; pero los más consoladores, los que constituyen un dón inestimable, son los del bien que hemos hecho.

Mucho se declama contra la injusticia del mundo, y es una triste verdad que hay en él muchos ingratos; pero los beneficios llevan en sí mismos su recompensa por la dulce memoria que dejan en el alma.

Conocí á una mujer tan completamente halagada por los dones de la naturaleza y de la fortuna, que llegó á ser completamente infeliz.

Imaginaos una mujer bella, jóven y casada con un hombre, jóven tambien, opulento y que la adoraba.

No habia goce en la vida de que aquella mujer no disfrutase.

Su cuarto de dormir, situado en lo más retirado de la casa, estaba no sólo forrado de ensambladuras de madera, sino forrado tambien de seda algodonada para que no se percibiese el más leve rumor que perturbase sus sueños.

Al abrir los ojos tenía al alcance de su mano un timbre, el cual, sólo con tocarle, llamaba á dos camareras serviciales, discretas é inteligentes.

Metíase en un baño de agua tibia perfumado con lirio y jazmin, y luégo se desayunaba con su marido ó sola, segun era su voluntad, que nadie coartaba en lo más mínimo.

Peinábala un peluquero tan hábil que no la causaba daño alguno; tenía carruajes de todas las formas y para todas las estaciones; palcos en todos los teatros; convites para todos los salones; espléndida casa y soberbios palacios de verano; sus diamantes eran magníficos; todos la envidiaban, y, sin embargo, cayó en un hastío mortal, por lo mismo que nada tenía que desear.

Un dia fué á visitarla una amiga suya, bastante escasa de bienes de fortuna: llegaba llorosa y conmovida, y la opulenta dama le preguntó la causa de su pena.

--Vengo, dijo, de ver á una familia que se está muriendo de hambre.

--¡De hambre! repitió la hermosa jóven: ¡debe ser muy raro eso de ver morirse de hambre! Me alegraria ver á esa familia.

--Puedes conseguirlo al instante.

--¡Yo!

--Vénte ahora mismo conmigo á ver á esos desdichados.

--¿No les has socorrido tú?

--Sí, pero llevaba muy poco dinero para tan grande infortunio; figúrate un padre ciego, una madre baldada en una cama, y ¡cinco niños que piden pan á gritos!

Las personas ricas no pueden comprender de súbito los horrores de la miseria; así fué que mi amiga oyó este relato con bastante indiferencia; tomó su bolsillo y salió con su compañera.

Cuando se halló en la mísera y helada buhardilla de aquellas pobres gentes, sintió en el alma una impresion dolorosa, penetrante, desconocida; pero sintió algo, despues de mucho tiempo en que no sentia nada.

Entregó su bolsillo á la pobre madre enferma sin que pensase contraer en ello mérito alguno; pero aquella mujer besó sus manos, bañándolas en llanto, y todos los niños, conducidos por el padre ciego, se arrojaron á sus piés colmándola de bendiciones.

Desde aquel dia la vida de aquella hermosa jóven tiene un objeto noble y grande. ¡La caridad!

Crueles dolores la han afligido despues; grandes decepciones ha sufrido; pero los dulces recuerdos del bien que hace la consuelan de todos sus disgustos y sinsabores.

IV.

IV.

IV.

No son sólo los ricos los que pueden practicar el bien.

El que consuela al afligido con palabras dulces y afectuosas hace igualmente un inestimable beneficio, y su recuerdo, á pesar de la ingratitud con que pueda ser recibido, basta para hacer dichoso á quien lo ha practicado.

Hay tambien recuerdos que matan.

Los remordimientos, los crueles é implacables remordimientos no son otra cosa que los recuerdos del daño que se ha hecho, á los cuales va unida la memoria de las bellas cualidades que poseian las personas á quienes se ha ofendido ó lastimado.

Al hombre le acompañan ménos los recuerdos; su vida está llena de realidades más ó ménos penosas, más ó ménos agradables.

Los negocios absorben todo su tiempo y absorben tambien su imaginacion.

La mujer, por el contrario, relegada al hogar doméstico, retirada en él, tiene muchas veces que acogerse á sus recuerdos para ser dichosa.

Á la mujer le está vedada toda ocupacion, toda actividad fuera del círculo de su familia, y los recuerdos son para ella un mundo mejor, un oásis en el cual descansa de todos esos dolores vulgares, silenciosos y desconocidos que combaten y envenenan su existencia.

La pradera donde corria cuando niña; los primeros libros que leyó; las oraciones que le enseñaba su madre; los cuentos de la vieja nodriza; los juegos con sus hermanos; la imágen ante la cual rezaba; las memorias de su primer amor; aquellas emociones tan puras, tan castas, tan indecisas, que ni áun despues de mucho tiempo sabe definir; la rama que el viento mecia en el bosque; el pájaro, que en las alboradas del estío se posaba á cantar en las macetas de su ventana; el primer ramillete que le regalaron y que conserva, seco ya, en el fondo de una caja; todas estas cosas forman para la mujer un mundo de poesía y de amor, al cual se retira para buscar la calma.

V.

V.

V.

Jamas he podido comprender que una mujer tenga gusto en cambiar con frecuencia de habitacion.

Dice Alejandro Dumas que los que rehusan cambiar de domicilio son, por lo regular, personas avaras.

Yo, con permiso del fecundo narrador, diré que no soy avara, y que, sin embargo, siento un gran dolor cada vez que he de trocar mi vivienda por otra, aunque gane mucho en el cambio.

¿Cómo no amar las paredes que nos han visto llorar, reir, y que han presenciado nuestras venturas y nuestros dolores?

¿Cómo no amar el primer rayo de sol que la primavera nos envia como una bella sonrisa, y el rayo de luna que viene á quebrarse en los cristales de nuestra ventana?

Paréceme que el apego de la mujer á su casa y á los objetos que la adornan, es inseparable de su condicion, suave, blanda y amorosa; que la constancia en sus afectos debe serle tan propia como el culto de los recuerdos, y que un corazon frio, egoista é indiferente es como una anomalía en nuestro sexo, á quien Dios encomendó el cuidado de embellecer el hogar, derramando en él la suave luz de la poesía y del amor.

Haga la mujer todo el bien que le sea posible; ame y socorra á los menesterosos; y por desgraciada que sea su vida, siempre tendrá en sus recuerdos un pedazo de cielo azul, un horizonte sereno, adonde volver sus fatigados ojos.


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