III.LA SOMBRA

III.LA SOMBRA

Una de las reflexiones primeras que sugirió al señor Lorry su entendimiento práctico, tan pronto como sonó al día siguiente la hora de dar comienzo a las operaciones del Banco, fué que carecía de derecho para crear dificultades y atraer peligros sobre el Banco Tellson, concediendo albergue en el edificio del mismo a la esposa de un emigrado preso. Sin un segundo de vacilación, con alegría, con toda su alma, hubiese sacrificado ante el altar del cariño que a Lucía y a su hija profesaba todo cuanto poseía, incluso su libertad y su vida; pero el gran establecimiento bancario no era suyo, y en lo referente a negocios, Lorry era rígido, inflexible.

Consecuencia de sus cavilaciones, fué pensar en Defarge, y al pensamiento siguió la decisión de llegarse a la taberna y rogar a su dueño que le indicase un refugio seguro para Lucía, si es que lo había en aquella ciudad perturbada, refugio que muy bien podía ser, si a ello se prestaba Defarge, el mismo sotabanco en que en tiempos pasados vivió el doctor Manette. Desechó, empero, este proyecto, apenas concebido, en atención a que la taberna estaba enclavada en el barrio más peligroso de la ciudad y a que Defarge, persona influyente, a no dudar, entre los habitantes de aquella región violenta, andaría metido de lleno en las empresas que allí se fraguaban y maduraban.

Próximas ya las doce de la mañana, como el doctor no pareciera, y cada minuto que pasaba tendía a multiplicar el compromiso en que había colocado al Banco Tellson, Lorry decidió celebrar consejo con Lucía. Manifestó ésta que su padre le había hablado de alquilar una habitación en aquel mismo distrito, no lejos del Banco. Visto que el proyecto del doctor no estaba en oposición con los negocios del Banco, y previendo Lorry que por bien que la situación de Carlos se solucionara, aun cuando merced a la intervención e influencia del doctor fuese puesto en libertad, habría de serle imposible escapar de la ciudad, salió inmediatamente a buscar habitación conveniente y la encontró en una calle aislada rodeada de edificios deshabitados.

Sin perder momento trasladó a la habitación mencionada a Lucía, a su hija y a la señorita Pross, a las cuales dió cuantos consuelos pudo, que fueron más de los que él mismo tenía. Dejó con ellas a JeremíasLapay volvió a engolfarse en sus ocupaciones.

Pasó el resto del día triste, preocupado y receloso, hasta que llegó la hora de cerrar el establecimiento. Retiróse entonces a su habitación, como el día anterior, y estaba pensando en las resoluciones que le convendría adoptar, cuando oyó ruido de pasos en la escalera. Segundos después se le presentaba un hombre que, mirándole con mirada penetrante, se le dirigía por su nombre.

—A su disposición, señor Lorry. ¿Me conoce usted?

Era un individuo de constitución sólida, de pelo negro naturalmente rizado y de unos cuarenta y cinco años de edad.

—¿Me conoce usted?—repitió.

—He visto a usted en alguna parte.

—¿En mi tienda de vinos, quizás?

Más interesado que nunca, y no poco agitado, preguntó Lorry:

—¿Viene usted de parte del doctor Manette?

—Sí; vengo de parte del doctor Manette.

—¿Y qué dice? ¿Me envía algo?

Defarge puso en la mano que anhelante le tendía Lorry un pedazo de papel, que contenía las palabras siguientes, escritas de puño del doctor:

«Carlos sin novedad, pero no puedo yo abandonar el sitio en que me encuentro. He logrado que el portador de esta lleve dos líneas de Carlos para su mujer. Haga que el dador se vea con mi hija.»

Estaba fechada la misiva en La Force una hora antes.

—¿Tiene usted la bondad de acompañarme a la casa en que reside la esposa de Carlos?—preguntó Lorry, sin ocultar la alegría que la lectura del billete le había producido.

—Sí—contestó Defarge.

Sin parar mientes en el tono reservado y curiosamente mecánico con que Defarge hablaba, Lorry se encasquetó el sombrero y bajó con su visitante al jardín, donde encontraron a dos mujeres, una de ellas haciendo calceta.

—¿La señora Defarge?—preguntó Lorry, quien la había dejado ocupada en lo mismo diez y siete años antes.

—La misma—contestó el marido.

—¿Viene con nosotros su señora?—preguntó Lorry, al observar que las mujeres echaban a andar.

—Sí. Viene para reconocer las caras y conocer a las personas. Es una medida que conviene a la hija del doctor.

Lorry, a quien comenzaron a parecerle extrañas la actitud y palabras de Defarge, dirigióle una mirada recelosa y continuó andando. Siguieron las dos mujeres, una de las cuales era la llamada La Venganza.

Cruzaron las calles inmediatas con cuanta rapidez les fué posible, subieron la escalera del domicilio de Lucía, Jeremías les franqueó la entrada, y encontraron a la esposa de Carlos sola y llorando. Las noticias que acerca de su marido la dió Lorry la llenaron de alegría, y estrechó con efusión la mano que la entregaba las breves palabras escritas por su Carlos... sin pensar en lo que la noche anterior había estado haciendo aquella mano muy cerca de la persona de su marido, ni en lo que con éste hubiese hecho de no impedirlo una casualidad feliz.

«Valor, queridita mía. Estoy bien, y tu padre goza de influencia sobre los que me rodean. No puedes contestarme. Besa por mí a nuestro ángel.»

Nada más decía el billete. Era, sin embargo, tanto para la desventurada que acababa de recibirlo, que en su agradecimiento se volvió hacia la mujer de Defarge y besó con efusión las manos que hacían calceta. Fué un acto de esposa apasionada, amante, agradecida; pero la mano que de aquel fué objeto no lo contestó. Separóse de sus labios pesada, fría como el hielo, y continuó haciendo media.

Algo encontró Lucía en aquella mano que la estremeció. En el instante mismo en que llevaba la diestra a su seno para guardar allí el billete recibido, sus ojos, clavados en el rostro de la tabernera, reflejaron un terror infinito. La señora Defarge contestó a su mirada con otra que rebosaba impasibilidad, hielo.

—Mi querida Lucía—dijo Lorry, tratando de explicar la presencia de las mujeres,—son muy frecuentes las conmociones en las calles, y aunque no es probable que nadie moleste a usted, ha venido la señora Defarge con objeto de ver a las personas hasta las cuales puede extender su protección, pues conviene que las conozca bien a fin de poder identificarlas en cualquier momento dado. Creo, ciudadano Defarge—terminó sin atreverse a prodigar nuevas palabras de consuelo,—que he expuesto la verdad del caso, ¿no es cierto?

Defarge dirigió a su mujer una mirada sombría y se limitó a exteriorizar su conformidad por medio de un gruñido.

—Creo, Lucía, que sería conveniente que salieran la niña y la señorita Pross—repuso Lorry.—Nuestra excelente Pross, Defarge, es una señora inglesa, que desconoce por completo el francés.

La señora en cuestión, en cuyo pecho arraigaba muy honda la creencia de que se bastaba y hasta se sobraba para poner en cintura a cualquier extranjero, y no había perdido su serenidad de ánimo, no obstante las perturbaciones y anarquía reinantes en París, se presentó con los brazos cruzados, y dirigió una mirada castizamente inglesa a La Venganza, con cuyos ojos tropezaron desde el primer momento los suyos.

—¡Hola, descarada!—dijo en inglés.—Me alegro de verla buena.

También dirigió una o dos palabras a la señora Defarge; pero ni la una ni la otra tuvieron por conveniente contestar.

—¿Es ésa la niña?—preguntó la señora Defarge, suspendiendo por primera vez su tarea y apuntando a Lucía con la aguja de hacer media cual si fuera el dedo de la Fatalidad.

—Sí, señora—contestó Lorry.—Esa es la hija adorada y única de nuestro pobre prisionero.

La sombra que acompañaba a la señora Defarge y compañeros tomó tonos tan tétricos y amenazadores, que la pobre madre cayó instintivamente de rodillas al lado de su hija y la estrechó contra su amante pecho. La sombra que acompañaba a la señora Defarge y compañeros pareció extenderse entonces negra, amenazadora, sobre la madre y la hija.

—No hace falta más—dijo la tabernera.—Los hemos visto ya. Vámonos.

Aquellas palabras entrañaban amenazas muy encubiertas, sí, pero no tanto que no las penetrase el instinto maternal. He aquí por qué Lucía, tendiendo sus brazossuplicantes hacia la señora Defarge, dijo:

—¿Tratarán con bondad a mi pobre marido? ¿Verdad que no le harán daño? ¿Que me conseguirán que pueda verle, si de ustedes depende?

—No es tu marido el que aquí me ha traído—replicó la señora Defarge, mirando a Lucía con calma espantosa.—Lo único que me interesa es la hija de tu padre.

—Por mí, pues, sea compasiva con mi marido... ¡por mí y por mi pobre hijita! ¡Mi hija tiende conmigo hacia ustedes sus manecitas y las suplica que no cierren su corazón a la voz de la piedad! ¡Más miedo nos inspiran ustedes que toda la ciudad junta!

La Defarge recibió esta frase última como un cumplimiento, y volvió sus ojos hacia su marido. Este, que escuchaba a Lucía mordiendo la uña de su pulgar, acentuó la expresión dura de su rostro al sentir sobre él la mirada de su mujer.

—¿Qué es lo que en esa cartita te dice tu marido?—preguntó la tabernera con sonrisa sarcástica.—¿No habla sobre influencia?

—Dice que mi padre goza alguna influencia sobre los que le rodean—contestó Lucía, sacando apresuradamente el billete del pecho, pero con sus ojos llenos de alarma puestos sobre su interlocutora y no sobre el papel.

—En ese caso, él le salvará—observó la tabernera;—no tenemos por qué mezclarnos nosotros.

—Como esposa y como madre—exclamó Lucía con expresión de ansiedad inmensa,—imploro la piedad de ustedes y les pido de rodillas que no empleen el poder que poseen en contra de mi marido, sino en su favor. ¡Hermanas mías... hermanas mías! ¡Acuérdense de que es una esposa y una madre la que se lo ruega!

La señora Defarge miró a la suplicante con la frialdad de siempre, y dijo, volviendo su rostro hacia La Venganza:

—Las esposas y madres que desde que nacimos, o poco menos, estamos acostumbradas a ver, han sido tratadas con grandes consideraciones, ¿verdad? ¿No es cierto que con gran frecuencia hemos visto a sus maridos y a sus padres sepultados en inmundos calabozos? Desde que vinimos al mundo, ¿no hemos visto sufrir a nuestras hermanas, en sus personas y en las de sus hijos, pobrezas, desnudeces, hambres, sed, enfermedades, miserias, opresiones y desprecios de toda clase?

—Jamás vimos otra cosa—respondió La Venganza.

—Todas esas cosas las hemos sufrido durante mucho, muchísimo tiempo—repuso la tabernera dirigiéndose a Lucía.—Ahora dime, juzga por ti misma; ¿crees probable que el dolor de una esposa y la ansiedad de una madre hagan mella en nosotras?

Continuó haciendo media y salió. Tras ella echó a andar La Venganza y Defarge salió el último, cerrando la puerta al salir.

—¡Valor, mi querida Lucía!—exclamó Lorry, alzándola del suelo.—¡Valor y valor! Hasta ahora todo va bien... mucho, muchísimo mejor de lo que podíamos prometernos. ¡Levante su corazón, querida Lucía, y demos gracias al Cielo!

—No me falta un corazón agradecido ni dejo de abrigar esperanzas; pero aquellas mujeres horribles son como sombras negras que obscurecen el cielo de mis esperanzas.

—¡Chitón, chitón!—exclamó Lorry—¿Cómo se entiende? ¿Es posible que en ese bravo corazoncito tenga entrada el abatimiento? ¡Sombras! Las sombras nada significan, Lucía, son inconsistentes... ¡nada!

Pese a sus palabras él mismo sentía también la influencia, la opresión, de aquellas sombras fatídicas y, aunque no lo confesaba, es lo cierto que le preocupaban y perturbaban en extremo.


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