IX.HECHO EL JUEGO
Mientras Sydney Carton y el mirlo del verdugo, encerrados en la habitación contigua, conferenciaban con voz tan baja que ni el rumor más insignificante se filtraba por las rendijas de la puerta, Lorry contemplaba a JeremíasLapacon recelo manifiesto y profunda desconfianza. Bueno será advertir que el efecto producido por la insistente mirada del buen banquero sobre el honrado menestral no era el más indicado para disipar prevenciones; variaba la pierna sobre la cual gravitaba el peso de su cuerpo con tanta frecuencia como si hubiese dispuesto de cincuenta extremidades y desease probar la robustez de todas;examinaba sus uñas con atención tan escrupulosa, que llegaba a inspirar sospechas, y cuantas veces sus ojos tropezaban con los escrutadores de Lorry, acometíale un acceso de tos que le obligaba a llevar la mano a la boca, síntoma que rara vez, acaso nunca, acompaña a la franqueza perfecta de carácter.
—¡Jeremías!—exclamó de pronto Lorry.—¡Venga usted acá!
AproximóseLapacaminando a la usanza cangrejil, es decir, de costado.
—¿Qué oficios ha tenido usted además de ordenanza del Banco?
A vuelta de una meditación bastante detenida, y después de buscar una idea luminosa en la mirada fija de su superior, contestóLapa:
—He sido agricultor.
—Abrigo fundados temores—replicó Lorry, moviendo con fiero ademán la mano—de que usted ha sido ordenanza del respetable Banco Tellson para despistar, para tener una pantalla que encubriera otras ocupaciones contrarias a la Ley, ocupaciones sencillamente infames. Si así es, no espere de mí consideración alguna tan pronto como lleguemos a Inglaterra; si así es, no espere tampoco que yo guarde el secreto. Debe conocerlo Tellson, y lo conocerá.
—No puedo creer, señor,—contestó con humildadLapa—que un caballero como usted, un caballero en cuyo servicio he encanecido, se resuelva a causarme perjuicios de tanta consideración sin antes pensarlo muy bien..., aun cuando lo que sospecha fuera cierto. Yo no digo que lo sea; pero si lo fuese, siempre confiaría que usted no me había de tratar tan mal. Suponiendo que fuera lo que usted teme, aun entonces habría que estudiar el asunto desde dos puntos de vista, puesto que no tiene uno solo, sino dos. Doctores en medicina hay, y no pocos, que encuentran guineas de oro allí donde un menestral honrado no halla más que míseros peniques... ¡Ni peniques siquiera! Medios peniques... Y ni medios peniques; cuartos de penique... y gracias. ¿Y qué me dice usted de los que entran y salen del Banco Tellson pasando delante del honrado menestral que está junto a la puerta, sentado en un banquillo viejo, mientras ellos van arrellanados en lujosos carruajes? ¿No es un espectáculo para despertar el apetito más dormido? Añada usted a todo eso la presencia en Inglaterra de una señoraLapaque se pasa el día y la noche de rodillas y rezando para estropearle todos los negocios al marido, mientras las mujeres de los médicos y las de los que pasean en carruajes lujosos, rezan para que prosperen los asuntos de sus casas respectivas. Otra cosa; si lo que usted sospecha fuese cierto, que yo no digo que lo sea, ¿cree usted que me haría muy rico tomando los desperdicios de los empresarios depompas fúnebres, lo que no quisieran los sacristanes, lo que desdeñasen los vigilantes de los cementerios? ¡No, señor Lorry, no! es un oficio perdido; créame usted.
—¡Uf!—exclamó Lorry—¡Me horroriza verle a usted!
—El ofrecimiento que con toda la humildad me atrevo a hacer a usted, aun cuando fuera cierto lo que usted sospecha, que yo no digo que lo sea, es...
—¡No venga usted con embustes!
—No, señor; hablaré con verdad. El ofrecimiento que humildemente deseo hacer es el siguiente: sobre el banquillo emplazado en la acera del Tribunal, se sienta un hijo mío, que ya casi es un hombre, que hará recados, vigilará y se desvivirá por desempeñar las funciones que hasta aquí he desempañado yo, si así lo quiere usted. Si lo que usted teme fuera cierto, que yo no digo que lo sea, ni tampoco que no lo sea, porque no quiero mentirle a usted, den a mi hijo el cargo de su padre y que se encargue al propio tiempo de su madre, y mientras, deje al padre en libertad de cavar la tierra como se le antoje. Esto es, señor Lorry—añadióLapa, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano,—lo que yo deseo ofrecer a usted.
—¡Calle, Jeremías! ¡Calle y no diga ni una palabra más! Quién sabe si me decidiré a tratarle como hasta aquí, si con obras, no con palabras, me demuestra su arrepentimiento. Palabras no las quiero; no me convencen.
Salieron en aquel instante Carton y Barsad.
—Adiós, Barsad—dijo el primero;—quedamos entendidos. Nada tema de mí.
Tomó asiento junto a Lorry, quien le preguntó.
—¿Qué han hecho?
—Poca cosa; si la suerte del prisionero se pone obscura, me permitirán hacerle una visita; nada más.
El desaliento de Lorry se acentuó.
—No puedo hacer más—repuso Carton.—Pedir demasiado, equivalía llevar a ese hombre a la guillotina, y, como dijo muy bien él, mayor desgracia no podría sobrevenirle aun cuando le delatásemos. Demos gracias a lo comprometido de su posición, pues de otra suerte, nada habríamos conseguido.
—Pero llegar hasta él, en el caso de que le condenen, no es salvarle—objetó Lorry.
—Nunca dije que le salvaría—replicó Carton.
Los ojos de Lorry buscaron gradualmente el fuego que ardía en la chimenea. El dolor que le produjo la segunda prisión del marido de la niña que tanto amaba abatió todas sus energías. Ya no era un hombre joven, a pesar de sus muchos años; era un viejo aniquilado por la ansiedad. Las lágrimas almacenadas en su pecho subieronhasta sus ojos y rodaron silenciosas por sus arrugadas mejillas.
—Tiene usted un gran corazón y es amigo leal de sus amigos—dijo Carton con voz alterada.—Perdóneme si he sido portador de una noticia que tan dolorosamente le ha afectado. Me sería imposible ver llorar a mi padre y conservar mi tranquilidad, y yo le juro que no respeto menos su dolor que respetaría el de mi padre.
Tanto respeto, tanto interés, tanto sentimiento había en el tono y en la expresión de las palabras que quedan transcriptas, que Lorry, que no había tenido ocasión de apreciar el lado bueno de Carton, experimentó una de las sorpresas más grandes de su vida. Tendió silencioso una mano a su interlocutor, quien la estrechó con efusión.
—Volviendo al pobre Darnay—repuso Carton,—diré que no es conveniente que hable usted a su esposa de la conferencia que acabamos de tener, ni de lo que he conseguido del espía. Ella no podría llegar hasta el calabozo, y si sabía que iba yo, acaso pensase que mi intención era proporcionar a su marido los medios de adelantarse a la ejecución de la sentencia.
No había pensado en ello Lorry, quien al oir las palabras anteriores, volvió con viveza sus ojos hacia Carton, como para cerciorarse de si lo que no quería que pensase Lucía era precisamente lo que él tenía en su pensamiento.
—Pensaría tal vez eso—añadió Carton,—y podría sospechar mil otras cosas, cada una de las cuales sería una tortura añadida a las que ya la atosigan. No le hable siquiera de mí. Conforme dije a usted al llegar a París, no la veré; conviene que no la vea. Lo que yo pueda hacer por ella, lo haré mejor no viéndola. ¿Va usted ahora a visitarla? Vaya cuanto antes, sí, pues esta noche debe de estar desesperada.
—Voy ahora mismo.
—De lo que me alegro en el alma. Le quiere a usted mucho y tiene en usted confianza sin límites. ¿Cómo está ahora?
—Nadando en espantoso mar de ansiedades, pero hermosa como siempre.
—¡Ah!
Fué una exclamación profunda, larga, semejante a un gemido, a un sollozo ahogado. Los ojos de Lorry se volvieron hacia los de Carton con rapidez bastante para sorprender, mientras los de este último se clavaban en la lumbre de la chimenea, el paso por ellos, fugaz como una exhalación, de una luz o de una sombra; el anciano caballero no se hubiese atrevido a precisar si fué lo uno o lo otro.
—¿Ha terminado usted ya la comisión que aquí le trajo?—preguntó Carton al cabo de breves segundos.
—Sí. Conforme estaba diciendo a ustedes anoche, cuando tan inopinadamente llegó Lucía, he hecho cuanto podía hacerse. No esperaba más que verlos a cubierto de peligro y contentos para abandonar a París. Pensaba marchar muy pronto; pero...
Ambos quedaron silenciosos.
—Largo es el libro de su vida, señor Lorry, ¿verdad?—preguntó Carton, sin duda por decir algo.
—He cumplido los setenta y ocho años.
—Setenta y ocho años bien empleados; setenta y ocho años durante los cuales ha sido útil a sus semejantes y respetado por éstos; ¿eh?
—Casi desde que tengo uso de razón me he dedicado a los negocios; sin exagerar puedo decir que, desde muchacho, soy hombre de negocios.
—Su laboriosidad le ha valido ocupar un puesto envidiable. ¡Cuántos le echarán de menos cuando deje vacante ese puesto!
—No lo crea usted—replicó Lorry moviendo la cabeza—¿Quién ha de verter una lágrima a la memoria de un solterón viejo y solitario como yo?
—¡No diga usted eso! ¿No llorará por usted ella? ¿No llorará su hija?
—Sí... sí... Llorarán... ¡gracias a Dios! Perdone usted; no sabía lo que decía.
—Es un consuelo que bien merece que por él se den a Dios las gracias; ¿no es cierto?
—Mucho, sí... de acuerdo.
—Si esta noche pudiera usted decirse con verdad las palabras siguientes: «No he sabido granjearme el cariño, la estimación, la gratitud ni el respeto de nadie; en ningún corazón humano he conseguido despertar ecos de simpatía, nada he hecho bueno, nada que sea útil a mis semejantes, nada digno de ser recordado», sus setenta y ocho años de edad serían setenta y ocho mil años de remordimientos; ¿no es verdad?
—Tiene usted razón, Carton; creo que no me cansaría de maldecirlos.
Clavó nuevamente Carton su mirada en la lumbre, permaneció largo rato pensativo, y al fin, dijo:
—Otra pregunta desearía hacerle; cuando se acuerda usted de su niñez, ¿la encuentra demasiado distante? ¿Le parece que ha transcurrido mucho tiempo desde los días felices en que se sentaba sobre las rodillas de su dulce madre?
Lorry, con tono de voz inseguro por el efecto de la emoción que le embargaba, contestó:
—Hace veinte años, sí; hoy, no. Me ocurre lo que al que viaja siguiendo un círculo; comienza alejándose del punto de partida; pero a medida que llega al final, se acerca más y más al principio. Con frecuencia despiertan hoy en mi corazón recuerdos tiernos largos años dormidos, con frecuencia veo a mi santa madre, tan joven, tan hermosa... mi madre muy joven y yo muy viejo... con frecuencia me acuerdo de incidentes de la vida ocurridos cuando el mundo no era para mí tan real como es hoy, ni en mí habían echado raíces las faltas.
—Lo comprendo—exclamó Carton enrojeciendo vivamente.
—Y esos recuerdos, lejos de dejarle sabor amargo, le serán gratos, ¿verdad?
—En efecto; me producen una sensación de pesar dulce.
Carton ayudó a poner el sobretodo a su interlocutor.
—Usted, en cambio, es muy joven—repuso Lorry, volviendo al mismo tema.
—Sí... no soy viejo; pero mis caminos juveniles nunca fueron los que llevan a la vejez.
—¿Va usted a salir?—preguntó Lorry.
—Acompañaré a usted hasta la puerta de su casa. Ya conoce usted mi manera de ser inquieta y mis costumbres de vagabundo, así que, si me paso muchas horas rondando al azar por esas calles sin volver a casa, esté usted tranquilo, que yo reapareceré si no hoy, mañana. ¿Piensa asistir mañana a la vista de la causa?
—Con harto dolor de mi alma tendré que asistir.
—Allí estaré yo, pero entre el público. Mi espía me encontrará sitio... ¿Quiere usted aceptar mi brazo?
Cogidos del brazo bajaron la escalera y salieron a la calle. Minutos después llegaban frente a la casa del doctor Manette, donde se separaron. Lorry entró en la casa y Carton se alejó de ella pero por muy poco tiempo, pues breves instantes después, volvía a estacionarse junto a la puerta cerrada.
—Ellasale todos los días por aquí—se dijo Carton;—toma aquella dirección... ¡Cuántas veces habrá pisado esas piedras!... ¡Seguiré sus pasos!
Sonaban las diez de la noche en los relojes de la ciudad cuando Carton ponía fin a su paseo frente a los sombríos muros de la cárcel de La Force. Un aserrador de madera, después de cerrar su taller, fumaba tranquilo su pipa frente a su establecimiento.
—Buenas noches, ciudadano—dijo Carton, observando que el aserrador le dirigía miradas inquisitivas.
—Buenas noches, ciudadano.
—¿Qué tal anda la República?
—Supongo que te referirás a la Guillotina... No anda mal. Hoy sesenta y tres; no tardaremos en llegar a cien por día. Sansón y sus ayudantes se quejan de que el trabajo es excesivo, de que se les agotan las fuerzas... ¡Ja, ja, ja! ¡Qué gracioso es el buen Sansón! ¿Has visto en tu vida barbero más atareado?
—¿Le ves con frecuencia...?
—¿Afeitar? Todos los días... ¡Vaya un barbero! ¿Le has visto alguna vez en funciones?
—Nunca.
—Pues no dejes de ir a verle cuando tiene tarea por delante. Es una delicia verle trabajar... Figúrate tú, ciudadano; hoy, sesenta y tres en menos de dos horas... ¡En menos de dos horas, palabra de honor!
En tal extremo repugnó a Carton la fruición con que el aserrador explicaba lasfaenasdel verdugo, que le volvió la espalda para no estrangularle, como era su deseo más ferviente.
—Pero tú no eres inglés, aunque como inglés vistes, ¿verdad?—preguntó el aserrador.
—Inglés soy—contestó Carton, volviendo la cabeza.
—Pues hablas como un francés auténtico.
—Fuí estudiante aquí.
—¡Ah...! Casi francés, entonces. Buenas noches, inglés.
—Buenas noches, ciudadano.
—No dejes de ir a ver al amigo Sansón.
Alejóse Carton, pero no se había separado gran cosa del taller del aserrador, cuando se detuvo bajo un farol y escribió algunas palabras con lápiz en un pedazo de papel. Cruzando a continuación una porción de calles obscuras y sucias, con el paso decidido del que sabe perfectamente a donde va, hizo alto frente a una droguería, cuya puerta estaba cerrando en aquel momento el droguero.
Luego que dió las buenas noches al ciudadano droguero, cuyo aspecto nada tenía que envidiar, por lo sucio y repugnante, a la tienda, puso sobre el mostrador el pedazo de papel en que poco antes escribiera con lápiz.
—¡Demonio!—exclamó el droguero.—¡Ji, ji, ji! ¿Es para ti, ciudadano?
—Para mí.
—¿Tendrás cuidado de guardarlos por separado, ciudadano? ¿Sabes las consecuencias de la mezcla?
—Perfectamente.
El droguero preparó unos papeles, que Carton guardó en el bolsillo interior de su levita. Pagó su importe, y sin hablar más, salió a la calle.
—Por esta noche, nada tengo ya que hacer—murmuró, alzando la cabeza.—Mañana continuaremos... Me es imposible dormir.
No reflejaba indiferencia ni aturdimiento el tono con que pronunció Carton las palabras anteriores, ni había en ellas desesperación ni reto; vibraba en su acento la resolución del hombre que, después de largos años de viajar por caminos torcidos, sin rumbo ni dirección fijas, penetra al fin en uno cuyo término le es conocido.
Largos años antes, cuando descolló entre los jóvenes de talento, entre los estudiantes que prometían grandes cosas, acompañó a su padre al cementerio. Su madre había fallecido mucho antes. Pues bien; aquellas palabras solemnes que el sacerdote leyó sobre la tumba del que le dió el ser, palabras olvidadas entre los desórdenes de una vida licenciosa, surgieron potentes en su memoria mientras esta noche recorría las calles tristes y solitarias, bajo un cielo cubierto de negros nubarrones.
«Yo soy la resurrección y la Vida; aquel que cree en Mí, aun cuando haya muerto, vivirá; y el que vive y cree en Mí, no morirá jamás.»
No hubiera sido difícil encontrar la fuerza misteriosa que evocó aquellos recuerdos en el fondo de su alma, semejante a la cadena que arranca de las profundidades del limo el ancla enmohecida, clavada largo tiempo atrás, con sólo reparar en que paseaba solo y de noche, por las calles de una ciudad sujeta a la ley de la cuchilla, recordando con dolor las sesenta y tres cabezas que aquel día habían rodado, y pensando en los desdichados que morirían sobre el cadalso al día siguiente, y al otro y al otro. No intentó, empero, buscarla; limitóse a repetir una y otra vez las palabras que quedan copiadas, y prosiguió paseando.
Concentrando todo su interés en las ventanas iluminadas correspondientes a habitaciones donde había personas que se disponían a descansar, afanosas por olvidar durante las breves horas de calma de la noche los horrores que las rodeaban durante el día, en las torres de las iglesias, donde no se celebraban ya cultos divinos, pues la revulsión popular hizo objeto preferente de sus iras a los sacerdotes, a quienes acusó de impostores, de libertinos y de ladrones; en aquellos lugares sagrados, destinados, según las inscripciones colocadas sobre las puertas, al reposo eterno; en los calabozos, rebosantes de prisioneros, y en las calles, por las que las gentes corrían al encuentro de una muerte considerada ya, en fuerza de la costumbre, tan corriente y natural, que ni los mismos encargados de manejar la guillotina veían turbados sus sueños por apariciones espectrales; puesta, en suma, toda su atención en la vida de aquella ciudad que corría desbocada a la muerte, Sydney Carton cruzó el Sena buscando calles mejor iluminadas y más animadas.
Eran muy contados los coches que se veían, pues los que podían permitirse el lujo de tenerlos, sabedores de que usarlos era tanto como solicitar ser inscriptos en el Libro de los Sospechosos, preferían caminar a pie, luciendo sendos gorros colorados y calzados con zapatos de lo más ordinario. Llenos estaban, empero, los teatros, que comenzaban a vaciarse a la hora en que Carton paseaba por las calles céntricas, donde aquéllos estaban situados. Junto a la puerta de un teatro, por la cual salían compactas masas de gentes alegres que, canturreando, se dirigían a sus casas, vió Carton a una niña, de la mano de la madre, que buscaba un sitio que la permitiera atravesar la calle sin meterse hasta las rodillas en el fango. Carton tomó a la criaturita en sus brazos, la transportó a la acera opuesta, y antes que el tímido angelito soltara los brazos que rodeaban su cuello, la rogó que le diera un beso.
«Yo soy la resurrección y la vida; aquél que cree en Mí, aun cuando haya muerto, vivirá; y el que vive y cree en Mí, no morirá jamás.»
Ya más avanzada la noche, cuando la tranquilidad en las calles era completa y el silencio absoluto, parecíale que el rumor de sus propios pasos modulaba aquellas sentencias, que la brisa las traía envueltas entre sus sutiles susurros. Dueño de sí mismo, tranquilo, resuelto, la repetía con frecuencia con los labios; pero en sus oídos sonaban siempre.
Y continuó avanzando la noche mientras Carton, inclinado sobre el pretil del puente, escuchaba los besos rumorosos del río a los muros de la Isla de París, y contemplaba la pintoresca confusión de edificios envueltos en sombras grises, sobre las cuales se alzaba arrogante la cúpula de la catedral bañada por la luz blanquecina de la luna. Vino el día. La noche, con la luna y las estrellas, palidecieron y murieron, y durante algunos minutos, pareció que toda la creación caía bajo el cetro amarillento de la Muerte.
La corriente del río, rápida, impetuosa, profunda, parecióle amigo cariñoso. Echó a andar siguiendo sus márgenes y alejándose del bullicio de la ciudad. Durmióse en la orilla; cuando despertó, continuó paseando algunos minutos más, fijos sus ojos en un remolino que giraba vertiginoso, hasta que se lo tragó la corriente y lo arrastró al mar.
—¡Como yo!—murmuró Carton.
Cuando llegó a casa, Lorry había salido ya. Carton no preguntó adónde había ido, pues sin grandes esfuerzos de imaginación podía adivinarlo. Tomó una tacita de café, se lavó y arregló, y se fué sin pérdida de momento al Tribunal. Allí encontró a Lorry, allí encontró al doctor Manette, allí encontró aella, sentada junto a su padre.
Cuando compareció Carlos Darnay, dirigióle Lucía una mirada tan alentadora, tan llena de amor sin límites y de tierna compasión, que hizo afluir la sangre a las mejillas del reo, animó su mirada y alegró su corazón. Si alguien hubiera tenido puestos sus ojos sobre Sydney Carton, habría reparado que aquella mirada, aunque no dirigida a él, prodújole los mismos efectos que al prisionero.
Ante aquel tribunal injusto, que había principiado por desterrar el orden en los procedimientos, era perfectamente inútil que ningún acusado pretendiera hacerse oir; que no hubiese valido la pena traer la Revolución para no echar al propio tiempo a los cuatro vientos todas las leyes, reglamentos y ceremonias, para no abolir de una vez y para siempre el orden social del que tan monstruosamente había abusado el mundo para no negar a los acusados el derecho de justificarse.
El Jurado fué desde los primeros momentos el blanco de todas las miradas. Formábanlo los mismos patriotas resueltos, los mismos republicanos excelentes que lo formaban el día anterior, los mismos que lo formarían al día siguiente. Entre ellos, descollaba un hombre de cara repulsiva, un caníbal feroz en toda la extensión de la palabra, un individuo que bebía sangre, que se bañaba en sangre, que respiraba sangre. Era Santiago Tercero, aquel a quien conocimos en el barrio de San Antonio. Los demás semejaban jauría de perros anhelando destrozar la pieza.
Todos los ojos estaban fijos en los cinco jurados y en el acusador público, quien habló, poco más o menos, en los siguientes términos:
—Carlos Evrémonde, llamado también Darnay. Ayer se le puso en libertad, y ayer mismo fué acusado de nuevo y vuelto a prender. Anoche se le hizo saber la acusación fulminada contra él. Pesan sobre su cabeza los cargos de enemigo de la República, de aristócrata, de ser individuo de una familia de tiranos, miembro de una raza proscripta, que abusó de sus privilegios, hoy felizmente abolidos, oprimiendo de la manera más villana al pueblo. Carlos Evrémonde, llamado también Darnay, reo de los crímenes mencionados, es hombre muerto a los ojos de la Ley. Su cabeza pertenece de derecho al verdugo.
—¿La delación contra el acusado, es pública o secreta?—preguntó el presidente.
—¿Quién la hizo?
—Tres personas. Ernesto Defarge, tabernero de San Antonio.
—Muy bien.
—Teresa Defarge, mujer del mencionado.
—Perfectamente.
—Alejandro Manette, médico.
Este último nombre alzó en la sala una tempestad de gritos ensordecedores. En medio del tumulto, vióse que se levantaba el doctor, pálido como un cadáver y temblando como un azogado.
—Presidente—gritó,—protesto indignado contra la ruin mentira que acaba de pronunciarse aquí. Yo no he podido delatar al marido de mi hija, y el Tribunal sabe muy bien que el acusado es mi yerno. Mi hija, y las personas que la son queridas, valen para mí mil veces más que mi misma vida. ¿Dónde está el impostor que se atreve a afirmar que yo he denunciado al marido de mi hija? ¿Dónde el falso patriota que osa mentir con tanto descaro?
—Tranquilízate, ciudadano Manette. Faltar al respeto que debe merecerte la autoridad del Tribunal, sería tanto como salirte fuera de la Ley. Has dicho que hay algo que para ti vale mil veces más que tu vida; y yo no sé que para un buen patriota haya nada que valga tanto como la República.
Frenéticos aplausos premiaron la réplica del presidente. Este, luego que impuso silencio a fuerzade campanillazos, prosiguió con calor:
—Si la República te exigiera el sacrificio de tu misma hija, tu deber sería sacrificarla. Sigamos, y silencio.
El doctor Manette cayó desplomado en la silla. Sus labios temblaban, y sus ojos miraban despavoridos en derredor. El jurado de cara de caníbal se frotaba las manos con visible fruición.
Restablecido el silencio, presentóse Defarge, quien hizo una historia sucinta del cautiverio y libertad del doctor; manifestó que había sido su criado, y expuso el estado en que el cautivo se hallaba cuando se lo entregaron. Terminada la historia, el Tribunal le dirigió las preguntas siguientes:
—¿Prestaste buenos servicios en la toma de la Bastilla, ciudadano?
—Tal lo creo.
—¡Fuiste uno de los mejores patriotas!—gritó una mujer, arrebatada por el entusiasmo—¿Por qué no decirlo así? Aquel día fuiste artillero, te batiste con furia, y entraste el primero en la maldita fortaleza, luego que cayó en poder del pueblo. ¡Patriotas... creedme, porque digo la verdad!
La que acababa de hablar era La Venganza. Los aplausos de la concurrencia ensordecían. Agitó el Presidente la campanilla, pero La Venganza, enardecida por las turbas, aulló:
—¡No me da la gana callar! ¡Me río yo de la campana y de quien la toca!
Al fin calló, cuando se le agotaron las fuerzas.
—Da cuenta al Tribunal de lo que hiciste dentro de la Bastilla, ciudadano.
—Yo sabía—respondió Defarge, mirando a su mujer que desde poca distancia le estaba clavando con sus ojos—que el cautivo de quien hablo había estado sepultado en una celda que llamaban Ciento Cinco, Torre del Norte. El secreto me lo reveló él mismo, pues mientras permaneció en mi casa, haciendo zapatos, no supo que tuviera otro nombre que el Ciento Cinco, Torre del Norte. El día de la toma de la Bastilla, mientras hacía fuego con mi cañón, decidí reconocer la celda en cuestión, tan pronto como la fortaleza cayera en poder nuestro. Cayó; e inmediatamente subí al calabozo mencionado, juntamente con un compañero, que figura en el jurado, y un calabocero, que se encargó de guiarnos. La reconocí muy detenidamente, y en un agujero del muro, disimulado detrás de un sillar que había sido quitado y vuelto a colocar, encontré un papel escrito. El papel escrito es éste. He examinado varios escritos del doctor Manette, y la letra de este papel, es letra de puño del doctor Manette. Entrego este papel, escrito de puño y letra del doctor Manette, al Presidente.
—Que se lea.
El documento, leído en medio de un silencio sepulcral, mientras el reo miraba con amor a su mujer,y ésta miraba ora a él ora a su padre, y el doctor Manette no separaba los ojos del lector, y la señora Defarge clavaba los suyos con insistencia en el prisionero, y Defarge no separaba los suyos de su mujer, y todos los que llenaban la sala contemplaban al doctor que no veía a nadie, decía así: