VALOR FEMENINO.

VALOR FEMENINO.

I.

I.

I.

No es, por cierto, la cualidad moral que se lee al frente de estas líneas peculiar sólo del hombre, ó necesaria únicamente al sexo fuerte; la mujer necesita tambien ser valerosa, y lo es muchas veces, si bien en una esfera más humilde y más silenciosa que aquél; porque todas las virtudes de la mujer--y el valor es en ella una virtud,--brillan y deben brillar poco, y se desarrollan y lucen entre las paredes solitarias del hogar doméstico.

No busqueis el valor en la mujer cuya cabeza turbulenta ó vacía la aleja de su familia para ir en pos de las fiestas y los placeres; ésa será, no tímida, sino pusilánime: el valor de la mujer se apoya desde luégo en un perfecto raciocinio, en un juicio sólido, en un casto decoro.

El valor en el sexo bello está sostenido por la dignidad: así, pues, la jóven coqueta, la esposa ligera, la viuda verde y pretenciosa, no pueden poseerlo; pero la mujer cristiana, suave y fuerte á la vez, como la de la Escritura, puede dar ejemplos de valor al más esforzado guerrero.

Y no hay que pensar que yo, al hablar del valor en la mujer, trato de que, como Judit, quiera aquélla libertar á la patria, ó como Juana de Monforte defender sus estados, ó como Catalina de Médicis tener sujeta á su familia con un yugo de hierro, no; yo no he pensado jamas, al pensar en el valor de la mujer, en las guerreras, en las políticas, en las avaras, en las intrigantes, que en todas épocas han brillado en el mundo.

Tampoco he confundido nunca con el valor la sangre fria con que he visto á algunas mujeres engañar al padre, al hermano y al esposo; el verdadero y santo valor de la mujer está léjos de la mentira, del fraude, de la ambicion y hasta de la ligereza; la mujer para ser valerosa ha de empezar por ser humilde, modesta, piadosa, amable, digna, prudente, buena hija, buena esposa y buena madre.

Porque el valor en ella es el resultado y el punto de partida de todas las demas virtudes que la enaltecen.

II.

II.

II.

Nunca he podido oir hablar de la emancipacion de la mujer sin que una sonrisa de lástima se haya asomado á mis labios.

¿Para qué quiere la mujer vivir por sí sola? Tal como vive hoy tiene ancha esfera donde moverse y donde lucir santas y adorables virtudes; y léjos de separarla del hombre, convendria educarla para que viviese á su lado, y para que fuese lo que debe ser.

No há menester el valor para seguir una carrera de áridos y monótonos estudios; no le necesita para manejar por sí sola sus negocios, para luchar con dificultades, para vencerlas, para defender un pleito ó para matar á quien la calumnie ó la ofenda; necesita el valor para sufrir como cristiana, para soportar las amarguras de la vida, y para separar de los suyos las espinas, dejándoles ver sólo las flores.

Necesita el valor para conservar en su hogar el calor y para que brille en él la luz suave y vivificante de las creencias religiosas, mantenidas con su ejemplo.

Le necesita para trabajar en las más prosaicas tareas de la casa, á fin de que no falte á su familia la decencia, lujo de las fortunas modestas, ó la limpieza, lujo de la desgracia.

Le necesita para educar á sus hijos, para consolar á su marido si sufre, para alegrar los últimos dias de sus ancianos padres: éste es el valor, ésta es la hermosa ciencia de la mujer, y no la que puede hallar en las aulas ó el que puede desplegar en los combates.

Mujeres valerosas necesita más que nada la sociedad: mujeres valerosas que se priven animosamente de las galas que puedan arruinar á su marido: que se humillen á los importantes, aunque al parecer fútiles cuidados del ama de la casa: que se doblegue á coser, á zurcir, á enseñar á su cocinera el modo de condimentar un plato y á arreglar sus habitaciones: para defender las grandes cuestiones sociales, para hablar en la tribuna, para verter sangre en la guerra, para las cátedras y para otros elevados destinos están los hombres; si algun dia llega en que la mujer sepa desempeñar todas esas cosas y en que no le sea necesario el hombre, en ese dia fatal habrán recibido una herida de muerte el hogar y la familia: porque el prestigio de la mujer debe cifrarse en valer para las cosas insignificantes en la apariencia, pero que son en realidad el eje en que descansa el gran edificio de la dicha doméstica.

III.

III.

III.

Voy á poner algunos ejemplos, de cómo comprendo el valor en la mujer.

Creo que al casarse una jóven--casi siempre de muy pocos años--no se deja el corazon en la iglesia, y desgraciado de su marido si tal hiciera.

Y bien: ese corazon que se ha abierto al amor del hombre á quien ha elegido por esposo, como una flor al rocío de la aurora; ese corazon tierno, sensible, lleno de ilusiones, puede verse destrozado por amargos desengaños, puede helarse al soplo del egoismo marital, como sucede muchas veces.

Pero como las heridas del corazon no afean el rostro, sino que, por el contrario, suelen hacerle más interesante, la pobre esposa inspira á otro hombre simpatía y afecto verdadero: entónces compara entre el esposo desencantado y el galan rendido; entre el que la deja sola y el que anhela verla un instante; entre el que la desdeña y el que la ama; ¿quién puede salvar á esta mujer del precipicio cuando á nadie puede pedir consejo? su valor; ese valor que está apoyado en el sentimiento del deber, en su fe cristiana, en su propia dignidad.

Con valor generoso huye de ver á quien la persigue, y con valor contesta negativamente á todas sus aspiraciones.

Valor necesita para sofocar su sed de ternura, su necesidad de afectos, y este valor sólo á Dios lo pide; sólo de Dios puede venir.

Valor necesita para preferir el abandono en que la deja su marido y la soledad de su casa, á las dulces pláticas del amor mutuo y correspondido; para dejar las flores por las espinas, lo agradable por lo enojoso, la alegría por la tristeza, las sonrisas por las lágrimas; y sin embargo, este valor lo tiene siempre la mujer honrada.

Busquemos á la esposa en otra esfera; imaginemos que ha pasado ya la edad del amor, ó que, por dicha suya, no lo ha inspirado á ningun otro hombre más que á su marido; pero supongamos que este marido es irascible, colérico, grosero, mezquino, en una palabra, insoportable.

¿No es un valor heroico el de la mujer que á todos estos defectos opone las cualidades contrarias? ¿No hay un valor sublime en oponer la conformidad y la dulzura á la ira, la moderacion á la grosería, la paciencia á la mezquindad, la resignacion á la injusticia y el silencio digno al insulto?

Hablemos aún de la esposa; ved á esta otra afanada en arreglar su casa todo lo posible con el escaso sueldo de su marido; vedla ideando mil prodigios de economía, arreglando de su ropa los trajecitos que han de engalanar á sus hijos; mirad el vestido de la mayor; es uno de los que su madre se hizo para casarse; la blusita del segundo está hecha de la única bata de abrigo que tenía; la colgadura de la cama en que duerme el niño que áun alimenta á su pecho, es de su blanco vestido de boda. Ella cose, borda, plancha, lava, y por la noche, cuando están dormidos, reza por la dicha de su esposo y de sus hijos, en vez de descansar de las fatigas del dia.

¿Y en la mesa? la comida, dispuesta por sus manos, no es ni muy abundante ni muy delicada; ella hace platos para ofrecerlo casi todo á su marido y á sus hijos, y desde luégo todo lo mejor; ¡pobre mujer! la fatiga, los cuidados, la falta de buen alimento, han marchitado su belleza y el delicado color de sus mejillas; se apagó el brillo de sus ojos, pero áun se ve en su rostro la sublime expresion del amor, de la esposa y de la madre. Y léjos de agotarse su valor, cada dia se levanta alegre y esforzada á sufrir las mismas penas, á soportar las mismas privaciones; y no se crea que esta mujer ha sido nunca vulgar ó prosaica; si tiene algunos minutos de tiempo, en tanto que sus hijos duermen, toca el piano; esta mujer piensa y siente; gusta de leer y comprende lo que lee; no lee nunca libros necios é insípidos, y sabe distinguir, así en la lectura como en todo, lo que es bueno de lo que no lo es; tiene instinto de lo bello y una poesía natural que se comunica á cuanto toca y la rodea; no es, en fin, una mujer ordinaria, sino una criatura noble, dotada de una naturaleza exquisita; por eso tiene todas las virtudes, por eso es admirablemente valerosa para descender á todas las realidades de la vida, para soportarlas y para cumplir con sus deberes de esposa y madre.

IV.

IV.

IV.

La historia nos presenta mil ejemplos de admirable valor en la mujer.

Dígalo si no Mad. de Lafayette, que ocupó en la prision el lugar de su marido, haciendo huir á éste disfrazado con sus vestidos.

Dígalo María Stuard, subiendo tranquilamente al cadalso.

Dígalo la madre de Calígula, la gran Agripina, dejándose morir de hambre para devolver á sus hijos, con su muerte, el rango y la libertad, y ocultando á estos mismos hijos su sublime sacrificio.

Dígalo la desventurada reina de Leon y de Galicia, doña Urraca, mezclándose con sus parciales en lo más recio del combate, y animándoles con su voz y con su presencia.

Dígalo Santa Teresa de Jesus, llevando á cabo sus reformas y sus fundaciones de la órden del Cármen, á traves de tantas tempestades y persecuciones.

Dígalo María Teresa de Austria, conquistando su propio reinado, que le habian usurpado, ceñidas la corona y la espada de San Estéban, y á la cabeza de un corto número de caballeros.

Pero, ¿á qué negarlo? á la que esto escribe, á fuer de mujer, le agrada más en su sexo el valor moral que el material; el que se oculta que el que se ostenta; el que sólo espera su recompensa en el cielo, que el que lleva en pos de sí el aplauso general y la admiracion de las naciones.

Ademas, para ese género de valor se necesita estar en circunstancias especiales; el valor silencioso, recogido y humilde tiene mucho más campo en que ejercitarse y es de todas las condiciones.

El mundo guarda oraciones para las santas, aplauso para las heroínas, admiracion para las guerreras; para las valerosas mártires del hogar doméstico no tiene ninguna recompensa, ningun triunfo; es más, ni ellas lo esperan, ni lo desean.

Su juez es Dios, su esperanza el cielo, su recompensa la felicidad de la familia que consuelan, que educan y que cobijan bajo sus alas de ángel.

Se ha visto alguna mujer bella, delicada, elegante que ha acometido con valor la colosal empresa de educar á su marido y que ha conseguido, á fuerza de paciencia y de constancia, hacer de un hombre vulgar un hombre distinguido, y hasta de un miserable, un hombre pundonoroso y honrado; pero ¿de qué modo? aceptando un martirio de todos los instantes con la sonrisa en los labios y la dulzura en la mirada; oponiendo á las malas razones las palabras suaves y cariñosas; buscando las santas coqueterías del hogar para que no la abandonase por el juego; esperándole hasta el dia para ver si por lástima á su soledad, queria retirarse más pronto; cuidando de su persona, para que su marido la hallase más agradable que á las demas mujeres que iba á buscar; rodeándole de paz, de felicidad, de sonrisas, de flores; envolviéndole, en fin, en la blanca y perfumada nube de la dicha doméstica, única legítima, única dulce, única que llena el corazon.

¡Qué valor se necesita para llevar á cabo estas trasformaciones! ¡qué abnegacion! ¡qué constancia y qué fortaleza! ¡qué ardiente fe y qué inagotable y noble paciencia!

Ved á la madre cuyo hijo ha olvidado la excelente educacion que ha recibido y que se deja llevar del mal ejemplo, corriendo de desórden en desórden; ¡con qué afan oculta á todos las faltas de este hijo ingrato! ¡Con qué heroico valor sonrie para evitar las sospechas de los maldicientes! ¡Cómo procura hacer resaltar las buenas cualidades (dado caso que le quede alguna) del hijo rebelde! ¡Con qué dulzura persuasiva le amonesta! ¡Con qué paciencia, y á la vez con cuánta afliccion le espera! Antes se cansará él de ser malo que su madre de disculparle y amarle; ántes será él débil en su inicua mision, que su madre en su sublime tarea; del valor de su madre para sufrirle y para excusarle, nacerá su cobardía para seguir adelante en la senda del mal, y dia llegará en que le diga:

--¡Gracias, madre mia, por haber sido tan valerosa! ¡Si me hubieras abandonado, hubiera caido en un abismo sin fin!

V.

V.

V.

Fuerza es, pues, educar á la mujer para que sepa sufrir con valor las contrariedades y dolores de la vida; fuerza es inspirarle ese valor que no deja subir al labio la queja, que enmudece ante el agravio, que perdona la injuria en vez de vengarla, que absuelve siempre, y siempre disculpa.

Las mujeres varoniles llamarán quizá á este valordebilidad; pero la que esto escribe, muy débil materialmente, sólo concibe así la fortaleza femenina, sólo así procura ejercitarla, sólo así la aconseja, sólo así la desea, y sólo así la cree la mejor corona de su sexo.


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