II.UNA VISITA
—¿Conoce usted bien el Old Bailey?[1]—preguntó uno de los empleados más ancianos del Banco a JeremíasLapa.
[1] Tribunal Central de lo Criminal de Londres:—(N. del T.).
—Sí... señor—contestó con cierto retintín el interrogado.—Conozco el Bailey.
—Perfectamente. También conoce usted al señor Lorry, ¿no es verdad?
—Conozco al señor Lorry mucho mejor que el Bailey, señor... mucho más de lo que yo, menestral honrado a carta cabal, deseo conocer el Bailey.
—Muy bien. Va usted a llegarse a la puerta reservada para los testigos, donde enseñará al guardián de la misma esta nota para el señor Lorry. Le dejarán pasar sin dificultad.
—¿Hasta la Sala de Justicia?
—Hasta la Sala de Justicia.
—¿He de esperar en la Sala, señor?
—Voy a decirle lo que ha de hacer. El guardián de la puerta entregará esa nota al señor Lorry, y usted, desde el sitio donde seencuentre, procurará atraer la atención del señor Lorry, por medio de cualquier gesto, a fin de que aquél sepa dónde espera usted. Luego, todas sus obligaciones se reducen a una sola: a esperar hasta que el señor Lorry le necesite.
—¿Nada más?
—Nada más. El señor Lorry desea tener a mano un mensajero, lo esencial es hacerle saber que el mensajero de que puede disponer en cualquier momento dado es usted.
Mientras el empleado del Banco plegaba el papel y estampaba el sobrescrito, el buenLapa, que le contempló sin despegar los labios hasta que vió que buscaba el papel secante, preguntó.
—¿Fallan hoy alguna causa por falsificación?
—Por traición.
—¡Descuartizamiento seguro!—exclamóLapa.—¡Qué barbaridad!
—Es la ley—replicó el anciano, volviendo con sorpresa los ojos haciaLapa,—la ley, y nada más que la ley.
—Por respetable que la ley sea, me parece una barbaridad despedazar a un hombre. Bastante cruel es arrancarle la vida, pero hacerle cuartos, lo encuentro feroz.
—Procure hablar bien de la ley, amigo mío—repuso el empleado.—Guarde para sí sus observaciones, selle los labios, y deje que la ley cuide de sí misma: es un consejo que le conviene no dar al olvido.
—¡Ah señor! ¡Es la vida dura que llevo la que mueve mi lengua!—exclamóLapa.—A su consideración dejo el juzgar si el que gana el mendrugo de pan que llevo a la boca como lo gano yo, puede tener sellados los labios.
—Todos ganamos el pan con el sudor de nuestro rostro, aunque algunos con menos fatigas que otros... Tome usted la carta... y en marcha.
Tomó el mensajero la carta, hizo una reverencia, y salió.
Ahorcaban por entonces en Tyburn, y de consiguiente, la calle en que se alzaba Newgate no había alcanzado aún la sombría celebridad que luego pesó sobre ella. Era, sin embargo, una cárcel espantosa, donde se practicaban toda clase de villanías y atrocidades, un foco de las enfermedades más terribles, que no pocas veces penetraban en la Sala de Justicia con los prisioneros, se cebaban, dando pruebas de muy poco miramiento, en el mismo Justicia Mayor, y le obligaba a abandonar para siempre su elevado sitial. Con frecuencia ocurría que el juez del birrete negro pronunciaba su propia sentencia a la par que la del encausado, y hasta moría más pronto que éste. Por lo demás, la Bailey era a manera de posada por cuyo espacioso zaguán salían constantemente pálidos viajeros, montados en carretas o en coches,que se encaminaban al otro mundo previo un recorrido de dos o tres millas de calles públicas y de camino, infundiendo saludable temor en alguno que otro ciudadano, quizá en ninguno: tanta es la fuerza de la costumbre. También era famosa por la picota, institución atinada y feliz que suponía un castigo cuya extensión y alcance nadie era capaz de prever; éralo asimismo por los postes en que se ataba a los condenados a la pena de azotes, sistema el más indicado para suavizar costumbres y dulcificar temperamentos, no menos que por la infinidad de tratos que en ella se celebraban, en los cuales entraba el oro por una parte y el derramamiento de sangre por la otra, resto de la indiscutible sabiduría de nuestros antepasados, que conducía sistemáticamente a la perpetración de los crímenes mercenarios más espantosos que puedan cometerse bajo la capa del cielo. Por lo demás, la Old Bailey era por aquel tiempo demostración elocuente del precepto, «Todo lo que es, es justo», aforismo que resultaría tan necio como inocente si no llevara aparejada la consecuencia, altamente perjudicial, de que «Nada de lo que ha existido fué injusto».
Abriéndose paso por entre aquella abigarrada muchedumbre, que llenaba el repugnante escenario donde había de desarrollarse la acción, con la habilidad del que está habituado a caminar entre gentes, el mensajero no tardó en llegar a la puerta que buscaba, donde entregó la carta de que era portador, haciéndola pasar por un ventanillo practicado en la misma, pues bueno será hacer constar que las personas que deseaban ver las funciones representadas en la Old Bailey, habían de pagar las localidades ni más ni menos que las que querían distraerse viendo el Manicomio, sin más diferencia que la de costar más caro entrar en aquélla que en este último. Como consecuencia, estaban perfectamente guardadas todas las puertas, excepción hecha, como es natural, de las que daban acceso a los criminales, pues éstos las encontraban siempre abiertas de par en par.
Con algún retraso, y no sin que el guardián mascullase algunas palabras de descontento, la puerta giró sobre sus goznes para dar paso al mensajero.
—¿Qué hay?—preguntó al primer hombre que encontró.
—Nada todavía.
—¿Qué habrá luego?
—Una vista por traición.
—Descuartizamiento seguro, ¿eh?
—¡Ah! Primero, tendido sobre un cañizo, le arrastrarán hasta el sitio donde le espere la horca, allí le medio ahorcarán, le bajarán de la horca para arrancarle las entrañas, que quemarán ante sus ojos, luego le cortarán la cabeza, y por fin le harán cuartos. Esa es la sentencia.
—Suponiendo que le declaren culpable, querrá usted decir.
—¡Bah! ¡Le declararán culpable, pierda usted cuidado!
Elseñor Lapaprestó entonces atención al guardián de la puerta, a quien vió, encaminándose en derechura hacia el señor Lorry con la carta en la mano. Hallábase el señor Lorry sentado junto a una mesa entre señores convenientemente empelucados, muy cerca del abogado defensor del reo, que usaba una peluca descomunal, y tenía varios legajos de papeles debajo de los ojos, y casi frente a otro caballero, no menos empelucado que el defensor, el cual, cuando le vió elseñor Lapa, así como también después, estaba con las manos en los bolsillos, puesta toda su atención en el techo. A fuerza de accesos de tos consiguió el mensajero llamar la atención del señor Lorry, quien se puso inmediatamente en pie, hizo una seña con la cabeza, y volvió a sentarse.
—¿Qué papel representa ése en el proceso?—preguntó aLapael individuo a quien antes había preguntado éste.
—Que me aspen si lo sé.
—Entonces... si la pregunta no es indiscreta, ¿qué papel representa usted?
—Que me descuarticen si lo sé tampoco.
Puso fin al diálogo la entrada del juez en la Sala. A partir de aquel momento, toda la atención, todo el interés del público se concentraron en la barra. Los calaboceros, que hasta aquel instante habían estado a uno y otro lado de la barra, salieron para entrar momentos después con el prisionero.
Todos los ojos, excepto los del caballero de la peluca, que tenía los suyos clavados en el techo, se fijaron en los del prisionero, todos los alientos humanos de la sala partieron hacia él, semejantes al mar, semejantes al fuego, semejantes al viento. Pegados a las columnas, sobresaliendo de los ángulos, veíanse rostros que reflejaban ansiedad, los espectadores de las filas últimas se ponían en pie, otros se alzaban sobre las puntas de los pies, y muchos se encaramaban sobre los bancos en su afán de verlo todo. No era de los que menos curiosidad demostraba JeremíasLapa, quien se erguía semejante a un pedazo animado del muro coronado de púas de Newgate y disparaba contra el prisionero ondas de aliento saturado de vapores de cerveza—había tomado un vaso durante el camino,—las que se mezclaban con las que partían de otras bocas, saturadas de emanaciones de ginebra, de café y de te.
El objeto de tan viva curiosidad era un joven de unos veinticinco años, buen mozo, guapo, de mejillas redondas y ojos negros. Era caballero. Vestía de negro, o de gris muy obscuro, y su pelo, que era largo y castaño, caía sobresu espalda, recogido por una cinta. De la misma manera que las emociones del alma humana se filtran a través de la envoltura material, así la engendrada por la situación en que se veía colocado se manifestaba por medio de una palidez superpuesta a la tez morena y curtida del acusado, demostrando que su alma era más fuerte que el sol. Mostróse, sin embargo, perfectamente dueño de sí mismo. Con calma maravillosa se inclinó ante el juez, y esperó:
¿Sentimientos de elevada humanidad en el interés que en la Sala despertaba el reo? ¡Ni por pienso! Si la sentencia que amagaba su cabeza hubiera sido menos espantosa, si hubieran existido probabilidades de que en la ejecución de aquella se prescindiera de algunos de sus feroces detalles, la fascinación habría sufrido rudo golpe. Ante los ojos de los espectadores se alzaba el arrogante cuerpo que muy en breve sería condenado a bárbaras mutilaciones, la criatura dotada de alma inmortal próxima a ser despedazada, hecha cuartos, y el interés que inspiraba, dijeran lo que dijeran los mismos que lo sentían, era, en su raíz, en su esencia, el interés del ogro.
¡Silencio en la Sala!
—Carlos Darnay, que así se llamaba el acusado, había negado el día anterior la terrible acusación fulminada contra él. De ser cierta, Carlos Darnay era traidor y aleve a nuestro sereno, augusto, excelente, etc. etc. Rey y Señor, por haber auxiliado en distintas ocasiones y por medios diversos a Luis, rey de Francia, en sus guerras contra nuestro sereno, augusto, excelente, etc., etc. Rey y Señor. Había hecho frecuentes viajes entre los dominios de nuestro sereno, augusto, excelente, etc., etc. Rey y Señor y los de dicho rey de Francia, con objeto de revelar inicuamente, pérfidamente, alevosamente (y muchos otros calificativos adverbiales) al repetido rey de Francia las fuerzas militares que nuestro sereno, augusto, excelente, etc. etc. Rey y Señor tenía preparadas para enviarlas al Canadá y a la América del Norte.
Tales eran, en substancia, los datos que con enorme satisfacción había conseguido adquirir JeremíasLapa.
El acusado, a quien mentalmente habían ahorcado, decapitado y descuartizado todos los presentes a la vista, ni temblaba ante la situación ni afectaba arrogancias teatrales. Vió con calma perfecta que los jueces prestaban juramento y que el fiscal de la Corona se disponía a hablar. Con grave interés presenció los preparativos, y con tal compostura escuchó los procedimientos, que no movió ni una hoja de las hierbas aromáticas rociadas con vinagre que alfombraban el pavimento, como medida higiénica contra el contagio de la fiebre del presidio y contra la atmósfera viciada que allí se respiraba.
Sobre la cabeza del reo había un gran espejo que tenía por objeto concentrar en su rostro la mayor suma posible de luz. Millares de desgraciados y de malvados habían visto reflejadas sus contraídas caras en su tersa superficie, minutos antes de que una capa de tierra las ocultara para siempre. No habría infierno comparable a aquella Sala abominable si la luna de un espejo pudiera devolver las imágenes que refleja, de la misma manera que el Océano devuelve a sus muertos. Tal vez sintió nuestro reo la ola de infamia y de deshonra que iba a envolverle, quizá fuera la casualidad o un rayo más vivo de luz lo que le movió a alzar los ojos: el hecho es que vió el espejo, y que, al verlo, vivos carmines tiñeron su rostro y su cuerpo experimentó un estremecimiento violento cual si acabara de recibir enérgica descarga eléctrica.
Al separar sus miradas del espejo las llevó hacia la izquierda, donde tropezaron con dos personas sobre las cuales se detuvieron con tal fijeza, que no quedó en la Sala un espectador que hacia ellas no volviera los ojos.
Eran las personas en cuestión una señorita joven, de veinte años de edad aproximadamente, y un caballero, a todas luces su padre. Llamaban poderosamente la atención en este último la blancura de nieve de sus cabellos y cierta expresión indescriptible de vehemencia, no activa, sino reflexiva, íntima. Cuando dominaba esta expresión, parecía viejo, pero en los momentos en que desaparecía, cuando hablaba con su hija, por ejemplo, era un hombre hermoso que apenas habría pasado de la primavera de la vida.
Aferraba su hija su brazo y se estrechaba contra su cuerpo impelida por el espanto que la escena la producía y la piedad que el reo la inspiraba, espanto y piedad tan elocuentemente retratados en su frente y en sus ojos, que los espectadores, inconmovibles ante la triste suerte del acusado, no pudieron ver sin profunda lástima el estado de la joven. «¿Quiénes serán?» se preguntaban unos a otros al oído.
No dejó de preguntar JeremíasLapaa su vecino, a cuyos perspicaces ojos no había pasado inadvertida la expresión de la joven, quiénes eran aquellas personas; y como todos habían hecho la misma pregunta, la respuesta, que circulaba ya de boca en boca, llegó al fin a su oído.
—Son testigos.
—¿De cargo?
—Testigos en contra.
—¿En contra de quién?
—Del reo.
El juez, cuyas miradas habían seguido la dirección que siguieron las de todos los espectadores, las desvió para clavarlas insistentes en el desgraciado cuya vida tenía en sus manos, en el momento queel fiscal de la Corona se levantaba para torcer la soga, afilar el hacha y forjar el martillo y los clavos que debían preparar el cadalso.