V.EL ASERRADOR

V.EL ASERRADOR

Un año y tres meses. No disfrutó Lucía de un minuto de tranquilidad durante todo ese tiempo, pues jamás pudo hoy asegurar que la cabeza de su marido no rodaría al día siguiente. A todas horas rebotaban sobre el empedrado de las calles carretas de la Muerte llenas de condenados. Lindas muchachitas, señoras en el apogeo de su hermosura, cabezas de pelo negro, de pelo castaño, de pelo rubio, de pelo blanco; jóvenes robustos, pletóricos de vida, y ancianos encorvados bajo el peso de los años, caballeros y labriegos, damas y campesinas, todos proporcionaban vino rojo a la Guillotina, saliendo diariamente de las obscuras cuevas de sus inmundos calabozos y conducidos en procesión interminable por las calles para apagar la sed devoradora de aquélla. Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte... Más frutos has dado de Muerte que de Libertad, Igualdad ni Fraternidad, ¡oh Guillotina!

Si lo brusco e inesperado de sus calamidades y el rodar vertiginoso de las ruedas del tiempo hubieran aturdido a la hija del doctor, sumiéndola en ese estado de desesperación ociosa, seguramente la habría enviado a la tumba o al manicomio, como ha enviado con menos motivos a tantas otras, pero desde el instante en que estrechó contra su pecho juvenil aquella cabeza de cabellos de nieve en el sotabanco de la taberna del barrio de San Antonio, se había consagrado al cumplimiento estricto de sus deberes, y los cumplió con tanta abnegación en los días de prueba, como en los de calma y felicidad.

No bien se instalaron en su nueva residencia, y tan pronto como su padre entró de lleno en el ejercicio de su profesión, Lucía arregló su reducido hogar exactamente lo mismo que si a su lado hubiese tenido a su marido. El orden era perfecto en aquella casa. Lucita daba sus lecciones con la regularidad misma de su casa de Londres. Los inocentes artificios con que la desolada esposa pretendía engañarse a sí misma, infiltrando en su pecho la creencia de que muy pronto tendría la dicha de abrazar a su marido, los preparativos de marcha que todos los días hacía... juntamente con las plegarias solemnes que todas las noches dirigía al Cielo en favor de un prisionero especial, en favor de un desgraciado determinado de los muchos que gemían en las tétricas antesalas de la muerte, eran los consuelos únicos de su conturbada alma.

Su aspecto exterior varió muy poco. Su sencillo vestidito negro, muy semejante a los crespones de la viudez, así como el de su hija, negro como el suyo, reflejaban tanta limpieza y tanto esmero como reflejaron los que usó en sus días más felices. Perdió la frescura de su rostro, constantemente triste y decaído, pero en nada decayeron su hermosura y gentileza. A veces, por la noche, en el momento de besar a su padre, buscaba salida por sus ojos el llanto almacenado en su pecho durante las horas interminables del día, pudiendo decirse que aquél era su único consuelo en la tierra. El doctor contestaba invariablemente con decisión:

—Nada puede sucederle sin que yo lo sepa, y yo sé que puedo salvarle, hija mía.

No habían transcurrido muchas semanas, cuando una noche, al regresar a casa, la dijo su padre:

—Mira, querida; en lo más alto del edificio de la cárcel hay una ventana, hasta la cual puede llegar algunas veces Carlos a las tres de la tarde. Cuando lo consigue, lo que depende de circunstancias e incidentes ocasionales, y como consecuencia inciertos, cree que podría verte, si estuvieras en un sitio determinado de la calle que yo te indicaré. En cambio tú, pobre hija mía, no podrás verle a él, fuera de que, aun cuando pudieras, sería peligroso que hicieras la señal más insignificante de reconocimiento.

—¡Oh padre mío! Enséñame el sitio, y allí estaré yo todos los días.

A partir de aquella noche, Lucía, todos los días, fueran buenos o malos, de sol o de lluvia, de calor o de frío, pasó en el sitio que le indicó su padre dos horas. Allí estaba en el momento que los relojes de la ciudad dejaban oir las dos campanadas, y allí continuaba hasta las cuatro, hora en que se retiraba con santa resignación. Cuando el tiempo no estaba excesivamente malo, llevaba consigo a Lucita; en caso contrario, iba sola; pero no faltó ni un solo día.

El lugar de espera era un sitio obscuro y sucio de una calleja estrecha y tortuosa. No había en ella más que una casa habitada por un hombre que se dedicaba a aserrar leños para la lumbre; todo lo demás de la calle era muro correspondiente a edificios que tenían la entrada por otra paralela.

Al tercer día de acudir Lucía al sitio indicado por su padre, la vió el aserrador.

—Buenas tardes, ciudadana.

—Buenas tardes, ciudadano.

Era la salutación prescripta nada menos que por un decreto. Habíanla implantado algún tiempo antes los patriotas más exaltados, pero por la época a que nos referimos, era obligatoria para todo el mundo.

—¿Paseando por aquí, ciudadana?

—Ya lo estás viendo, ciudadano.

El aserrador, que en tiempos anteriores había sido peón caminero, alzó los ojos, extendió elbrazo en dirección a la cárcel, llevó ambas manos a la cara colocando los dedos en forma que representasen una reja, miró a través de los mismos, y soltó una risotada significativa.

—No es asunto mío—dijo,—y continuó aserrando.

Al día siguiente, parece que el aserrador estaba esperando a Lucía, pues se abocó con ella no bien hizo su aparición en la calleja.

—¿Otra vez de paseo por aquí, ciudadana?

—Sí, ciudadano.

—¡Ah! ¿Y con una niña? Tu mamá, ciudadanita, ¿no es verdad?

—¿Contesto que sí, mamá?—preguntó en voz baja la niña, acercándose a su madre.

—Sí, querida, sí.

—Sí, ciudadano—respondió Lucita.

—¡Ah! No es asunto mío. Lo único que me interesa es trabajar... Mira mi sierra, ciudadana... La llamo mi querida Guillotina... La, la, la, la, la... y cae una cabeza.

En efecto; mientras hablaba, cayó el trozo de leño, y el aserrador lo metió en un cesto.

—Yo me doy el nombre de Sansón el de la Guillotina del combustible. Manejo mi aparato, y cae una cabeza... Ahora cae una cabeza de mujer... ¿estás viendo, ciudadana? Llega el turno a la niña... ¡paf! ¡Adiós, cabecita! Concluí con toda la familia.

Repugnaba a Lucía ver aserrar los leños y no podía ver sin sentir un estremecimiento el acto de ponerlos en el cesto, pero le era imposible permanecer en aquel sitio durante las horas de trabajo del aserrador sin que éste la viese. En lo sucesivo, a fin de conquistarse sus simpatías, no sólo era ella la que se adelantaba a dirigirle la palabra, sino también le daba algunas monedas para beber, que él aceptaba sin hacerse de rogar.

Era el aserrador un sujeto sumamente curioso. Muchas veces, cuando Lucía, olvidada de su presencia permanecía largo rato con la vista fija en las rejas de la cárcel y el corazón puesto en su marido, al darse cuenta de su imprudencia, bajaba la vista y veía al aserrador que la miraba sonriente, puesta la rodilla sobre el banco y empuñando la sierra, pero sin trabajar. Cuando esto ocurría, por regla general decía «no es asunto mío,» y reanudaba el trabajo sin más comentarios.

En todo tiempo, lo mismo durante las nieves y hielos del invierno que aguantando los furiosos vendavales de la primavera, tanto bajo el sol abrasador de verano como bajo las torrenciales lluvias del otoño, ni un solo día dejó Lucía de pasar dos horas en aquel sitio, ni un solo día dejó de besar, al marcharse, los muros de la cárcel. Veíala su marido (lo sabía Lucía por conducto de su padre) una vez por cada cinco o seis que salía, dos o tres días consecutivos algunas veces, aunque también ocurría que se viese privado deesa dicha durante una semana entera. Lucía estaba satisfecha con que la viese cuantas veces tuviera oportunidad de llegar hasta la ventana, y a trueque de no defraudarle una sola, hubiese salido no un día, no una semana; años enteros.

Llegó el mes de diciembre. Su padre continuaba caminando entre espantosos horrores, siempre con paso firme, siempre con cabeza sólida. Una tarde fría y lluviosa, Lucía llegó al rinconcito de costumbre. Era un día de regocijo general. Había visto aquélla las casas engalanadas con profusión de gorros atravesados en pequeñas lanzas, y adornados con cintas tricolores y con la inscripción, también tricolor (las letras tricolores estaban en gran moda): «República Una e Indivisible. Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte.»

Tan mísero y reducido era el taller del aserrador, que toda su superficie resultaba casi insuficiente para la inscripción copiada. Coronaba la casa su correspondiente lanza provista de su indispensable gorro colorado, cual cuadraba a todo ciudadano que por bueno se tuviera, y en una ventana había colocado su sierra, bajo la cual se leía la inscripción siguiente: «La Santa Guillotina.» El taller estaba cerrado, el aserrador se encontraba ausente, y Lucía pudo saborear el placer de verse completamente sola.

No estaba, empero, muy lejos el aserrador. Duraba la espera de Lucía contados minutos, cuando sonaron en la calle recios gritos que la llenaron de terror. Segundos después, doblaban la esquina de la cárcel compactas muchedumbres, en cuyo centro iba el aserrador dando la mano a La Venganza. No bajarían las personas de quinientas, y bailaban como pudieran hacerlo quinientos mil demonios. Ni llevaban tampoco música, que para sus endiabladas danzas bastábales el ronco y discordante gritar de sus gargantas. Cantaban el himno popular a la Revolución, y se acompañaban con feroz entrechocar de dientes. Bailaban una danza feroz, que no describiremos, pues a nuestro propósito basta decir que el salvajismo reinante había convertido una distracción inocente en medio eficaz de encender la sangre, embotar los sentidos y endurecer el corazón.

Era la Carmañola. Lucía, horrorizada, yerta de espanto, habíase refugiado en el hueco de la puerta del aserrador, cubriéndose el rostro con las manos.

—¡Oh padre mío!—exclamó al separar las manos, y encontrarse inopinadamente frente al doctor.—¡Qué espectáculo tan cruel, tan repugnante!

—Lo sé, queridita mía, lo sé. Lo he presenciado muchas veces. No te asustes, que nadie ha de hacerte el menor daño.

—No me asusto por mí, padre mío; pero cuando pienso en mimarido y en los arrebatos de esas gentes...

—Pronto le pondremos a cubierto de sus arrebatos. Le he dejado subiendo a la ventana y he venido a decírtelo. Como hoy nadie queda por aquí que pueda verte, no importa que envíes un beso con la mano a lo más alto del tejado, al mismo alero.

—Lo enviaré, padre mío, y con el beso enviaré mi alma entera.

—No puedes verle, pobre hija mía; ¿verdad?

—No, padre mío, no puedo—contestó Lucía llorando.

Sonaron algunos pasos y apareció la señora Defarge.

—Salud, ciudadana—dijo el doctor.

—Salud, ciudadano—contestó la tabernera, continuando la marcha sin detenerse.

—Dame el brazo, querida mía. Sal de aquí, pero fingiendo alegría, aunque ya sé que no puedes sentirla... Así, muy bien. Mañana comparecerá Carlos ante sus jueces.

—¡Mañana!

—No se puede perder tiempo. Todo lo tengo admirablemente dispuesto, pero hay necesidad de adoptar precauciones que es imposible ultimar hasta el momento mismo en que Carlos se presente ante el Tribunal. No ha recibido aún la citación, pero me consta que le citarán para mañana y que será trasladado a la Conserjería. Como ves, recibo las noticias con oportunidad. Supongo que no te asustarás, ¿eh?

A duras penas pudo balbucear la infeliz.

—Confío en ti.

—Puedes confiar, en la seguridad de no salir defraudada. Tus agonías tocan a su fin, amor mío. Dentro de breves horas le tendrás en tus brazos. Le he rodeado de todas las protecciones imaginables. Necesito ver a Lorry...

Interrumpióse el doctor. En la calle inmediata sonaba pesado ruido de carros. Una... dos... tres... Tres carretas cargadas de condenados conducidos al suplicio.

—Necesito ver a Lorry—repitió el doctor, volviendo la cabeza al lado contrario para no ver el fúnebre convoy.

El buen Lorry continuaba inmóvil en el edificio del Banco. Tanto él como los libros eran objeto de frecuentes requisas en calidad de bienes confiscados y convertidos en nacionales, lo que no fué óbice para que salvase cuanto le fué posible, a fuerza de entereza y de abnegación.

Estaba obscureciendo cuando el padre y la hija llegaron al Banco. La suntuosa residencia del señor continuaba desierta. Sobre la verja del jardín había una inscripción que decía así: «Propiedad Nacional. República Una e Indivisible. Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte.»

¿Qué era del señor Lorry, que no se encontraba en su despacho? ¿A quién acababa de despedircuando salió, agitado y sorprendido, para estrechar entre sus brazos a su idolatrada amiguita? ¿A quién repitió las palabras que con balbuciente voz acababan de dirigirle a él, diciendo desde la puerta que estaba traspasando: «Trasladado a la Conserjería y citado para mañana?»


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