VI.CENTENARES DE VISITAS

VI.CENTENARES DE VISITAS

Residía el doctor Manette en una de las calles más tranquilas de la ciudad, no lejos de la plaza de Soho. Una tarde deliciosa de un domingo, cuando las olas eternas de cuatro meses habían pasado sobre la causa criminal por traición relegándola al olvido y arrastrándola mar adentro a regiones hasta las cuales no llegaba el interés ni la memoria públicos, el señor Mauricio Lorry avanzaba a buen paso por las soleadas calles interpuestas entre Clerkenwell, donde vivía, y la casa del doctor, a cuya mesa debía sentarse aquella tarde. Bueno será que sepan los lectores que Lorry, después de varios períodos de retraimiento absoluto y de absorción completa en los negocios, había concluído por hacerse amigo íntimo del doctor y por ver en la calle tranquila en que éste vivía el oasis más delicioso de su vida.

Tres motivos principalísimos empujaban al señor Lorry, en este delicioso domingo, en dirección a la plaza de Soho, en las primeras horas de la tarde. Primera: porque antes de comer, casi siempre solía salir a paseo acompañando al doctor y a su hija Lucía. Segunda, porque los domingos por la tarde si ésta estaba poco apacible, la pasaba al lado de aquéllos, como amigo de la familia, hablando, leyendo, mirando por la ventana y moviéndose constantemente, y tercera, porque deseaba solventar algunas dudas enrevesadas, y sabía que en ninguna parte era tan probable que encontrase la solución como en la casa del doctor.

No había en todo Londres rinconcito más pintoresco que aquel en que vivía el doctor. Aislado de las grandes arterias de la ciudad, apenas si había tránsito, y desde los balcones del frente de la casa se dominaban vistas hermosas que llevaban estampado el sello del reposo. Los edificios eran muy escasos, y más aún hacia el norte del camino de Oxford, en cuyos dilatados campos, hoy desaparecidos, se alzaban deliciosos bosquecillos, crecían espontáneamente flores de vistosos colores que saturaban el ambiente de fragantes emanaciones y brotaban lindos capullos de los espinos blancos y de los oxiacantos. Como consecuencia, los aires circulaban con libertad completa por los alrededores de Soho, cuyos habitantes no se veían precisados a respirar la atmósfera mefítica y venenosa de los grandes centros donde se asfixian los pobres y languidecen los ricos. Cerca de los balcones del doctor había más de un peral, cuyos frutos llegaban a sazón en tiempo oportuno.

Los rayos del sol de verano penetraban radiantes en aquel delicioso retiro en las primeras horas del día, pero cuando quemaban, cuando convertían en ardiente horno los demás distritos de la ciudad, el rinconcito quedaba envuelto en sombras, bien que éstas no eran tan profundas que no las penetrasen los fulgores brillantes de un sol lejano. Era, en una palabra, un sitio fresco, sosegado y tranquilo, pero placentero, un puerto abrigado contra el estruendo y la agitación bramadora de las calles.

Un fondeadero tan ideal no se concebía sin una barca tranquila, y en efecto, la tenía. Ocupaba el doctor dos pisos de una casa bastante espaciosa, en cuyas puertas llamaban durante la noche muchos que solicitaban servicios que debían prestarse al día siguiente. A espaldas de la casa, y separado de ésta por un patio en cuyo centro crecía un plátano silvestre, había un edificio en el cual se fabricaban órganos de iglesia y cincelaba la plata y batía el oro un gigante misterioso cuyo potente brazo parecía brotar de la pared lanzando áureos destellos, cual si también el brazo fuera de oro y amenazara convertir en oro a cuantos visitaban aquel lugar. Apenas si estas industrias dejaban oir el menor ruido, muy contadas veces se veía llegar un visitante solitario y más contadas todavía las que un coche cruzara aquellos sitios apacibles. Cierto que de tarde en tarde se veía a algún obrero que atravesaba el patio poniéndose la chaqueta, o a un desconocido a quien atraía la curiosidad, o hería los oídos el eco lejano de algún martillazo del gigante de oro, pero eran éstas las únicas excepciones, siempre necesarias para probar la regla de que aquél era el rincón de los ecos, el centro del reposo y del silencio, que sólo interrumpían el piar de los gorriones que tenían su cuartel general en la copa del plátano silvestre.

Recibía el doctor Manette en su casa a los enfermos que le traía su antigua reputación unida a las brisas flotantes de la historia dolorosa de su vida. Sus conocimientos científicos, su práctica en el difícil ejercicio de su profesión y los experimentos ingeniosos a que se entregaba, diéronle una clientela muy envidiable y ganaba con creces lo necesario para cubrir las atenciones de la vida.

Todo esto lo sabía perfectamente el buen Mauricio Lorry cuando tiró de la cadena pendiente a lo largo de la puerta, y puso en movimiento a los moradores de la tranquila casa emplazada en el delicioso rinconcito que acabo de describir, un domingo por la tarde.

—¿Está en casa el señor doctor?

—No, señor.

—¿Y la señorita Lucía?

—Tampoco.

—¿Y la señorita Pross?

Probablemente esta última se encontraba en casa, pero como lacriada que abrió la puerta ignoraba cuáles fueran sus intenciones respecto a admitir o negar el hecho, contestó que tampoco.

—De todas suertes subo—replicó Lorry,—porque me considero aquí como en mi casa.

Aunque nada aprendió la hija del doctor en su patria de origen, es lo cierto que ésta la inició en aquella habilidad rara que consiste en hacer mucho con medios escasos, lo que constituía una de sus características más preciosas y agradables. Modesto y sencillo era el mobiliario de las habitaciones de la casa, y esto no obstante, algunas chucherías, que no tenían más valor real que el gusto exquisito con que estaban colocadas, daban a aquéllas un efecto delicioso. La disposición de cuanto en la casa había, comenzando por el mueble más grande y acabando por el objeto más insignificante, la combinación de colores, y el contraste obtenido merced a nonadas por manos delicadas, ojos de mirada clara y sentidos de gusto irreprochable, ofrecían un conjunto tan agradable en sí y retrataban tan gráficamente a su autora, que no parecía sino que con mudo pero elocuente lenguaje preguntaban al señor Lorry, mientras extasiado los contemplaba, si merecían su aprobación.

Tres habitaciones principales tenía el piso, cuyas puertas de comunicación estaban todas abiertas, a fin de que los aires circularan como dueños y señores por ellas. Lorry pasaba sonriente y complacido de una a otra. En la primera, que era la mejor, tenía Lucía sus pájaros, sus libros, una mesa escritorio y un costurero, así como también una caja de colores; la segunda era el salón de consultas del doctor, el que a la vez servía de comedor, y la tercera, cerca de cuyos balcones susurraban las hojas del plátano silvestre que en el patio crecía, era el dormitorio del doctor, en uno de cuyos rincones vió Lorry la banqueta y las herramientas de zapatero, tal como en otro tiempo estuvieron en el sotabanco de la taberna del barrio de San Antonio de París.

—Me sorprende—murmuró con voz clara e inteligible Lorry—que conserve estos objetos que por necesidad han de recordarle sus sufrimientos y miserias.

—¿Y por qué ha de sorprenderle?—preguntó de pronto una voz brusca que le obligó a volverse vivamente.

La voz tenía su origen en la garganta de la señorita Pross, que era la misma mujer de cara colorada y mano fuerte y pesada con la cual trabó Lorry conocimiento en elHotel del Rey Jorgeen Dover.

—Se me figuraba...—comenzó a decir Lorry.

—Se le figuraba... ¿qué?—replicó la señorita Pross.—¡Alguna sandez sin duda!

Lorry no contestó.

—¿Cómo está usted?—preguntó entonces la dama con voz dura,bien que sin malicia ni ánimo de ofender.

—Muy bien, gracias... ¿y usted?

—Descontenta a más no poder.

—¿Será posible?

—¡Y tan posible! Me saca de mis casillas lo que ocurre con la señorita Lucía.

—¿Será posible?

—¡Pero hombre de Dios! ¿No ha aprendido más que esas dos palabras que me coloca a cada paso? ¡Será posible!... ¡Un poco de variación, si no quiere acabar de desesperarme!

—¿De veras?—preguntó Lorry, enmendándose.

—No es la frase muy feliz que digamos, pero, en fin, vale más que su sempiterno «será posible». Pues sí, señor; lo que ocurre con la señorita me saca de quicio.

—¿Será indiscreción preguntar la causa?

—Me ataca los nervios que vengan a verla docenas de personas que no son dignas de ella.

—¿Docenas?—preguntó Lorry admirado.

—Centenares—replicó la señorita Pross, una de cuyas características, que suele ser la de muchas personas, era exagerar la afirmación original, si observaba que alguien la ponía en tela de juicio.

—¡Santo Dios!—exclamó Lorry, a quien no se le ocurrió otra contestación más apropiada.

—Desde que la señorita tenía diez años, he vivido con ella... o ella ha vivido conmigo, y me ha pagado, lo que nunca hubiese consentido, téngalo usted por seguro, si yo hubiera encontrado el secreto de cuidar de mí y de ella por nada. ¡Oh! ¡Es verdaderamente doloroso!

Lorry, no viendo con claridad qué podía ser lo doloroso, limitóse a mover la cabeza, utilizando aquella parte de su persona como capa la más indicada para taparlo todo.

—A todas horas rondan en torno suyo infinidad de personas que no son dignas de mi tesoro, señor Lorry. ¡No, no lo son, ni mucho menos! Cuando usted dió principio al desfile...

—¿Yo le di principio, señorita Pross?

—¡Claro que sí! ¿Quién sacó a su padre de la tumba?

—Si eso fué darle principio...

—Supongo que no pretenderá usted decir que eso fué darle fin... Repito que cuando dió principio al desfile, resultaba ya éste bastante desagradable. Y cuenta que no es mi intención decir que tenga la culpa el doctor Manette, en quien no veo más falta que la de no ser digno de tener una hija como la que tiene, y ésa no le es imputable, toda vez que en el mundo no existe persona que sea digno de serlo. Al padre quizá habría yo podido perdonarle, pero confiese usted que es horriblemente doloroso ver a todas horas turbas y enjambres de personas que se mueven al rededor del padre y me roban el afecto de la hija.

Sabía Lorry que la señoritaPross era la encarnación de los celos, pero constábale al propio tiempo que, prescindiendo de sus extravagancias, figuraba a la cabeza de esos seres puros de todo egoísmo que, cediendo a motivos de cariño y de admiración, tienden voluntariamente el cuello a la cadena de la esclavitud, dispuestos a sacrificarse en aras de una juventud que ellos han perdido, de una hermosura que nunca atesoraron, de dones y perfecciones que jamás tuvieron la fortuna de alcanzar, y de esperanzas halagüeñas que nunca derramaron un punto de luz sobre sus sombrías vidas. Tenía Lorry conocimiento bastante perfecto del mundo para saber que nada puede compararse a los servicios fieles y abnegados que tienen su asiento en el corazón, y como consecuencia, los de la señorita Pross le merecían un respeto tan exaltado, que en las clasificaciones distributivas que mentalmente hacía, pues nadie deja de hacerlas, en mayor o menor número, colocaba a la colorada y expeditiva dama mucho más inmediata al último peldaño de los ángeles que a no pocas señoras inconmensurablemente mejor dotadas que aquélla, tanto por la Naturaleza, como por el Arte, y dueñas, por añadidura, de capitales depositados en las cajas del Banco Tellson.

—No ha existido, ni existirá más que un hombre digno de la señorita—dijo la señorita Pross.—Ese hombre fué mi hermano Salomón... si no hubiera tenido un pequeño desliz en la vida.

Una observación: las investigaciones practicadas por Lorry acerca de la historia personal de la señorita Pross, habían dado por resultado la averiguación y comprobación del hecho de que su hermano Salomón fué un miserable desalmado que la robó cuanto poseía, so pretexto de especular y comerciar, dejándola luego abandonada en su miseria, sin pizca de remordimiento. La buena opinión que de su hermano tenía la señorita Pross, no obstante supequeño desliz, era para el señor Lorry motivo de admiración profunda y contribuía a acrecentar en grado superlativo el respeto que a aquella profesaba.

—Puesto que nos encontramos solos en este momento, y los dos somos personas de negocios—dijo Lorry cuando, momentos después se habían sentado ambos en el salón,—me permitiré hacer a usted una pregunta: En las conversaciones que el doctor tiene con su hija, ¿hace alguna vez referencia a los tiempos en que cosía zapatos?

—Nunca.

—Y sin embargo, guarda en su alcoba la banqueta y las herramientas del oficio.

—He dicho que nunca habla de ello con su hija—replicó la señorita Pross,—pero me guardaré muy mucho de asegurar que no habla consigo mismo.

—¿Cree usted que piensa en ello con frecuencia?

—Sí.

—¿Imagina usted?...

—¡Yo no imagino nunca!—exclamó la señorita Pross interrumpiendo a su interlocutor.—No tengo imaginación, ni me hace falta.

—Me corregiré... ¿Supone usted... llega hasta el punto de suponer algunas veces?

—De vez en cuando, sí.

—Pues bien, ¿supone usted que el doctor Manette abriga alguna sospecha... o certeza, que ha sobrevivido a sus miserias pasadas, acerca de la causa, de los motivos de su infortunio? ¿Supone usted tal vez, que hasta sospecha o conoce quien fué su opresor?

—Yo no supongo nada más que aquello que me dice la señorita.

—Y la señorita dice...

—Que cree que su padre sospecha o sabe.

—No se enfade usted si le hago estas preguntas. Yo soy un hombre de negocios, bastante obtuso, y usted es una mujer de negocios.

—¿Obtusa?—interrogó la señorita Pross.

—¡No, no, no!—contestó Lorry.—¡No tiene usted nada de obtusa! Pero volviendo al asunto, me permitiré preguntar: ¿no es singular, incomprensible, que el doctor Manette, inocente de todo crimen, según nos consta a todos, evite siempre con tanto cuidado tocar esa cuestión? Y no es que yo me admire de que no la toque conmigo, aunque hace años sostuvimos relaciones frecuentes de negocios y hoy nos liga amistad estrecha, pero sí me maravilla que no hable de ello con su hija, que tanto le quiere y a quien él adora... Créame, señorita Pross, no es la curiosidad la que dicta mis palabras, sino el afecto vivo que por los habitantes de esta casa siento.

—Pues bien, según yo creo... y cuando creo una cosa suelo aproximarme a la realidad, guarda ese silencio que tanto maravilla a usted porque le da miedo hablar del asunto.

—¿Miedo?

—Está claro como la luz, y además encuentro muy justificado el miedo. Son recuerdos espantosos, no sólo por lo que sufrió, sino también porque en sus sufrimientos naufragó su inteligencia. Como quiera que ignora cómo y cuándo la perdió, y cómo y cuándo la recobró, natural es que tema perderla otra vez. Como usted comprenderá, esta sola consideración bastaría para que le fuera poco grato hablar del asunto.

—Es verdad—contestó Lorry, a quien satisfizo la profunda observación de su interlocutora.—Por necesidad ha de inspirarle miedo hablar de su calvario... Con todo, señorita Pross, dudo mucho que a su tranquilidad de alma convenga guardar en el fondo de su pecho recuerdos tan espantosos, y estas dudas, y la intranquilidad que con frecuencia me producen, han sido precisamente lasque me han movido a provocar estas confianzas.

—El mal, si realmente es mal, no tiene remedio—contestó la señorita Pross moviendo la cabeza.—Toque usted esa cuerda, y los resultados serán contraproducentes; así que, preferible es callar. ¡Cuántas veces, a altas horas de la noche, salta de la cama, y comienza a pasear agitado, arriba y abajo, arriba y abajo, por su habitación! La señorita sabe ya hoy que cuando eso ocurre, la imaginación de su padre pasea arriba y abajo, arriba y abajo, por la mazmorra que durante tantos años le sirvió de tumba. Corre entonces al cuarto de su padre y, puesta a su lado, pasea con él arriba y abajo, arriba y abajo, hasta que se convence de que se ha tranquilizado. Pero jamás explica el doctor la causa de su desasosiego y jamás se lo pregunta su hija. Los dos juntos pasean arriba y abajo, arriba y abajo, sin despegar los labios, hasta que la proximidad de su hija, y el amor ciego que la profesa, hacen que el doctor vuelva en sí.

Había negado la señorita Pross que tenía imaginación, pero daba un mentís a su afirmación la evidencia de que la perseguía una idea triste, evidencia puesta de relieve por la repetición de la frase «arriba y abajo», pues no cabía dudar que se trataba de una idea fija.

La casa del doctor parecía la casa de los ecos. A la mención de los agitados paseos nocturnos del doctor, contestó el ruido de pasos que se acercaban, y a éstos, la terminación de la conferencia.

—¡Ya están aquí!—exclamó la señorita Pross, poniéndose vivamente en pie.—No tardarán en llegar a esta casa las gentes por cientos.

Tan maravillosas condiciones acústicas reunía aquella casa, que con toda propiedad se la hubiera podido llamar el oído del distrito. Lorry, que asomado a la ventana oía perfectamente el rumor de los pasos del padre y de la hija, creyó que no iban a llegar nunca. No sólo llegaban hasta él los ecos de los pasos de los que se aproximaban, sino también otros muchos que se extinguían cuando más cerca parecían estar. Al fin apareció el doctor dando el brazo a su hija, a los que recibió en la puerta de la casa la señorita Pross.

Era encantador ver a la señorita Pross, no obstante su fealdad, su encendido color rojo y su expresión ceñuda, apresurándose a quitar el sombrero a su señorita mientras ésta subía la escalera; cómo, para no mancharlo, se envolvía los dedos con el pañuelo de bolsillo, cómo intentaba quitarle el polvo soplando sobre él, cómo ahuecaba su espléndida cabellera rubia con tanto orgullo y satisfacción como hubiera podido hacerlo con la suya propia, suponiendo que ella hubiera sido la mujer más hermosa y más vana de la creación. Era también encantador ver a la señorita abrazando a su doncella, dándole las gracias y protestando contra tanta atención y tanto trabajo, bien que protestando con la risa en los labios, pues de no hacerlo así, la señorita Pross, profundamente dolorida, se hubiese retirado a su cuarto para pasarse en él el día llorando. No era menos encantador ver al doctor contemplándolas con arrobamiento y oir cómo decía a la señorita Pross que echaba a perder a Lucía a fuerza de atenciones y cuidados, pero con acento tan dulce y mirada tan tierna, que bastaban, y aun sobraban, para echar también a perder a la señorita Pross y a cien más como ella, y finalmente, era asimismo encantador ver al señor Lorry arreglándose su peluquín y dando mentalmente gracias a su estrella que, si le hizo solterón empedernido, dejóle entrever, en los años de su vejez, las puras alegrías de un hogar. Todo era encantador, pero los cientos de personas que debían girar en torno de Lucía no parecían por ninguna parte, y en vano esperaba el buen Lorry el cumplimiento de la profecía de la señorita Pross.

Llegó la hora de sentarse a la mesa, pero no llegaban loscientos.

En la distribución de las faenas domésticas, la señorita Pross se había reservado el cetro de las regiones más bajas de la casa, y es preciso confesar que lo manejaba a maravilla. Imposible llevar a mayor grado de perfección sus comidas, modestas en sí, pero admirablemente guisadas y más admirablemente servidas, con arreglo a un gusto mitad francés y mitad inglés. Como quiera que la adhesión de la señorita Pross era eminentemente práctica, había registrado hasta los últimos rincones de Soho y de los territorios adyacentes en busca de franceses pobres que, tentados por el alegre tintineo de los chelines y de las medias coronas, la revelaron todos los misterios del arte culinario. Tantos y tan maravillosos conocimientos aprendió de aquellos hijos e hijas de la Galia, que la mujer y la muchacha que formaban la servidumbre de la casa veían en ella una hechicera, una abuela de la Cinderella capaz de tomar en sus manos un pollo, un conejo, o un par de patatas, y convertirlas en el manjar que se le ocurriese.

Sentábase los domingos la señorita Pross a la mesa de la familia del doctor, pero en los días restantes de la semana solía comer a horas desconocidas, bien en las regiones bajas, bien en su habitación, situada en el piso segundo, vedada a todo el mundo, excepción hecha de la señorita Lucía. En la comida del domingo a que se contrae este relato, la señorita Pross, correspondiendo a la alegría que reflejaba el rostro de la hija del doctor, y deseando agradarle, se abandonó a una animación inusitada, ycomo consecuencia, el rato que los comensales pasaron en la mesa resultó agradabilísimo.

Era un día de calor sofocante, en vista de lo cual, a los postres, propuso la señorita Lucía ir a beber el vino bajo el plátano silvestre del patio, donde podrían disfrutar de un ambiente más agradable. Como todo el mundo ansiaba dar gusto a la mimada de la casa, al patio salieron inmediatamente y tomaron asiento bajo el plátano, donde Lucía, que desde algún tiempo antes se había asignado a si misma el cargo de copero del señor Lorry, escanció el vino. Remates de casas próximas parecían asomar las cabezas sobre las cercas del patio mientras los reunidos hablaban, y las hojas del plátano susurraban en sus oídos las palabras rumorosas propias de sus barnizadas lenguas.

La comida había terminado, pero los cientos de visitantes no se presentaban. Cuando los comensales estaban sentados bajo el plátano llegó el joven Darnay, pero no era más queuno.

Dispensóle el doctor Manette un recibimiento cordial y otro tanto hizo su hija. La señorita Pross, acometida de súbito de una sensación de cosquilleo en la cabeza y resto del cuerpo, retiróse al interior de la casa. Parece que frecuentemente era víctima de aquel desorden, que ella, en el seno de la familia, solía llamar «un ataque de nervios».

Estaba el doctor de excelente buen humor y parecía muy joven. Sentado al lado de su hija, cuya cabeza aparecía reclinada sobre su hombro, resaltaba tanto la viva semejanza que entre ambos existía, que hasta el más miope había de observarla.

La conversación versó sobre muchos y muy variados temas, habiendo sido el doctor de los que mayor vivacidad y animación mostraron. En ocasión en que estaban hablando de los edificios más notables de Londres, preguntóle Darnay:

—Dígame, doctor, ¿ha visitado usted la Torre?

—Con Lucía la visité en una ocasión, pero de corrido, sin detenernos—contestó el doctor.—Vimos lo bastante para apreciar que efectivamente es digna de interés, pero nada más.

—Yo he estado en ella, según recuerda usted—repuso Darnay con sonrisa un poquito forzada,—pero no como turista ni en condiciones de ver gran cosa de ella. Una historieta me refirieron durante mi estancia que llamó poderosamente mi atención.

—¿Por qué no nos la cuenta usted?—preguntó Lucía.

—Con mucho gusto. Parece que, en el curso de unas obras que hubieron de hacer, los operarios encontraron una mazmorra antiquísima, utilizada en fecha remota y olvidada desde muchos años antes. Todos los sillares del interior estaban llenos de inscripciones grabadas en la piedra por losprisioneros. Las inscripciones eran fechas, nombres, quejas, maldiciones, plegarias, etc. En el sillar de un ángulo del muro, un reo, condenado a muerte, según todas las probabilidades, esculpió a última hora cuatro letras. Debió emplear una herramienta poco a propósito, e hizo la obra aceleradamente y con pulso poco firme. Examinadas las letras, todos creyeron, al principio, que eran G. A. V. A., pero una observación más detenida puso de relieve que la letra primera no era G, sino C. No figuraba en los archivos ningún prisionero a cuyo nombre y apellidos correspondieran aquellas iniciales. A fuerza de meditar y dar vueltas al asunto, vínose en conocimiento de que las letras en cuestión no eran iniciales, sino un nombre completo:Cava. Practicáronse algunas excavaciones, que dieron por resultado el hallazgo, debajo de una losa o azulejo, de algunos fragmentos de papel, mezclados con pedazos de una cajita o pequeño saco de cuero. Nadie ha podido averiguar qué fué lo que el condenado a muerte escribió en el papel, aunque sí pudo apreciarse que estaba escrito. Sin duda lo enterró para que no lo encontrara el alcaide.

—¡Padre mío!—exclamó Lucía.—¿Se encuentra usted enfermo?

Motivó esta pregunta el hecho de que el doctor se pusiera violentamente en pie y llevara las manos a la cabeza. Su rostro reflejaba horrible espanto.

—No, hija mía, no estoy enfermo—contestó el doctor.—Comienza a llover... caen gotas muy anchas y me he asustado irreflexivamente. Creo que debemos ponernos a cubierto.

Habíase repuesto casi instantáneamente. Era cierto que las nubes enviaban algunas gotas anchas de agua, de las cuales mostró una el doctor en el dorso de la mano. Ni una palabra dijo acerca de la historia que Darnay estaba refiriendo, y cuando entraron en la casa, el ojo experto de Lorry descubrió, o creyó descubrir, en la mirada del doctor, al fijarla en Darnay, la misma mirada extraña que había observado mientras salían de la Sala del Tribunal a raíz de haber sido declarado inocente el segundo.

La expresión de aquella mirada se borró con tal rapidez, que Lorry llegó a sospechar si le habría engañado su ojo experto. El gigante del brazo de oro no hubiera dicho con más serenidad que el doctor que todavía no se había abroquelado contra sorpresas pequeñas, y que la gota de agua, al caer sobre el dorso de su mano, le había asustado.

Preparó la señorita Pross el te, lo sirvió, resistió otro «ataque de nervios», y loscientosde visitantes continuaban sin dar señales de presencia. Llegó el señor Carton, pero entre éste y Darnay no sumaban más quedos.

Tan calurosa era la noche, que no obstante haber tenido la precaución de dejar abiertas puertas y ventanas, no bien tomaron el te, todos se dirigieron a un balcón, en busca de aire fresco que respirar. Sentóse Lucía al lado de su padre, Darnay junto a Lucía, y Carton apoyó sus espaldas contra el antepecho. Las cortinas del balcón eran blancas, y cuando alguna racha de viento las agitaba alzándolas hasta el techo, más que cortinas parecían alas espectrales.

—Todavía caen gotas anchas, escasas y pesadas—dijo el doctor.—Se acerca con mucha lentitud.

—Pero con mucha seguridad—replicó Carton.

Huían presurosas las gentes de las calles ansiando ponerse bajo techado antes que estallara la tormenta. El ruido de sus pasos llegaba al maravilloso rinconcito de los ecos, pero sin que nadie viera a los que caminaban.

—Muchas personas moviéndose, y sin embargo, la soledad más absoluta—observó Darnay, tras unos momentos de atención.

—¿Verdad que impresiona, señor Darnay?—preguntó Lucía.—Muchas noches me siento en este mismo sitio, y mi fantasía... pero hasta la loca de la casa se empeña en asustarme esta noche... tan lóbrega... tan solemne...

—Nos asustaremos todos—dijo Darnay, chanceándose.—Veremos a qué sabe el susto.

—A usted no le sabrá a nada. Esas extravagancias solamente impresionan a aquellos cuya fantasía las forja, según creo: no son contagiosas. Repito que muchas noches me he sentado en este mismo sitio, sola, atento el oído, y mi fantasía ha dado forma tangible a los ecos, y ha visto en ellos a las personas que se han relacionado o han de relacionarse en breve con mi vida.

—Llega el día en que son muchas las personas que establecen relaciones estrechas con nuestras vidas—observó Carton.

El rumor de pasos era incesante, y las carreras de las gentes que huían, más precipitadas. Parecía que sonaban pasos debajo del balcón, en la habitación misma, unos iban, otros venían, estos se alejaban y aquellos se aproximaban, y, sin embargo, la vista no descubría alma viviente.

—¿Se reserva para usted sola todo el ruido de pasos que llega a nuestros oídos, señorita Manette, o prefiere que nos los distribuyamos entre todos?—preguntó con entonación humorística Darnay.

—No sé qué contestar a usted, señor Darnay. Principié por decir que era una extravagancia, una tontería mía, pero la culpa de que yo la dijera fué de usted, que me preguntó. Cuando esa idea ha producido impresión en mí, siempre me he encontrado sola, y quizá esta circunstancia haya engendrado en mí la creencia de que los ecos repetían el rumor de pasos de las personas que han de ejercer influencia en mi vida o en la de mi padre.

—Las reclamo para que la ejerzan en la mía—replicó Carton.—Vengan sobre mí, sin explicaciones, sin condiciones. En este instante están prontas a caer sobre nosotros ingentes muchedumbres... Las estoy viendo a la luz... cárdena del relámpago—terminó diciendo, en el momento que surcaba los aires gigantesca culebra de fuego.

Sonó un trueno horrísono, y Carton repuso:

—Y ahora las oigo... ¡Vean ustedes cómo se acercan, rápidas... furiosas... bramadoras!

La voz tremenda de los elementos desencadenados obligó a Carton a poner fin a sus extravagancias, sencillamente porque nadie podía oirlas. La tempestad fué horrorosa. El agua caía a torrentes de un cielo encendido, acompañada de truenos tan ensordecedores, que no parecía sino que el mundo saltaba hecho pedazos. A eso de media noche, brotó la luna, plácida, serena.

Sonaba la una de la madrugada en la torre de San Pablo cuando el señor Lorry, acompañado por JeremíasLapa, armado de su correspondiente farol, emprendía el viaje de regreso a Clerkenwell.

—¡Qué noche, Jeremías, qué noche!—exclamaba Lorry—¡La más indicada para que los muertos salgan de sus tumbas!

—No los he visto salir nunca, señor, ni espero verlo—respondió JeremíasLapa.

—¡Buenas noches, señor Carton!—dijo Lorry.—¡Buenas noches, señor Darnay! ¿Volveremos a ver juntos una noche como esta?

¡Quién sabe! ¡Quizá llegase día en que vieran innumerables muchedumbres, bramadoras, ebrias de sangre, cerrando contra ellos!


Back to IndexNext