ORGULLO, VANIDAD Y DIGNIDAD.

ORGULLO, VANIDAD Y DIGNIDAD.

I.

I.

I.

La soberbia, el orgullo y la vanidadson tres manifestaciones distintasde un mismo vicio, que pretendeencubrirse con el nombre de unavirtud, la dignidad humana.

La soberbia, el orgullo y la vanidadson tres manifestaciones distintasde un mismo vicio, que pretendeencubrirse con el nombre de unavirtud, la dignidad humana.

La soberbia, el orgullo y la vanidadson tres manifestaciones distintasde un mismo vicio, que pretendeencubrirse con el nombre de unavirtud, la dignidad humana.

La soberbia, el orgullo y la vanidad

son tres manifestaciones distintas

de un mismo vicio, que pretende

encubrirse con el nombre de una

virtud, la dignidad humana.

L. V.

Existe entre estos tres sentimientos una diferencia muy notable. El orgullo bien entendido y sentido--porque es un sentimiento más ó ménos vehemente--con moderacion, es siempre laudable y conveniente. En este caso los nombresorgullo,dignidad, son sinónimos.

El orgullo es muchas veces el defensor de la virtud de la mujer, áun cuando ésta se halle combatida por una de esas pasiones terribles y exclusivas, que se ven algunas veces en la vida; y de más de una pudiera asegurarse que, encontrándose aislada en medio del mundo, sin padres, esposo, familia ni autoridad alguna que pudiese contenerla y pedirle cuenta de sus acciones, ha encontrado la salvacion de su honor en el sentimiento fuerte y noble de su orgullo.

Nadie ha presentado el orgullo bajo formas más poéticas y bellas, y al mismo tiempo más verdaderas, que Eugenio Sué, en la lindísima novela que lleva por títuloLa Duquesa, y que está basada en el primero de los pecados capitales. La hermosa y casta Herminia, aquella jóven de diez y ocho años, por cuya alma purísima no han resbalado nunca más que nobles y virtuosos pensamientos, es la personificacion de la dignidad de la mujer, ó por mejor decir, de su bien entendido orgullo; porque este orgullo le hace sobrellevar la miseria y las privaciones con paciencia, y hasta con alegría. Este orgullo hace frente á todas las asechanzas de un hombre pervertido, que desea seducirla. Este orgullo le hace respetar el secreto de su madre, consintiendo en aparentar que ignora á quién debe la vida. Y este orgullo, en fin, le hace guardar su lugar tan admirablemente, que la altanera Duquesa de Sennéterre, una de las damas de la más antigua nobleza francesa, tiene que ir á su casa á pedirle que consienta en casarse con su hijo, el heredero de todos sus títulos y blasones.

Al que haya leido esta lindísima novela nada puedo decirle ya en elogio del orgullo. En ella, como dije ántes, está poetizado y embellecido de un modo tan sublime y con tal fundamento, que necesariamente debe convencerle de que es útil y hasta necesario. Casi pudiera decirse que el orgullo es el padre de la gentil y graciosa coquetería; porque una mujer orgullosa es aseada, ya que no puede ser elegante, y el aseo es el lujo y la coquetería de los pobres.

Una mujer digna lleva, con una elegancia sin igual, un vestido blanco, cuyo coste no pase de ochenta reales, y muy económico ademas, porque cada vez que se lava queda nuevo y fresco, y quizás desluce con él á otras que ostentan trajes de muy subido precio.

Una mujer digna y orgullosa, en la buena acepcion de esta palabra, recibe, sin cortarse, en su modesta vivienda la visita más encumbrada. No descubre en su frente esa culpable vergüenza deno ser rica, que atormenta á tantas otras; hace con perfecto desembarazo los honores de su casa, porque su orgullo, tan exigente, por lo ménos, como la más delicada conciencia, le grita sin cesar al oido:

«Tú eres noble, estimable y rica, porque eres buena.»

Ademas, la mujer que posee aquel sentimiento, escucha con altivo y generoso desden todo aquello que puede ofenderla, por más que á sus solas pague un justo tributo al dolor que las injusticias del mundo le ocasionan.

II.

II.

II.

El orgullo es tambien necesario en la vida doméstica. Aunque el destino, la condicion y el deber de la mujer le aconsejan que sea amante y apacible, aunque la resignacion es una de las virtudes que más la realzan, hay casos en que á todas estas consideraciones debe sobreponerse un noble y bien entendido orgullo.

No me entretendré yo, por cierto, en señalar cuáles deben ser estos casos. En ellos el único juez es la conciencia; pero sí aseguraré que la mujer buena y religiosa debe seguir los impulsos de su orgullo, cuando éste se levanta en su corazon herido, segura de que las decisiones dictadas por él serán siempre justas y razonables.

El orgullo impide á la mujer el ser perjudicialmente coqueta, el exagerar y el aventurar la más leve mentira. El orgullo imprime á sus modales un carácter digno y distinguido, sin que por esto dejen de ser dulces. El orgullo, la hace solícita para sus hijos, amante de su marido, y buena y entendida ama de su casa.

La mujer orgullosa cuida mucho de que nadie tenga nada que reprocharle. Sus acciones son siempre buenas y leales, porque moriria de pena si tuviese que inclinar la frente delante de alguno. Quizás no comete faltas, por no tener cómplices que pudieran un dia echárselas en cara. No veréis nunca que una mujer orgullosa se case con una persona deforme; primero muere soltera evitando el peligro de ser infiel á su marido, porque sólo se casa con un sér á quien pueda amar.

Dedúcese de todo lo dicho que una mujer puede ser buena con solo tener orgullo. El temor de las reconvenciones de otro, le hace cumplir con todos sus deberes; y aunque sepa que por prudencia, y por otras consideraciones, han de callar acerca de sus acciones, su conciencia, en extremo intolerante y siempre alerta, no le permite el más leve desliz. Siempre y en todas las ocasiones de su vida es mártir de su deber: ni causa á sus padres el más pequeño disgusto, ni da á sus hijos nunca un mal ejemplo.

III.

III.

III.

El orgullo, sin embargo, puede degenerar en un sentimiento culpable y hasta odioso, si no va acompañado de mucha dulzura de carácter.

El orgullo inspira tambien un desmedido deseo de brillar. Pero entónces merece el nombre de orgullo mal entendido; es decir, destituido de dignidad y de generosa altivez.

Muchas personas confunden el orgullo con la vanidad. Nada hay, sin embargo, más opuesto. El orgullo, como ya he dicho, es conveniente y hasta preciso, cuando va acompañado de buenos sentimientos y de buen carácter. Es culpable y odioso si invade el alma completamente, engrosado por las lisonjas del mundo, y ahoga en ella todos los sentimientos dulces y tiernos.

Pero la vanidad es demasiado raquítica para ser mala, y sobrado menguada para ser buena. Es ménos que buena y que mala, es ridícula.

La vanidad no se replega como el orgullo digno, ni obra con energía como el orgullo ambicioso. Su afan está reducido á brillar, ó, mejor dicho, á llamar la atencion en todas partes: las mujeres vanas eligen lo másvistosocon preferencia á lo más bonito, y se contentan con los triunfos más mezquinos, como es el despertar la envidia de las demas mujeres.

No hay cosa que más hiera que el ridículo. El mundo compadece quizá á un ser culpable, pero se encarniza con el que está marcado por aquél. Así, pues, creedme, lectoras mias, huid de él y precaveos de sus tiros. Para conseguirlo, no existe otro medio que arrojar léjos á la vanidad cuando se acerque á vosotras. No cometais jamas el craso y lamentable error de confundir la vanidad con el orgullo digno y altivo, que es una de las más bellas dotes de la mujer, y la defensa más eficaz de su virtud, cuando está secundada por la sublime y hermosa religion.

Y para preservaros de la vanidad, huid siempre de deseos y caprichos dispendiosos. Cuando anheleis una cosa, un traje, una joya superior á vuestros haberes, desechad ese deseo como culpable é hijo de la vanidad, y como preludio de otros desordenados. La vanidad no cesa jamas en sus perversas sugestiones, y cada dia os hará desear cosas nuevas y más árduas. La vanidad enajena el cariño de los padres, del esposo y de los hijos, los cuales, por su parte, no pueden amar mucho al sér que les priva de su decencia y bienestar por satisfacer sus caprichos é inagotables exigencias. La vanidad os robará la consideracion y el aprecio de la sociedad, que todo lo escudriña; y la envidia, que tanto dominio tiene en el mundo, buscará todos vuestros defectos, y áun os los prestará imaginarios, para vengarse de vuestra vanidad.

IV.

IV.

IV.

La vanidad no tiene nada de comun con la dignidad; aquélla es un grave defecto, ésta es una virtud bella y noble. La dignidad es puramente defensiva; la ignorancia, no obstante, la confunde con la vanidad, que es agresiva y que ademas se ejerce en una vía completamente opuesta.

Las almas vulgares, los espíritus poco cultivados no conocen la dignidad, y, por consiguiente, no la reconocen en los otros; llaman orgullosas á las personas reservadas, y al expresar esta opinion errónea, les parece que expresan su desaprobacion; incapaces de comprender ese sentimiento de delicadeza moral, que impide á los que lo poseen el exponer al público sus pensamientos, sus recuerdos y sus esperanzas, guardan una especie de rencor á las personas demasiadoorgullosas, para dar su alma por pasto á su vulgar curiosidad. ¡Y felices podemos llamarnos si su despecho se detiene en los límites de la desaprobacion! Muchas veces va más allá, y si un espíritu limitado se alía á una alma vil para juzgar la dignidad, ésta se verá acusada de multiplicar los velos para ocultar las faltas, y su reserva se considerará como la manifestacion de un disimulo prudente y necesario.

¿Pero qué importa el juicio erróneo de los que no saben comprender el mérito de la amable y serena virtud que se llama dignidad? tanto peor para ellos; porque la dignidad es un gran bien que nos da la estimacion ajena, y es una adorable compañera para la mujer.


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