IV.ENHORABUENA

IV.ENHORABUENA

Trascolaban por los sucios y lóbregos pasadizos del edificio del tribunal los últimos sedimentos del guisote humano que durante todo el día había hervido en la Sala, cuando el doctor Manette, Lucía, su hija, el señor Lorry, el abogado defensor y el procurador de la defensa, formaban un grupo en derredor de Carlos Darnay, puesto momentos antes en libertad, a quien daban parabienes y enhorabuenas por haber escapado casi milagrosamente de la muerte.

Escasa era la luz, pero aun a la de un brillante sol de estío hubiese sido muy difícil reconocer en el sereno e inteligente rostro y cuerpo erguido del doctor al zapatero del sotabanco de París. Esto no obstante, era imposible verle una vez sin experimentar comezón irresistible de examinarle de nuevo, aun cuando el observador no hubiese tenido ocasión de escuchar el ritmo lúgubre de su voz profunda, ni reparado en la especie de nube que ensombrecía su fisonomía sin razón aparente. Y es que no necesitaba que causas externas evocasen en su alma, como había ocurrido en la Sala de Justicia durante la vista, ecos dolorosos de sus pasadas agonías; éstos brotaban espontáneamente, y al brotar, envolvíanle en algoasí como un velo fúnebre que no podían ver los que desconocían su triste historia.

Unicamente su hija conseguía ahuyentar de su mente los negros recuerdos que le perseguían insistentes. Lucía era el hilo de oro que le unía a un pasado anterior a sus miserias y a un presente posterior a sus desdichas. La dulce música de su voz, la alegría que reflejaba su linda cara, el contacto de su mano, casi siempre ejercían sobre él una influencia benéfica decisiva, y digo casi siempre, porque ocasiones había habido, aunque no muchas, en que el poder de la niña se había estrellado contra su tristeza. Lucía abrigaba la dulce esperanza de que esos casos no se repetirían.

Darnay había saboreado el placer de besar la mano de la joven, y después de exteriorizar con frases fervientes su gratitud, habíase vuelto hacia su defensor, el señor Stryver, a quien dió calurosamente las gracias. Stryver, hombre que apenas contaba treinta años de edad, aunque parecía de cincuenta, robusto, grueso, rojo, fanfarrón y refractario a toda clase de impulsos de delicadeza, poseía el secreto de amoldarse, moral y físicamente, a toda clase de compañías y conversaciones, y era de suponer que lo mismo que se amoldaba a las compañías y conversaciones, supiese amoldarse a las mil y una pequeñeces relacionadas con la vida.

Todavía llevaba puestas la toga y la peluca. Al ir a contestar a su defendido, giró sobre sus talones en forma que eliminó del grupo al inocente señor Lorry, y dijo:

—Celebro infinito haber sacado a usted del trance con honor, señor Darnay. Ha sido usted víctima de una persecución infame, brutalmente infame, pero que muy bien pudo tener el desenlace que perseguían sus enemigos.

—Las obligaciones que con usted he contraído no prescribirán jamás—respondió el joven, estrechando con calor la mano del abogado.

—He hecho por usted cuanto he podido, señor Darnay, y tengo la presunción de creer que puedo tanto como pueda cualquier otro hombre.

Las últimas palabras tenían una contestación obligada, que debía y podía dar cualquiera de los que formaban el grupo. Dióla el señor Lorry, probablemente interesada, es decir, para que de nuevo le admitieran en el grupo.

—Más, mucho más que ningún otro hombre—dijo.

—¿Lo cree usted así?—preguntó Stryver.—Perfectamente. Ha sido usted testigo de toda la vista, y motivos tiene para saber lo que dice. Además, es usted hombre de negocios.

—Y en calidad de tal—replicó Lorry, a quien el abogado había metido en el grupo de la misma manera que antes le había echado fuera—en mi calidad de tal, ruego al doctor Manette que ponga fina esta conferencia, a fin de retirarnos cada cual a su respectiva casa. La señorita Lucía no se encuentra bien, el señor Darnay ha pasado un día terrible, y todos estamos rendidos.

—Hable usted por sí, señor Lorry, hable usted por sí—dijo el abogado.—A mí me espera una noche de trabajo continuo.

—Por mí hablo—replicó Lorry—y por el señor Darnay, y por la señorita Lucía y... ¿No cree usted, señorita Lucía, que puedo hablar, por todos nosotros?—preguntó, dirigiéndose a la joven, pero mirando al mismo tiempo a su padre.

La cara del anciano adquirió una expresión indefinible al dirigir a Darnay una mirada intensa. En la frente del primero se marcaron profundas arrugas, sus labios se crisparon, y poco a poco sus miradas expresaron repugnancia, recelo y temor.

—¡Padre mío!—musitó en su oído, a la par que estrechaba su mano.

El anciano, cuyo rostro se fué iluminando gradualmente, se volvió hacia su hija.

—¿Vamos a casa, padre mío?—repuso la niña.

El doctor exhaló un suspiro muy hondo y muy prolongado, y contestó:

—Sí.

Los amigos del prisionero, a quienes éste había hecho creer que no sería puesto en libertad aquella noche, habíanse dispersado ya. Casi todas las luces que iluminaban los estrechos corredores del edificio siniestro, que a la mañana siguiente se llenaría de nuevo de gentes ávidas de emociones, se habían apagado. El abogado defensor se retiró el primero para ir a cambiar de ropa, y Lucía Manette llamó un coche, se despidió de los señores Lorry y Darnay, y se hizo conducir a su casa, acompañando a su padre.

Otra persona, que no había formado parte del grupo ni cambiado una palabra con ninguno de los que lo componían, se destacó de la pared contra la cual había estado apoyada y, tan pronto como se perdió de vista el coche, aproximóse silenciosa como una sombra a Lorry y a Darnay, que habían quedado hablando en la acera.

—¡Hola, señor Lorry!—dijo.—Parece que ya los hombres de negocios se atreven a hablar con Darnay, ¿eh? ¡Qué de conflictos originan los negocios! Se reiría usted, Darnay, si supiera las luchas que los hombres de negocios tienen que sostener entre sus impulsos naturales y las exigencias de su posición.

—Ya hizo usted antes esa misma indicación, señor Carton—replicó Lorry, enrojeciendo hasta lo blanco de los ojos.—Nosotros, los hombres de negocios, los que servimos a una casa, no somos dueños de nosotros mismos. Más que en nosotros, tenemos que pensar en la casa.

—¡Lo sé, lo sé, señor Lorry!—contestó Carton con negligencia.—Sentiría que se molestase usted. Me consta que no es usted peor que los otros, y hasta me atrevería a asegurar que es mucho mejor.

—A decir verdad, caballero, no acierto a comprender su ingerencia. Perdóneme si, amparándome en mis años, le hablo con franqueza tal vez excesiva, pero no veo que usted tenga nada que ver en nuestros asuntos.

—¡Asuntos! ¡Válgame Dios, señor! Yo no tengo asuntos.

—Es una lástima que no los tenga usted.

—De acuerdo.

—Porque si los tuviera, les dedicaría alguna atención.

—¡No, amigo mío, no! ¡Tenga usted por seguro que no les prestaría ninguna!

—¡Está bien, señor!—exclamó Lorry, a quien llenó de indignación la indiferencia de su interlocutor.—Diga usted lo que quiera, es muy bueno y muy respetable tener negocios, y si en determinadas ocasiones los negocios imponen silencio, restricciones e impedimentos, de ello se hacen cargo los que, como el señor Darnay, son caballeros generosos... Señor Darnay... muy buenas noches. Le felicito con toda la efusión de mi alma y le deseo una vida próspera y feliz... ¡Cochero!

Un poquito incomodado consigo mismo, y desde luego más con su interlocutor, el señor Lorry tomó por asalto el coche y se hizo conducir al Banco Tellson. Carton, que olía a vino, y cuyo fuerte, a juzgar por las apariencias, no era la sobriedad, soltó la carcajada y se volvió hacia Darnay.

—¡Extraños caprichos tiene la casualidad, señor Darnay!—exclamó Carton.—¿Podía usted suponer que esta noche iba a encontrarse aquí, pisando las piedras de la calle, en compañía de sualter ego?

—¿Cómo había de suponerlo, si hasta el hecho de pertenecer a este mundo me parece un sueño?—contestó Darnay.

—No me admira, después de lo cerca que del otro se encontraba. Noto en su voz cierta debilidad, señor Darnay.

—Es que principio a creer que me encuentro débil, señor Carton.

—¿Por qué no come, pues? Yo comí ya, mientras aquellos zánganos se ponían de acuerdo acerca del mundo en que usted habría de vivir. Voy a acompañarle a la taberna más próxima donde podrá usted comer lo que le acomode.

Pasando sin más ceremonias su brazo por el de Darnay, Carton echó a andar hacia la calle Fleet, no tardando en dar con sus huesos en una taberna. El encargado acompañó a los recién llegados a un cuartito reservado, donde Darnay repuso sus fuerzas. Carton, sentado a la misma mesa frente a Darnay, se hizo servir una botella de vino.

—¿Va usted convenciéndose de que pertenece todavía a este mundo terrestre, Darnay?—preguntó Carton.

—Apenas si puedo darme cuenta cabal del tiempo y del lugar, pero confieso que me he convencido casi de lo que usted dice.

—¡Y se habrá convencido de ello con satisfacción inmensa!—exclamó Carton con cierto tono de amargura y llenando de nuevo el vaso, que por cierto era de los más grandes.—De mí puedo decir que mi mayor deseo sería olvidar que de él formo parte. Ni el mundo tiene para mí nada bueno... no siendo el vino, ni yo tengo nada bueno para el mundo. En lo que a este particular se refiere, somos tal para cual, nos parecemos bastante... Por supuesto, que voy creyendo que también usted y yo nos parecemos en todo, ¿no?

Carlos Darnay, sobre quien pesaba aún la influencia de las emociones del día, tardó bastante en contestar, sencillamente porque no sabía qué respuesta dar a las extravagantes palabras de su interlocutor. Cuando lo hizo, se mostró de perfecto acuerdo.

—Ahora que ha hecho usted honor a la comida, señor Darnay, ¿por qué no levanta una copa? ¿Por qué no brinda usted?

—¿Levantar la copa? ¿En honor de quién?

—En honor y por la salud de la persona cuyo nombre tiene usted en la punta de la lengua. Debe tenerlo, lo tiene, juraría que no me engaño.

—¡Brindo, pues, por la señorita Manette!

—¡A la salud de la señorita Manette!

Clavada una mirada insolente en Darnay, mientras apuraba el contenido del vaso, Carton estrelló el suyo contra la pared, después de beber, donde se hizo pedazos. Seguidamente tocó la campanilla y pidió otro.

—Es una niña encantadora, en cuya compañía sería delicioso hacer un viaje en coche, ¿eh?—preguntó, llenando de vino el vaso que acababan de traerle.

—Sí—contestó secamente y con un ligero fruncimiento de cejas Darnay.

—Digna de compasión y de que por ella se hagan verdaderas locuras. ¿Qué tal se encuentra? A fe que vale la pena verse en peligro de ser condenado a muerte a trueque de convertirse en objeto de sus simpatías y compasión: ¿qué me dice usted, Darnay?

El interpelado guardó silencio.

—Le agradó sobremanera escuchar el mensaje que por mi conducto la envió usted. No me lo dijo, pero lo supongo.

La alusión fué a manera de recordatorio para Darnay. Acordóse de que su desagradable compañero le había prestado un servicio en aquel día azaroso y le dió las gracias, llevando la conversación a aquel incidente.

—Ni me hace falta que me dé usted las gracias, ni las merezco—replicó con fría indiferencia Carton.—En primer lugar, no sabíaqué hacer, y en segundo, no sé por qué hice lo que hice. ¿Me permitirá usted que le haga una pregunta, señor Darnay?

—Cuantas guste, a ello le dan derecho los favores que me ha prestado.

—¿Cree usted que me es simpático?

—La verdad... señor Carton...—respondió Darnay, completamente desconcertado,—no se me ha ocurrido formularme esa pregunta.

—Hágasela usted ahora.

—Como si yo le mereciera alguna simpatía se comportó usted, pero si he de decir lo que siento, creo que no se lo soy.

—Y yo creo lo mismo que usted—observó Carton.—Principio a formar opinión excelente de su inteligencia.

—Lo que no debe ser obstáculo—repuso Darnay haciendo sonar la campanilla—para que yo le quede profundamente agradecido y para que nos despidamos sin malquerencias mutuas.

—Desde luego—contestó Carton.—¿Dice usted que me queda reconocido?

—Lo digo y así es.

—Entonces, mozo, tráeme otra pinta de este mismo vino, y despiértame mañana a las diez.

Pagada la cuenta, levantóse Darnay, dió las buenas noches y se encaminó hacia la puerta. Carton, sin contestar las buenas noches, levantóse también, miró con expresión airada al que se marchaba, y dijo:

—Dos palabras, señor Darnay, ¿Cree usted que estoy borracho?

—Creo que ha bebido usted mucho, señor Carton.

—¿Lo cree nada más? Sabe perfectamente que he bebido.

—Puesto que usted se empeña, diré que, en efecto, sé que ha bebido.

—En ese caso, quizá sepa usted también por qué he bebido. Soy un desilusionado, un desengañado. Ni a mí me importa la suerte de ningún hombre de la tierra, ni ningún hombre de la tierra se acuerda siquiera de mi persona.

—Lo que no deja de ser una desgracia. Debió usted dar mejor empleo a su talento.

—Puede que tenga usted razón, y puede que se engañe lastimosamente. No se envanezca, sin embargo, amigo mío, que no sabe usted lo que el porvenir le reserva... ¡Buenas noches!

Cuando quedó solo, aquel hombre singular tomó el candelero, se acercó a un espejo que pendía de la pared y examinó minuciosa y detalladamente la imagen reflejada en su tersa superficie.

—¿Te es simpático ese hombre?—murmuró, cual si dirigiera la pregunta a su propia imagen.—¿Por qué ha de serte simpático un hombre que se te parece? ¿Acaso tienes tú algo que pueda agradar a nadie? De sobras sabes que no. No acierto a comprenderel por qué del cambio... ¡Maldito seas!... ¡Y a fe que merece simpatía el hombre que te dice lo que pudiste ser y lo que en realidad eres! ¡Vaya!... ¡Dilo de una vez y con franqueza! ¡Tú aborreces a ese individuo!

Cual si el vino fuera para él manantial de consuelos, en muy contados minutos hizo pasar a su estómago la pinta de vino y quedó dormido en la misma mesa, apoyada la cabeza sobre sus brazos.


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